Las lucen fluorescentes iluminaban el vestíbulo del centro pokemon. Un mostrador enorme ocupaba casi por completo una de las paredes de la habitación. Detrás de él, una máquina de igual tamaño completaba el espacio hacia la pared. Era una especie de caja abierta, sin tapa y color negro que se encontraba recostada diagonalmente contra la pared dejando ver unos agujeros en los que había unas cuantas pokebolas, aunque podía notarse que estaba no estaba funcionando, porque el panel donde se podía ver el estatus de los pokemon estaba desconectado

La habitación estaba repleta de mesas y grandes sillones color rojo que eran usados por los entrenadores que estaban de paso, pero ahora la mayoría estaban desocupadas, ya que, las personas, estaban agrupadas en un extremo de la habitación, con varios de sus pokemon liberados. Podían verse especies de criaturas para todos los gustos.

-¡No vamos a permitir que nadie nos tenga secuestrados así! ¡Quilava ascuas! – le gritó un chico a su topo de fuego que inmediatamente encendió las llamas en su espalda y exhaló un montón de pequeñas bolitas de fuego.

Un pokemon de cuatro brazos saltó a defender su amo y golpeo cada una de las bolas a una velocidad casi invisible para el ojo humano.

Una gran cantidad de ataques le siguieron al del quilava, hojas cortantes, chorros a presión de agua y rayos de todo tipo, pero todos fueron detenidos por una barrera invisible. Los entrenadores sorprendidos por la increíble defensa, no tuvieron mucho tiempo para evitar que un hombre velozmente cruzara a través de ellos y robara todas sus pokebolas. En un movimiento súper ágil movió sus manos en semi circulo, tan rápido que parecía que hubiese nacido con diez más y de las cuales salieron disparados decenas de rayos rojos a los pokemon que desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos de la habitación.

-¡Llámenlos!- gritó un chico ya algo mayor- ¡Si los llaman, los pokemon pueden salir por si mismos de las esferas!

Todos le hicieron caso al chico que dio la orden, era joven de unos veinte más o menos, escuálido, con un pelo algo largo con reflejos azules. Todos llamaron a sus monstruos, pero ninguno salió por alguna razón. El ladrón soltó una carcajada.

-No se molesten, active la seguridad de las pokebolas, ninguno va a poder salir por ahora.

Habían perdido todo en unos pocos segundos. Se sentían inútiles ahora, sin sus monstruos. Algunos comenzaron a buscar en sus cinturones mas pokebolas, pero el chico que les había dado la orden antes los detuvo. No podían actuar sin pensar, si no iba a pasar lo mismo.

Pero uno de los jóvenes jamás atacó con la multitud, no era por miedo o incapacidad, él solo esperaba. Esperaba una oportunidad para reaccionar, por qué sabía, que si hubiese atacado tan impulsivamente contra ese tipo de gente, sin un plan, nada bueno hubiese pasado y tuvo razón.

Satoshi quería esperar, pero no pudo evitar reaccionar cuando el mismo chico que había pedido que guardaran las pokebolas restantes, en un ataque de ira le dirigió un golpe al hombre. Éste le esquivo el puño fácilmente y contraataco con una patada que lo freno en seco. Entonces saco de su traje una pequeña cuchilla, pero justo antes de impactar contra su rival Satoshi se interpuso delante y su mente se abrió por un segundo.

Saito traía unas pequeñas ramas para iniciar un fuego en el medio del campamento mientras Ryuji leía un libro "comportamientos impredecibles de los pokemon arácnidos" recostado sobre un árbol. Satoshi estaba sentado sobre un tronco caído, que antes seguramente había sido un gran árbol, con una mirada afligida clavada sobre el suelo mientras movía unas hojas secas con una ramita. Bayleef estaba a su lado frotando su cabeza contra él, en una muestra de cariño, aunque esto no lo reconfortaba.

Saito se acercó al chico al ver que algo le preocupaba.

-¿Qué te pasa?, parece que te hubiese pasado un auto por arriba o algo por el estilo- preguntó sin tacto.

-Nada- contestó secamente.

-Dale, no seas boludo y contame. Casi nos matan ahí atrás, no creo que haya algo peor que una araña te succione los fluidos.

El muchacho suspiró antes de hablar.

-Me siento un inútil- dijo finalmente.

-Ya era hora de que te des cuenta- afirmó burlonamente.

-¡No me jodas, te estoy diciendo enserio!- exclamó en un grito.

-Esta bien, esta bien, no te enojes, ¿Qué te pasa?- preguntó.

-Allá atrás, yo…, no pude hacer nada para ayudar a nadie. Mis pokemon siempre pelan por mí, siento que yo nunca peleo por ellos ni me valgo por mi mismo, soy un parasito. Si no hubiesen estado ustedes seguro estaría…- El chico metió la cabeza entre sus piernas quedándose callado.

Saito se acercó y se sentó en el tronco junto a Satoshi con una manzana en la mano que le había lanzado Ryuji. Le dio un mordisco y dirigió la mirada al cielo que apenas se podía ver debido a los espesos arboles.

-Sabés yo odio a los pokemon y a los entrenadores- dijo mientras masticaba y bajaba la mirada hacia Spike y Sharp que cruzaban garras en una pelea encarnizada por la mitad del último sánguche. Satoshi lo miró sorprendido, varias preguntas se formularon en su cabeza: ¿él lo odiaba? Y ¿Por qué tenía pokemon si no los quería?

-Pero vos no me caes mal sabés, tratas de hacer las cosas por vos mismo, aunque te salga todo como el traste.

Satoshi no sabia si lo estaba insultando o simplemente trataba de animarlo, eligió la primera para variar.

-¿Por qué odias a los pokemon y los entrenadores si vos sos uno?- no pudo evitar preguntar ante tal revelación. Ahora estaba mirándolo y cuando se dio cuenta pasó su manga por su cara.

Saito le dio otro mordisco a la manzana. Y se tomó su tiempo para hablar como tratando de armar las palabras.

-La gente es cómoda, se la pasa dependiendo de los pokemon para hacer cosas. Ya nadie construye a mano, cocina o se defiende por ella misma. Todos dependen de los pokemon en alguna medida. La policía espera que sus Arcanines atrapen a los criminales, los bomberos se quedan mirando como los pokemon de agua apaguen los incendios y rescatan a las personas, los científicos dejan que los Alakazam creen nuevas teorías usando su alto IQ y los entrenadores hacen que sus pokemon luchen sus batallas sin saber manejar un arma. Estaría bien si fuera que hacen una parte del trabajo, pero no es así. La mayoría la hacen los monstruos, por lo que la gente se volvió perezosa y arrogante. No creo que nadie en el planeta no los necesite para algo...- dijo dándole una ultima mordida a la manzana.

Satoshi lo miró sin poder creer lo que escuchaba, Saito no era tan idiota como él pensaba y aunque no estaba de acuerdo en algunas cosas decidió guardar silencio.

-Pero vos no sos así, querés hacer tu parte también y eso es lo que me gusta de vos.- Tiró la manzana hacia el dinosaurio verde y este la devoro en el aire con una sonrisa.

-Los pokemon no tienen la culpa de lo que la gente haga con ellos- dijo mirando como el Bayleef devoraba feliz la manzana mientras le hacia una caricia.

El bayleef asintió firmemente hacia Saito, pero este lo ignoró.

Saito se paró lentamente y se sacudió la tierra del pantalón que se le había pegado por sentarse en el tronco.

-Bueno, basta de charla por ahora. Te acordás cuando nos conocimos que te esquive la piña- le dijo haciendo un ademan de un golpe.

-Sí, ¿qué con eso?- preguntó mientras se paraba y sacudía también el polvo.

-No es muy difícil, es usar la fuerza de uno en su contra. Un movimiento básico de aikido. Hasta un boludo como vos puede hacerlo- contestó sin quitar la vista del fuego.

-¿Podés enseñarme?

Su pokemon se puso frente a Saito en pose de ataque intentando defenderlo, sabia lo que se venia.

-Voy a estar bien, no te preocupes- le dijo acariciándole la cabeza.

Saito vio este gesto intrigado, tenían como una especie de amistad que él no podía ver. Tenía algo así con Sharp, pero era diferente.

-Si, por qué no, estoy al pedo igual- contestó después de unos segundos.

Ambos se alejaron un poco del campamento para tener mas espacio para entrenar.

Saito le pidió que lanzara un golpe para mostrarle como hacer el movimiento y también golpearlo un poco para divertirse. Satoshi dudó, pero igual lo hizo. El resultado fue el mismo que aquella vez: el chico terminó en el suelo boca arriba con un dolor terrible en la espalda. Después de eso, Saito le mostró como era que tenía que tomar el brazo de su oponente para poder desbalancear su centro de gravedad.

Una vez terminada la explicación siguieron entrenando. Saito lanzaba un golpe y Satoshi tenia que tirarlo al suelo con el menor esfuerzo posible. El chico terminó con varios golpes en la cara hasta que pudo lograr su primer éxito, luego del cual, Saito, terminó muchas más veces en el suelo en comparación a los golpes que éste recibía.

Entonces sus pensamientos volvieron a cerrarse y el hombre estaba a unos centímetros de atravesarle el cuello con su arma. Tomó el brazo del cuchillo y giró sobre su eje para aprovechar todo el impulso del movimiento, entonces lo arrojó con todas su fuerzas a un lado de la habitación. No podía creer la distancia que aquel cuerpo había recorrido.

La cabeza del individuo golpeo contra una de las mesas de café en la caída dejándolo inconsciente en el piso.

El chico lo miraba atónito, en parte porque lo habían salvado de una muerte segura y en otra porque el hombre era casi del doble del tamaño de Satoshi y este lo había revoleado casi veinte metros como si de una bolsa de algodón se tratase.

-Gracias… no puedo creer que ese tipo casi me mata, fui un boludo al pensar que tenía una chance- le dijo tembloroso.

-No es nada, no podía dejar que te mataran por que sí- le respondió nervioso.

Los dos estaban cagados hasta las patas, es cierto que habían vencido a uno, pero quedaban como veinte más, sin contar los pokémon y no era muy alentador. Jamás Satoshi se había planteado la idea de hacerles frente, ahora no tenía opción.

Alrededor de veinte personas de traje rondaban la habitación. Tres rhydon patrullaban los tres pasillos que hacían de salida y otros dos mas eran seguridad dentro del lugar. Al ver a su compañero caído los dos pokémon dirigieron una mirada asesina hacia los dos jóvenes.

-Estamos jodidos- dijo Satoshi mientras le temblaban las piernas.

-Na ¿vos decís?, soy Kato por cierto- contestó sarcásticamente.

-Satoshi, un gusto- contestó con una sonrisa forzada.

Un sonido agudo que se apagaba y volvía a empezar comenzó a sonar, venia del escritorio en donde un muchacho pelirrojo de pelo corto y complexión atlética ahora recostaba sus pies mientras descansaba en una silla. Unos grandes goggles cubrían su frente. Sobre el mueble, dos discos de metal, de medio metro cada uno ocupaban todo el espacio.

-Parece que tenemos invitados- dijo en voz alta- grupos tres, cuatro y cinco, vallan a ver que pasa en la zona norte- ordenó ignorando completamente la acción de Satoshi- Y vos Ralph, levántate y deja de ser tan maricón- dijo mientras se volvía a sentar.

Diez de los uniformados desaparecieron por los pasillos mientras pasaban por al lado de los rhydon.

El hombre de casi dos metros, rapado y lentes oscuros se levantó de los escombros de la mesa. Un gran río de sangre le caía de la cabeza hasta el cuello.

-No me rompas las pelotas Reno, vos no volaste veinte metros- dijo mientras se limpiaba el saco con las manos.

-El gran Ralph vencido por un pibito de diez años- comentó sarcásticamente una chica de pelo corto, verde y lentes de sol amarillos. No era para nada desagradable a la vista.

El hombre rio a duras ganas y corrió hasta Satoshi una vez más con el puño levantado. Los entrenadores no hacían nada más que mirar mientras la mole se acercaba más y más, pero justo cuando iba a impactar el chico realizó el mismo movimiento y el hombre voló nuevamente y esta vez no sé levantó.

La mujer que lo había insultado antes se reía a carcajadas.

-Mátenlo no me importa como- gruño fuertemente con las pocas fuerzas que le quedaban.

Los rhydon como dos tanques comenzaron a correr hasta Satoshi con lo mirada asesina sobre sus caras. Los uniformados miraban el espectáculo entretenidos.

Satoshi no se movió del lugar, al contrario se paró enfrente del camino de las bestias.

-¡¿Qué estás haciendo?!¡Te van a matar!- le gritó Kato.

-¡No voy a correr más, voy a enfrentarme a estos tipos aunque me cuesta la vida!- le contestó.

"Yo no soy tan fuerte como para enfrentarme a una cosa así, no puedo hacerlo solo, lo lamento bayleef"

Satoshi liberó a bayleef en un reflejo, y esta, tuvo poco tiempo para desperezarse porque vio lo que se le venia encima. Rápidamente agitó la cabeza y cientos de hojas afiladas como la mejor espada salieron disparadas ante las moles de roca. Los pokémon no sé detuvieron ni por un segundo y siguieron avanzando mientras las cuchillas cortaban sus cuerpos como manteca. Satoshi aunque sabia de la ventaja de tipo, nunca se imagino que un par de hojas navaja podrían hacer tanto daño, hasta que vio, como uno de los cuernos rodaba por el piso. El rhydon se detuvo en seco y cayó desplomado.

Los entrenadores vitoreaban a Satoshi, algunos gritaban mientras que otros solo levantaban los brazos en señal de aprobación.

Pero la batalla estaba lejos de acabar, las hojas dejaron de golpear al último pokémon, rebotaban contra una pared transparente. Satoshi comenzó a buscar la razón de esto y la encontró a solo unos metros: un pokémon amarillo con una especie de melena blanca, gran nariz y un pequeño péndulo en la mano, se encontraba en transe. El hypno estaba creando la pared de cristal que defendía al pokémon mientras éste se acercaba como una locomotora.

Bayleef trato de detenerlo, pero el pokémon simplemente la atropelló y siguió su camino hasta Satoshi con las fauces abiertas.

Entonces Satoshi, sintió que alguien lo empujaba sacándolo del camino de la bestia: era Kato. La mandíbula del monstruo se cerró y lo atrapo a él en su lugar. Lo levantó como si nada mientras gemía de dolor. Se hubiesen podido escuchar las costillas del chico quebrarse de no ser por sus gritos.

El dinosaurio verde se levantó del suelo y comenzó a atacar en un intento desesperado para ayudar a Kato. Las hojas volvieron a rebotar contra la muralla invisible, pero bayleef no se detenía y seguía lanzando ataque tras ataque.

Satoshi buscó en su cinturón y lanzó una pokebola al aire que liberó un rayo blanco amorfo, un segundo después tomó la forma de un pequeño pájaro de ojos rojos que se paraba en una sola pata.

-¡Hot hoooT!- grazno alegre.

Satoshi no tuvo más que señalar al hypno para que el pajarito lanzara de sus ojos una onda psíquica transparente que distorsionaba el ambiente mientras avanzaba. El pokemon recibió de lleno el golpe y, aunque no le hizo mucho daño, fue lo suficientemente fuerte para sacarlo del trance.

Las hojas de bayleef dejaron de rebotar y comenzaron a atravesar al gran pokemon de roca que hizo hasta lo imposible para no soltar a su presa y mantenerse en pie. Poco duró antes de desplomarse en el suelo y soltar a Kato que cayó muy lastimado.

El chico corrió hasta su amigo y le recostó la cabeza en su rodilla.

-¡Kato, Kato! ¿Estás bien?- le preguntó histérico.

-Eso creo, debo tener mal sabor para que me haya escupido- rió- Gracias otra vez por salvarme, parece que no me va a alcanzar la vida para pagarte.

Kato se veía muy mal. Se sostenía un costado donde seguramente tenía varias costillas fracturadas.

-No hay problema, por lo general es a mí a quien salvan. Es bueno ver que puedo ayudar a alguien de vez en cuando.

Reno se levantó y agarro los discos del escritorio. Comenzó a aplaudir sin razón aparente y todos hicieron silencio.

-Bravo, bravo. Lindo show el que me estas mostrando pibe. Veo que vos no sos un maricón como todos estos- decía mientras se acercaba y rostros de odio surgían por doquier –Tenés que disculpar a Ralph se sobresalta a veces, pero no tiene la culpa- dijo acariciando la pelada del hombre – Falta algo de tiempo todavía para que todo esto termine y como veo que no sos tan mal entrenador y también te sabes defender, te voy a proponer un pequeño reto. Si ganás todos se pueden ir, nosotros no vamos a hacer nada para impedirlo.

El Hoothoot se acercó hasta su amo dando saltitos y lo mismo hizo bayleef.

¿Qué podía perder? Después de todo estaba a su merced de todas formas y si había una chance de que esto fuese verdad no iba a desperdiciarla.

-¿Y si pierdo?

-Morís por supuesto.

Las luces rojas y azules de los autos de policía parpadeaban constantemente mientras la gente se mantenía atrás de una línea de contención que prevenía que se acercaran al centro pokemon. Madres gritaban desconsoladas pidiendo que les permitieran el paso para tratar de ayudar a sus hijos.

Un hombre cruzaba la multitud sin problemas, ya que la gente, se apartaba de su camino a medida que avanzaba en señal de respeto y admiración. Era rubio con una vincha violeta de tela muy desgastada en la cabeza y una bufanda descolorida. Su mirada transmitía paz, pero a la vez era muy intimidante. Morty era un hombre que rondaba ya casi en los cuarenta años, pero no lo demostraba. Cualquiera que lo hubiese visto lo confundiría con un chico de veinte.

Caminó hasta llegar a la línea de contención, la levantó con una mano y cruzó. Se dirigió a una mujer mayor de pelo largo y azul que parecía estar al mando de la operación.

-¿Cuál es la situación Jenny?- preguntó despreocupado Morty sin mirar a la oficial ya que tenía la mirada perdida en el centro.

-¡Morty, gracias a Dios!- exclamó –Muy mal- dijo decepcionada-Hicimos todo lo que pudimos, hasta enviamos al equipo S.P.E.A.T (special pokémon squadron and tactics), pero esa gente no es normal. ¡Acabaron con todos en cuestión de segundos!, tienen una fuerza descomunal, nunca había visto algo así desde…

-Red- contestó con su tranquilidad habitual- si lo que decís es cierto y son tan fuertes como lo era Red, no creo que podamos detenerlos con métodos normales.

La oficial sentía miedo, si Morty, uno de los lideres de gimnasio más fuertes de la región, decía que no había posibilidad de detenerlos, esto, no iba a terminar bien.

-¿Qué es lo que vamos a hacer Morty?- preguntó preocupada.

-Entrar y detenerlos por supuesto. Deja todo en mis manos.

El alma le había vuelto al cuerpo a la policía.

-¿Qué es lo que están pidiendo?- preguntó Morty mientras sacaba un pokebola de la nada.

-Eso es lo más extraño, no piden nada más que cosas absurdas como comida de otra parte del mundo, pokemon legendarios y esas cosas- contestó- Para que alguien querría tomar de rehén a todo un centro pokemon para pedir estupideces- preguntó para sí misma.

-Para ganar tiempo obviamente, pero la pregunta es: ¿tiempo para qué?

El olor dentro de las alcantarillas era insoportable. El agua putrefacta corría por medio de los pasillos abarcando la mayor parte de ellos y por suerte para los jóvenes, que caminaban en la inmundicia, el lugar se había diseñado con unos pequeños caminos de cemento a los lados del "río" bastantes altos por lo que el nivel del agua quedaba varios centímetros abajo. Ryuji y Saito caminaban por estos mientras los ratattas y raticates, sucios por la mugre del lugar, se les alejaban con cada paso.

El pelirrojo tenía en su mano un pokegear (una especie de reloj/teléfono/mapa entre otras funciones) que proyectaba un mapa holográfico del lugar con una pequeña flechita roja que mostraba su posición.

-"Pendejo de mierda, espero que estés bien"- pensaba Saito mientras avanzaban buscando la salida del laberinto. Cada camino era exactamente igual al anterior por lo que cada vez que daban una vuelta en alguna esquina nada cambiaba. Esto los obligó a depender en el dispositivo y no en sus ojos, cosa que a Saito le molestaba mucho.

Ryuji se detuvo y despegó la mirada del mapa que desapareció cuando apretó un botón. Subió la cabeza apuntando a una pequeña escotilla en el techo.

-Esta es, conecta justo con una bodega del centro- dijo guardando el pokegear en un bolsillo y acomodándose el bokken en el cinto- una vez que estemos adentro no hay marcha atrás- dijo mirándolo seriamente.

-Ya sé, no iba a venir hasta acá para echarme atrás- contestó decidido- pero por si las dudas ¿Cuánto es nuestro índice de éxito?- preguntó con una sonrisa forzada.

-Si lo que escuche en la radio es cierto y estos tipos destruyeron toda una unidad de S.P.E.A.T, una en mil y eso era si Sara nos acompañaba, ahora serian una en diez mil si no me equivoco.

-Bueno estuvimos en peores- trató de consolarse.

-Nop, creo que esta es la cosa más difícil que intentamos hacer- contestó Ryuji con su típica sonrisa.

Saito tragó saliva y giró la manivela para abrir la escotilla.