Disclaimer: Nada de esto me pertenece

En esta ocasion quiero agradecer a Caro por su review Gracias a ti nena por comentar y bueno espero que este cap te guste tambien..

Disfruten.


Capítulo 5

Esme se aferró a él, esforzándose por intensificar el contacto, por tornarlo aún más íntimo. El edredón cayó al suelo, a sus pies. Apenas se dio cuenta. No pensaba en lo que estaba sucediendo, y mucho menos en apartarse. Abrumada de un ardor y un deseo que nunca antes había experimentado, sólo quería acercarse más y más. Al principio había supuesto que la atracción era unilateral, pero en aquel instante, al sentir el temblor del duro cuerpo de Carlisle, comprendió que estaba tan afectado como ella.

Su boca era cálida y firme. La incitaba y provocaba casi sin tocarla, dándole tiempo a arrepentirse, a refrenarse. Hasta que ya no pudo más. Tras un instante de dolorosa inmovilidad, se apoderó ávidamente de sus labios mientras deslizaba las manos por su espalda, apretándola contra sí. Esme sintió la candente caricia de su lengua y la presión de su sexo erecto contra su vientre. Ardiendo por dentro, se estremeció de la cabeza a los pies.

De repente llamaron a la puerta.

Se apartaron bruscamente: Carlisle mascullando una maldición, Esme con un grito ahogado. Tropezó al enredarse los pies con el edredón, y se habría caído al suelo si él no la hubiera sujetado a tiempo. Se la quedó mirando fijamente, con una expresión dura como el hielo, antes de responder:

—¿Qué pasa?

Se abrió la puerta y Jasper asomó la cabeza. Le bastó una sola mirada para que, tímido, se dispusiera a cerrarla de nuevo. Pero Carlisle se lo impidió agarrando el picaporte.

—¿Qué quieres?

Esme se apresuró a recoger el edredón del suelo, deseando que la tragara la tierra. Sabía que Jasper era consciente de lo que había interrumpido. Su extrañeza debía de ser mayúscula, ya que Carlisle y ella apenas se conocían. Pero eso no parecía importarle a su cuerpo. Ni a su corazón.

—La cena se servirá en diez minutos —Jasper la miró, sonrió levemente al advertir sus nerviosos intentos por cubrirse y se dispuso a escabullirse de nuevo.

—¿Podrían ser veinte? —le pidió su hermano, aparentemente nada incómodo con la situación. O tal vez lo estuviera disimulando demasiado bien—. Está a punto de bañarse.

Jasper la miró de nuevo y a Esme le entraron ganas de golpear a Carlisle. Se sentía desbordada tanto emocional como físicamente. Aquel beso... Jamás había experimentado nada parecido. ¿Cómo diablos podía seguir allí tan tranquilo y conversar con aquella calma cuando ella apenas era capaz de asimilar las palabras que estaba oyendo?

—No quiero que la cena se retrase por mi culpa —replicó con voz ronca, haciendo un esfuerzo—. No me esperéis.

—Absurdo —replicó Jasper—. Por supuesto que te esperaremos. Además, Emmett se ha retrasado un poco. Ha tenido algún contratiempo en el pueblo.

Esme sintió la tensión de la mano de Carlisle sobre su cintura.

—¿Qué le ha pasado?

—Nada serio. Una vaca se escapó de la finca de los Morrises y se metió en el patio de la iglesia. Hubo un atasco serio.

Esme ladeó la cabeza, encantada por el cambio de tema.

—¿La vaca bloqueó el tráfico?

—No, la gente se detuvo para curiosear. En este pueblo una vaca suelta es una gran noticia. Afortunadamente el animal no se asustó con tanta atención.

Esme reprimió una sonrisa. Justo en aquel instante el gatito saltó de la cama para frotarse contra las piernas de Jasper. En seguida se agachó para tomarlo en brazos y se puso a acariciarlo, arrancándole un ronroneo.

—Adelante, disfruta de tu baño —insistió—. No hay prisa.

Salieron los tres al pasillo y allí casi chocaron con Edward, que venía casi literalmente rebozado de barro. Se había quitado los zapatos para no manchar el suelo, pero el lodo le llegaba hasta las rodillas. La camisa que se había puesto, siguiendo precisamente la sugerencia de Esme, también estaba sucia y empapada en sudor.

—Hey, no os acerquéis demasiado a mí — alzó las manos—. Después de la tormenta había lodo por todas partes.

Jasper le dio una palmadita en la espalda.

—Bueno, pues tendrás que usar la ducha de Jake, porque la damisela necesita el baño. Edward la miró asombrado y Esme dedujo que el fenómeno de una mujer tomando un baño en aquella casa debía de concitar, por lo extraño, casi tanta atención como una vaca suelta en el pueblo. El chico se estaba ruborizando por segundos. De repente, se oyó un portazo y poco después fue Emmett quien apareció en el pasillo, quitándose la camisa con movimientos enérgicos y descubriendo su torso ancho y musculoso. Ya se disponía a desabrocharse el botón del pantalón de uniforme cuando se dio cuenta de que estaban mirándolo.

—Lo siento —rezongó—. Iba a ducharme. Hace demasiado calor ahí fuera. Y con tanta humedad es como si estuviera uno en una sauna —alzó un dedo acusador contra Jasper— . Por cierto, que me entraron ganas de disparar contra esa maldita vaca. La muy tozuda se negaba a moverse. Me he pasado una hora intentándolo.

Jasper soltó una carcajada.

—Ah, tu ducha tendrá que esperar porque...

Consciente de que pretendía volver a anunciar públicamente su baño, Esme se apartó de Carlisle y le propinó a Jasper un discreto pero elocuente pisotón. Dado que él estaba calzado y ella no, se mostró más sorprendido que otra cosa. Se miró los pies, y lo mismo hicieron los demás, como esperando ver el cadáver de algún insecto que su invitada acabara de aplastar. Como no vieron ninguno, los tres la miraron a la vez y ella alzó orgullosa la barbilla.

Que fueran hombres no significaba que tuviera que aceptar sus groserías.

Jasper la miró sorprendido, arqueando una ceja, y Esme se apresuró a colocarse de nuevo al lado de Carlisle. Su actitud desafiante se vino abajo ante la interrogante mirada de Jasper. ¡Oh, Dios, lo había atacado! En su propia casa y delante de su familia. Carlisle se echó a reír mientras le pasaba un brazo por los hombros.

—¿Quieres disfrutar de un buen baño, eh? —Emmett se la quedó mirando entre gruñón y divertido—. Entonces usaré la ducha de Jake…

Edward dio un paso adelante.

—Yo estoy antes. Me la pedí primero.

—Yo soy mayor, mocoso.

—¡Eso no tiene nada que ver! —el chico echó a correr hacia la ducha. Murmurando entre dientes, Emmett salió tras él.

A Esme le entraron ganas de volverse a la cama y esconderse debajo del edredón. La perspectiva del baño, que tan maravillosa le había parecido unos minutos antes, se le antojaba ahora una especie de humillación pública. Estaba cansada, le ardía la garganta y había empezado a dolerle la cabeza. Se volvió hacia Carlisle, balbuceante.

—Puedo esperar.

Carlisle reaccionó. En aquel momento no parecía capaz de mirar otra cosa que sus labios.

—Absurdo —exclamó Jasper—. Ve a disfrutar de ese baño. Después te sentirás mucho mejor —y se alejó pasillo abajo, cojeando ostensiblemente.

Esme tuvo la sensación de que lo hacía para burlarse, no porque le hubiera hecho verdaderamente daño con su pisotón. Eran unos tipos bastante extraños... pero en cualquier caso le caían bien. El agua caliente le llegaba hasta la barbilla. Suspiró deleitada. Al fin volvía a sentirse limpia. Y a estarlo.

Sonrió al pensar en Carlisle y en sus hermanos. Por lo poco que había visto de ellos, eran muy parecidos pero a la vez diferentes. Por supuesto eso era lógico teniendo en cuenta que su madre había vuelto a casarse. Esme no podía imaginarse a sí misma casándose, y mucho menos dos veces. Después de la forma en que la había utilizado su prometido, no quería volver a saber nada de matrimonio.

—¿Todo bien por ahí?

—Sí. Vete.

—Sólo quería asegurarme.

Se sonrió de nuevo. Carlisle llevaba por lo menos cinco minutos merodeando al otro lado de la puerta: los mismos que ella llevaba en la bañera. Era una especie de «protector», resultado quizá de la profesión que había elegido, de su vocación. Todo en él hablaba de una tendencia natural a cuidar a los demás. Eso le gustaba. Él le gustaba. Demasiado. Aquel beso que le había dado... Bueno, no sabía muy bien qué pensar al respecto. Todavía sentía un cosquilleo en los labios. Se los lamió, paladeando el recuerdo de su sabor. Había estado a punto de casarse con Cayo, pero él jamás la había besado de esa manera. Y ciertamente ella jamás se había imaginado haciendo con él las mismas cosas que se había imaginado con Carlisle.

Hacía dos años que conocía a Cayo y nunca lo había deseado realmente. No como deseaba a Carlisle, pese a que apenas habían transcurrido dos días desde su encuentro. ¿Qué habría sucedido si Jasper no los hubiese interrumpido? ¿Cualquier cosa? ¿Nada?

Aquel hombre era único. Una maravillosa mezcla de fuerte masculinidad y sensibilidad exquisita. Le había preparado el baño, colocando una esterilla en el suelo y toallas a mano, al lado de su ropa limpia y bien doblada. Todo ello sin mencionarle ni una sola vez el beso y sin acercarse demasiado a ella. Después la había mirado fijamente, antes de aconsejarle que se tomara su tiempo pero no demasiado, no fuera que se mareara o se agotara demasiado en la bañera.

Decidió quedarse unos minutos más. Los hermanos la esperarían para cenar. A juzgar por todos los indicios, disfrutaban con la novedad de tener a una mujer bajo su techo y no dejarían pasar la oportunidad de volver a convertirla en el centro de atención. No estaba acostumbrada a que la trataran así, pero suponía que se acostumbraría.

Salió por fin de la bañera. El baño caliente había logrado aliviar el dolor de sus músculos. Se envolvió en la gran toalla que le había prestado Carlisle, con ganas de volver a la cama y seguir durmiendo. Pero no lo haría. Quería saber más sobre los hermanos y conocer el resto de la casa. Además, necesitaba elaborar un plan de acción. Vio el borde de sus bragas amarillas asomando bien dobladas bajo la camisa, y se ruborizó. De alguna manera, el hecho de que Carlisle se hubiera familiarizado con su ropa interior tornaba la situación todavía más íntima. O lo que venía a ser lo mismo: mucho más peligrosa. ¿Cuánto tiempo tardarían en descubrir su paradero? En un pueblo tan pequeño, las noticias viajarían rápido. Cualquier forastero de visita no tardaría en enterarse de que estaba allí.

Lo más inteligente era olvidarse de la atracción que sentía por Carlisle, que no servía más que para debilitar su resolución, y desaparecer lo antes posible.

—¿Qué tal por ahí dentro?

—Bien —sonrió—. Me estoy vistiendo.

Se hizo un silencio. Esme no tuvo muchos problemas en imaginar lo que estaría pensando Carlisle... e imaginando. Se mordió el labio. Segundos después lo oyó aclararse la garganta.

—¿Necesitas que te ayude?

Se quedó sin aliento, y terminó tosiendo mientras se colocaba la camiseta. Por fin abrió la puerta.

—No —le contestó.

La recorrió lentamente con la mirada: desde la trenza que se había hecho con su larga melena, hasta sus pies descalzos. Esme volvió a morderse el labio.

—No sé lo que les ha pasado a mis sandalias.

—Han desaparecido.

—¿Qué?

—Sí —le sostuvo la mirada, encogiéndose de hombros—. Una se cayó al lago y se fue al fondo. La otra tal vez esté en tu coche... no sé. Cuando te rescaté, buscarlas fue la última de mis preocupaciones.

—Ya.

—No llevas sujetador

—¿Se me nota? —cruzó rápidamente los brazos sobre el pecho y se dispuso a retroceder al cuarto de baño para mirarse en el espejo. Pero Carlisle la detuvo. Separándole lentamente los brazos, se los mantuvo a los lados. No se resistió, hipnotizada por su mirada. Estaban en el pasillo, muy cerca el uno del otro, y de algún modo el temor, el aturdimiento y las preocupaciones parecían haberse evaporado. Solamente podía pensar en una cosa: si iba a volver a besarla o no.

—Tienes la carne de gallina —comentó él con voz ronca al tiempo que deslizaba sus anchas manos por sus brazos desnudos.

—La... la casa es fría.

—En esta época del año mantenemos el aire acondicionado a baja potencia. Voy a buscarte una de mis camisas para que te la pongas por encima.

La excitación que le provocaba su mirada la estaba dejando sin habla. No pudo hacer otra cosa que asentir con la cabeza.

—¿Os vais a pasar todo el día aquí, mirándoos como pasmarotes? Me muero de hambre.

Carlisle se giró en redondo para mirar a Jake, pero en ningún momento se separó de Esme.

—¿Cómo puedes estar muñéndote de hambre cuando no has hecho nada en todo el día?

—Esta mañana preparé los pastelillos, te arreglé el escape de agua de la clínica y luego visité a tres mujeres. Una jornada muy ocupada para la agenda de cualquiera —sonrió—. ¿Quieres que traiga aquí la mesa para que cenemos todos en el pasillo?

—Mañana tengo que vacunar a Darlene de la gripe. Quizá le comente tu afición a las tartas de Misisipi. Tengo entendido que es una gran cocinera.

Jake retrocedió un paso, rápidamente sustituida su sonrisa por una expresión de puro terror.

—Juegas sucio, Carlisle, ¿te lo habían dicho alguna vez? —no se quedó para escuchar su respuesta.

Carlisle soltó una carcajada.

—¿De qué se trata todo esto? —quiso saber Esme, extrañada.

—Darlene lleva ya algún tiempo detrás de Jake. Mi hermano, por un anticuado sentido de la galantería, se resiste a pedirle que lo deje en paz de una vez. Siempre procura mostrarse muy cortés con ella y Darlene no desiste.

—Así que si le mencionas las tartas de…

—Darlene se presentaría todos los días con una —sonrió de nuevo.

—¿Por qué no le gusta a Jake?

—Claro que le gusta. Es una mujer tan guapa como inteligente. Jake estudió en el instituto con ella. A veces creo que ése es precisamente su problema. Conoce bien a todas las mujeres de por aquí. Jake no quiere relacionarse en serio con ninguna, por eso intenta evitar a las mujeres que demuestran su interés por él con demasiado descaro.

—¿Es el caso de Darlene?

—En lo que respecta a Jake, es el caso de todas. Darlene es una de tantas.

—¿Era verdad eso que le has dicho de que mañana vendría a vacunarse de la gripe?

—No. Vamos —la tomó de la cintura—. Te buscaré esa camisa y luego cenaremos de una vez. Si dejamos que esos salvajes pasen demasiada hambre, serán capaces de devorarse unos a otros. Carlisle la observaba picotear su comida con tanta delicadeza como desgana. Y observaba también a sus hermanos observándola a ella, divertidos y entretenidos. Esme parecía incómoda con semejante expectación, pero no volvió a pisar el pie de nadie, como antes había hecho con Jasper.

Dudaba que tuviera fuerzas para ello. Estaba muy pálida y tenía ojeras. Aun así, se negaba a admitir su cansancio. Tenía coraje y resistencia, Carlisle estaba seguro de ello. Tan pronto como terminara de comer, tenía intención de mandarla de nuevo a la cama. Se había sentado frente a ella... a propósito para poder observarla. Jake se hallaba a sulado y Edward al otro, y Emmett y Jasper a las cabeceras de la camino hacia la cocina, había contemplado y admirado la casa con ojos desorbitados de asombro. Su reacción le había agradado. La mayor parte de las mujeres que pisaban aquella casa se quedaban desconcertadas por su elegancia, con aquellos altos techos y paredes forradas de madera de pino, que hablaban de una masculina funcionalidad. No era muy grande, pero suficiente para albergar una familia de hombres tan numerosa como la suya. Había sido el hogar soñado de su padre... y con el que su madre había finalmente transigido, por utilizar sus propias palabras.

Carlisle sonrió, porque en realidad habían sido muy pocas las cosas que su madre había llegado a hacer gustosa, por iniciativa propia. Le gustaba pensárselo todo demasiado: una cualidad que a menudo la imposibilitaba para la acción. Al contrario que Esme, que no parecía haber dudado en destrozar la valla de su propiedad para precipitarse en su lago. Por no hablar de los golpes que le había propinado…

Carlisle advirtió en aquel momento que Emmett lo estaba mirando. Y dejó de esbozar lo que a buen seguro debía de ser una estúpida sonrisa. Volvió a mirar a Esme y vio que estaba paseando la mirada por la enorme cocina. Nunca utilizaban el comedor, al menos para las comidas diarias. Era inmensa, una de las mayores habitaciones de la casa y el espacio donde la familia se reunía más a menudo. Por esa razón tenían una larga mesa de pino en la que cabían ocho cómodamente, además de una barra con tres banquetas que separaba la zona del comedor de la de la cocina propiamente dicha.

La casa entera tenía cortinas a cuadros blancos y negras en las ventanas, pero las de la cocina nunca estaban echadas. Con la misma orientación que el dormitorio de Carlisle,siempre estaban abiertas, ofreciendo una maravillosa vista del lago. Esme se removió en su asiento, incómoda y ruborizada, consciente una vez más de ser el blanco de todas las miradas. Carlisle pensó que aquella mujer era una excitante mezcla de arrojo y timidez. Le gustaba verla con su camisa puesta: aquella camisa de franela de cuadros azules que tan bien sintonizaba con sus ojos. Y le gustaban también los mechones dorados que escapaban de su trenza medio suelta, acariciándole los hombros…

Ya no parecía tener frío. Se preguntó si aún tendría los pezones endurecidos, presionando contra su camisa... De repente le tembló la mano y soltó el tenedor. Desvió la mirada. Para adelantarse a cualquier escabroso comentario de sus hermanos sobre el detalle de que le hubiese prestado su camisa, le preguntó en un impulso:

—¿Cómo es que tu coche estaba lleno de cajas... sin ropa alguna? ¿Es que te la olvidaste?

Esme tragó un diminuto bocado de pollo y se encogió de hombros. Se había bebido un vaso entero de té, pero apenas había probado la comida.

—Me la dejé con las prisas. Y las cajas ya estaban en mi coche.

Carlisle miró a su alrededor y vio reflejada su misma extrañeza en los rostros de sus hermanos. Emmett hizo entonces a un lado su plato vacío y se apoyó en la mesa con los brazos cruzados.

—¿Cómo es que ya estaban esas cajas en tu coche?

Esme tosió ligeramente, bebió un poco de té y se pasó una mano por la frente. Sólo entonces clavó la mirada en Emmett.

—Porque todavía no las había descargado —alineó cuidadosamente su tenedor junto al plato y le preguntó con voz ronca y baja—: ¿Por qué decidiste tú convertirte en sheriff?

Pareció desconcertado por un momento. Su anterior expresión gruñona desapareció.

—Porque me convenía —respondió, e insistió de nuevo—: ¿Qué quieres decir con eso de que no las habías descargado? ¿Descargado de dónde?

—Acababa de dejar a mi prometido esa misma semana. Sólo había descargado del coche las cajas con la ropa y lo más indispensable. Antes de que pudiera terminar de descargarlas todas, tuve que marcharme otra vez. Por eso estaban allí todavía. ¿Qué has querido decir con eso de que convertirte en sheriff te convenía? —contraatacó—. ¿En qué sentido?

Su pregunta fue momentáneamente ignorada mientras un denso silencio se abatía sobre la mesa. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Todos los hermanos se habían vuelto para mirar a Carlisle.

—Ya no está comprometida —explicó, suspirando.

—¿Ya no? —Jake parecía sorprendido.

—¿Por qué no? —quiso saber Emmett—. ¿Qué es lo que pasó?

Antes de que Carlisle pudiera formular una respuesta, la propia Esme se le adelantó.

—¿Qué querías decir con eso de que convertirte en sheriff te convenía? —insistió, terca.

Una sonrisa asomó a los labios del hombretón, resignado a seguirle el juego.

—Desde que soy sheriff tengo autoridad, y eso siempre me ha gustado. La gente no tiene más remedio que hacer lo que digo. ¿Por qué abandonaste a tu prometido?

—Descubrí que no me amaba —respondió, prosiguiendo con el duelo verbal—. ¿Y qué te hace pensar que la gente tiene que obedecerte? ¿Quieres decir que te gusta mandarlos? ¿Quizá porque te aprovechas de ellos?

—En ocasiones. ¿Amabas a tu prometido?

—En realidad no. ¿En qué ocasiones? Emmett no desaprovechó aquella oportunidad de explicarse.

—Como la vez que me enteré de que Fred Stanley pegaba a su mujer, pero ella se negaba a denunciarlo. Lo encontré borracho perdido en el pueblo y lo encerré. Cada vez que lo sorprendía bebiendo, le hacía pasar la prueba de alcoholemia. Y encontraba una buena razón para multarlo cuando no lo metía directamente en el calabozo. Terminó dándose cuenta de que beber le salía demasiado caro, y estando sobrio ya no le pega a su mujer — ladeó la cabeza—. Si no amabas a ese tipo, ¿por qué diablos te comprometiste con él?

—Por razones personales. Si tú...

— . ¿Qué razones personales son ésas?

—Nada que sea de tu interés.

—¿Tienes miedo de decírmelo?

—No —le sostuvo la mirada—. Simplemente no me gusta que me provoquen a hacer algo. Y tú lo estás haciendo de manera deliberada.

Emmett estalló en carcajadas, algo que no solía hacer muy a menudo. Y las respectivas expresiones de asombro con que Jasper y Jake lo estaban mirando no hicieron más que aumentar su diversión.

Carlisle no pudo evitar admirar la manera en que Esme había plantado cara a su dominante hermano. Se alegraba de no haber tenido que intervenir. No habría soportado que Emmett la hubiera avasallado. Descubrió que Esme sabía mantener la boca bien cerrada cuando así le convenía. Le sorprendía que tan pronto pudiera parecer patéticamente frágil como agresiva y decidida, casi sin transición.

—Emmett lo hace todo de manera deliberada. Planificándolo casi —intervino Jake—. Es irritante, pero eso es precisamente lo que lo convierte en un buen sheriff. No reacciona de buenas a primeras, vamos.

Jasper se volvió hacia Carlisle.

—No es por cambiar de tema, pero…

—Como si se pudiera —rezongó Emmett.

—¿... hay algo de postre?

—Sí —Carlisle miró a Esme mientras respondía, consciente de su tensión. Sabía que no era muy aficionada a hablar de su vida personal, pero ignoraba hasta qué punto estaría eso relacionado con las supuestas amenazas que había recibido o con el afecto que aún pudiera albergar hacia su ex. Apretando la mandíbula, gruñó—: Bizcochos cubiertos de caramelo.

—¿Qué pasa? ¿No están ricos? —inquirió Jasper.

—Sí. Por cierto, no sé si ya lo habéis visto, pero tenemos un cerdo en el patio.

Esme se sobresaltó. La tensión anterior cedió paso a la confusión.

—¿Un cerdo?

—Sí —Edward apuró su vaso de leche y se sirvió otro. Su estómago era un pozo sin fondo, y parecía crecer por momentos—. Algunas familias no pueden permitirse pagarle a papá sus servicios en dinero, así que lo hacen de otras maneras —le explicó a Esme—. Como por ejemplo, postres sabrosos, como esos bizcochos. O animales de granja. El problema es que a veces terminamos con más animales de los que podemos cuidar. Tenemos caballos, que no nos dan problemas, pero las cabras y los cerdos pueden llegar a ser una gran molestia.

Jasper se volvió hacia Carlisle.

—A los Menson les vendría bien un cerdo. Están pasando bastantes necesidades por levantar el nuevo cobertizo y ya son muy mayores.

Carlisle continuó observando a Esme, preocupado de que se estuviera forzando demasiado. Pero en aquel momento no parecía tan enferma como asombrada. Sonrió. Forks era un pueblo del siglo pasado, una comunidad sólidamente cohesionada, lo cual le encantaba, aunque admitía que a un forastero no siempre le resultaba fácil acostumbrarse.

—Haz lo que creas necesario, Jasper. Diablos, lo último que quiero es otro animal del que ocuparme.

—Insistirán en pagarme algo, pero intentaré que sea lo menos posible.

—Cámbiaselo por un buen tarro de dulce casero de la señora Menson. Dile que lo repartiré entre los niños cuando lleguen.

—Buena idea.

—¿Es que conocéis a toda la gente del pueblo? —preguntó Esme mientras Edward se levantaba para ir a buscar los bizcochos.

—Sí —respondió Carlisle— y a buena parte de los de las casas de alrededor. Forks sólo tiene unas setecientas personas.

—¿Le has hablado a alguien sobre mí? —le espetó de pronto. La pregunta, sin embargo, iba dirigida a todo el mundo.

Aquello sorprendió a Carlisle. ¿De qué parecía tener tanto miedo? Edward le sirvió un bizcocho en el plato, pero ella no pareció notarlo. Con manos temblorosas, se aferró al borde de la mesa mientras esperaba su respuesta.

—Papá me dijo que no le contara nada a nadie —confesó Edward al ver que nadie decía nada—. Por el momento, yo creo que nadie sabe que estás aquí.

—¿Por qué te importa tanto eso? —inquirió Carlisle y esperó, aún sabiendo que no le iba a contestar—. ¿Es por esa gente que, según dices, quiere hacerte daño? ¿Temes que puedan haberte seguido hasta aquí?

Emmett, recostado en su silla, se frotó el mentón.

—Eres consciente de que podría revisar tus antecedentes, ¿verdad?

—Si puedes hacerlo, entonces es que ya lo has hecho. Y no has encontrado nada. ¿Me equivoco?

Emmett se encogió de hombros, ceñudo. Jasper se inclinó hacia adelante.

—Dices que alguien te persigue. ¿Se trata de ese prometido tuyo?

—Ex prometido —precisó Carlisle, con lo que tuvo que padecer las previsibles burlas y risotadas de sus hermanos.

—Eso creía yo al principio —confesó ella—. Él bueno... no le gustó nada que yo rompiera. De hecho tuvo un comportamiento... muy desagradable.

—¿Por qué no eres más explícita?

—Bueno, creo que herí su orgullo. Pero, a pesar de todo ello, mi padre estaba convencido de que no podía ser él.

—¿Por qué?

—Si conocierais a Cayo, sabríais como sé yo que es un hombre incapaz de matar a una mosca. Es ambicioso, inteligente, uno de los mejores ejecutivos de mi padre, pero no agresivo. Siempre está demasiado preocupado por las apariencias, jamás se rebajaría a montar un escándalo o arriesgarse a tener mala prensa — se encogió de hombros—. Por lo visto eso es lo que mi padre más aprecia de él.

Carlisle se mordió el labio, indignado por la falta de apoyo que parecía demostrarle su padre.

—Cayo siempre estuvo pendiente de cuidar al máximo la imagen de la compañía, y a la vez de trepar a lo más alto de la escala social —continuó ella—. Aunque yo en aquel entonces no lo sabía.

Observándola, Carlisle estuvo seguro de que les ocultaba algo. Se estaba conteniendo de decirles... ¿qué? Insistió en busca de una respuesta.

—¿Qué pasó entonces?

—Lo dejé. Sin aspavientos, si levantar la voz. Un día descubrí que no me quería, que yo no significaba nada para él. Así que hice las maletas, le dejé una nota y me marché. Tenía el cuerpo tenso, el rostro forzadamente inexpresivo.

—Pero si esto fue como dices... ¿por qué diablos te pidió que te casaras con él? Se puso repentinamente pálida, y Carlisle comprendió que seguía sin otorgarle su confianza. Aquello le enfureció tanto, que cerró los puños de rabia. Se levantó de la mesa y se puso a pasear nervioso por la habitación. Quería sacudirla de los hombros. Quería estrecharla contra su cuerpo y besarla una y otra vez hasta que dejara de resistirse, de luchar contra él.

—¿Cómo diablos se supone que vamos a averiguar nada si ni siquiera te dignas responder a unas simples preguntas?

Emmett se recostó en su silla y entrelazó sus manazas detrás de la cabeza. Jasper apoyó el mentón en un puño. Jake arqueó una ceja.

—Se supone que no tenéis que averiguar nada —Esme soltó un profundo suspiro, sosteniéndoles la mirada—. Sólo se supone que tenéis que dejarme marchar.


Que les parecio..? ya tienen teorias..? me dejan un comentario..?

Nos estamos leyendo..!

Kida..