Capítulo 3: Distancia
Sherlock miró a John con una curiosidad que no pudo contener. Jamás en todos los años en que llevaban de conocerse había visto a su amigo y a Molly juntos y solos, bajo ninguna circunstancia. Tampoco era algo que se le pudiera pasar por la cabeza.
—¿Qué estaba haciendo ella aquí?
—Tenías razón…está enojada. —La expresión de Sherlock cambió a seriedad en un instante.
—¿Qué te dijo?
—Creo que no podrás seguir yendo a Barths tan seguido?
—¿Qué te dijo? — Había impaciencia en su voz.
—…No mucho, pero ella realmente está dolida y ya no…no está enfocada en ayudarte a ti, sino más bien…en sí misma…en cuidar su trabajo.
—Eso significa que ya no va a volver a ayudarme.
—Probablemente.
Sherlock hizo una mueca de desagrado y desvió la mirada.
—Como sea, tengo que volver a ver las fotos del último caso, así que creo que podemos ir ahora.
—…
—¿Qué pasa?
—Rosie…Molly ya se fue y no tengo con quien dejarla.
—hhm…la señora Hudson…
—mm…he estado poco con ella últimamente, siempre la dejo con alguien más…asa que creo que hoy…
—Claro…no hay problema. Luego te contaré los detalles.
—Bien…Sherlock. —Lo llamó antes de que alcanzara a salir. —Habla con Molly.
Caminaba con su paso apurado e infantil de siempre, mirando al suelo y con la mente ida en otro lugar. Sacó de su bolso el biscocho que había guardado para colación y lo desenvolvió con suma torpeza. Mientras se lo comía, se detuve al mirar el parque en que amigos, familias y parejas se divertían. Se acercó y se sentó en una banca. Los miró por un rato mientras trataba de entender, deducir, o simplemente observar lo que ella siempre había deseado fervientemente durante casi toda su vida y nunca había podido encontrar.
Molly se dio cuenta de que era más fría de lo que alguna vez podría haber imaginado. Desde joven se dedicó a sus estudios y al éxito en su trabajo, nunca tuvo arrepentimientos en su vida… hasta que conoció a Sherlock…y con él se fueron todos sus proyectos, su compostura y sus ideales. Recordó que hace siete años atrás lo escribió en su blog: ella, la señorita perfecta, en control de todo, se convertía en un pequeño ratón cada vez que aparecía Sherlock Holmes. Hasta ese momento Molly no tenía muchas expectativas en el amor, o al menos eso creía, pero cuando lo conoció no pudo evitar sentir que había tenido el flechazo de su vida. Y entonces todo se desplomó: el trabajo no era suficiente, Toby no era suficiente, todos sus logros no eran suficientes. Conocer a Sherlock la hizo verse desde afuera y desear todo lo que ahora anhelaba con todo su ser. Cuando conoció a Sherlock se dio cuenta de que estaba sola…completamente sola.
Miraba a las familias, los matrimonios que jugaban con sus hijos en los columpios. Trató de imaginarse así, pero no pudo. A veces se preguntaba si realmente estaba hecha para tener una familia. No importaba como lo mirara, ella era Molly Hooper, la chica torpe, tímida y extraña, con apariencia de niña débil y perdida. ¿Podría alguna vez ser una buena madre o una esposa competente? Molly creía en el destino, y últimamente le dolía creer que quizás tener una familia no era su destino. Una imagen indeseable se hacía cada vez más clara dentro de sí: su destino era estar sola.
Sherlock llegó a su piso, se quitó su abrigo y su bufanda y se paró frente a la ventana, pensando. Nunca imaginó que una visita a Scotland Yard lo desviará de su trabajo y de paso lo lastimara de una manera tan vergonzosa. Él fue a revisar las fotografías del caso, las del perro, porque aún había algo que no cuadraba, pero terminó viendo otra fotografía más. En el celular de Greg Lestrade, una foto de él y Molly cenando, sonriendo como si se conocieran de toda la vida. De pronto, el perro de la foto se convirtió en Redbeard, el perro que siempre imaginó y que nunca existió…o que existió de alguna manera y luego perdió para siempre.
Todavía era muy pronto para sacar conclusiones. «Habla con Molly» le había dicho John. ¿Hablar de qué, exactamente, si ni él mismo lo sabía? ¿Qué era lo que tenían que hablar? ¿Qué es lo que le quiere preguntar? ¿Qué es lo que quiere de ella? No era algo de lo que estuviera seguro. Quería que lo perdonara, quería que no se alejara de él, quería no perder su amistad, quería no perderla a ella. Pero había algo más y ese algo era el finísimo límite entre recuperarla o perderla para siempre. Sherlock no sabía cuál era la mejor opción.
Sacó su celular y escribió a su número.
—Mañana a las 10 en el laboratorio. Necesito ayuda. SH.
En unos cuantos minutos su celular vibró con el nuevo mensaje:
—Lo siento, estoy ocupada mañana.
Sherlock se sentó frente a su computadora, abrió el archivo y escribió:
—Molly tiene a Greg. —Pero algo en esa frase no lo convencía. La borró y en su lugar escribió:
—Molly está enojada. No sé si tiene sentido seguir esta investigación.
—Antes de cerrar el archivo, dudo un momento y añadió:
—Detesto sentirme despreciado. No puedo soportar que Molly me odie. —Antes de cerrar el archivo y la computadora definitivamente, escribió una última cosa:
—Perdí.
Sherlock no volvió a ir a Barths en mucho tiempo. Tampoco volvió a escribirle a Molly, ni a llamarla —algo que había decidido «ese día», porque se había convertido en un trauma— y de pronto la vida sin Molly Hooper se convirtió en su nueva vida.
