¡Nada me pertenece los personajes son propiedad de Stephanie Meyer.
La historia está preservada bajo derechos autor!
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VEINTIOCHO
Edward
8 de diciembre de 2017
Me quedé ahí un segundo, indeciso entre perseguirla o dejar que pensara lo que quisiera, necesitaba un respiro porque Dios sabía que ella estaba confundiéndome a niveles que nunca me había sucedido, una parte de mí quería quedarse junto a ella, pero la otra, la fuerte, me gritaba que fuese tras James.
Además de que no podía pasar por alto la evidente atracción que estaba surgiendo entre los dos. ¡Maldita sea! Pasé la mano por mi cabello, me sentía frustrado, tomé mi arma dejándola en la parte baja de mi espalda y abrí la puerta para ir tras ella, al menos le debía una explicación.
Sin embargo, Isabella no estaba en la esquina donde se almacenaba la madera cortada, estaba cerca del filo del acantilado refunfuñando para sí misma.
—Isabella.
—Ahórrate tus explicaciones, detective Masen. —Arrojó una roca al río.
—Soy detective de nuevo —ironicé.
—Es lo que eres, a no ser que quieras que te llame señorita Fine[2]…
—El sarcasmo está de más, ¿podrías, por favor, girarte y mirarme? —No lo hizo—. Al menos no estar en la orilla, ha estado lloviendo y nevando, no necesitamos que caigas al río, está tan helado que sería como si mil cuchillas se enterraran en tu cuerpo… —Caminé hacia ella—. Isabella…
—¡¿Podrías, por favor, irte a la mierda y dejarme sola?! —Se giró y caminó en dirección hacia un claro que habíamos encontrado una mañana que buscábamos madera, estaba a un kilómetro de la cabaña aproximadamente.
Caminé detrás de ella, completamente enojado por su cuestionamiento, por su actitud de niña malcriada, sé que cometí un error, no al pedirle a Carlsile volver a Seattle, fue un error de elección de palabras. Ella caminaba a pasos apresurados, una obvia respuesta de que no me quería cerca.
—Isabella, no quise decir lo que escuchaste, yo…
—No, qué va —me interrumpió—. Dijiste lo que dijiste, Edward y, tienes razón, esto no es lo tuyo, eres un jodido policía que está cuidándome la puta espalda, pero escúchame bien, no soy una adicta.
—Lo sé, eso fue un total desacierto de mi parte, pero somos amigos y…
Resopló.
—Ja… que buena broma, poli.
—Estás malinterpretando mis palabras. Estaba enojado, estoy enojado.
—¡Porque estás aquí atrapado conmigo! —gritó acelerando sus pasos, tuve que dar grandes zancadas para alcanzarla.
—Tienes que entenderme ¡pasan los meses y no hay nada, ni una sola maldita pista que nos guíe al asesino de mi esposa! No puedes culparme por querer encontrar al asesino de mi esposa, ¡por querer hacer justicia!
—¡Justicia! ¿Acaso existe algo como la justicia? Si es así, dime qué hice mal para que el asesino de mis padres esté en su casa rascándose las putas pelotas jugando con su PlayStation —explotó y negó con la cabeza antes de emitir un bufido—. Dijiste lo que te salió decir, estás aquí poniendo en tela de juicio a todo el departamento de policía porque no confías en que ellos estén haciendo su trabajo. Aviso de última hora, poli, no eres el jodido Sherlock Holmes, tampoco eres Harry Potter, no volverás a Seattle y encontrarás a Daddy con tus dotes detectivescos o una varita mágica y, estoy muy enojada como para seguir dando vueltas en una discusión que significa lo que significa, ¿quieres irte? —Señaló hacia la cabaña—. Entonces vete, no te necesito.
«¡Maldición!».
Continuó caminando, antes de poder controlar mi temperamento mi mano agarró su brazo con más fuerza de la necesaria haciendo que nuestros rostros quedaran muy cerca.
—¡Suéltame!
—Isabella, te juro por nuestra amistad que estás malinterpretando las cosas, yo…
—Primero, tú y yo no somos amigos, y no estoy malinterpretando nada —zafó su brazo de mi agarre—. Lo que tienes es miedo, Edward, porque tú respondiste a mis besos, tú te moviste sobre mi cuerpo, tú no estás aburrido de estar aquí conmigo, tú estás huyendo de tus sentimientos porque sigues atado a una mujer que… ¡Maldita sea, te estaba engañando!
—¡Basta! —grité deteniendo esta absurda conversación— Por eso es que quiero irme. ¿Crees que no sabía que Victoria me engañaba? Esto no va de ella, ni del dolor por perder a mi esposa, es por ti y por mí, por el maldito encierro, que nos hace creer que tenemos sentimientos el uno por el otro, pero no es así ¡Me confundes! Tú me confundes.
—¿Qué quieres decir? —Su voz tembló, la rabia en su mirada se apaciguó y yo tiré de mis cabellos gritándome internamente sin saber qué palabras usar para describir lo que ella me estaba haciendo sentir.
Como en nuestro primer beso fue ella quien eliminó la distancia entre los dos, sus labios se amoldaron a los míos, un roce suave que poco a poco se convirtió en fugaz.
Me aparté de sus labios cuando una sensación de euforia invadió mi cuerpo.
Negué con la cabeza.
—Te refieres a eso… al cosquilleo —se acercó—. Podemos descubrirlo… juntos. —Iba a hablar, a decirle que ella estaba equivocada, que ambos lo estábamos, quizá todo esto era producto del encierro, estábamos confundidos… pero todo lo que pensaba decirle murió en mi boca cuando la suya cubrió la mía de nuevo, me abstuve por unos segundos, pero antes de pensarlo estaba llevando el control del beso, saboreando su labio inferior y luego el superior, sus manos se deslizaban por mi cintura, dejando tan poco espacio entre nuestros cuerpos que podía sentir su corazón latiendo frenéticamente o quizá era el mío, Isabella gimió y yo me fundí en su calidez, en las sensaciones que me recorrían, el cosquilleo de mi piel. Esa era la razón, la verdadera razón por la que necesitaba mantenerme alejado. Porque quería más, pero no podía dar nada.
—No. —Me alejé abruptamente rompiendo el beso.
—Pero tú… —tartamudeo—, es por esto por lo que quieres irte… porque lo sientes, también me deseas.
Negué cada palabra que ella dijo a pesar de que estaba en lo correcto.
—Esto… —nos señalé—. Esto no puede ser, no eres más que una niña. —Bajó la mirada y cuando la subió, sus ojos brillaban con las lágrimas acumuladas—. No podemos hacer esto, Isabella, soy tu custodio yo…
El sonido de un disparo resonó en el bosque deteniendo mi diatriba y haciendo eco entre las montañas, me giré sacando el arma y miré hacia todos los ángulos, pero no podía ver nada más que árboles, un sonido similar a un motor rugió al tiempo que dos disparos más se escucharon; actuando rápidamente me arrojé sobre ella intentando cubrirla y escondiéndonos detrás de un árbol me mantuve alerta. Esperé un par de minutos para ver si teníamos compañía, si James nos había encontrado y tratar de saber cuántos eran, pero ya no se escuchaba nada, ni disparos ni rugidos de motor, teníamos que movernos, si esto era una emboscada, debíamos encontrar un refugio.
—Isabella, tenemos que movernos, tenemos que irnos de aquí —dije sin bajar la guardia, ella llevó su mano a mi brazo haciendo que me girara a verla. Una mueca de dolor contrajo su rostro y nuestras miradas se unieron, luego se dirigieron a la mancha roja que ella había dejado con su toque en mi brazo.
—Isabella…
—Creo que me dieron —dijo sin aliento antes de dejarse caer contra el árbol que estaba detrás de ella.
—¡Mierda! —rápidamente corrí hacia ella y bajé su cremallera. Al principio pensé que solo era una rozadura o algo menor, pero por la premura con la que se empapaba su camisa sabía que no era así.
—Estoy bien, debemos llegar a casa. —Intentó levantarse, pero sus rodillas cedieron haciéndola caer.
—No, recuéstate, voy a revisarte bien esa herida, hay mucha sangre. —La obligué a sentarse y recostarse contra el tronco del árbol, su camisa estaba manchada con sangre, necesitaba saber cuán grande era la herida por lo que saqué de mi bolsillo la pequeña navaja que siempre me acompañaba.
—Edward, no tengo mucha ropa, no dañes la poca que me queda —rechistó sin aliento, observando que empezaba a romper su camisa—. Me siento un poco mareada.
—Esto va a doler un poco, pero necesito ver la herida. —Ella gritó mientras yo palpé la piel alrededor de la herida—. Tranquila, tranquila —tenía un orificio en su piel, era grande, de ahí la sangre, quizá un rifle o una escopeta.
Caza.
A mi mente llegó el recuerdo del tipo del supermercado diciéndome que sus amigos y él acostumbraban a cazar sin importar las condiciones climáticas, lo que era estúpido y peligroso.
Estábamos lejos de la cabaña nueve, pero quién sabe dónde estaban esos malditos idiotas. El orificio medía más o menos un centímetro y estaba ubicado a la altura del hombro, no sabía si alguno de los músculos estaba comprometido.
—Esto te va a doler un poco, resiste. —Ella no respondió y yo la giré, descubriendo su espalda, no había orificio de salida, la bala seguía dentro, necesitaba llevarla a la cabaña pronto—. Bella, tienes que tratar de levantarte. —Sus ojos estaban cerrados y su respiración era arrítmica—. ¿Isabella? —Golpeé su mejilla—. Bells… —Ella abrió los ojos—. No te quedes callada, dime algo, lo que sea —le dije cortando un pedazo de tela de mi propia camiseta para hacer presión.
—No quiero que te vayas… —musitó—. Tú eres quien debe protegerme, yo…
—Isabella —la llamé, observando que había cerrado sus ojos de nuevo—. Necesito que te mantengas despierta, Isabella —rasgué mi propia camiseta tomando una tira y presionando la herida—. Tengo que llevarte a la cabaña rápido. Voy a levantarte, pero necesito que presiones la herida con tu mano sana y que me hables, háblame de cualquier cosa, lo que se te ocurra —murmuré, alzándola en mis brazos, ella asintió llevando su mano a la herida.
Tenía que darme prisa, llegar a la cabaña e intentar sacar la bala de su cuerpo.
Isabella no era muy pesada por lo que no fue difícil llevarla en brazos, de vez en cuando la observaba presionando la herida, la tela se veía húmeda y oscura; lo que más me preocupaba era la pérdida de sangre, mientras caminaba entre los abetos, pequeños destellos de lo que sucedió en la guerra atacaban a mi memoria.
«—La granada —escuché la voz del mayor desangrándose a mi lado, esperando la ayuda—. Sangre, es solo sangre, Masem. Saca la metralla».
Negué con mi cabeza, no podía transitar por ahí, necesitaba mantenerme lúcido y concentrarme en llegar lo más pronto posible a la cabaña.
—Edward. —Miré a Isabella, sus labios estaban perdiendo color—. No quise…
—Estamos cerca, Isabella, estamos cerca.
—No quiero…
—Shhh, no digas nada, conserva tus fuerzas. —La reacomodé en mis brazos, aceleré mis pasos, sentía los brazos entumecidos, pero no desistí hasta divisar el camino que me llevaba hasta la cabaña.
Una vez ahí, abrí la puerta, la dejé sobre el sofá, se había desmayado por lo cual ya no ejercía presión en la herida, estaba sangrando copiosamente, tenía que despertarla, buscar ayuda.
Tomé el celular de la mesa de noche, pero había olvidado cargarlo, no sabía dónde estaba el de Isabella, pero sí mi viejo celular. Abrí el baúl y busqué entre el maletín de las armas, lo había dejado ahí luego que Isabella tuviese la visita en la cabaña hacía un par de semanas.
Lo encendí rápidamente y marqué a Carlsile dos veces.
—Despierta, despierta. —Ella abrió los ojos—. Creo que puedo sacar la bala.
Ella gimió con dolor
—Mi antigua bala casi me mata, afectó la arteria —Palpé la vieja cicatriz de la bala que recibió la noche de la muerte de Eva, estaba mucho más hacia la izquierda, así que esperaba que esta no hubiese afectado ninguna arteria mortal.
—Presiona aquí con fuerza, Isabella. —Rebusqué en el botiquín de primeros auxilios, encontré gasas, alcohol, un par de pastillas de ibuprofeno, pero no antiséptico o algo para el dolor.
Marqué de nuevo a Carlsile.
—Edward, ¿qué mierda, por qué me estás llamando desde tu teléfono?sabes lo peligro..
—Carlsile, hirieron a Isabella, necesito ayuda.
—¿La hirieron? ¡Te dije que era una mala idea enseñarle a usar armas!
—No lo hizo ella, ni yo por si lo pensaste, fueron unos estúpidos cazando en la nieve. Quiero sacar la bala, ella está perdiendo mucha sangre.
—Estoy en el hospital, déjame ver qué puedo hacer por ti.
—¡Carlsile!
—Necesito unos minutos.
Miré a Isabella.
—¡Ella no tiene minutos! Ha perdido mucha sangre, he estado presionando la herida, pero no deja de sangrar.
—Buscaré a Smith, tú sigue comprimiendo la herida. Edward usar este celular es peligroso, busca el de Isabella y hazme una llamada —Colgué el aparato y, empapé una gasa con alcohol y retiré mi suéter antes de empezar a limpiar la herida, Isabella se removió ante el contacto de la gasa, sus ojos se encontraron con los míos, y mi mano libre limpió una de las mejillas retirando una lágrima.
—Estarás bien, necesitas ser fuerte porque esto va a doler mucho, ahora tengo que buscar tu teléfono.
4 de 5
Y si lo dejamos hasta aquí….
Lo confieso me gusta ver el mundo arder.
4 de 5
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