Las luces de seis capsulas de cristal alumbraban una habitación bastante extraña. A un costado de la sala se encontraban tres de ellas apoyadas contra la pared, mientras que las restantes estaban ubicadas del otro lado del salón. Por medio del lugar se extendía una lujosa y larga alfombra color carmín que extrañaba por la decoración tecnológica de la sala. Paneles holográficos recubrían las paredes mostrando todo tipo de estadísticas extrañas, pero que no eran desconocidas para los hombres de guardapolvo blanco que realizaban su caminata usual, observando cada cápsula detenidamente y anotando en una pequeña tabla transparente un lenguaje indescifrable para una persona común, así las personas trabajaban minuciosamente sin descanso.
Dentro de aquellos misteriosos contenedores, que tanto inspeccionaban, se encontraban lo que parecían ser seres vivos, suspendidos en un extraño líquido azul en el cual se alborotaban varias burbujas.

Ninguno se movía. Parecían estar en una especie de sueño muy profundo del que no podían despertar.

De pronto una pequeña línea horizontal que se movía en uno de los paneles de una de las capsulas, cambio su color verde por un rojo intenso.
La criatura del gran tuvo de cristal comenzó a moverse violentamente lo que causó que el líquido se turbara de manera tal que el espécimen se perdió en un mar de espuma. El hombre que parecía a cargo del bienestar del monstruo, comenzó a presionar una secuencia de botones que hizo que una pequeña mano robótica dotada de una jeringa extraña, inyectara un líquido anaranjado haciendo volver a la criatura a su estado sumiso.

Un hombre entró por una de las puertas automáticas que se encontraba en el extremo sur de la penumbrosa habitación, seriedad se notaba en su mirada.

-¿Qué tan seguidas son las convulsiones?- preguntó sin cambiar la fachada.

-Cada hora señor, pero se vuelven más frecuentes- respondió rápidamente la científico.

Su voz denotaba miedo, pero no terror. Esto era debido al respeto que la Doctora Sakuragi tenía por ese hombre. No quería fallar, había estado trabajando demasiado tiempo en el proyecto y no podía permitir que el trabajo de su vida se le escapara de las manos.
Otro hombre de bata se acercó hacia el par e hizo un ademán, en el cual pasaba su mano por su rostro rápidamente sin tocarlo, hacia el extraño hombre de traje.

-Señor, la conexión entre los especimenes se esta debilitando, hacemos todo lo que esta a nuestro alcance, pero la perdida de un experimento es inminente.

-No se preocupe ya he enviado un grupo de agentes, para que recuperen el restante- dijo despreocupadamente el hombre.- ¿Cuánto tiempo tenemos?

-No demasiado me temo, dos o tres semanas como mucho- se lamentó el hombre.

Tsukasa Sakuragi no pudo evitar intervenir, no quería quedar como menos.

-No estés tan nervioso Richard, ya hemos cometido muchos errores por tu ya tan famosa "impaciencia"- replicó con una sonrisa fugaz y arrogante.

"Maldita" trató de gritar Richard, pero el individuo frente a él lo detuvo levantando su manó con la intención de que se callase, por lo que tuvo que contener su ira.

-El progreso no se logra con peleas sin sentido- recitó- Les informaré cuando recuperemos el espécimen, hasta entonces sigan con el buen trabajo.

-Señor, hay algunos otros asuntos que requieren que…

-Sea lo que sea, estoy seguro que ustedes van encontrar la forma de solucionarlo. Me gustaría quedarme más tiempo, pero me temo que tengo que atender otros asuntos igual de urgentes.

Tsukasa entendió que era inútil arrastrar a aquel personaje hacia una charla biológica sin sentido, así que solamente saludo con aquel ademán extraño como también su compañero mientras veían como su "jefe" desaparecía detrás de las puertas automáticas por las que había entrado.

-Te odio Sakuragi, ¿lo sabias?.

-Si ya me lo habías dicho- respondió con una sonrisa falsa.

-Ahora por esto te toca cocinar

-Esta bien…- asintió de mala la gana la mujer.

El hombre se retiró de la habitación con su imponente porte atravesando las puertas mecánicas. Ya había obtenido la información que necesitaba.

Por lo general nunca iba personalmente a comprobar datos sino que mandaba algún subordinado que cumplía sin reproche con la esperanza de ascender algún rango, pero esto era demasiado importante. Necesitaba escuchar el mismo, cada detalle.

Caminaba por el extenso pasillo del sector dos. Un suelo completamente de granito pisaban sus pies y varias tuberías recorrían el techo y las paredes pareciendo nunca terminar.

Algo lo detuvo en seco, quizá las palabras de la doctora, o tal vez aquellos recuerdos que últimamente rondaban por su cabeza más de lo usual.

Metió su mano dentro de su chaqueta y sacó un pequeño objeto. Su mirada quedó aprisionada en esa visión, ya no estaba en ese frío lugar, se encontraba desconectado de todo mientras su mente viajaba a un lugar diferente que solo el conocía.

Varias personas pasaban bruscamente frente al hombre, cada uno vestía unos uniformes, algunos iguales otros no tanto. Estos hacían el mismo ademán extraño que los hombres de bata al individuo y se alejaban.

Uno de los caminantes lo sacó de su transe saludándolo respetuosamente.

A diferencia de los otros, éste vestía un lujoso traje negro y corbata ajustada. El sudor se le resbalaba de su rostro y cada tanto se le escapaba una mueca de dolor.

-Señor, tengo malas noticias, fallamos en la captura del objetivo- dijo penosamente el soldado –Asumo toda la responsabilidad Señor.

El hombre subió la mirada lentamente y guardando el objeto en su chaqueta preguntó:

-¿Qué sucedió?

-Fueron un par de chicos y sus pokémon, cuando entramos iba todo bien, pero luego ellos aparecieron y tenían…- El hombre levantó una mano ordenándole que se callara.

-¿Me estás diciendo que unos chicos vencieron a todo un escuadrón entrenado?- preguntó indignado.

-Señor, si me disculpa. No eran chicos comunes, tenían a X2 con ellos y sus habilidades en combate eran fuera de lo común.- El soldado era un mar de nervios.

Su primera misión como líder de escuadrón y lo había echado a perder, parecía que su ascenso duraría poco.

El hombre bajo su cabeza y llevo el pulgar y el índice a su frente en señal de frustración.

Ya había enviado un agente antes y no había vuelto a saber de él, y ahora pasaba esto. Parecía ser que las personas que le estaban trayendo problemas eran las mismas en ambos casos.

-Soldado

-Señor-respondió.

-Envíe a alguien de reconocimiento, quiero saber más de ellos.

-Pero Señor, si me da otra oportunidad yo podría…- el jefe volvió a interrumpirlo.

-Me gustaría dártela, pero no estas en condiciones de hacer nada en estos momentos- tomó un poco de aire y siguió ignorando el rostro de frustración de su subordinado. – Hacé lo que digo -el soldado asintió de mala gana –Y Remi- esté lo miro preocupado esperando una ultima reprimenda- anda a la enfermería y que te vean ese muñón.

El soldado asintió una vez más y se retiro después de un saludo.

Un viento fresco golpeaba la cara de los tres jóvenes parados frente al centro pokémon de Ecruteak. Dos desarreglados y mugrientos chicos luchaban por no caer al piso del cansancio mientras una chica se acercaba caminando hacia ellos. Tenía un largo pelo moreno que se mecía por el viento de la noche y unos hermosos ojos azules que combinaban con la bermuda y el sombrero que tenia puestos.
Una vez que se encontró justo delante de ambos miró a Saito fijamente y sin previo aviso le dio una cachetada con todas sus fuerzas. El no trato de responder de ninguna forma, limitándose a recibir el golpe no estando seguro porque.

-Eso es por que seguro casi te matan hace poco.

Saito la miraba perplejo mientras se tocaba la mejilla donde había recibido el golpe, ¿cómo había adivinado?.

-No es muy difícil, solo con verte me doy cuenta- dijo con una sonrisa.

-¿Cómo hacés?, podés leer la mente o…

Sara se había adelantado para darle un calido abrazo interrumpiendo al chico. Quiso apartarla en un ataque de vergüenza, pero su voluntad no fue suficientemente fuerte por lo que le devolvió el abrazo unos segundos después. Ni siquiera el, un chico "duro" podía resistirse.

Hacia mucho tiempo que nadie lo abrazaba así y menos una chica tan hermosa como Sara. Por un momento recordó cuando todo el grupo estaba reunido en Goldenrod, y el y Sara se veían todos los días para hacer los "trabajos" de los que se encargaba la banda, pero solo fue eso, un momento, un momento que se perdió como una leve brisa. Esos tiempos no volverían jamás.

Cuando ambos se separaron una tristeza invadió a Saito y Sara no pudo evitar notarlo.

-¿Qué te pasa?, pensé que te ibas a alegrar de verme y no a poner esa cara larga.

-Nada, es solo que… no importa.

La chica se cruzó de brazos haciendo pucheros, ¿que le pasaba a ese chico? ni un "que linda que estas" o al menos un "me alegro de verte" un sonrisa tal vez…

-Yo estoy dibujado ¿no?- dijo interrumpiendo los pensamientos de la chica.

-No, no, no disculpa Ryuji es que con la emoción de verlos y eso quede shockeada y entonces…- Sara hablaba nerviosa y atropelladamente en un intento en vano de explicar.

-Está bien, no me tenés que explicar nada. Yo se que ustedes siempre fueron "muy unidos"- dijo haciendo unas comillas con los dedos.

-¡Nada que ver!- gritaron los dos al unísono.

-Vieron, los dos respondieron al mismo tiempo, eso lo prueba- afirmo con una risita.

-¡Callate Ryuji!, nosotros solo somos amigos ¿entendés?, A-Mi-Gos, ¿O no Sara?- respondió rápidamente Saito.

-Cierto, cierto, además a mi no me gustaría un chico maleducado, flojo, malhablado y violento como Saito- contestó lo más rápido que pudo.

-Gracias Sara…- dijo tristemente el chico.

-Cuando es la verdad…

-Si bueno, pero lo pueden maquillar un poco al menos- dijo mientras se rascaba la cabeza llena de la mugre del bosque y los demás reían.

-Saito- este lo miró- ¿Qué vamos a hacer con Satoshi?-

-¿Quién es Satoshi?- preguntó Sara intrigada.

-Un pendejo del orto que conocimos en el camino- contestó Saito sin frenar el paso.

-¿Qué hacemos entonces?- volvió a insistir Ryuji viendo que Saito había evitado la pregunta.

-No podemos dejar que nos siga, es peligroso, además él no tiene nada que ver en el tema. No quiero que le pase nada por mi culpa ya casi no la contamos hace un rato y seguro nos esperan cosas peores.

-¿Desde cuando te importa tanto la gente?- preguntó Sara, pero Saito no le hizo caso.

-Entiendo…- dijo dubitativo- voy por nuestras cosas- prosiguió Ryuji mientras cruzaba por las puertas automáticas del centro pokémon.

Comenzaron a caminar por las calles pobladas de gente que iba de aquí para allá haciendo compras por todos lo puestos dispersos por el centro de la ciudad. Era una especie de festival en el que había artistas callejeros y demostraciones de pokémon en medio de las calles, todo esto mientras se dirigían a la casa de Sara que le había prometido al cansado par que no estaba muy lejos.

-Todavía me acuerdo cuando se hicieron pasar por los peluqueros del subterráneo, hicieron un desastre a esos pobres pokémon y casi le cortaron la cola a ese eevee.

-Nos persiguieron por meses- dijo Ryuji mientras miraba al cielo estrellado recordando.

-Si, no me voy a olvidar la cara del tipo cuando vio que le rapamos al electabuzz- dijo riéndose.

-Y… ¿Para que vinieron a Ecruteak?, pero más importante ¡¿Qué les paso que están así?! Y ¡¿Por qué tenés un yeso?!

-Larga historia…, pero cuando lleguemos te cuento. Apenas puedo caminar y hablar al mismo tiempo- se quejó Saito.

-Llegamos- dijo Sara después de caminar unos cuantos minutos más.

La casa no era demasiado grande, ni demasiado pequeña. Aunque algo antigua, podía verse en el tejado que no coincidía con los rustico del exterior, que había sido arreglada varias veces seguramente por el desgaste del tiempo.

Sara metió una pequeña llave en la puerta y luego de unas vueltas la abrio produciendo un sonido rechinante.

-Ya sé que es algo vieja, pero se conserva bien- dijo Sara al ver las caras del par.

-Si vos vieras mi casa ahora, bueno… al menos lo que quedo de ella, agradecerías tener esto.

El interior era mucho más vistoso que el exterior. Una gran sala con una mesa de madera apoyada en una alfombra con motivos de eevee se extendía en medio de la habitación en lo que parecía ser un living. Sobre la mesa había un simple florero, pero sin ninguna flor en el. A unos pocos metros de la mesa una pequeña mesada daba lugar a la cocina en donde estaba la heladera y algunas estanterías. Por último unos sillones miraban hacia una vieja TV que seguramente se usaba muy de vez en cuando. Aunque era una muy linda habitación todo estaba cubierto por un abundante polvo.

Los chicos se quitaron a mochilas y las colocaron a un lado de la puerta juntos con la katana Ryuji y las wakisashi de Saito.

-Es raro- dijo Ryuji pensativamente.

-¿Qué cosa?- preguntó Sara.

-Falta el quilombo ¿no?

-Sip, eso pensaba justamente- afirmó Ryuji.

-Yo no soy la misma, ahora tengo todo ordenado como Dios manda- dijo altaneramente mientras hacia se señalaba a si misma con el pulgar.

-No te creo nada, déjame ver- dijo Saito mientras comenzaba a abrir puerta tras puerta de la casa.

-¡¿Qué estas haciendo!?, ¡deja mis cosas!- gritó histérica Sara – ¡No esa puerta no la abras!- dijo volviendo a gritar fuertemente viendo que Saito abría una de las puertas del extremo de la habitación.

-¡Lo sabía, vos no tenes la capacidad de tener las cosas ordenadas!- afirmó al ver detrás de la puerta.

Era una habitación de casi el doble de tamaño de la que estaban antes. Había papeles tirados por doquier hechos bola, doblados, algunos escritos y otros no. Una computadora sepultada en envoltorios de chocolates, latas de gaseosa y bolsas de comida rápida se encontraba contra una pared. Varios archiveros con los cajones abiertos y los ficheros salidos llenaban la habitación. Por último una cama bien arreglada estaba contra la pared llena de peluches de todo tipo de pokémon.

-Al menos tenes la cama hecha…- dijo Saito con cara de sorpresa.

-Sí, no me gusta dormir en una cama desordenada…- dijo por lo bajo -la realidad es que la habitación principal casi ni la uso, así no tengo que ordenarla. Así, si viene alguien se queda ahí. Me venia funcionando perfecto hasta ahora…

-Pero, podés pasar un trapo por lo menos, parece un arenero la sala.

-Si ya sé, ya sé- dijo mientras suspiraba y miraba al piso avergonzada.

Volvieron a la sala "ordenada" para sentarse en los sillones que habían visto antes. Saito se recostó en uno sin importarle lo sucio que estaba, después de todo el estaba igual o incluso mas sucio.

-¿Ahora me van a contar lo que paso?

-Mañana… tengo que dormir algo ahora- dijo mientras ponía su mano libre detrás de la cabeza a modo de almohada.

-Disculpa Sara, pero yo también voy a descansar sino te importa- agregó Ryuji mientras se tiraba boca abajo en otro sillón.

-Genial, me visitan después de meses, vienen a mi casa, se acuestan en mis sillones y ni siquiera me dicen que es lo que pasa- les dijo enojada.

-Cuando te ataquen un ejercito de arañas y…- dijo tratando de contestar Saito, pero cayó dormido casi al instante.

A la mañana siguiente un ruido despertó a Saito. Eran Ryuji y Sara que estaban mirando una pequeña TV mientras desayunaban en la mesa empolvada.

-El centro pokémon de ciudad Ecruteak a sido tomado por un grupo terrorista- dijo un hombre de traje y anteojos que sujetaba un micrófono- no tenemos claro aun los motivos por lo cuales realizan el ataque, pero se me informa que hay cientos de rehenes en el lugar, la mayoría entrenadores sin contar los miles de pokémon que se encuentran alojados en el centro. Esperemos que ninguno trate de hacer algo por su cuenta y esperen a la…, un momento se escuchan disparados dentro…

Se podía ver como en el centro pokémon se estaba dando una gran batalla por el sonido de las explosiones y todos los tipos de luces que se escapaban por las puertas del mismo.

Saito se paró de un salto del sillón donde dormía y agarró sus armas de la pared en donde las había dejado apoyadas, pero antes de poder cruzar la puerta al exterior Sara lo agarró del brazo deteniéndolo.

-¡Déjame, esto es mi culpa, quieren a Sharp por eso atacaron el centro!

-¡Lo se, Ryuji me lo contó todo, pero tenés que planear esto bien, no podés mandarte así como si nada, vas a hacer que te maten!

Saito se freno en seco, aunque le costara admitirlo Sara tenia razón.