Capítulo 2: Malestar

Sherlock lo miró de arriba abajo de manera imperceptible, como siempre lo hacía y sin que nadie se diera cuenta. Eran las 9 de la noche y Greg Lestrade venía corriendo por la prisa. Pero no era algo urgente, su respiración agitada era más emoción contenida que cansancio, su piel brillaba, pero no de transpiración, tenía una sonrisa que vanamente trataba de disimular y sus ojos tenían un brillo especial.

—¿Qué es lo que pasa? No vienes por un caso.

—No…es sobre el caso de ayer, hay datos que faltan, necesito tu testimonio.

—Bien, pero no ahora, tengo otras cosas que hacer.

—De acuerdo, mañana pasaré entonces. —Aun con la sonrisa contenida, Lestrade se disponía a marcharse.

—Te ves feliz, Greg. Imagino que tuviste "suerte". —El detective inspector lo miró atónito por unos segundos y luego respondió con fingida confianza —¡Sí, sí!…he tenido…suerte….Bueno, adiós.

Sherlock oyó el sonido de la puerta cerrarse y se posó frente a la ventana mientras miraba a su amigo caminar por la calle. Sí, era su amigo, lo había admitido también ese día, aunque jamás se lo había dicho. Pero ahora, en ese mismo instante, algo andaba mal con su amigo. Sherlock no encontró palabras para describir la inexplicable molestia que le produjo esa sonrisa tan satisfactoria en el rostro de Lestrade.

Volvió a su asiento, abrió nuevamente su computador y agregó en el documento:

-La felicidad de Greg me molesta.

Esa noche Sherlock tuvo un sueño que más bien era una pesadilla. Veía a Molly. Ella estaba feliz y contenta, como si celebrara algo, pero de pronto lo miraba y su rostro se llenaba de rabia. Se acercaba a él gritándole palabras mudas o algo que él no podía escuchar. Aunque en ningún momento lo agredió físicamente, podía sentir su rabia tan palpante que incluso tuvo miedo y una sensación de vacío y desolación. Era como si hubiese hecho algo terrible y totalmente irreparable.

Despertó asombrado y con un malestar en el pecho. Recordó los dichos esotéricos que dicen que en los sueños las emociones se viven de manera más intensa. Sherlock nunca soñaba. Quizás era parte de su estrategia de reprimir sus sentimientos, pero ahora lo hizo y pudo descubrir la intensidad de su corazón por primera vez. No pudo volver a conciliar el sueño y se levantó para asegurarse de no volver a soñar.

Cuando la señora Hudson entró con la bandeja de té se sorprendió de ver a Sherlock despierto, levantado y perfectamente arreglado.

—¿Sherlock…qué haces despierto a esta hora? Generalmente no lo estás

—Tengo trabajo que hacer.

—Jamás te habías levantado temprano por trabajo. —Sherlock comenzó a impacientarse. Cerró los ojos tratando de contener la calma. —¿Qué hace aquí, de todas maneras?

—Te traigo el té, como todas las mañanas.

—Oh, sí, el té…casi se me olvidaba que usted era la causante. —le dijo con la ironía de siempre mientras ella le pasaba la taza cuidadosamente en su plato.

—Gracias. —Le salió del alma, ni siquiera notó que lo hizo, pero lo hizo. La señora Hudson calló y lo miró con curiosidad unos segundos.

—Veo que ya no tendré que tener una conversación con tu madre.

—¿Cómo?

—"Gracias". Me acabas de dar las gracias por el té.

—No, no lo hice. –la sorpresa en su cara era absoluta.

—Sí, lo hiciste.

—Ah…bueno, todos cometemos «errores»

—Estás muy cambiado últimamente. Realmente te afectó lo de tu hermana, ¿no?

—…Supongo…- Sherlock pretendía estar inmerso en su computadora. — A todos nos pasa alguna vez, ¿no?

—Supongo que sí, en eso tienes razón.

El timbre sonó y la señora Hudson bajó a abrir la puerta. Desde su piso, Sherlock escuchó las risas de su casera y se asomó a ver. Era Mr. Stevens, el hombre al que solía frecuentar y con el que salía de vez en cuando, como en el matrimonio de John. Desde arriba Sherlock los veía platicar y algo en ello le molestaba. Volvió a su computadora.

—Que la señora Hudson salga con Mr. Stevens, me molesta.

Cerró su computadora, se arregló y salió rumbo a Scotland Yard.

—¿Cuál dijiste que era la evidencia principal? –Sherlock giró sus ojos con desesperación.

—La fotografía del perro. Solo había un limitado número de personas que podía estar en poder de esa foto y la víctima no era una de ellas. Además, está falsificada, obsérvala bien, alguien la falsificó para crear una evidencia…curiosamente.

—Claro, claro…-Pese a años de trabajar juntos nunca dejaba de asombrarle la capacidad que tenía Sherlock de observar cosas que nadie más podía ver.

—¿Qué demonios tienes en los ojos? Es como si fueran rayos X. –le dijo a modo de broma.

—No Greg, es el hábito de observar lo que otros no ven. No siempre me hace feliz, a veces veo cosas que no quiero ver y puedo leer a la gente en un segundo, tal y como ahora leo el romance y una cita en tus ojos y en esa sonrisa boba que traes desde ayer. —El detective inspector lo miró con reproche y cierta vergüenza.

—Ok, ok, entiendo el punto. Solo deja de…leer mi vida.

—Oh, Greg, ojalá pudiera. —Sus palabras tenían un toque de sarcasmo, amargura e intento de herir. Lo notó y se sintió culpable, pero no supo definir porqué.

—¿Qué hay de John? Últimamente no te veo mucho con él.

—Está enfocado en Rosie. Es lo justo después de todo.

—Sí, supongo. ¿Entonces ya no será tu partner?

—…No lo sé…supongo que no ya no tendrá tanto tiempo como antes para salir a jugar.

Abrió el archivo por segunda vez en el día:

-La felicidad de la gente me molesta. No sé si debiera poner esto realmente, lo que para la gente comúnmente es felicidad siempre me ha parecido estúpido y ridículo, no es nada fuera de lo normal, pero siento que hay algo en estos eventos felices que me irrita de manera personal.

-Hoy volví a ver la foto del perro que me mostró Lestrade e inmediatamente pensé en Redbeard, digo…Víctor Trevor. Al parecer todos los perros se convirtieron en un trauma ineludible. Lo que siempre fue un refugio y un medio de expresar mis emociones se ha convertido en una sombra temeraria y sufrible, el recuerdo nostálgico de una época feliz que no volverá. Pensar en Redbear es sentir que alguna vez tuve la felicidad y la perdí para siempre.

Actualizó el archivo y lo cerró.

John volvió al living de su casa con una taza de té para Molly. Había estado haciendo unos trámites en la mañana y le pidió que cuidara a su hija en el intertanto. Molly estaba saliendo temprano del trabajo ese día y la casa de John estaba más cerca, así que acordaron que se quedara ahí hasta que él regresara. Cuando volvió encontró al par jugando en la alfombra de la sala de estar. Juguetes esparcidos por todas partes, Molly sonriendo como una quinceañera y la risa de Rosie llenando todo el lugar como una magia bendita. Por un momento John volvió a sentir el calor familiar que había perdido desde la muerte de Mary, y se sintió culpable al sentir que esto era mucho más cálido y familiar de lo que alguna vez tuvo con ella.

—Gracias por cuidar a Rosie, y espero que no haya sido una molestia.

—¡Oh, no, cielos! Nunca podría ser una molestia, al contrario, soy yo la que debería agradecerte…es bueno tener una ahijada…alguien a quien cuidar.

—Claro. —Le sonrió. Al principio solía incomodarle la torpeza social de Molly, pero ahora entendía lo que para esta mujer dulce y sola podía significar el tener a Rosie cerca, y le alegraba saber que Rosie podría tenerla a ella. Después de todo, si Sherlock Holmes le entregó su vida y su más grande secreto, no debe haber nadie en el mundo más confiable que ella.

—¿Y qué tal el trabajo? Espero no haberte molestado con esto…

—No, no te preocupes, hoy solo fui a revisar unas cosas.

Con el poco valor que le quedaba, John se atrevió a indagar en lo que hace unos meses le venía molestando.

Y…¿Qué paso con el otro brazo? El de ayer, Sherlock dijo que ibas a darle dos brazos y… solo le diste…uno.

Oh, sí, estaban pidiéndolos desde otro experimento, así que tuve que negociar.

¿Y te dejaron entregar solo un brazo?

Sí…simplemente tuve que decir que el otro lo habían pedido para otro experimento. John afirmó en silencio.

…Nunca había pasado…que te pidieran una de las partes…que no pudieras darle a Sherlock lo que necesitaba.

De pronto John sintió que algo en el ambiente cambió. Fue como si una nube negra o un espíritu maligno inundara el lugar.

"Darle a Sherlock lo que necesita" —John sintió la rabia en las palabras de Molly. — ¿Eso es lo que se supone que debo hacer?

John sintió un miedo y una incomodidad que no había sentido antes, ni como médico, ni como soldado. De pronto, el peso de sentir que estaba de vuelta en la vida civil le cayó como un balde de agua fría y supo que quizás él también era psicópata acostumbrado a vivir una vida de peligros y adrenalina más que una vida normal. También supo que Molly Hooper ya no era, o quizás nunca había sido la mujer inofensiva que él siempre creyó, porque la intensidad de su mirada y la irritación en sus palabras lo estaban poniendo tremendamente nervioso. Como pudo se armó de valor y trató de seguir la conversación

—No, Molly, no es lo que quise dec…

—Dime una cosa, John ¿No te parece suficiente todo lo que he hecho por Sherlock? ¿No te parece que después de todo lo que ha pasado y todo lo que yo he arriesgado por él es justo que yo trate de enmendar mi vida y proteger mi trabajo?

—Mm, sí, por supuesto…es solo que, nunca lo habías sentido así, nunca habías no querido ayudar a Sherlock.

—No puedo hacerlo más, John. Por mi bien y por el suyo, no voy a seguir consintiéndolo.

—Estás enojada por lo que pasó ese día en Sherrinford.

—No.

—Estás enojada por esa llamada. —ella lo miró con rabia contenida y desvió la vista.

—Mira, Molly, yo sé que tienes todo el derecho de estar furiosa con Sherlock, pero puedo asegurarte que no fue su culpa. Él nunca quiso herirte.

—¿Sabes, John? creo que nada de lo que te diga te va a hacer cambiar de opinión y tampoco quiero darte un discurso melodramático y autovictimizador para seguirme humillando, así que lo mejor es que no hablemos más de esto.

Se puso de pie, agarró su pequeño bolso y caminó hacia la puerta. Justo cuando la abrió, Sherlock Holmes apareció frente a ella con la expresión de sorpresa y nerviosismo más contenida que haya visto jamás.

—Hola, Sherlock. Es bueno verte. —su sonrisa era seria y su voz monótona.

—Hola.

Molly se giró para despedirse de Rosie con una seña de manos.

—¡Adiós, pequeña!

Y salió de la casa. Sherlock entró junto con John y los dos se miraron esperando que alguno se decidiera a hablar.