¡Nada me pertenece los personajes son propiedad de Stephanie Meyer.

La historia está preservada bajo derechos autor!

.

VEINTISÉIS

Isabella.

Durante unos minutos solo me quedé ahí, estática escuchando pasos en dirección a la cabaña, gateé de nuevo hacia la ventana asomándome solo un poco. Cuatro hombres estaban ahí, un par recostados en el auto y los otros dos se acercaban cada vez más a la puerta, eran altos con cuerpos ejercitados, tenían gorros de lana y chaquetas para el frío. No podía verles bien el rostro pero podía escucharlos hablar sobre si había o no alguien en casa, lo que era estúpido, pues estuve alimentando el fuego de la chimenea, sabía que podía verse desde afuera.

Me alejé de la ventana y entré completamente en pánico cuando la perilla de la entrada empezó a moverse, uno de los hombres caminó hacia la ventana, por lo que me tiré al suelo, prácticamente gateé entre el mueble y las escaleras, que conducían el sótano.

Estaba aterrada, pero sabía que necesitaba esconderme.

Desde mi lugar en el sótano no podía escucharlos hablar, pero podía escuchar el crujir de las tablas de madera de la terraza, parecía que estuvieran rodeando la cabaña

«Regresa Edward, por favor, regresa».

Si ellos lograban entrar, no tenía ningún lugar donde esconderme. Alcé la mirada y sobre la mesa, que estaba pegada a una de las paredes, reconocí el celular de Edward, no el nuevo que era pequeño y sin GPS, era el smartphone que no usaba desde que estábamos en la cabaña, me abalancé hasta la mesa, escondiéndome debajo de ella, tomé el aparato que estaba apagado y lo encendí, la batería estaba muy baja, pero esperaba pudiera hacer una llamada; había aprendido el número de Edward de memoria en las primeras semanas que estuvimos allí, así que sin perder el tiempo, marqué rápidamente el número, no contestó al primer tono y estaba a punto de colgar cuando escuché su voz.

—¿Isabella qué haces llamándome?

—¡Hay unos hombres! —Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que un nudo se instaló en mi garganta—. ¡Hay hombres fuera de la casa, ellos quieren entrar! ¡Tengo miedo, Edward, por favor, regresa, por favor! —La llamada se cortó abruptamente y miré la pantalla, pero el teléfono estaba apagado.

No supe cuánto tiempo pasó, lo único que podía escuchar era mis propios sollozos sabía que esos hombres estaban afuera, la puerta se abrió y los pasos se escucharon en toda la casa, mordí el dorso de mi mano para que mis sollozos no se escucharan y mi cuerpo se tensó cuando la puerta del sótano fue abierta y unas botas para la nieve empezaron a descender por la escalera.

—¡Isabella!

—¡Edward! —grité debajo de la mesa—. ¡Edward! —Bajó acelerado por las escaleras hasta que estuvo en el último escalón, salí de mi escondite, mi cuerpo chocó contra el suyo cuando me aferré a él.

—Bella… —Un suspiró angustiado salió de sus labios—. Joder, no vuelvas a asustarme así, no te encontraba por ningún lado. —Me obligó a separarme de él, sus pulgares limpiaron las lágrimas que corrían por mis mejillas.

—¿¡Dónde están!?... Los hombres, ¿dónde están?

—No hay nadie, Isabella, no había nadie cuando llegué aquí. Ningún auto u hombre.

—¡Estaban ahí!

—Lo sé, hay marcas de auto y pisadas alrededor de la casa. ¿Viste quiénes eran?

—No, no vi sus rostros, estaba tan asustada y no tenía donde esconderme, no había ningún lugar, si hubiesen entrado, si…

—Ya, ya estoy aquí, te tengo, Ivy, te tengo. —Sus brazos se apretaron en torno a mi cuerpo, no supe exactamente por cuánto tiempo estuvimos así, abrazados, el sonido de su corazón siendo un catalizador para mí, él estaba allí, nadie entró a la cabaña, estaba bien, estaba ahí, seguía segura.

Y lo tenía a él.

Respiré profundamente, intentando calmarme. Edward colocó sus manos en mis hombros.

—Lo siento.

—Lo siento.

—¿Crees que eran los hombres de Daddy?

—No lo sé, pero estoy seguro de que si hubiesen sido ellos no se habrían detenido por una puerta, Isabella, vayamos arriba.

:::::

Edward.

Estuve despierto toda la noche esperando, revisé las grabaciones de las cámaras buscando alguna pista sobre quiénes eran esos hombres y envié las placas del auto a Jasper para que él investigara. Preparé un par de armas e intenté tener todo a la mano, envié a Isabella a la habitación cerca de las cuatro de la mañana, se empeñó en pasar la noche en el sofá, pero al final estaba perdiendo la batalla contra el sueño, seguía asustada, aunque intentara mostrarse valiente.

A la mañana siguiente estaba terminando de preparar el café cuando ella entró a la cocina bostezando.

—¿Has estado despierto toda la noche?

—Dormí un poco. —Una alerta de correo electrónico me hizo correr hacia el computador, era un email de Hale, en el que me enviaba todo lo relacionado con el auto, descargué el archivo y la tarjeta de propiedad del vehículo—. ¡Maldita sea! —gruñí pasando las manos por mi cabello, no sabía si estar encabronado por el hijo de puta quisquilloso o aliviado porque no había sido Daddy o sus hombres los que estuvieron en la cabaña el día anterior.

Encontrarla al punto de la histeria debajo de la mesa del sótano evocó una maraña de sentimientos que había sentido previamente con una sola persona: Eva.

Y la revelación de lo último fue como un disparo en el pecho.

Ella me importaba, no como la chica que podía encarcelar a mi hermano, ella me importaba como la chica que bailaba en medio del bosque, la que hacía bocadillos de atún con una baguette, como la chica que había hecho que mi cuerpo se estremeciera con un simple beso.

—¿Estás bien? —La mano de Isabella en mi hombro me hizo salir de mis pensamientos, un extraño cosquilleo me invadió bajo su toque y me sentí pasmado.

Eso tenía que ser un error, yo no…

—¿Edward? Pregunté si estabas bien. —Ella se veía confundida, quizá tanto como lo estaba yo.

—Bien, estoy bien. —Moví el computador saliendo de mis pensamientos, ella se acercó a la pantalla observando la imagen de la licencia de conducción.

—No es Daddy. —Isabella dejó escapar un resoplido de alivio observando la foto.

—No, es el maldito hombre del supermercado, el hombre del supermercado, no me gusta que merodee. —Me levanté de la silla demasiado encabronado conmigo mismo, aunque no podía entenderlo, quizá era la falta de sueño.

—¿Es el hombre del supermercado?

—¿Qué quiere el imbécil?

—Quizá vino a invitarte a cazar.

—¿Después de una tormenta como la de la noche anterior? —resoplé—. No, ellos estaban aquí por algo.

—¿Buscando al perro? —eso podía ser—. ¿Podrías, por favor, enseñarme a disparar? —empecé a negar con la cabeza—. Pensé que iban a matarme, no estabas, Edward. Hay un montón de armas en ese maletín, pero te niegas a enseñarme.

—En una emboscada un arma no te sirve, menos si no la sabes usar con precaución.

—Es por ello que te estoy pidiendo que me enseñes a hacerlo —toqué su mano —. Es mi vida, Edward. —Su voz se quebró y me sentí mal por ella—. Cuando mis padres murieron, ellos estaban junto a mí, cuando vi cómo ese hombre disparaba a tu mujer, Jake estaba conmigo, y estaba la agente Brandon cuando emboscaron la misión, nunca antes estuve sola. —Sus ojos se volvieron acuosos—. Nunca había sentido tanto miedo —las lágrimas rodaron por sus mejillas y pasé mi pulgar retirándolas—. Por favor.

—Está bien —dije en voz baja—. Necesito un lugar para enseñarte, pienso que la mejor ubicación es cerca al río, el sonido de la corriente ahogará los disparos, no podemos darnos el lujo de desperdiciar municiones, Isabella, no gastaré más de un día explicándote lo básico. —Ella asintió—. Cámbiate de ropa y reúnete conmigo en la parte baja del acantilado en diez minutos.

Tomé el maletín con las armas, una de mis chaquetas y mi gorro antes de salir de casa. Tomé unos trozos de la madera que había cortado el día anterior y caminé por el sendero que llevaba hacia el río.

Observé la entrada al sótano de la cabaña recordando que debía iluminar el lugar y hallar la manera de cerrar la entrada a la cueva. La entrada desde allí era casi imperceptible debido a una gran roca.

Caminé hacia la orilla, ubiqué los troncos a dos metros de distancia, luego tomé el maletín colocándolo sobre una de las rocas en la entrada de la cueva y lo abrí, seleccioné dos armas. Una Glock 26 y una Beretta de 9mm.

Isabella descendía por el camino cubierto de nieve. Sus ojos brillaban de una manera diferente, la emoción por lo que estaba a punto de enseñarle era palpable.

Una sonrisa tonta tiró de mis labios y negué con la cabeza, me repuse rápidamente antes de que ella llegara.

—Tengo que decirte que hay mil formas para que puedas protegerte sin necesidad de saber manipular una pistola.

—Por supuesto, es por eso que tú tienes un arsenal ahí. —Señaló el maletín.

—Yo soy policía, fui militar, sé de armas. También de combate cuerpo a cuerpo, sin embargo… —Volvió a señalar el maletín.—¿Vas a rebatir todo lo que diga? —No pude evitar que mi sonrisa volviera.

—¿Vas a enseñarme o seguirás buscando excusas para no hacerlo?

Saqué las dos armas dejándolas frente a ella, se acercó vacilante pero no intentó arrebatarla de mis manos.

—Esta es una Beretta. —Empuñé el arma por el mango—. Y esta es una Glock, ambas son calibre nueve, semiautomáticas pero la Glock es menos pesada y más pequeña. —se la tendí—. Está descargada así que tómala. —Caminé hacia ella—. Ahora, esto no es un campo de tiro, pero quieres aprender así que tienes este momento y un cargador completo —saqué el cargador y lo sostuve en mi mano mostrándoselo—, para darle siquiera a uno de los troncos de ahí. Si le das al menos a uno, te enseñaré, si fallas tendrás que arreglártelas con las otras 999 formas de defensa personal o simplemente hacer lo de los cobardes… huir.

—No voy a huir, soy una buena aprendiz.

Guardé el arma que tenía en mi mano en la pretina de mi pantalón y me fui tras ella.

—Eso lo veremos.

—¿No confías en mí?

Por alguna extraña razón esa pregunta la pude sentir como algo más, no sé decir exactamente qué, pero lo sentí. A lo mejor me estaba enloqueciendo, lo que estaba sucediendo tenía que ser debido al encierro.

Ella me miró esperando una respuesta que no tenía, así que solo sonreí y asentí levemente.

La sonrisa en su rostro iluminó el día que empezaba a oscurecerse debido a la próxima tormenta. Y su sonrisa, la forma en la que ella brillaba, hizo que mi cuerpo se estremeciera.

«No, Edward, no camines por ese sendero…».

—Este tipo de arma tiene tres tipos de seguro, dos internos y este. —Pasé mis manos sobre sus hombros, inhalé con fuerza absorbiendo su dulce aroma mientras le señalaba el seguro externo cerca del disparador; la vi tragar con fuerza a medida que mi cuerpo empezaba a sentirse cálido, así que di un paso hacia atrás—. Ahora vamos a cargarla. —Tomé el cargador, lo coloqué y revisé que no hubiese ningún cartucho antes de tendérsela nuevamente y colocarme detrás de ella.

—Cierra los ojos —mis manos estaban sobre las suyas.

—Cerrar los ojos con un arma, Dios, poli estás chalado.

—Vamos, obedece, ojos cerrados, ahora concéntrate en tu entorno, lo que puedes escuchar —me alejé solo un paso dejándola con el arma—. ¿Qué escuchas?

—El río —dijo sin pensarlo, me alejé un paso más, —el viento. El corazón que me truena en los oídos —se rio.

—Adrenalina…

—¿Qué?

—Lo que escuchas es adrenalina y es lo que vas a escuchar cada vez que tengas un arma en tu mano, eres tú o el que te hace ver en peligro y quizá no tengas tiempo para hacer el tiro perfecto, pero tendrás que hacerlo y solo tendrás una oportunidad para hacerlo bien, es tu vida versus la suya.

La vi estremecerse.

—Alinea las mirillas y mete el dedo en el arco, sin dejar de presionar el seguro, mantén la mano firme y no pierdas de vista tu objetivo, cualquiera de los cinco troncos. Suelta el seguro y aprieta el disparador. —El disparo rozó el tronco del medio. La vi retraer la corredera—. Hazlo de nuevo, retrae la corredera, respira profundo —susurré a su oído notando cómo los vellos en su nuca se crispaban, Isabella se agitó pero se recompuso rápidamente. El disparo dio en una esquina del tronco—. ¡Joder! —Ella se giró hacia mí, apuntándome y con una sonrisa tonta.

—¿Viste? Te dije que era buena.

—¡Baja eso! No me apuntes —mascullé con seriedad, ella apartó el arma de inmediato, se veía genuinamente feliz y yo escondí mi alegría en una máscara de rectitud—. Pon el seguro externo. Necesitas hacerlo mejor, te enseñaré.

—¿Lista para otro tiro? —ella asintió, por poco más de una hora estuve enseñándole, para cuando se acabaron las balas que tenía destinadas para ese día, ella había logrado darles a dos troncos, no eran tiros limpios, pero le darían la oportunidad de correr.

2 de 5

Cuéntenme que les parecio.