Hay Momentos que deberian ser eternos.
Estoy dormida entre los brazos de Edward cuando un ruido me despierta.
Al moverme, él se despierta también y, tras encender la luz que hay en la mesilla, comprobar que se trata de mi móvil y leer el nombre de Emmet en la pantalla, me apresuro a alargar el brazo para cogerlo. Veo entonces que son las seis y diez de la mañana y pregunto mientras Olimpia se baja de la cama:
—Emm, ¿qué sucede?
—Gominola, siento despertarte, pero mamá está muy pesada y...
—¿Qué ocurre? —insisto con el corazón a mil por hora.
Mi hermano resopla y por último dice:
—James está ingresado en el hospital, pero está bien.
Oír eso hace que todo el vello de mi cuerpo se erice y, saltando de la cama, indico mientras noto unas terribles arcadas:
—Dios mío, ¿qué ha pasado?
—Pues lo de siempre. Ha bebido tanto que, bueno..., ya sabes...
Me estremezco, me tiembla todo el cuerpo, y, mirando a Edward, que me observa muy serio, susurro:
—Salgo para allá.
Una vez que cuelgo, me llevo las manos a la boca a toda prisa y corro hacia el baño. ¡Creo que voy a vomitar!
Cinco minutos después, con Edward a mi lado, acelerada y como puedo, le cuento lo que ocurre. Está claro que el susto por la llamada me ha hecho comenzar mal el día. Edward se preocupa por mi hermano y por mí, y, viéndome blanca como la cera, me pide que me siente en la cama mientras él recoge nuestras pertenencias. Tenemos que ir al hospital.
El viaje de regreso lo hacemos en silencio. Edward conduce. Intenta hablar conmigo. Animarme. Se preocupa por cómo me siento, pero, viendo que no quiero hablar, finalmente lo respeta, aunque con sus cariños me hace saber que está conmigo.
Pasamos por su casa. Allí, Oliver baja al portal para quedarse con Olimpia y nos vamos para el hospital.
Una vez allí, aparcamos para luego dirigirnos hacia la habitación que me ha indicado Emmet. Sin embargo, de nuevo siento unas irrefrenables ganas de devolver, y, tras acercarme a una de las papeleras del parking, vomito.
¡Joder, qué mal rollo! ¡Y con Edward delante!
De nuevo, un sudor frío me recubre el cuerpo. Uf, qué mal ratito, aunque por suerte no me mareo. Él, preocupado, hace que me siente en un escalón y, con profesionalidad, me toma las pulsaciones poniendo los dedos en mi muñeca.
—Debe de ser una bajada de tensión —dice dándome aire con la otra mano.
Asiento, no es la primera vez que pasa, y como puedo musito:
—Tengo que ir a ver a mi hermano.
—Irás cuando estés bien —replica.
El pobre me mira preocupado. Y cuando, minutos después, el color ha vuelto a mi rostro, tras sacar una botella de agua de una máquina que hay junto a los ascensores del parking, indica:
—Bebe un poco y, si ya te encuentras bien, iremos a ver a tu hermano.
Por ir con mi familia cuanto antes, bebo y hago lo que me diga, y sintiéndome más fuerte y no teniendo ya ganas de vomitar, afirmo:
—Estoy bien. Te lo prometo.
Edward asiente y, agarrándome de la mano con seguridad, indica:
—Entonces vamos.
Cogida a él, siento su apoyo, su fuerza y su energía. No sé por qué, pero en este momento soy consciente de que lo necesito a mi lado, y cuando llegamos frente a la habitación, me mira y me pregunta:
—¿Estás bien?
No, no lo estoy. Me encuentro como una mierda, pero miento y asiento. ¿Qué voy a hacer?
Al abrir la puerta me topo con mi hermano Emmet y mis padres, que se vuelven de inmediato al vernos.
—He venido lo antes que he podido —digo soltándome de la mano de Edward.
Acto seguido me acerco hasta la cama en la que está postrado James. Mi hermano me mira. Tiene una pinta desastrosa y, tras darle un cariñoso beso en la frente, musito:
—Te voy a matar. Menudo susto me has dado.
Él sonríe y, en un hilo de voz, susurra:
—Lo siento.
Sé que su respuesta implica muchas cosas. Demasiadas. Pero, consciente de lo mucho que quiero a mi hermano, replico:
—Te quiero, idiota.
—Y yo a ti, Gominola.
Dicho esto, cierra los ojos y veo que se queda dormido. Está agotado.
Emmet, al ver mi preocupación, se me acerca y murmura abrazándome:
—Tranquila..., tranquila...
Asiento, sé que debo tranquilizarme. A continuación lo miro como pidiéndole información de lo ocurrido, y él me aleja de James y cuenta:
—Anoche a las nueve me sonó el teléfono. Era una amiga de James, para decirme que estaban en una fiesta y él no se hallaba en muy buenas condiciones. Fui a por él. Discutimos. Luego perdió la consciencia y lo traje al hospital.
—¿Y por qué no me llamaste antes? —pregunto horrorizada.
Emmet suspira.
—Porque quería saber qué debía decirte antes de hacerlo y jorobarte el fin de semana.
Asiento intentando no dramatizar. Mis padres nos están mirando y no quiero preocuparlos más. Entonces me acerco a ellos y, con cariño, los abrazo y los beso hasta que, consciente de cómo observan a Edward, digo:
—Papá, mamá..., él es Edward. Estábamos en Los Hamptons cuando Emmet me ha llamado. Edward, ellos son mis padres, y estos, mis hermanos, Emmet y James.
Con una sonrisa, Edward se acerca a ellos para saludarlos y, una vez hechas las presentaciones, sin saber por qué, me apresuro a decir:
—Edward es médico en este hospital.
Mi madre asiente. Lo chequea de arriba abajo y, antes de que hable, él indica dirigiéndose a mí:
—Voy a buscar al doctor que lleva su caso para que me cuente y os digo, ¿vale?
Asiento y, cuando desaparece, mi madre pregunta:
—¿Qué hacías en Los Hamptons con él?
Oír eso hace que yo la mire, y mi padre musita:
—Renne…
Ella asiente, pues comprende que mi padre le llame la atención.
—Pasábamos juntos el fin de semana —replico—. Eso hacía.
Sin más, mis padres se miran. Sé que ella se muere por seguir preguntando, pero se contiene.
—¿Estáis bien? —les pregunto yo a continuación.
Mi padre afirma con la cabeza, pero mi madre susurra con el morrillo temblándole:
—Estoy muy preocupada por James. Mucho.
Asiento, lo sé, todos estamos preocupados, y tras darle un abrazo para tranquilizarla, pregunto:
—¿Habéis llamado a Jessica?
—La llamé anoche para contárselo —afirma Emmet—, pero, como siempre, tiene cosas mejores que hacer.
Oír eso me enerva. Saber que mis padres necesitaban que ella estuviera a su lado y no lo haya hecho me molesta profundamente.
—Ahora vuelvo —digo entonces, antes de salir de la habitación.
En el pasillo, busco en mi teléfono el número de mi hermana y la llamo. Un timbrazo. Dos. Tres. Cuatro y, al quinto, oigo:
—No me apetece hablar contigo.
Vaya..., su primera frase ya comienza con un «no».
—Ni a mí contigo —replico.
—¿Qué quieres?
—¿Cómo que qué quiero? —siseo—. ¿Acaso no sabes que James está ingresado en el hospital y...?
—Otra más de tantas veces —me corta.
Estoy por mandarla a la mierda. Estoy por decirle lo más grande. Estoy por recordarle que, cuando ella fue madre, a pesar de ser una estirada, mis hermanos y yo le llenamos la habitación de globos y nos desvivimos por ella; pero, pensando en mis padres, indico lo más tranquila que puedo:
—Mira, imbécil, si fuera por mí, ni te llamaría. Pero mamá y papá nos necesitan a ¡TODOS! Así que ya puedes venir para acá ¡echando leches!
Y, sin más, corto la conversación o la víbora malhablada que hay en mí la va a liar.
Entro de nuevo en el cuarto y hablo con mis padres. James sigue descansando y los animo a que se vayan a tomar un café.
Cuando lo hacen, Emmet y yo nos miramos y nos abrazamos.
Estamos consolándonos cuando llaman a la puerta y entra Edward.
Nuestras miradas se encuentran, y, como ya lo voy conociendo, veo en sus ojos algo que no me gusta, y pregunto:
—¿Has hablado con su doctor?
Edward asiente y, tras indicarnos que nos apartemos de la cabecera de la cama de James, dice:
—Su caso lo lleva el doctor Baena, que, por cierto, me ha dicho que dentro de un rato pasará por aquí para hablar con vosotros.
Emmet y yo asentimos y Edward, presionado por mi mirada, indica:
—El sistema hepático de James está muy deteriorado por la bebida y, tal y como tiene el hígado, es muy peligroso para él que siga consumiendo alcohol.
Joder..., joder, ¡qué movida!
—Aun así, tranquilos. De momento todo parece estar controlado.
El teléfono de Emmet suena en ese instante. Es Rose.
Separándose unos metros de nosotros, habla con ella mientras yo, desesperada, me retiro el pelo del rostro.
Edward me coge de la mano y me saca de la habitación. Una vez solos en el pasillo, me abraza y siento cómo vuelca todo su cariño en mí.
—Es por esto por lo que odio los hospitales —susurro mirándolo—. Son tantas las veces que hemos tenido que ingresar a James en los últimos años que me desespero. Venir aquí implica estar rodeada de pena, enfermedades y tristeza. Por eso no lo soporto...
No puedo proseguir. Los ojos se me llenan de lágrimas y Edward me vuelve a abrazar. En silencio, permanecemos así durante un buen rato, hasta que se acerca a nosotros una doctora y pregunta dirigiéndose a él:
—¿Hoy currabas?
Edward niega con la cabeza y, viendo cómo la mujer me mira, indica:
—Bella, te presento a la doctora Alice, la mujer de Jasper. Ellos son quienes le dejaron la casa de Los Hamptons a Olimpia. —Ambas sonreímos y entonces él suelta—: Alice, ella es Bella, mi pingüina.
Oír eso me sorprende.
¿Le ha dicho que soy su pingüina y se queda tan fresco?
Veo que la mujer asiente, creo que entiende lo que Edward ha dicho, y afirma:
—Encantada de saberlo.
Los tres nos reímos y a continuación saludo, le doy las gracias por la invitación, y luego esta, tras dedicarme otra agradable sonrisa, dice:
—Siento el atraco, Edward, pero al encontrarte aquí he visto el cielo abierto... Es más, pensaba llamarte por teléfono.
—¿Qué pasa? —Tengo un paciente al que le hicimos un TAC y..., bueno, ¿tienes un momento para que te lo pueda mostrar?
Edward me mira. Sé que está sopesando si separarse de mí o no, y antes de que él diga nada, indico:
—Ve. Yo estaré aquí con mi hermano.
—¿Seguro?
Sin poder sonreír, asiento.
—Seguro. Ve tranquilo.
Edward me da un rápido beso en los labios y, tras guiñarme el ojo, veo que se marcha con la doctora y yo, sorprendida aún porque le haya dicho que soy «su pingüina», entro en la habitación.
Emmet ya no está hablando por teléfono. Levanta la vista y pregunta:
—¿Y Edward?
—Se ha marchado con una doctora que le ha pedido ayuda para no sé qué caso —digo señalando con el dedo.
Emmet asiente y yo, asombrada aún, musito:
—Cuando me ha presentado a la doctora, ha dicho que soy «su chica».
Omito lo de «pingüina», pues mi hermano no lo entendería, y oigo que exclama:
—Woooo..., la cosa va rápida.
Voy a contestar, pero entonces la puerta se abre, vemos que son mis padres y decidimos guardar silencio.
Ahora ella es su chica.
