Harry Potter, pertenece a J.K. Rowling.

Cazadores de Sombras, pertenece a Cassandra Clare.

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73: El Ataque.

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No importaba que Janeth repitiera una y otra vez, a Dumbledore, que ella se había hecho cargo de los Horrocruxes, ni que Sirius nombrara los Horrocruxes del Guardapelo de Slytherin (anteriormente presente en la mismísima casa Black) y de la Copa de Hufflepuff (en la Cámara de Gringotts de los Lestrange), él todavía creía firmemente, que existían otros Horrocruxes allá afuera y por ello, se ausentaba por largas horas, días o incluso semanas, sin decirle a Minerva a dónde había ido, ni cuando volvería.

Momentos en los cuales, el control de las barreras, pasaba a ella.

Dumbledore estaría lejos de Hogwarts para defenderla, mientras viajaba al extranjero o a lugares lejanos, en busca de los Horrocruxes, ahora destruidos y perdiendo el tiempo.

Siempre, Dumbledore intentaría pedirle a Janeth que se reunieran en su oficina. Afirmando que tenía algunos "Oscuros Secretos que Janeth debía de saber", pero ella siempre le decía, que estaba estudiando (cosa que resultaba ser verdad)

Minerva logró levantar varias de las Barreras, que Dumbledore u otros maestros, habían deshabilitado, por uno u otro motivo.

La Orden del Fénix, estaba completamente lista, para cuando sufrieran un ataque.

Era casi obvio pensar que Hogwarts, sería atacada por Ryddle. Ante ese pensamiento obvio, un día cualquiera, Minerva caminó hacía la entrada del castillo. — ¡Piertotum Locomotor! —Todas las estatuas de caballeros, cobraron vida y tomaron posición, en lugares estratégicos, elegidos por Minerva, Lily y el profesor Flitwick. Además, las armaduras cobraron vida, pero se mantenían quietas. Solo atacarían, si el colegio era atacado primero.

Usaron un hechizo muy similar, para dar vida a los arboles del bosque prohibido, quienes estaban comprometidos con defender Hogwarts.

Lily utilizó sus conocimientos en la alquimia y creó una sustancia tan inflamable como el alquitrán, que fue rociado en los puentes de Hogwarts, creó junto a la maestra Monroe, literalmente "paquetes explosivos", que colocaron debajo de los puentes y los Weasley enviaron hasta siete cajas alargadas de Polvo de Oscuridad, que la profesora McGonagall, pagó (de las cuentas de Dumbledore) generosamente por ellos.

Al darse cuenta de lo que hacían los maestros, Janeth invocó demonios, ocultándolos a plena vista, en los alfeizares del colegio y utilizó el hechizo Duro, sobre ellos, volviéndolos de piedra, hasta que fuera el momento indicado. Una parte Slytherin en Janeth, pareció tomar el control de su mente, cuando una idea bastante cruel apareció. No era suficiente, con que los nuevos sirvientes de Voldemort, fueran a salir del Armario Evanescente, porque solo para morir pronto, así que fue con la Copa, hasta la Sala de Menesteres, sin importarle que posiblemente, en su interior, estuviera aquel o aquellos hijos de los Mortífagos, que todavía seguían en Hogwarts a pesar de lo que ella hizo en el Cementerio o en la Sala de las Profecías del Departamento de Misterios e invocó demonios abejas y diablillos, que ocultó detrás de varios objetos y chatarra, repartidos por toda esa habitación, para que no fueran descubiertos o salieran, hasta que los Mortífagos, entraran en Hogwarts.

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Dumbledore olió el salitre y escuchó el susurro de las olas; una débil y fresca brisa le alborotaba el pelo mientras contemplaba un mar iluminado por la luna y un cielo tachonado de estrellas. Se hallaba sobre un alto afloramiento de roca negra y a sus pies el agua se agitaba y espumaba. Miró hacia atrás y vio un altísimo acantilado, un escarpado precipicio negro y liso de cuya pared parecía que, en un pasado remoto, se habían desprendido algunas rocas. Miró hacía abajo, hacía la cueva y asintió, mientras caminaba por un sendero, por el borde de la roca, donde una serie de huecos irregulares servían de punto de apoyo para los pies y permitían llegar hasta un lecho de rocas grandes y erosionadas, parcialmente sumergidas en el agua y más cercanas a la pared del precipicio. Era un descenso peligroso, y Dumbledore, sólo podía lamentarse de no tener a ninguno de los miembros de la familia Potter allí, junto a él, mientras avanzaba poco a poco, pues el agua del mar volvía resbaladizas esas rocas más bajas. Constantemente notaba como el agua fría y salada le rociada en la cara. — ¡Lumos! —exclamó Dumbledore cuando llegó a la roca lisa más próxima a la pared del acantilado. Un millar de motas de luz dorada chispearon sobre la oscura superficie del agua, unos palmos más abajo de donde el director se había agachado; la negra pared de roca que tenía al lado también se iluminó. Dumbledore, con la agilidad propia de un hombre mucho más joven, saltó de la roca lisa, se zambulló en el mar y empezó a nadar con elegantes brazadas hacia la oscura grieta de la pared de roca sujetando con los dientes la varita encendida. Llegó hasta la grieta en la pared de la roca, se infringió un corte en la mano y con su sangre, ingresó en la cueva.

Al entrar, tomó una barcaza, hasta una pequeña isla, claramente artificial, donde había un pedestal. Se acercó y vio una especie de líquido, transfiguró una pequeña piedra, en un plato hondo y la sumergió en el líquido, logrando extraerlo. Suspiró. —En otro universo, en otra... en otra línea de tiempo... yo hubiera sido capaz de convencer a.… a Alex o a Janeth de que vinieran conmigo. Bebería de la poción y ellos se compadecerían de mi —una lagrima rodó por su mejilla, al pensar en todo lo que había perdido con los años: la simpatía de sus aliados, se ganó la rebeldía de los miembros de la Orden del Fénix y que los Potter lo maldijeran, para no acercarse a sus hijos. Tan pronto como comenzó a beber del líquido, los Inferius se alzaron y Dumbledore levantó un muro de llamas alrededor, mientras bebía y solo el creer que podría derrotar a Voldemort. Solo el creer que sería él, quien le daría el golpe final y así su fama se alzaría por todo lo alto, como aquel que derrotó a dos lores oscuros, entonces fue lo que le permitió seguir bebiendo, a pesar de las alucinaciones. Se aferró al pilar y a la vasija que anteriormente, contenía el líquido, se levantó y agarró firmemente el... los ojos de Dumbledore se abrieron, con desconcierto. — ¿El Guardapelo de Salazar Slytherin? —una teoría pasó por su cabeza. Seguramente, Janeth destruyó una réplica, —una sonrisa apareció en su rostro debilitado. ― ¡Sí, eso es! ―y preparó su varita, solo para que el Guardapelo se abriera, así como lo hicieron sus ojos, al ver lo que allí había. Sólo había un trozo de pergamino, doblado y fuertemente apretado, en el sitio donde tenía que haber un retrato. Automáticamente, sin reflexionar en lo que estaba haciendo, sacó el trozo de pergamino, lo desplegó y, a la luz de las muchas varitas que se habían encendido detrás de él, leyó: «Para el Señor Tenebroso. Ya sé que moriré mucho antes de que leáis esto, pero quiero que sepáis que fui yo quien descubrió vuestro secreto. He robado el Horrocrux auténtico y lo destruiré en cuanto pueda. Afrontaré la muerte con la esperanza de que, cuando encontréis la horma de vuestro zapato, volveréis a ser mortal. R.A.B» Una lagrima se derramó por su mejilla. ―Regulus Arcturus Black... él... él lo tomó... Janeth ya lo destruyó ―y comenzó a llorar desconsoladamente, mientras sacaba fuerzas que no tenía y se Desaparecía. Se Apareció cerca de Hogsmeade y vio a los Mortífagos, quienes habían destruido el pueblo. ― "Accio: Escoba" ―susurró, mientras actuaba rápidamente y arrojaba varios Desmaius, a los Mortífagos que se alejaban, marchando hacía Hogwarts, sin ver a los Inferius. Volvió a la Torre, solo para darse cuenta de la Marca Tenebrosa en los cielos y la guerra en el patio de Hogwarts. Apoyado contra el muro y aún muy pálido, Dumbledore se mantenía en pie sin dar señales de pánico o inquietud. Se limitó a mirar a quien acababa de desarmarlo y dijo: —Buenas noches, Theodore.

Theodore Nott avanzó unos pasos, lanzando miradas alrededor para comprobar si Dumbledore estaba solo. — ¿Quién más hay aquí?

—Nadie más. Tenía la intención de viajar acompañado, pero... no ha sido el caso. A quienes yo quería a mi lado, eran muy independientes, podríamos decir. Yo también podría hacerte esa pregunta. ¿O has venido solo?

Nott volvió a centrar la mirada en Dumbledore. —No. No estoy solo. Por si no lo sabía, esta noche hay Mortífagos en su colegio.

—Vaya, vaya —repuso Dumbledore como si le estuvieran presentando un ambicioso trabajo escolar—. Muy astuto. Has encontrado una forma de introducirlos, ¿no?

—Sí —respondió Nott, que respiraba entrecortadamente—. ¡En sus propias narices, y usted no se ha enterado de nada!

—Muy ingenioso. Sin embargo… Perdóname, pero… ¿Dónde están? No veo que traigas refuerzos.

—Se han encontrado con algunos miembros de su guardia. Están abajo, peleando. No tardarán en llegar. Yo me he adelantado. Tengo… tengo que hacer un trabajo.

—Theo, Theo… tú no eres ningún asesino ―suspiró decepcionado, de que nuevamente, las cosas no resultaran según sus planes ―en realidad, tenía un discurso preparado para Draco Malfoy, ¿sabes? Creo que lo conozco mejor.

Alguien irrumpió y Theodore Nott, vio que era un Mortífago recientemente reclutado, el cual cayó al suelo y un monstruo que muy vagamente recordaba a un perro, lo devoró, ante sus ojos horrorizados. ― ¿Qué...? ―se acercó a la ventana y su rostro era ahora, una máscara de horror. ― ¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁ PASANDO ALLÁ ABAJO?! ―chilló horrorizado.

―Son Demonios ―dijo una voz femenina y calmada, hablando detrás de ellos. Dumbledore giró la cabeza y Theodore miró a Janeth Fairblue, acompañada por Daphne Greengrass, ambas con miradas de suficiencia. ― ¿Abriste el Armario Desvanecedor y las llamas saltaron repentinamente, quemando a los Mortífagos del interior?

Daphne a su lado, estaba encantada de que el plan de su amada, hubiera surtido efecto. El rostro de Nott, lo dijo todo. ―Yo diría que sí lo hizo, mi amor. Y los sobrevivientes, corrieron, cuando los Demonios aparecieron desde las sombras, ¿verdad? ―Nott apretó las manos. Ella elevó su varita mágica y lanzó un Diffindo no verbal, cortándole la mano a Nott, haciéndolo gritar de dolor y agarrarse el muñón. ―Se acabó, Nott. Es el fin de los Mortífagos y del propio Voldemort, quien seguramente, se encuentre en el bosque, detrás de sus tropas, como el cobarde que es. Como puedes verlo, son más que nada, hechizos y maldiciones de fuego, que están eliminando al ejercito de Inferius que trajo Ryddle, porque ya no le queda nadie.

―El castillo no fue construido pensándolo como una escuela ―dijo Janeth, con esa mirada que tanto Dumbledore, como Nott odiaban. Esa mirada de "Yo lo sé todo" ―fue pensada para SER una escuela, pero construido como una fortaleza, en caso de que la Inquisición atacara el castillo. Por tal motivo, podremos protegerlo. Y me imagino, que tus refuerzos del Armario Desvanecedor, fueron asesinados por los demonios que dejé allí dentro ―el rostro de Nott lo dijo todo, Janeth avanzó tan rápido, que Dumbledore y Nott, solo pudieron pensar en el Agilitatem, para que alguien se moviera así. Rápidamente, el pelinegro de ojos negros, fue agarrado por el cuello y ahorcado, sin hacer caso a los débiles pedidos de Dumbledore, de que se detuviera. Finalmente, Nott quedó inconsciente y Janeth lo dejó caer al vacío, para luego quebrar la varita de Nott y arrojarla. ―Daph, vamos a ver qué tal va la batalla. ―La rubia de ojos azules asintió y abandonaron a Dumbledore, quien con sus últimas fuerzas pudo pensar...

¿En qué me equivoqué? ―ni siquiera puedo utilizar, su último aliento, pues sus ojos se cerraron y Azrael lo reclamó.

-/-/En otro lugar del castillo/-/-

— ¡Mi hija no, perra! —gritó Molly Weasley, protegiendo a Ginny y a otros alumnos, de una bruja Mortífaga, que intentó torturarlos.

Aterrado y eufórico, Ron vio cómo su madre agitaba incansablemente la varita y la sonrisa burlona de su enemiga se convertía en una mueca de rabia. De las dos varitas salían chorros de luz, y alrededor de las brujas el suelo se recalentó y empezó a resquebrajarse. Ambas mujeres peleaban a muerte.

Luces verdes, blancas, azules y amarillas, pasaron en medio de la una y la otra, sin que ninguna lograra acertar al objetivo, hasta que la bruja logró torturar por unos segundos, a Molly Weasley, con el Cruciatus.

La bruja soltó una carcajada, una risa de euforia, arrojándole una nueva maldición, cuando la maldición de Molly pasó por debajo del brazo extendido de su enemiga y le dio de lleno en el pecho, justo encima del corazón. La sonrisa de regodeo de la bruja maligna se quedó estática y dio la impresión de que los ojos se le salían de las órbitas. Por un instante, la mujer fue consciente de lo que había pasado, pero entonces se derrumbó y la multitud se puso a bramar, solo para ver a Molly Weasley palidecer y caer al suelo. Voldemort soltó un horrible chillido.

Sus Inferius estaban siendo destruidos y en minutos, ya no le quedaría nada. Actualmente, ni siquiera tenía más sirvientes vivos, pues todos habían muerto, solo quedaba él.

Un minuto después, Ryddle quedó desorientado, cuando recibió una bola de agua tan dura, que lo sacó volando, antes de poder entender lo que estaba pasando relámpagos lo asaltaron, haciéndolo gritar de dolor. Logró mirar más allá y sus ojos se encendieron, en una mezcla de dolor, mientras gritaba de agonía y de ira absoluta, al ver a Janeth Potter, como la responsable de asaltarlo con ese dolor eléctrico. ―Tus Mortífagos han caído. Nos hemos encargado de los siete Horrocruxes que tenías: el Diario en la Cámara de los Secretos; el Guardapelo que no estaba en la cueva, sino en casa de los Black; la Copa en la bóveda de los Lestrange; el Anillo en la Cabaña Ryddle, que recuperé al día siguiente del duelo en el Cementerio; Nagini en el Cementerio como bien recordarás, la Diadema de Ravenclaw en la Sala de Menesteres: en la Sala de los Objetos Perdidos (aprovechamos para modificar el Armario Desvanecedor y todos tus Mortífagos murieron devorados por las llamas o por demonios que yo dejé allí) y el mío: la cicatriz, eliminado a mis cinco años, al escapar del hogar de los Dursley. Solo quedas tú ―Desenfundó su varita mágica y suspiró, sintió la mano de Daphne en su hombro, la mano de su padre o quizás su madre. Lo sintió. Sintió el deseo de matar a Tom Ryddle. ―Avada... Kedavra. ―Todos lanzaron un gemido, cuando el rayo de magia verde enfermizo, surgió de la varita de Janeth Fairblue y golpeó a Voldemort, quien alcanzó a levantar su cabeza, mirando a Janeth y ella supo lo que él pensaba: "¿Cómo es posible que un seguidor de Dumbledore pueda usarlo?", la maldición lo golpeó y él cayó al suelo, al tiempo que un ruido como de torrente, como si algo vasto e invisible planeara por el aire, pasó sobre ellos.

Cuando todos comprendieron que Voldemort estaba muerto, lanzaron gritos de júbilo y Janeth se desplomó, en brazos de Daphne, quien la abrazó amorosamente.

Cuando Janeth despertó, fue abrazada por Alex, quien le contó a la pobre y desorientada chica, que Neville, él, Nayla y Ginny, estuvieron en el puente cubierto, enfrentando a los Mortífagos y luego lo volaron todo, por los aires.

Escuchó como la Profesora Sprout colocó Mandrágoras bebés y Lazos del Diablo, en el viaducto y estas se encargaron de los Mortífagos quienes intentaron asaltar Hogwarts.

Las Armaduras y miembros de la Orden del Fénix, lucharon contra los Mortífagos, en las almenas del patio, atrayéndolos hacía el Invernadero 5, donde las plantas allí, los atacaron por la espalda, matándolos a prácticamente todos.

Ahora, solo faltaba volver a levantar Hogwarts y Fudge le dio su puesto a Shacklebolt, quien inmediatamente dijo que los alumnos de sexto y séptimo, quienes llevaran la Marca Tenebrosa, pasarían un largo tiempo en los calabozos de Azkaban.