Disclaimer: el mundo mágico y sus personajes no me pertenecen, tampoco gano dinero escribiendo esto, solo dolor y sufrimiento.

Advertencias: Relación ChicoxChico. Slow Burn. Angst. Enemies to Lovers. Hurt/Comfort. Uso de drogas en menores. Homofobia, mucha homofobia. Un mundo mágico lgbtfóbico. Mención de suicidio. Depresión. Albus Potter es un mal amigo. Si cualquiera de estos temas te incomoda, te invito a buscar otra historia. En esta se va a sufrir mucho...

Pareja: Es un slow burn, así que esto pasará muuuuucho después, pero pongo de inmediato que la pareja es James Sirius Potter con Scorpius Malfoy

Nota de la autora: ¡Disfruten la lectura!


Capítulo 29: Hogsmeade

Las sutilezas de las relaciones humanas siempre se me dificultaron. Desde que era pequeño, Mamá me insistía en verbalizar mis sentimientos. Incluso para ella era difícil comprenderme en algunos momentos. Nunca pude hacerlo bien. En el fondo yo tampoco sabía qué estaba sintiendo, mucho menos podía expresarlo en palabras.

Los días se hicieron cada vez más cálidos y lo único que podíamos hacer para distraernos de la inminente llegada de los OWLs era salir del castillo. Ir al pueblito era un panorama cada vez más atractivo para los estudiantes del castillo y, por lo mismo, tenía mayor dificultad a la hora de tener una cita a escondidas de todos.

—¿Quieres ir a Las Tres Escobas? —preguntó Albus sin mirarme.

—No realmente…

—Creo que Pucey estaba haciendo una competencia —siguió, ignorando mi negativa.

Suspiré resignado y seguí a mi mejor amigo al local. Había una cantidad considerable de Slytherin ubicados en una mesa del rincón con cervezas de mantequilla en frente que yo sabía habían adulterado a escondidas de Madam Rosmerta. Al parecer estaban jugando a quién podía beber más en la menor cantidad de tiempo y la capitana del equipo se alzaba victoriosa frente a todos nuestros compañeros. Helios y Gabriel también estaban allí, probablemente se habían visto involucrados por mera curiosidad.

—¿Cuál es la apuesta?

Mientras Albus se sentaba junto a sus amigos de séptimo y sexo, yo me quedé de pie, aparte. Noté a mi novio susurrarle algo a Zabini para luego levantarse y dirigirse al baño. Cuando hicimos contacto visual me hizo una seña y yo asentí. Esperé un poco, lo suficiente para asegurarme que Albus no me extrañaría, y salí del local sin hablar con nadie.

—Hola, niño bonito —susurró el Gryffindor en español—. ¿Quieres ver los alrededores?

—Hola… —intenté no sonreír como estúpido, pero no me resultó muy bien—. Me gustan los lugares donde no hay gente.

—¿Qué tan mala influencia he sido para ti? —él se llevó la mano al pecho, fingiéndose indignado—. Solo quería invitarte a dar un paseo, nada indecoroso.

Reí, metí mis manos en los bolsillos de mi túnica y comencé a caminar. Gabriel me siguió rápido, colocándose a mi altura, pero a una distancia prudente de mí. Aunque había bastante gente, todos parecían ocupados en sus asuntos, de todas maneras tuvimos cuidado de no tener muestras de afecto o parecer demasiado cercanos. El chico del tren me iba contando sobre la competencia que se había dado en Las Tres Escobas y yo estaba más atento de mirarlo gesticular y escuchar su voz que de su historia. Estaba tan sumergido en observarlo que ni siquiera me di cuenta que ya no había construcciones cerca y que estábamos prácticamente solos en medio del camino. El Gryffindor me llevó hacia una orilla y me miró con esa sonrisa que despertaba a todas las mariposas de mi vientre.

—¿Qué dices si mañana tenemos una tutoría?

—¿Qué? —pregunté algo perdido.

—Pregunto si quieres tener una cita conmigo mañana —explicó, tomándome la mano y acercándose a mí—. Los entrenamientos y el estudio no nos dejan mucho tiempo libre.

—Oh… Sí, claro… El estudio… —susurré más preocupado en observar sus labios que en procesar su pregunta.

El chico del tren soltó una suave risa y me acarició la mejilla. Levanté la mirada para cruzarme con sus ojos marrones y sonreí culpable. Cuando me lamí el labio por los nervios pude notar que ahora era él quien estaba mirando mi boca y solo por jugar volví a pasar la lengua. Las mariposas en mi estómago hicieron acrobacias cuando Gabriel se inclinó hacia mí. Puse la mano que tenía libre sobre la suya, la que me sujetaba la mejilla, y acaricié el dorso muy lentamente. Sentía su aliento cálido chocar contra mi rostro y el corazón se me agitó más de lo que ya estaba. Cerré los ojos, expectante por el beso que iba a darme.

—¡No hagas como que nada pasó! —chilló una voz femenina.

Gabriel y yo nos apartamos enseguida, fingiendo que no habíamos estado a punto de besarnos. Mi primer impulso fue mirar la punta de mis zapatos, pero era necesario averiguar si alguien nos había visto, así que escaneé el lugar. Aparte del camino, un par de árboles que nos servían de refugio y la fachada de algún muro en ruinas, no había mucho más.

—¡Cállate! ¿Quieres que nos descubran? —dijo una segunda voz.

El primero en reaccionar fue Bolaño, quien me tomó del brazo y me hizo ir hacia una de las ruinas para ocultarnos allí. Al alejarnos del camino pude notar que en medio del césped y la maleza había un pequeño puente donde antes debió correr un riachuelo, pero ahora solo contenía hierbas y piedras. Escondidas al lado de la construcción había dos chicas que yo conocía muy bien.

—Nadie viene por aquí —se quejó Rose, jugando con el dobladillo de su falda—. No trates de huir y contéstame, Juno.

—Ya te dije, estaba muy ebria, no recuerdo lo que…

—No salgas con esa maldita excusa. ¿O vas a decirme que estuviste ebria todos estos meses?

Juno bufó frustrada, se cruzó de brazos y levantó el mentón en un gesto arrogante muy propio de ella.

—Bien, lo recuerdo —cedió al fin—. Fue divertido, pero se acabó. Asunto zanjado.

—No puedes solo decidirlo por tu cuenta.

—Por supuesto que puedo, Rose —Juno alzó las cejas y chasqueó la lengua—. ¿O qué? ¿Creíste que esto sería como un cuento de hadas? ¡Por favor! Solo lo hice para ganar experiencia.

Sentí un vacío en mi estómago y tuve que apoyarme en las piedras que nos servían de escondite. Rose se había sentado en una de las ruinas y miraba entre sorprendida y herida a Juno. Zabini solo levantó aún más la barbilla, sonriendo de forma cruel. Me cubrí los labios con una mano apenas me di cuenta que la Slytherin estaba a punto de soltar las palabras más hirientes de su largo historial de perra sádica.

—¿Eso creíste, Rose? Oh, pequeña gatita, en Gryffindor siempre son tan dulces —Juno soltó un suspiro fingido—. No soy una enferma ni anormal, a mí sí me gusta el pene.

Solo hubo un segundo de silencio.

—¡Qué tonta fui! Quiero decir, ¿por qué creí que te gustaba más cuando era yo la que te besaba? Debí ver mal, ¿no? —Rose sonreía, pero parecía más bien un gesto de enfado—. Claro que te gusta el pene, solo fingiste que te gustaba que yo te tocara… o tú tocarme. Realmente fui muy tonta.

—Mira, dulzura, no voy a negar que tienes cierto talento —la Slytherin arregló su afro e hizo una pequeña mueca—. Pero nada que un chico no pueda hacer, ¿no crees? Así que deja de fastidiarme, cierra la boca y sigue con tu vida.

Juno dio media vuelta y con algo de dificultad salió de la maleza y las piedras. Gabriel me obligó a agachar la cabeza y apegarme al muro cuando la chica pasó a nuestro lado por el camino. Solo cuando sus tacones ya no se escucharon golpear el suelo y en su lugar pudimos oír unos sollozos fue que el chico del tren me soltó.

—Iré a verla —me susurró mi novio.

—No —le agarré con fuerza el brazo—. Vas a alterarla más si sabe que la escuchamos.

Gabriel iba a responder algo, pero cerró la boca y frunció el ceño. Se veía más confundido que enojado, pero de todas formas me removí inquieto cuando vi esa expresión.

—No te ves muy sorprendido de que la chica a la que te declaraste y la chica que conoces desde tu tierna infancia hayan tenido una pelea romántica —mencionó.

—Tú tampoco te ves muy sorprendido —recién al decirlo caí en la cuenta de que nadie debería saber de ellas dos.

El chico del tren le echó un vistazo rápido a Rose que trataba sin mucho éxito de detener sus lágrimas, luego me miró a mí y encogió los hombros, como si quisiera restarle importancia al asunto.

—En la fiesta de Halloween las vi besándose, les prometí que no diría nada —explicó.

—Oh… Yo también las vi ese día, pero… pero ellas no saben que las vi.

Mi novio alzó las cejas, luego soltó una especie de risa silenciosa.

—Tú pusiste el confundus, ¿no?

—Lo siento, no lo pensé bien en ese momento solo…

—Está bien —me interrumpió y me dedicó una pequeña sonrisa—. Rose sabe que la vi, así que no se alterará si voy, soy el único que puede ser su amigo ahora. Claro, a menos que también quieras ir…

Comencé a jugar con mis dedos y pasé mi mirada desde Rose, que seguía llorando, al rostro de mi novio, que esperaba paciente. La única forma de ayudar a la chica era admitiendo la relación que tenía con Gabriel y no confiaba mucho en ella. Por cuatro años me había ignorado y despreciado, no quería darle una verdadera razón para odiarme. Terminé negando con la cabeza y bajando la vista, sintiéndome un cobarde.

—No hay problema, Scorpius —mi novio me dio un rápido y suave beso en los labios y me sonrió—. Lamento terminar la cita hasta aquí, ¿nos vemos mañana?

Coordinamos rápido un futuro encuentro y esperé a que Gabriel fuera con Rose para luego irme silenciosa y discretamente.

Mi primer plan había sido volver a Las Tres Escobas, si Albus me hubiera estado buscando le daría alguna excusa y pasaría el resto del día con él. Pero apenas entré al local vi a Juno unida al grupo, hablando y riendo como si hace unos minutos no le hubiese roto el corazón a una pobre chica. Mi estómago se retorció ante la idea de compartir el mismo aire con una persona tan cruel e hipócrita, así que me apresuré en salir antes de que mi mejor amigo me viera. Deambulé unos cuantos minutos, observando las tiendas y buscando algo con lo que distraerme cuando una mano se apoyó en mi hombro y me hizo detenerme.

—Vaya, vaya, ¿qué hace el pequeño Scorpius aquí? —canturreó James—. ¿Peleaste con mi guardián? Ya te advertí que si mi chico no está en forma, me las vas a pagar.

—No, él… —apreté los labios, dándome cuenta que no podía revelar lo que había pasado con Rose.

—¿Él…? —me animó a seguir.

—Está ocupado. Iba a ir a tomar con Albus algo, pero está demasiado lleno de gente —encogí los hombros—. No he peleado con nadie, solo estoy paseando.

Sabía que no me había creído, lo podía adivinar en la forma en que alzaba las cejas y parecía decidir si seguir con su interrogatorio o dejarlo pasar. Para mi suerte, tomó la primera opción. El Gryffindor me agarró del brazo, me hizo girar y señaló hacia una de las tantas colinas. Cualquier tema sobre mis razones para estar solo quedaron enterrados.

—¿Quieres conocer uno de los secretos de Hogsmeade? —preguntó—. Te haré el tour completo a cambio de tres varitas de regaliz, de las rojas.

—¿Solo eso?

—Puedes comprar algo para ti. Te estaré esperando al lado de la fuente.

Caminé hacia la tienda mientras que James se fue por otro lado. Suspiré y me apresuré en comprar las varitas que me había pedido. Ahora que lo pensaba la tienda de dulces tenía demasiados productos rojos, me imaginaba al Gryffindor llegando y exigiendo alimentos solo de ese color, creando problemas a los propietarios. Traté de sacarme esos pensamientos de la cabeza y me apresuré en ir al encuentro de ese idiota.

Casi de inmediato comenzamos a caminar hacia la colina que el mayor me había mostrado. Mientras nos desviábamos del camino y empezábamos a subir, James comenzó a parlotear sobre toda la historia detrás de Hogsmeade. Habría querido ignorarlo y concentrarme en respirar, pero la cantidad de datos históricos como chismes de hace siglos que jamás había escuchado me mantuvieron interesado tanto que se me olvidó fingir que no me estaba cansando el esfuerzo físico. Tenía que admitir que era increíble que el Gryffindor fuera tan consciente de mi debilidad por la historia y que no dudara en explotarla para que le prestara atención o para molestarme.

—¿Ya estás cansado? Pensé que como jugabas quidditch tenías mejor condición física.

—Puedo… volar… subir… cerros… es… diferente —respondí jadeante.

—Son iguales —se quejó James, sacando una de las varitas de regaliz—. Especialmente si eres buscador, resistir es necesario para ti.

Lo miré con odio y él solo me sonrió. Sabía que estaba disfrutando de mi agonía, así que opté por ignorarlo. Además, necesitaba oxígeno para seguir subiendo y discutir solo me lo quitaba. Ya ni siquiera tenía interés de descubrir los secretos que quería mostrarme, solo quería detenernos.

—Casi estamos, no seas llorón.

Un poco antes de llegar a la cima había una planicie que agradecí mentalmente. Entremedio del césped, las rocas y la maleza había una banca de piedra lisa llena de lindos detalles. Estaba claro que había sido creada con magia y puesta allí con un propósito. Aunque no me interesaba mucho averiguar cuál era.

—Muy bien, Scorpius Malfoy… Espera, ¿cuál es tu segundo nombre?

James se había puesto detrás mío y apoyado sus manos en mis hombros, lo que me impedía tirarme en el suelo o en la banca. Al hacer la pregunta se asomó por uno de mis costados, quedando demasiado cerca de mí. Traté de quitarlo, pero estaba demasiado agotado por la subida. Así que solo lo dejé hacer.

—Hyperion —respondí de todas formas—. Scorpius Hyperion Malfoy.

—Siempre pensé que mi padre tenía mal gusto para los nombres, pero el tuyo… —le di un codazo, pero solo logré sacarle una carcajada—. Bueno, bueno, mis nombres son geniales y los de Lily también, pero Al… Entiendo por qué se hicieron mejores amigos.

—¿Vas a mostrarme el secreto o no? —me quejé, tratando de soltarme.

—Claro, su alteza real Hyperion —soltó en burla.

Antes de que me pudiera quejar de nuevo, me empujó hacia la banca, me hizo dar media vuelta y me obligó a sentarme. Solo podía ver su camiseta negra, así que tiré la cabeza hacia atrás y fruncí el ceño. En el fondo estaba agradecido de tener dónde descansar.

—¿Asustado, Malfoy?

Empezaba a recordar por qué siempre me había desagradado. Golpeé sus muñecas para que me soltara y esperé a que se apartara un paso antes de responder.

—Ni un poco.

James sonrió y dio un paso a un lado. Frente a mí no solo se mostraba Hogsmeade a nuestros pies, sino que se veía Hogwarts con todas sus torres, el Bosque Prohibido y el Lago Negro, que reflejaba la luz del sol. Respiré hondo, impresionado, y traté de guardar todos los detalles que podía de aquel hermoso paisaje.

—Por tu rostro puedo decir que te gusta. Es una linda vista siempre que no llueva o caiga nieve… Aunque es lindo ver todo blanco.

—¿Has venido aquí en invierno? —lo miré sorprendido.

El chico se había sentado a mi lado y me miraba con una pequeña sonrisa que no tenía mucho que ver con la burla de hace unos segundos. Desvié los ojos rápido y fijé la vista en el horizonte, sintiéndome de pronto muy nervioso.

—Siempre vengo cuando quiero despejarme.

—¿Está bien que me muestres esto? —pregunté bajito.

—Somos amigos, ¿no? Confío en que no le dirás a nadie de este lugar. Al menos hasta que salga de Hogwarts, después ya será tu lugar.

Sonreí algo incómodo y negué con la cabeza. Como no sabía qué más decir, me quedé en silencio admirando la vista. Sin embargo, era demasiado consciente de que había alguien sentado a mi lado comiendo una varita de regaliz tranquilamente. En ese momento solo estábamos los dos y esa banca. Ni siquiera Hogsmeade o Hogwarts tenían permitido entrar la escena. No podía evitar tener en mi cabeza la imagen de James saboreando un alimento dulce, con sus muñequeras y su ropa deportiva y monocromática. Sentía en mi nariz el olor a verano demasiado fuerte, tanto que se me olvidaba que estábamos en primavera.

—Considero ridículo decir que Hogsmeade te aburre, hay mucho que ver, ¿sabes?

Habíamos vuelto al castillo y James se quejaba de nuevo. Habría creído que sería una de las primeras personas en reclamar de siempre ver lo mismo, pero no era así. En mi fuero interno tenía que admitir que tenía un punto en eso de que siempre había algo que descubrir. Por supuesto que solo alguien como ese idiota Gryffindor estaba dispuesto a recorrer cada colina y meterse en cada cueva para encontrar algo divertido y llamativo.

—Eres el único que piensa así. ¿O dónde estaban tus primos? Ni siquiera a ellos les debe agradar dar vueltas por ahí —murmuré, entrando al castillo.

—Están ocupados. Private y Wood estaban en una cita, obviamente no me voy a meter allí. Kowalski iba a almorzar con su madre y aunque me cae bien la tía Fleur, no es tan agradable pasar toda la mañana con ella —el joven hizo una mueca—. Y Rico… Bien, Rico odia caminar, así que huyó de mí.

—Increíble, ni tus primos te soportan —solté en broma, tratando de recordar quién era quién.

James me rodeó los hombros y me obligó a acercarme a él para poder frotar su puño contra mi cabello. A duras penas logré escapar de su ataque, inflando las mejillas ante tal muestra de violencia. El Gryffindor sonrió inocente y escondió sus manos detrás de su espalda.

—Serás imbécil —murmuré.

—Disculpa, soy Premio Anual. No puedo ser imbécil.

Su actitud arrogante se deshizo en cuanto escuchó o vio algo. Rápido sacó su capa de invisibilidad y la colocó sobre mí, dándome empujones para que me pegara a una de las paredes del corredor despejado, a excepción de los cuadros.

Caminando por el pasillo venía Albus. El tiempo se me había pasado tan rápido que me había olvidado por completo de la existencia de mi mejor amigo. Traté de buscar una vía de escape, pero estaba tan nervioso que no podía reaccionar bien. James pareció darse cuenta de que la iba a cagar en cualquier momento, al menos eso me pareció cuando se arrinconó lo suficiente para tomar mi mano por encima de la tela de la capa y darme un pequeño apretón.

—¿Qué haces aquí, James? —Albus preguntó con agresividad.

—Lo mismo pregunto, hermanito.

El Slytherin empequeñeció los ojos y observó con sospecha a su hermano mayor. El Gryffindor se veía como siempre: casual y arrogante, como si estuviera escondiendo algo. Había sacado la segunda varita de regaliz y la comía con calma, como si no hubiese nada extraño allí, lo que lo hacía aún más sospechoso.

—No sé qué planeas, pero no va a funcionar —advirtió mi mejor amigo.

—Deja de ser tan ególatra y paranoico, Al. No estoy conspirando contra ti.

—¿Reunión familiar? —preguntó Dominique Weasley, saliendo de detrás de mi mejor amigo.

Junto a ella estaba el resto de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Si Albus se metía con ellos, las cosas se pondrían feas para mi mejor amigo. Por suerte, el chico pareció pensar igual que yo y luego de soltar un par de obscenidades se apresuró en irse lo más lejos posible de su familia. Su escape fue exitoso, aunque estuvo acompañado por la risa de sus primos.

—Skipper, ¿dónde rayos estabas? —se quejó la chica rubia apenas Albus se perdió de vista—. Pensé que habíamos dicho que pasaríamos la tarde juntos.

—¿Ves? Ni siquiera James sabía de eso —Lucy Weasley respondió, cruzando los brazos sobre su pecho—. Pude haber pasado más tiempo con mi Osito Meloso.

—Ew, no me digas que acabas de darle ese apodo a Sean —la cazadora se veía asqueada.

—No seas envidiosa, Dominique. Obviamente no entenderías si nunca has estado en una relación seria.

—¿Puedes callarte? —la chica se giró hacia James—. ¿Puedes callarla, Skipper? De verdad, me hará vomitar.

Me sentía mareado con la rápida interacción, pero el capitán de Gryffindor parecía acostumbrado a tales intercambios. Hizo un gesto con la mano y logró que las dos Weasley cerraran la boca. No había nerviosismo o culpabilidad en él, nadie sospecharía que a solo un par de metros, bajo una capa de invisibilidad, estaba uno de los Slytherin a quien más odiaban dentro de ese grupo. O que Fred y Lucy Weasley más odiaban.

—Que yo recuerde, no habíamos dicho nada sobre juntarnos —dijo James.

—Es sobre la broma —habló al fin Fred Weasley.

—¿Cuál broma?

—¡La del Gran Comedor! La venganza por lo que les hicieron en el primer día —explicó rápido Dominique Weasley—. Los individuos ya la pagaron, pero dijimos que la escuela esperaría un poco… Ya es suficiente, si lo posponemos más, nuestro gran final no será tan genial.

Sentía que debía irme. No creía que a los bromistas les gustara que alguien ajeno a ellos escuchara sobre sus malévolos planes. Luego podría devolverle la capa a James y asunto resuelto. Traté de apartarme, pero James se apoyó en la pared y me sujetó más fuerte. Cualquiera diría que solo se estaba poniendo cómodo para charlar con sus primos mientras seguía comiendo de la varita de regaliz.

—Si queremos algo desagradable, podríamos cambiar el azúcar por la sal en el desayuno —propuso James, observando su dulce.

—¿No es muy básico, Skipper? —preguntó la rubia, riendo entre dientes.

—Es un clásico, Kowalski —el capitán rodó los ojos—. A lo que me refiero es que todo lo dulce tenga sabor a sal, ya sabes, como el rey Midas con el oro.

—Apoyo —dijo Fred Weasley, sonriendo como tiburón.

—¿Alguna idea de cómo hacerlo? —el Premio Anual observó a sus tres primos—. Quizás haya un hechizo que nos permita hacer ese cambio.

Los cuatro guardaron silencio, pensando en las posibles formas de conseguir lo que querían. Inconscientemente, yo también lo hice, aunque no me podía imaginar una manera de lograr hacer ese cambio a gran escala. La cazadora de los Gryffindor tampoco se veía muy convencida de lograrlo, porque pronto hizo una mueca y se dedicó a arreglar sus uñas con una pequeña lima.

—Solo tenemos que cambiar la capacidad de saborear de la persona, no la comida —cortó el silencio Lucy Weasley—. Si ponemos una poción que se transmita por el aire, podríamos hacerlo sin que haya evidencia que lleve a nosotros.

—¿Alguno sabe de una poción así? Para tener un inicio donde investigar —James se veía como si se estuviera dirigiendo a un equipo de quidditch.

—Si usamos granos de café arábica, escamas de una sirena de agua salada y dientes de tiburón, podríamos crear el cambio de dulce a salado —nunca había escuchado a Fred Weasley decir tantas palabras juntas—. Necesitaríamos una base de poción pimentónica y ahí le integramos agua de luna, sangre de salmón y el corazón de manzanas.

Repetí las palabras en mi mente, teniendo en cuenta las propiedades de cada ingrediente mencionado. Los granos de café y la poción para el resfriado suprimirían el sabor original de la comida. Al combinarlos con los ingredientes que provenían del mar, lo único que se sentiría sería sal. Era una forma brillante de resolver el problema, teóricamente parecía funcionar. Claro que la mayor genialidad era lograr esa respuesta en un par de segundos. Fred Weasley no me agradara, pero tenía un buen cerebro.

—Si tuvieras todos los ingredientes, ¿cuánto tomaría hacer la poción? —continuó James.

Al parecer, dentro de la dinámica del grupo, el Premio Anual coordinaba, gestionaba y guiaba todas las operaciones. También era algo impactante que nadie se sorprendiera del talento de Fred Weasley para crear pociones. Me hacía preguntarme cuántas bromas habían surgido de su genialidad.

—Tres días. Uno para hacerla y dos para que repose y obtenga el efecto que queremos.

—En la bolsa tenemos los ingredientes que faltan —Dominique Weasley sonrió y luego se giró hacia el buscador de Gryffindor—. ¿El agua de luna necesita haber pasado algún ciclo?

—Tener 14 días.

Lucy Weasley asintió cuando todos la miraron. No estaba muy seguro de por qué querían su aprobación, pero era interesante presenciar aquel intercambio. La chica pelirroja observó el techo, como haciendo cálculos y en apenas unos segundos sonrió, no tenía que envidiarle nada a Juno Zabini y su expresión de perra sádica.

—En tres días podremos preparar todo —concluyó ella—. Hablaré con los elfos para que esta semana sirvan un desayuno principalmente dulce.

—Tenemos nuestra venganza, Jinetes —junto a un aplauso, James sonrió animado.

Solo les tomó unos minutos más terminar de coordinar todo para luego separarse. Siempre había pensado que eran muy unidos, pero parecía que les gustaba tener su propio espacio. James se quedó apoyado en la pared, había sacado la última varita de regaliz y se la comía con calma. Su otra mano seguía sujetándome con fuerza y no fue hasta que no se vio a nadie en el pasillo que me soltó y me quitó la capa de invisibilidad de encima.

—Lo siento, entré en pánico —se apresuró a aclarar—. Creo que Al no habría estado muy contento de vernos juntos.

—Lo sé, lo entiendo. No tienes que disculparte.

El capitán de Gryffindor me observó de forma analítica unos segundos para luego sacar de su bolsillo un viejo pergamino. Me tomó unos segundos darme cuenta que se trataba del Mapa del Merodeador y observé fascinado como lo abría y la magia se mostraba.

—Si me dices a dónde debo ir para no encontrarme con nadie, puedo ir por mi cuenta —propuse.

—¿Te quieres ir ya? —me miró como si fuera un cachorro apaleado.

—Es que.. ¿qué más podríamos hacer juntos?

En vez de responder, James me agarró la muñeca y me hizo avanzar. Su mirada pasaba del camino que teníamos delante al mapa que tenía en la mano libre. Sin que nos cruzáramos con nadie llegamos a una zona cerca de la Torre de Astronomía. El Gryffindor abrió el cuarto secreto donde el Barón Sanguinario me había dado sus cartas el día de mi cumpleaños y nos metió dentro. Recordé que no le había contado esa historia a nadie, el regalo de James me había emocionado tanto que ni siquiera había recordado las demás cosas que habían ocurrido ese día.

—¿Sabías que este era el lugar secreto del Barón Sanguinario? Cuando estaba vivo —mencioné—. Creo que por eso siempre se va a gritar a la Torre de Astronomía, este lugar está cerca.

—¿Esta habitación? —James al fin me soltó—. ¿La del pasadizo hacia los terrenos?

Asentí y caminé hacia la ventana, haciendo lo que el fantasma me había explicado para sacar el cofré con sus cartas. No estaba seguro qué tanto podía contar, pero no creía que hubiese un gran daño en mostrar el sitio. Las cartas ya eran otra historia. Ni siquiera yo las había abierto, solo las había guardado muy seguras dentro de mi baúl. Sentía que no estaba listo para meterme con algo tan importante.

—Aquí guardaba las cartas que le envió a Helena Ravenclaw, la hija de Rowena Ravenclaw.

—La Dama Gris, ¿verdad? Sé que cuando estaba vivo el Barón estaba enamorado de Helena y que luego de asesinarla se volvió loco.

—¿Conoces la historia? —cuestioné asombrado.

—Mi padre me habló de ella. En la guerra necesitaba información de Rowena Ravenclaw y el fantasma le contó esa historia.

Ante mi mirada emocionada, James soltó un suspiro y pasó por mi lado para sentarse en el alfeizar de la ventana, dejando una pierna dentro y la otra apoyada sobre las piedras. Yo utilicé la única silla que había en la habitación, esperando atento a que iniciara una nueva historia que sabía iba a ser interesante. Supongo que debí saberlo en ese entonces, todas las cosas que sentía, las cosas que hacía y las que evitaba. Todo era tan nuevo para mí que no me detuvo en aquellos pequeños detalles. Al final, mi ceguera lastimó a todos y me lastimó a mí. De todas formas, si viviera de nuevo, repetiría todos esos momentos sin dudarlo. En especial los que tenían a James contándome algo que parecía que solo a mí me interesaba, pero que de todas formas el Gryffindor se daba el tiempo de aprender.


¡Muchas gracias por leer!

Próximo capítulo: Puntos y exámenes