Kagekiyo I
Kage observó al elfo que se arrastraba. Le faltaban las piernas y el brazo izquierdo. Ni siquiera fue un desafío. Oh, estaba entrenado, podía dar fe de ello, pero carecía de cualquier tipo de experiencia práctica. Y no le sorprendía. Estos grupos de racistas solo mataban mercaderes y viajeros solitarios, difícilmente serían un problema contra verdaderos luchadores.
Chasqueó la lengua, decepcionada. Puso fin a la miseria del elfo, permitiendo que se uniera a los otros cadáveres que estaban en el suelo. Un pobre intento de emboscada que salió mal. Cobardes y debiluchos, incapaces de pelear cara a cara.
Cualquiera podría acusarla de lo mismo, en realidad. Pero había una diferencia. Su primer ataque sorpresa siempre era una advertencia. Si el enemigo no podía bloquear lo que era, en esencia, una declaración de duelo, no valdría la pena perder el tiempo.
Hizo una mueca al recordar su actual misión. Los había perdido en dos emboscadas, en realidad. La primera en aquel pueblo y la segunda en la posada... Bueno, no luchó la segunda vez, pero eso no importaba en el gran esquema de las cosas. Dos fracasos estridentes.
Lo único bueno de toda esta debacle era que ambas se habían convertido en Objetivos de Venganza. Incluso si, en una circunstancia normal, sería imposible que un par de niveles uno la derrotasen, siempre era mejor tener un seguro. Nunca se sabía cuándo se luchaba contra un ryūshu, o eso decían, primera vez que mataría uno. No creía necesitar la ventaja, pero era una tarea para su diosa.
Se estremeció al pensar en volver. Ella era cariñosa, hasta el punto de mimar y malcriar a todas sus hijas durante el día a día. Pero no toleraba, bajo ningún concepto, el fracaso o la traición. Kage cometió dos errores, y estaba segura de que sería castigada si no volvía con la caja y la diosa que la custodiaba.
Lo que más temía del fracaso sería la mirada de decepción que recibiría a cambio. Solo una vez lo contempló y dolía más que una puñalada. Kage solo tenía dos propósitos en esta vida: luchar y servir.
Se dejó llevar por lo primero y sus objetivos escaparon. La mayoría fue forraje en aquel pueblo, nivel uno solo con experiencia contra monstruos. Pero aquella mujer de la lanza fue un desafío aceptable. Buenos instintos, fuerza, e incluso si no sabía luchar contra mortales, lo compensaba con la voluntad de vengarse.
Y Kagekiyo entendía muy bien la venganza.
Suspirando de alivio cuando salió del bosque, no pudo evitar sonreír ampliamente al ver a un grupo de personas. Los había escuchado a medida que se acercaba, pero le gustó confirmar que eran bandidos; o eso decían sus aspectos. Y una diosa estaba maldiciendo en un idioma desconocido para Kage. No importaba mucho, solo estaba aquí para conseguir información.
Ampliando su sonrisa, estaba segura de que debería verse como una maniaca. Desenvainar las katanas en sus costados no debió ayudar a su imagen, pero los quería asustados y dispuestos. Así que se lanzó para apuñalar al más cercano de ellos; una buena primera impresión era menester.
Lo que no esperaba era verse interceptada por una espada, la cual era sostenida por una montaña de hombre. Su ceño estaba fruncido, pero no sentía ningún tipo de agresión por parte de él. O bloqueó por puro instinto, lo que dudaba, o no tenía deseo de hacer daño, todavía.
No sabía si su sonrisa podía hacerse más amplia, pero comenzaban a dolerle las mejillas. Un nivel dos. Un luchador de verdad. Alguien habituado a matar a otras personas. Podía decirlo con solo su postura, incluso con una disposición aparentemente reticente. No mataba monstruos.
Pero se deshizo de toda su emoción, dejando solo pequeñas brasas dispersas. No estaba aquí para disfrutar de una pelea con este hombre. Si lo mataba, debería romper al resto del ganado. O tal vez tomarlo como rehén y exigir información de la diosa.
No era una excusa para seguir luchando, ni un poco.
Kage parpadeó sorprendida cuando fue lanzada hacia atrás, derrapando. El hombre era fuerte. Y rápido. Tuvo que usar ambas manos para desviar un golpe que casi la decapitó. Sus manos vibraron ante el puro poder de tal ataque, sumándosele el peso de un arma como esa.
Notando que estaría en desventaja si permanecía a la defensiva, se disparó hacia su oponente. El primer golpe fue bloqueado con la espada y el segundo con un brazal. Evitó que Kage continuara al propinar una patada baja. No impactó, pero rompió su secuencia.
El titan de hombre siguió con una ofensiva que combinaba el uso de su espada y golpes con las manos o los pies. Kage evitaba los primeros y bloqueaba los segundos, a pesar de que, por sí solo, era más fuerte que ella. No se olvidaba de colar sus propia puñalada o corte ocasional.
Uno de los bandidos pensó que tendría un tiro de suerte con una ballesta. Sin dejar de sonreír, se hizo a un lado. Esto apenas fue una distracción de su duelo, poco más que un intento fútil de un niño para participar en las peleas de los adultos. La diosa gritaba órdenes al tal Caesar, quien supuso era su contrincante. Parecía demasiado concentrado como para prestar atención.
Kage logró pasar una katana por su defensa. La hoja rozó su cuello. Un pequeño corte, como prueba de su debilidad, lo hizo retroceder. Iba a seguirlo, pero usó la diferencia de distancia en su armamento para mantenerla a raya. No lo persiguió, y solo lo miró mientras volvía a levantar su guardia.
El hombre la miró. Ni siquiera reaccionó ante la herida. O al movimiento de los demás humanos que hicieron un esfuerzo en rodearla. Ballestas, espadas y lanzas maltrechas le apuntaron en un intento de asustarla. Poco sabían ellos que estaban teniendo el efecto contrario en ella.
La excitación solo iba en aumento a medida que más víctimas se iban sumando a la carnicería. Y fue aquí que los detalló; se veían desgastados, sucios, algunos incluso heridos. Seguramente vieron un mejor momento, y podría atribuirlo fácilmente a lo elfos.
—¡Suficiente! —la voz de la diosa resolló—. Declara tu maldito negocio. No estoy de humor para la mierda de nadie en este momento.
La divinidad creía que ella tenía el control de la situación. Fácil creer eso cuando solo se guiaban por los números. Su nivel dos era hábil, seguro, pero el intercambio anterior no fue más que una cortesía. Había mucha más Kagekiyo de donde salió eso.
No obstante, tenía que controlarse. Miró a la mujer, cuyo aspecto no era mucho mejor que el de los hombres. Incluso tenía una herida reciente, para gran diversión de la tanuki. Un arañazo que le había costado el ojo izquierdo, o debería hacerlo, el vendaje hacía imposible de adivinar, y podía apostar a que fue un acto de la ryūshu.
—¿Dónde está la diosa que pasaba junto a una elfa, una enmascarada y… una yamanesa?
Desconocía si estos de aquí sabían que contaba con sangre de dragón. Si todavía les era ajeno, no quería competencia en su cacería. Solo un tonto no sabría el valor de un ryūshu, y sospechaba que la chica lo era. Prácticamente lo estaba gritando para que el mundo lo supiera.
—Ofrezcan la respuesta, o Kagekiyo les ofrece la aniquilación.
Blandió su katana como única advertencia. Caesar se mantuvo indiferente, pero notó que los demás estaban tensos. Tanto, que una ballesta se disparó. Kage se inclinó hacia atrás, disfrutando del virote que impactó en otro de los humanos. Iba a estallar una discusión, pero la diosa los silenció con una mirada de muerte; no hizo mucho por los gritos de dolor.
—No creo que estés en posición de hacer demandas —Kage le dio una mirada plana, y luego observó al bandido herido con el virote; la diosa se aclaró la garganta—. Pero desconozco su ubicación actual.
—Y sabes de quiénes hablo.
La declaración de Kage llevó a un silencio tenso. Oh, alguien debía saberlo. Solo había dos formas en que esto terminaría. O conseguía la respuesta de la forma aburrida, o lo hacía de la forma divertida.
—Se dirigen a un pueblo costero —esta vez habló Caesar; su voz era lo que se esperaba de un hombre de su tamaño—. Si te diriges al suroeste a partir de aquí, deberás llegar a un pueblo costero. Si son inteligentes, tomarán un barco. Tal vez un carruaje hasta Orario.
Kage apretó los dientes. Si llegaban a Orario, los perdería para siempre. Y no era como si pudiera verificar lo que le estaban diciendo. Desconocía el continente al igual que sus hermanas de Familia, pero era la única que podía trabajar aquí. Las otras dos eran demasiado jóvenes para moverse por su cuenta, y la que tenía la edad, estaba pasando por una crisis existencial y era la encargada de cuidar a las niñas.
Se mantuvo quieta mientras los veía retroceder con cautela, dispuesta a cumplir su parte. Ignoró el tirón violento y abrasador de su alma cuando se marcó a Caesar como un Objetivo de Venganza. Le estaba exigiendo que lo persiguiera y pusiera fin a su miserable existencia. Una parte tan instintiva y difícil de acallar. Distraía demasiado. Su cabeza dolía al desobedecer la compulsión, yendo en aumento entre más se distanciaban sin que ella los detuviera.
—Fukushū-sha… —murmuró a la nada—. A veces odio esta Habilidad.
§
II
§
—No había ningún pueblo costero. Desconozco por qué las protegería, pero este fue un golpe de suerte —Kiyohime apenas registraba las palabras de la asesina—. De pie, ryūshu. Proclámate a ti misma. Enfrenta a Kagekiyo.
No se movía. A pesar de las ordenes que su cerebro estaba enviando, fue incapaz de realizar cualquier acción. Sus extremidades temblaban, y sentía que cualquier pequeño viento la derribaría. La esquina de su visión se estaba oscureciendo, y solo podía centrarse en el rostro de la asesina, cómo cambiaba.
Al principio no hubo nada, solo una sonrisa suave, linda incluso, mientras decapitaba a la joven elfa. El rostro de una chica que daba un paseo por los jardines del palacio, disfrutando de la belleza del entorno. Se movió hacia la confusión, seguido de un ceño fruncido.
Fue uno de esos momentos en los que el cuerpo de Kiyohime actuó antes de que su mente pudiera ponerse al día. La asesina, Kagekiyo, debió aburrirse de esperar. Se lanzó dispuesta a terminar el trabajo sin mucha resistencia. La ryūshu rodó a un lado cuando la katana descendió. La siguiente fue bloqueada por el tessen izquierdo, aunque se deslizó de su mano cuando la ofensiva culminó con una patada.
Kiyohime fue levantada del suelo gracias al poder detrás del golpe, impactando con un árbol cercano. Todo el aire fue expulsado de sus pulmones, tosiendo con fuerza, tratando de que el oxígeno volviera a su lugar.
Dolía demasiado. Era más fuerte que la vez anterior. Podría ser difícil de decir cuando solo intercambiaron un golpe en su primer encuentro, pero creía que el incremento estaba allí. Kiyohime también lo era, en realidad. Solo un poco, pero seguía estando un grado por debajo de la asesina. Seguía teniendo menos experiencia que la asesina.
¿No era esto una batalla perdida? Mayor fuerza y experiencia. Era como luchar contra Ryuu, pero llevado al extremo, sin la posibilidad de una tregua. Una pérdida de tiempo, y a pesar de eso, no se permitió quedarse en el suelo. La inacción significaba la muerte, un final no solo por debajo de ella, sino que también se negaba a nunca más volver a ver a su hermana. Debía permanecer en movimiento.
Haciéndose a un lado, evitó perder la cabeza. Intentó atacar para no verse en la penosa necesidad de defender, algo que ya se había demostrado como infructuoso. Su esfuerzo fue derribado con facilidad, incluso cuando intentó usar la mano libre para realizar un derribo. Kagekiyo solo se deslizó hacia un lado y casi logró cortarle a extremidad.
Pero se dio cuenta de inmediato. Estaba manteniendo a Kiyohime a la distancia de sus armas. Claro, por algo las tenía, pero su maestro le enseñó a identificar a quienes no eran buenos luchando con las manos desnudas. Allí radiaba la principal ventaja de su arte.
Tomando una bocanada de aire, Kiyohime se arriesgó a seguir adelante. Usaba su único tessen para desviar lo mejor que podía. Una capacidad limitada, además de una velocidad inferior. Algunos cortes se colaron en sus antebrazos cuando se veía en la obligación de retroceder con urgencia.
No podía agarrarla. Su intención era obvia y no podría esconderla, pero creyó, tal vez ingenuamente, que sería capaz de hacer algo. Incluso un solo derribo podría ser suficiente. Tal vez no para ganar, pero podría idear algo sobre la marcha.
La primera vez que la vio, su traje lascivo la hizo levantar una ceja. Pero ahora estaba jugando en contra de Kiyohime. No había dónde sostener, e incluso si su cabello era largo, lograba mantenerlo fuera del camino. Apenas raspó un poco la armadura que cubría su pecho, pero era lisa e imposible de capturar.
O lo hizo a propósito, o fue una casualidad de su exhibicionismo.
Sea como fuere, Kiyohime no podía seguir a la ofensiva por siempre. Su oponente no tardó demasiado en ir habituándose a sus movimientos. Kiyohime estaba demasiado desesperada como para intentar lo mismo. Y pronto, la situación se invirtió.
Comenzó con una patada baja. Kiyohime gruñó de dolor cuando cayó sobre una rodilla, aunque fue capaz de saltar y salir del camino de la hoja descendente. No era que hiciera mucho, porque pronto se vio abordada por más.
Cada golpe venía seguido de otro, entumeciendo su brazo cada vez que bloqueaba y solo sus instintos evitaban que muriera. No porque no estuviese lo suficientemente cerca. Uno logró rasgarle la ropa y cortar su abdomen. Fue amplio, aunque poco profundo. No obstante, dolió cuando le dieron una patada justo en ese lugar. No fue difícil derribarla por segunda vez.
Luchando por aire, rodó y se levantó, creyendo que sería apuñalada por permanecer en el suelo. La asesina no se había movido de su lugar. La miraba de forma penetrante. Estudiándola, cada centímetro de Kiyohime. Aquellos ojos eran hermosos, pero la estaban aterrando en estos momentos. Llenos de una mezcla de exasperación, decepción e impaciencia.
Con un movimiento, limpió algo de sangre que había quedado en la katana. La sangre de Kiyohime. La sangre de un dragón. Desperdiciándose en el suelo como basura.
—Escuché historias de los tuyos —habló Kagekiyo; su tono era bajo, calmado y armónico—. Superiores, inalcanzables. Falna solo como una adición en lugar de ser indispensable. Encarnan el poder absoluto. Parientes de Ryūjin, ser de naturaleza divina, padre de cada dragón en Genkai.
»Tú… no eres más que una deshonra.
Kiyohime sintió que su orgullo lastimado servía como combustible para una ira recién nacida. ¿Cómo se atrevía este ser inferior a hablarle de esa manera? Ella estaba por encima de estas criaturas humildes.
Pero cualquier furia se extinguió al ver el cadáver de Primo. La tristeza y el miedo anularon el otro sentimiento. Se sentía enloquecedor. El miedo y la ira luchaban por el dominio, desgarrándola, mientras la tristeza parecía entumecer su capacidad para sentir.
Kagekiyo observó a la ryūshu retorcerse en su lugar. Sus pupilas se ensanchaban o estrechaban en una lucha de voluntades que le era ajena. No era el único cambio que ocurría o se revertía en ella, pero era el más atrayente; sus ojos eran como el oro, bonitos, sí, pero estaba esperando las pupilas enloquecidas de una bestia iracunda.
Los cuernos de la chica crecían o se encogían, al igual que las uñas, convirtiéndose en garras por momentos, ensangrentando las manos al clavarse en su palma. Casi podría jurar que la piel pasaba de tersa a escamosa en un parpadeo. Su respiración irregular revelaba colmillos afilados.
Era obvio que quería desmembrar a Kage, o quemarla viva, pero ¿qué la estaba deteniendo? Siguió los ojos de la chica, notando la cabeza cortada de la elfa. Ah, bueno, todos los días se aprendía algo, ¿no? Los ryūshus eran emocionales, pero no podían albergar dos completamente opuestas, no si querían convertirlo en combustible.
Era una verdadera vergüenza, pero lo vería como una bendición. Si ella no estaba en condiciones para dar una buena pelea, podría tomarla como rehén mucho más fácil. Kage no era una cabeza hueca, y confió en la habilidad de la chica para resistir un intercambio. La necesitaba viva, después de todo.
Refunfuñando, envainó una katana. No obstante, fue allí cuando lo sintió. La otra todavía estaba en su mano izquierda, así que la usó para bloquear. La zarpa raspó el acero, pero la criatura fue demasiado rápida. Gruñó de dolor cuando sintió que un colmillo desgarraba su antebrazo, percibiendo que tocaba el hueso.
Saltó hacia atrás cuando la cola iba a golpearla en el costado. Movió la mano armada para contraatacar, pero la punzada la hizo reconsiderar su acción. En su lugar, tomó más distancia mientras se hacía un examen rápido. Tendría que aceptar, a regañadientes, que fue estúpido de su parte no usar armadura.
Dolía como, bueno, había muchas palabras para usar. Cualquier movimiento la hacía soltar una mueca. Incapacitada por un dragón bebé; nunca iba a escuchar el final de esto. La bestia era más alta que ella, con un cuello largo y un hocico lleno de colmillos. Había lugares que sangraban entre sus escamas, pero nada serio.
Un movimiento repentino le recordó que no estaba sola. La ryūshu había dado medie vuelta, lista para escapar del lugar. Kage se lanzó hacia ella, cambiando la katana de mano. No iba a girar a tiempo para defenderse, y no necesitaba las piernas para jugar su papel.
Pero hubo otra interrupción. El dragón, interponiéndose en su camino, intentó una repetición de su ataque sorpresa. Esta vez estaba preparada. Esquivó el zarpazo, adentrándose en su espacio. La dentellada también fue evitada al moverse hacia un costado.
Aunque fue un ataque hecho con incomodidad, logró asestar en el ojo de la criatura. Se retorció de dolor, golpeando los alrededores con furia ciega. Las garras rozaron el abdomen de Kage, aunque la tanuki evitó la peor parte del daño.
Sintió el tirón familiar de su Objetivo escabulléndose. Tuvo que esforzarse para no perseguirla en un arrebato suicida. En su lugar, toda su atención estaba en el dragón infante que ahora la enfocaba. Estaba más que furioso, pero todavía con demasiada cautela como para intentar algo estúpido.
—Fuera del camino, bestia —gruñó—. No eres rival para Kagekiyo.
Pareció entenderla, pero, en lugar de hacer lo sensato, las palabras de la tanuki debieron enfierecerlo. Rugió en amenaza, bajando su postura a una lista para saltar. Kage lo imitó, sacudiéndose el estremecimiento cuando la Habilidad le informó que la ryūshu había escapado, agregándolo una segunda marca de Fukushū-sha.
Kage fue la primera en atacar. No había mejor defensa que matar a tu enemigo. La bestia rugió en desafío y bloqueó la katana con una zarpa. De no ser porque lo había visto venir, Kage habría perdido la cabeza cuando el dragón mordió, gruñendo al darse cuenta de que había fallado.
Iracunda, golpeó todo lo que estaba a su alrededor. La cola azotaba como un látigo, destrozando árboles y creando pequeñas zanjas. Las garras rasgaban la corteza, por poco abriéndole el estómago en varias ocasiones. El polvo se levantaba, casi tanto como volaban las astillas.
Siendo esta una oportunidad, saltó para alejarse. Consideró perseguir a la ryūshu, tal vez podría alcanzarla. Pero no sabía si el dragón, que estaba haciendo un berrinche, la perseguiría. Por mucha confianza que tuviera, esta criatura tenía extremidades mucho más fuertes.
Kage se observó a sí misma. Estaba hecha un desastre, herida pero excitada por la lucha por venir. Sonriendo ampliamente, ocultó su presencia mientras acechaba a su presa.
§
III
§
—No deberías estar tan preocupada —fue la primera frase que dijo la diosa.
—No lo estoy —Ryuu no sabía si estaba o no diciendo la verdad.
Definitivamente estaba inquieta, pero podía atribuirlo a varias razones mucho más lógicas que el estar «preocupada» por personas que apenas conocía. La primera era que estaba en un poblado de mestizos, apenas mejor que puramente humano, habiendo revelado su identidad como elfa. Era la primera vez que duraba tanto tiempo dentro de un asentamiento, y en un estado tan indefenso.
La segundo podía ser que odiaba sentirse inútil y en deuda. Estos seres inferiores la ayudaron, bridándole cobijo y tratamiento. Podría haber pagado la deuda mediante la eliminación del dragón que amenazaba la paz. O haberlo ahuyentado, no era tan arrogante como para creer que podría matarlo en su estado actual.
Por último, y las más importante, era su propia debilidad. Sentía sus mejillas enrojecer al recordarlo, queriendo enterrar la cabeza en la tierra. Desde que nació, había vivido en un idilio que desconocía la enfermedad; el Árbol Sagrado o, para ser más exacta, su fruto, la mantuvo saludable. Ni una sola vez experimentó debilidad, e incluso si sabía atender heridas, no fue una habilidad muy necesaria cuando el aura de Noah aceleraba la sanación.
Como miembro de una familia con la obligación de proteger el Árbol Sagrado, vivía más cerca que la mayoría de los elfos. Los efectos beneficiosos eran mejores en ella, constantemente expuesta a la bendición de la naturaleza. Su condición no fue inferior a «perfecta».
¿Cómo se suponía que iba a saber que los síntomas que comenzó a experimentar la harían desmayar? Ni siquiera sabía qué le había dado, o si tenía un nombre, o siquiera haber experimentado todo aquello alguna vez. La diosa mencionó algo sobre su sistema inmunológico debilitado debido a lo equivalente al aislamiento estéril, acrecentado por una ingesta de alimentos carentes de la pureza habitual. Lo que sea que eso signifique.
Para resumir, su cuerpo era débil fuera de cualquier bosque élfico y recibió una probada de la realidad. En lugar de sentirse ofendida, solo incrementó el asco que sentía por las razas inferiores. Sabía que el mundo no era limpio, que la naturaleza no estaba en su mejor momento, pero ¿destrozarla de tal manera? Asqueroso.
—Todavía estás tensa —comentó Dia.
Esta vez no la dignó con una respuesta, y solo la miró fijamente. Estaba sentada donde siempre estuvo desde que llegó al pueblo. Sus manos se frotaban casi de forma inconsciente, a pesar de que su rostro era la viva imagen de la serenidad.
—¿No estás proyectándote en mí? —se encontró diciendo Ryuu.
Dia de inmediato se vio avergonzada, aclarándose la garganta. Ryuu no era la mejor versada en interacciones sociales, pero incluso ella sabía que la Diosa intentaba «calmarla» para buscar paz para sí misma.
No era que la elfa estuviese insensible o algo parecido. Solo… tenía un poco más de confianza en la dracónida de lo que Dia se permitía. Ryuu había luchado contra Kiyohime, e incluso si ninguna dio todo en aquel duelo, sí conocían sus capacidades gracias a lo que ocurrió en su viaje.
Ryuu tiene una perspectiva de la situación muy diferente a la de la divinidad: Kiyohime no necesitaba una niñera para esto. Obviamente no podría derrotar al dragón, pero no era indispensable para conseguir la victoria. Y, de ser necesario, estaba Primo para brindar asistencia mágica.
Nada era óptimo, pero, hasta ahora, la dracónida no había fallado, y ni siquiera había utilizado su magia congénita. Espantar a una criatura apenas pensante no iba a ser una complicación para aquel par; e incluso en batalla, podrían cuidarse mutuamente. No había nada de qué preocuparse, y aún así…
—No puedo evitarlo… —murmuró Dia—. Yo solo… —mordió su labio tan fuerte que parecía sangrar—. Me siento ansiosa cuando no veo a ninguna de ustedes. A veces despierto por la noche solo para verlas y saber que están aquí…
Ryuu no dijo nada. Principalmente porque no sabía qué decirle, y otra parte porque la entendía. La diosa había perdido al resto de su Familia, y por mucho que sonase cruel, solo quedaban las sobras. Hablaba mucho de su fuerza de voluntad el haber permitido que se marcharan para ayudar al pueblo.
Y las cosas no se perfilaban bien, no con aquella asesina desaparecida, habiendo ofendido a un grupo de bandidos y con una escases de suministros en pleno invierno. Decir que las cosas habían empeorado eran un eufemismo.
Lo que Ryuu pensó que sería un viaje relajante para conocer el mundo, se había convertido en una misión suicida. No había nadie a quien culpar sino a sí misma. Ella y su gran boca, siempre metiéndose en problemas. Primero, siendo demasiado sincera con respecto a sus opiniones con respecto a las tradiciones y los ancianos. Ahora, ofreciéndose para ayudar.
Iban a morir, tanto ella como Kiyohime. Dia era una divinidad, e incluso si, al parecer, la muerte era posible, dudaba que ocurriese pronto. Primo, por otro lado, era parte de este problema desde un inicio. La decisión de Ryuu iba a matarla a ella y Kiyohime…
Los nervios de la diosa no ayudaban al estado de ánimo de Ryuu, al parecer. Normalmente no era tan negativa. No debía cargar toda la culpa, sería tonto pensar que la dracónida sería tan estúpida como para lanzarse a una situación sobre la que no tendría control…
Necesitaba una distracción de forma urgente.
—Háblame de tu hermana —prácticamente ordenó la elfa—, la que dijiste que era agradable.
—¿Hermana agradable?... ¡Oh! ¿Hablas de Astraea?... No es que Atenea no sea agradable o algo así, es que simplemente…
Comenzó a disminuir el tono de su voz, avergonzada. Podía entender que no quisiera decir nada malo sobre su familia; Ryuu todavía defendería a quienes insultasen a los elfos. Tal vez se fue un poco de la lengua al decir que los odiaba, pero no quería que Kiyohime hiciera preguntas.
—¿Qué puedo decir? —se aclaró la garganta—. No hay mucho, en realidad.
No lo creía. Estaban hablando de deidades, ¿cómo no podría haber algo interesante que contar? Le era imposible concebir que seres de poder absoluto no tuviesen eventos trascendentales en sus inmortales vidas. Si los tenían los humanos, ¿por qué no ellos?
Su rostro pareció reflejar algo, porque Dia soltó una pequeña carcajada, como si hubiera olvidado que sus niñas estaban en un lugar peligroso. Ryuu no se lo recordó, y esperó en silencio cualquier cosa que fuera a decir.
—Puede ser difícil de creer, pero nuestras vidas en Tenkai, como llama Kiyohime a nuestro hogar, no son demasiado interesantes. ¿Por qué crees que existen tantas historias sobre nuestras intervenciones en el mundo de los mortales, o el hecho de que decidimos bajar?
Ryuu abrió la boca, pero la cerró con un clic. Pensándolo detenidamente, tenía razón. Leyendas de los dioses usando el mundo como patio de juegos, caídas y ascenso de civilizaciones y mucho más. ¿Por qué, si tuvieran algo de interés en sus hogares, se aventurarían a otro?
Fue como ser iluminada, a pesar de que le dijeron una verdad tan simple. Había escuchado realmente que solo estaban abajo por el entretenimiento y nada más. Creyó que podría ser solo una de sus tantas formas de divertirse, pero esto planteaba una nueva perspectiva.
¿Los mortales siempre fueron piezas para que las divinidades liberasen sus frustraciones? Sabía que no era el momento para tener otra crisis existencial, pero no podía evitarlo. Definitivamente estaba aprendiendo más cosas nuevas en este viaje que en toda su vida, por mucho que no le gustasen demasiado.
La diosa le dio tiempo para pensar, y a pesar de lo que dijo, habló un poco sobre su hermana. Cosas triviales en realidad, pero que ayudaron a ambas a apartar la mente de lo que estaba ocurriendo fuera del pueblo. Fue un ruido de fondo apreciado, incluso si no le importaba cuál era la comida favorita de tal divinidad.
De hecho, habían estado tan distraídas que casi saltaron en sus asientos cuando la puerta de la casa fue azotada. Ryuu apenas tuvo tiempo para ponerse la capucha y máscara, antes de que ocurriera lo mismo en la que estaban ambas. La elfa solo detuvo su mano cuando reconoció la cabellera azulada, y negaría a cualquiera que fue debido a los ojos como rendijas y colmillos que se veían entre cada bocanada de aire.
Cuando salió del estupor, fue que notó le estado de la dracónida. Su ropa estaba rasgada y cubierta de tanta suciedad como sangre. Fue fácil ver las heridas de corte, demasiado finas como para ser la zarpa de alguna bestia. Tampoco ignoró las lágrimas antes de que embistiera a la diosa en un abrazo desesperado.
Ryuu se levantó de un salto y cerró la puerta, incluso si eso no ayudaba a que conservase algo de dignidad. Estaba murmurando algo en lo que solo podía ser su lengua materna, y notó que la diosa estaba haciendo lo mismo para tranquilizarla. La elfa no tenía ni idea de lo que estaban hablando, así que se cruzó de brazos.
Kiyohime se aferraba a Dia como si su vida dependiera de eso, incluso arañando la piel delicada de la diosa. Aunque extrajo sangre, Dia no emitió quejido o intentó apartarla. Era todo amor maternal, acariciándola y susurrando lo que solo podían ser palabras tranquilizadoras. Eran estos momentos lo que le recordaba que Kiyohime, y por extensión ella misma, eran solo niñas.
Y tal vez porque estaba ajena a la atmósfera, fue que se dio cuenta de algo. O la ausencia de alguien. Solo hizo falta agregarlo al comportamiento errático de la dracónida y Ryuu sintió como si su estómago se hundiera. El corazón comenzó a latir con furia, pero se obligó a calmarse.
—Kiyohime —su voz salió más autoritaria de lo que quería, pero sirvió para llamar la atención; ignoró la mirada de la diosa—. ¿Dónde está Primo?
Los ojos de Dia se abrieron como platos, mirando alrededor de la habitación mientras palidecía con cada segundo. El estremecimiento de la dracónida, en lugar de responder la pregunta, fue suficiente para que Ryuu quisiera vomitar. Pero se obligó a mantenerse unida, habiendo notado la forma en la cual las manos de Dia estaban temblando.
Una vez más, tenía que ser la adulta de la situación. Enterró cualquier sentimiento negativo, cualquier insatisfacción, como si todavía estuviera en su hogar. Inhaló y exhaló, sin apartar los ojos de las dos personas que temblaban en el brazo de la otra.
—¿Qué ocurrió? —se obligó a preguntar, sintiendo su lengua entumecida.
No consiguió una respuesta de inmediato. Abría y cerraba la boca, y a pesar de querer arrancarle la respuesta, se obligó a tener paciencia. Tendría que, al parecer, guiarla. Inhaló y exhaló una vez más, haciendo todo lo posible para no perder los estribos.
—¿Fue el dragón? —Kiyohime negó con la cabeza, habiendo descubierto que su voz no le servía—. ¿Se hicieron cargo? —un asentimiento—. ¿Fueron los bandidos?
Aquello era lo más probable. En realidad, fue una sorpresa el no tenerlos pisándoles los talones, pero supuso que los elfos lograron mantenerlos ocupados el tiempo suficiente, o los mataron. Grande fue la sorpresa de Ryuu al ver al dracónida negar con la cabeza.
Eso solo dejaba una opción, y se estremeció de solo pensarla. Fue en ese momento en que se dio cuenta de que había cerrado los puños con tanta fuerza que su palma comenzó a sangrar. La limpió en su capa y formuló la pregunta a pesar de no querer hacerlo.
—¿La asesina?
Ambas sabían de quién estaban hablando, porque el estremecimiento fue mejor, o peor en realidad, que cualquier formación. No pasó por alto cómo el cuerpo de Dia se puso rígido ante la mención de aquella mujer, pero dejó de prestarle atención.
Evadió a ambas mujeres y tomó el bolso. Había sido reabastecido lo suficiente, por lo que no tendrían tantos problemas. Todavía quedaba algo de camino hasta Orario, pero tendrían que arriesgarse. Quedarse quietos ya no era una opción.
Sin poder evitar la mueca que se formó en su rostro, jaló a Kiyohime. Algo de suciedad y sangre manchó a Ryuu cuando la dracónida la usó de apoyo. Decidió ignorarlo a favor de la eficiencia, sin perder de vista a la diosa que la seguía en silencio.
Ni bien abandonó la casa, se encontró de cara con los pueblerinos. Retuvo su mano cuando iba a atacar, mirando fijamente al hombre que estaba a cargo. Ni siquiera tenía que formular su pregunta, porque Ryuu se le adelantó.
—El dragón fue tratado. Nos vamos.
Era obvio que tenían demasiadas preguntas, las cuales no serían respondidas, no por ella. Continuó jalando la forma catatónica de Kiyohime, seguida por una diosa en estado de shock.
