Capítulo 7

La llegada a Ecruteak

El frío de la noche y el agotamiento cobraban su cuota mientras descendían aquella colina para entrar al espectáculo de luces que era Ecruteak. Cada paso les robaba el aire sin piedad y hacia el caminar una pequeña tortura.

Satoshi no paraba de quejarse de su dolor de espalda, el efecto del analgésico que Ryuji le había dado había terminado y este sufría las consecuencias de su descuido en el bosque. El "médico", aunque agotado, hablaba del pasado cultural de la ciudad, como había mantenido sus orígenes hasta la fecha y varias leyendas que hacían de ese lugar uno de los mas míticos de Johto.

Saito escuchaba semi-atento el discurso y como no comprendía a que se refería con "mantenido sus orígenes" le pregunto al pelirrojo, éste se limito a contestar "cuando estemos ahí te vas a dar cuenta". Insatisfecho con aquella respuesta siguió como si nunca hubiese preguntado nada. El cansancio que tenia no le permitía realizar dos acciones al mismo tiempo.

Un pequeño campo se extendía desde los árboles del bosque hasta la entrada de Ecruteak. El césped, bastante mas alto de lo normal, danzaba de un lado al otro en un escenario invisible al cual la luz de la luna le daba el protagonismo. Unas cuantas luciérnagas les marcaban el camino, mensajeros que acostumbraban darles la bienvenida a los viajeros.

A lo lejos un umbral gigantesco descansaba imponente ante ellos. A los lados y por encima de él, se encontraban tres grandes figuras estáticas que posaban para demostrar su belleza. Pocos rasgos podían distinguirse desde la distancia a la que estaban y solo una vez que estuvieron enfrente de pudieron examinarlas con detenimiento. Del lado izquierdo una bestia cuadrúpeda se encontraba sentada sobre sus patas traseras mirándolos directamente. Un cabello que nacía de su nuca de un color puro como la nieve ondulaba incansablemente, de manera uniforme, y no gracias al viento, el cual era demasiado débil para levantarla, o al menos, esto era lo que los viajeros hubiesen imaginado si aquella estatua estuviese viva.

A la derecha otro cuadrúpedo dormía sobre el brillante césped en un sueño profundo. Sus ojos cerrados con firmeza seguramente no le permitirían despertar en mucho tiempo por más que quisiera. Su pelaje se encontraba decorado con franjas negras que dibujaban diferentes símbolos sobre su cuerpo, que en su mayoría, eran los mismos aunque algunos cambiaban su forma. De su nuca se extendía el mismo cabello extraño que el de su compañero, pero este no poseía tantas ondulaciones ni el mismo color, en cambio un violeta oscuro y un pelo estático ocupaban su lugar. Unos extensos colmillos salían de su boca, colmillos que seguramente le servían para desgarrar a su presa sin mucho esfuerzo.

Por último con una mirada perdida en el extenso azul estrellado, se encontraba el más hermoso de los tres. Su cabellera de aurora no podía distinguirse completamente ya que se encontraba reclinado sobre sus patas traseras, un color celeste cubría todo su cuerpo junto con unas cuantas manchas de pequeños diamantes blancos. Lo mas extraño era que su cola parecían ser dos listones que flotaban a los costados de su cuerpo, uno por cada lado.

— ¿Qué son esos?— preguntó Satoshi adelantándose a la pregunta de Saito.

—Leyendas, leyendas en las que algunas personas creen ciegamente sin importarles si en realidad son ciertas, pero por otro lado, eso es lo divertido de contarlas— rió una anciano con voz ronca. Éste se encontraba descansando detrás del umbral que tantos recuerdos le traía.

Después de dar un paseo nocturno junto a su fiel amigo de madera, que le ayudaba a sostener unas cansadas piernas por el peso de los años, lo que más le gustaba era contar a los jóvenes aquella vieja leyenda.

Una barba blanca, no muy larga, pero si bien arreglada adornaba su mentón y un cabello repleto de canas su cabeza. Les dirigió una sonrisa muy amable y comenzó a contar el relato que nadie había pedido escuchar.

—Recuerdo como aquel día en esa torre que ven ahí— dijo señalando unos cimientos calcinados— Bueno… al menos lo que quedo de ella, tres pokémon jugaban inocentemente cuando…

—Mirá viejo, estamos hechos mierda, tenemos hambre, sueño y este de acá necesita una espalda nueva. Atrás nuestro, vienen otro par de boludos, contales a ellos que seguro te van a dar bola y sino te jode nosotros seguimos— dijo Saito altaneramente señalando con la mirada a un pareja de chicos que se acercaban al maltrecho equipo.

—Disculpalo abuelo es un maleducado, pero es buena gente otro día con gusto voy a volver a escuchar tu historia— dijo tiernamente Satoshi.

El viejo negó con la cabeza y soltó un suspiro.

—Los jóvenes de ahora ya no tienen paciencia para una buena historia— suspiró el anciano.

— ¡Mirá querido que lindas estatuas! ¿Qué serán?— preguntó la pareja que ya había llegado al umbral.

—Leyendas, leyendas en las que algunas personas creen ciegamente sin importarles si en realidad son ciertas, pero por otro lado, eso es lo…

—Me da algo de lastima parece que esta muy solo el abuelo— comentó Satoshi.

—No tenemos tiempo de andar entreteniendo viejos— contestó Saito sin voltearse para ver a Satoshi.

—No sé qué tendrás que hacer vos, pero yo no estoy tan apurado, faltan varios meses para la liga todavía— lo regañó Satoshi.

Saito se limitó al silencio, sabia que sí comenzaba una discusión en este punto lo de su hermana saldría a la luz y no quería involucrar a Satoshi que nada tenía que ver en el asunto.

Mientras caminaban por la calle de entrada la gente del lugar iba de un lado a otro siguiendo pequeños puestos de artesanos que ofrecían sus mercancías de origen dudoso a los viajeros como también a los miembros de la ciudad, aunque estos últimos ya sabían de las tretas que los vendedores tenían bajo la manga por lo que solo algunos se atrevían a comprar alguna cosa.

Cada uno lanzaba un gritó de guerra, prometiendo cosas como "con esta pokebola se puede cambiar a cualquier pokémon en uno de un color inusual" o "la medicina ideal para aumentar en un doscientos por ciento el potencial del ataque de tu monstruo", aunque ninguno llamó más la atención de los jóvenes como los carritos que vendían hamburguesas, panchos y todo tipo de comida chatarra.

Saito y Satoshi corrieron tan deprisa hacia los carritos que Ryuji los perdió de vista.

Un hombre de bigote, con una gorra del grupo de fútbol favorito de Ecruteak "los canes" los recibió frotándose las manos.

— ¿Qué les sirvo chicos?, tengo las mejores hamburguesas de la ciudad, tan ricas que se deshacen en la boca.

— ¡Dame, dame, dame cinco hamburguesas con todo y cinco panchos con papitas arriba!— dijo Saito tan rápido como pudo, los ojos no quitaban la vista de la carne que se cocinaba en la plancha del bigotudo.

Satoshi, feliz por el pedido de su amigo preguntó:

— ¿Cuántas son para mi? — preguntó con cara de perrito triste

— ¡Ninguna pelotudo! Si querés, cómprate vos. — Dijo el hambriento joven que cruzó miradas con un Sharp al que se le caía la baba del hambre.

—A vos tampoco te pienso dar un sorongo, así que no me mires así.

— ¡No seas forro, dame una por lo menos y también a Sharp, es tu deber cuidarlo!

—No, jodete por gil y vos jodete por… no sé por ser negro.

—Bueno chicos, todo serian mil pokés.

— ¡Mil pokés!, ¡¿de qué mierda están hechas esas hamburguesas, de oro?! ¡Vos estas en pedo si te pensás que te vamos a pagar eso!— gritó indignado Satoshi mientras se volteaba para volver a encontrarse con Ryuji.

—Como no, buen señor— dijo hablando con suma amabilidad mientras se metía la mano en el bolsillo para sacar el dinero, pero algo le impidió tomarlo. Era Ryuji que lo detenía con fuerza para que no le pagase al hombre.

— ¿Qué hacen chicos?— dijo el pelirrojo pronunciando cada silaba detenidamente tratando de ocultar un ataque de ira dispuesto a estallar en cualquier momento — ¡Apenas tenemos unos mil pokés y ustedes se los gastan en unas hamburguesas! ¡Demasiado si podemos comer arroz por el resto de la semana!

—Bue… tampoco para exagerar tanto, unas diez hamburguesitas no son nada…

—Saito, todavía tenemos que comprar algunas pastillas para Satoshi o capaz ir a algún medico y vos pensás en comer…

—Soy un hombre simple con necesidades simples ¿Qué querés que haga?— dijo encogiéndose de hombros.

—Para ahorrar un poco podríamos dormir en el lobby del centro pokémon, también tienen habitaciones a poco precio si sos entrenador, pero dormir en el lobby es gratis.

—Me había olvidado del centro, nos podríamos ahorrar el hospedaje…— pensó en voz alta Ryuji mientras se rascaba la barbilla.

—Ósea que nos alcanzaría para las hamburguesas ¿no?—. Ninguno contestó.

— ¡Hagamos eso! y también ahora que me acuerdo en los centros tienen garrafas, podemos hacer algo para comer ahí. — Todos asintieron, algunos con menos ganas que otros.

—Más vale, que no vaya a encontrar un montón de indigentes durmiendo en el lobby ese— se quejaba Saito mientras se dirigían al centro.

Lo animado del ambiente se extendía por toda la habitación y el que no estaba charlando con alguien muy pronto encontraba con quien hacerlo, ya que todos tenían el mismo objetivo y siempre algo en común de que hablar. Algunos presumían de sus criaturas, desde su altura, peso, y color hasta las proezas que lograban hacer. Podían escucharse frases como "Pff eso no es nada, la pistola de agua de mi totodile arrancó un árbol el otro día" o "Peleemos ahora si sos tan bueno".

La encargada del centro era una enfermera muy hermosa, de una cabellera larga y reluciente color castaño que se tambaleaba demostrando su belleza y provocando suspiros en los jóvenes. Ésta iba de un lado a otro extinguiendo los futuros pleitos con una mezcla de seducción y sonrisas, a las que todos prometían un buen comportamiento con una cara pervertida que no notaban.

El bullicio desapareció cuando las puertas automáticas se abrieron y dejaron entrar a tres jóvenes que, sino hubiesen estado acompañados por un pequeño pokémon todos darían por hecho que con la mugre y los harapos que tenían por ropa eran de todo menos entrenadores. Después de unos segundos el ambiente volvió a ser tan animado como siempre.

Se sentaron en uno de los sillones que estaban puestos en todo el lobby para que los que quisieran descansar del viaje lo hiciesen. Así, podía verse como algunos dormían en ellos mientras otros los usaban para colocar sus pertenencias, hasta había quienes dejaban descansar a sus cansadas criaturas, por lo que no era raro ver alguna bola de pelos enrollada.

—Tomate dos de estos cada seis horas ¿me entendiste?— dijo Ryuji mientras le daba dos pequeñas pastillas blancas. Ya habían pasado por una farmacia de camino y gastado el poco dinero que tenían.

La gente que se encontraba sentada cerca de ellos los miraba con curiosidad a los que Saito respondía con miradas asesinas que los hacían mirar hacia otro lado y bien sus ojos se cruzaban.

A diferencia de ellos se trataba de chicos más jóvenes que habían llegado por diferentes caminos de todo Johto y al juzgar por su aspecto habían transitado todo el viaje por los caminos principales que eran los mas seguros. Rutas que habían sido evitadas por Saito y compañía, aunque a Satoshi lo habían llevado por ahí con la promesa de que iba a encontrar monstruos raros para capturar, para eludir cualquier posible confrontación que pudiese surgir con "los de traje", así era como inconscientemente les empezaron a llamar, y aunque el precio fue caro, la decisión fue acertada ya que jamás se toparon con ninguno de ellos. Cosa de la que estaban muy agradecidos porque encontrarse con un grupo después de semejante batalla no pondría las cosas a su favor.

—Me voy a dar un baño, sinceramente no soporto más esta mugre— dijo Satoshi mientras sacaba de su maltrecha mochila un toallón y lo ponía sobre su hombro.

—Antes, llevá tus pokémon a que los traten ellos deben estar mas cansados que vos— le recordó Ryuji –Vos también Saito. — Esté asintió de mala gana.

Así los tres jóvenes cruzaron la habitación directo al mostrador que se encontraba en el extremo de ella, pero ahora nadie los miraba, ya eran parte del grupo.

—Hola, mi nombre es Marín ¿En que los puedo ayudar?— saludo la chica detrás del mostrador con una gran sonrisa.

—Si queremos tratar a estos pokémon— respondió cordialmente Satoshi.

— ¿Me permitirías tu identificación?— dijo extendiendo la mano para recibirla.

—Si, este… donde la puse…—decía Satoshi mientras revolvía en sus bolsillos tratando de encontrar su pokedex. – Acá esta— dijo mientras se la alcanzaba.

—Si Satoshi Asanuma, quince años de pueblo New Bark – Satoshi asintió al escuchar los datos de la pantalla que leía la chica.

La enfermera lo observó por un segundo tan delicadamente que nadie pudo notarlo y le recibió las tres pokebolas que enseguida un pokémon con un pequeño sombrero y lo que parecía ser un huevo en un saquito que tenia estomago se llevó en una camilla. — Mañana a primera hora van a estar descansados y listos para seguir con su viaje— dijo dulcemente la joven.

—Discúlpame, me podrías decir ¿dónde están las duchas?— dijo Satoshi antes de irse.

—Un placer, tenés que seguir ese pasillo y después doblar a la derecha, son unas puertas grandes y de madera

Satoshi le agradeció a la chica, les dirigió un saludo a sus amigos y se fue directamente hacia el pasillo.

— ¿Por qué le pidió una identificación?— le susurró Saito a Ryuji.

—Porque sino tenés que pagar para usar el servicio del centro— contestó.

—Pero nosotros no tenemos nada de eso.

—No te preocupes, hackee tu dex y la mía para que el sistema nos reconozca.

La muchacha los miró esperando que alguno se acercara hacia el mostrador, Saito se adelantó y sacó una esfera de su bolsillo que le entregó a la enfermera, para luego agacharse y levantar a Sharp del suelo y ponerlo sobre el mostrador, pero éste, averiguando su intención saltó a la mesa antes de que lo alcanzara.

—Éste no tiene bola, pero ¿lo puede curar igual?— preguntó Saito.

—No es ningún problema, ¿me permitís tu identificación?— dijo volviendo a extender la mano, a lo que el chico saco el aparato de su bolsillo y se lo entregó. — Haber… Saito diecisiete años, de ciudad goldenrod—. Tecleaba mientras movía con la otra mano unos iconos flotantes en una pantalla holográfica. Estaba tardando mucho más tiempo en autentificar su dexter de lo que le había tomado a Satoshi, Saito tenia un nudo en el estómago, si les decían que eran falsas seguramente la enfermera llamaría a alguna clase de seguridad muy disimuladamente y en su condición no creía poder hacerles frente y mucho menos lograr escapar.

—Todo listo, mañana a primera hora ya van a estar—dijo haciendo que las preocupaciones de Saito se esfumaran en el aire.

Sharp que estaba agresivo por tener que ir con gente desconocida no dejaba que la enfermera lo tocase. Ryuji tuvo que intervenir y con su carisma de siempre logró apaciguarlo para que el pokémon rosa se lo llevara en la camilla.

—Mañana te vengo a buscar, no seas gil y portate como un bicho grande— le gritó cuando ya iba desapareciendo por las puertas automáticas de un costado del mostrador.

Después de dar las gracias a la chica por su ayuda ambos se dirigieron hacia la salida del centro. Ya fuera se recostaron sobre la pared al lado de las puertas mecánicas de la entrada.

—Ya llegamos, y ahora ¿qué hacemos?—preguntó Ryuji preocupado.

—Ir a ver a Sara obviamente— respondió Saito mientras lanzaba una piedra que había en el suelo —No te vas a reír, pero pensé por un segundo que cuando llegáramos a la ciudad iba a terminar todo ¿sabés?— dijo mientras observaba como se deslizaba la piedra por el suelo.

—No te entiendo, Reiko todavía sigue con esos tipos ¿la razón de este viaje no era salvarla?— contestó Ryuji perplejo.

—No me olvidé de Reiko ¿Cómo vas a pensar que me olvidé?, solo fue un pensamiento que se me cruzó por la cabeza.

— ¿Y entonces?

—No sé, delirios míos por lo visto, nada más. El camino fue tan jodido que pensé… que con eso ya la había encontrado…

—Si encontrarla fuera tan fácil como pasar por un bosque no estaríamos en un quilombo así.

—Si ya sé, ya sé. Es solo que a veces me preguntó como mierda nos metimos en esto, aunque le doy vueltas todavía no lo puedo entender.

—Hay cosas que uno no puede controlar, cosas que pasan no importa lo que trates de hacer para evitarlo, la gracias esta en hacerles frente sin dar marcha atrás, como estamos haciendo ahora.

— Pareces una masita de esas que te dicen la suerte.

— Te digo lo que pienso nada más. Yo también estoy preocupado como vos, tengo muchas dudas también.

— ¿Cómo que?

— ¿No me digas que a vos no te extraña que manden tanta gente a buscar un pokémon nomás? O que secuestraran a Reiko solo para encontrarte a vos. Ya sé qué sos fuerte y todo, pero ¿tantas molestias sabiendo que solo sos un pibe?

— ¿Un pibe?— preguntó indinado Saito y Ryuji se aclaró la garganta.

—Nada, olvidate— contestó evasivamente para evitar una discusión. —Y sobre sharp… nos esta acompañando un pokémon que es tan valioso para ellos como para andar amenazando de esa manera, mirá si es un espécimen que se escapó de algún laboratorio o algo así.

—Tenes que dejar de leer esos libros Ryuji, Sharp es un bicho como cualquier otro— contestó Saito haciendo burla de las suposiciones de Ryuji.

—No estoy exagerando, mi viejo que habla con mucha gente de todos lados siempre escuchaba rumores acerca de experimentos extraños que hacían con pokémon raros, pero últimamente se escuchan más que antes. Igual ésta no es la primera vez, no sé si te acordás de esa isla que había explotado hace varios años.

—No me digas que crees esas pelotudeces, eso fue un mito urbano nada más.

—No podes ser tan escéptico siempre de todo, hay veces que la gente tapa la verdad y eso no me lo podés negar.

— ¿y a qué vas con eso?

— A que el supuesto pokémon que destruyó esa isla existe y todavía esta ahí afuera. Esa clase de poder no es natural alguien y Sharp puede que tampoco lo sea, al fin y al cabo dexter no pudo establecer ningún dato— alegó Ryuji con entusiasmo.

— No sé, me parece que tiene demasiada vuelta de rosca para mí. Ahora solo me interesa encontrar a Reiko y esta pokebola y la tarjeta es la única pista que tenemos— dijo mientras sacaba la extraña esfera negra de un bolsillo mientras la lanzaba unos centímetros en el aire solo para ver como caía con el peso y la gracia de una pluma.

—No me canso de ver lo raro que cae esta cosa— comentó lanzándola al aire una y otra vez.

—Tanto tiempo sin vernos chicos— dijo una chica parada ante ellos con una sonrisa.

—Es cierto, pasó bastante—contestó Saito devolviéndole el gesto.