Capítulo 9


—Toma.

Yona se acercó a la celda de Kija para pasarle el odre con agua y junto a ella, le dio uno de los bollos que había podido hurtar esa mañana en el comedor y un par de galletas. Kija le miró con esos azules cristalinos y le sonrió en gratitud.

—Gracias, princesa.

—No tienes que decírmelo todas las veces, Kija— le restó importancia.

Pero Kija se sacudió la cabeza efusivamente.

—Es lo menos que puedo hacer después de la ayuda que nos brinda.

Yona suspiró por lo bajo, poniéndole los ojos en blanco en broma, pero terminó sacudiendo la cabeza exasperada y sonriéndole cálidamente. Kija nunca olvidaría sus modales y buenos deseos.

Era completamente distinto, sobre todo en las primeras tentativas, a alguien que ella conocía perfectamente.

—¿Necesitas algo más? — inquirió, pero antes de que él dijera algo, su rostro se iluminó— Espera, he traído…— se puso a rebuscar en los bolsillos del abrigo que llevaba encima y una sonrisa satisfecha apareció en sus labios cuando encontró el botín— Aquí esta.

La expresión de Kija se llenó de emoción y felicidad.

—Ah, princesa, no tendrías por qué…

—No ha sido nada, dije que lo perdí y rápidamente me dieron uno nuevo— desestimó sus palabras con un movimiento de manos y le tendió el objeto en cuestión— Creí que escuchar que se había roto el último. ¿Por qué no me dijiste…?

El rubor cubrió las mejillas del peliblanco, quién se encogió ligeramente de hombros como si no supera qué decir. Iba abrir la boca, pero supo ya lo que iba a decirle, así que se le adelantó.

—Como vuelvas a decirme que hago mucho por vosotros, la próxima vez que te traiga galletas me aseguraré de meter también un grillo para que te haga una visita— le amenazó con el dedo y una ceja en alto. Ante la mirada de pánico que el muchacho le brindó, Yona rio y tendió la mano para posarla encima de la piel escamosa de la mano de él— Kija, por favor, es lo mínimo que puedo hacer y no me cuesta ningún trabajo. Si se te rompe el peine, se os descose la ropa y necesitáis cualquier cosa, decídmelo, por favor— sus ojos violáceos se oscurecieron por el sentimiento de culpa e impotencia, tan familiar para ella, y Kija leyó en ella lo que estaba pensando, en quién estaba pensando.

—Princesa, hiciste lo que pudiste— la consoló él sin rastro alguno de censura— Ninguno te culpamos de nada, ni te lo reprochamos, lo sabes, ¿verdad?

—Creo que eso es lo que más me molesta— bromeó ella, alzando ligeramente uno de sus hombros.

Escuchó a lo lejos un bufido bastante sonoro y supo inmediatamente quién era el dueño por lo que decidió ignorarlo. No era la primera vez que tenían esta conversación en los últimos seis meses, desde que Tae-Jun se marchó… para no volver.

Kija sacudió la cabeza, aunque no dijo nada más.

Le devolvió el odre con agua y ella caminó hacia la celda contigua, donde un muchacho de impresionantes ojos dorados y el cabello azulado se encontraba apoyado en cuclillas con la espalda en la pared y los brazos rodeando las rodillas. Alzó ligeramente la cabeza al verla acercarse y cuando ella le tendió el odre con una sonrisa, tardó un par de segundos en levantarse y caminar hacia ella.

Seiryuu, pensó Yona mientras el agradecía con un mudo asentimiento. Él es Seiryuu.

La primera vez que lo había visto, al igual que pasó con Kija, su respiración se había detenido por lo imponente que parecía. No había nada resaltable en su cuerpo que lo hiciera ver diferente, no como el grandioso brazo de dragón de Kija, pero aun así la princesa había sido capaz de captar una esencia rodeando al taciturno y extremadamente silencioso muchacho. El poder se arremolinaba en su interior como un torbellino rodeado por enormes paredes de cristal trasparente. Podías ver esa fuerza centrífuga moverse, pero esta era incapaz de llegar a ti.

Había intentado hacerle hablar, pero no había podido sacarle mucho más de lo que los chicos pudieron obtener en los primeros días que recuperó la conciencia. Ella intentaba no molestarle mucho, no ser muy pesada, pero la espinita que más le dolía con respecto a él era el que no le dijera su nombre. El no saberlo.

En un mundo tan… hostil y sombrío como eran aquellas mazmorras, Yona atesoraba cada atisbo de humanidad.

—Toma, para ti también he traído galletas, aunque estas son de miel— se inclinó más cerca de los barrotes en una tonta actitud de confidencia— Quedaban pocas y sé que son tus favoritas— le guiñó el ojo con una sonrisa.

El muchacho no sonrió, nunca lo había hecho por más que ella se había esforzado, pero Yona sí notó cómo su cuerpo se relajaba y sus ojos, siempre atentos, se clareaban como si estuvieran hecho de oro puro. Yona se sintió satisfecha sabiendo que no le era indiferente y cualquier mínima respuesta que le diera lo tomaría como una batalla vencida.

De pronto, sintió un tirón en los bajos de sus faldas y la muchacha no necesitó mirar para saber lo que era. Con una sonrisa, se agachó y dejó que la ardilla, la cual se había enterado de que se llamaba Ao, escalara por su brazo hasta quedarse en su lugar favorito.

—No creas que me he olvidado de ti, Ao— susurró la muchacha acariciándole la barriguita y le dio un par de nueces que se sacó del bolsillo. La ardillita, con su botín en mano -o patas en este caso-, se acurrucó entre el hueco de su cuello y la espesa cabellera pelirroja mientras degustaba el regalo.

Con el odre de vuelta en sus manos y con Seiryuu en su lugar de costumbre, Yona suspiró mientras se dirigía hacia la última estancia que le quedaba. Ignoró el tirón que hubo en su corazón, el ligero tembleque de sus piernas, cuando se encontró a Hak aferrándose a las barras de metal con calma, una actitud que contrastaba por completo con la oscuridad que se arremolinaba en sus ojos.

Una oscuridad que llevaba meses con él, exactamente desde la noche en la que ella bajó y le contó la verdad. La noche en la que él le juró venganza.

—No deberías estar aquí.

Yona lo observó con los ojos entornados.

—Me suena esa frase. En realidad, hacía tiempo que no me la dedicabas. Creí que por fin habías pasado página.

Él le correspondió la mirada sin cambiar su actitud.

—Es peligroso que estés con nosotros.

—Hak, llevo viniendo por cuatro años y nunca me ha pasado nada. Tranquilízate de una vez. Toma, bebe.

Hizo caso omiso al odre que le tendía.

—¿Y qué pasará en el momento en el que te pillen? Te recuerdo que aún quedan dos dragones allí fuera.

Dos.

Qué él mencionara indirectamente que no era uno de ellos, que, efectivamente, como ella había temido, todo había sido un maldito juego del destino, se sintió como si le hubieran clavado una lanza en el pecho para después tirar de ella y así llevarse consigo su corazón de cuajo. Aún recordaba sentir la sorpresa, la ira, la indignación recorrerle cuando le contaron cómo los cuerpos de Kija y Seiryuu reaccionaron al otro, así como no había pasado con Hak.

Sin embargo, no era momento decirlo. Quizás después. Otro tema, bastante más importante y trillado, era el que acaparaba por completo su atención.

—¿Y qué pretendes? ¿Que me vaya? ¿Que me olvide de vosotros? ¿Que ya no vuelva más? — le increpó intentando controlar el volumen de su voz, aunque le estaba costando bastante. Sabía las razones que había detrás de la actitud de Hak, pero que quisiera apartarla de esa manera después del tiempo que llevaban conociéndose, de todo lo que habían vivido juntos, le dolía más de lo que le hubiera gustado admitir y, sobre todo, mostrarle a él— Lo siento, pero me conoces. Si no tiré la toalla al principio cuando estabas siendo un idiota conmigo, ignorándome completamente… si no lo hice hace medio año cuando me lo jugaba todo, no voy a hacerlo ahora.

Los labios de Hak se tensaron y sus ojos se entrecerraron. Aunque no dijo nada, Yona sabía que su cabeza iba a toda velocidad, pensando una réplica certera para callarla; ese juego al que llevaban años jugando.

—Hak tiene razón, princesa Yona— exclamó de pronto la voz de Kija— Entendemos que te preocupes por nosotros, pero entiéndenos a nosotros también. Cuanto más tiempo pases con nosotros, mayor será el peligro para ti.

—Tú también no, por favor— gimió Yona— Estáis encerrados injustamente y ya que no puedo ayudaros a ser libres, esto es lo mínimo que puedo hacer por vosotros.

—Tú no debes hacer nada— espetó Hak entre dientes—, no seas tozuda.

—Lo seré, Hak, porque así lo siento. Y no me haréis cambiar de opinión, lo siento— se encaró a él con la barbilla en alto, sin mostrar ni un atisbo de vacilación— Quiero hacerlo. No puedes pedirme que me vaya y os deje, no mandas sobre mí o mis sentimientos, te lo he dicho. ¿Qué crees que pasará si salgo por esa puerta prometiendo no volver? Sí, estaré más "segura" como tú dices, pero por dentro estaré muy, muy angustiada por vosotros; triste porque soy incapaz de haceros esto un poco más llevadero y furiosa conmigo misma por estar disfrutando de muchas de las cosas de las que estáis privados. ¿Qué pasó durante los días que no he podido bajar? ¿Te recuerdo cuando me enfermé hace años? ¿O cuando mi padre me tuvo encerrada por las noches en mi habitación? Lo he vivido en mis carnes, sé cómo se siente. Así que, métetelo en la cabeza: por más que me lo pidas, no lo haré.

Hak le sostuvo la mirada en silencio por lo que pareció una eternidad, sus ojos parecían el bravío mar en medio de una tormenta debido a la cantidad de sentimientos que le acongojaban por dentro, pero ella no se dejó intimidar. Aunque el corazón le iba a mil por hora y las piernas no dejaban de temblarle, Yona se mantuvo firme en su decisión. Desde los once años y medio que lo conoció hasta ahora, a pocos meses de sus dieciséis cumpleaños, no había flaqueado ni una vez en su decisión, y por más trabas que el destino había puesto en su camino, ella todavía estaba dispuesta a todo y más por ayudarles, sin importarle lo mucho que él pudiera cabrearse.

Los segundos pasaron, tenso y dilatados, hasta que un gruñido repentino escapó de los labios del muchacho. Yona supo que, una vez más, había ganado una batalla, aunque, por supuesto, no la guerra.

Una petulante sonrisa se formó en sus labios.

—Estás loca— terminó mascullando él entre dientes, llevándose una mano al cabello y sacudiendo la cabeza.

—Tan maleducado como siempre.

Hak la miró con los párpados entrecerrados y no supo qué fue lo que lo ocasionó, pero la tensión que reflejaba su expresión poco a poco fue desapareciendo hasta que acabó por poner los ojos en blanco. Se acercó hacia la verja, las cadenas tintinearon con el movimiento, y sacó la mano entre los barrotes en una muda exigencia.

—Ahora no debería dártela— Yona arqueó una ceja hacia él, sonriéndole pícara— ¿No era que no querías nada de mí, que debería irme?

—Venga ya, princesa.

Siendo imposible eliminar su sonrisa, sacudió la cabeza y mostró una cantidad exagerada de exasperación cuando se la pasó. Él, el muy… descarado, le guiñó el ojo cuando la tuvo entre sus manos.

—Nunca entenderé a los hombres— murmuró Yona acariciando la cabecita de Ao en un tono que era imposible que Hak no hubiera escuchado.

La risa baja de él fue la mejor recompensa que pudo obtener, hacía mucho tiempo que no la oía, y Yona luchó contra el cosquilleo que se asentó en su estómago. Maldito cuerpo que reaccionaba de forma rara cuando de Hak se trataba. ¡No era el momento ni la situación!

Hak le pasó el recipiente vacío y aceptó de buen gusto el bollo y las galletas que ella le tendió, y mientras él se las comía en silencio, Yona se apoyó a su lado de espalda a la reja, con ambas manos tras la cintura. Durante un rato, nadie dijo nada y Yona se sintió más tranquila cuando escuchó la apacible respiración de los dos muchachos, quienes debían haberse quedado dormido a esas horas de la madrugada. Ella debería estar haciendo lo mismo, sentía el cuerpo cansado, pero la cabeza, por otro lado, era un hervidero de pensamientos y se notaba más despierta que nunca.

De pronto, percibió como Hak se acomodaba junto a ella solo que... bueno, al otro lado de la verja. Ao se removió en su hombro y con ello, notó el brazo de Hak a poca distancia, así que, aunque no estaba mirado, estaba segura de que Hak debía estar jugueteando con la ardilla.

Yona suspiró audiblemente, sintiendo un cosquilleo ascenderle por la nuca.

—Quedan dos— murmuró Yona en algún momento.

Hak se tensó, pero no se alejó como ella había previsto que haría, sino que tan solo murmuró un «ajá» bajo.

No quería oírlo ni decirlo, sí, porque eso lo hacía todo más real y más difuso, pero era inevitable pensar en eso, en la situación en la que se encontraban, en lo que el futuro les depararía, en las consecuencias de todo ese embrollo…

Después de que Hakuryuu hubiera reaccionado a la presencia de Seiryuu, la idea de que Hak fuera un dragón había quedado descartada por completo. Los dragones de la leyenda -o sus descendientes en este caso- sí sabían cuando estaban ante un hermano, y si no había pasado nada cuando el primer dragón fue apresado y encerrado allí…

Todo había sido una equivocación.

Hak llevaba allí encerrado por más de cuatro años por un mald- error.

Por supuesto, eso no significaba que los otros al serlo lo merecieran, pero… Yona se sentía muy enfurecida con el mundo y consigo misma por no poder hacer nada por ayudarlo, ayudarles. Por sentirse, una vez más, atadas de pies y manos entre los muros de su hogar. Por no poder hacer más que irlo a ver por las noches y hacerle compañía.

¡Cómo si eso fuese a solucionarle algo!

—¿Qué crees que pasará cuando se reúnan los cuatro? — decidió centrarse en el presente y dejar el fustigamiento mental para cuando estuviese sola durante el día, como venía siendo una costumbre.

—No lo sé, princesa. Pero, piénsalo, ni siquiera es seguro que vayan a conseguirlo. Según el albino, los que quedan son Ouryuu, que no tiene nada que lo identifique como tal, y Ryokuryuu, cuyo poder está en sus piernas, al parecer. Debería ser escurridizo, tendría que serlo.

No sabía qué le causaba más angustia, si el pensamiento de que esta situación tuviera un fin que no sabían cómo de malo podía ser o que nunca lo tuviera y esto se alargara eternamente.

—Eh, princesa— musitó Hak cuando advirtió la expresión decaída y angustiada de la muchacha— No tiene sentido preocuparse por el futuro. Lo sea que venga, llegará algún día, queramos o no.

—No suena muy esperanzador— respondió ella compungida, pasando las manos por sus mejillas para asegurarse de que no se le habían escapado las lágrimas.

De pronto, sintió un roce en su mentón y el corazón de Yona se detuvo cuando los dedos de él la hicieron alzar la cabeza para que sus ojos se encontrasen. Su mano se sentía tan cálida y sus ojos eran tan profundos…

Yona deseó que él la abrazase de nuevo, porque cuando había estado en sus brazos todo lo malo había desaparecido por un pequeño instante. A lo mejor, debería ponerse en huelga infinita con el mundo exterior y quedarse encerrado con él.

—Para esto estás tú aquí, princesa. Para traer alegría y vida a este lúgubre lugar.

—Hak…

—Sé que te dije antes que no deberías aquí— lentamente, subió su mano hasta pasar un mechón de su cabello por detrás de la oreja y Yona contuvo la respiración— Mierda, sé que no he dejado de repetírtelo todos estos años. Pero yo… Sabes lo que pienso acerca de eso y no voy a retractarme de todas las veces que te he llamado ingenua y temeraria… Sin embargo, eso no quita la valentía de tus acciones y… nunca te lo he agradecido. Nunca te he dado las gracias por todo lo que has hecho estos años por nosotros… por mí… Todo lo que estabas dispuesta a hacer… — su expresión se suavizó como un cálido día de verano e incluso una tierna y deslumbrante sonrisa se formó en sus labios— No sé qué hubiera sido de mí todo este tiempo si aquel primer día me hubieras hecho caso y te hubieras largado y olvidado de mí.

¿Podía un corazón explotar de lo rápido de que iba? ¿De lo loco que se había vuelto su bombeo? ¿De lo grande que parecía haberse hecho de pronto? ¿Podía un estómago desintegrarse por las intensas cosquillas que lo asaltaban?

—S-sabes que soy de-demasiado ca-cabezota— murmuró con la mente ida, perdida en la intensidad de su mirada.

La mano de él viajó hacia su mejilla para darle una caricia. La miraba como si hasta ese momento no se hubiera dado cuenta de quién era ella.

—Y todos los días agradezco que así sea.

Yona cerró los ojos, incapaz de contener el aluvión de sentimientos que la asaltó en ese momento, y sus dedos picaron por tocarlo. Por acercarlo a ella, acortar la distancia que los separaba, y refugiarse en su calor y su fortaleza, en el único lugar del castillo que ella consideraba su hogar.

—Llevo años en una noche eterna, sin poder ver la luna y las estrellas. Pero nunca las he echado en falta, ¿sabes por qué?

—¿Por qué? — exhaló ella en un trémulo susurro.

—Porque te tengo junto a mí.

Y entonces la besó. Tan solo fue un mero roce de labios, la caricia de un soplo de viento sobre su piel, pero Yona sintió como su corazón amenazaba con estallar en el pecho mientras se aferraba con fuerzas a las barras de metal, temiendo caerse de bruces por ser incapaz sus piernas de sostenerla.

Porque él la había besado.

Hak se separó lentamente, sus ojos llenos de incertidumbre cuando se anclaron en los de ella, y carraspeó ligeramente.

—Princesa…

—Hazlo otra vez— había escapado de sus labios antes de tan siquiera pensarlo.

Sintió sus mejillas ruborizarse por la súbita vergüenza que la inundó y durante un solo segundo, pensó que lo había soñado. Pero él la miró a los ojos, con el sonrojo también en sus pómulos, y curvando sus labios suavemente, pasó una de sus manos por el cuello de ella y la instó a acercarse.

Esta vez, sus labios se posaron en la piel expuesta de su frente.

La decepción y el deseo se arremolinó en el estómago de la muchacha en forma de nudo.

—Deberías volver a tu habitación, es muy tarde.

—Pero…—alzó la cabeza, confundida, abrumada.

—Por favor— la miró y Yona también leyó en su expresión lo desconcertado y perdido que se encontraba por lo sucedido.

Yona asintió, con su cuerpo moviéndose un poco por instinto, pues su mente se encontraba a mil kilómetros de allí, y dio un paso hacia atrás. Después dio otro. Sus ojos no se separaron del otro en ningún momento.

—Volveré— susurró ella.

Por primera vez en muchísimo tiempo, él no le soltó ninguna réplica mordaz y austera. Asintió, serio, tenso, y Yona se dio la vuelta para correr lejos de allí. Porque aunque Hak había intentado mostrarse calmado con la situación, la tormenta en sus ojos se había incrementado. Se había transformado en un tsunami que amenazaba con arrastrarla hasta el abismo que era él.

Y solo por un segundo, Yona tuvo el deseo de dejarse arrastrar sin oponer ninguna resistencia.

·

—Yona, hija.

—Dime, padre— alzó la mirada y parpadeó en su dirección para volver a la realidad después de haber estado perdida por completo en sus pensamientos.

—Mañana debo ausentarme de palacio; debo reunirme con las demás Tribus para conocer al nuevo Jefe de la Tribu del Aire.

El corazón de la muchacha se detuvo por un instante.

—¿Ha pasado…?

—Nada trágico, querida— Yona sintió como si le hubieran quitado un gran peso de encima y se relajó en el sitio, ganándose una curiosa mirada por parte de su padre. Yona juró en su cabeza, aunque intentó aparentar la mayor calma posible. Su padre prosiguió con la explicación—: El viejo Mundok se jubila antes de tiempo y ha nombrado a su sucesor.

Yona pensó en Mundok, en ese hombre de aspecto feroz y sonrisa astuta, y también pensó en Hak, en la figura paterna que ese hombre representaba para él, en todo lo que había perdido. Y sintió que su corazón se desangraba.

—¿Estarás mucho fuera? — habló con calma.

—No más de tres días.

—Entendido.

Escuchó el frusfrús de la parte baja de la túnica de su padre arrastrarse detrás de ella. Lo imaginó yéndose del comedor, como cada día, para dirigirse a sus quehaceres de monarca. Se lo imaginó, al día siguiente, traspasando las puertas mientras lo observaba desde el balcón y una nueva oportunidad era arrancada de sus manos.

Se imaginó la cara que pondría Hak al decirle las nuevas, y el dolor anidado en su pecho que a veces escocía, en ocasiones como esas, le hizo soltar:

—Llévame contigo.

Los pasos de su padre se detuvieron y Yona no necesitó girarse para saber que estaba mirándola sorprendida. Sentía el peso de su mirada en la nuca.

Porque ella, jamás, lo había encarado de esa manera. Jamás le había pedido a la cara salir, ni le había reprochado que la tuviera en su jaula dorada.

—¿Cómo?

—Pronto cumpliré dieciséis años, padre— su voz sonó más segura de lo que ella creía, y tuvo deseos de sonreír, a pesar de que no era el mejor momento para ello— Y como la princesa que soy, como tu hija y sucesora, creo que es el momento de conocer mi reino y mi gente, padre.

Todo se veía tan claro a sus ojos y por primera vez en mucho tiempo, la esperanza empezaba a enraizarse en su pecho.

Esta es la oportunidad que no puedo desaprovechar. Esta vez no. Es ahora o nunca.

—Cariño, todavía eres demasiado joven…

—¿Para qué? — lo cortó abruptamente con más fuerza de la que debería haber usado, e ignoró la mirada sorprendida que él le dedicó— ¿Qué te estoy pidiendo, padre, que creas que no pueda soportar? No pido estar en una de tus reuniones política, o poder tomar mando en alguna decisión importante de Kouka… yo solo quiero…— tragó saliva, sosteniéndole la mirada. Ahora no podía dudar— Algún día me convertiré en la reina y creo que es el momento que vaya tomándolo en cuenta, que vaya formándome. Solo quiero conocer a los hombres que, con el tiempo, me apoyarán en mi reinado; al pueblo que es mi deber cuidar y proteger.

Nunca había pensado mucho en su papel en la historia y política de Kouka, honestamente. Había nacido como una princesa, sí, pero encerrada entre esos muros, con la protección firme de su padre, no le dio muchas vueltas a lo que el futuro le deparaba. Con solo quince primaveras, todo era demasiado difuso y lejano como para preocuparse. Además, su mente y su completa atención se encontraba en lugar exacto del castillo, en ellos, en él.

Pero, pese a que se sentía un poco culpable por jugar de esa manera con su padre y pueblo, por usarlos a ellos y su posición a su antojo, no dudó en reclamarlo como tal, con total convencimiento de la causa.

Si para salvar a Hak y los demás, mañana mismo debía coronarse como reina, no lo dudaría ni un instante.

Vio la clara oposición de su padre en sus ojos. No le gustaba la idea, no cedería, y Yona luchó porque la desesperación no la llevara por delante.

—¿Por qué no me haces una fiesta, padre? — soltó, de pronto, con la idea formándose rápidamente en su cabeza.

—¿Una fiesta? — su propuesta la había cogido con la guardia baja.

—Sí, por mi cumpleaños. Podríamos hacerlo… no sé, ¿como una presentación en sociedad? — dudó, intentando no parecer muy desesperada— Invita a los altos rangos, los que tú creas oportunos.

Yona supo lo que estaba pasando por la cabeza de su padre gracias a la mueca que se instaló en sus labios. Estaba pensando lo mismo que pensó ella al instante que las palabras salieron de su boca y aunque sabía que la idea no era la más acertada, ciertamente, no pensaba recular ahora.

—No lo creo conveniente, hija— murmuró— Recuerda lo que pasó la última vez.

El asunto de Tae-Jun todavía no se había resuelto del todo y él no había vuelto a pisar los pasillos del castillo desde que se marchó la última vez.

—Tú solo…— dale tiempo, no lo presiones, se dijo— Tú solo piénsalo, ¿vale? Me harías muy feliz porque significaría un pequeño paso más en mi formación para ser la futura reina, padre. Creo que es el momento que tome conciencia de mi lugar.

Él no respondió. Tenía el rostro pensativo, positivamente reflexivo, cuando Yona pasó por su lado y traspasó la puerta del comedor.

La esperanza, aquella compañera escurridiza y salvaje que no dejaba de visitarla y desaparecer, había aparecido con contundencia y esta vez había tomado una forma concreta: su dieciséis cumpleaños.


¿Queda alguien por ahí? *llora*

Si es así, prometo que traeré el resto de la historia en estas semanas. ¡Perdón por este hiatus!