Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de Novaviis y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 21

—¿Se marcha?

Masao rebosó irritación finamente velada, pero no se puso brusco con ella. Kagome mantuvo las manos en el suelo y la frente tocando sus muñecas mientras se inclinaba ante él. Era temprano por la mañana e incluso en la sala de té para desayunar podía oler la secuela de los incendios de la aldea de más abajo ardiendo en sus fosas nasales. El aire parecía contaminado. Por mucho que a Kagome le hubiera encantado sencillamente irse por su cuenta, sabía que tales actos solo traerían la ira de Masao y, después de lo que había visto la noche anterior, no tenía ninguna intención de hacerlo. Kagome tenía que encargarse de esto diplomáticamente: mintiendo.

—Sí —respondió—. Tuve una mala premonición anoche de que la aldea necesitaba mi ayuda. Creo que una de las jóvenes podría estar enferma. —La mentira estaba bien ensayada y rezaba para que así lo pareciera.

Aunque no parecía contento con la situación, Masao suspiró y se llevó su té a los labios.

—Supongo que no se puede hacer nada en ese caso —dijo mientras inclinaba la taza hacia atrás—. ¿Sabe? Creo recordar que su predecesora era conocida por tener premoniciones. Tal vez usted tiene el mismo don.

Kagome se detuvo, se le contrajo el pecho. Se le secó la boca al mirar a los mechones de su pelo que se superponían sobre uñas quebradas en el tatami.

—Su reputación debe haberse extendido más allá de lo que era yo consciente… —empezó Kagome mientras se enderezaba lentamente—. Verá, solo supe de su don recientemente.

Masao se detuvo con la taza de té contra sus labios, una vacilación que a Kagome no le pasó desapercibida. La volvió a dejar lentamente en la mesa.

—Me sorprende que no haya notado el pájaro, señorita Kagome.

Kagome frunció el ceño y se llevó las manos al regazo.

—Yo… ¿perdón?

—El pájaro —repitió Masao. Gesticulando hacia el rincón de la sala, llamó su atención sobre la ornamentada jaulita situada contra la pared—. El pobrecillo murió anoche. Hice que mis hombres fueran a capturar uno nuevo esta mañana. ¿Qué opina? Una buena criatura, ¿no?

Kagome pasó la mirada entre Masao y la jaula porque el repentino cambio de tema era estremecedor y sospechoso. Aun así, no se encontraba en posición de indicarlo. Poniéndose en pie, Kagome cruzó la sala para mirar entre los finos barrotes de la jaula. El deprimido pajarillo de plumas amarillas, verdes y grises estaba sentado en un saliente con la cabeza metida bajo su ala. El pájaro se evadía del extraño mundo al que lo habían lanzado y Kagome sintió que se le rompía el corazón.

—Es hermoso…

Masao se levantó para unirse a ella.

—Ojalá cantase —dijo con una carcajada mientras descansaba una ardiente mano en su hombro. Kagome intentó no encogerse—. Busco cosas hermosas, señorita Kagome. Busco cosas puras. —Giró a Kagome para que lo mirase a la cara, su sonrisa era ácida—. Y, más que eso, busco hacer nuestro mundo puro y hermoso. Mis métodos pueden parecer… duros, pero actúo con la mejor de las intenciones. Lamento de verdad que esté molesta con lo que vio anoche, pero ¡mire ahora la aldea! —Con una enérgica mano en su espalda, la guio a la puerta abierta y los dos bajaron la mirada desde el porche a la aldea—. ¡Mire lo limpia que está!

Cubierta de nieve en polvo, incluso desde la cumbre de la montaña Kagome podía ver que ni una sola pisada perturbaba la nieve virgen. Estaba limpia, pero sabía lo que yacía debajo: sangre, hollín y pólvora… las pruebas del crimen de Masao. Era todo solo una máscara, un velo proyectado sobre una masacre espantosa y sin sentido. La mano de Masao estaba demasiado caliente en su hombro.

—Sí, supongo que lo está —concordó en un vacío aturdimiento.

—Y yo la hice así —alardeó Masao, pasando la mirada sobre el valle.

Kagome profundizó su frunce. ¿A qué se refería?

—Fue la nieve…

Masao se limitó a sonreír. Con una mano tocándole la piel, levantó su otro brazo hacia el cielo y cerró los ojos. En cuestión de una sola inhalación, las nubes se abrieron y una ventisca cayó sobre las montañas. Kagome miró con abyecto horror. Pilas de nieve arremolinadas soplaron en locas oleadas por el valle, pero ni un copo perturbó el castillo. Por el rabillo de los ojos, Kagome pudo ver la Piedra Divina que colgaba de su cuello brillando de un pálido azul. Masao confundió su horror con asombro y se rio por lo bajo. Cerró la mano que tenía extendida y la nieve se detuvo.

—Cada día, con cada éxito, mi poder se hace más fuerte. Ya se lo he dicho, señorita Kagome, albergo un poder con el que no podría ni soñar.

Kagome solo apartó la mirada del valle después de que la nieve restante se asentase. Esta era su oportunidad.

—Cómo… ¿cómo funciona eso exactamente?

Masao le restó importancia.

—No voy a aburrirla con todo eso. —Soltándole finalmente el hombro, Masao regresó a la mesita de té y se encorvó para terminar su taza—. Lamento verla irse tan pronto, pero supongo que no se puede hacer nada. Haré que se disponga una caravana para llevarla a casa. Me temo que no puedo despedirme de usted. Con el crecimiento de la campaña, me he convertido en un hombre ocupado —dijo con una carcajada. Al volver a poner su taza de té en la bandeja, miró de nuevo a Kagome e hizo una reverencia con júbilo y afecto en los ojos—. Hasta que nos volvamos a ver, señorita Kagome.

Kagome se inclinó y no se enderezó hasta que Masao hubo pasado por su lado y salido de la sala, el viento tras él fue un vacío de aliento, dejando la sala sin aire. Sola en la sala, a Kagome la golpeó la cruda quietud que su risa dejó atrás. Era todo solo risa, orgullo y fanfarronería mientras ella permanecía callada y quieta. Todo ello solo era un gran éxito para él.

Un aleteo al otro lado de la sala le llamó la atención. Kagome se acercó a la jaula. El pájaro que había dentro, aliviado por la desaparición de Masao, se sacudió para despertarse y estiró las alas. Incluso ese pequeño acto pareció ocupar la mitad de la jaula. Saltando de saliente en saliente, la miró, parpadeó e inclinó la cabeza de un lado a otro. Finalmente, sus movimientos inquietos en la claustrofóbica jaula quebraron algo dentro de ella. Sin dejar un momento para la vacilación, Kagome abrió la puerta de hierro y ahuecó las manos alrededor del pájaro. Lo sacó al porche, sus ojos hicieron un contacto enternecedor antes de que lo soltara. El pájaro se lanzó al aire, cantando con todas sus fuerzas mientras volaba hacia la libertad. Kagome lo vio desaparecer a la luz translúcida del invierno y se sintió más libre de lo que se había sentido en meses.


Mushin y Miroku se turnaron para mantener sus barreras hasta que el alba brilló a través del cielo encapotado. Unos pasos que se aproximaban perforaron el silencio de la mañana. Miroku fue el primero en darse cuenta, el único despierto en la cueva. A medida que el sonido se hacía más fuerte, se tensó y el brillo de la barrera se intensificó. La acción removió a Shippo de su sueño inquieto al lado del monje. Frotándose los ojos con los puños, se incorporó y pasó su mirada cansada por la cueva. Fue solo cuando vio la mirada intensa de Miroku fijada en el exterior que se dio cuenta de lo que estaba pasando. Abandonó el sueño inmediatamente.

—¿Quién anda ahí? —llamó el kitsune mientras se ponía en pie, sacando pecho en una muestra de forzada valentía.

—Silencio, Shippo. No queremos que nos encuentren —le riñó Miroku.

Despertada por las voces frenéticas y acalladas, Sango se obligó a levantarse y se incorporó lentamente para no despertar a los niños.

—¿Qué pasa? —preguntó, colocando cuidadosamente a Mamoru entre sus hermanas.

—Relajaos, solo soy yo —llamó la voz que se aproximaba desde los arbustos. Inuyasha se abrió paso para salir del bosque y entrar al pequeño claro que estaba ante la cueva. Miroku se sobresaltó, bajando la barrera para que el hanyou de pelo plateado pudiese entrar. Parecía más que un poco maltrecho, pero los rasguños y tajos que salpicaban su piel parecían ser de hacía semanas y él sabía que no habían estado allí la noche anterior. En cuanto Inuyasha entró, dirigió su mirada hacia Sango antes de volver a llevarla de golpe hacia el monje—. Anoche pensaba que Kagome estaba con vosotros —resopló con los brazos cruzados sobre el pecho.

Miroku se frotó la nuca y se esforzó por no parecer frustrado. Lo último que quería hacer era discutir con su mejor amigo cuando llevaba meses sin verle.

—Intenté decírtelo. Saliste corriendo antes de que pudiese pensar. —Bajó la mirada hacia sus hijas dormidas—. Claramente, estaba un poco distraído.

Inuyasha suspiró, bajando los brazos a sus costados.

—Olvídalo. Salió bien, en cualquier caso. Kagome me encontró en la prisión. —Se estremeció ante el recuerdo de verla por fuera de la ventana de su celda. La imagen lo acecharía durante años—. Van tras la tribu de los demonios lobo, así que ahí es a donde me voy a dirigir a continuación.

Sango captó la vacilación en su voz.

—¿Qué harás?

—Advertirles, supongo. Evitar que les pateen el trasero —respondió Inuyasha.

—Quería decir a largo plazo —corrigió.

Inuyasha resopló y se cruzó de brazos. La cueva estaba dolorosamente en silencio aparte de la suave respiración tranquila de los niños dormidos. Finalmente, bajó los brazos y, con ellos, la guardia.

—No lo sé, Sango —confesó—. Estamos atascados. Podría intentar atacar a Masao directamente, pero ¿dónde nos dejaría eso? Lo puto odio, pero mientras tenga ese maldito cristal, soy inútil. Y el cabrón tiene medio imperio. Incluso si consigo matarlo de algún modo, Kagome y yo no tendremos ningún lugar a donde ir. Entonces, si fracaso… irá tras ella. No puedo arriesgarme a eso —admitió con creciente frustración.

Inuyasha nunca había sido realmente de los que descargaban sus problemas así, pero Miroku suponía que había pasado mucho tiempo desde que había tenido a alguien ahí para escuchar. Por supuesto, Shippo estaba ahí, pero aparte de ser un niño, estaba atrapado también en esta situación inmóvil.

—Me parece —empezó Miroku—, que este no es un problema con una sola solución.

Inuyasha entrecerró los ojos.

—¿En serio? ¿Eso es todo lo que tienes para mí, monje?

—No me dejaste acabar. —Miroku levantó una mano para silenciarlo, un gesto que Inuyasha no apreció—. Lo que quería decir era que no puedes mirar esto como si fuera un enemigo enorme. Tienes que pensar en los problemas más pequeños que componen el más grande. Tratar con cada uno por separado hasta que se conecten en la cuestión central.

Inuyasha volvió a bajar la mirada hacia Sango mientras Miroku hablaba, aunque movió las orejas mientras escuchaba.

—Tal vez… —se interrumpió. Fuera, el tenue amanecer se estaba haciendo más luminoso—. Será mejor que salgamos antes de que haya demasiada luz.

Shippo gimió.

—¿Tenemos que hacerlo?

—No discutas —replicó Inuyasha. Aunque no parecía complacido en absoluto, el joven kitsune asintió y se arrastró hacia donde estaban durmiendo los niños, probablemente para despedirse mientras estaban todavía fuera. Con toda sinceridad, Inuyasha tampoco quería irse. Era doloroso dejar a sus amigos atrás ahora más que nunca, pero quedarse era horrorosamente arriesgado. No iba a ponerlos en peligro.

Un asentimiento por parte de Miroku le dijo que ellos lo entendían.

—Bueno. —El monje estiró la mano para darle a Inuyasha una palmadita en el hombro—. Mantente a salvo, amigo mío.

Inuyasha puso los ojos en blanco y le apartó la mano, regresando únicamente el gesto de Miroku al darle un golpecito en la parte de atrás de la cabeza.

—Sí, sí. Vosotros también.

Impávida ante la típica aspereza del hanyou, Sango se rio y le dio un fuerte abrazo.

—Vuelve pronto.

Un poco más suave con Sango, Inuyasha pasó el brazo por su hombro y aprovechó la oportunidad para susurrar en su oído.

—¿Sabes que estás embarazada? —Había podido oler el cambio en sus hormonas en cuanto cayó la barrera que rodeaba la cueva.

Sango sonrió y se echó hacia atrás.

—Sí, lo sabemos. Llegas un poco tarde esta vez. —Era una confesión agridulce, le recordaba cada una de las demás veces que había sido él quien se lo había dicho, pero al mismo tiempo era tranquilizador. Algo que no había cambiado.

—Bueno, he estado ocupado —retrucó Inuyasha con una sonrisilla. Estaba contento de que los dos todavía siguieran con sus vidas. Si había alguien en el mundo que se mereciera esto, eran ellos.

Mientras los tres estaban hablando, Shippo volvió con el traje de Inuyasha y Tessaiga. El hanyou se estiró para coger primero la tela roja, poniéndosela sobre los hombros y realizando los movimientos de atar las cintas y meterse los bordes de nuevo dentro de su hakama. Se movió bajo el peso familiar y se puso más recto al instante.

—Decidle a Kagome que salí bien.

Sango asintió y volvió a meterse bajo el brazo extendido de Miroku.

—Lo haremos.

Inuyasha se detuvo un momento, casi intentando pensar en algo más que decir. Finalmente, agarró a Shippo por el cuello de su kimono y salió de un salto de la cueva, fuera de su vista. Habría sido más difícil marcharse si alargaban las cosas, razonó consigo mismo. Era mejor acabar de una vez con ello. Además, no era como si esta fuera a ser la última vez que iba a verlos. Solo vaciló un segundo al pensar eso. Encaminándose montaña arriba, la mente de Inuyasha se asentó en las direcciones y en los caminos que tenían que tomar para ir al norte mientras la quejas de Shippo quedaban ignoradas por completo.

Llegaron a una cresta alta en la ladera de la montaña antes de que azotara la ventisca. En un instante, la nieve cayó del cielo en un torrente cegador e Inuyasha se detuvo en seco, dejando que Shippo bajara para cobijarse bajo su manga. Inuyasha levantó su otro brazo para escudar su rostro de la nieve como agujas que se clavaba contra su piel. El viento sopló a través de los árboles desnudos y, tan rápido como vino, paró. La nieve restante en el ambiente pareció congelarse un momento antes de flotar hacia el suelo. Inuyasha bajó el brazo y Shippo salió de debajo de él.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó el niño.

Inuyasha frunció el ceño, sacudiéndose la nieve de la cabeza y de los hombros.

—No lo sé —confesó. El extraño cambio en el tiempo lo alteró, pero ni de cerca tanto como el espectáculo sobre el castillo de Masao. Tuvo que parpadear y frotarse los ojos para asegurarse de que el yoki arremolinado que vio cerniéndose sobre el fuerte era real. El vórtice resplandeció con el mismo color azul que la Piedra Divina, haciéndose más brillante hacia el centro. Era tan brillante que la luz se volvió un vacío en el eje, atrayendo el poder que giraba a su alrededor. La Tessaiga palpitó a su costado, pero en el tiempo en que Inuyasha bajó la mirada a la hoja y volvió a levantarla a través del valle, el yoki (su eje y su poder) desapareció sin dejar rastro.

—¿Inuyasha? —lo llamó Shippo—. ¿Qué estás mirando?

Inuyasha cerró los ojos con fuerza y volvió a abrirlos, queriendo que regresase la visión.

—Nada. Vamos.


Hizo falta otro día para volver a la aldea. La caravana escolta de Kagome partió poco después de que hablara con Masao. Esta vez no se quejó por quedarse dentro del pequeño carruaje y se acurrucó bajo las mantas de felpa. Hacía demasiado frío fuera para caminar y había dejado los trajes de invierno que le habían dado en el castillo. Lo único que se había traído consigo era la colcha de Kaede y la tenía guardada donde ningunos ojos entrometidos pudieran encontrarla.

Sin embargo, a diferencia del viaje a Seichi, Kagome no pudo dormir. Totalmente despierta, estuvo sentada durante horas en el carruaje, viendo las siluetas de los árboles al pasar y a los soldados moviéndose por las cortinas. Los recuerdos del ataque a la aldea y de encontrar a Inuyasha en la prisión del castillo se reproducían una y otra vez en su mente cada vez que cerraba los ojos. Como la primera vez que había visto a Masao y a sus hombres masacrando a dos ejércitos enemigos, el sueño no fue una opción. Probablemente no lo sería durante un tiempo. Eso lo aceptaba. Rodeándose las rodillas con los brazos, Kagome se atrevió a mirar a través de las cortinas. Parecía como si todo el país estuviese cubierto de nieve, cegado con luz blanca. Para cuando empezó a ponerse el sol, lo único que quedó fue un gris encapotado hasta donde le alcanzaba la vista.

—Parece que nos persigue otra tormenta de nieve —comentó uno de los soldados, captando su atención. Kagome miró detrás de su rastro y vio la niebla oscura de una ventisca justo más allá de las montañas.

—Mientras no descargue hasta que podamos volver al fuerte —replicó otro—. Señorita Kagome, debería…

—Quedarme dentro, lo sé —interrumpió Kagome con impaciencia. Sabía que los soldados solo estaban haciendo su trabajo protegiéndola, pero la poca paciencia que le quedaba se le había agotado. Cerrando de nuevo la cortina, sopló un cálido aliento en sus manos y las frotó. Estaba tan absorta en la tarea de mantenerse abrigada que apenas notó la aparición azul que entró reptando en su carruaje hasta que giró delante de ella. Kagome se dio un susto de muerte, tragando un grito cuando el largo cuerpo brillante de un shinidamachū se deslizó a través del compartimento. Un silencioso gorjeo resonó al pasar mientras desaparecía. Kagome lo vio marcharse y luego volvió a abrir las cortinas solo para no encontrar nada allí. Antes de que ningún soldado pudiese reaccionar, había salido de un salto del carruaje y había pisado torpemente la nieve.

—Señorita…

Kagome silenció instantáneamente al bienintencionado soldado, llevándose un dedo a los labios mientras buscaba a la criatura. No quedó ningún rastro, pero la dejó fuera al frío con la mirada fija en la silueta de su aldea alzándose sobre el mar gris. Delante de ellos, el camino se dividía, uno conducía al bosque y el otro subía por la montaña hacia el fuerte. Después de calmarse tras su sobresalto inicial, se volvió hacia los soldados con una tranquila firmeza.

—Puedo hacer el resto del camino andando desde aquí. No querría molestarles teniendo que entrar en la aldea y luego volviendo a subir por la montaña.

Los soldados intercambiaron miradas de indecisión.

—Nuestro deber es velar por que regrese a salvo a casa.

Kagome ofreció una leve sonrisa, volviendo ya al carruaje para coger sus cosas.

—Y lo han hecho. Estoy en casa sana y salva.

—Pero…

—Gracias por su escolta. —Les dirigió una rápida reverencia a la que le correspondieron rápidamente. Mientras estaban todavía inclinados, se incorporó y empezó a caminar por la bifurcación en el camino. Para cuando los soldados se dieron cuenta de lo que había pasado, ella ya estaba sobre la colina.

En cuanto estuvieron fuera de su vista, Kagome deslizó la mano entre los pliegues más interiores de su kimono, por debajo de su grueso hanten, para asegurarse de que la colcha de Kaede seguía allí. No tenía ni idea de lo que pasaría cuando Masao se diera cuenta de que faltaba, o de si lo notaría o si le importaría siquiera, pero no tenía deseo alguno de averiguarlo. Colocándose rápidamente el traje, con la colcha cálida y segura contra su cuerpo, descendió por el camino y en dirección al bosque infinito.

Todos los árboles estaban completamente desnudos para ese punto, muertos y descubiertos en la nieve. La estación era todavía joven y no había hecho tanto frío durante el tiempo suficiente como para que el hielo gotease de las ramas, pero su aliento aun así se nublaba y caía de sus labios. Se avecinaban días más fríos. El viento sopló entre los árboles, un murmullo bajo resonó en la distancia. No fue hasta que el shinidamachū apareció de nuevo delante de ella que Kagome escuchó con la atención suficiente para darse cuenta de que no era el viento lo que estaba oyendo, sino una canción. La criatura azul proyectó un brillo inquietante sobre la nieve, entrelazándose entre los árboles desnudos con completa calma y silencio. Kagome había hecho esto antes, sabía lo que se encontraría al final de este camino. No vaciló ni un paso antes de seguir a la criatura.

Siempre era un camino nuevo, notó Kagome. Siempre venía de una dirección diferente, pero sin duda terminaba en el mismo sitio. Las ramas del Goshinboku todavía tenían su intenso tono rojo, ni una sola hoja tocaba la nieve. El crudo contraste del lúgubre bosque y el vivaz árbol sacó una brusca exhalación de los labios de Kagome, pero todavía más el espíritu que estaba sentado bajo el árbol. Una Kaede anciana, tal y como la recordaba Kagome, estaba sentada en las raíces y recostada contra el tronco, cantando y mirando hacia el toldo rojo. Cuando Kagome entró en el claro, su mirada avejentada cayó sobre ella.

—Kikyo —dijo Kaede con una sonrisa—. Esperaba que vinieras de visita.

Kagome sintió que se le desplomaba el corazón.

—Yo… Yo… no, no. Kaede, soy yo. Soy Kagome.

Kaede se rio, un estruendo cálido en su pecho.

—¿Crees que no puedo reconocer a mi propia hermana? Reconocería esa mirada fría en cualquier parte. Siempre pareces tan triste, incluso cuando estabas viva.

Kagome se encogió. No fue el hecho de que el espíritu le estuviera respondiendo lo que le llevó lágrimas a los ojos, fue la repentina comprensión de que Kaede tenía razón.

—Sí, bueno, yo… Supongo que estoy triste —respondió.

Kaede suspiró y descansó las manos en su regazo, levantando los ojos hacia el árbol.

—Deseo que encuentres paz, hermana. Me duele enormemente verte abatida, pero nunca encontrarás paz así. Debes soltar.

—¿Soltar qué? —se descubrió preguntando Kagome, fascinada por el brillo azul del shinidamachū bailando en el reflejo rojo de las hojas.

—Tus miedos —respondió la anciana mujer—. Sé que crees que debes reprimir tus emociones para sobrevivir, pero esto no es lo que te mantiene con vida. Temes lo que pasará si haces lo que sabes que es correcto, hermana. Suelta, acepta ayuda y acepta amor. No es fácil, pero es lo correcto.

Kagome se lamió los labios, de repente tenía la boca seca.

—Tengo miedo… Tengo tanto miedo, Kaede. No puedo defraudar a nadie. —Las palabras que fluyeron de su lengua ya no parecían ser solamente suyas.

—Te han cargado con tanto, Kikyo… como un pájaro enjaulado —suspiró Kaede—. Desde que éramos pequeñas. ¿Lo recuerdas, hermana? ¿Cuándo éramos pequeñas y no teníamos cargas? Kagome me recuerda tanto a cómo solías ser. —El espíritu cerró los ojos, perdiéndose en el recuerdo. Su imagen parpadeó de la de una anciana a la pequeña que Kagome vio una vez jugando con Rin y luego de vuelta otra vez.

—Kagome es ingenua —soltó Kagome. Mirando sus pies con furia, vio el dobladillo de su hakama rojo flotando sobre la nieve—. No usa la cabeza, no ve un problema hasta que es demasiado tarde.

Kaede negó con la cabeza.

—No es ingenua, Kikyo. Es espontánea. Se permite sentir. Las emociones no son tus enemigas.

—Las emociones podrían hacer que me matasen a mí y a todos los que amo —susurró la joven sacerdotisa—. Solo hace falta un descuido.

—Eso es cierto —replicó Kaede con una sabia sonrisa—. Pero las emociones también son las cosas que hacen que valga la pena vivir la vida. ¿Qué sentido tiene intentar sobrevivir cuando no hay nada que anhelar? ¿Que celebrar? ¿Que valorar?

Kagome volvió a levantar la vista hacia ella. Las dos parecían estar canturreando, sus almas vibraban en un plano que nunca antes había tocado. Alrededor de ellas, el bosque estaba quieto como si estuviera congelado en el tiempo, las hojas carmesíes del Goshinboku proyectaban un suave brillo rojo en la nieve.

—Entonces, ¿cómo arreglo esto? —preguntó Kagome—. Yo… No sé qué estoy haciendo mal.

La anciana sacerdotisa cerró los ojos, pensando en su respuesta.

—Hermana… Kagome y tú sois personas muy diferentes, pero en el fondo, vuestra alma es una. Las dos pasáis tanto tiempo intentando demostrar desesperadamente lo separadas que estáis que creo que ignoráis en cuánto sois iguales. —Kaede la miró finalmente a los ojos, que brillaban con una energía y precognición que Kagome nunca había visto en vida de la mujer—. Podríais aprender mucho la una de la otra. —Kagome contuvo la respiración mientras continuaba—. Kikyo, los errores que has cometido y las lecciones que has aprendido en esta vida son por lo que se guiará Kagome en la suya. Ella es tu futuro y tú eres su pasado. Confía en ella. Ella es el alma más vieja. De algún modo, no creo que Kagome quisiera repetir su pasado, ¿y tú?

Kagome abrió los ojos como platos. Se preguntó por un momento si Kaede sabía que era ella, después de todo.

—No… no, creo que no.

Kaede se impulsó para ponerse de pie con una elegancia que no sugería su anciana edad.

—Yo tampoco.

El shinidamachū voló delante de ella, su luz le cegó la visión y, para cuando Kagome pudo volver a ver, la aparición ya no estaba. Fuera cual fuera el trance en el que la hubieran sumido, se levantó como una neblina de su mente y la dejó despejada. Era demasiado que absorber tan rápidamente, pero de algún modo lo entendía. Dándole la espalda al claro, Kagome caminó hacia la aldea por el camino familiar.

Era de noche para cuando salió del bosque y cruzó los arrozales. Los aldeanos parecieron encantados de que hubiera regresado, preguntando por su viaje y por las historias sobre lo impresionante que era el castillo del señor Masao. Lo único que consiguió hacer fue sonreír y prometer que se lo contaría al día siguiente con la excusa de que necesitaba descansar. Con sus ojos enrojecidos, no fue difícil de creer, y ellos le dieron respetuosamente su espacio.

Más adelante, en el camino, su cabaña brillaba desde dentro: un fuego ardiente y una conversación vivaz llenaban el silencio invernal. Conteniendo las lágrimas, Kagome entró corriendo y apartó de golpe la esterilla colgante. Miroku y Sango estaban sentados con sus hijos, charlando con Rin mientras Takuya removía su comida en la olla. Jun y Kei estaban acostados y envueltos el uno alrededor del otro al lado del fuego. Toda conversación se detuvo en cuanto entró Kagome, viendo cómo se hundía sobre sus rodillas en la entrada. Todos estaban a salvo, vivos, abrigados y bañados por la misma luz roja que la del árbol sagrado.

Kagome empezó a reírse de alivio antes de que nadie pudiera preguntarle por qué estaba llorando.


—¡Me congelo! ¿Podemos parar un rato?

—Venga, sigamos. No hace tanto frío.

Shippo gimió, le castañeteaban los dientes.

—¡Estamos en mitad de una condenada ventisca! —Apenas podía ver a través de la cegadora nieve que le azotaba el rostro. Cada copo era una aguja contra su mejilla.

Inuyasha miró con furia al niño por encima del hombro.

—¿Qué cojones te dije de decir palabrotas? —soltó, poniendo los ojos en blanco cuando Shippo se quedó paralizado en su sitio, retrayéndose de miedo. Inuyasha sabía que el niño estaba cansado de viajar por la nieve, pero no podían evitarlo. Había estado mirando por encima de su hombro desde que habían salido del castillo de Masao, esperando a que sus soldados los alcanzaran. Tenían que llegar hasta Koga antes de que lo hicieran los soldados, o los demonios lobo serían masacrados… otra vez. Sus efectivos ya eran pocos. Inuyasha nunca sería capaz de dormir si dejaba que los aniquilasen. La imagen del vórtice arremolinado sobre el castillo resurgió. Negó con la cabeza—. Ya casi estamos. Puedo oler la peste de su guarida desde aquí.

—¡Eso fue lo que dijiste ayer! —se quejó el kitsune. Una fuerte ráfaga de viento casi lo derribó. Volviendo a enderezarse rápidamente, decidió que ya era suficiente. Shippo saltó al aire y, en una nube de humo, cayó sobre los renuentes brazos de Inuyasha en su forma más pequeña. Ignorando las protestas del hanyou, se arrastró dentro del pliegue de su haori—. ¡Si quieres seguir, adelante! ¡Yo me quedo aquí, donde se está abrigado!

—¡Sal, enano! —gritó Inuyasha con la mano colocada para sacar al pequeño cabrón. Sin embargo, con un movimiento de su oreja, su mano se dirigió a su espada, desenvainándola en un destello de luz justo a tiempo para defenderse contra un tajo de garras doradas. Inuyasha echó a su adversario hacia atrás, sin control alguno mientras saltaba tras él con la espada en alto. El atacante se movió en un borrón y, aunque no era ni de cerca tan rápido como sabía que lo había sido una vez, seguía siendo suficiente como para justificar precaución. Antes de que Inuyasha pudiera aterrizar, una patada certera le dio en la mandíbula y le hizo retroceder. El hanyou dio una voltereta hacia atrás y se deslizó hasta detenerse en la nieve. Metiendo la mano en su haori, tiró a Shippo a un lado.

Al fin, tenía la oportunidad de desahogarse un poco.

El borrón se lanzó hacia él, pero Inuyasha esta vez estaba preparado. Con una sonrisilla confiada, se metió bajo otra patada circular y movió su espada en un arco ascendente. El borrón se apartó del camino, pero fue incapaz de defenderse contra Inuyasha, que lo tiró del aire con el lado romo de la hoja. En cuanto aterrizó, desató el Viento cortante, creando orillas en la nieve y dejando marcas parecidas a garras en la ladera de la montaña. Inuyasha sonrió victorioso, esperando para ver a su oponente a través de los escombros que se estaban asentando, solo para sentir un puño golpeándole en un lateral de la cabeza desde atrás.

—¡¿Qué pasa, intentas matarme, chucho?!

Gruñendo por lo bajo, Inuyasha se dio la vuelta y se encontró cara a cara con el líder de los demonios lobo.

—¿No era esa la intención?

Koga gruñó.

—¿Quieres una pelea de verdad? ¡Porque por supuesto que puedo darte una!

—¡Bien! Solo estaba calentando.

Los dos jóvenes se gruñeron en la cara del otro con las frentes pegadas. En cualquier segundo, parecía como si fueran a estallar en una batalla sanguinaria, pero como si le faltara algo, Koga fue el que se enderezó. Miró alrededor de ellos con confusión.

—Un momento… ¿dónde está Kagome? —Era normalmente para este punto que la mujer estaría separándolos.

Inuyasha se limitó a poner los ojos en blanco y a envainar a Tessaiga.

—Por eso es por lo que estoy aquí.


Nota de la traductora: ¡Muchísimas gracias por los reviews y por seguir leyendo esta historia! Creo que he construido una reserva suficiente de capítulos como para asegurar que seguiré actualizando semanalmente, al menos durante las próximas tres semanas.

Quiero aprovechar la oportunidad para felicitar a Lady Minisa Bracken, puesto que hoy es su cumpleaños. Los astros se han alineado para que al final la actualización haya caído en este día, así que vengo a decirte: ¡Muy feliz cumpleaños, linda! Muchas gracias por comentar desde el primer día. La forma en la que desgranas los capítulos es maravillosa, ya lo sabes.

Sin más que añadir, estaré atenta a vuestros comentarios aunque últimamente casi no tenga tiempo de contestarlos individualmente. ¡Nos vemos el domingo 29 de enero!