Di varias vueltas alrededor del C.G., con el objetivo de encontrar a Ezarel bien fijo en mi mente. Estaba empezando a angustiarme cuando divisé a través de una ventana una hiperactiva cabellera azul dando enormes saltos por el jardín de la música. Solté un gritito de alivio. Era él. Y parecía estar solo.

Salí despavorida, agradeciendo a todos los misericordiosos dioses del juego que el elfo no estuviese con nadie más que pudiera percatarse de su estrafalario estado de ánimo.

—¡Hola, Ez!— me acerqué con la poción escondida en mi espalda. Casi me da un infarto cuando un veloz cuchillo volador pasó rozando mi mejilla, clavándose como si de un dardo se tratase en el tronco de un árbol.

—¿¡Qué %$/%&…!?

Abrí la boca, estupefacta. Ezarel no estaba solo, para mi desgracia. Ante mí, Leiftan, el sonriente y simpatiquísimo Leiftan, estaba blandiendo una enorme espada tres veces más grande que él, con la que parecía que estaba tratando de desmenuzar al pobre Ezarel, el cual saltaba de alegría esquivando todos y cada uno de los espadazos, totalmente ajeno al peligro que tenía de convertirse en un pincho moruno.

—Leiftan…¿qué estas…?

El rubio se detuvo en seco al advertir mi presencia. Puso una extraña mueca de sorpresa, antes de tratar de ocultar inútilmente el gigantesco sable tras su espalda, algo que obviamente no logró, ya que sobresalía medio metro por encima de su cabeza. Le miré, desconfiada, mientras él me dirigía una de sus cálidas e inocentes sonrisas.

—Nada, solo estábamos entrenando.

—Ja,ja,ja,ja—reía Ezarel, a lo suyo—Ha dicho que iba a matarm…

Antes de que pudiese terminar la frase, Leiftan tapó su boca con la mano, impidiéndole articular palabra.

—¡Qué bromista que eres, eh granujilla!—exclamó con un deje de histeria, agarrando al elfo de la cabeza y revoloteándole el pelo, a modo de broma. O al menos eso me pareció.

Me mordí el labio inferior, ligeramente preocupada.

—Leiftan…sé que la he liado un poquitín con lo del Red Bull ese…¡pero ya he hecho el antídoto! ¡Puedo contrarrestar los efectos de la poción! De verdad que siento mucho que Ezarel haya actuado tan raro, pero según el libro "Alquimia para ineptos. Tomo I", no debería recordar nada de lo que ha pasado cuando se tome el antídoto, así que…

—¿Eh? ¿Qué poción?—me preguntó, soltando al fin al pobre elfo, el cual tenía la cara casi tan azul como su pelo por la falta de oxígeno, todo culpa del potente agarre del rubio. Le miré extrañada. ¿Acaso Leif no sabía nada de mi metedura de pata? Antes de que pudiese preguntarle nada, comenzó a balbucear:

—Aah claro claro…y no va a recordar nada…sí,sí….estupendo…todo claro…sí….

Le miré extrañada.

—¿No estás enfadado conmigo?—inquirí.

—Que va, que va…tú dale el brebaje ese y santas pascuas…todo olvidado.

Me encogí de hombros. Leiftan estaba actuando bastante raro, pero la verdad es que me daba completamente igual, como si le prendía fuego a la sala del cristal. Yo solo quería recuperar a mi Ezarel de siempre.

—Toma, Ez…bébete esto—le aproximé el antídoto, pero estaba tan ocupado tratando de volver a respirar con normalidad, que no me quedó otra opción que darle yo misma la pócima.

Los ojos de Ezarel se volvieron blancos, mientras le salían espumarajos por la boca, y se contraía en una postura completamente antinatural. Me aparté, asustada, mientras repasaba mentalmente el procedimiento del antídoto, acojonada por si había vuelto a cometer algún error.

—JÍAAA,JUU,JIAA, JO,JUÍ,JUÍ—reía Ezarel.

Le dediqué una mirada a Leiftan que suplicaba ayuda, pero él permanecía como si nada, jugando con sus trencitas. Cuando se percató de que lo observaba, me dedicó una sonrisa ¿coqueta? Sacudí la cabeza. ¿En qué demonios estaba pensando? Leiftan sería incapaz de tirarme los trastos en una situación así, seguramente solo quería tranquilizarme, darme a entender que aquel dantesco numerito era algo normal.

Por lo menos, las dementes carcajadas se parecían bastante a las que soltó cuando se tomó el Red Bull Eldaryano. Traté de respirar hondo.

Cuando al fin Ezarel paró de reírse como un loco y de convulsionarse, se desplomó en el suelo, en aparente estado de inconsciencia. Iba a acercarme a él cuando se levantó, llevándose las manos a la cabeza.

—Vaya dolor de cabeza…—protestó—, me siento cómo si tuviera la peor resaca de mi vida…

—¡EZAREL!

Me lancé feliz a sus brazos, este enarcó una ceja, sorprendido por mi impulso, antes de tratar de apartarme.

—Suelta ya, que te emocionas mucho—bufó, tan borde como siempre— ¿Qué demonios hago aquí? ¿No estaba en la enfermería?

—Eh…bueno…—tragué saliva sonoramente, miré de soslayo a Leiftan, tratando de buscar apoyo de nuevo, pero este observaba a Ezarel con el ceño fruncido.

—¿Te apetece tomar algo luego, Gardi?—me preguntó, como si nada.

—Esto…yo…

—¿Vas a quedar con Leiftan?—Ezarel me clavó los ojos con evidente disgusto.

—No,no—me apresuré a responder. Una parte de mí se relajó al ver la facilidad con la que se había obviado el tema de la extraña poción. Una vez más, gracias Leiftan—. Yo quiero estar contigo, ahora que al fin estas bien…

Mis palabras dejaron a Ezarel y Leiftan pasmados. El segundo fingió estar molesto, o al menos eso me pareció. Leiftan era un estupendo actor, le agradecí internamente que se tomase tantas molestias por mí. Fingir que le interesaba para provocar a Ezarel, y que se le olvidase el enfado….Sí, Leif era el mejor amigo que podía tener, sin ninguna duda.

—Bueno, pues si cambias de idea, ya sabes dónde encontrarme—dijo mientras hacía el gesto de un teléfono. Me pregunté como sabía hacer aquella señal, teniendo en cuenta que en Eldarya no se habían inventado esos dispositivos.

Sin añadir nada más, se esfumó.

—Qué pesado está…Bueno, Gardienne, ¿podrías explicarme qué narices estoy haciendo aquí?

Me revolví, incómoda. Procedí a relatarle todo lo ocurrido, desde mi patético intento alterando el desagradable sabor de la poción hasta todos los lugares por los que lo había perseguido para vigilarlo. En un supremo alarde de altruismo, obvié la estúpida y esnob reacción de Miiko. Observé con inquietud como sus cejas se movían de arriba abajo conforme iba narrándole los hechos. Sé que tuvo que hacer un esfuerzo inhumano para no matarme allí mismo, o al menos soltarme la parrafada más hiriente que jamás hubiese podido oír en mi vida. Me disculpé reiteradas veces, pero él se mantuvo en silencio.

—¿Dónde dices que está mi camiseta?—dijo al fin.

—En la playa…yo misma te la traeré….Ezarel, de verdad que lo siento muchísimo, yo…yo solo…

Se dio la vuelta sin responderme nada. Tras unos instantes más de agónico silencio, decidí ir a la playa a buscar su camiseta. Una vez devuelta, se vistió sin dirigirme la palabra y comenzó a andar hacia el C.G. Le seguí, dubitativa. No me ha pedido que le deje solo, así que….

—Déjame solo un rato, Gardienne.

Ups.

—Sí claro…lo que me pidas…yo...—iba a disculparme nuevamente, cuando apareció Ykhar. Juro que nunca en mi vida me había alegrado tanto de verla.

—¡Hombre! ¡Los descarados tortolitos! ¿¡Ya habéis acabado de hacer guarrerías!?

La contemplé estupefacta. ¿A que narices se refería con eso? Miré a Ezarel de soslayo, seguía tan traumatizado que ni siquiera era capaz de hablar. Menuda había liado…

—No estamos liados, Ykhar, no sé a que viene eso. Además, no es buen mom…

—¡Vaya! ¿Habéis hablado con Miiko? Kero y yo no queríamos delataros, pero es que no os cortabais un pelo….Y, bueno, hay niños pequeños en el C.G., así que no nos parecía apropiado dejar que fueseis diciendo esas cosas por ahí tan alegremente…por eso Kero lo dijo…yo lo apoyé…no quería que comiera él solo todo el ma…

—Un momento—la interrumpí, sospechando, con acierto, que si no lo hacía no se callaría nunca—¿De qué estás hablando, Ykhar? Ez y yo no…ejem…no nos hemos…enrrollado..ni nada así…—me ruboricé al pronunciar las últimas palabras. No podía evitarlo. El elfo, por su parte, seguía sin mirarme siquiera.

—¿Cómo? Pero si Ezarel dijo que…

—Estaba bajo los efectos de una poción, Ykhar. No era yo mismo, es más, ni siquiera recuerdo lo que sucedió.

—¿Una poción? ¿Qué poción?

—Espera, ¿Ezarel de verdad dijo exactamente eso?—me extrañaba bastante que el Sport Ezarel hubiese soltado algo así. O al menos eso esperaba. Si en su modo vigorexia estaba dispuesto a, bueno, lo que sea que esté hablando Ykhar, dios sabe que jamás me perdonaría haber desaprovechado semejante oportunidad.

—Bueno…—dijo la brownie haciendo memoria—, la verdad es que dijo que te estaba buscando para quemar calorías…y ¡oh! Nosotras pensamos que era en un sentido…verde…¡Lo siento, vaya!—observé como la pobre se ponía colorada y cruzaba las manos con nerviosismo.

—Tranquila….un malentendido lo tiene cualquiera…—la consolé, más para mi misma que para otra cosa.

—Entonces, ¿todo el C.G. cree que estoy liado con Gardienne?—intervino Ezarel, haciéndome sentir más miserable.

—¡No,no! Solo os vimos Alajea y yo, pero estaba por ahí jugando con un familiar, así que dudo que haya tenido tiempo para cotillear. Ahora mismo la busco y le aclaro el asunto, no os preocupéis. Y, bueno, Kero, Leif y Miiko…pero dudo que alguno de ellos lo haya difundido por ahí…si habláis con ellos seguro que podéis solucionarlo.

—¡Yo me encargo!—me ofrecí, dispuesta a salvar la reputación de mi querido elfo y, de paso, arreglar el "terrible" malentendido. Gruñí para mis adentros. Ya podría ser verdad…

Ezarel continuó el resto del camino sin hablarme ni mirarme, cuando llego al C.G. se fue directo a su habitación. Me dio todo el bajón. Solo tenía ganas de llorar, pero no quería encerrarme en mi cuarto, así que busqué a Leiftan y Kero y solucioné el meollo. El primero sonrió con suficiencia, y se ofreció a llevarme a tomar algo para olvidar las penas, y lo que surgiera. Me reí. Que majo Leiftan, siempre intentando animarme. Decliné su propuesta, y lo cierto es que hasta se me olvidó darle las gracias por el numerito que había improvisado en el jardín de la música, pero bueno, es Leiftan, seguro que no me guarda rencor, por mucho que lo plante en su cara, con lo súper bueno y considerado que es. Kero, por su parte, se sintió aliviado de que no fuésemos unos exhibicionistas, y me consoló por la reacción de Ezarel, argumentando que tarde o temprano se le pasaría.

Decidí pasar el resto de la tarde en la enfermería, atendiendo pacientes. Eweleïn no estaba, y lo agradecí, ya que hubiera averiguado que me pasaba algo nada más verme la cara, y no me hubiera dejado hasta que se lo contase todo.

Cuando estaba terminando de recogerlo todo para irme, oí como la puerta se abría a mis espaldas.

—Gardienne…

Esa voz.

—Ezarel…

—¿Has hablado con los demás?

—Sí, Kero y Leif no van a decir nada…a la única que no he podido encontrar ha sido a Miiko, pero no creo que difunda nada…

En ese instante, sonrió. Pero no era una sonrisa sin más, era esa sonrisa suya de burla que tanto lo caracterizaba, y que tanto me encantaba. Motores rugen al cielo.

—¿Sigues enfadado?—inquirí, mientras una sonrisa de dibujaba en mi rostro, sin poderlo evitar.

—Sí, y lo seguiré estando hasta el final de mis días…—su sonrisa de ensanchó aún más—, pero teniendo en cuenta que casi nadie se va a enterar, y que por mi culpa…bueno…ya sabes…—su sonrisa se esfumó—te ha olvidado toda tu familia….

—Ah, eso—Es verdad. Por alguna extraña razón, una poderosa, inexorable e ineludible fuerza sobrenatural me forzaba a olvidarme de un asunto que a cualquiera le hubiera hecho empaquetar las maletas y ponerse a hacer autostop por el bosque para huir de aquel cuartel de locos egoístas, eso sino eres una persona agresiva, en tal caso te hubieras liado a golpes con medio Eel y probablemente hubieses provocado una hecatombe de medidas considerables. Pero no, por algún inquietante motivo, supongo que por necesidades de la trama, no me costaba ningún esfuerzo perdonar semejante barbarie y seguir sin más con mi vida en aquel fascinante mundo.

Me encogí de hombros.

—Tampoco voy a estar enfadada siempre, no soy una rencorosa—resolví como si el asunto no fuese grave en absoluto.

—Gardienne…tú…eres demasiado buena…

—Lo soy—me jacté orgullosa, como si tuviese algún mérito en aquel irrisorio proceso de perdón—.Y una persona tan bondadosa como yo…merece ser perdonada…¿no?

—Ja,ja,ja. Ni lo sueñes.

—Pero bueno, ¿¡cómo puedes tener tan poca vergüenza!?

—Es broma, créeme, el daño que ha podido hacer tu poción no tiene nada que ver con el que te hice yo…¿Te parece si vamos a tu habitación, para, bueno, hablar en privado de todo esto? Me gustaría saber con pelos y señales todos los ejercicios que he hecho, básicamente por si mañana voy a tener agujetas hasta en las pestañas.

Sonreí, muerta de felicidad por dentro. Ay, quería llevarme a mi habitación. Y para hablar en privado. No te hagas ilusiones, cabeza de chorlito, no vas a liarte con él. Sacudí la cabeza. Es verdad, tenía que ser realista.

—Sí claro, vamos.

Nos encaminamos hacia mi cuarto en silencio. Pero este no era un silencio incómodo. Mi corazón estaba a punto de estallar.

Apenas había empezado a abrir la puerta, cuando un sonoro latigazo me hizo pegar un brinco.

—¡AL FIN OS DIGNÁIS A VENIR, ESCLAVOS! ¡LLEVO CASI TRES HORAS ESPERANDO!

Levanté la vista. Si ya creía que había cubierto mi cupo de cosas espeluznantes aquel día, me equivocaba de cabo a rabo. Ante mí, subida encima de mi cama, ataviada con unas enormes botas de charol negras, un ajustado top con pinchos, unas medias con liguero de rejilla, una minifalda de cuero y un antifaz también negro, estaba Miiko, sosteniendo un imponente látigo, con el cual había dado el azote previo; con la otra mano, coronando el gótico outfit, agarraba una fusta rosa con suaves pelitos con purpurina.

—…—dijo Ezarel.

Yo intenté decir algo también, pero no me salió ni una sola palabra.

—¡Accedo a formar parte de vuestro perverso juego!—sentenció, ignorando nuestro estupor—¡PERO LO HAREMOS A MI MANERA! ¡Para que luego digáis que no me preocupo por la gente de Eel!

De un enorme salto, bajó de mi cama. Me maravillé porque no hubiese perdido el equilibro con esas pedazo de botas de tacón. Yo seguramente me habría partido la crisma. La contemplé con renovado respeto, aunque seguía preguntándome que demonios hacia en mi habitación llamándonos esclavos vestida como una fanática del rock.

O no. Volví a fijar mi atención en la fusta. No era una amante de músicas oscuras, estaba vestida de…

—¿¡Qué demonios haces en la habitación de Gardienne disfrazada de reina del sadomaso!?

—Si queréis que hagamos esto, a partir de ahora tendréis que llamarme ama.

—Ah…ug…¿cómo?—Ezarel tenía la boca tan abierta que le habría cabido un Beriflore entero.

—Uf, de verdad, me vais a hacer salirme del papel…Mira, elfito, mi churra me dijo que me necesitabas porque eras un insaciable, así que haced el favor de poneros esas cosas de ahí—señaló una especie de tangas rojos y unas mordazas que había sobre uno de mis muebles—, y acabemos con esto rápido,¡ que tampoco lo hago con gusto!

No sé si fueron los nervios, el estrés de andar corriendo todo el día, o la aleatoriedad de la situación, pero Ezarel y yo empezamos a partirnos de risa al unísono. Miiko nos miraba extrañada, como si los raros fuésemos nosotros.

—¿Qué pasa? ¿Nunca habéis probado estas cosas?—inquirió levemente sonrojada, mirando su fusta de pelitos— Esta es rosa porque me la regaló Huang Hua, y no quiero hacerle el feo…

Sus palabras solo incrementaron nuestras carcajadas, de hecho, nos estábamos riendo tan fuerte que acabamos tirándonos al suelo, sin poder contenernos.

Miiko me miró, enfadada.

—¡Pero bueno! ¿De qué te ríes tanto? ¡Fuiste tú la que me suplicó ayuda con el insaciable Ezarel!—sus palabras rezumaban sarcasmo, desprecio y furia a partes iguales.

Recordé nuestra discusión previa, y entonces lo comprendí. Miiko había sido otra víctima más del pequeño malentendido.

Cuando conseguimos dejar de reinos, le aclaramos todo el asunto, punto por punto. De paso, aproveché y relaté los detalles deportivos que Ezarel me había pedido que le contara. Durante toda la historia, Miiko permaneció con el rostro impasible, sin decir absolutamente nada. Empezaba a temerme haberla enfadado, cuando se incorporó y con un rápido gesto, sus llamativas prendas desaparecieron, incluso los tangas y las mordazas, surgiendo de la nada su característico vestido rosa.

—No tengo nada que decir, excepto que si algo de lo que acaba de pasar sale de aquí, pienso asegurarme de que jamás, y cuando digo jamás, es JAMÁS, en negrita y mayúsculas, nadie vuelva a saber absolutamente nada de vosotros.

—Sí, ama—bromeó Ezarel, pero la siniestra mirada de Miiko le hizo guardar silencio. Algo me decía que sería capaz de ingeniarse algo más destructivo que unas pequeñas llamas azules para borrarnos del mapa si la provocábamos en exceso.

Cuando al fin se marchó de mi habitación, ambos soltamos un soplo de alivio. Nos miramos, divertidos, y volvimos a reírnos, sin poderlo evitar.

—Dios, si llego a saber que iba a pasar esto, no te hubiera pedido perdón antes. Con esto lo hubieras comprado de sobra.

—Que malo eres, la pobre Miiko seguro que tiene que estar muriéndose de la vergüenza…

—Creo que me hago una idea de lo que tiene que sentirse al ser víctima de tus torpes intentos de alquimista…

—Ja,ja,ja….—reí de puro nerviosismo.

Estuvimos charlando un rato más, desenfadados, hasta que Ezarel se levantó para irse a hacerse un chequeo en la enfermería, por si acaso le había quedado alguna secuela de la poción. Observé como se aproximaba a la puerta, con cero ganas de que se fuese. Me moría por abrazarlo y besarlo.

—Por cierto, una última cosa…—dijo sin volverse—no me gusta nada que haya rumores falsos sobre mí ¿sabes?

Agaché la cabeza, apenada. Sabía de sobra a lo que se refería, y me dolía un montón que me lo dijese así.

Unos delicados dedos me hicieron levantar el mentón. Me topé con sus ojazos verdes, que me miraban fijamente. Noté como empezaba a hiperventilar. Dios, de cerca es incluso más guapo. Y yo con una espinilla gigante en toda la nariz…

—L-lo siento…—balbuceé—No era mi intención que se tergiversaran tanto las cosas…

—No me has entendido—añadió, mirándome los labios mientras esbozaba una media sonrisa—No me gustan los rumores falsos.

Entonces, me besó. Al principio me quedé en shock, pero enseguida me recompuse y le devolví el morreo con ganas. Notaba como si un millón de fuegos artificiales estuviesen explotándome contra el pecho. Mi gran ansiado momento. Mi primer beso de verdad con Ezarel.

Se separó de mí, a mi gran pesar, pero sabía que tenía que marcharse, lo estaban esperando en la enfermería.

Creo que en mi vida había sentido un regocijo semejante, mi corazón, y todo mi ser, estaban a punto de estallar.

—Oye, Ezarel…—lo llamé antes de que se fuera—dicen por ahí que Gardienne piensa que eres muy guapo, y que se muere por conocerte mejor.

—¿En serio?—sonrió—Que casualidad, yo había oído lo mismo, pero de Ezarel sobre Gardienne…será el efecto teléfono roto…

Sin añadir nada más, se marchó, dejándome con la sonrisa más grande del mundo, y con la miel en los labios, literalmente.