Disclaimer: Nada me pertenece, ni los personajes ni la trama.
Disfruten
Capítulo 2
Rose Esme Hale pensó que, si hubiera dependido de ella, habría permanecido en esa posición el mayor tiempo posible: dejándose llevar en brazos y escondiendo la cara en el pecho de aquel hombre. Por primera vez en una semana, se sentía medianamente a salvo, sin ninguna prisa por enfrentarse de nuevo a la realidad. Sobre todo cuando la realidad significaba villanos y amenazas, junto con un dolor de cabeza y una debilidad que parecía afectarle cada músculo. Se sentía mareada, como si en cualquier momento fuera a vomitar. Y tenía un frío terrible, un frío que procedía de dentro. En aquel instante no deseaba otra cosa que cerrar los ojos y dormir a pierna suelta Pero, evidentemente, no podía. Estaba enferma: carecía de sentido negarlo.
De hecho, era una suerte que, en esas condiciones, no se hubiera matado en el accidente. O hubiera matado a alguien más.
Seguía sin saber si podía confiar en aquel hombre. Al principio la había llamado Rose, y por eso había pensado que conocía su nombre y que, por tanto, podía ser uno de ellos. Pero lo había negado con tanta firmeza, que ahora suponía que había sido un equívoco, que simplemente había utilizado el apelativo cariñoso. Además, en ningún momento la había amenazado: todo lo contrario. De todas formas, era muy poco lo que sabía de él. Que era un hombre fuerte y amable y que, según sus palabras, lo único que quería era ayudarla. Por eso, mientras la cargaba en brazos, no conseguía encontrar la fuerza necesaria para resistirse.
De repente se dio cuenta de que la estaba depositando en una mullida cama. Abrió los ojos y levantó la mirada hacia él... hasta que la cabeza empezó a darle vueltas de nuevo.
—Oh, Dios mío…
—Descansa un poco.
Con mayor cuidado esa vez, volvió a abrir los ojos. Aquel hombre, Carlisle le había dicho que se llamaba, recogió una camisa a los pies de la cama y se la puso. Tenía un cuerpo delgado y fibroso, como el de un atleta, de hombros muy anchos y cintura estrecha. Los téjanos ajustados resaltaban su… Ruborizada, bajó la vista a la cama. Sus propios téjanos, llenos de barro, debían de estar manchando el edredón…
—El edredón…
—No te preocupes, es viejo —a continuación agarró otro y se lo echó por encima.
Se arropó con él, agradecida. Luego Carlisle se volvió hacia la puerta y, como si lo hubiera convocado mentalmente, su hijo apareció en el umbral con su maletín en la mano. Pareció desconcertado al ver dónde la había instalado su padre.
—Papá, ya le había preparado la cama, la de la habitación delantera...
Carlisle recogió su maletín.
—Ésta servirá.
—¿Pero dónde dormirás tú?
Esme escuchó con atención aquel diálogo. Sólo podía ver la expresión seria y dispuesta de Edward. Carlisle estaba de espaldas a ella.
—Anda, ve a ayudar a Jake.
—Pero…
—Venga.
El chico asintió reacio, mirando de reojo a Esme.
—De acuerdo. Si necesitas cualquier cosa…
—Tranquilo, ya te llamaré.
El chico salió y cerró la puerta a su espalda. Nerviosa, Esme miró a su alrededor. La habitación era preciosa, como salida de una revista de decoración. Nunca había visto nada parecido, y por un momento se quedó distraída contemplándola. El suelo, las paredes y el techo estaban forrados de madera de pino, de un dorado brillante. El mobiliario era de estilo rústico, pero de alta calidad. Cortinas blancas y negras colgaban sobre un ventanal que ocupaba toda una pared, con una puerta que daba a una pequeña terraza. La vista del lago era espectacular. Había un alto armario también de madera de pino, un tocador con espejo ovalado y dos cómodas mecedoras. En una esquina vio un par de esquís y unas raquetas de tenis; en la otra, varias cañas de pescar. Diversas prendas de ropa, una camisa de vestir y una corbata, una chaqueta de traje, unos vaqueros... estaban desperdigadas por la habitación. Encima del tocador había unas monedas, un frasco de loción para el afeitado, facturas arrugadas y un libro abierto. Era una habitación limpia y ordenada, pero en absoluto inmaculada. Y se notaba a las claras que la habitaba un hombre.
Carlisle.
Esforzándose por ordenar sus pensamientos, le preguntó:
—¿Su esposa no...?
—No tengo esposa.
—Oh —no supo qué pensar, teniendo en cuenta que tenía un hijo ya crecido, pero no era un buen momento para preguntárselo. Ya tenía bastante con sus propias preocupaciones.
—Tendrá que quitarse la ropa.
Sorprendida por el comentario, lo miró. Él le sostuvo la mirada, y lo que vio en sus ojos la dejó entre sorprendida y conmovida. Estaba en su dormitorio, a su merced. Y sin embargo, extrañamente, no sentía ningún miedo.
—Yo…
Se abrió la puerta y entró un hombre. Carlisle tenía el pelo muy rubio, con los ojos de un azul muy oscuro. Jake, el hermano que había ido a buscar su equipaje al coche, era moreno y muy guapo, de ojos oscuros. Aquél, en cambio, tenía el cabello castaño claro y unos ojos ambar de mirada increíblemente cálida.
—Edward me ha dicho que tenemos una invitada.
—Se cayó con el coche al lago. Jake y Edward han ido a recuperar su equipaje.
—¿Su equipaje?
—Parece que se estaba mudando —se volvió hacia Esme, arqueando una ceja, pero ella ignoró su tácita pregunta.
—¿Te importaría presentarme?
Carlisle se encogió de hombros mientras sacaba su estetoscopio del maletín.
—Te presento a mi hermano Jasper.
Jasper le sonrió. Y esperó. Carlisle también, sin dejar de observarla, y Esme se sintió acorralada. Se empeñó en no abrir la boca. Al cabo de un segundo, Jasper frunció el ceño y lanzó una mirada preocupada a su hermano
—¿Es que no puede..?
—Puede hablar —suspiró Carlisle—, pero no se encuentra bien. Hay que darle un poco de tiempo.
Jasper asintió, comprensivo.
—Hey, bonito. No deberías estar aquí.
Esme vio que recogía delicadamente un gato diminuto del suelo, con una pata vendada. Mientras lo acariciaba con ternura, murmurándole palabras cariñosas, el gatitose puso a ronronear. Aquel hombre tenía una voz de un ronco aterciopelado, muy baja, y Esme no pudo evitar escucharla como hipnotizada. Era la voz de un seductor. «Dios mío», exclamó para sus adentros. Todos los hombres de aquella familia parecían exudar un increíble magnetismo sexual…
—Es una adquisición reciente —explicó a su hermano—. Lo encontré al pobrecito esta mañana en la puerta de la clínica.
Carlisle puso los ojos en blanco y se volvió hacia Esme.
—Mi hermano es veterinario. Y además se dedica a recoger a todo animalillo callejero o herido que tiene la suerte de cruzarse en su camino.
Jasper se limitó a lanzar una elocuente mirada a Esme antes de volverse hacia su hermano.
—Claro, y a ti no te pasa eso, ¿verdad?
Ambos sonrieron, y Esme no pudo evitar irritarse. A nadie le gustaba que lo compararan con un gato callejero…
—Jasper, ¿por qué no te llevas al gato a la otra habitación y preparas un té para nuestra invitada? Todavía tiene frío y, a juzgar por su tos, tiene la garganta dolorida.
—Claro.
Pero antes de que llegara a marcharse, entró otro hombre. Era el más alto de todos, más incluso que Carlisle y mucho más musculoso. Tenía unos hombros enormes y un pecho inmenso. Era moreno, como Jake, pero llevaba el pelo algo más largo. Y sus ojos eran azules: no el azul de los de Carlisle, sino de un tono más oscuro, casi como los de ella.
La mirada, sin embargo, era dura, severa, implacable. Tanto, que la hizo encogerse bajo el edredón. Carlisle se le acercó inmediatamente y le puso una mano en el hombro, dándole a entender que no tenía nada que temer.
—Mi hermano Emmett, el sheriff del pueblo.
«Oh, Dios mío», volvió a exclamar para sus adentros. ¿Un sheriff? Se preguntó cuántos hermanos tendría aquel hombre.
—No te dejes asustar por su mirada. Seguro que lo hemos interrumpido en algo y por eso está tan gruñón.
—¿Interrumpido en algo, dices? —Jasper se echó a reír—. No será un asunto de mujeres…
—Vete al diablo, Jasper —le espetó. Luego, sin apartar la mirada de Esme, se dirigió a Carlisle—: Me llamó Jake. ¿Te importaría decirme qué está pasando aquí?
Esme ya estaba empezando a cansarse de escuchar las explicaciones de Carlisle. Alzando la mirada hacia él, le preguntó con voz débil:
—¿Cuántos hermanos sois?
Jasper sonrió:
—Así que habla, después de todo.
—¿Qué pasa? ¿Acaso lo dudabais? —inquirió Emmett, ceñudo.
Carlisle se echó a reír.
—Ha estado un poco callada, Emmett, eso es todo. Está enferma, un poco desorientada y, naturalmente, algo desconcertada por el desfile de tanta gente —a continuación se volvió hacia ella—. Somos cuatro, cinco con mi hijo. Todos vivimos aquí. Y como parece que tendrás que quedarte con nosotros durante un tiempo, es una suerte que ya los hayas conocido a todos.
El comentario fue recibido de variadas maneras. Esme se quedó consternada, porque no tenía intención de quedarse en ninguna parte. Esa opción estaba reñida con su propia seguridad. Jasper se mostró preocupado. Y Emmett receloso.
De repente entró Jake, cargado con una caja.
—Para cuando llegamos casi todo estaba empapado, excepto esta caja de fotos que estaba guardada al fondo. Pensé que estaría mejor en casa. Edward está descargando el resto: lo guardaremos en el granero. Por cierto, se acerca una tormenta.
Esme desvió la mirada hacia el ventanal. El cielo se estaba oscureciendo por momentos. Justo lo que necesitaba...
—Gracias, Jake —dijo Carlisle—. Cuando empiecen los relámpagos, le diré a Edward que entre —se volvió hacia Emmett—. ¿Podrías conseguir mañana la grúa del pueblo para sacar el coche del lago? Quiero dejarlo en el cobertizo.
—¿En el cobertizo? —se frotó la barba con su inmensa mano—. ¿Por qué no lo llevamos al taller de Smitty? ¿O es que hay algo que me he perdido?
—Es una larga historia, será mejor que te la explique una vez que la ausculte y me entere de lo que tiene. Lo cual, por cierto, no podré hacer mientras sigáis aquí.
Los tres hermanos empezaron a retroceder hacia la salida.
—¿Hay algo de ropa seca entre sus cosas, Jake? —inquirió Carlisle en el último momento.
—No, que yo sepa. La mayor parte son libros, objetos personales... y cosas como éstas —dejó la caja de fotografías en el suelo, delante del armario.
—Supongo que ninguno de vosotros tendréis una bata.
Los tres contestaron con sendos gruñidos. En cualquier otra circunstancia, Esme habría sonreído. Y desde luego le habría explicado a Carlisle que su anterior pregunta sobre la ropa no había venido al caso ya que no tenía ninguna intención de quitarse la que llevaba.
—¿Y un pijama?
Se sucedieron las respuestas del tipo «tienes que estar bromeando» o «nosotros no usamos esas cosas», mientras que Emmett se limitó a soltar una carcajada. «¡Espero que no vayan a explicarme ahora que todos duermen desnudos!», pensó Esme, cerrando con fuerza los ojos. Hizo todo lo posible por reprimir cualquier tipo de imagen mental, pero estaba rodeada de hombres muy atractivos, cada cual a su modo... y de repente una imagen de Carlisle tendido en su cama y desnudo como una estatua griega asaltó su cerebro a traición. Una oleada de calor la barrió por dentro, incrementando su sensación de mareo.
Abrió los ojos a tiempo de ver a Edward asomando la cabeza en la habitación.
—Yo tengo un viejo suéter de béisbol que podría valer.
—No, gracias...
—Bien —repuso Carlisle—. Tráelo.
Los tres hermanos se miraron, sonriendo, y salieron de la habitación. Carlisle se inclinó hacia ella, con las manos en las caderas.
—Vamos.
—¿Vamos qué? —todas sus preocupaciones, todos sus miedos retornaron de golpe Se sentía débil y vulnerable, lo que automáticamente la hacía ponerse a la defensiva—. No hace falta que me examines. Si... Emmett remolca el coche, os estaré muy agradecida. Te pagaré los daños y…
Carlisle la interrumpió, sacudiendo la cabeza y sentándose en el borde de la cama.
—No vas a pagarme nada, maldita sea. Y tampoco vas a ir a ninguna parte.
—Pero…
—Cariño, aunque logremos remolcar tu coche por la mañana... que quizá no lo hagamos, tal y como está hundido en el barro y con una tormenta en camino... necesitará una buena reparación.
—Entonces me iré a pie.
—No te conviene. Sobre todo teniendo en cuenta que apenas puedes mantenerte en pie —replicó con tono suave. Sacó un termómetro y se lo puso debajo de la lengua, acallándola—. Esta casa es muy grande y tú necesitas que te cuiden hasta que te hayas
repuesto del todo. Esme se quitó el termómetro de la boca.
—Pero esto no... no es seguro.
—¿Que no es seguro? ¿Para quién? ¿Para ti?
Reflexionó durante unos segundos, calculando sus opciones. Aquel hombre sólo estaba intentando ayudarla, y ella cada vez estaba más cansada. Si tenía que reaccionar, debía hacerlo ahora. Intentó sentarse en la cama, pero Carlisle la obligó a tumbarse empujándola suavemente de los hombros. Sin molestarse en ocultar su irritación, le espetó:
—Muy bien, te diré lo que vamos a hacer. O me cuentas ahora mismo qué es lo que te pasa, o te llevo al hospital. Tú eliges.
Esme escrutó su rostro: su expresión decidida no admitía dudas. Simplemente no estaba preparada para enfrentarse con él. Al menos en aquel momento.
—Esto no es seguro para mí porque... —se humedeció los labios, nerviosa— porque alguien pretende hacerme daño.
Carlisle se la quedó mirando estupefacto.
—¿Te está contando algo de lo que yo debería estar enterado, Carlisle? —inquirió de pronto Emmett desde el umbral.
Casi soltó un gruñido. Habría dado cualquier cosa por borrar aquel brillo de temor de sus ojos. Después de hacerle un guiño de complicidad, se volvió hacia su hermano, el más difícil de todos.
—¿Escuchando a escondidas, Emmett?
—Bueno, en realidad había ido a traerle el té —levantó la taza que llevaba en la mano como para confirmarlo—. Lo de escuchar la confesión de la chica no estaba previsto.
—No era una confesión. Está aturdida y…
—No —se sentó en la cama, temblorosa, apretando el edredón contra su pecho. Se mordía el labio inferior sin mirar a Emmett, clavados los ojos en Carlisle. Tras un ataque de tos, susurró:
—No estoy aturdida. Ni me estoy inventando nada.
Carlisle entrecerró los ojos, impresionado por la sinceridad de su tono y su manera de temblar.
—De acuerdo, entonces... ¿quién pretende hacerte daño?
—No lo sé.
Emmett dejó su taza sobre la mesilla.
—¿Por qué querría alguien hacerte daño?
Se le llenaron los ojos de lágrimas, y tuvo que parpadear varias veces para contenerlas. Se encogió de hombros, haciendo un gesto de impotencia con la mano.
—Yo... —se interrumpió, aclarándose la garganta. Obviamente detestaba mostrar de aquella manera su vulnerabilidad— no lo sé.
Preocupado, Carlisle hizo a un lado a su hermano y se sentó junto a ella. El cielo pareció abrirse de golpe para descargar un gran chaparrón. La lluvia repiqueteaba con fuerza contra los cristales. En unos pocos segundos el cielo se tornó de un gris oscuro, plomizo, como si fuera medianoche. Un relámpago iluminó la habitación, seguido de un trueno que hizo temblar la casa sobresaltando a Esme.
Carlisle se apresuró a rodearle los hombros con un brazo en un acto reflejo, protector.
—Ssssh... Tranquila. No pasa nada.
Esme no pudo reprimir una nerviosa carcajada.
—Lo siento. Normalmente no soy tan asustadiza.
—Estás enferma y herida —sentenció Carlisle—. Y esta noche no vas a ir a ninguna parte —se volvió hacia a su hermano como consultándolo con la mirada—. Así que será mejor que te quites esa idea de la cabeza.
Emmett asintió con la cabeza, aprobador. Pero su leve sonrisa hablaba de lo mucho que le divertía aquella declaración tan posesiva de su hermano.
—Por supuesto. Ya lo aclararemos todo por la mañana, una vez que hayas descansado
— apoyó una mano en el hombro de Carlisle—. Tú ponte en manos del médico. Ya verás cómo muy pronto estarás de maravilla.
Edward entró en aquel instante con el suéter para Esme.
—Lo siento, me ha costado un poco encontrarlo.
—Bien. Ahora vamos a quitarte toda esa ropa…
Jasper apareció en el umbral, con una media sonrisa en los labios.
—¿Puedo ayudar en algo?
Nuevamente Carlisle tuvo que echarlos a todos. Pensó que, por su comportamiento, cualquiera habría pensado que era la primera vez que veían a una mujer atractiva, cuando lo cierto era que les sobraban las mujeres. Pero cuando cerró la puerta y la vio allí, en su cama, con su larga melena derramada sobre la almohada, comprendió que a él le estaba sucediendo lo mismo. Quizá estuviera reaccionando incluso peor. Nunca había sido tan consciente de una mujer.
Dejó el suéter al pie de la cama, con actitud resuelta. Tenía que sobreponerse a aquella absurda reacción.
—Vamos —después de apartar el edredón, empezó a desabrocharle los botones de la blusa con absoluta naturalidad, como si lo hiciera todos los días En un principio Esme no se resistió. Pero de pronto pareció volver a la vida y le apartó bruscamente las manos.
—¡Puedo hacerlo sola! —exclamó con voz ronca.
Carlisle le acunó el rostro entre las manos.
—¿Estás segura?
Durante varios segundos se miraron fijamente. Justo cuando el corazón de Carlisle había empezado a acelerarse de manera insoportable, ella asintió con la cabeza.
—De acuerdo —aceptó, suspirando. Se sentía tan aliviado como decepcionado—.
Quítate los vaqueros, y también la ropa interior. Estás empapada y tienes que secarte bien. Ya me encargo yo de lavártela —abrió un cajón de la cómoda y sacó unos téjanos y unos calzoncillos. Luego, cuando ya se disponía a marcharse, añadió—: Esperaré al otro lado dela puerta. Llámame cuando hayas terminado o si necesitas alguna ayuda.
Salió al pasillo y se encontró allí con todos sus hermanos. Incluso su hijo estaba presente, con una sonrisa traviesa en los labios. Mientras se desabrochaba los vaquerosempapados, los fulminó a todos con la mirada. Y ellos, a su vez, respondieron con una
sonrisa.
—¿Qué pasa? ¿Es que no tenéis otra cosa que hacer?
—Sí —respondió Jake, sonriendo de oreja a oreja.—. Ya lo estamos haciendo.
—A veces resultas tremendamente entretenido, Carlisle —añadió Jasper con una risita.
Carlisle terminó de quitarse la ropa allí mismo, en el pasillo. Una vez que se hubo cambiado, se encaró nuevamente con ellos.
—¿Y qué se supone que quiere decir eso?
—Oh, sólo que te estás comportando como un ciervo en una sesión de apareamiento — le explicó Emmett—. Te preocupa tanto esa pobre mujer, que cualquiera diría que tienes miedo de que vaya a desparecer en cualquier momento. Se nota que te gusta. Sólo te falta ponerle una marca a fuego en la frente —se apartó de la pared y se pasó una mano por el pelo—. El problema, Carlisle, es que no sabemos quién es ni lo que nos está ocultando.
Carlisle se olvidó de los burlones comentarios de sus hermanos. No necesitaba que Emmett le previniera contra las complicaciones que podría acarrearle aquella mujer. Él ya estaba suficientemente preocupado.
—¿Qué quieres entonces que haga? ¿Llevarla de vuelta a su coche? ¿Encerrarla en una habitación hasta que lo averigües todo sobre ella? Esa mujer está enferma y necesita cuidados antes de que su estado se agrave.
Edward frunció el ceño.
—¿Tan mal está, papá?
Carlisle se frotó el cuello, intentando aliviar la tensión que se le había concentrado en aquella zona.
—Creo que tiene bronquitis, posiblemente neumonía. Pero todavía no he tenido la oportunidad de examinarla bien.
Justo en aquel instante un gran trueno hizo temblar toda la casa, y a continuación se apagaron las luces. El pasillo quedó completamente a oscuras y todos los hombres se pusieron a rezongar y a soltar maldiciones... hasta que oyeron un grito desgarrado
procedente de la habitación. Carlisle fue el primero en reaccionar. Ya tenía una mano en el pomo de la puerta cuandose dio cuenta de que sus hermanos se disponían a seguirlo y se detuvo en seco. Uno a uno
fueron chocando entre sí, en cadena, con el resultado final de que lo dejaron literalmente aplastado contra la puerta.
—¡Esperad aquí, maldita sea! —ladró. Y se apresuró a entrar, cerrándoles la puerta en las narices.
Por el ventanal entraba algo de luz entre relámpago y relámpago, pero no la suficiente. Estaba sentada en el suelo, al lado de la cama. Sus ojos muy abiertos brillaban en la oscuridad, horrorizados.
Pero la sorpresa mayor llegó cuando Carlisle se dio cuenta de que tenía los téjanos y la ropa interior a la altura de los tobillos... y que estaba completamente desnuda. Se quedó
sin aliento, tenso cada músculo de su cuerpo. Un relámpago iluminó sus finos hombros, sus senos redondeados, sus endurecidos pezones. Los sedosos mechones de su melena le
caían hasta la cintura, deslizándose sensualmente entre los senos. Y Carlisle experimentó una dolorosa punzada de deseo.
Soltando un gemido, Esme bajó la cabeza con gesto derrotado y se cubrió la cara con las manos. Bastó aquella desgarradora imagen para sacarlo de su estupor. Decidido, dio
un paso adelante y el médico que llevaba dentro se impuso a sus instintos más primarios. Pero un hecho acababa de evidenciarse, alto y claro. Se sentía desesperadamente atraído por aquella mujer...
y ni siquiera sabía su nombre.
Nos Estamos Leyendo..!
Kida
