CAPÍTULO LVI

A la mañana siguiente, Gojō apareció a la puerta de la casa de los Itadori acompañado por Fushiguro, quien vestía ropa de civil en lugar del acostumbrado uniforme.

—Le voy a echar un ojo —sentenció, retirándose los zapatos cuando Yūji le dejó entrar.

—¿Faltarás a la escuela?

Fushiguro no dijo nada. Se irritó levemente, pues la respuesta era obvia.

—Le estás aprendiendo lo peor a Sukuna —finalizó, resignado, centrando su atención en la mochila de Fushiguro.

Al poco tiempo desvió la mirada.

—Se está convirtiendo en un vándalo —dramatizó Gojō, limpiándose una lágrima imaginaria—. Megumi no era así. Ese muchacho lo está volviendo otra persona.

—Ya váyanse —musitó Fushiguro, controlando la molestia.

—¡¿Me corres de mi propia casa?! —exclamó Yūji, señalándose a sí mismo.


Cuando los otros dos se fueron, Fushiguro se adelantó a la cocina. Metió unos recipientes plásticos con tapa en el refrigerador. Preparó algo para almorzar con Sukuna. Bueno, Gojō lo hizo. Fushiguro sólo lo metió en tuppers.

Los platos cubiertos con papel transparente, ligeramente empañado por el cambio de temperatura, seguro eran el desayuno que Yūji dejó para su hermano.

Vio las cervezas en la parte inferior, menos sorprendido que la primera vez.

Se dirigió a paso de gato a la habitación de Sukuna. Seguía dormido. Tan tranquilo y apacible, nada que ver con el delincuente que tenía por novio.

Se acomodó cerca de una pared para recargar la espalda. Cuando la luz natural del día comenzó a llenar la recámara, extrajo un libro de la mochila y se puso a leer.

Un par de horas más tarde, Sukuna abrió los ojos. Murmuró una maldición al haberse esforzado en sentarse. No advirtió la presencia de su novio a sus espaldas hasta que éste cerró el libro que tenía entre manos y lo guardó.

—¿Eres una visión o algo así? —preguntó, con la voz ronca típica de quien no lleva mucho tiempo despierto.

—Qué más quisiera —respondió en un suspiro cansado—. Deberías mantenerte en cama un rato más —agregó, viendo cómo se ponía de rodillas con toda la intención de levantarse.

—No quiero hacer aquí lo que planeo hacer en el baño.

Fushiguro no contestó. Se acercó para ayudarle a ponerse en pie.

No le sorprendía ese cuerpo tatuado y bien marcado. No más. Era deseo lo que sentía cada que pasaba los dedos por aquellos músculos firmes y calientes.

Echó una mirada furtiva hacia la ropa interior —lo único que vestía Sukuna—, donde se mostraba la semierección que todo hombre en perfecto estado de salud debería tener por las mañanas.

Sukuna estaba acostumbrado a fingir que no notaba cuando Fushiguro lo desnudaba con los ojos, en especial porque el otro mantenía el semblante imperturbable.

Sus sentidos se estremecieron. ¿Acaso era una señal? ¿Cuánto tiempo hacía desde la última vez que tuvieron sexo? El cuerpo exigía lo único que no estaba seguro de poder hacer. Herido y con el dolor latente por la falta de analgesia en la mañana, seguro terminaba sangrando si intentaba follarse a Fushiguro.

«Maldito cuerpo inútil». Anhelaba ser un demonio o algo similar, que tuviera un alto poder regenerativo.

Una vez solo, en el baño, vació la vejiga; se lavó las manos y también los dientes.

Caminó de regreso a la habitación con Fushiguro. Una vez en ésta, echó ambos brazos sobre los hombros de su pareja.

—Te estabas tardando —agregó Fushiguro, resignado al único contacto físico que toleraba a esas alturas de la vida.

—¿De qué hablas? Sólo estoy cansado y maltrecho —habló con voz ronca—. Necesito un apoyo.

Fushiguro colocó las manos sobre la curvatura de la espalda de Sukuna. Con la nariz detectaba un fresco aroma mentolado. Con toda seguridad, el enjuague bucal que el otro usaba.

Rozó los labios con los ajenos a la espera de un mayor avance.

Sukuna no hizo nada. Siempre era él quien tomaba la iniciativa. Deseaba conocer qué tan lejos llegaría Fushiguro por su cuenta.

En consecuencia, el susodicho lo besó. Sukuna respondió con la misma lentitud y delicadeza que su chico empleaba; siguiendo su juego, ateniéndose a su ritmo.

Fushiguro buscó la lengua opuesta con la propia, siendo consciente hasta ese momento que era él quien llevaba las riendas. Ya era capaz de experimentar deseo mental, emocional y físico por Sukuna, y si éste se mostraba sumiso, ¿qué mejor que llevar las cosas a su manera?

Acostó a Sukuna, con cuidado de no ser brusco, quedando encima de él, entre sus piernas.

No estaba particularmente duro, pero un pálpito constante apareció entre las ingles. No dudó en restregar su miembro contra el de Sukuna, sin cortar el húmedo contacto que cada vez adquiría mayores notas pasionales.

—¿Acaso es un nuevo fetiche tuyo? —inquirió Sukuna cuando se separaron—. ¿Hombres débiles y heridos?

—Por tu bien, ruega que no. O tendré que apuñalarte cada que necesite coger.

—Oh, ¿así que estás necesitado? —Sonrió con la burla y la malicia que sabía, sacaba de quicio al otro—. No anuncies eso a la ligera. Eres más sexy haciéndote el difícil, que comportándote como perra. Y no me gusta follar con animales. No estoy tan enfermo.

Mientras hablaba, Fushiguro se estiró por su mochila. Extrajo la correa y el collar que había comprado para Sukuna tiempo atrás.

Se lo colocó al otro, apretándole más que de costumbre.

—Meg…

—Que no se te olvide, Sukuna —interrumpió Fushiguro, ignorando la evidente incomodidad ajena por la dificultad respiratoria—, quién es la perra de quién.

Le depositó un último beso en los labios antes de sacar otro aditamento de la mochila.

«Este tipo…» pensó Sukuna tras ver el bozal que el otro sostenía en la mano.

No se resistió. Sabía que le iría peor si lo hacía. No era idiota y tampoco planeaba empeorar el humor de su novio.

Una incómoda máscara de cuero sintético se le ciñó al rostro con facilidad, imposibilitando el habla. Sólo contaba con una abertura para las fosas nasales. La única parte no cubierta de su cara eran los ojos.

—Me molesta escuchar tus ladridos, así que vas a aprender a comportarte a la mala —sentenció, sacándose la camisa y aflojando los pantalones.

Le retiró la ropa interior a su pareja, dejándolo en completa desnudez, con una creciente erección a la vista.

Sacó, además, lubricante en gel, unas esposas y una cola de perro, no demasiado afelpada y de una tonalidad café-rojiza, que se insertaba mediante un plug metálico.

Sukuna tragó saliva con dificultad, sin saber si era por la presión de la correa en el cuello o por la situación en sí.

Se lo iban a coger.

Fushiguro retiró la cubierta de silicona que mantenía la limpieza del plug. Lo había lavado de forma previa.

Lo untó con lubricante suficiente y lo posicionó contra el ano de su novio.

—Relájate o dolerá.

Insertó el objeto hasta el tope, viendo cómo Sukuna apretaba el abdomen y cerraba los ojos con fuerza por la incomodidad, negándose a soltar el mínimo ruido vergonzoso.

—Buen chico. —Le acarició la cabeza—. Espero que sigas así o también tendré que colocarte las esposas.

Con una sonrisa ladina de tinte sensual, se retiró el resto de las prendas hasta quedar en completa desnudez.

—Quiero mostrarte algo.

Se sentó a horcajadas sobre la pelvis de Sukuna, pero dándole la espalda, exhibiendo en la parte más baja de la misma, un tatuaje pequeño y bien definido. Líneas angulosas como las que Sukuna tenía en el abdomen, sólo que más cerradas, sin llegar a tocarse y con un punto en el centro.

Además de ello, Sukuna notó que su pareja usaba un plug anal para dilatación. Así que le fue fácil concluir que ya iba con la intención de mantener relaciones.

Volviendo al tatuaje, le gustaba. Tuvo la imperiosa necesidad de poner a Fushiguro en cuatro y empotrarlo con brutalidad. Si eso no era una clara evocación a sus instintos más lascivos, no sabía qué era, en especial por la posición que el otro adoptaba en esos momentos.

Llevó las manos hacia el tatuaje, acariciando la zona del centro hacia afuera con los pulgares. Colocó el resto de los dedos sobre la cintura, deleitándose con la firmeza y suavidad de la piel. Deslizó las uñas hacia los glúteos, sin dejar marcas, y masajeó éstos últimos con descaro, antes de extenderse hacia lo que podía abarcar de las piernas en esa posición.

—No lo sabe Gojō, mucho menos Itadori o Kugisaki, así que eres el único. ¿Comprendes lo que quiero decir? —agregó, al tiempo en que se volteaba, quedando en la misma posición, pero encarando al otro.

Sukuna asintió.

«Abres la boca y estás muerto» dijo para sus adentros.

A no ser que su novio se colocara pantalones a medio glúteo y usara playeras ajustadas que se recorrieran con facilidad a causa del movimiento, o se quitara la ropa, no sería un tatuaje fácil de ver.

Fushiguro posicionó su pene junto al de Sukuna. Empapó la mano con el lubricante y comenzó a masajearlos a ambos en un bombeo firme y constante, no rápido, arrancando un gemido ronco de su pareja.

Al cabo de unos minutos, se retiró el plug. Tomó más del gel para untarlo entre sus glúteos e introducir algunos dedos, asegurándose de estar lo suficientemente dilatado.

—¿Tienes condones?

Sukuna negó con la cabeza.

—Mierda —susurró por lo bajo—. Lo haremos así por esta vez —presentó una sutil nota amenazante en la voz—. Me lavé bien en casa así que…

Suspendió las palabras a propósito. Sostuvo el pene de Sukuna y posicionó la punta contra el ano, tomando un profundo respiro antes de bajar la cadera para introducirlo y proceder a sentarse de forma paulatina.

Sukuna gruñó complacido. Las cálidas paredes internas ciñéndose sobre su virilidad eran un verdadero deleite. Pese a haber estado incontrolables veces dentro de otros cuerpos, ninguno le generaba tanta adicción como el de Fushiguro.

Incluso si conocían cada rincón de lo que abarcaban sus pieles, su amado continuaba tensándose al inicio de la penetración. La forma en que apretaba su miembro, con contracciones irregulares, como si le costara trabajo llenarse de él, era el principal indicio; el otro, la presión que los músculos de las piernas opuestas ejercían, marcándose como cuando estaba a punto de dar un gran salto durante la práctica de básquet.

Un gutural complacido se hizo escuchar entre ambos. Fushiguro interpretó eso como una buena señal.

Se meció hacia el frente y volvió atrás un par de veces para acostumbrarse a la intrusión, antes de dar pequeños saltos para obtener mayor placer.

Casi siempre era él a merced de Sukuna, dejándose hacer y deshacer entre más confianza le proporcionaban las manos que ahora masajeaban su virilidad, en un bombeo constante y viscoso gracias al lubricante; lento en instantes y apresurado en otros.

Las últimas semanas, Fushiguro había experimentado deseo por ser el activo; no era algo que sucediera seguido y cada vez se complicaba más convencer a Sukuna.

Pensó en lo bien que se estaba sintiendo en ese momento, dominando al otro con una correa y dándose placer siguiendo las indicaciones de su propio cuerpo. No estaba nada mal. Montar a Sukuna era mucho mejor de lo que imaginó.

Sin dejar de lado el sexy contoneo de la cadera, en la que el otro clavaba su mirada, reparó en las vendas de su pareja. Con los dedos se pasó encima del abdomen y presionó sin llegar a recargar todo el peso de su cuerpo.

Sukuna soltó una queja ronca de notas elevadas y apretó los ojos con fuerza. No supo si el sudor que bajó por sus sienes fue a causa del dolor o por la forma en la que el interior de su chico le proporcionaba calor y éxtasis.

—No te contengas, quiero oírte —dijo Fushiguro, relamiéndose los labios—. O tendré que hacer eso de nuevo.

Ninguno era dado a hacer escándalo durante el sexo. Sukuna lo sentía como un juego de provocaciones, por lo que tendía a morder con fuerza o nalguear a su pareja en el momento menos esperado, para arrancarle un gemido o un grito.

Ahora Fushiguro experimentaba esa parte de la diversión. Comenzó a entender por qué Sukuna lo tomaba con la guardia baja, sin avisarle sobre los cambios de ritmo.

Por su parte, Sukuna se negaba a gemir, pero a saber de qué sería capaz el otro y no quería terminar con alguna herida reabierta o esposado. Lo único que le brindaba alivio era la libertad que tenía para manosearlo.

Más temprano que tarde comenzó a gruñir y jadear para su amado.

—Y decías no ser un animal.

Le dijo éste en un tono irónico.

«¿En qué lo convertí?» pensó Sukuna, maravillado por la vista; el cómo el miembro de su novio se balanceaba cuando no lo tocaba, producto de sus movimientos pélvicos.

Si no se sintiera tan mal al forzar el abdomen, no dudaría en acompañar la faena levantando la cadera cada tanto.

—Hazlo más rápido —ordenó Fushiguro, cuando Sukuna volvió a masajear su pene.

El susodicho estuvo tentado a detenerse y presionar la base, torturarlo y obligarlo a enloquecer en la búsqueda del clímax, pero no era idiota; osado y problemático sí, mas no tentaría a la suerte enfadando a la fiera que tenía encima.

En una situación normal habría obligado a su pareja a realizarle una felación e irse a casa; supo entonces cuánto había caído por Fushiguro, dejando que lo usara a su conveniencia, forzándolo a recibir objetos que jamás hubiera contemplado en someterse.

Ese hombre le había logrado poner una correa al cuello, literal y figurativamente. No supo cuándo ni cómo, pero así habían quedado sus roles y, en definitiva, así como Fushiguro había domando a la bestia, esta última jamás permitiría que su domador huyera.

Lo suyo ya era una situación insana y adictiva. Fushiguro era una droga para Sukuna; Sukuna era la medicina de Fushiguro. Privar a uno del otro los volvería irascibles e inestables, obligándolos a experimentar un síndrome de abstinencia crítico para su sanidad mental.

Fushiguro manchó con su esperma el torso opuesto. Con la respiración agitada, no dejó de moverse de arriba abajo, incluso si eso le revolvía el deseo con angustia.

Sukuna asimiló cada detalle del rostro sonrojado opuesto; los ojos verdes que clamaban en silencio su deseo por hallar descanso; los labios un poco resecos que más tarde no dejaría de comerse. El hombre que tenía delante era una maravilla.

Poco tiempo transcurrió para eyacular dentro del cuerpo ajeno, parando a su novio en seco y haciendo que se sentara por completo sobre su entrepierna, para hacer que el semen se impregnara tan dentro como fuese posible.

No obstante, tan pronto como Fushiguro retiró el pene de su interior, el fluido escurrió, manchando sus muslos internos.

A Sukuna le habría encantado ver eso por detrás. Terminó tomando los remanentes con los dedos previo a masajear el ano de su pareja, quien se estremeció y lo apartó de inmediato ante la idea de que lo penetrara con la mano.

Al ver que nada incómodo sucedía, se apiadó de Sukuna. Le retiró el plug con la cola de perro, también el bozal y la correa, dejando a la vista las marcas rojizas que dejaron sobre la piel.

Se inclinó hacia adelante, juntando los labios con los ajenos en un intento desesperado por reponer el aliento, a sabiendas de que terminarían peor.

El beso fue tan fogoso como desesperado. No les importó si la saliva escurría o chapoteaba en conjunto al movimiento de sus lenguas. Llevaban buen rato sin tener ese tipo de intimidad y debían reponerla de alguna manera.

Sukuna tiró del cabello ajeno por la parte de atrás para separar a su chico a la fuerza. Lo logró a costa de llevarse una mordida que le rasgó el labio inferior.

Fushiguro no sabría cuán faltos de oxígenos estaban sus pulmones de no ser por esa acción, incluso vio destellantes puntitos blancos sobre los ojos al tiempo en que el pecho subía y bajaba. Respiraba por la boca y no era capaz de pronunciar palabra alguna.

—Si no hubieras hecho eso —dijo Sukuna entre jadeos—, te habría cobrado antes de que te fueras. —Si algo no le permitiría nunca a su pareja, eso era coger sin besuquearse en algún momento.

—¿Es tu forma de rogar por el bozal otra vez? No te conocía esos fetiches —respondió, levantando las cejas con altivez.

Sukuna hizo oídos sordos. Moría por dar la vuelta a la conversación, pero en su estado era una pésima idea retar al novio que ya sabía cómo joderlo bien y bonito.

—Papel —Fushiguro habló por lo bajo, buscando algo igual o similar dispuesto por la habitación.

—En el baño. —Señaló la puerta con un dedo, obteniendo como respuesta que el otro chasqueara la lengua y se pusiera en pie con cierta dificultad.

Al volver con el rollo, limpió los remanentes de semen de Sukuna y de sí mismo, antes de colocarse la ropa y guardar los artículos utilizados.

Había pasado un tiempo desde que lograron recomponerse; pese a ello, Fushiguro advirtió un rubor que no desaparecía del rostro de su pareja.

—¿Te encuentras bien?

—Por supuesto, estoy aquí tirado y vendado por puro gusto. ¿No es evidente?

Fushiguro inhaló, contó hasta cinco y dejó salir el aire poco a poco.

—No me refiero a eso, idiota —masculló sin la malicia necesaria para que lo que pronunciaban sus labios sonara venenoso.

Llevó una mano hacia la frente contraria, tocándola con el dorso, y bajó a la mejilla.

«Tiene fiebre», por suerte, no se sentía demasiado alta.

Dirigió la vista hacia el ventilador en la esquina de la habitación que se movía de un lado a otro. Consideró apagarlo, aunque la idea se desvaneció de su mente al percibir que el aire se sentía tibio sobre la piel y que el calor volvería sofocante esas cuatro paredes para ambos.

«¿Me habré excedido?».

—¿Qué hora tienes? —cuestionó Sukuna, cerrando los ojos por unos instantes.

Fushiguro alcanzó el celular, visualizando un mensaje de Yūji.

Itadori Yūji

En la mesa de la cocina hay unos medicamentos con la prescripción médica

Te lo encargo

Hay comida en el refrigerador ( ╹▽╹ )

Al notar que pasaba por casi cuarenta minutos la hora indicada en al receta, Fushiguro intuyó que el cuerpo de Sukuna podía estar experimentando un efecto secundario de la falta de medicación.

Al quedarse solo, Sukuna asumió que eran las qué-te-importa horas, con quédate-ahí minutos. Comenzaba a tener hambre, quizá por eso le dolía la cabeza, porque la follada había sido buena. Se preguntaba seriamente si podrían repetir al rato.


Cuando Yūji subió al auto por la mañana, después de colocarse el cinturón de seguridad, aprovechó para mandar a Fushiguro un mensaje indicando en dónde podría encontrar el manual de instrucciones para el cuidado de Sukuna ese día, así que no prestó atención a la marcha que puso Gojō ni a las expresiones de éste, hasta que presionó la tecla enviar en el móvil y volvió los ojos por el parabrisas.

Por lo general, Gojō daría la vuelta a la cuadra para incorporarse a la avenida principal y tomar rumbo a la escuela, pero en esta ocasión siguió derecho y Yūji conocía ese camino por las veces que salían de la prefectura.

—Gojō-sen…

—Yūji —interrumpió con un tono de voz más solemne, apretando el volante bajo sus manos para esconder el incipiente nerviosismo—. Voy a llevarte a un lugar que me ayuda a aclarar las ideas, pero necesito que te mantengas en silencio y no hagas preguntas por lo que queda del camino. Cuando lleguemos te voy a contar por qué lo estoy haciendo y podrás hacerme todas las preguntas que quieras. Te responderé honestamente, pero hasta entonces…

—Entiendo. —No lo dejó terminar. Mientras hablaba, Yūji se mantuvo analizando el semblante de su pareja. No lucía bien, mas no estaba enfermo, tan sólo emanaba una tensión difícil de describir—. Está bien —repitió, antes de cambiar de tema—. ¿Puedo poner algo de música?

Por lo general, acercaría la mano al tablero sin pedir permiso, si no es que su pareja ya tenía una lista seleccionada reproduciéndose dentro del carro.

—Preferiría que no —contestó Gojō sin dejar de mirar al frente.

Tras unos segundos en mutismo, agregó algo más.

—Puedes tomar una siesta. Te habrás dormido tarde o levantado temprano para dejar lo necesario para que tu hermano tuviera todo a la mano en casa, ¿no es así?

Escuchó un sonido afirmativo antes de proseguir.

—Te despertaré cuando lleguemos.

En todo el trayecto no se atrevió a tocar una de las piernas ajenas como acostumbraba hacer; se le hacía un nudo en la garganta de sólo pensar en mirar hacia un lado.


Y con esto nos despedimos del SukuFushi. Espero que hayan disfrutado de esta ship tanto como yo. Todavía nos faltan 2 ships y un buen rato de historia. (^▽^)