Hay momentos que deberian ser eternos
A las siete de la mañana suena el despertador y, oye, qué a gustito estoy al sentir el cuerpo de Edward pegado al mío y el de Olimpia a nuestros pies.
La sensación me gusta, aunque todavía me sorprende. Desde que pasó lo de Jacob no me había vuelto a permitir despertarme con ningún otro hombre. Siempre lo he evitado. Pero con Edward, no sé por qué, es muy diferente.
Es más, ¡podría acostumbrarme a esto!
Mientras noto sus besos en mi cuello, me estiro y entonces lo oigo decir:
—Vamos, dormilona. Tenemos que levantarnos.
Me niego, con lo a gustito que se está en la cama..., y murmuro:
—Cinco minutos más.
Oigo su risa. Me muerde el cuello y, tras hacerme cosquillas en la cintura que me hacen chillar, Edward se levanta y dice:
—Tienes cinco minutos para rebozarte. Luego ¡te levantas!
—No sé si voy a poder.
—¡Podrás!
Asiento. Hemos quedado en hacer salir a dar una vueta. Una vez que veo que sale de la habitación junto a Olimpia, me rebozo sobre la cama.
¡Dios, qué placer!
Luego me levanto, desayunamos las exquisitas magdalenas que me curré el día anterior en mi casa, nos vestimos y, tras meter en nuestras mochilas agua y un par de sandwich, decido dejar el tabaco en la casa. Tendré una actitud sana..
Edward quiere enseñarme los alrededores.
El día es magnífico. No hay ni una nube en el cielo y no hace nada de viento. ¡Genial!
Nos montamos en mi coche junto a Olimpia y nos dirigimos hasta el aparcamiento del Parque. Hoy toca andar. Así pues, en cuanto nos alejamos del coche, caminamos.
Edward sonríe mientras observa a su perra correr como una loca.
Es tan mono... En ese instante oigo un zumbido cerca de mí y grito echando a correr como haría mi Bridget:
—¡Un avispón!
Edward me mira sin dar crédito y se ríe, corre tras de mí al ver que yo no paro y, cuando el jodío avispón decide dejarme en paz, puedo detenerme al fin.
¡Dios, qué miedo les tengo a los insectos!
Aún riendo por el avispón mientras Olimpia corretea a nuestro lado, continuamos de frente por una pista asfaltada hasta llegar a una encrucijada. Yo no tengo ni idea de qué sendero hemos de tomar, aunque por suerte Edward, sin dudarlo, prosigue por el de enfrente.
Caminamos cogidos de la mano mientras me cuenta infinidad de cosas de la zona y señala los arboles que parecen acompañarnos en nuestro camino. En el mío se cruzan varias avispas, o, mejor dicho, me cruzo yo en el camino de ellas, y al ver mis exagerados movimientos para esquivarlas Edward se mofa, pero seguimos andando.
Todo lo que nos rodea es precioso, impresionante. Bueno, todo, todo no..., los bichos no lo son.
Respiro paz. Respiro aire fresco. Respiro sintonía y amor.
Acostumbrada al bullicio de las calles de New York, la paz que se respira aquí es como poco terapéutica y, sin duda, la disfruto una barbaridad.
Ensimismada por la compañía y por todo lo que nos rodea, escucho lo que explica Edward mientras pasamos junto a varios caminos
Decidimos acomodarnos allí, admirar el paisaje, beber agua y descansar. Antes de sentarme compruebo dónde voy a hacerlo y, cómo no, descubro unas hormigas que quito, no sea que me vayan a picar.
¿He dicho que tengo aversión a los insectos?
Entre risas me enseña a tirar piedras al agua para hacer ondas.
Lo hago fatal. A él, en cambio, se le da genial.
Estamos riendo por ello cuando, mirándolo, indico al ver cómo se divierte Olimpia:
—Lo mío es hacer castillitos de arena en la orilla de la playa.
—¿No te gusta la montaña?
—Demasiados bichos a mi alrededor.
Eso lo hace sonreír, y pregunta:
—¿Tus padres nunca te han llevado a la montaña por las vacaciones?
—Nosotros somos de vacaciones en la playa.
—Edward asiente. Seguro que está pensando eso de que soy una niña delicada, y añado—: Te aseguro que allí he tenido las mejores vacaciones de mi vida.
Él sonríe.
—Siempre he adorado ir a casa de Mallorca. Pero recuerdo que, cuando tenía dieciséis años, un día mi hermano Emmet y yo nos montamos en el yate de un amigo de papá y..
—Vaya..., un yate... ¡Serás pija!
Oír eso me hace sonreír y, sin entrar al trapo, prosigo:
—Como te decía, nos montamos en su yate y lo acompañamos a Ibiza a hacer unas gestiones. Buf..., estábamos como locos por conocer la isla, y te aseguro que en cuanto puse los pies en ella me enamoré del lugar y me prometí que algún día viviría allí. Con el tiempo lo hice, y espero regresar.
Ambos sonreímos por aquello y luego él, recordando algo que le conté, pregunta:
—Me dijiste que tu hermana, la marquesa, se casó en la Catedral de San Patricio, ¿verdad?
—Y bautizó a las niñas e hicieron la comunión allí —asiento.
—Está claro cuál es vuestro estilo —cuchichea él sonriendo.
Yo niego con la cabeza.
—Te equivocas. Mi familia es muy normal, a pesar de que mi hermana tenga esas ínfulas de grandeza. Te aseguro que ni Emmet, ni James ni yo somos de casarnos ahí.
Edward sonríe. Imagino que saca sus propias conclusiones y, como necesito ser sincera con él, digo:
—Tengo que contarte algo que hasta el momento no te he dicho.
Él se pone serio y musita:
—Tú dirás.
Tomo aire y, sin dudarlo, a continuación suelto:
—Además de los dos restaurantes, soy la dueña de dos hoteles en Ibiza.
Edward parpadea sorprendido.
—Si no te lo he dicho antes era porque no quería que...
—¿Eres dueña de dos hoteles? —pregunta sin dar crédito.
—El Capricho de Ibiza fue mi primer hotel y El Jardín de Ibiza, el segundo —le cuento.
Edward asiente boquiabierto.
—Además —añado—, en la isla tengo una preciosa casita en un municipio llamado…
—Me estás dejando sin palabras —me interrumpe—. Con cuarenta y tres años que tienes, menuda super empresaria que estás hecha.
Sonrío.
—Como sabes, estudié Empresariales y, cuando acabé la carrera, decidí invertir el dinero que mis abuelos habían ingresado el día que nací en mi cuenta bancaria en mi primer hotel. Recuerdo que mis padres se horrorizaron. Podía perderlo todo si no sabía gestionarlo, pero salió bien. El hotel prosperó más rápidamente de lo que nunca había imaginado y, con el tiempo, decidí adquirir otro.
—Una mujer emprendedora.
Asiento, lo soy, y añado:
—Son pequeños hotelitos de cincuenta habitaciones cada uno, pero para mí es lo ideal. Cincuenta habitaciones, bajo mi punto de vista, permiten dar un buen servicio al cliente, lo que es muy importante.
Edward afirma con la cabeza.
—Me gustaba llevar los hoteles —continúo—, pero a mí lo que realmente me apasionaba era cocinar. Así pues, me apunté a una escuela y, cuando terminé, un amigo de mi padre vendía un solar frente al mar con una casucha terrible y los compré ambos. El local lo convertí en mi primer restaurante, Ibieva, y la casucha la reformé para convertirla en una preciosa casita de dos habitaciones a la que llamo El Paraíso.
Está alucinado con lo que le cuento, se lo veo en la cara, y me susurra:
—¡Serás!
—¡Oyeeee! —bromeo divertida.
Nos reímos..., hay que ver lo que nos reímos los dos juntos, y luego pregunta:
—¿Y dónde tienes ese «paraíso»?
—En San Antonio Abad, donde el segundo hotel y mi casa. Me encanta ese municipio porque, además de ser un lugar lleno de vida y diversión nocturna, allí también puedes encontrar paz y tranquilidad si la buscas. Adoro caminar por su paseo marítimo y sus playas de aguas turquesa. Disfruto viendo sus impresionantes puestas del sol y me gusta llevar a mis sobrinas al acuario de Cap Blanc y a la Feria Marinera Medieval, que celebran en septiembre.
—Suena bonito lo que dices.
Asiento, es maravilloso, y añado:
—Ibiza tiene mucha historia. Te gustaría. Y, por cierto, en San Antonio hay una preciosa iglesia de la que se cuenta que hace muchos... muchos años ¡se combatía a los piratas!
—¡Qué interesante!
—Siempre dije que, si algún día me casaba, lo haría en esa iglesia —murmuro entonces sin saber muy bien por qué.
—¿Y San Patricio? —Rotundamente no.
Ambos nos miramos y a continuación Edward me pregunta:
—¿Quieres casarte?
Según oigo eso, me pongo nerviosa. Pero ¿qué he dicho? ¿A qué ha venido eso de la boda?
Y, para cambiar de tema, me apresuro a cuchichear con picardía:
—Si te portas bien, quizá te invite a El Paraíso. Olimpia, por supuesto, ya está invitada.
Edward sonríe.
—Eres guapa, divertida, india y con dinero, y ahora me entero de que eres una super empresaria con hoteles y casa en Ibiza. ¡Eres un chollo de mujer!
Ambos reímos, bromeamos al respecto, y finalmente añado:
—En Ibiza tengo infinidad de amigos, más que en New York, y te aseguro que cuando voy allí desconecto de todo, y más aún si salimos a navegar.
—No me digas que también tienes barco...
—No. Eso no, pero sí lo tienen mis amigos.
Edward asiente de nuevo. Tengo varios amigos que no solo tienen un barco, sino varios, y que tienen tanto dinero que, aunque vivieran mil vidas, no podrían gastarlo.
—Tú tienes amigos con barco y yo los tengo con tractor —dice él entonces divertido.
Oír eso me hace reír a carcajadas.
—Hasta que me fui a estudiar con la beca —añade Edward a continuación—, mis vacaciones siempre fueron en casa, donde nació mi madre. Nunca nos sobró el dinero como para irnos de viaje.—se mofa.
Divertidos y entre bromas, continuamos charlando de nuestras vidas y seguimos caminando. La ruta se hace cada vez más empinada, se complica, pero no desistimos. Sabemos adónde vamos.
Llegamos hasta un panel informativo y en él veo que dice que tenemos que ir por el sendero de la izquierda.
De nuevo una avispa se cruza en mi camino y yo corro despavorida con Olimpia, que, creyendo que juego, me persigue.
Edward ríe a carcajadas. Dice que no lo puede remediar.
—¿Te gusta lo que ves? —me pregunta. Asiento. ¿Cómo no me va a gustar esta maravilla?
—Oye...
Pero no puedo decir más. Su boca besa la mía y yo caigo rendida a sus encantos. Que, por cierto, son muchos. Cada vez más.
Cuando se separa de mí, nos miramos y, sorprendiéndome, da un paso atrás, se agacha, deja una preciosa piedrecita plana frente a mí y dice:
— Quiero decirte que, si no crees en el amor a primera vista, por ti volvería a pasar todas las veces que hiciera falta para que te fijaras en mí.
Madre mía..., madre mía, ¡lo que me ha dicho!
Miro la piedrecita que ha puesto frente a mí y sé que está haciendo lo mismo que hacen los pingüinos.
Ay, Dios mío, ¿se puede ser más romántico?
Estoy por pellizcarme para saber que estoy despierta, porque nunca, pero nunca, nunca, nunca ni Lionel ni nadie ha hecho algo tan increíblemente romántico por mí.
No sé qué decir. Sus palabras y ese acto me han pillado desprevenida y él, al ver mi cara, que sin duda debe de ser un poema, afirma sin abandonar su eterna sonrisa:
—Espero que aceptes la piedrecita y no me mandes a la mierda, porque estoy loco por ti.
Ay, Dios.
¡Ay, Dios, lo que me entra por el cuerpo!
Creo que hasta oigo violines en el cielo. Y cuando voy a besarlo porque más enamorada de él no puedo estar, oigo un zumbido cerca de la oreja derecha y exclamo:
—¡Avispón!
Sin dudarlo, empujo a Edward con todas mis fuerzas y este cae de culo contra el suelo mientras yo corro como una loca revolviéndome el pelo, pues tengo la impresión de que el avispón se ha enredado en él.
Oigo las carcajadas de Edward.
¡Maldito avispón, que ha roto mi momento romántico!
¿Cómo no me va a gustar Bridget Jones si me pasan cosas surrealistas como a ella?
Al contrario de lo que otro habría hecho al jorobar yo ese momento tan romántico y tirarlo al suelo, Edward se parte de la risa mientras yo, enloquecida, intento quitarme al avispón de encima y Olimpia me ladra como regañándome por haber empujado a su dueño.
¡Joder, que me va a dar hasta flato!
Una vez que soy consciente de que el avispón ya no está en mi pelo, y que acabo de hacer el mayor ridículo de mundo delante de todas las personas que están en el mirador, vuelvo junto a Edward, quien se levanta del suelo y sigue riendo. No puede parar de hacerlo, y finalmente, oyendo su contagiosa risa, tengo que reírme yo también, y más cuando lo oigo decir:
—Inmortalicemos el momento avispón.
Hace varias fotos con su teléfono móvil y, cuando me las enseña..., ¡joder..., joder..., joder!
—¡Pero si parece que una gallina me ha escarbado en la cabeza!
Edward me besa entre risas mientras yo busco la piedrecita de reojo. Pero ¡no está! ¡No me digas que la he perdido!...
Horrorizada por no encontrarla, no sé qué decir. ¡Me siento fatal!
Pero Edward me besa y yo no puedo dejar de besarlo a él hasta que, consciente de cómo nos miran las personas que pasan por nuestro lado, a las que solamente les falta gritarnos «¡idos a un hotel!», decidimos dar por finalizada la sesión de besos y regresar a la casa con Olimpia.
El camino de vuelta es tranquilo, sosegado, lleno de paz, y yo voy flotando, aunque me siento fatal por haber perdido la piedrecita.
Edward no vuelve a decir nada al respecto y yo no sé cómo encararlo.
¡¿Está loco por mí?!
¿En serio? Uf..., uf..., que me conozco y yo estoy loca por él.
¿Será buena idea decirlo? ¿Será acertado ser sincera y tirarme a la piscina?
Siempre he oído preciosas historias de parejas que se enamoran a primera vista, pero eso nunca me ha pasado a mí. Es más, cuando lo vi por primera vez en la azotea del hospital, lo cierto es que ni me fijé, pero desde la noche que lo invité a cenar en mi restaurante no he podido dejar de pensar en él.
¿Se podrá eso catalogar como amor a primera vista?
Cuando llegamos al coche y nos subimos a él, estamos agotados. Nuestros gestos cansados lo dicen todo. Hasta Olimpia se tumba con la lengua fuera. Y, cuando voy a arrancar, de pronto cientos de momentos preciosos vividos con él pasan por mi cabeza; lo miro y, al ver que él también lo hace, suelto:
—Quiero ser tu pingüina porque estoy loca por ti.
¡Toma ya, lo que he soltado! Pero ¿cómo he podido decirle que quiero ser su pingüina?
¡Su pingüina!
Edward asiente y, a continuación, sacándose algo del bolsillo, me lo muestra y dice:
—Entonces tienes que coger la piedrecita.
Emocionada, sonrío. ¡La tenía él! Con gusto, la acepto. La cojo.
¡Dios mío, me lo voy a comer a besos!
—Si yo estoy loco por ti —musita él entonces—, y tú estás loca por mí..., ¿qué crees que debemos hacer?
Vaya preguntita..., ¡y yo qué sé!
Después de lo de Jacob, me prometí no volver a caer en la marmita del amor, pero, mirando al hombre que últimamente hace que mi corazón se desboque, propongo:
—De momento, ¿qué te parece si nos besamos?
Edward no lo duda y lo hace. Y cuando nuestro deseo sube y sube y sube, entre risas, decidimos parar antes de montar un escándalo público en el aparcamiento ir a la casa para dar rienda suelta a nuestra irrefrenable pasión pingüinil.
