Lo siento si no he publicado! pero comencé mi práctica profecional y ha sido de locos estos días D: en fin, acá va otra tirada. Como la historia anterior (El fanfic entero), va dedicado a Keziah Arkham. Espero te guste!
Como intentar no ir a casa en Navidad.
Astoria era una mujer bastante simple, en sus propias palabras. No deseaba grandes cosas para su vida. Ni lujos, ni terrenos, ni vestidos, ni casas, ni elfos domésticos. Pensaba firmemente que la felicidad de Daphne y su propia libertad eran simplezas para algunos pero trascendentales para ella. Más importante que cualquier cosa. Incluso el hecho de sospechar que de alguna manera, tendría que abandonarse incluso a si misma si quería conseguir algo de eso. Pero no aceptaría menos que eso.
No iba a hacer un sacrificio si no obtenía algo que la satisficiera a cambio.
Hogwarts se había convertido en un antro de discriminación entre cuatro paredes. No era visible, ni podía serlo. Pero sólo Slytherin sabía que a pesar de intentar redimirse, las otras casas no perdonaban. El mundo mágico no perdonaba. No aún, al menos. Astoria había peleado en esa batalla, a diferencia de Daphne, pero no podía decir que el trato hubiese mejorado para ella. Era frío, distante. Las otras casas se alejaban de ellos sólo por ser Slytherin, sin siquiera preguntar.
Era discriminación por mayoría, nada menos.
Slytherin se había sumido en un luto que no parecía terminar. Pero en este momento, parecía lo correcto. Porque Slytherin debía estar de luto. Porque ellos merecían llorar dignamente a sus muertos, a pesar de que esos muertos tomaran el camino equivocado. Astoria no tenía a quien llorar, pero había gente que lo hacía.
Draco Malfoy, por ejemplo.
Habían comenzado a hablar sin querer, en la biblioteca. Nunca habían cruzado palabra antes y a Astoria nunca le había llamado la atención hasta verle solo, en aquel lugar. Día tras día. No había evitado sentir un poco de pena por él y su destino. Por sus errores. Desde que Draco había tenido un accidente en los pasillos hace un par de días ella iba a leer para él, le gustara o no. Draco no se quejaba demasiado y a ella no le molestaba el escapar del escrutinio de sus compañeros. Porque, lamentablemente, el hecho de que su familia apoyara silenciosamente al señor tenebroso y no haber hecho nada al respecto les había puesto en una buena posición. Posición que algunos miembros de Slytherin estaban desesperados por tener. Sin darse el tiempo ni siquiera para conocerla, claro.
–¿Qué tienes que ir a visitarle tú? –Le dijo ella, aquella tarde. Durante días se había preguntado si Parkinson tendría una reacción, pero había tardado en llegar. Astoria volteó dignamente la mirada hacia una enfadada Pancy Parkinson, quien parecía tener ganas de echársele encima o por lo menos, hechizarla. Astoria bajó el brazo hacia su varita, por si acaso.
–¿No puedo? –Pregunta ella. Y ladea la cabeza en una postura muy de señorita de sociedad estúpida. Que no era ella. Si Parkinson la subestimaba o no, era asunto suyo. La chica se acercó lentamente a ella, como una serpiente que evaluaba el terreno antes de atacar. Antes de ver si tenía la oportunidad. Como una culebra que aparentaba ser una pitón.
–Es mi prometido, niñita. Que no se te olvide. –Le dijo en voz baja, en un tono grave de advertencia. Olvidando toda clase o protocolo. A Astoria le recordó más a un ratón enjaulado que otra cosa. Quiso reírse de su osadía, pero se recordó que el provocar una pelea con Parkinson no le traería nada bueno. Más a Parkinson que a ella, pero sería un problema al final. A los Slytherin no se les tenía consideración cuando armaban peleas últimamente. –No me importa si estás obnubilada porque es tu primer amor o quien sabe que estupidez de niñita mimada, pero él es mío. ¿Escuchaste? Es mío–
Astoria alzó una ceja. Parkinson tenía todas las de perder ahora, se recordó. Su padre estaba en Azkaban. Ella estaba sola. Astoria se irguió, todo lo alta que ella era y le miró con superioridad.
–Me enterneces –Dijo, haciendo una pequeña sonrisa cortés. Que de cortesía no tenía nada. –¿Quieres también ponerle una correa? –
Y Parkinson se habría lanzado encima de ella, si Zabini no hubiese llegado en ese mismo momento. Justo a tiempo para ver a Pansy Parkinson intentando saltar una silla parra arañarla. Y a ella, alejándose rápidamente hacia la puerta. No sabe porqué no le ha lanzado un hechizo. Posiblemente por pena.
–Te dejo al demonio suelto –Dice alegremente, abandonando la sala común. Zabini le mira con curiosidad –Posiblemente la primera vez que le miraba de verdad– para hacer una carcajada. Y a Astoria poco le importa lo que pueda pensar de ella en aquel momento. Pero sabe que se ha divertido, a costa de Parkinson. Y que probablemente se vengará de Astoria en algún momento. O lo intentará. Pero no le importa, porque Astoria no está rota. No ha sufrido tanto, pero sabe lo que es estar al borde de que controlen tu vida. Y no va a permitir que una simple chica le diga que hacer con su vida, si se ha opuesto vehemente a que sus padres lo hagan.
–Te he traído un libro muggle –Le anuncia a Draco Malfoy, minutos más tarde. Draco, como siempre, a penas levanta la mirada de la ventana. Astoria está acostumbrada y no le importa. Sabe que él le escucha, pero está demasiado deprimido como para reaccionar de otra forma. O eso le ha escuchado a Ponfrey hace dos días. Se pregunta levemente si debe contarle lo que ha pasado con Pansy, pero decide no hacerlo si él no pregunta. De todas formas se enterará si vuelve a su sala común.
–¿No es algo inapropiado para una señorita de alta sociedad? –Pregunta él. Astoria alza una ceja, sentándose en la silla junto a la cama. Draco se voltea hacia ella.
–Lo encontré en la biblioteca. No pueden prohibirme algo que Hogwarts aprueba–
–Es discutible –Interviene él.
Pero no dice más, y está bien. Astoria comienza a leer, como siempre, y se pregunta si aquella rutina le ayuda un poco a olvidar. A Astoria le gusta sumergirse en historias y realidades distintas a de ella. Reírse con historias cómicas y llorar con historias tristes. No lo hace tan a menudo como le gustaría, pero cuando lo hace la sensación podía durarle días. Y parece funcionar para los dos, esa rutina. Ella lee, él escucha. Comentan cuando deben hacerlo. Miran por la ventana y piensan. Principalmente en aquellas fechas familiares y la concepción diferente que sus familias tenían de ello. La poca unión entre ellos. La poca importancia en la familia y más en la sangre y el estatus que cualquier otra cosa.
Ellos estaban atados, lo sabían. Amarrados a una cuerda de responsabilidades y obligaciones de niñitos bien. Al menos ella. Porque Draco, con todo lo que había pasado, era libre al menos. Por lo menos para decidir que hacer con su vida.
–Hoy iré de alta a la sala común –Dice él. Justo a tiempo para navidad, piensa ella. Draco no había vuelto a la sala común más que lo imprescindible, recuerda ella. Posiblemente porque la nostalgia y los recuerdos son más grandes ahí. El dolor se debe hacer más real en aquel lugar, piensa ella. Él volvió y lo odia, pero parece estar de acuerdo con las consecuencias. Por muy estúpido que eso fuera. Por mucho que implicaran golpes y encerronas de gente de otras casas que no entiende ni un poco que es tener a tus padres en el bando equivocado y no poder hacer nada. O que es tener a tu familia amenazada de muerte. O saber que, tu propia vida dependía de eso. Ellos conocían el miedo. Pero no habían experimentado el terror, como Malfoy. Algo que ni siquiera Astoria podía entender.
Probablemente fuese la primera persona que no fuese Daphne, que le agradase tanto.
–Te iré a ver en navidad –dice ella, de pronto. Él la mira como si se hubiese vuelto loca.
–¿Cómo? –
–Iré sola a casa –Dice ella. Y nadie más que ella sabe cuánto odia eso. Daphne no irá, se quedará en el castillo. Y porque le ha dicho tarde, Astoria tendrá que irse. Odia esa casa. Y la odia más sin Daphne para retenerla. Para reirse de ella y soportar a sus cerrados y retrógrados padres. Para hacerla sonreír de verdad.
–¿Sabes que podrías bajar tu estatus social sólo por pisar mi casa? –Pregunta él. Y, por primera vez, Astoria le regala una sonrisa ladina. Esa que sólo ha visto Daphne cuando realizaban travesuras.
–¿Crees que no lo sé? –
Y Slytherin no tendrá árbol este año. Y sus colores se ven cada vez más oscuros, sombríos. Muertos. Y posiblemente ninguna navidad sea igual después de aquella cruel guerra, pero los que quedaban se tenían los unos a los otros. Slytherin se tenía a si mismo para llorar, para escalar. Para volver a ser lo que era.
Slytherin no tendrá navidad aquel año. Pero al menos ella, no estará en su casa para navidad.
–Estás loca, Astoria. O al menos un poco loca –Admitió él. Y ella se encogió de hombros, indiferente. Su opinión no podía importar menos frente a sus propios propósitos. Y eso, por supuesto, Draco lo sabía.
