Me he demorado un poco. Le práctica. Hoy les traigo un relatillo de Pansy. Quizás quedó un poco narcisista, pero no sé si es suficiente narcisismo para ella. Me da que faltó un poco.
¡Quedan 2!
Casas de galleta.
Su vida había sido perfecta.
Ha recibido una carta, de su madre. Pansy teme leerla, pero no es tan cobarde como para ocultar un par de palabras dentro del baúl que, cree, no le harán más daño que la vida misma en aquel momento. Porque ella no era ciega, no. No al menos para no enfrentar el hecho de que las cosas han cambiado. Y no de una buena manera.
Está más que claro que le apuntan con el dedo. Que hablan a sus espaldas. Incluso sus propios compañeros de casa. Sabe que piensan que fue una cobarde, pero eso no le importa. Pansy necesitaba sobrevivir de alguna forma. Y no importaba el modo en que lo hiciera. De verdad no importaba.
Ni siquiera había pensado en todo lo que conllevaría el perder cuando se vió desprovista de todo. Cuando su madre se vio obligada a vender dos de sus terrenos y un par de sus joyas para poder comer. Cuando le advirtió que ya no podrían comprar vestidos, ni nada, y ya no eran recibidas en ningún lugar. Cuando su padre se fue, para no ser capturado.
Había sobrevivido, si ¿Pero a que costo?
No había hablado con Draco desde la guerra. Lo había intentado una vez, hasta entender que no era conveniente hacerlo, aún. Los Malfoy habían quedado mejores parados que ellas, pero habían perdido el estatus social. Pansy no había salido de su casa, después de eso. No había podido. La gente se había predispuesto a culparles de todo y más a ella, que había ofrecido al estúpido de Potter. La habrían lapidado, lo sabía. Tenía el suficiente sentido de preservación.
Así que había esperado. Y medio año había pasado.
Si bien Pansy no se recluyó completamente, a diferencia de Draco –Porque, después de todo, tenía que recuperar el estatus social de alguna forma–, si habían algunas personas que se habían alejado de ella. No la rehuían como la plaga, pero sospechaba que de poder hacerlo, no les habría importado unirse a los canticos de odio en contra de ella.
La zorra de Daphne, por ejemplo.
Le había apuntado con la varita en cuanto Pansy había abierto la boca, en el gran comedor. Y la había dejado sola en cuanto habían salido a Hogsmeade, antes de que la batalla en Hogwarts estallara. Pansy no se había acercado a Daphne, pero le había extrañado el no tenerla cerca, como siempre. El no haber escuchado sus comentarios estúpidos. Por supuesto que había entendido después que la muy desgraciada había intentado salvar el estatus de la familia. Y su odiosa hermana menor, había decidido olvidarse de las tradiciones familiares y se había lanzado junto a la mitad de sus compañeros y la gente de Hogsmeade, a recuperar el castillo.
Arpías.
No quería pasar la navidad junto a su madre, pero más temprano que tarde Pansy comprendió que no tendría otra opción. Hogwarts no sería diferente a su casa; los Parkinson estaban lo bastante arruinados social y financieramente como para darse el lujo de pasar las navidades en condiciones. Y Slytherin ni siquiera tendría un árbol para al menos fingir que se había quedado por ese motivo. ¿De que servía el que sus estúpidos compañeros hubiesen vuelto, si ni siquiera tenían las mismas condiciones que los demás?
Por dios, era un árbol de navidad. Lo mínimo que merecían.
Pero cuando Slugorn lo había dicho, Pansy había mirado al piso y había apretado los puños. ¿Qué podía decir ahora, de todas formas, si ya no era escuchada? No habían rebajado su opinión al nivel de un elfo doméstico o un Hufflepuff, pero tampoco podía decir algo sin ser censurada. Y posiblemente hubiesen hecho más si no fuese prefecta.
Les odiaba. Cuanto les odiaba…
En cuanto Greengrass había salido de la habitación, Pansy había querido seguirla. Enseñarle a una de esas dos zorras desgraciadas quien era la que mandaba. Que aún tenía poder sobre Draco. Era su prometida. Podía decidir quién le veía o no.
Aunque ella no había ido ni una sola vez.
–Muévete, Blaise –Había dicho ella. Con aquella voz de mando que no admitía replica. Blaise, sorprendiéndola por primera vez, no se movió.
–¿Para qué? –Replicó, con una calma que terminó por irritarle.
–¿Cómo que para qué? ¡Quiere tocar lo mío! ¡Me ha ofendido! –Se quejó, sacando la varita. Pero Blaise ya tenía la suya en la mano, lo que le hizo ser más cautelosa.
–¿Puedes decir que es suyo, y no su persona propia? –Preguntó él. Pansy abrió la boca para contestar, pero él negó con la cabeza –No vale la pena. Perderías más que ella–Replicó el. Y aunque sus palabras parecían ofensivas a simple vista, le hicieron razonar lo suficiente como para ya no intentarlo.
Pansy bajó la varita.
Recién cuando los primeros minutos pasaron Pansy se dio cuenta de su arrebato. Y se odió a si misma, como tantas veces, por no haber sido la más inteligente del lugar. La mocosa insufrible de Greengrass había ganado, justo como su hermana. Desde las sombras. Daphne había sido una zorra astuta, manteniéndose como una observadora hasta que todo les explotó en la cara. Aún al haberse fijado en el perdedor de Nott. Pansy podía reconocer cuando perdía, aunque no le gustara. Y sabía que Astoria las tenía todas consigo, por el momento. Pero lejos de pensar en una forma de vengarse inmediatamente, decidió esperar por un momento que sabía que llegaría.
–¿Por qué hiciste eso? –Le preguntó él, sin evadir su actitud con una broma como siempre lo había hecho. Pansy alzó la mirada, observándole por primera vez en mucho tiempo. Blaise no se había alejado de ella, notó. No la había juzgado tampoco, por no participar en la guerra, o por haber querido entregar a Potter.
Pansy no dijo nada. Y no parecía ser necesario decir alguna cosa.
–Deberías sentarte. Serenarte –Ofreció. Los insultos le ardían en la lengua, como otras veces, pero prefirió callárselos y obedecer. Pansy caminó hacia uno de los sillones de dos plazas donde se dejó caer, sin clase o protocolo alguno. Blaise no dijo nada, sentándose junto a ella. Lo bastante cerca como para tener una conversación pero no demasiado para tocarla. Ella lo consideró apropiado.
–Estoy serena –Respondió. Ausente después de un par de minutos. ¿Qué estaba haciendo con su vida, aferrándose a un hombre que ni siquiera había mostrado interés por ella? Draco se había sumido en su dolor, Pansy sabía. No había mirado en su dirección, en su dolor, como debía haber hecho. Pansy debía ser el centro de su vida, pero nunca lo había sido. No la había amado lo suficiente, comprendió.
Ella tampoco le amaba lo suficiente como para llorar por él.
Todos los años los Malfoy ofrecían una fiesta navideña, que este año no habría. No habría ponche de huevo robado o casas de galletas de canela que Pansy siempre comía en secreto. No elegiría un vestido ni iría junto a sus padres, regodeándose de ser casi los anfitriones del lugar, por su compromiso con Draco. Ni joyas, ni vestidos.
Ni siquiera un desgraciado árbol tendría.
Se le hizo un nudo en la garganta. El pasar la navidad junto a su madre, mirándose las caras y regodeándose en la miseria era la peor de las opciones. Su madre se había amargado, y Pansy temía el que el pasar un solo segundo con ella le amargaría también. Pansy no quería lamentarse, quería su estatus social de vuelta. Quería todo justo como había sido hace dos años.
Quería su vida de vuelta.
–¿Qué harás en navidad? –Pregunta él, de pronto. Obligándola a salir de sus pensamientos. Pansy hizo un sereno y sincero encogimiento de hombros. Blaise sonrió, como siempre lo había, con esa mueca diabólica que le había pensar en sexo y galletas con canela.
Aunque nunca lo había dicho.
–Mi madre planea ir a Italia. Ya sabes, las cosas acá no están en condiciones para celebrar por lo alto –Admitió. Y posiblemente la madre de Blaise se había quedado sin prospectos, pensó ella. Pero lejos de considerarlo malo, siempre le había sorprendido la forma que tenía la madre de su amigo para conseguir marido tan rápidamente. Y para desecharlos de la misma forma también.
Ni una vez había sido culpada.
Pero, a diferencia de los Parkinson, los Zabini seguían siendo un buen referente para la sociedad mágica Inglesa. La madre de Blaise no había sido partidaria de nada, aludiéndolo a su nacionalidad italiana. Y posiblemente por su belleza y fama, le habían respetado.
–¿Quieres venir conmigo? –Preguntó él. Y Pansy no pudo ocultar su asombro al escucharlo. Blaise no dijo nada más, dedicándose a mirarla con curiosidad, y una sonrisa ladina que no podía ocultar del todo. ¿La deseaba, quizás? Pero Blaise deseaba a todo el mundo. Todo lo que no podía tener o lo que le pareciera interesante, aparentemente. Y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió deseada por alguien. Y eso estaba bien, porque Pansy seguía siendo una (o la) chica más hermosa de castillo. Aunque desde que comenzara el año nadie se le había acercado con esa intención.
–¿Será una fiesta tradicional? –Preguntó, con curiosidad. Blaise asintió.
–El clásico. Un árbol en condiciones, casas de galletas, ponche de huevo, chocolate caliente. Alcohol. Ya sabes –Respondió, encogiéndose de hombros –Y, por supuesto, la mejor compañía –Replicó, guiñándole el ojo. Y Pansy, por primera vez en mucho tiempo, le dirigió una suave sonrisa. Y pensó que, después de todo, el que no celebraran navidad en Slytherin o en su casa, serviría de algo.
Si vería beneficios de ello, ya lo vería. Pero por la mirada que Blaise Zabini le dirigía, posiblemente lo sería.
Posiblemente.
