Capítulo 12: Decisión y huida
En el capítulo anterior
Dumbledore, sabemos lo que hiciste, sabemos cuáles son tus intenciones y te aseguramos que en esta vida o en el más allá pagarás por tus juegos. Que todos sepan que la familia Potter declara como enemigo de nuestro linaje a Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore, y a todo aquél que sea partícipe voluntariamente de la traición a la familia Potter. Que Madre Magia nos escuche. Así lo decretamos, y que así sea.
Tiempo actual
Mientras que en Gringotts se terminaba de leer el testamento de los Potter, Albus Dumbledore se encontraba en Privet Drive, dirigiéndose al nº4. Iba solo, intentando llevar sus mejores ropas de muggle, las que en su momento pudieron asemejarse a la ropa que llevaría una persona en los años cincuenta, por lo que, sin percatarse, era seguido por muchas miradas confundidas y burlonas.
Cuando finalmente llegó a la casa, pudo notar que no tenía cortinas o visillos puestos y que, a simple vista, parecía estar desocupada, lo que le causó mucha confusión. Se dirigió, entonces, unas casas más allá, a la casa de una Arabella Figg, una squib a quien él había ordenado vigilar a Potter, para comunicarse con él en caso de emergencia.
Tocó un par de veces la puerta y, viendo que ella no contestaba, susurró de manera discreta Alohomora y abrió la puerta ante sí. Sin embargo, antes de siquiera entrar, percibió no sólo el fuerte aroma de los gatos que había en la casa sino que, cuando finalmente se percató de la presencia de la anciana, pudo ver que ella tenía una pierna enyesada casi por completo y que, al estar sola, no tenía los cuidados que una persona de su edad debería tener.
La anciana lo miró, sus ojos tratando de adivinar lo que pasaba por la mente del director de Hogwarts.
— ¿Y esta sorpresa? — preguntó, bruscamente.
Dumbledore se mordió la lengua para no lanzar una maldición. El estado de la anciana no ayudaba en nada en su investigación.
— Hola Arabella… Noté que no te habías contactado conmigo por polvos flu, así que quería saber cómo estabas — respondió, tratando de ser amable.
La mujer resopló. No podía creerle, aunque quisiera.
— Si no te he mandado reportes de Potter es por esto — e indicó su pierna: — Desde antes de que el muchacho regresara de Hogwarts ya me caí una vez y, por tratar de salir, empeoró — y golpeó el yeso.
— ¿Y no has llamado por teléfono a esa casa? Al menos así sabrías algo — insistió el director.
— No. Sólo debo reportarte cuando Potter salga, ¿no? De lo que los vecinos dijeron al principio de las vacaciones, todo estaba bien. No quise insistir y preferí recuperarme — y se encogió de hombros: — Ahora, si eso es todo… El estrés no ayuda, ¿sabe?
El anciano tuvo que luchar contra su molestia para no maldecir a la mujer. De cierta forma, hasta la compadecía por no gozar de la magia necesaria para recuperarse más rápido, así que no podía esperar otra cosa. Se despidió y, ya afuera, miró a los alrededores para ver si podía preguntar a alguien sobre los Dursley.
Finalmente, se encontró con un muchacho flacucho, con cara de rata, quien miraba al número cuatro de Privet Drive, con algo de nostalgia.
Tratando de mantener su mejor sonrisa, se acercó a él y le preguntó:
— ¿Sabes qué pasó con los Dursley?
El muchacho lo miró con desconfianza.
— Probablemente algo relacionado al anormal de Potter — respondió, secamente.
Ante la respuesta, el anciano enarcó una ceja.
— ¿A qué te refieres? — insistió, controlando su voz.
El muchacho se encogió de hombros.
— Todos saben que cosas anormales ocurren cuando está Potter cerca. Esta vez él ni siquiera se dejó ver, y de pronto Dudley y sus papás se fueron de la casa, porque la vendieron rápidamente al mejor postor — explicó, su voz aletargada: — Es cierto que es muy bueno que Potter se haya ido, pero hubiese sido mejor que Dudley siguiera aquí.
— ¿Y nunca viste salir a Potter? — continuó insistiendo, tratando de no enfadarse ante la situación.
— Ni siquiera lo vi llegar, así que…
Sin esperar más respuesta, el viejo se apartó, sin siquiera dar las gracias y, colocándose en un lugar estratégico, mandó un Patronus a la gente en la que supuestamente más confiaba, diciendo:
— Potter no está en casa, debemos encontrarlo rápidamente. Me dirigiré a Gringotts por las dudas… Tengo un mal presentimiento.
Y, sin siquiera ver partir su mensaje, desapareció del lugar.
En tanto, luego de escuchar el testamento de los Potter, un incómodo silencio se apoderó del cuarto, cada uno envuelto en sus propios pensamientos y confusión.
— Entonces… Ellos se dieron cuenta; aunque fuera cerca del final, tuvieron la claridad mental para saber la verdad… — dijo Alanna, con pesar.
Ante las palabras de su madrina, Harry se puso en alerta y recordó que ella también sospechaba de Dumbledore, aunque no tenía pruebas convincentes. Por eso, no tuvo dudas en que el testamento de sus padres se había convertido en una prueba verídica de las acciones del director de Hogwarts. Por otra parte, la mujer también tenía en sus manos la prueba de quién había sellado sus habilidades y, aunque no quería decirlo en voz alta, también él mismo sospechaba que había sido el mismo Director quien lo había limitado de esa forma.
— Habiendo conocido la voluntad de los Potter, sólo queda preguntar, Lady Faewood… ¿Acepta usted la tutela del joven Potter? — preguntó Rangrok, con tono solemne.
Alanna, con fuego en sus ojos y firmeza en su voz, respondió.
— Yo, Alanna Shailyn Faewood, de forma libre y voluntaria, acepto a Harry James Potter como mi pupilo y protegido, y, en nombre del clan LeFay, acepto dar protección total a Harry James Potter hasta que él cumpla la mayoría de edad, o hasta que él decida tomar su propio camino. Que sus enemigos sean los míos, que sus aliados sean los míos, que su educación sea de acuerdo a la formación de la misma Madre y que Ella sea testigo de mis palabras, y que me juzgue si de alguna forma traiciono la promesa aquí se ha realizado. Que como se ha dicho, así sea.
Y, como testimonio de su Presencia, en la mano izquierda de ambos, debajo del anillo de Lord de Alanna y donde debería estar el anillo de Lord Potter, una runa simbolizando el vínculo de protección de uno hacia el otro surgió y quedó tatuado en la piel de ambos.
Al ver la runa, ambos sonrieron.
— Muy bien, con esto termina su trámite en Gringotts, Lady Faewood, Heredero Potter-Black. Alanna, por nuestro medio en común te haré llegar el estado de cuenta de las familias Potter, Black, Gryffindor, Slytherin y Peverell, si no hay problema — indicó el príncipe goblin: — Ahora, si no hay más complicaciones…
En eso, uno de los guardias de la entrada de Gringotts abrió las puertas violentamente, completamente agitado.
— ¿Qué ocurre, capitán Kreeld? — preguntó su superior, alarmado.
— Señor — saludó el guardia: — Están ocurriendo dos situaciones anormales a las afueras de Gringotts.
El príncipe goblin frunció el cejo. Temía hacia dónde iba eso.
— Dígalas — ordenó, secamente.
— Lo primero es que Dumbledore está insistiendo en entrar a estos salones, señor, alegando querer encontrarse con el encargado de las cuentas Potter. Cuando se enteró de que él no estaba disponible por políticas de Gringotts, clamó querer comunicarse con usted o con nuestro Rey, sabiendo que no cualquier mago puede pedir eso. Nuestros guardias, por lógica, se enfadaron ante tal descaro e intentaron detenerlo, pero por el momento sólo podemos dejarlo entre el salón y la entrada al pasillo. Más goblins llegaron a rodearlo, pero nos hemos sorprendido al ver que algunos de los nuestros se han puesto de su lado. No entendemos por qué — reportó Kreeld, con seriedad.
Ante lo último, tanto el príncipe goblin como Alanna alzaron las cejas, mientras que Harry sintió algo de temor… ¿Y si Dumbledore descubre que él está ahí? ¿Y si quiere apartarlo de Alanna?
La pelirroja, al sentir el temor del muchacho, se acercó a él y lo abrazó, tratando de infundirle confianza. No se dijeron nada, pues él también podía sentir que ella estaba nerviosa.
— Ésas son malas nuevas, capitán. De inmediato pediré a la guardia real que se encargue del problema, pues ningún mago, por muy salvador del mundo que fuera, puede interponerse de esa manera en los asuntos de Gringotts. Indicaré a Slolvect que indique claramente que, a menos que quiera una guerra con nuestro banco y que colapse la economía de este país, que se retire y que, si es que así lo decidimos, hablaremos con él cuando recuerde ante quién está hablando — indicó Rangrok, con soberbia y se dirigió a un lado de su escritorio donde escribió un mensaje rápido y, con un gesto de sus manos, éste salió por una red interna, parecida a la red Flu.
Luego, miró de nuevo al capitán.
— Sin embargo, dijo que eran dos situaciones… ¿Cuál es la segunda?
Con un gesto, indicó a uno de los soldados que trajera a un gran perro negro, el cual, si uno leía suficiente sobre criaturas mágicas, temería que se pareciese a un Grim. Sin embargo, el animal se veía flaco, débil y como si necesitase un año de buena alimentación y baño para parecer presentable.
— ¿Y ese perro? — preguntó Harry, repentinamente, como si su cerebro hubiese tomado algo de su pasado.
El capitán se estremeció.
— Definitivamente no es un perro, es un animago — contestó: — Y no sé de qué forma logró entrar a Gringotts sin alertar a nadie. Sólo que, cuando apareció Dumbledore, comenzó a gruñir, y es entonces que nos percatamos de su presencia. Se notaba que quería atacar al viejo, pero lo agarramos antes de eso.
Alanna, soltando a su ahijado, se acercó al perro. Éste, al percatarse de la presencia de la bruja y del muchacho a su lado, se acercó a ella moviendo su cola animadamente. Sin embargo, al notar que ella se estaba enfadando al descubrir quién era él en realidad, agachó su cabeza y gimió lastimeramente.
— ¡Mal perro! ¡No te costaba nada esperar en tu celda, en especial ahora que encontramos las pruebas de que fuiste encarcelado ahí por error! Además, ¿cómo se te ocurre gruñirle a Dumbledore? ¿Y si, cuando lo atacaras, se daba cuenta quién eres en verdad? ¿Acaso no te preocupas de aquél a quien tú mismo juraste proteger al igual que yo? ¡Mal perro!
El perro agachó sus orejas y siguió gimiendo, avergonzado. Sin embargo, viendo que el animal se deprimía, Alanna se agachó y le sonrió.
— Sin embargo, me alegro de que te haya encontrado justo ahora, en medio de la tormenta. No te preocupes, te llevaremos a casa, ¿sí?
Harry, confundido, se acercó a la humana y el animal. El perro, al verlo, movió tentativamente su cola.
— No entiendo… ¿Lo conoces? — preguntó
La pelirroja se giró hacia él y sonrió.
— Sí. Es Sirius Black, tu padrino. Es un animago, al igual que lo era tu papá — respondió: — Pero, como te conté, se suponía que debía estar en Azkaban, encarcelado falsamente por la supuesta traición a tus padres — explicó: — Antes que se vuelva humano, debe darse un buen baño para que esté presentable ante ti.
Harry, sorprendido, sonrió ante el perro y, alegre, el animal tuvo que refrenarse antes de arrojarse a él y bañarlo a languetazos, con temor de la ira de Faewood.
— Bien. Kreeld, al menos ya sabes que una situación está resuelta, pero ahora tenemos que encargarnos de refrenar a Dumbledore — dijo Rangrok, con enfado: — Por otra parte… Sepan que es una excepción para ustedes, pero por estas circunstancias especiales les dejaré salir por la entrada que da al mundo muggle. La utilizamos sólo cuando uno de nuestros agentes debe contactarse con los bancos muggles, ya que tenemos clientes que trabajan en ambos mundos, pero no muchos en el mundo mágico saben sobre eso, así que es prácticamente un secreto del banco. Aprovechen esa salida… Y, como compañeros de la Orden… Te aconsejo que salgan pronto de Gran Bretaña — y le pasó una carpeta: — Es una forma para contactarse con el gobierno muggle para que saquen los documentos que les hagan falta y viajen por medios muggles fuera del país… Intenten ir lo más lejos posible, posiblemente a las Américas. Es lo último que podemos hacer por ustedes, pero también informaré a la Orden de la situación. Kreeld, por favor, llévalos a esa salida.
El guardia goblin asintió, seriamente, y se puso en la puerta para esperar a los magos.
— Muchas gracias Rangrok. Nosotros nos encargamos de que nuestros encantamientos glamour duren un tiempo más, y sí… Quizás es lo más prudente — dijo Alanna: — Por otra parte, sé que muchos de la Orden estarán felices de tener al fin pruebas contra Dumbledore y ver de qué forma podemos sacar toda su influencia en nuestro mundo. Ahora debemos irnos, antes que el viejo intente algo mucho más violento.
— Sí… muchas gracias Rangrok. Que el oro fluya por todas sus familias — dijo Harry, aún conmocionado de todo lo vivido durante el día.
— Y que sus enemigos al fin caigan ante sus pies, heredero Potter-Black, Lady Faewood, Lord Black…
El perro ladró, con tono confundido, pero pronto siguió a la bruja y a su ahijado por la salida al mundo muggle. Rangrok, en tanto, salió de su oficina, airado, pensando en la forma de detener a Dumbledore, ya que el pueblo mágico de Gran Bretaña no tiene porqué pagar los pecados de un loco que no entiende cuál es su lugar en el mundo.
De vuelta a Cockshot Wood, y sin mayores percances, Harry, Alanna y Sirius (aún en forma de perro) llegaron rendidos a la casa. Harry se echó literalmente en el sofá, mientras Alanna se dirigió al baño para preparar lo necesario para Black. El perro, en tanto, miraba con curiosidad el lugar, pues nunca lo había visto antes.
Pasaron unos minutos cuando, luego de darse cuenta de que Harry finalmente se había dormido en el sofá, la mujer le dijo al perro que entrara al baño a darse una tina de largo tiempo, indicándole que había toallas limpias y una muda de ropa de Harry, ya transfigurada para que el adulto la pudiese usar.
El perro movió la cola y se encerró en el baño. En tanto, la bruja, sin deseos de cargar al muchacho en sus brazos, lo hizo levitar con suavidad a su cuarto, mientras reordenaba el living para que el animago pasase allí la noche. Luego, ella misma se sentó en el sofá, con la nota de Fraagia aún en la mano, pensando cómo todo esto podría haberse arruinado en un abrir y cerrar de ojos.
En la mañana siguiente Harry finalmente despertó, dándose cuenta que, para su sorpresa, se encontraba en su habitación y no en el living. Se desperezó y, luego de cambiarse de ropa, salió hacia el comedor, donde ya se encontraban Alanna y, por lo que podía suponer, Sirius Black.
Si no fuese porque sabía que estaba vivo, Harry habría pensado que era un cadáver viviente. Alto, sumamente delgado por lo que parecían ser años de malnutrición, con una cabellera negra que le llegaba hasta poco más debajo de los hombros y que, pese a estar limpia en el momento, se notaba descuidada y llena de enredos. Su piel parecía estar hecha de cera y los dientes estaban amarillentos, probablemente de años sin mayores cuidados. Sin embargo, parecía animado y tranquilo al compartir con la mujer.
Al sentir entrar al muchacho, ambos se giraron hacia él y sonrieron.
— Bueno, ahora parece algo más presentable, así que lo vuelvo a presentar. Harry, éste es tu padrino, Sirius Black, quien, aunque él no lo quiera, es el nuevo Lord Black — indicó Alanna, con calma.
— Hola, Harry — saludó el hombre con suavidad: — Sé que ni siquiera debería estar en tu presencia, ya que tu madrina se encargó de recriminarme todos los años de daños que has tenido, pero te aseguro que intentaré hacerlo todo mejor — dijo, y sus ojos grises parecían atormentados y arrepentidos.
El muchacho se colocó al lado de su madrina y miró con atención al hombre, el cual devolvió la mirada, con el propósito de demostrar sus verdaderas intenciones. Al notar que veía sinceridad en ellos, le sonrió tentativamente.
— Y… ¿De qué estaban hablando? — preguntó el chico.
Alanna se puso repentinamente seria, pensando cómo diría todo lo que pasó mientras él estaba dormido. Sirius, mirando su complicación, prefirió tomar la iniciativa:
— Bien. Le estaba comentando a tu madrina mis motivos para escapar de Azkaban y cómo, entre el daño de los dementores y mi propia convicción, pude escapar por mi cuenta de las compulsiones que aún me quedaban — comenzó.
— ¿Compulsiones? ¿Igual que yo? ¿Igual que…? — preguntó el chico, sorprendido.
— ¿Igual que tus padres? Sí. Definitivamente tenía algunas compulsiones aún vigentes, pero trece años de confinamiento y soledad, intentando soportar todo lo que había en mi entorno para seguir firme pese a mi dificultad, hicieron increíblemente maravillas en mi oclumancia y me permitieron mantener la cordura, a diferencia de muchos que estaban allí — respondió su padrino, con sus ojos cargados de emociones.
Harry asintió, pensando que de momento aún no sabría quién usó tanto tiempo en encantar a todos los que estaban a su alrededor.
— Y… ¿Por qué escapaste? — preguntó, ya que Alanna seguía pensativa.
— Hace unas cuantas semanas vino a visitarme el Ministro de Magia, Cornelius Fudge, y me trajo la edición mensual de El Profeta — y sacó de uno de sus bolsillos una hoja rasgada del periódico, donde, para sorpresa de Harry, se veía la familia Weasley, que había ganado dinero y que se fueron de viaje a Egipto.
— ¿Y qué tienen que ver los Weasley? — insistió el chico, confundido.
— No son los Weasley, Harry. Es su rata — respondió el hombre y se le endureció la mirada.
— ¿Scabbers?
Alanna miró también a Black, como si hubiese recordado algo muy importante. El mago correspondió la mirada y asintió.
— Harry — intervino ella, finalmente, y tomó el periódico de las manos de Black: — ¿Recuerdas que en el testamento de tus padres apareció Peter Pettigrew como el guardián del secreto que traicionó a tus padres, verdad? Bien… Él también era un animago… ¿Una rata? — y al ver que el hombre asentía, continuó: — Entonces por esto tuviste la necesidad de escapar, pero ahora…
— Lo escuché claramente. No es seguro que estemos acá en Gran Bretaña, ¿cierto? Había escuchado que te habían desterrado, Alanna — dijo el mayor, mirando intensamente a la mujer.
Alanna asintió, molesta.
— Es como si hubiesen intentado quitar a todos los que querían estar cerca de mí — gruñó Harry, pensando en todo lo que había pasado: — Todo para que estuviese sí o sí con los Dursley.
Los adultos se miraron entre sí, con preocupación.
— Y por eso es mejor que, tal como nos aconsejó Rangrok, deberíamos salir lo antes posible de Gran Bretaña, antes que Dumbledore se dé cuenta cuál es su real situación. Ya escuchaste que no podía contactarse con el antiguo encargado de las cuentas Potter, por lo que no tiene el acceso que debió ganarse a la fuerza a las cuentas de tu familia… — comentó Alanna
— Espera — interrumpió Harry — ¿Cuentas? Yo que sepa sólo tengo una.
Alanna y Sirius se miraron, cada uno intentando mantener la calma.
— Harry — continuó Sirius, y se notaba que estaba controlando su enojo: — La familia Potter tiene varias cuentas, pese a que invirtió parte de su fortuna en la guerra contra Voldemort. A cada hijo de la familia se le da una cuenta individual para que conozca cómo manejar el dinero y que inicie en lo posible sus primeras inversiones, para prepararlos a la vida real, pero… Siendo tú el heredero, a los diecisiete años tienes acceso a todas las cuentas principales, a sus artefactos, sus libros. Incluso deberías haber recibido el grimorio de la familia a los once años para conocer la magia fundamental que pertenece a la familia — y al ver la desesperación en los ojos de su ahijado, continuó: — Ahora, sé que Alanna hará lo posible para que recuperes todo lo que al parecer te fue arrebatado, pero también puedes ver que ella se esforzó no sólo por sacarte de las garras de los Dursley… Sino que también de Dumbledore.
El muchacho luchaba por no colapsar ante las revelaciones… Y también podía entender por qué sus padres, como última voluntad, declararon al director de Hogwarts como enemigo de la familia. Así que, si seguía la línea de lo que habían dicho sus padres y de lo que estaban hablando Alanna y Sirius…
— Entonces… ¿Él fue el que me puso las compulsiones? ¿El que limitó mi magia? — preguntó, luchando para que no se le quebrase la voz.
Sirius dirigió su mirada a la pelirroja, la que asintió con tristeza.
Harry seguía luchando por no perder el control, pero una parte instintiva de él luchaba por querer gritar y expulsar la magia que quería expresar su rabia y confusión ante la traición del anciano. Y… si era así, ¿había alguna persona en Hogwarts en la cual sí podía confiar? Si la escuela era su campo de juego… ¿Todos seguían su juego y por eso él era constantemente juzgado, mirado en menos?
No… Había quienes estaban preocupados por él, pero los de su casa, con excepción de Neville, no dejarían que se acercara a ellos… No sin mostrar abiertamente su desprecio por Dumbledore y sus juegos y manipulaciones.
— Entonces… Sólo nos queda ver cuándo salir de aquí, antes que él nos encuentre — dijo, todavía controlando su dolor. — Me hubiese gustado regresar a Hogwarts, pero ahora sé que no es seguro para mí…
Los adultos presentes asintieron. Sabían que si el muchacho regresaba a Hogwarts estaría en peligro, no sólo por Dumbledore, sino que también por quienes están más allegados a los mortífagos o por quienes quieran aprovecharse de la posición de Harry.
—Sé que en el pueblo debe haber alguna oficina gubernamental para hacer los trámites, tanto para pedir la documentación para salir del país como para encontrar boletos para viajar en avión. Lamentablemente, dudo que podamos tomar otro medio de transporte para salir del país, así que tendremos que adaptarnos a lo que existe. Además, hasta que salgamos de aquí, tendremos que mantener los glamour estando en público… y tú, Sirius, tendrás que mantenerte como perro hasta, al menos, salir de Inglaterra.
Al declarar eso, Black hizo un gesto semejante a un puchero, pero podía entender la lógica del plan.
— ¿Y cómo pagaremos los vuelos? — preguntó Harry.
— Bueno, yo tengo mis inversiones en el mundo muggle y por eso no hay que preocuparse de ello. Sólo espero que no tengamos problemas con nuestras identificaciones ni por la necesidad de llevar que llevar un perro en el equipaje — y miró a Black.
— ¿Se pueden llevar mascotas sólo en el equipaje? — preguntaron los dos a la vez, mirándose sorprendidos al reaccionar de la misma forma.
Alanna suspiró.
— A menos que quieras considerarte un niño con demasiados traumas y que necesite un perro de compañía… — y sonrió con ironía: — No creo que se viera mal, pero para eso hay que saber mentir, ¿sabes?
— Y… Los Potter nunca han tenido como don natural mentir — dijo Sirius, soltando un suspiro: — Sólo dime cuántas horas tendré que estar en una jaula.
— Bueno… Aunque un vuelo directo a Estados Unidos tarda entre 10 a 12 horas, será mejor viajar a España, que el vuelo no tarda más de dos horas, y luego a Brasil, que, aunque hablan portugués, en la escuela de Castelobruxo reciben estudiantes de todas partes del mundo. Y no, no será nuestra estadía definitiva, pero sé que el contacto con la selva y sus animales, principalmente serpientes, te reconfortarán bastante — declaró la pelirroja y Harry sonrió.
— ¿Entonces conoceré de dónde provenía la boa constrictora que conocí hace dos años? — preguntó el chico, con ojos llenos de ilusión.
— ¿Conociste una? Entonces sé que, aunque tengas que adaptarte al calor, te gustará bastante estar ahí — respondió la otra, con una sonrisa más ancha.
Black, en tanto, miraba confundido la interacción de los otros dos de la casa.
— ¿Hablaste con una serpiente? — preguntó Sirius. — No, espera, ésa no es la pregunta, ¿hablas pársel?
Y, al ver que el muchacho asentía, sumando todo lo ocurría, hizo que se le pusieran los ojos en blanco y se desmayara.
Por unos minutos los otros se quedaron en silencio, hasta que Harry, un poco nervioso, preguntó:
— ¿Qué fue lo que le asustó?
Alanna, tratando de mantener el buen ánimo, se encogió de hombros y respondió.
— Realmente no lo sé, pero sí sé que los Black, en sí, son todos unos reyes del drama…
Y, sin importar si su padrino reaccionaba o no, Harry comenzó a reírse a carcajadas.
Se acercaba peligrosamente la segunda quincena de agosto y, con algo de suerte, Alanna consiguió los pasajes para un adulto y un niño, y un permiso de viaje para llevar a su mascota a Brasil. A Sirius no le gustó nada el hecho que tendría que llevar collar de identificación y una cadena, más la tarjeta de identificación de mascota de Aylin y James Evans, los nombres con los que se identificaron tras mostrar los papeles de adopción.
Mientras tanto, Alanna recibía noticias de Gringotts diariamente por un buzón que tenía enlazado a su casa. Por ese medio le llegó finalmente el grimorio de los Potter y, junto a él, el grimorio de los Peverell y de Gryffindor. Iba acompañada una nota que decía que el grimorio de Slytherin se encontraba dentro de la Cámara de los Secretos de acuerdo a la última voluntad de Salazar Slytherin y que, por lo que pudieron averiguar, nunca fue encontrado ni salió de allí.
— Al menos una buena noticia. Voldemort nunca llegó a encontrar el Grimorio, sino, todos sabemos que podría haber sido peor de lo que ya era — comentó Sirius, con un tono aliviado.
— Aun así, no sabemos si en realidad él lo leyó y prefirió dejarlo ahí mismo, adelantándose a cualquier posible situación — dijo Harry: — De lo que me he fijado, él debe tener alguna obsesión con Hogwarts, sino no habría estado ahí en mi primer año, aunque fuese poseyendo a Quirrel.
Sirius alzó la ceja, con cautela.
— Harry me comentó qué fue lo que vivió en el primer año — aclaró Alanna, ante la pregunta no dicha. — Sin embargo, si no entró a la Cámara mientras poseía a tu profesor, puede indicar que siendo un parásito no puede manejar la entrada a la Cámara.
— Y cuando poseyó a Ginny, se nota que él no estaba preocupado de sacar el Grimorio, sino que de causar terror en Hogwarts, probablemente para que la escuela fuese cerrada y él tuviese dominio completo del castillo — continuó Harry. — Si es así, quizás es conveniente que siga de esa forma, y para ello sigue siendo una buena opción salir de aquí.
Los adultos asintieron, aunque Sirius parecía desear que lo pusiesen al tanto de los dos encuentros que tuvo Harry con Voldemort, aunque podía suponer bien que Dumbledore no hizo nada para detenerlo sólo con el afán de poner a prueba a Harry.
— Entonces… Ya tenemos los pasajes para dos días más. Sólo me queda dejar listos unos ajustes con los que lograron hacerme entrar a Inglaterra, pese a mi condición de destierro, y preparar las maletas — declaró Alanna.
— En ese caso… ¿Podría dejar unas cartas listas para algunas personas? — preguntó Harry y miró a su fiel lechuza: — Además… Me da algo de pena, pero como no declaramos a Hedwig, no la podemos llevar con nosotros…
Se acercó a la lechuza y comenzó a acariciarla. Hedwig parecía algo enojada por la situación, pero también se veía que comprendía lo que tenía que suceder. Faewood también se acercó a ellos y miró fijamente a la lechuza.
— Sí… Me temo que, al menos por un tiempo, Hedwig debe quedarse acá. Ya encontraremos la manera de reencontrarnos, pequeña, pero debes quedarte con alguien de confianza, ¿sí? — habló ella
La lechuza hizo un gesto que se asemejaba a una afirmación y ululó suavemente.
— Entonces tendrás que dejar algunas cartas antes que te quedes en tu lugar temporal. Prometo volver de alguna forma y estaremos nuevamente juntos — dijo el pelinegro, con tristeza.
Pasaron unos momentos de silencio, centrados en la interacción entre el niño y su lechuza. Los adultos sabían que la situación ya era difícil y probablemente lo sería más, pero todo esto era necesario para avanzar hacia un mejor futuro, donde ya no habría motivos para temer ni para estar a la sombra de Dumbledore.
Al fin daban el paso inicial para que finalmente la comunidad mágica de Gran Bretaña avance… Y no se iban a detener hasta conseguirlo.
Notitas de autor
Y casi terminamos el ciclo...
Holis ^^
Nuevamente, disculpas por la demora. Al menos fue en la misma semana.
Harry finalmente se dio cuenta de las manipulaciones de Dumbledore, pero... eso es una cosa. Otra muy diferente es asimilar la profundidad de esa manipulación y seguir adelante sabiendo el nivel de traición al que se vio sometido.
Muchas gracias a quienes se dieron el tiempo de leer... Y mucho más a los que agregaron esta historia como su favorita.
Y... Nos vemos en el último capítulo de este arco
¡Saludos!
