¡Nada me pertenece los personajes son propiedad de Stephanie Meyer.

La historia está preservada bajo derechos autor!

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Isabella.

29 de noviembre de 2017

VEINTISIETE

Isabella

Durante los siguientes días, Edward estuvo enseñándome la manera correcta de usar un arma, a pesar de su negativa inicial. Gastamos un par de cargadores mientras absorbía toda la información que él me proporcionaba, esperaba con ansias el momento en que él tomaba las armas y me decía que era hora de practicar, realmente disfrutaba cada cosa nueva que él me enseñaba. Y cuanto más tiempo pasábamos juntos más atraída me sentía hacia él.

Hablábamos de todo, de música, películas, series, pero nunca de lo ocurrido la noche de Acción de Gracias. Descubrí que el detective Masen era un gran fanático de las series policíacas, a diferencia de mí que iba más con las series médicas. Sí, la medicina estaba en mi futuro tan latente como el baile… No, el baile fluía por mis venas, era lo que realmente me apasionaba.

Estaba terminando de preparar el chili con carne cuando él entró con la pala, la nieve había estado cayendo con fuerza durante las últimas horas y Edward estuvo paleando la nieve de la entrada, ya había puesto cadenas a las llantas de la camioneta, le dije que dejara de hacerlo, iba a pescar una neumonía si seguía saliendo cada cuarenta y cinco minutos a quitar la nieve, pero él me había ignorado completamente.

—Está monstruosamente frío —musitó quitándose los guantes y el abrigo cubierto de nieve antes de acercarse al calor que nos proporcionaba la chimenea, salí de la comodidad de mi cobija térmica y caminé hacia la cocina, el agua de la tetera aún estaba caliente, serví una taza y coloqué un sobrecito de té y una cucharada de azúcar antes de llevarle—. Gracias.

—Vas a terminar enfermando si sigues haciendo eso —volví a decirle.

—No quiero que la nieve nos bloquee las llantas por si…

—¿Por si tenemos que huir? —completé por él. Asintió—. No ha venido nadie en días.

—No debemos bajar la guardia.

Me senté colocando mis rodillas bajo mi barbilla viéndolo tomar de su taza.

—Lo sé, pero está tan frío allá afuera que tú eres el único que se arriesga a salir. —Me escabullí bajo la cobija y me acomodé en mi lado del sofá.

Edward colocó la taza sobre la mesilla, se quitó las botas y luego tiró de mi cobija para colarse bajo ella.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, estábamos en los lados opuestos del sofá, pero su ropa estaba helada.

—¡Joder qué frío estás! —Me removí alejándome todo lo que la cobija me permitía.

—Esto se siente bien.

—Busca tu propia cobija.

Miró hacia el corredor

—Nah, estoy empezando a sentirme calentito aquí…

—¿Sabes qué nos haría calentar de verdad?

—Isabella… —El hecho que no habláramos del tema no significaba que no estuviese entre los dos.

—Oye… —Lo empujé con el pie saliendo de la cobija una vez más—. Es el momento perfecto para empezar mis clases de defensa personal. —Fue su turno de arquear una ceja—. Necesito aprender, y ya que estamos aquí aburridos…

—Me daré una ducha y volveré —tardó exactamente quince minutos, tiempo que utilicé para terminar el chili y rodar algunos muebles de tal manera que tuviéramos más espacio, también coloqué un par de edredones en el suelo para que nos sirviera de colchoneta.

—Vamos a empezar por lo más fácil y lo más práctico para ti, empezaremos con algo de ju-jutsu y quizá después pueda enseñarte algo más.

—¿Como patear bolas?

—Con esto patearás bolas y traseros, primero vamos a hacer estiramientos suaves.

—Bueno, tú eres el experto.

—Empezaremos con una técnica básica, en caso de que no tengas tu arma a la mano y tu agresor esté desarmado, te mostraré cómo frustrar un ataqué no deseado.

Durante casi un cuarto de hora me explicó paso por paso, atacándome y diciendo qué maniobra podía hacer para esquivarlo, sentir sus manos en mi piel fue suficiente para que la estancia se tornara caliente, sin embargo, no hice o dije nada que pudiera distraer nuestro objetivo.

Mi vida estaba en juego y necesitaba saber defenderme.

—No puedes mover la cabeza, te tengo paralizada, en esta posición sería difícil intentar darme un cabezazo en la nariz. Pero podrías intentar girar la cabeza y morderme el brazo. —Me soltó—. Ahora, lo haremos de nuevo y lo harás de espalda. —Volví a la posición y, cuando me tomó del cuello, bajé el mentón mordiéndole el brazo, él golpeó mi pierna tres veces—. Tap, tap, tap significa que puedes soltarme.

Durante los siguientes días el clima evitó que siguiera mi entrenamiento en tiro, pero Edward estuvo enseñándome cómo defenderme, cada día los entrenamientos se volvieron más fuertes porque me enseñaba una nueva técnica, una nueva llave, a pesar de que no nevó todos esos días siempre sacábamos tiempo para entrenar hasta dejarme hecha polvo; aún así, no podía negar que disfrutaba de cada uno de los entrenamientos porque el roce de su duro cuerpo contra el mío no hacía más que incrementar lo que sentía por él.

Estábamos entrenando afuera, la nieve caía blanca y espesa. Me dejé caer sobre la alfombra completamente agotada.

—Vamos, levántate. Empecemos de nuevo.

Gritó cada movimiento básico mientras yo me torcía, doblaba y giraba mi cuerpo cuál contorsionista hasta encontrar la posición adecuada para derribar a la persona que quisiera atacarme.

—Bien, ahora intenta derribarme. Recuerda que solo tienes que recordar las maniobras, Isabella, presiona tus caderas justo en el centro de mí y tomas mi brazo como te enseñé dándole vuelta sobre tu hombro.

—Eso es trabajo para Tom Cruise —me miró sin entender—, es misión imposible, Edward, no voy a derribarte nunca. —Estaba agotada y apenas llevábamos media hora de entrenamiento.

—Vas a poder hacerlo, he visto mujeres más pequeñas que tú acabar con tipos mucho más grandes que yo, Debbie, por ejemplo, es una máquina para matar.

Animada por sus palabras hice lo que dijo y me puse de pie cuando él se acercó, sabía lo que iba a hacer, lo había hecho varias veces mientras me explicaba, él intentaría poner su mano en mi boca en lo que me rodeaba los hombros, cerré los ojos un segundo y sentí su presencia mucho antes de que me tocara, cuando su brazo apresó mis hombros hice lo que él llevaba semanas explicándome, me presioné con fuerza, sus caderas se levantaron contra mí y supe que era el momento de tomarlo del brazo y derribarlo sobre mi hombro, reuniendo todas mis fuerzas tomé su brazo y tiré de él, desestabilizándonos.

Ambos caímos en un amasijo de extremidades sobre las sábanas que estaban bajo nuestros pies, su cuerpo sobre el mío, con las piernas enredadas, riéndonos por mi poca coordinación.

En un segundo nos estábamos riendo, nuestros alientos muy cerca, mezclándose y en el siguiente nuestras bocas se encontraron en un ritmo febril, mi cuerpo se movió naturalmente debajo del suyo al tiempo que él se cernía sobre mí. Su entrepierna presionándose en la mía, su erección engrosándose bajo mi cuerpo, un beso desesperado, jadeante, dos cuerpos moliéndose el uno con el otro.

Me hacía desear más, quería sentir más.

Entonces se alejó

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Edward

7 de diciembre de 2017

¡Mierda!

Salí de la cabaña completamente cabreado conmigo mismo, con el jodido mundo y con mis malditas hormonas, llevábamos siete semanas en la cabaña y estaba volviéndome loco por ella.

Al punto que no pude evitar besarla cuando caímos envueltos en un amasijo de extremidades.

La nieve caía levemente ahora, inhalé con fuerza intentando recomponer todo. Calmar mi corazón y mi jodida polla.

La puerta de la cabaña se abrió e Isabella salió, no dijo nada, pero podía sentirla ahí detrás de mí. Pasaron algunos minutos antes de que ella hablara.

—Son reacciones naturales, Edward, yo fui la que empezó a moverse y me disculpo por ello, es solo que… —su voz se escuchó un poco avergonzada—. Ha pasado algún tiempo… Y…

—Creo que los dos tuvimos algo de culpa y lo mejor será olvidarlo.

El problema era que no quería olvidarlo.

—Sí, es lo mejor. —Caminó hasta quedar justo a mi lado—. Lo mejor será olvidarlo como lo ocurrido en Acción de Gracias, ignorar que nos atraemos ¿no? Al parecer tú eres el experto en eso de ver solo lo que quieres ver.

—Isabella no sabes de lo que estás hablando.

—Lo sé, por supuesto que lo sé.

—Es tarde y estoy cansado, creo que finalizamos el día de hoy, pienso que mañana deberíamos practicar tu puntería en movimiento.

—Está bien —murmuró y la escuché volver a la cabaña, pasó otro cuarto de hora antes de que decidiera entrar, no podía seguirme negando a lo que estaba sucediendo, su presencia me descolocaba.

Ella no estaba en ningún lugar. Me senté en el sofá observando por el pasillo, la puerta de la habitación estaba cerrada, me desvestí rápidamente buscando unos pantalones de chándal en el baúl que Esme tenía en la sala de estar, estaba buscando qué ponerme cuando un jadeo sosegado me hizo levantar la vista inmediatamente, Isabella estaba de pie en el pequeño camino que llevaba hasta la cocina.

Su mirada recorrió mi pecho, bajando por mis abdominales hasta mi bóxer negro.

—Mierda, yo… —tartamudeó.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí?

—Iba a tomar un vaso con agua, yo… —Se pasó una mano por el rostro—. Ya me voy. —Se giró rápidamente, se marchó y escuché que cerró la puerta de su habitación con fuerza.

¡Joder!

Me dejé caer en el sofá recordando la mirada de Isabella, ella tenía razón, cada vez era más difícil desviar la tensión entre nosotros. Necesitaba hablar con Carlisle, saber qué estaba haciendo para que pudiéramos ser libres.

Me puse el pantalón rápidamente y tomé mi celular desechable, tenía poca batería así que tendría que ponerlo a cargar, timbré dos veces al número de Carlisle pero él no contestó.

Dejé el aparato en la mesa de centro y me recosté en el sofá, el cansancio del día me pasó factura y rápidamente me quedé dormido.

La mañana siguiente desperté mucho antes de que amaneciera, caminé hasta la cocina, encendí la cafetera y marqué el número de Carlisle una vez más, sabía que él también despertaba temprano; sin duda alguna necesitaba una conversación larga, no los pocos segundos en los que compartíamos información, sin embargo, la llamada se fue nuevamente a buzón, lo intenté con Esme, pero obtuve el mismo resultado, volví al sofá que estaba masacrando mi espalda y pretendí dormir de nuevo, pero en todo lo que podía pensar era en la dulce boca de la chica dormida a un par de metros de mí.

Pasé la mano por mi cabello e incluso pensé en ir y tirarme en la nieve cuando mi entrepierna sufrió un pequeño espasmo.

¿Hacía cuánto no tenía sexo?

Rememoré la última vez con Vicky, había pasado casi un año de ello, fue en mi cumpleaños, en la cocina antes de ir al trabajo, ni siquiera recordaba si lo habíamos disfrutado, estábamos discutiendo y ella simplemente calló mi boca con un beso rápido y húmedo. Antes de eso había pasado tiempo.

La cabaña estaba tranquila, el único sonido que se escuchaba era el de la madera crepitando en la chimenea. Renunciando a cualquier posibilidad de descansar, tomé la laptop y me concentré completamente en el sistema de seguridad que estaba fallando una vez más. Estaba a punto de salir a hacer el reconocimiento del perímetro cuando mi teléfono sonó.

Observé la hora en el viejo reloj de Esme, eran casi las ocho, el tiempo se me había escurrido entre las manos.

Tomé el teléfono, salí al balcón de la cocina aprovechando que no estaba nevando y parecía que tendríamos buen clima.

—Carlisle…

—Disculpa por no contestar tus llamadas, estaba en una reunión con Lewis y otros jefes de departamento.

—Eran las seis de la mañana.

—Lo sé, pero Brandon recordó lo que ocurrió el día del atentado y quería vernos tan pronto como fuese posible. Lewis quería que estuviéramos presente en el momento de su declaración, relató cómo te dio a Isabella para que la resguardaras.

—Te lo dije… espera, dijiste estuviéramos.

—Sí, Colin, Vulturi, Hale y yo, ella también le dijo a Lewis que no confió en dejarla a cargo del departamento solo homicidios sabía que Isabella iba en ese coche, ella sospechaba de un topo, pero no hemos dado con él, nos hemos vuelto más cautelosos con la información. Solo Vulturi, Mcarthy, Hale y yo tenemos información sobre el caso. Pero, querido hijo, estás exonerado de toda culpabilidad, tuve que decirle a Lewis que yo siempre supe dónde estabas y que Isabella está a buen resguardo.

—¿Entonces cuando vuelvo?

—¿Volver?

—No soy sospechoso, quiero retomar mi cargo, ayudar con la investigación, quiero a James tras las rejas.

—Lo sé hijo, pero no vas a volver, salvaguardar la vida de Isabella es tu misión.

—Carlisle…

—Edward —me interrumpió—. Has hecho un excelente trabajo, Lewis y yo concordamos en que es prudente que sigas con ella.

—¿Prudente para quién? ¿Para ti? ¿Para ellos? Maldición. —Pasé la mano por mi cabello y exhalé por la nariz como un toro furioso—. Necesito volver.

—Estás donde tienes que estar, hijo.

—¡Eso es mierda, Carlisle! Lo sabes, si Brandon ya aclaró las cosas debo volver a mi departamento. ¡Soy un oficial de policía, mi deber es estar ahí para buscar al maldito de James y encerrarlo de por vida! No aquí, cuidando la puta espalda de una chica adicta a la jodida marihuana. ¡No soy una puta niñera!

Un jadeo ahogado me hizo girar, Isabella estaba frente a mí, esta vez solo tenía una de las sudaderas de la estación y unas medias de lana sobre sus mallas térmicas.

—Isabella… —Carlisle dijo algo, pero lo ignoré—. Yo…

Ella alzó la mano y luego se giró hacia la habitación.

¡Mierda!

Escuché la voz de Carlisle intentando justificar lo que para mí era injustificable, pero toda mi atención estaba en Isabella.

—Tengo que colgar, Carlisle —dije—. No, no está ocurriendo nada, solo te llamo después. —Lo escuché—. Sí, ella está bien, le enseñé a disparar… ¿Cómo que por qué? Ella necesita saber defenderse, también le estoy enseñando defensa personal… no, no saldrá lastimada, Carlisle, está aprendiendo rápido, bien, mantenme informado.

Colgué la llamada maldiciendo internamente, se suponía que ella no debía escuchar nada de eso, respiré profundamente y conté hasta diez antes de entrar a la cabaña, Isabella no estaba por ningún lado, caminé hacia su habitación y toqué su puerta, sin ningún resultado.

—Isabella, ¿podemos hablar? —Silencio, iba a tocar de nuevo cuando ella abrió la puerta, se había puesto unos vaqueros y sus botas de nieve. Caminó a mi lado hasta llegar a la cocina y se sirvió una taza de café—. Oye. —Me rasqué la nuca sin saber qué decir—. Yo no quise…

Ella dejó la taza y caminó hacia la salida de la cabaña.

—¿A dónde vas? —dije tomando su brazo

—Necesito madera en la habitación —dijo con voz parca, zafándose de mi agarre.

—Yo puedo llevarla, hace frío.

—Dijiste que no eres mi puta niñera, Edward. —Abrió la puerta—. Tienes razón, pero pensé que éramos amigos. —Salió de la cabaña sin decir nada más.

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