Capítulo 32. El príncipe.
Primer paso completado. Faltan tres.
Abandonó la sala de audiencias, dejando que los guardias sheikah se ocuparan de cerrar las puertas. La finalidad de aquel lugar era tan clara como efectiva, minar la moral de quien llegase. Que no flaquease la confianza entre aquellas paredes era como mantener una vela encendida en vendaval.
Se trataba de un espacio inmenso, con un techo casi tan alto como el de un templo. Todas las paredes estaban adornadas con vistosos tapices en los que se repetían los motivos de la Familia Real. Eran azules, verdes y rojos. Los suelos eran de mármol pulido, pero gran parte del mismo también quedaba oculto tras una moqueta roja y dorada. En el extremo opuesto a la entrada, la sala se alzaba con tímidos escalones, y sobre la parte más elevada, se erigía el trono de rey. Era una pieza de oro macizo, acolchado en los apoyabrazos y el asiento con cojines de plumas. Sobre el respaldo, una imponente réplica de la Trifuerza con los símbolos de las Diosas grabados en su interior.
Sobre él había estado su padre. Cuando lo vio, tuvo que recomponerse de la impresión, porque lucía bastante desmejorado. Su barba estaba completamente cubierta de canas, y las arrugas que surcaba su piel eran profundas e ineludibles. Las bolsas bajo sus ojos resaltaban más por sus oscurecidas ojeras. Llevaba 4 años sin verlo, pero por él parecía haber pasado más de una década. Sin embargo, su cabeza seguía tan lúcida como siempre. Por aquella primera impresión, su padre no parecía un demente como decía Zelda, solo un ser terco y cascarrabias. Lo que siempre había sido, vaya.
La conversación se había estructurado de la siguiente manera: saludarse, recibir una reprimenda por haber venido, despedirse. Así es como su padre entendía un reencuentro con su hijo. Por suerte o por desgracia, la frustración que le generaba aquel hombre era mucho menor que cuando era pequeño. La estancia en Hebra le había templado los ánimos, y ahora podía pensar con frialdad. De hecho, había conseguido parte de lo que se había propuesto: concertar una audiencia privada en los aposentos de su padre para discutir la estrategia militar. También, de paso, esclarecer lo ocurrido con su hermana.
Fue a su habitación a prepararse, y aprovechó aquel momento para fijarse en el interior del castillo. Los suelos enmoquetados seguían igual de pulcros que cuando se fue. Las armaduras decorativas, brillantes, las antorchas refulgiendo llamas anaranjadas. Y aun así, tenía una sensación desagradable, como si todo estuviera hueco, vacío, hostil. Esa hostilidad se mantuvo incluso en su propia estancia.
Las dos mujeres sheikah aguardaban en silencio, protegiendo y vigilando al hombre de la capucha. Estaba sentado en un sillón, y el gesto con el que dejaba caer los brazos sobre el asiento, o cómo abría las piernas al sentarse, le hacían sentirse como un intruso.
–Tenemos audiencia con mi padre –anunció Noah.
El hombre asintió con lentitud. La sombra de la capucha le ocultaba el rostro, pero aun así sabía qué había debajo. Solo de pensarlo, un cúmulo de sensaciones que se agolpaban en su interior. Miedo, ira, asco, admiración.
"Ha traído al príncipe de los ladrones. Traidor."
Una voz resonó en sus oídos. Miró a su invitado, pero éste parecía no haber oído nada. A través del turbante vio los ojos dorados de la sheikah, que también lo había escuchado. Parpadeó un par de veces, y los ojos rojos de la mujer volvieron a vigilar al prisionero, al invitado.
–Debo felicitarte –dijo él con voz jocosa–. El numerito que has montado ha sido todo un éxito.
–Ha cumplido su objetivo –contestó Noah, quitándose el peto con el que había cabalgado. No se desnudaría frente a él, pero al menos se cambiaría el calzado a uno más cómodo–. Hemos dirigido la atención hacia donde había que hacerlo. La gente quiere paz.
Una risa grave y profunda pareció vibrar en su pecho. –¿Paz? A mí me ha parecido bastante belicoso.
–¿Hablas tú de belicismo? –soltó Noah, dejando lo que estaba haciendo. Aun sin verlo, supo que la sonrisa de su invitado se había congelado. No debía olvidar con quién estaba hablando. Volvió la vista al armario–. Solo quiero lo mejor para todos.
–Lo mejor –repitió él–. ¿Lo mejor para todos? ¿Quiénes son todos?
"Mátalo."
Noah hizo caso omiso. –Todas las personas del reino. A quienes pretendes llevar a la guerra.
El "príncipe de los ladrones" se incorporó en el asiento, apoyando su mentón en la mano. –¿Por qué te escandaliza tanto la guerra? Es como si hablaras de un… tabú.
–¿Lo dices en serio? –Noah no podía creer lo que estaba escuchando, el cinismo de ese hombre era demasiado grande para esa habitación. –Me escandaliza tanto la guerra como la frivolidad con la que la tratas. ¿La muerte de miles de personas, tal vez? Familias rotas, pobreza, la destrucción de la economía, hambrunas. Todo eso conllevaría entrar en guerra.
–Príncipe Nohanssen –dijo de forma solemne. Hacía muchísimo que nadie lo llamaba por su nombre completo–. Veo que eres una persona increíblemente versada. Quieres cuidar de tu pueblo, te preocupa el bienestar de los más débiles, de que puedan llevarse algo a la boca. Deja que te pregunte, entonces, algo sencillo. ¿Sabes cómo llega el agua a Gerudo?
Noah se quedó en silencio un momento. Sabía de sobra que todos esos halagos no eran más que una burla velada, le llamaba tonto diciéndole listo. Y sin embargo, para aquella pregunta envenenada no tenía respuesta. Aun así, no se dejaría engatusar. –¿Es por el agua por lo que quieres iniciar una guerra?
–La sacamos de pozos –comenzó–. El agua que cae en la Pradera y la que fluye por el río Hylia se filtra bajo tierra, circula por ríos subterráneos y se acumula en lo que se conocen como oasis. Mi gente excava esas zonas y lleva el agua a la Fortaleza pero, ¿sabes qué ocurre cuando no llueve tanto? No te estoy diciendo una época de sequía, sino cuando a lo mejor hay tres semanas sin llover. –Se respondió a sí mismo. –Que ese agua subterránea desaparece. Se la traga la tierra, se evapora antes de que llegue a los oasis. Dan igual los detalles, el caso es que no hay agua.
Se puso en pie, cuan alto era. Hasta ahora lo había visto sentado, ya fuera en su montura o en aquel sillón. Sin embargo, en pie uno se daba cuenta de lo grande que era. La capucha quedaba a más de dos metros de altura.
–Cuando hay ese problema, tenemos que organizar partidas al río Hylia. Mis mujeres tienen que llevar toneladas de agua a través del Cañón Gerudo para poder beber, cocinar o regar los cultivos, y no siempre pueden traer la suficiente. Tienen que dejar a sus hijas en casa, tienen que interrumpir sus labores por algo tan básico como el agua. –Dio un paso hacia el príncipe, eliminando la distancia entre ellos. –La tribu gerudo se muere. Es pobre, su economía está famélica, y a veces no tienen ni agua para beber. ¿Te parece que frivolizo hablando de la guerra? Mi pueblo nunca ha dejado de estar en ella.
Noah espiró. La tensión que había generado aquel pequeño discurso había condensado el aire en la sala, aunque solo él parecía notarlo. Las mujeres sheikah seguían en silencio, mirando a su objetivo. Ese primer asalto lo había ganado él. Sin embargo, la realidad era más esperanzadora.
–Por eso mismo estamos aquí –resumió Noah al fin, listo para la audiencia–. Para acabar con esta situación.
Su invitado avanzó a la puerta seguido de su escolta. –Esto es humillante –dijo–. Me siento como un reo.
–La reunión será privada, no tienes que preocuparte.
–No quiero a ninguno de estos allí.
Noah abrió la puerta. –Se quedarán fuera.
Segundo paso completo. Faltan dos.
En el camino a la reunión con el rey, Noah se fijó en que el castillo estaba prácticamente desierto. Las únicas personas que encontró estaban custodiando la entrada a los aposentos reales. Una pareja de sheikah. –Podéis retiraros, ellas guardarán la puerta –comentó Noah. El sheikah lo miró largamente a los ojos, pero asintió. Noah se giró hacia el hombre encapuchado–. Te haré saber cuándo tienes que entrar.
El interior de los aposentos era mucho menos pomposo que la sala de audiencias. La mayor parte del espacio lo cubría un gran escritorio de madera de caoba, con dos sillas frente a él. A los lados había estanterías de la misma madera recogiendo libros, pergaminos, y extraños artefactos de otras razas. La pared trasera era una cristalera. Y tras ella se podían ver los bosques del norte y la gigantesca cumbre de Hebra.
El paisaje quedaba recortado por ancha figura de su padre, que aguardaba tras el escritorio. Tenía una pluma en la mano y firmaba una serie de documentos. Aun así, tras ella pudo distinguir un mapa de la zona de Gerudo.
"Le ha traído. Traidor."
El rey levantó la cabeza de golpe, como si también lo hubiera oído, pero cuando vio a su hijo, bajó de nuevo la vista y firmó otro documento. Noah se quedó en pie, esperando a que terminara. No ocurrió tal cosa.
–No ha venido tu hermana.
Años sin verse y su primera palabra era para Zelda. –No.
–¿Dónde está?
No le daría el gusto. –No está conmigo.
–Siéntate. –Lo hizo de mala gana.
–¿Le falta mucho? –comentó.
El rey levantó la vista de nuevo. –Estoy firmando decretos para que los hombres que has traído tengan dónde dormir y qué comer, al menos por un tiempo.
Aquella respuesta lo hizo desistir, y terminó de acomodarse en la silla. Aguardó en silencio durante varios minutos, con el garabateo de la pluma sobre el pergamino como único estímulo. Miró de nuevo a través del ventanal. Desde allí se veía lo que había sido su hogar, pero también una posible solución a sus problemas. Necesitaba convencerle de ello.
El sonido al sumergir la pluma en un frasco con agua y alcohol le devolvió a la realidad. Su padre sopló sobre la última firma y amontonó todos los documentos en un lateral de la mesa. Ahora quedaba a la vista el mapa que había visto antes, además de otro de todo Hyrule.
–¿Dónde está Zelda?
–No he venido a hablar de eso, padre.
–Muy bien, hablemos. ¿Vas a explicar por qué has traído a la guarnición de Pico Nevado?
–¿Por qué no hay soldados hylianos aquí? –preguntó Noah. La mejor manera conseguir respuestas sinceras era pillando desprevenido a la otra persona. Así no le daba tiempo a inventar una respuesta.
Por desgracia, su padre también sabía jugar. –¿Eso es lo que querías decirme?
–Quería decirle varias cosas, y ésta es una de ellas.
–Creía que las preguntas las hacía yo.
Noah se armó de paciencia. –Pues como puede ver, las preguntas las haremos los dos. ¿Va a responderme?
El rey frunció el ceño, y sus ojos verdes lo retaron. –No son de fiar.
–¿Cómo que no son de fiar? Son nuestra gente.
–Gobernamos para nuestra gente, pero eso no les obliga a someterse a nosotros. Su obediencia es limitada.
–¿Por eso solo confía en los sheikah? ¿Porque harán todo lo que les diga? –El rey Dapnhess no respondió, pero aquel silencio le daba la razón. –Es que, por más que le dé vueltas, no entiendo qué podría usted ordenarles para que ellos se negaran. ¿Tiene que ver con Zelda?
–Noah… –gruñó su padre.
–Dígame, padre. –Silencio una vez más. –Está bien –concedió–. ¿Dónde está Impa?
–No sigas por ahí. –Su tono era autoritario.
–Es de ser muy negligente privar a la heredera al trono de su guardia personal por una desavenencia puntual. Y más aún siendo una líder sheikah.
–He dicho que no sigas por ahí.
–Porque no estaba con Zelda, que sería lo normal viendo la situación en la que se encuentra. ¿La has matado?
–¡Nohanssen! –dijo el rey, levantando el tono.
–¿Vas a responder a algo de lo que te pregunte? –estalló Noah al fin, poniéndose en pie–. Zelda se ha ido a los confines de Hyrule por tu culpa. Tenemos una guerra en ciernes y ni siquiera me has informado. Llego aquí y me encuentro el castillo vacío, y a cada pregunta que te hago te cierras en banda. –Se dejó caer de nuevo en la silla. –Estoy aquí para ayudar, pero no soy un maldito sheikah. Si quieres mi confianza, responde a mis preguntas.
Dapnhess se mantuvo en silencio un momento. Era la primera vez que tuteaba a su padre, y aquella sensación le dio vértigo. Él seguía con su ceño eternamente fruncido, pero en sus ojos parecía haber un brillo de… otra cosa. –Veo que tu estancia en Pico Nevado te ha cambiado.
Noah no se dejó engatusar. –¿Dónde está Impa?
El rey se reclinó hacia detrás. –Está viva, en las mazmorras.
–¿Por qué?
–Porque ayudó a Zelda a escapar. –Noah enarcó una ceja.
–¿Y no habría sido mejor dejarla ir para que al menos no estuviera sola?
Por primera vez, el ceño de Daphness se relajó, y aquello le hizo parecer más viejo. –Los sheikah son peligrosos, Noah. Son como una espada extremadamente afiliada. Si no tienes un control absoluto sobre ella, puede hacer más daño a uno mismo que contra quien la empuñas.
–Desobedeció una orden directa –entendió Noah. Había convivido tanto tiempo con sheikah que ni se había planteado que aquello pudiera ocurrir. Y no solo desobedecer, sino a quién. Estábamos hablando su padre, el máximo exponente de la realeza de Hyrule. Si aquello saliera a la luz, si se causara precedente… Era inadmisible.
–Pero como te he dicho, sigue viva –continuó el rey–. Si Zelda vuelve sana y salva, probablemente se ponga en pie de guerra. Necesitaré tenerla aquí para que obedezca.
–¿Una rehén para tu propia hija? –preguntó Noah, sorprendido.
–Ya sabes cómo es –respondió. Y tanto que lo sabía, había huido de él teniendo la mayor guarnición de soldados fuera de la Ciudadela. Aun así...
–Tiene sentido –concedió, sin atascarse ahí–. ¿Puedo ir a verla? A Impa.
El rey volvió a erguirse, visiblemente molesto. –Preferiría que no, al menos por ahora.
–¿Por qué? –preguntó. Impa era la clave para resolver todo lo que había ocurrido. Su testimonio resolvería todas las dudas, desde por qué escapó Zelda a por qué desobedeció una orden directa. Aunque ambas cosas parecían indiscutiblemente relacionadas.
–¿Sigues desconfiando de mí? –preguntó Dapnhess–. Eso no te llevará a ninguna parte.
–Lo sé, padre –respondió. De nada le servía enemistarse con él, y menos ahora–. Confío en usted.
–Entonces es mi turno de preguntar, aunque creo saber la respuesta –comenzó–. ¿Por qué demonios has traído a los soldados? Si te enteraste de la situación en la que estaba la ciudad era porque conocías la estrategia que pensaba seguir –razonó su padre–. Y también sabías que si traías a todos estos hombres aquí, forzar el asedio sería inviable.
Era cierto. El razonamiento más simple, el que podía utilizar en un discurso al pueblo llano se resumía en: cuantos más, mejor. Sin embargo, eso no era tan sencillo. Una gran cantidad de hombres implicaba un mayor desafío logístico, más comida, más agua, menos espacio. Un ejército grande debía estar en movimiento o acabaría por devorarse a sí mismo.
–Entonces, si trajiste a toda esta gente es porque querías desbaratar la idea del asedio. –Fijó sus ojos verdes en él. –Tienes otro plan en mente. ¿Quieres cargar contra las gerudo en campo abierto? ¿Llevarlos a su territorio?
–En última instancia, sí –asintió Noah.
–Sería una masacre –respondió el rey, claramente molesto–. Las arqueras a caballo gerudo son mortíferas en campo abierto, y algunas fuentes hablan de que está preparando un ejército aún mayor. Invocaciones o algo así.
Esos rumores también habían llegado a sus oídos. Su hermana le había hablado de lunas rojas y magia negra. Aun así, ella tampoco lo había visto, así que seguían siendo eso, rumores.
–He dicho en última instancia, padre –puntualizó–. Hay una tercera vía. El diálogo.
–¿Diálogo? –repitió el rey, sin comprender.
–Con Ganondorf, padre.
Dapnhess le lanzó una dura mirada. –No se puede negociar con él.
–Sus peticiones son lícitas, las gerudo viven en la miseria.
–¿Qué estás diciendo? –le preguntó, extrañado–. El pueblo gerudo es próspero.
–No lo es. Viven en condiciones extremas. Tienen que cuidar las unas de las otras para salir adelante, y a veces para sobrevivir. Si ha conseguido un control tan férreo de su gente es porque confían en él, en las cosas que pide.
–Tú no lo entiendes, Noah –rebatió el rey, alzando el tono de nuevo–. No le siguen por sus ideales, lo siguen por quién es. Son sus costumbres.
Otra vez las costumbres, igual que Zelda. –Menosprecias a su gente, padres. Les estás negando una oportunidad de mejorar.
–No les niego ninguna oportunidad porque no la hay.
–Las estás dando como un caso perdido –contestó, furioso–. Ni siquiera estás dando la opción a negociar, padre.
–¡Ya lo hice, demonios! –gritó su padre, dando un golpe en la mesa–. ¡Lo intenté! Cuando capturamos a Ganondorf lo intenté, otra vez cuando escapó, y cuando supe que se preparaban para guerra también.
Noah se quedó en silencio. Aquello no tenía sentido. No cuadraba ni con la lógica ni con lo que él había visto. –Pero…
–No quieren la paz, Noah.
No podía ser así, tenía que haber algún error. Se llevó las manos a la cabeza y pensó. ¿Cómo podía ser cierto aquello si tenía al príncipe de los ladrones al otro lado de la puerta? ¿Le estaría engañando su padre? Un momento. ¿Estaba confiando antes en el gerudo que en su propio padre? Aquello sí que era un disparate. La solución era más sencilla.
–En última instancia –susurró. Las palabras le dejaban un buen sabor de boca.
–¿Cómo dices?
–¿Y si pudiéramos traerle aquí y obligarlo a negociar?
–¿Obligarlo a negociar?
–Sí. –Ahora todo estaba claro. Al final el plan más sencillo sería el más efectivo. –Pactar un acuerdo, y si no lo hace, lo ejecutamos.
–¿Ejecutarlo? Eso sí que traería una guerra.
–Sí, pero perderían a su líder. Las gerudo están acostumbradas al pillaje y a los ataques rápidos, no a una guerra real. Sin un líder que organice sus filas, acabarían por retirarse.
Daphness se mesó la barba. Parecía sopesarlo seriamente. Por desgracia, comenzó a negar la cabeza. –No… –Miró a Noah. –Eso no ocurrirá. Ganondorf nunca vendría aquí.
–¿Y si lo hiciera?
–Bobadas –negó–. No lo hará.
–¿Y si sí? –insistió Noah.
–Si lo hiciera tendría un as en la manga. Si lo hiciera sería porque tiene un plan, y la confianza de que tendrá éxito.
Noah se quedó helado. Por primera vez, la duda lo envolvió como un viento gélido. No podía ser. Estaba solo, y ellos rodeados de sheikah por todas partes. Si intentaba cualquier cosa, acabaría muerto.
"Lo ha traído. Al príncipe de los ladrones. Está aquí".
La voz volvió a resonar en su cabeza.
–¿Cómo que está aquí? –preguntó el rey. Sus ojos verdes rebosaban de ira, pero también miedo.
–¿Qué? –preguntó Noah, confundido–. ¿También oyes la voz?
–Noah… ¿Qué has hecho?.
Las puertas de la entrada se abrieron de golpe, chocando con las paredes que la sujetaban. Tras ella entró él. Con la capucha bajada, nada ocultaba ya su rostro. Tenía el cabello rojo como el fuego, y su piel tostada recordaba al bronce. Su pecho ancho y musculoso, sus puños, enormes como dos manguales. Su nariz era afiliada, y su sonrisa más todavía.
¿Dónde estaban los sheikah? ¿Y las dos guardias que había dejado con él?
Avanzó por la estancia, ignorándole por completo. Caminaba como si aquel lugar fuera suyo, como si el simple hecho de estar ahí ya fuera una victoria. Sus ojos eran dorados, ardientes como una fragua, y estaban clavados en su padre.
"Mátalo. Mátalo."
Notas de autor: Lo primero, disculpad por el retraso.
Este es uno de los capítulos en los que más me he divertido escribiéndolo. No sé qué os parece Ganondorf, o la idea de Noah. Intento que ambos personajes no entren al 100% en el "es bueno" o "es malo". ¿El fin justifica los medios? Y más importente, ¿cuáles son realmente las motivaciones que los llevan a actuar?
Sakura: Me alegro de que quedara claro. En cuanto a Gaepora, quizás lo veamos más adelante. No puedo decir más.
