Los personajes no pertenecen, solo la trama es de mi autoría.
Necesito hablar con Jasper, sacar todo lo que llevo dentro. Vuelvo a estar en el mismo punto de partida y no sé como afrontarlo.
Tanta lucha contra corriente me pesa tanto que no lo puedo aceptar.
¿Llegará un momento en que las cosas me duren? Solo pido un trabajo, es tanto pedir. A veces me parece un imposible.
Mil veces mierda.
Aporreo la puerta de la casa de mi amigo con fuerza. Sin embargo, lo único que obtengo es un amargo silencio que me hiela las entrañas. El vértigo me consume. Es tan duro reconocer que otra vez estoy en el filo del precipicio. Casi a un suspiro de perder todo por lo que he luchado en estos años.
No quiero caer en las manos de la típica graduada convertida en camarera porque todas las puertas se le cerraron. Pero parece que solo obtengo puertas que se cierran. En ocasiones, juraría que estoy pretendiendo un imposible. Y me ahoga, sobre todo porque tengo sueños, aspiraciones que no pueden esperar. Pero sin nadie que me vea, es imposible.
Un desganado suspiro se desliza entre mis labios.
—¡No está!
—Me he dado cuenta… —suspiro al aire, pues el señor maleducado desparece tras la puerta de su piso.
La angustia me inquieta y no soy capaz de permanecer más tiempo en ese desabrido edificio. Llamo al ascensor. Siento que me asfixio y lo único que quiero respirar.
Entro al interior y presiono el botón del bajo sin reparar en nadie, antes de instalarme en el fondo. Cierro los ojos en un intento de sosegarme.
—¿Problemas? —inquiere una voz profunda que la hace ser consciente de donde se encuentra.
Solo están ellos, bajo la tenue luz y oscura luz del ascensor que parpadea de forma amenazante. Sin resistirse más lo busca con la mirada, está en la otra esquina. Casi oculto en la penumbra. Tampoco es como si su vestimenta de chico rudo lo hiciera destacar mucho.
—Como para no aburrirme.
Me es imposible quitarle la mirada de encima. Sus rasgos tan marcados y mirada afilada me tienen absorta. Por un momento olvido que el mundo se me cae encima. Solo puedo ser consciente de su presencia y como parece dominar todo el espacio. Como si lo poseyera.
—Siempre puedes encontrar una distracción ¿no crees?
—¿Te refieres a una complicación?
Una sonrisa picarona aparece en sus labios que me hace estremecer. No entiendo que me pasa con este tipo. Sigo cada uno de sus gestos, solo deseo deshacerme de la escasa distancia que nos separa y perder la jodida cabeza.
Está tan mal que quiera hacer justo eso. Hace tanto que no cometo una locura como esa. Además, seguro que es solo fachada. Al final siempre será decepcionante.
—Oh, nena. Yo no haría eso.
Sin darme cuenta había mordisqueado mi labio. Me detuve en el acto mientras el calor en mis venas me abrasaba y se instalaba en mi bajo abdomen.
—¿Qué tendrán los lugares públicos?
Su pregunta retórica consigue que lo mire de otra manera. Una corriente de excitación recorre mi bajo abdomen hasta humedecerme.
Lo miro con intención. No sé de qué, pues, para ser sincera en este justo momento no soy capaz de pensar en nada. Sólo en deshacer la distancia que nos separa y olvidar la pesadilla de día que llevo.
Sin embargo, no me encuentro al mismo hombre. Este es un depredador que parece haber encontrado a su presa. Una muy fácil del convencer dadas las circunstancias. No sé dónde han quedado mis límites y mis razonamientos. Muy lejos de ese par de ojos azules que se vuelven irresistibles a la mirada. Sólo puedo pensar en frotarme contra su insipiente barba.
Un brusco balanceo del ascensor consigue que pierda toda mi estabilidad. Choco con las duras paredes, al mismo tiempo que las luces de apagan. Mi respiración se acelera y me inquieto. Poco después, se encienden unas mucho más tenues, con las que a duras penas puedo ser consciente de dónde me encuentro.
—¿Te encuentras bien? —susurra contra mi oído. Sus manos acarician el interior de mi antebrazo.
El toque de sus manos es suave, en cambio, la aspereza de sus callos contras mi piel hace que me erice.
—¿Has hecho tú esto?
—Se me podría haber ocurrido. Me temo que solo es un apagón.
—Menuda genialidad.
—Entonces, ¿crees en la magia de los lugares públicos? —insiste.
Una corriente de excitación vuelve a recorrer mi bajo vientre hasta humedecerme.
—¡Joder! Si las miradas hablaran. Entonces, nena. ¿Estás dispuesta a este desfase?
—Claro que no. ¿Por quién me tomas?
—Por una mujer que apuesta por lo que desea, sin que le impongan absurdas reglas.
Sus palabras me asustan del mismo modo que me estremecen. Me erizan y solo quiero perderme en su tóxica fragancia. Y por un rato solo sentir esa pasión desorbitante que me aliena y me deja tan llena de vida.
No detengo mis manos cuando se cuelan bajo su chaqueta de cuero. Me encuentro con un torso fornido. Mi toque es toda la invitación que necesita para pegarse a mí hasta dejarme presionada contra la pared del ascensor. Sus manos se aferran con fuerza a mis muslos desnudos. Siento sus trabajadas manos ascender hasta aferrarse a mí generoso culo.
Exhala contra mi rostro.
Su respiración es pesada con un deje de satisfacción. El mismo que debo tener yo. Froto mis labios contra su marcada mandíbula. Traviesa, quizá demasiado lamo su mejilla. Con ello todo resquicio de calma se esfuma. Estampa sus labios contra los míos, mientras sus manos estrujan con placer mi trasero. Su lengua invade mi boca con desmedida pasión. Nos envolvemos en un baile incesante por llevar la voz cantante. Al final me rindo, el gusto y el placer es tanto, que solo puedo ser presa de él. Me deshago de su molesta blusa y acarició su cálido cuerpo a gusto.
¡Maldición! Ha pasado tanto tiempo.
No puedo dejar de tocarlo, como si en el momento menos pensado todo se fuera a evaporar. Como si solo se tratase de un macabro juego de mi sucia mente.
Lamo su torso con gula. Me pierde el cuerpazo que tiene y no a base de gimnasio. Eso se nota y mucho. Cada magreo en mis nalgas me deja claro que las ha trabajado y mucho.
—No, muñeca. No vayas por ahí. No disponemos de tanto tiempo —Me acribilla cuando intento agacharme para lamer su abdomen bajo.
—Pero…
—Chist, hoy las cosas se hacen a mi modo —gruñe en mi oído, mientras me acorrala contra uno de los laterales del ascensor.
—No me hagas reír. Esto no volverá a suceder.
Sus dedos acarician el contorno de mis braguitas.
Su caricia me estremece y derrite mis entrañas. No puedo estar más excitada.
Sus labios húmedos se pasean por mi cuello, mientras su corta barba me sobre estimula aún más.
Mi bajo abdomen se contrae enfebrecido, en busca de más contacto. Necesito más, siempre quiero más.
—Déjate de juegos absurdos.
Lame mis mejillas entre jocosas risas.
—Tienes prisa, fierecilla, o es hambre de p…
—Calla
Asciende sus manos por mis redondeadas caderas. No delicado; tampoco rudo. O no del todo.
Soy consciente de cada centímetro de su cuerpo. Es imposible no estarlo cuando se funde en mí como si fuera mi segunda piel. Su poderosa erección está muy bien enterrada en mi generoso culo. Pellizca con maestría mis senos antes de hacerlos rodar. Se recrea en ellos y me pierdo en el placer de sentirlo tan entregado a mi cuerpo.
Solo el leve tintineo de la luz de emergencia consigue que recuerde donde nos encontramos. Intento separarnos, asustada de que la puerta pueda abrirse en cualquier instante. Sin embargo, él se afirma a mi cuerpo con mucha más fuerza. Tanto que mis pechos se restriegan contra la fría pared del ascensor.
Gimo o protesto no sé diferenciar bien mi reacción. Es una mezcla de ambas. Lo que está claro es que mi excitación sube por las nubes.
—Se nos acaba el tiempo. Buen viaje, encanto.
Su socarronería es lo último que escucho, antes de que me tape la boca con una de sus manos. Me remuevo incómoda. Jodido imbécil. No me gusta que me dominen así, sin esperarlo.
Como si no lo hubiera estado haciendo desde un principio.
Solo he sido su títere, su juguete.
Espero que me folle de inmediato, pero me sorprende al tomárselo con calma. Se frota contra mis labios húmedos. Toda molestia se evapora de mi ser. Solo puedo estremecerme de gusto.
—Va a ser una puta maravilla — gruñe en mi oído, entretanto me rodea el abdomen bajo hasta alzarme ligeramente.
Contra todo pronóstico la primera estocada es lenta, pero potente. Tan contundente como excitante. Sus intentos de acallarme no pueden sofocar mis jadeos.
Tarde comprendí que su intención nunca fue dominarme sino mantenerme a raya.
¡Joder, sí! Es tan bueno.
El placer me sobrepasa. Las estocadas se vuelven más duras y profundas. Estaba tan sensible que con cada embestida mi necesidad crece más y más. Mis continuos frotamientos contra la pared del ascensor solo me inflaman más los pechos. Con la mirada brillante, acepto todo lo que este hombre estuviera dispuesto a darme que es mucho. Sus estocadas se volvieron mucho más rápidas e intensas.
Mis paredes íntimas lo estrangularon, mientras entre gemidos y jadeos inconexos llego al mejor orgasmo que recordaba en mucho tiempo. Él continúa follándome hasta que alcanza su propia clímax.
Entretanto, me siento sobre pasada, mi piel hormiguea. Mi corazón está todavía desbordado. Late con tanta fuerza que lo siento en mis oídos. Como si fuera ajeno a mi cuerpo y no lo que me está dando la vida.
—No me equivoqué, eres pura candela. Eres capaz de llevar al infierno hasta al más fiel creyente.
—Entonces es una bendición que se hayan juntado dos almas negras.
—¿Ah sí?
Por primera vez recupero mi espacio personal. Lo veo quitarse el condón con toda naturalidad.
—Ajá, así no hay nada que lamentar.
Bajo su atenta mirada me deshago de mi inservible ropa interior y dejo caer mi vestido
Veo la picaresca en todo él. Es un chico malo en todo su esplendor. Un sucio y me gusta. Siempre lo han hecho. Me estremecen el interior, me dan una vida que contrarrestan mi día a día. Que mal puede haber en sacarse los dolores de cabeza a polvos.
—Sería una pena que no me echaras en falta. Puesto que cada vez que tome este ascensor recordaré esto.
—Mmm, ¿Y qué propones?
—¿Estás dispuesta a escucharme? —inquiere, mientras se abrocha los pantalones.
Todo en él, estaba impregnado de una sexualidad inexplicable. Y mucho menos de ser inmune a ella.
—Que puedo decir, tienes buenos argumentos.
—Dirás los argumentos del diablo.
—Creía que habíamos dejado claro que entre nosotros no habitaba el buen samaritano.
—¡Bien! —afirma como si eso fuera todo lo que necesitaba.
Deshace la distancia que nos separa. Sus labios van como un depredador a mi cuello. Me lame, succiona y muerde a su gusto. Impresionada, me dejo marcar. Sumerjo mis dedos en su frondoso pelocastaño. Pero nunca esperé sentir sus dedos abriéndose paso en mi intimidad. Me masturba con pericia mientras sus labios no me daban ninguna tregua.
El sonido de la puerta al abrirse nos hace separar con algo de brusquedad. Con cara de absoluta perversión se lleva los dedos a la boca.
—Tienes material de sobra para recordarme, gatita —se despide, no sin antes llevarse mis braguitas.
Con las mejillas arrebatadas, de un intenso rojo oscuro y la respiración bastante acelerada lo veo desaparecer como si nada.
Temblorosa y con la humedad de excitación descendiendo por el interior de mis muslos, salgo en busca de un aseo donde sosegarme.
Delante de un espejo solo puedo morderme los labios y por primera vez en mucho tiempo sonreír de puro placer.
¡Bendito desconocido!
