MANZANA NEGRA
NOTA DEL AUTOR – ¡Al fin! Por alguna razón, me ha costado más de lo que creía, pero ya lo tenéis aquí. Se estaba alargando más de la cuenta, así que he "cortado" un poco antes para poder dejarlo ya publicado, después de más de un mes sin actualizar. Ha terminado convirtiéndose en otro "capítulo de transición", como lo fue el quinto para la perspectiva de Marco. ¡Espero que lo disfrutéis!
CAPÍTULO 17 – CAMBIOS
Publicado el 15 de octubre de 2017, con una extensión de 4.346 palabras.
Mikasa Ackerman era bien consciente de que no debería distraerse ahora; mejor sería centrarse en el presente, en vez de pensar en todo lo que ya había ocurrido y que ya no tenía remedio.
Pensar en las hirientes y enfermizas palabras que Eren les había dedicado a todos, especialmente a Armin y ella, esa misma noche en el comedor, en mitad de un gran desasosiego.
Pensar en cómo ella luego se había quedado en el comedor, confortando a Armin por consejo de Marco, mientras Eren se marchaba de allí; temiendo (como siempre ocurría cuando se separaba de él) que de algún modo le perdería para siempre y ya jamás le volvería a ver.
Pensar en lo angustiada que se había sentido, cuando aquel temor pareció convertirse en realidad, en el momento en el que se enteró por un nervioso Bertolt (persuadido quizás por una silenciosa e irritada mirada) de que Eren estaba con Sasha en la enfermería tras haber recibido uno o varios sartenazos; la imagen que ya entonces se había ido pintando en su cabeza había bastado para despertar su furiosa indignación.
Pensar en la rapidez con que esa misma furia se había transformado de nuevo en horror, al darse cuenta de que era ella quien había desencadenado aquella situación, por haberle entregado a Eren una manzana negra; aún seguía considerando que era su responsabilidad, por mucho que Sasha se empeñase ahora en asumir la culpa.
Pensar en cómo luego había ido oscilando constantemente, entre la esperanza y el desasosiego, la sorpresa y el miedo, mientras sus compañeros discutían y descubrían la mejor (y acaso la única) manera de ayudar a Eren; y la vergüenza, la timidez incluso en mitad de esa situación, cuando llegó el momento de tumbarse junto a él en la cama.
Y después de eso… Ya se hacía más difícil recordar; igual que pasaba con algunos sueños, al poco de despertar.
Había llegado a ese extraño lugar, a esa vasta pradera en la que se agitaba una incipiente tormenta; y luego…
Marco, vestido de negro como un instructor, salvo por aquella camisa roja. Sasha con los ropajes típicos de una cazadora de Dauper. Ella misma, con unas prendas oscuras similares a las que solía llevar cuando entrenaba sin el uniforme. Y Eren…
Eren había parecido muerto nada más empezar; y la forma en que el pecoso había movido el cuerpo con el pie, como si fuese un saco de basura…
Sin embargo, lo que había sentido en ese instante no había sido rabia, sino una vez más aquella desesperación culpable, por saberse la responsable de lo que le había ocurrido a esa persona que tanto le importaba.
Sólo era vagamente consciente de lo que había sucedido después, tras escuchar aquellas hirientes palabras, más aún al estar en boca de Marco. "¿De verdad te crees tan especial?" Porque era cierto, ¿de qué le valía ser más rápida y más fuerte que los demás, si no podía proteger a Eren? "Ser especial no te ha servido para evitar que yo le meta diecisiete puñaladas a lo que te queda de familia…"
Sasha y Marco luego habían luchado, ¿verdad? Y ella, mientras tanto, se había quedado parada, sin hacer nada… ni siquiera cuando el pecoso le lanzó aquel siniestro puñal; si no hubiera sido por su compañera cazadora, seguramente no habría vivido para contarlo.
Poco a poco, al fin, ya pudo irse recuperando de aquel impacto inicial; aunque las reconfortantes llamas de la furia no habían ardido aún lo suficiente en su interior…
Entonces fue cuando le cayó encima el relámpago.
Y después de eso… Se había sentido bien: más grande, más rápida, más fuerte, poderosa; y ya mucho más lúcida, también, plenamente consciente de quienes le rodeaban.
Especialmente Eren.
Verle así, tan radiante, con el uniforme de la Legión puesto… Le había dolido y llenado de orgullo al mismo tiempo; pero si eso era lo que él quería, entonces, ¿qué otra cosa podía hacer ella que aceptarlo e intentar protegerle (incluso de sí mismo)?
"Lo siento" habían sido sus primeras palabras; algo que la había dejado estupefacta, como un sueño hecho realidad. ¿Acaso ya no la apartaría de él a empujones, sino que al menos tendría en cuenta sus sentimientos, aunque no pudiera compartirlos?
Pero luego él también se había disculpado con Sasha, por algo que había pasado antes entre ellos; una vaga punzada de celos, por las libertades que parecía tomarse la cazadora, había quedado sepultada al ver que Eren (por alguna razón) llevaba en aquel lugar el mismo lazo que ella.
"En la enfermería, antes de dormirme, coloqué la venda en torno a su muñeca derecha… y la bufanda también alrededor de Sasha, aunque entonces aún no se veía."
Luego había venido aquella extraña conversación, de la que no creía haber entendido apenas más de la mitad: habían encontrado a Eren, pero por algún motivo todavía no se lo podían llevar; y Marco, de entre todas las personas, parecía estar escondiendo algo… Normal, teniendo en cuenta lo de antes con el cuchillo.
Le dolió que Eren evitase mirarla, mientras daba apurado unas últimas explicaciones que habían vuelto a llenarla de aprensión; por otro lado, sabiendo ya lo que iba a pasar después… Quizás había intentado ahorrarle mayores sufrimientos.
Aun así, el momento en el que él desapareció de nuevo entre todos esos relámpagos… Había sido especialmente devastador; algo se rompió dentro de ella. Y una vez más, casi no fue consciente de la continuación del enfrentamiento entre Marco y Sasha; paralizada como se quedó, además, por el veneno que destilaron las nuevas palabras del pecoso.
"Oye, Mikasa. ¿Qué se siente al perder una y otra vez lo que más te importa, sin que puedas hacer nada para evitarlo?"
Y después de eso, hubo otras palabras, oscuras y sibilinas, susurradas dulcemente al oído por la sombra que apareció de repente a su lado.
Ni siquiera recordaba qué era lo que le había dicho exactamente… Pero las ideas estaban ahí.
Que todos se aprovechaban de ella. Que en realidad la culpa de eso era sólo suya, por permitir a los demás que abusaran así de ella. Que si no quería perder todo lo que le importaba, entonces ya era hora de hacer algo al respecto.
Que esas cosas que tanto apreciaba, nunca las valorarían del mismo modo quienes se las arrebatarían, si ella les dejaba. Que debía pasar ya a la ofensiva, a la acción, en vez de limitarse a responder a lo que hiciesen otros.
Que no pasaría nada por hacer lo que ella verdaderamente quería, lo que más deseaba en el fondo de su ser. Que si todo el mundo lo hacía, ¿por qué iba a ser ella menos todavía?
Que no tendría que estar pidiendo disculpas, ni sometiéndose al resto del mundo, simplemente por ser más fuerte que ellos.
Que había llegado el momento de reclamar lo que le correspondía por derecho; aquello que se había ganado a pulso, con su sangre y esfuerzo, sudando a cada paso del árido camino, en aquel mundo hermoso y cruel donde había que matar para que no te matasen.
Y naturalmente, las dudas que aún pudiera haber sentido, y que ya habían empezado a desvanecerse en aquella especie de fuego oscuro (que la reconfortaba y consumía al mismo tiempo)… desaparecieron por completo cuando Sasha le disparó aquella flecha.
El dolor de aquella traición, por un instante, había superado todo lo demás… Pero enseguida volvieron a crepitar con furia las negras llamas de su aura, agitándose con fuerzas renovadas.
Y cuando le cayeron encima todos esos rayos, reforzando al mismo tiempo su determinación, se sintió ya mucho mejor; más rápida y más fuerte, poderosa… y también más grande, gigante incluso.
Desde luego, medir cuatro metros ayudaba bastante.
Y al principio, no había querido más que devolverle el favor a Sasha por atacarle, pero se contuvo; después de aquel primer (y único) paso, su compañera se había quedado completamente paralizada, observándola embelesada, admirándola e incluso adorándola… como a una diosa.
Mikasa no podía negar, aun entre toda su furia (una furia ardiente, cuyas llamas no mitigaba sino que incluso parecía acrecentar la tormenta), que se había sentido bien recibiendo aquella mirada.
Y entonces Sasha le había vuelto a disparar.
Así que, cuando Mikasa destruyó aquella nueva flecha (y una vez más, se sintió bien haciéndolo, como si ya nada pudiese detenerla) y después se propuso destruirla a ella, no fue simplemente porque no hubiese nadie más a mano como oportuno blanco para su ira, sino porque Sasha ya le había disparado dos veces.
Mikasa no estaba segura de qué habría hecho si hubiese atrapado a Sasha, cómo la habría sometido exactamente para que dejase de dispararle; quizás se habría limitado a sostenerla entre sus manos, hasta que se calmase… aunque debía ser honesta consigo misma y reconocer que seguramente, en ese estado, con el poder subiéndosele cada vez más a la cabeza (sintiendo que cualquier cosa le estaba permitida, por el simple hecho de que podía hacerlo, como si ya estuviese por encima de los límites del bien y del mal), incluso podría haber terminado devorando viva a su propia compañera, como si fuese un titán.
Y siendo capaz de recapacitar ahora sobre ello, se daba cuenta de que… En realidad, se alegraba de no haber atrapado a la chica de Dauper en ese momento, consumida como estaba por su propia oscuridad interna; y ya no sólo interna, teniendo en cuenta las llamas negras que habían recubierto su cuerpo entero.
Aunque en aquel momento, desde luego, justo en mitad del combate, nada le había irritado más que la forma en que Sasha saltaba incesantemente de un lado para otro, sin dejar de disparar; y luego encima, como si se estuviese recochineando, la Cazadora había hecho surgir de la nada esa capa que tanto se parecía a las de la Legión… y con el color de los ojos de Eren.
Naturalmente, la irritación de Mikasa había ido a más al ver aquello; su furia oscura se había juntado con los celos, recordando además las libertades que se había tomado Sasha antes en la enfermería (¡durmiéndose en la misma cama que Eren como si no fuese nada!). Le acometió de nuevo la idea de que alguien (a quien hasta entonces había considerado una amiga) se estaba aprovechando de ella; alguien que no se había ganado el estar junto a Eren de esa manera, sin haber pasado por lo mismo que ella, compartiendo experiencias y soportando penurias durante todos esos años tan difíciles; alguien que pretendía arrebatarle lo que sólo le correspondía a ella por derecho.
Y así, la determinación de destruir a aquella traidora (que no dejaba de moverse ni de disparar) había seguido creciendo dentro de Mikasa; sin embargo, a pesar de que con cada paso hacía temblar la tierra bajo sus pies, le costaba sentirse grande y poderosa, cuando ni siquiera era capaz de atrapar a aquella adversaria tan frustrante como escurridiza.
Llegó un punto, además, en el que aquellas flechas empezaron a acercarse peligrosamente a su cara, a sus ojos; y con lo difícil que estaba resultando algo tan sencillo como alcanzar a Sasha, Mikasa ya no se había sentido tan convencida sobre su propia invulnerabilidad. Así que había tratado de taparse al menos el rostro con una mano…
Y entonces uno de aquellos malditos proyectiles había impactado en su venda, volviéndola por un instante de un precioso gris plateado; despertando nuevos y viejos recuerdos, entre toda esa maraña de ardiente furia oscura.
Tan sorprendida se quedó, por aquel cambio súbito y repentino, que ni siquiera vio venir a la intrépida Cazadora, cuando ésta se lanzó de golpe hacia delante… enarbolando un arma completamente distinta.
Una barra de pan.
Y aquello había sido tan absurdo, tan Sasha, que Mikasa inmediatamente se había calmado; ya no había sido capaz de permanecer igual de enfadada por más tiempo, con las tinieblas de su ira oscura desvaneciéndose casi en el acto.
La cazadora de Dauper, además… Parecía haber crecido tanto como ella, de repente. Pero ésa no había sido más que una de las muchas revelaciones y sorpresas, que ambas habían ido compartiendo en la cálida seguridad de aquel improvisado refugio, a la íntima luz plateada de la misma capa que antes había surgido aparentemente de la nada.
Al principio, Sasha casi estaba tumbada encima de ella, aunque luego se había retirado un poco, ofreciéndole la mitad de aquella extraña barra de pan; y Mikasa sabía lo mucho que significaba un gesto así, para su amiga, compartir con alguien más la comida.
Y después de eso, ¡tantas cosas habían ocurrido, más extrañas todavía! Para empezar (y aunque sólo había durado un instante), aún recordaba los dedos enguantados de su compañera, acariciándole suavemente la sien, enroscándose en torno a sus cabellos oscuros; no estaba segura de si ella había terminado sonrojándose tanto como Sasha, en ese mismo momento.
También recordaba que, en algún punto, la cálida luz que emitían sus cuerpos había dejado de ser blanca o negra, para adquirir una suave tonalidad gris plateada.
Ya incorporadas las dos, ninguna de ellas había sabido qué decir durante unos largos segundos, vagamente incómodos. Al menos, Mikasa sí había probado el pan, y tenía que reconocer que estaba bueno; había sentido cómo iba recuperando ya las fuerzas. Sasha, naturalmente, había devorado su trozo casi al instante; pero luego parecía haberse deprimido de golpe, y justo después se había disculpado.
"Siento haberte disparado antes," había dicho la castaña. Mikasa tuvo que esforzarse para contener su tensa agitación, mientras notaba encenderse de nuevo en su interior las llamas de su oscura ira; por fortuna, hacía ya años que conocía técnicas de relajación particularmente efectivas, gracias al control de su respiración.
Luego intentó disculparse ella, por mucho que les costase salir a las palabras; Sasha no era la única que había hecho allí mal las cosas, dejándose consumir por su propia oscuridad, tomando malas decisiones sin pararse a pensar en el daño que le estaría causando a los demás…
Entonces la de Dauper había mencionado a Eren, y ya toda la atención de Mikasa se había centrado en sus siguientes palabras; desde luego, era cierto que las mentiras más efectivas consistían en retorcer la verdad… aunque eso no quitaba que todo hubiese sido, también en parte, culpa suya.
"Creías que ibas a perder a Eren para siempre, ¿verdad? Y peor aún, que era yo quien te lo iba a quitar."
Una vez más, se había sorprendido con la inusitada perspicacia de Sasha, tan intuitiva para algunas cosas; había acertado de lleno en uno de sus temores más profundos, cuya fuente no era la Cazadora en concreto sino más bien algo general, la angustiosa certeza de que el mundo entero estaba en su contra y que tarde o temprano terminaría perdiendo lo poco que aún le quedaba de familia…
Luego, sin embargo, Sasha había seguido hablando… y Mikasa había estado a punto de cambiar de opinión; la forma en que empezó a describir a Eren, destacando todas sus cualidades, como si fuese una pieza a la que la otra chica pretendía cazar…
Ni siquiera se dio cuenta, en ese momento, de que había destrozado el pan que aún sostenía entre sus manos; y si hubiese perdido el control, aun tan sólo por un instante… Volvió a temer lo que habría sido capaz de hacerle a su compañera, si la hubiese atrapado. ¿Quizás lo mismo?
Y aun así, después de todo, Sasha había conseguido lo que parecía imposible: sorprenderla de nuevo, dejándola más desconcertada todavía… ¿con una confesión?
"Y esa persona… No es Eren. Eres tú, Mikasa."
Y después de eso, ¡todo se había vuelto más extraño todavía! El súbito rubor, la vergüenza ardiente (propia y ajena) que casi le había quemado en las mejillas; hasta el punto de que no había tenido más remedio que taparse la cara con las manos, durante unos largos instantes que se le habían hecho eternos. "¡Sasha, esas cosas no se dicen en voz alta, así de repente!"
Cuando logró serenarse de nuevo, y alzar una vez más la mirada, se dio cuenta de que su entorno había cambiado considerablemente: el permeante resplandor plateado que bañaba aquel refugio particular se había transformado ya en otro plenamente rojizo.
Sasha luego se había atrevido a acariciar su bufanda… la misma, ciertamente, que Mikasa había colocado también en torno a su compañera, antes de quedarse dormida al lado de Eren en la enfermería; razón por la cual sus celos habían menguado bastante, ante aquel contacto inesperado. Y entonces…
¿Había sido justo en ese momento, o ya había empezado un poco antes? De pronto, la bufanda se había agitado entre los dedos de la cazadora, vibrando y transmitiendo aquella energía por todo su cuerpo, como si estuviese viva.
Y después de eso, con todo lo que ya había pasado… En realidad, que luego la bufanda hubiese comenzado a extenderse, absorbiendo en ella el rojizo resplandor, ya no había sido tan extraño; como si no hubiese podido ocurrir otra cosa, como si los acontecimientos hubieran tenido que suceder de esa manera, obedeciendo una especie de lógica interna, propia de aquel mundo de los sueños tan peculiar.
En ese mismo instante, Mikasa verdaderamente había sentido latir la bufanda en torno a su cuello, cálida y reconfortante; transmitiéndole una seguridad que había creído que ya no volvería a sentir, que de hecho no había sentido (no con tanta intensidad, no tan íntima) desde que…
Aunque no se notase, tuvo que hacer un auténtico esfuerzo para que no se le saltaran las lágrimas; pero no habría ganado nada perdiendo la compostura en ese momento, en aquella situación, seguían pasando demasiadas cosas extrañas y ella no podía bajar la guardia, no podía…
Sin embargo, por la expresión de maravillado asombro de su amiga (que quizás también reflejaba la suya propia), supo que no tenía nada que temer de Sasha; no al menos en ese momento.
En cierto modo, luego no le sorprendió (como si parte de ella supiese que eso iba a pasar, tenía que pasar) que en mitad de la reciente penumbra, tan vívida y nítida como la suya, destacase otra bufanda roja en torno al cuello de la Cazadora.
Lo inesperado fue que, de repente, Sasha pareció quedarse en estado catatónico; completamente paralizada, con los ojos muy abiertos, casi sin respirar. Mikasa tuvo que llamarla varias veces, sujetándola de un hombro, hasta que por fin la hizo reaccionar.
Pensándolo mejor, y teniendo en cuenta algunas de las cosas que se habían dicho antes (y las que se dirían después), ¡entonces no era tan extraño que la de Dauper se hubiese puesto tan colorada! Seguramente también ella, en ese mismo momento, habría tenido un aspecto parecido.
Porque Mikasa sabía lo importante que podía ser algo (aparentemente tan sencillo) como darle a otra persona una prenda de ropa (una bufanda roja); al fin y al cabo, eso era lo que acababa de hacer con Sasha, su compañera, su amiga…
¿Y quizás algo más? ¿Familia, incluso? Igual que con Eren… y también Armin, por supuesto; pero especialmente Eren.
La verdad era que daba un poco de miedo, darse cuenta de repente de que compartía una conexión tan profunda con una persona a la que, hasta entonces, nunca se le había ocurrido ver así. "Pero también hay algo más, aparte de eso. ¿Una vieja leyenda…?"
En realidad, desde cierto punto de vista, lo que había ocurrido con Sasha se parecía a lo de Eren; a su manera, ella también la había salvado, de su propia oscuridad interna… Quizás Mikasa luego no había rescatado exactamente a su compañera; pero al menos había evitado destruirla, ¿no?
Aun así, de todas formas, trató de explicarle a la cazadora lo de la enfermería: que había extendido la bufanda en torno a los tres y (seguramente) eso explicaba por qué Sasha tenía ahora una idéntica alrededor de su cuello.
Esa idea tranquilizaba a Mikasa mucho más, que la de ciertos sentimientos inconfesos (o más bien recientemente confesados) de Sasha hacia ella (compañera, amiga, ¿algo más?); y asustaba bastante menos que la posibilidad de que ella, en el fondo, también sintiese lo mismo por la castaña.
Porque además, entonces, ¿en qué lugar dejaría eso a Eren?
Todo era ya bastante extraño, en ese misterioso lugar. ¿Era realmente necesario hacerlo todavía más extraño? No es que fuese algo malo, sino más bien… Mikasa, simplemente, no se había planteado ese tipo de cosas; y quizás, justo en esa situación, no era el mejor momento para empezar a hacerlo.
Pero hasta la vaga noción de que "ya dejarían eso para más adelante" le producía un ligero nerviosismo, por mucho que lo disimulase; aunque había otras cuestiones, más apremiantes, que también le hacían sentirse nerviosa, y que la propia Sasha había planteado mientras (al igual que ella) tironeaba suavemente de su propia bufanda.
¿Qué había pasado con Marco? ¿Y cómo se suponía que iban a encontrar a Eren? Porque para eso habían venido, ¿no? Eso era lo primero…
Naturalmente, la Cazadora también había dicho otras cosas. "Eren es tuyo, eso ya lo sabemos todas, así que puedes estar tranquila, ¿vale? ¡Yo desde luego no te lo voy a quitar!"
¿Cómo no iba a ruborizarse Mikasa con esas cosas? Pero así era Sasha, lo había sido y lo sería siempre: tan franca, tan directa; capaz de quitarle a una el aliento, con un simple puñado de palabras atolondradas, tan sinceras y honestas como ella.
Y a veces, quizás demasiado dura consigo misma. Si no, ¿por qué ese empeño en asumir la responsabilidad por lo sucedido? Mikasa seguía sintiendo (pensaba, sabía) que la culpa era principalmente suya.
"Aunque de poco sirve discutir ahora sobre esto, ¿verdad? No es como si de pronto fuera a retroceder en el tiempo para evitar que Eren se comiese la manzana accidentalmente…"
Y como si todo no fuese ya suficientemente complicado, encima Sasha había tenido que añadir aquello de "deberías desnudar tu corazón y confesarle a Eren tus verdaderos sentimientos (sí, esos mismos que has estado guardándote durante tanto tiempo en el fondo de tu ser) nada más verle, a la primera ocasión". Bueno, quizás no precisamente con esas palabras; pero la idea estaba ahí.
¡Como si fuera tan sencillo! Y más aún, teniendo en cuenta que Eren no se encontraba bien, que todavía no era él mismo en aquel lugar… Desde luego, lo de "confesarle lo que sientes es la mejor manera de ayudarle" sonaba demasiado bueno para ser verdad; parecido a lo de "tener una tarta y comérsela", algo que sabía que era imposible.
Y sin embargo, a pesar de todo, no podía evitar plantearse… ¿Y si sí? ¿Y si por alguna razón, de algún modo, en aquel lugar tan extraño, sí era posible? Que lo que más le convenía a ella, también fuese precisamente, justo en ese momento, lo que más necesitaba Eren.
"Pero entonces, ¿qué hay de Sasha y lo nuestro? ¿Y en qué lugar dejaría eso a Eren? ¿Y qué pasa con Marco? ¿Y con Eren? ¿Y con Sasha?"
Y no había duda de que la Cazadora, por muy buenas que fueran sus intenciones, complicaba cada vez más todo aquello; de hecho, lo conseguía cada vez que abría la boca.
"Eso no significa que tengas que hacerlo tú sola. Si en algún momento te abruma la idea de seguir adelante… Que sepas que puedes contar conmigo, ¿de acuerdo? Yo también estoy aquí, para lo que haga falta."
¿Cómo no iba a sentirse aún más comprometida, después de oír algo así, sometida a más tensión todavía?
Irónicamente, llegado un punto, había sido tanta la tensión que… Sencillamente, al superar cierto límite, empezó a darle ya todo lo mismo.
Con lo cual, se quedó aparentemente más tranquila, más relajada, aunque sólo a un nivel superficial; la silenciosa y resignada aceptación de que pasaría lo que tuviese que pasar, de que ya iría haciendo frente a esas situaciones conforme se fueran presentando.
Y quizás, cuando llegase el momento crítico, le vendría bien saber que podía contar con Sasha; pero por otro lado… "¿Y si nunca siento por ella lo mismo que ella siente por mí? ¿Y si al final termino sintiéndolo?" No estaba segura de cuál de aquellas dos opciones le asustaba más; el temor, mezclado con una incierta esperanza, la de que (de algún modo) al final todo saldría bien…
Aunque algo en su interior ya parecía advertirle a gritos que, en aquel mundo tan hermoso como cruel, los finales felices eran prácticamente imposibles.
Demasiadas. Demasiadas cosas. Era difícil… Pensar en todo y nada a la vez…
Además de controlar su respiración, Mikasa trató de recordar algunas de las lecciones fundamentales que le había enseñado su madre, hacía ya tantos años.
"La mente a veces es como un río, en constante movimiento. Del mismo modo que el agua fluye todo el tiempo, las ideas pasan por tu mente sin llegar a ser. No trates de agarrar el agua, no intentes aferrarte a todas tus ideas, déjalas fluir y deja que pasen. Acéptalas como parte de ti, pero reconoce su naturaleza impermanente y perecedera. No limites tu realidad dedicando energías a algo que parece abarcarlo todo y que, sin embargo, un minuto antes ni siquiera estaba ahí. Las emociones vienen y van, cambian constantemente. No tiene sentido apegarse a lo que pronto desaparecerá, no merece la pena concentrarte en lo efímero. Si usas la nada como base, terminarás convirtiéndote en nada. Recuerda la auténtica naturaleza de esos pensamientos, que tan reales nos parecen y que luego se revelan como simples fuegos de artificio. La forma en que percibes la realidad no es la realidad misma, tus emociones son como ondas en el mar de tu mente. No malgastes fuerzas en rechazar lo que puedes dejar fluir, con suficiente desapego como para distinguir entre lo temporal y lo eterno."
Inspirar, espirar… Inspirar, espirar…
Al menos, el aire fresco de aquel día facilitaba considerablemente las cosas; enseguida se sintió ya mucho más tranquila y relajada, algo aún más sencillo gracias al entorno en el que se encontraban.
Prácticamente todo era blanco, pacífico y sereno a su alrededor.
