Disclaimer: Absonutamente nada es mio.
Bueno primero que nada quiero agradecer a Nairelena quien fue el primer y unico review jejeje bueno nena, sinceramnete aunque la historia es buena, los protagonistas no son tan "populares" como ejemplo un Edward/Bella y aunque amamos a los personajes pasa este tipo de cosas, mi intencion al empezar esta mini saga con ellos es precisamente porque no hay muchas historias de esta pareja como protagonistas... de todas formas te contesto de manera publica para AGRADECERTE mucho tu comentario, sin ti..! no hubiera tenido animo de terminar este proyecto asi que este capitulo va dedicado para ti... GRACIAS..!
Ahora sin mas..
Disfruten
Capítulo 4
Carlisle llamó a la puerta antes de entrar, Esme seguía en la cama, con el rostro vuelto hacia el ventanal. Parecía pensativa, pero se animó visiblemente cuando vio la bandeja.
—Vaya —sonrió—, así que tienes hambre.
—Pues sí —se sentó en la cama—. ¿Qué llevas ahí?
Le puso la bandeja sobre las rodillas.
—Jake acaba de sacar los pastelillos de canela del horno, así que todavía están calientes. Pensé que te apetecería probarlos.
—¿Los ha hecho él? ¿Sabe cocinar?
—Aquí todos sabemos cocinar —le entregó el café—. Cuestión de supervivencia.
No tardó en beberse media taza, y él se la rellenó antes de acercarle los pastelillos. Nada más probar uno, gimió de placer mientras se chupaba el dedo. Carlisle se la quedó mirando fijamente, asaltado su cerebro por todo tipo de imágenes eróticas. Sus reacciones ante el menor de sus gestos eran sencillamente desproporcionadas. Y eso se había venido produciendo casi desde la primera vez que la vio. La noche anterior, cuando dormida se había destapado tantas veces, casi se había vuelto loco. Hacía demasiados años que no reaccionaba de esa manera. Casi ni se acordaba.
—¿Te gustan?
—Mucho. Felicita al cocinero de mi parte.
—Cuando quiere, Jake cocina muy bien. Todos comemos algo antes de irnos, aunque el desayuno de verdad lo hacemos en la cafetería de Emily.
—¿Por qué no desayunáis aquí?
Le gustaba que tuviera tantas ganas de hablar. Al parecer ya se sentía mucho más cómoda.
—Bueno, veamos. Jake se marcha enseguida al pueblo. Y se pasa el día fuera. Es albañil, fontanero, mecánico... Todos los días le llama alguien para que le arregle algo — «incluyendo tu coche», pensó Carlisle, aunque todavía no le había pedido que se lo reparara—. Le gusta tener siempre las manos ocupadas. Y cuando no está trabajando está holgazaneando al sol en la orilla del lago. De repente el aludido asomó la cabeza por la puerta:
—Lamento disentir, pero yo no holgazaneo: descanso. No soy un vago.
Esme casi se atragantó cuando alzó la mirada y vio a Jake. Como concesión a su invitada, se había puesto unos viejos pantalones cortos. Iba sin afeitar, y aunque se había puesto la camisa, la llevaba desabrochada hasta el ombligo. Carlisle sacudió la cabeza, descontento con su apariencia.
—Sí que lo eres, Jake.
Jake se volvió hacia Esme:
—Me tiene envidia porque su trabajo exige una mayor responsabilidad que el mío —
miró a su hermano—. Si fuera realmente un vago, ¿estaría pensando ahora mismo en arreglarte el escape de agua del lavabo de tu consulta?
Carlisle vaciló, complacido, y tomó un sorbo de café antes de asentir con la cabeza.
—Bueno, pero lo cierto es que, si todavía sigues aquí, es precisamente porque no puedes salir al lago por culpa de la lluvia.
—Eso no es verdad. Con lluvia es cuando mejor se pesca.
—¿De verdad que me vas a reparar el lavabo?
—Claro. ¿Por dónde dices que pierde agua exactamente?
Carlisle se disponía a describirle la localización exacta cuando Esme lo interrumpió al preguntarle a su hermano:
—¿Dónde tiene la consulta?
Jake señaló con la cabeza el final del pasillo.
—En la parte trasera de la casa. Mi padre y él la levantaron nada más terminar la carrera, para que pudiera ejercer en seguida. Por supuesto, yo tuve que echarles una mano porque Carlisle es patético con el martillo. Tarda una eternidad en meter un clavo o en serrar una tabla sin torcerse.
Esme dejó el pastelillo a medio comer en el plato.
—¿Tu padre, has dicho?
—Sí. El de Carlisle era militar, y el mío albañil y fontanero, como yo. Y muy bueno, aunque no tanto como su hijo.
Carlisle se levantó para echar discretamente a su hermano de la habitación. Podía leer la confusión en el rostro de Esme. Era demasiado pronto para meterse en largas explicaciones sobre la historia de su familia.
—Anda, vete de una vez y déjala que se tome el café en paz —le ordenó, ya en el pasillo.
Jake se hizo el inocente, con un brillo burlón en los ojos.
—¡Si no la estaba molestando!
—Estabas flirteando.
—Pero ella apenas se daba cuenta —sonrió—. Estaba demasiado ocupada mirándote…
Aquello sonaba ciertamente sugerente, aunque en aquel momento Carlisle no tenía intención de analizarlo demasiado ni de hacer nada al respecto. Si realmente lo había estado mirando tanto, debía ser porque él era el principal responsable de su salud.
—Iré a la consulta una vez que me haya duchado y vestido.
—De acuerdo. Yo iré preparando las herramientas.
Carlisle volvió a entrar en la habitación y cerró la puerta. Tal y como Jake le había mencionado, Esme lo estaba observando con una extraña intensidad, mezcla de curiosidad y recelo. Miró su pastelillo de canela sin terminar.
—¿Ya has acabado?
—Oh —bajó la mirada al plato como si se hubiera olvidado de él—. Sí —se limpió los dedos en la servilleta—. Gracias. Estaba delicioso. No sabía que tuviera tanta hambre.
Carlisle pensó que comerse medio pastelillo de canela no era precisamente indicio de un gran apetito.
—¿Más café?
—Sí, por favor.
Su exagerada formalidad y sus maneras exquisitas lo divertían. Allí estaba, acostada en su cama, completamente desnuda debajo del suéter de su hijo, y diciendo «por favor» a cada momento. Su voz todavía sonaba terriblemente ronca, pero ya no parecía tan tensa y febril como la noche anterior. Probablemente la necesidad de sueño había sido más importante que todo lo demás.
—En mi consulta tengo cepillos de dientes de sobra —le informó mientras le rellenaba la taza—. Si quieres puedo traerte uno. Podría ir a buscarte el tuyo, pero no sé en qué caja está.
—Yo tampoco lo sé.
—Pues entonces luego te daré uno de la consulta —apoyado en el tocador, mirándola fijamente, apuró su café.
—Por cierto, antes de nada... ¿te importaría decirme cómo te llamas?
Se quedó tan quieta, tan paralizada, que Carlisle se preocupó de inmediato. Bajó su taza vacía y cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Y bien?
—Creo... que es mejor que no lo sepas. No quiero meterte en líos.
—¿No confías en mí?
—¿En un hombre al que hace sólo un día que conozco?
—¿Por qué no? No te he hecho el menor daño. Más bien al contrario, ¿no te parece?
—No, no es eso. Es sólo que... Carlisle, no puedo quedarme aquí. No quiero ponerte en peligro a ti, a tu hijo o a tus hermanos.
Era algo tan absurdo, que se echó a reír. Por otro lado, le irritaba su falta de confianza.
—¿Así que piensas que una mujer debilucha es más capaz de defenderse sola que en una casa habitada por cuatro hombres y un robusto adolescente?
—No pretendo luchar físicamente contra nadie.
—¿Ah, no? Entonces vas a seguir huyendo de lo que sea que estás huyendo.
—Sí, y no es problema tuyo —insistió.
—Quizá no, pero nos facilitarías mucho las cosas si dejaras de andarte con tantos secretos.
Esme se pellizcó el entrecejo, cerrando los ojos con fuerza. Carlisle se dijo que era un bruto insensible. Que se hubiera levantado y comido un poco no significaba que estuviera dispuesta a abrirse a él. Era mucho pedir. Suspiró irritado, consigo mismo y con ella, y se acercó para retirarle la bandeja.
—Yo, no... —lo miró, nerviosa—... no pretendo ponerte las cosas aún más difíciles…
—Me doy cuenta de ello —repuso de camino hacia la puerta, sin volverse—. Pero tendrás que contármelo tarde o temprano.
—No. Mis planes no te atañen para nada.
—Recuerda que fuiste a parar a mi lago. A mi propiedad.
—Y te ofrecí indemnizarte por los daños.
Se volvió hacia ella, disgustado.
—Olvídate de los malditos daños. A mí no me preocupa eso.
—Ese pago es lo único que te debo —lo miró con expresión triste, pero resuelta—. Yo no te pedí que me trajeras aquí. Yo no te pedí que me ayudaras.
—Te ayudamos de todas formas —se acercó de nuevo a ella, incapaz de guardar la distancia—. Ningún hombre que se preciase de serlo dejaría a una mujer enferma y herida sola en medio de una tormenta. Además de que estabas aterrorizada, histérica y delirando.
—Yo no…
—Golpeaste a mi hijo Me tenías miedo. Estabas aterrorizada —vio que esbozaba una mueca y se mordía el labio inferior. Verla así le partía el corazón, lo cual lo irritaba aún más. Se sentó en el borde de la cama y le tomó las manos entre las suyas—. Cariño, puedes confiar en mí. Puedes confiar en todos nosotros. Lo mejor que puedes hacer es contármelo todo. Así podremos decidir qué hacer al respecto.
Lo miró con expresión angustiada. Pero al mismo tiempo parecía fuerte, decidida. Por eso a Carlisle no le sorprendió su respuesta:
—O también puedo marcharme.
Se miraron en silencio durante unos segundos. Finalmente Carlisle masculló una maldición y se levantó. Quizá la estuviera presionando demasiado. Sabía que necesitaba tiempo para reflexionar. Una cosa era cierta: no pensaba perderla de vista mientras no estuviera convencido de que se hallaba a salvo. De espaldas a ella, apoyándose en el tocador, le espetó:
—Todavía no.
—No puedes retenerme contra mi voluntad.
—¿Quieres apostar? —se sentía como un canalla, pero su intuición lo impulsaba a
retenerla a su lado frente a su insistencia—. Emmett es el sheriff del pueblo, y escuchó todo lo que me dijiste ayer. Quería interrogarte cuanto antes. Yo le pedí que te diera tiempo. Pero hasta que no estés dispuesta a explicárnoslo todo, no vas a ir a ninguna parte.
Podía sentir su mirada clavada en la espalda, el ardor de su furia. No era ni mucho menos tan frágil como había pensado en un principio.
—Y tú querías que confiara en ti —la oyó musitar, desdeñosa.
Cerró un puño de rabia, pero se negó a morder el cebo. Abrió un cajón del tocador y sacó una muda de ropa.
—Necesito ducharme antes de que empiecen a llegar mis pacientes. ¿Por qué no te vuelves a dormir un rato? Quizá esta tarde veas las cosas bajo una luz diferente.
Vio su imagen reflejada en el espejo, el gesto que tuvo al cerrar de nuevo los ojos con fuerza. Quiso decirle algo más, pero no pudo. En vez de ello se marchó, cuidando de cerrar la puerta sigilosamente. Durmió durante la mayor parte del día. Nada más tomarse la medicación de la mañana, se cepilló los dientes y se acostó de nuevo. Acababa de volver a acostarse cuando se quedó profundamente dormida. Carlisle la despertó una sola vez para darle un poco de agua con la pastilla, pero casi ni reaccionó. Tuvo que sostenerle la cabeza con una mano, terriblemente consciente del sedoso tacto de su pelo y de la deliciosa mirada de sus ojos azules. Incluso llegó a sonreírle, demasiado soñolienta como para recordar su enfado anterior.
Durante el día hizo varios viajes a la habitación desde su consulta, incapaz de permanecer tan alejado. Edward le prometió que estaría cerca en caso de que llamara para algo.
No había probado bocado, y se estaba acercando la hora de la cena. Cuando Carlisle entró en la habitación, vio a su hijo sentado en la terraza, jugando con el gatito que Jasper había traído a casa. Esme estaba tumbada de espaldas, con los brazos extendidos por encima de la cabeza.
—¿Ha dormido bien? —le preguntó a Edward, saliendo a la terraza.
—Como un tronco —soltó un pequeño grito cuando el gato le atacó un tobillo, jugando—. Nunca había visto a nadie dormir tanto. El gato se me escapó y saltó sobre la
cama antes de que pudiera darme cuenta, pero esa mujer ni se enteró.
—Estaba agotada. Gracias por echarle un vistazo.
Carlisle detectó un movimiento por el rabillo del ojo y se volvió. Esme estaba medio incorporada sobre un codo, cegada por el sol del atardecer.
—Hola, dormilona —la saludó, entrando en el dormitorio. Edward lo siguió con el gato detrás.
Miró a su alrededor en un intento por orientarse. El gatito saltó ágilmente a la cama y se instaló en sus pies.
—¿Qué hora es?
—Las cinco. Te has perdido la comida, pero la cena estará pronto.
Edward dio un paso adelante para recoger al cachorro, pero ella se lo impidió.
—Déjalo ahí. No me importa compartir la cama con él.
Edward le sonrió. Toda la familia amaba los animales, gracias a Jasper.
—¿Quieres beber algo? —le preguntó Carlisle.
Se lo pensó por un momento y finalmente asintió.
—Sí, por favor.
—Prepárale un zumo de naranja, Ed.
—Ahora mismo.
Una vez que el chico se hubo marchado, Carlisle se dedicó a estudiarla.
—No puedo creer que haya dormido tanto —ahogó un bostezo.
—Tienes bronquitis, lo cual ha mermado tus fuerzas, por no hablar de la conmoción. En tu caso, el sueño es la mejor medicina.
—Siento haber discutido contigo antes —se sentó en la cama—. Sé que tus intenciones son buenas.
—Pero sigues sin confiar en mí, ¿verdad?
—La confianza siempre es algo muy difícil —se encogió de hombros—. Y juzgar a la gente a primera vista nunca se me ha dado bien.
Aquello sonaba interesante. Sacó una silla y se sentó frente a ella.
—¿De veras?
Esme le lanzó una mirada recelosa. Afortunadamente, el regreso de Edward le evitó tener que contestar. El chico le entregó el vaso de zumo con una servilleta.
—Gracias.
—De nada —se volvió hacia Carlisle—. Bueno, voy a ver si trabajo algo en la valla.
—Sólo durante una hora o así. Para entonces ya estará lista la cena.
—De acuerdo.
Ya se disponía a salir cuando Esme hizo a un lado el vaso y lo llamó:
—¡Edward!
Se volvió, mirándola con expresión interrogante.
—He visto que tienes los hombros un poco enrojecidos ¿Has estado tomando el sol demasiado últimamente?
—Yo, er... —miró a su padre, y luego a ella—. Sí, quiero decir... he estado fuera, pero como hasta ahora casi no ha hecho sol…
—Ya sé que no es asunto mío, pero deberías ponerte una camisa o algo encima. Crema protectora, al menos. Si no quieres quemarte.
Carlisle la miró ceñudo antes de concentrarse en su hijo. Era verdad, le había dado demasiado el sol en la espalda y los hombros. No se había dado cuenta.
—Supongo que estaba tan nublado, que no pensé en ello.
—Con un cielo nublado también te puedes quemar. Como yo soy tan blanca, eso es algo que siempre tengo en cuenta. Tendrás que... ponerte algo de crema. Sólo era eso. Gracias.
—Y la camisa, Ed —añadió Carlisle.
—De acuerdo —murmuró y se apresuró a marcharse.
Carlisle la miró. Estaba sonriendo. Tenía un aspecto tan dulce, que se quedó sin aliento.
—Tienes un hijo maravilloso.
—Gracias.
—No se parece a ti. ¿Ha salido a su madre?
—No.
Pareció sobresaltada por su brusca respuesta, y Carlisle se arrepintió de inmediato. No quería que empezara a hacerle preguntas que no deseaba responder. Pero si persistía en aquella actitud, eso era precisamente lo que iba a conseguir.
—Te he lavado la ropa. Si quieres bañarte antes de cenar, luego podrás cambiarte —le sugirió. Por supuesto, tampoco le importaba que se quedara tal y como estaba. Aunque sería mucho mejor para su propia tranquilidad de espíritu que al menos se pusiera su ropa interior…
El problema era que ya había visto el pequeño pedazo de tela amarilla. Por desgracia el efecto podría ser peor que si se quedaba desnuda.
—Me muero de ganas de tomar un baño.
—Pues usaremos el grande. Está comunicado con el dormitorio de Emmett, pero todavía no ha vuelto a casa. Creo que tiene turno. Y Jake usa solamente la ducha del sótano.
—¿Cuántos cuartos de baños tenéis en esta casa?
—Tantos como hermanos. Supongo que conforme fuimos creciendo, fuimos necesitando más y más espacio.
—Es curioso que sigáis viviendo juntos.
—Mi padre nos dejó la casa, y mi madre se trasladó a Florida después de la graduación de Jake. Emmett sigue viviendo con nosotros, pero se está construyendo una propia al sur de la finca. La terminará para finales del verano.
—¿Es grande la finca?
—Varias hectáreas La mayoría sin cultivar, con muchos árboles. Emmett tiene también su propia finca, muy cerca de la nuestra. Jasper vive en el garaje. Cuando tenía veinte años lo convirtió en un apartamento para él solo. Siempre ha sido un solitario, mucho más que nosotros, pero con lo exiguo de su beca no podía alquilarse algo en el pueblo. Ahora sí que puede, claro. Aquí un veterinario gana más que un médico. Y Jake se ha montado un apartamento estupendo en el sótano, con cocina, cuarto de baño y todo. Incluso tiene una puerta particular, aunque habitualmente usa la principal a no ser que quiera meter a alguna chica a escondidas.
—¿Es que no le permitís que traiga mujeres?
—No por las noches. No es una regla ni nada parecido, sino una costumbre que estableció mi madre cuando Jake era más joven y traía a muchas amigas —Carlisle se sonrió, recordando las veces que sus hermanos y él habían discutido con ella—. Jake siempre ha tenido mucho éxito con las mujeres, y a veces creo que no sabe muy bien quéhacer con ellas. Por aquella época daba la impresión de que las traía aquí sólo por el gusto de ver cómo las echaba mi madre.
Esme soltó una carcajada. Sabía que estaba bromeando.
—El resultado es que, por costumbre, nos acostumbramos a la tácita regla de mantener las mujeres fuera por las noches. Sobre todo estando Edward. Ya es lo suficientemente mayor como para no dejarse influenciar, pero siempre fue un chico muy curioso, era muy difícil que se le escapara nada.
—Supongo a tu esposa le habría gustado tan poco como a tu madre ver a tantas mujeres entrando y saliendo de la casa.
Carlisle se levantó de golpe para alejarse hacia la puerta de la terraza. Había sido un comentario inofensivo, que no tenía por qué haberle molestado tanto. Pero ella no conocía las circunstancias, los antecedentes.
—Mi esposa nunca vivió en esta casa.
Esme no dijo nada, pero Carlisle sabía que sentía incómoda, a pesar de que no había sido ésa su intención. Miró por encima del hombro, vio su gesto de preocupación y se maldijo a sí mismo. Acababa de destapar la caja de los truenos con aquella sucinta confesión, y lo peor era que no sabía por qué se lo había dicho. Nunca hablaba de su ex esposa con nadie excepto con sus hermanos, e incluso con ellos muy raramente.
—Me divorcié cuando todavía estaba en la facultad de medicina. De hecho, apenas un mes después de que naciera Edward. Ella era demasiado joven y no estaba preparada para ser madre. Así que yo me quedé con él. Mi madre y el padre de Jake me ayudaron mucho con él hasta que pude terminar la carrera En realidad todos me ayudaron a criarlo. Emmett tenía diecinueve años, Jasper quince y Jake doce. En cierta manera, Jake y Edward son como hermanos.
Parecía fascinada, casi ávida de saber más. Carlisle volvió a acercarse y se sentó nuevamente frente a ella.
—¿Qué me dices de ti? ¿Tienes familia?
—No —desviando la mirada, hizo una mueca—. Mi madre falleció cuando yo era pequeña.
—Lo siento —no podía imaginarse a sí mismo habiendo crecido sin madre. Ella había sido la columna vertebral de la familia, la persona más firme y fuerte que conocía. Y la más cariñosa.
—Hace mucho tiempo de eso —se encogió de hombros—. La verdad es que no mantengo una relación muy estrecha con mi padre. Con mi hermana sí.
—¿Qué edad tiene tu hermana?
—Veinticuatro.
—¿Y tú?
Lo miró recelosa. Tras una larga vacilación, contestó:
—Veinticinco.
—Debió de ser duro para tu padre criar a dos hijas con tan poca diferencia de edad y sin madre…
Esme hizo un gesto de indiferencia.
—Podía contratar a mucha gente.
—¿Que tipo de gente?
—Ya sabes: niñeras, cocineras, tutores, institutrices... de todo. Mi padre se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando.
—¿No os dedicaba parte de su tiempo a vosotras?
Se echó a reír Era una risa triste, amarga.
—Casi nada. No estaba lo que se dice muy entusiasmado con sus hijas. Creo que eso era lo que más le fastidiaba de la muerte de mamá: que se hubiera ido al otro mundo sin darle un hijo. Pensó muchas veces en casarse, pero estaba demasiado ocupado con su negocio, y además le preocupaba que, si se casaba, su segunda mujer decidiera divorciarse y llevarse una parte del mismo. Era un poco paranoico en ese aspecto.
Carlisle escrutó su rostro buscando algún indicio de dolor. Mantenía un gesto inexpresivo, insensible, pero por un instante vislumbró un brillo de tristeza en sus ojos azules.
—La vuestra debió de ser una infancia muy triste.
—No pretendía quejarme —replicó, ruborizándose—. Teníamos muchas más cosas que la mayoría de los niños, así que no fue tan mala.
Pero les había faltado lo más importante: amor, cariño, incluso atención. Carlisle siempre se había sentido muy agradecido de tener una familia como la suya, de haber podido contar con su apoyo, su cercanía, su ayuda... pero sólo en aquel momento tomó verdadera conciencia de la suerte que había tenido. Decidió dejar el tema. Al menos por el momento.
—Si vas a tomar ese baño, seré mejor que te pongas a ello antes de que se nos haga tarde para cenar. Jasper ha preparado algo especial en tu honor.
—¿Ahora es Jasper quien cocina?
—Lo hacemos por turnos.
Carlisle sacudió la cabeza.
—Increíble. ¡Hombres cocinando todos los días! —bromeó.
Riendo, Carlisle la ayudó a levantarse de la cama. Con ello molestó al gatito, con lo que le pidió disculpas. El animalillo le lanzó una distraída mirada mientras volvía a acomodarse para seguir durmiendo.
—Te va a llenar la cama de pelos.
—A mí no me importa. Pero la cama es tuya.
—Eres tú quien está durmiendo en ella.
Se miraron fijamente durante un instante tenso, cargado de electricidad, hasta que ella desvió la mirada. Le temblaban las manos mientras se envolvía en el edredón. Se levantó. Parecía mantenerse bien sola, pero aun así Carlisle la sujetó. Para distraerse de las sensaciones que le provocaba su cercanía, inquirió:
—¿No conoces a ningún hombre que sepa cocinar?
Esme le lanzó una mirada incrédula.
—Mi padre ni siquiera sabía prepararse el café. Y mi prometido siempre decía que
cocinar era tarea de mujeres.
Casi habían llegado hasta la puerta cuando Carlisle se detuvo en seco. El corazón se le había acelerado. Sin ser consciente de ello, le apretó tanto el brazo, que ella se volvió para mirarlo, extrañada.
—¿Tienes un prometido?
Abrió mucho los ojos. De repente perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en su pecho. Un brillo de deseo dilató sus pupilas.
—Carlisle…
Su voz apenas era un susurro. La acercó aún más hacia sí.
—Contéstame, maldita sea... ¿estás comprometida?
No parecía en absoluto asustada por su brusquedad. La palabra «prometido» resonaba en su cerebro como un tambor.
—No... ya no.
Algo turbulento y peligroso lo barrió por dentro. Bajó la mirada hasta su boca, vio los labios entreabiertos que le temblaban y perdió el control. Inclinó la cabeza hasta que pudo sentir la caricia de su aliento, la efervescencia de su excitación. De su deseo.
Y la besó.
Bueno bueno bueno.. espero que les haya gustado, nos Leemos Pronto...
Kida
