Disclaimer: Nada me pertenece, ni la trama.

En vista de la poca concurrencia quiero hacer algunos cambios, denle la oportunidad que es una muy buena historia.


Capítulo 3

Quería morirse. Hacerse un ovillo y dejar de luchar para no tener que preocuparse de nada. Nunca se había sentido tan avergonzada. Estaba cansada de preocuparse, de sorprenderse a sí misma en situaciones absurdas e imposibles. Y se sentía tan débil, que era incapaz de hacer nada para evitarlo. Estaba tan desesperada, que su reacción fue violenta, desagradable. Sin alzar la mirada, le espetó:

—¿Todavía no te has cansado de mirarme? —su voz desgarrada tenía un tono mezclado de vergüenza y dolor.

—Lo siento —se agachó para levantarla.

Con extremada delicadeza, la sentó en la cama y terminó de quitarle el pantalón y las braguitas con movimientos rápidos y precisos. Acto seguido le puso el suéter. La trató como si fuera un niño pequeño, incluso le acarició cariñosamente la cabeza

—. Ya está. Así estarás más cómoda.

Su voz sonaba casi tan ronca como la de ella. Por lo demás, Esme fue incapaz de devolverle la sonrisa. Por último, le subió las piernas a la cama y le colocó un almohadón para que se recostara contra la cabecera.

—Espérame un momento mientras voy a buscar un poco de luz.

No tardó más de unos segundos. Tiempo suficiente para que oyera, sin embargo, el rumor de unas voces masculinas al otro lado, entre divertidas y preocupadas. Se preguntó qué pensarían de ella. Debía de estar ofreciendo un espectáculo patético.

Carlisle volvió con un quinqué, una linterna y un pequeño surtido de medicamentos. Se apresuró a cerrar la puerta a su espalda para garantizarle un mínimo de intimidad. Por eso al menos, pensó Esme, debería estarle agradecida.

—Empecemos de una vez —dejó todo lo que llevaba sobre la mesilla de noche y encendió el quinqué—. Este pueblo es tan pequeño que se nos va la luz cada vez que hay tormenta. Pero no hay que preocuparse. Mañana volverá. «¿Mañana?», se preguntó, sorprendida. Vio que sacudía el termómetro antes deponérselo en la boca.

—Esta vez no te lo quites, por favor.

Se estaba comportando con una eficiencia absolutamente profesional. Mejor para ella. No quería hablar con él. Hablar le quitaba unas fuerzas que no tenía. Además, le dolía demasiado la garganta. Ni siquiera sabía durante cuánto tiempo podría permanecerdespierta. A cada segundo se sentía más y más aletargada. Se acercó de nuevo, sentándose a su lado en la cama.

—Voy a auscultarte el pecho. Respira normalmente por la nariz, ¿de acuerdo?

Asintió, y él le abrió el cuello del suéter y deslizó una mano debajo. No la miraba, estaba profundamente concentrado. Pero su contacto era cálido, un toque ardiente contra su piel sensible, que contrastaba agudamente con la helada frialdad del estetoscopio. Esme se olvidó de respirar, se olvidó de todo excepto de contemplar su perfil, sus largas pestañas, su nariz recta, el mechón de pelo que le caía sobre la frente. La luz del quinqué creaba un halo en torno a su cabeza, dorando su tez. Tenía la mandíbula cuadrada, los labios tan sensuales…

—Respira normalmente

Pensó que eso era más fácil de decir que de hacer. Al momento sufrió un ataque de tos. Carlisle se apresuró a retirarle el termómetro y lo leyó.

—Tienes treinta y nueve de fiebre —frunció el ceño—. ¿Podrías incorporarte sólo un momento?

Sin esperar respuesta, la empujó suavemente. Podía sentir su amplio pecho pegado a su espalda. Tenía los brazos largos y musculosos. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para quedarse perfectamente inmóvil. De nuevo parecía absolutamente ajeno a la intimidad de aquella situación, de la postura. Todo lo contrario que ella.

Le levantó el suéter para auscultarle los pulmones. Esme se limitó a cerrar los ojos, demasiado avergonzada para hacer otra cosa. Al cabo de un rato se dio por satisfecho y volvió a recostarla delicadamente contra el almohadón.

—Definitivamente tienes bronquitis, pero no hay riesgo de neumonía. Aparte de eso, yo diría que solamente tienes una conmoción —le tocó levemente con un dedo la magulladura de la frente—. Te diste un buen golpe contra el volante cuando te precipitaste con el coche en el lago. Fue una suerte, teniendo en cuenta que no llevabas puesto el cinturón de seguridad.

Lo dijo con un ligero tono de reproche. Esme asintió con la cabeza.

—¿Eres alérgica a algún tipo de medicamento?

—No.

—¿Podrás tragarte una pastilla?

Volvió a asentir. Le costaba demasiado hablar. Carlisle se disponía a decirle algo más cuando de repente la miró a los ojos y titubeó. Soltó un profundo suspiro.

—Mira, sé que esto debe de resultarte muy difícil. Estar en una casa desconocida rodeada de tipos raros…

—Tus hermanos parecen un poquito especiales, pero yo no los llamaría «tipos raros»— repuso con voz ronca.

—Bueno, pues yo sí —sonrió. Acto seguido, y volviéndose hacia la puerta, alzó la voz—: ¡Y repugnantes, autoritarios... y sobre todo groseros!

Esme alcanzó a oír a uno de sus hermanos, probablemente Jake, replicar a través de la puerta:

—¡Sé de un montón de mujeres que no compartirían lo de «repugnante»!

Comentario que fue celebrado con una carcajada general de fondo. Carlisle se rió entre dientes.

—Pero tienen buena intención. Como yo, están preocupados por ti —después de palmearle cariñosamente una rodilla, le ofreció el té que Emmett había dejado antes sobre el tocador—. Trágate las pastillas con esto. Se está enfriando. Esme frunció el ceño al ver el puñado de píldoras que sacó de un bolsillo. No lo conocía, pero se suponía que debía confiar en él. Aun sabiendo que no tenía elección, todavía dudó. Carlisle le explicó pacientemente:

—Son antibióticos y analgésicos para el dolor. También tendrás que tomar algo para la tos.

—Maravilloso —se llevó las pastillas a la boca y casi apuró la taza de un solo trago. Carlisle le quitó la taza de la mano.

—La puerta que está al lado del armario es la del cuarto de baño. ¿Necesitas ir?

—No —respondió, nuevamente avergonzada—. Gracias.

No parecía muy convencido de su respuesta.

—Bueno, si lo necesitas, llámame para que te ayude. No quiero que te caigas al levantarte.

—Estoy bien, de verdad. Es sólo cansancio.

Carlisle se levantó para cambiarle el edredón, que se había mojado con la ropa empapada.

—Duerme un poco —le aconsejó después de abrigarla bien—. Volveré dentro de un par de horas para ver cómo sigues. Lo siento, cariño, pero tendré que despertarte cada cierto tiempo para asegurarme de que evolucionas bien. Lo único que tendrás que hacer será abrir esos enormes ojos azules y decirme «hola», ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

En un impulso, le recogió un mechón detrás de la oreja y le acarició la mejilla con el pulgar. Aquellas caricias fugaces y espontáneas la desconcertaban. Eran y no eran lo que aparentaban ser. Carlisle se comportaba con ella como si aquello fuera lo más natural del mundo. Después de todo, era médico. Y sin embargo, su contacto le resultaba extrañamente íntimo. Casi como la caricia de un amante.

—Da una voz si necesitas algo —murmuró—. El salón está cerca y cualquiera de nosotros podrá oírte.

Dejó el quinqué sobre el tocador, regulando la luz sin apagarlo para que no se desorientara con la oscuridad si acaso se despertaba. Fuera, la tormenta seguía con todo su aparato de truenos y relámpagos. Luego recogió la linterna y el edredón mojado y salió sigilosamente, sin dejar la puerta del todo cerrada.

Esme se tumbó de lado, apoyando la mejilla sobre las manos juntas. La cama era tan cómoda y estaba tan bien abrigada... Además tenía su olor: un aroma masculino, exquisitamente sensual. Cerró los ojos y suspiró. Habría sido maravilloso poder dormir; el problema era que no se atrevía. Tan pronto como amainara la tormenta, tendría que pensar en lo que haría a continuación. Carlisle era un buen hombre. Y también su familia. No podía ponerles en peligro, no podía aprovecharse de su generosidad y de su naturaleza bondadosa. Suponía quesiempre podría llamar a un taxi para que la llevara al pueblo y comprarse allí otro coche de segunda mano. El suyo no era de mucho valor, quizá no mereciera la pena repararlo.

Pero estaban sus cosas. Según Jake, lo había almacenado todo en el cobertizo. Ni siquiera se había dado cuenta de que había un cobertizo, y aunque lo encontrara., ¿podría retirar sus cosas sin que se dieran cuenta? Por supuesto que no. Simplemente no sabía qué hacer. Por suerte, convencida como estaba de que no podría dormir, disponía de tiempo de sobra para pensarlo. Poco después, Carlisle asomó la cabeza por la puerta. Durante un buen rato fue incapaz de apartar la mirada de ella.

En seguida se había quedado dormida, y desde entonces se había asomado cada pocos minutos, hipnotizado por la imagen que ofrecía. Se apoyó en el marco de la puerta,contemplándola embelesado, admirando su figura a la luz del quinqué.

—¿Se está reponiendo?

Cerró firmemente la puerta mientras se volvía hacia Jasper.

—Está durmiendo, y su respiración parece haberse normalizado. Creo que lo que más necesita es descansar. Estaba agotada.

—Si quieres podemos turnarnos para velarla.

—No.

—Carlisle, es una tontería que lo hagas tú solo. Podríamos…

—Yo soy el médico, Jasper, así que lo haré yo. Los demás no necesitáis preocuparos de nada. Todo está bajo control.

Jasper se lo quedó mirando durante unos segundos para terminar encogiéndose de hombros:

—Como quieras. Pero te diré una cosa: creo que te estás comportando de una manera muy extraña.

Carlisle no lo negó Cuando se marchó su hermano, volvió a abrir la puerta. No, desde luego que no quería que sus hermanos la vieran así. Dormía boca abajo, y se había destapado. El suéter se le había subido por encima de la cintura. Sí que tenía un trasero bonito. Perfectamente redondeado. Se imaginó acariciándoselo... y sintió un cosquilleo en la punta de los dedos. Sonriéndose, la tapó una vez más. La fiebre le había bajado. Las medicinas estaban haciendo su efecto. Esa vez, cuando salió de la habitación, con quien se encontró fue con Emmett.

—Tenemos que hablar.

No le pasó desapercibida la sombría expresión de su hermano. Parecía preocupado.

Pero ése era su semblante habitual.

—Si vas a ofrecerme tu ayuda, no te molestes. Soy perfectamente capaz de…

—No es eso. Si pretendes pasarte la noche entera velando a esa belleza, el problema es tuyo. Quiero enseñarte algo.

Por primera vez advirtió que llevaba un bolso de mujer en la mano.

—¿De nuestra invitada?

—Pues sí. Decidí que no me gustaba tanto secretismo, y dado que va a quedarse aquí, creo que estoy plenamente justificado para…

—Has estado curioseando en sus cosas, ¿verdad?

—Sólo eché un vistazo a su cartera buscando alguna identificación. Soy sheriff, y tenía un buen motivo después de haber escuchado toda esa charla acerca de que alguien la estaba persiguiendo.

—¿Y? No me dejes en ascuas.

—No te lo vas a creer, pero se llama Rose Esme Hale —rió entre dientes—. Tiene nombre de gángster, ¿no te parece?

Carlisle tardó un par de segundos en soltar una carcajada. Rose Esme. No le extrañaba que hubiera pensado que conocía su nombre, cuando la llamó así. Seguía sonriendo cuando Emmett le dio un codazo:

—No tiene tanta gracia.

—¡Claro que sí! Sobre todo cuando conoces el chiste.

—¿No vas a compartirlo conmigo?

—No. Al menos no hasta que lo haya compartido con la señorita Hale.

—Como quieras —Emmett se encogió de hombros—. Para que lo sepas, he tenido que salir con esta maldita lluvia al coche patrulla para revisar sus antecedentes. Está limpia.

Cero denuncias. Si alguien pretende hacerle algo, la policía no está enterada.

—Eso podría significar varias cosas…

—Ya, como que se lo ha inventado todo — se volvió para marcharse, pero en el último momento añadió—: En cualquier caso, ten cuidado, ¿de acuerdo?

—No soy un imbécil.

—No —soltó una risita—. Pero no dejes que las hormonas se impongan a tu sentido común.

Carlisle lo fulminó con la mirada, pero para entonces su hermano ya se alejaba por el pasillo. Ridículo. Se sentía atraído hacia ella, ¿y qué? No era de piedra. En cualquier caso no tenía ninguna intención de enredarse con ella. Era una paciente, y la trataría como a tal. Punto.

Pero incluso mientras pensaba esas cosas, abrió de nuevo la puerta, impulsado por la inexplicable necesidad de no perderla de vista. Maldijo para sus adentros. Estaba tan bella descansando allí, en la cama...

Además, para colmo, se había vuelto a destapar.

Esme se despertó lentamente y se esforzó por orientarse. Podía oír el trino de los pájaros, el rumor del agua y unos leves ronquidos. Le dolía terriblemente la garganta y tragaba con dificultad. Le pesaban los párpados. Cuando abrió los ojos, un punzante dolor de cabeza la obligó a cerrarlos de nuevo. Contuvo el aliento mientras el dolor se atenuaba poco a poco. Estaba agotada. Tuvo que hacer uso de todas sus fuerzas para recordar dónde estaba y cómo había llegado hasta allí.

Estaba tumbada boca abajo, y esa vez abrió lentamente los ojos para que se acostumbraran a la luz que invadía la habitación. Cuando concentró la mirada en el borde del edredón, subido hasta la barbilla, intentó moverse pero no pudo: sus piernas se negaban a reaccionar. La lluvia, ahora una simple llovizna, dejaba su rastro en los cristales del ventanal, difuminando la imagen del lago cubierto de niebla. Los canalones debían deestar sobrecargados, porque chorreaban agua de manera continua, en un rumor monótono, relajante, casi narcótico. Hacía un día gris, pero era por la mañana, y los pájaros debían de estar disfrutando de su frescor a juzgar por sus alegres trinos.

Frunciendo el ceño, desvió la mirada de los ventanales y se quedó paralizada al descubrir a Carlisle. No llevaba nada más que unos vaqueros. Estaba recostado en una de las mecedoras al pie de la cama. Tenía las piernas extendidas, con los pies descalzos apoyados en el lecho. No le extrañaba que antes no hubiera podido mover las piernas, con aquellos pies enormes apresando el edredón.

Recordaba que la había despertado varias veces a lo largo de la noche, sus tiernas caricias, su voz ronca mientras le insistía para que hablara, para que respondiera a sus preguntas... Le ardía la piel con el recuerdo de sus grandes manos sobre su cuerpo, arreglándole el edredón, haciéndola incorporarse para darle a beber agua o suministrarle alguna píldora. La sensación de bienestar se tornó aún más intensa mientras lo miraba. Desde luego que ya estaba despierta. Demasiado. Carlisle ejercía aquel efecto sobre ella, sobre todo en aquel momento, cuando estaba medio desnudo, expuesto a su mirada. Era un hombre fuerte, duro, a veces incluso algo arrogante en su abrumadora autoconfianza, pero poseedor de una exquisita ternura, de una maravillosa serenidad en sus ojos.

A la luz que entraba en la habitación, los músculos de su pecho y de sus hombros aparecían perfectamente delineados. Una fina línea de vello recorría su abdomen duro y plano y se perdía en el botón desabrochado de sus vaqueros. El pulso se le aceleró y sus dedos se cerraron instintivamente sobre el edredón mientras se imaginaba a sí misma tocándolo, saboreando la textura de su piel…

Parecía exhausto, lo cual no era de extrañar teniendo en cuenta que la había estado cuidando durante toda la noche. Estudió de nuevo su rostro de rasgos duros, cediendo a la tentación de seguir explorando visualmente su cuerpo. Se le escapó un gemido. Necesitaba beber algo. Necesitaba ir al baño. Pero en aquel momento no deseaba otra cosa que seguir allí, mirándolo…

—Buenos días.

Sobresaltada, volvió a alzar la mirada hasta su rostro. Tenía los párpados entrecerrados, soñolientos. Cerró los ojos para intentar recuperarse. Su voz era baja, ronca, y tan sensual…

—Buenos días —respondió, carraspeando.

—¿Todavía te duele la garganta? —le preguntó él, ladeando la cabeza.

Esme asintió con la cabeza, mirándolo rápidamente y desviando de nuevo la vista.

—Tú, er... estás aprisionando el edredón.

—Sí, ya lo sé —repuso con tono divertido.

Bajó los pies de la cama, se levantó y se estiró... allí, delante de ella, en una impresionante exhibición de perfección masculina. De manera inconsciente, cambió de postura para observarlo mejor, subiéndose el edredón hasta la barbilla. Con una mano bajo la cabeza, contempló embelesada la tensión de sus bíceps, de sus abdominales.

Carlisle bostezó, se pasó las manos por la cara y esbozó una sonrisa. Intentó devolvérsela y lo consiguió. Hasta que, recorriendo con la mirada la fina línea de vello que recorría su vientre... descubrió el abultamiento de sus vaqueros. Tenía una erección. No quiso mirarlo con demasiado descaro, pero resultaba difícil teniéndolo tan cerca. Un delicioso calor empezó a recorrerla por dentro, estremecida. De repente extendió una mano y sé la puso sobre la frente.

—La fiebre está bajando. Por suerte la luz volvió de madrugada y pude conectar de nuevo el aire acondicionado. ¿Quieres ir al lavabo?

Estaba tan ruborizada por sus propios lascivos pensamientos, que fue incapaz de contestar. La situación se estaba tornando crítica, pero él la sacó del apuro. Haciendo el edredón a un lado, la ayudó a incorporarse.

Se apresuró a bajarse el suéter, cubriéndose pudorosamente. Carlisle no pareció notarlo.

—Vamos. Te ayudaré a entrar y me quedaré esperando fuera.

La levantó de la cama y la llevó al cuarto de baño. Una vez en el umbral, la soltó.

—Si necesitas cualquier cosa, no tengas reparo en llamarme, ¿de acuerdo?

«Nunca, ni en un millón de años», pronunció Esme para sus adentros. Se lo quedó mirando, parpadeó varias veces y luego asintió, sólo para que la dejara en paz y saliera de una vez. Tras lanzarle una sonrisa y acariciarle levemente una mejilla, Carlisle retrocedió y cerró la puerta.

Incluso en su estado de aturdimiento, Esme fue capaz de apreciar la belleza de la decoración del cuarto de baño. Con las paredes forradas también de pino pero con el suelo de baldosa, resultaba tan cálido como acogedor. Sólo había un plato de ducha. El lavabo era negro y las cortinas de la pequeña ventana tenían un diseño ajedrezado. Le sorprendía que una familia compuesta enteramente de hombres tuviera un hogar tan bonito y bien cuidado.

Después de hacer sus necesidades, se lavó las manos y la cara y bebió un buen trago deagua. Cuando se miró en el espejo redondo, a punto estuvo de soltar un grito. Estaba horrible, con el pelo enmarañado, pálida como la cera, con la única nota de color del golpe en la frente, entre amarillo y morado.

Permaneció mirándose durante un buen rato, hasta que oyó a Carlisle preguntar impaciente:

—¿Todo bien?

Suspirando, se volvió hacia la puerta, apoyándose en el lavabo. Nada más abrirla lo encontró allí, todavía medio desnudo, maravillosamente viril. Sin pronunciar una palabra, la llevó de vuelta a la cama y la ayudó a acostarse.

—¿Te apetece un poco de té, o de café?

Se le hacía la boca agua. Ahora que ya no estaba tan cansada, surgían nuevas necesidades. Y el café le parecía lo mejor para despejarse y aliviar su garganta.

—Sería capaz de matar por un café.

Ya estaba preparado. Emmett y Jake eran los más madrugadores. Uno de ellos debía de haberlo hecho, porque el olor llegaba hasta allí.

—¿Con leche y azúcar?

—Sí, por favor.

Ya se disponía a marcharse cuando ella lo llamó:

—¿Carlisle?

—¿Mmmm?

—Mis cosas…

—Están bien guardadas. Jake y Edward lo almacenaron todo en el cobertizo antes de que estallara la tormenta, pero si quieres puedo ir a echar un vistazo después de vestirme. «Después de vestirme». El hecho de que continuara medio desnudo la hizo ruborizarse... una vez más.

—Me gustaría recuperar mi cepillo de dientes. Y... me muero por ducharme y quitarme la suciedad del agua de lago.

—Lógico. Ya veremos cómo te las arreglas después de que hayas comido un poco, ¿de acuerdo? No quiero que hagas esfuerzos. Lo primero es lo primero. Voy a traerte ese café. Te aliviará el dolor de garganta.

Pero su tono imperioso, dominante, acabó por irritarla.

—No te corresponde a ti decirme lo que tengo o no tengo que hacer. Se detuvo en seco cuando se dirigía hacia la puerta y se volvió para mirarla. La intensidad de su mirada casi logró avasallarla, pero después de una buena noche de sueño, se sentía emocionalmente más fuerte. Aquella era una buena ocasión para dejarle claro que no aceptaba órdenes de nadie.

—Pues lo cierto es que... sí.

—No…

Un segundo después estaba frente a ella, con una mano apoyada en el cabecero de la cama y la otra en la almohada, al lado de su mejilla. Estaba tan cerca que sus narices casi se tocaban. Esme hundió la cabeza en la almohada, acorralada.

—Estás muy enferma —murmuró, con su aliento acariciándole el rostro—. Y yo no me he quedado velándote toda la noche para que esta mañana te dé un ataque de cabezonería y sufras una recaída.

—Ya sé que no estoy bien del todo, pero…

—Es un milagro que hayas podido entrar en el cuarto de baño tú sola. Aunque menos, todavía tienes fiebre. Lo que necesitas es descansar, tomarte las medicinas y beber mucho líquido.

Esme no pudo evitarlo: las palabras le salieron solas.

—Huelo fatal... al agua del lago.

Al principio la miró con expresión ceñuda. Luego, como si se estuviera reprimiendo sin conseguirlo, se acercó todavía más, hasta rozarle casi el cuello con la punta de la nariz, debajo de la oreja. Esme contuvo el aliento, paralizada por su cercanía. Permaneció así sólo un segundo antes de apartarse lentamente, recorriendo su rostro con la mirada.

—¿Y bien? —le preguntó ella, esforzándose por disimular su reacción... y fracasando estrepitosamente.

Carlisle hizo una mueca, aunque su mirada no había perdido ni un ápice de ardor. Le acarició tiernamente una mejilla y dejó caer la mano.

—No hueles para nada al agua del lago, te lo aseguro. Así que deja de preocuparte. Pero no podía evitar preocuparse, no cuando lo tenía tan cerca. Y sabía que una buena ducha la despabilaría del todo. Justo lo que necesitaba para poder pensar con coherencia.

—No estoy acostumbrada a pasarme un solo día sin ducharme. Me sentiré mejor cuando…

—Mira, el médico soy yo. Si tienes unas irrefrenables ganas de ducharte, allá tú. Yo te ayudaré, y no empieces a decirme que no con la cabeza. No pienso dejarte ahí sola para que te ahogues.

—¡Pero tampoco te quedarás mirándome!

—No, por supuesto que no —sonrió—. La ducha está descartada porque dudo que seas capaz de permanecer durante tanto tiempo de pie. No, no quiero correr ese riesgo. Pero esta tarde, después de que haya visto a mis pacientes, te llevaré al cuarto de baño principal. Allí tenemos una bañera grande. Para entonces tu ropa ya estará seca y te la podrás poner. Creo que será la mejor solución.

—Bueno, pues... —suspiró. Sabía que no tenía más remedio que ceder— gracias.

—De nada.

—¿Ves a tus pacientes todos los días?

—¿No lo hacen la mayoría de los médicos? —se apartó de la cama.

—No lo sé.

—Lo hacen. Puedes estar segura de ello. La enfermedad no respeta fines de semana ni vacaciones. Y dado que soy el único doctor en varios kilómetros a la redonda, he tenido que acostumbrarme a ello.

Alisó nerviosa el borde del edredón, preguntándose si aquélla no podría ser su gran oportunidad para escapar.

—¿Tienes la consulta cerca de aquí?

—Muy cerca —cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿De veras? —intentó disimular su interés.

—Te advierto que no vas a irte a ninguna parte —al ver que se lo quedaba mirando con la boca abierta, añadió—: No te hagas la sorprendida. Estabas tramando algo.

—¿Cómo lo has adivinado?

—Puedo leer perfectamente tus expresiones. Eres como un libro abierto.

—¡Pero si ni siquiera me conoces!

—Ya, bueno. El caso es que a estas alturas te conozco lo suficiente como para saber cómo trabaja tu mente. ¿Qué pensabas hacer? ¿Escabullirte hasta el pueblo aprovechándote de que todos estamos fuera?

En realidad no había llegado tan lejos. Pero tal vez no fuera tan mala idea. Al ver que no decía nada, Carlisle la miró sacudiendo la cabeza.

—Mujeres... —y salió de la habitación.

No lo retuvo. Tenía demasiadas cosas en qué pensar. Aquélla tal vez podría ser su única oportunidad de evitar involucrarlo a él y a su familia. Ya se había marchado para proteger a su hermana. Lo último que deseaba era meter a alguien más en problemas.

Sobre todo a un hombre tan increíble como Carlisle.


Espero les haya gustado, porfa dejen sus comentarios..!

Nos estamos leyendo

.-Kida