Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 24: Nochebuena
24 de diciembre
Inuyasha fulminó al monje con la mirada, deseando poder afilar en él sus garras. El libidinoso le había estado robando a Kagome cada día desde hacía semanas. ¡A veces incluso una hora cada vez! Y Kagome, la muy idiota, se va con él. ¡En qué diablos está pensando! ¡Pensaba que era más lista! Su fuerte gruñido atrajo miradas de curiosidad de Sango y Shippo, pero los ignoró.
Están ocultando algo. Hablaban en voz baja entre ellos, luego cambiaban de conversación si se acercaba demasiado. A veces hacían dibujos en la tierra como lo hacía ella con Shippo cuando tenían la oportunidad de detenerse un rato. Muy a menudo ella miraba furtivamente a Inuyasha, él se daba cuenta de cada mirada. Gruñía cada vez que apartaba la vista rápidamente.
Inuyasha estaba empezando a bullir de ira. No estaba seguro de si quería sacudir a Kagome por su estupidez por elegir a un monje pervertido, o si quería destrozar al monje en un millón de trozos inidentificables. Estaba inclinándose hacia la opción de destrozarlo… era mucho más satisfactoria.
Mientras cuidadosamente, y de una forma alarmante, tramaba el fallecimiento de Miroku, Kagome lo sorprendió al sentarse a su lado con una sonrisa luminosa en la cara.
—¿Qué quieres, niña?
Su sonrisa desapareció, pero solo por un momento. Pero luego volvió, un poco más pequeña que la anterior, pero aún estaba ahí.
—Es Nochebuena, Inuyasha.
—¿Y?
Inuyasha le echó una miradita mientras ella observaba al zorrito, que jugaba con la gata de fuego en el campamento. Estaban jugando con los adornos de otro árbol que Kagome había insistido en decorar. Había tenido al grupo todo el mes decorando los árboles de donde acampaban. Por supuesto, Inuyasha se quejaba fuertemente y no participaba, pero seguía gustándole observar. Decorar árboles la hacía feliz. Verdaderamente feliz. A veces se cuestionaba su cordura, nadie podía estar TAN feliz. A lo mejor el clima frío le estaba causando algún tipo de demencia.
Se permitió una pequeña sonrisa mientras pensaba en su extraño comportamiento de todo el mes. Cantaba y se reía sin una buena razón, y era contagioso.
—En Nochebuena, cantábamos villancicos y bebíamos chocolate caliente. Souta y yo encadenábamos palomitas de maíz y las colgábamos en el árbol. Papá nos leía un cuento de Navidad, luego nos arropaba en la cama. Souta y yo salíamos a hurtadillas para espiarlos.
Kagome soltó una risa suave. Inuyasha prestó atención al brillo de sus ojos. No llores, no llores, no llores, canturreó en silencio, un poco preocupado por que su loca felicidad se convirtiera de repente en tristeza. Ella giró la cabeza para que su cara se escondiera de su vista. Pero Inuyasha vio la lágrima que bajó por su mejilla.
—Eso era cuando papá aún estaba vivo.
Se secó los ojos y luego volvió a mirar a Shippo y a Kirara.
—Mamá y papá se quedaban levantados hasta tarde, y ahí sería cuando se darían sus regalos especiales. Se suponía que tendríamos que estar dormidos, pero ¿quién iba a dormir en Nochebuena?
Kagome miró al fuego con tristeza. Inuyasha sabía que estaba recordando esos preciosos y demasiado lejanos recuerdos.
—¿Qué tipo de cosas se daban el uno al otro? —No es que estuviera interesado, por supuesto… solo quería que volviera a estar feliz. Hacía que su pecho se sintiese raro cuando estaba triste y era una sensación que odiaba.
A Inuyasha le dio un vuelco el corazón ante la sonrisa que ella le dirigió. Era cálida y dulce, llena de amor. Sí, era amor por su familia, pero aun así… un hanyou puede soñar…
—Cosas pequeñas —explicó—. Cosas para hacer que el otro supiera que era la persona más importante del mundo. A veces eran caras, a veces eran cosas que le recordaban a cada uno ciertos recuerdos, a veces… a veces eran cosas especiales que hacían ellos. Una vez, papá le hizo a mamá una muñeca de papel de colores, fue el regalo favorito de mamá. Fue lo último que hizo para ella.
Inuyasha la observó mientras se levantaba rápidamente y llamaba a Shippo. Lo cogió en brazos, le dio vueltas y luego lo abrazó con fuerza, después se volvió a sentar al lado de Inuyasha. Sostuvo a Shippo mientras le contaba una historia sobre la noche de antes de Navidad. Era una historia extraña sobre un hombre grande que entraba a hurtadillas en el hogar familiar y dejaba regalos, luego se iba volando con una pequeña manada de una especie de demonios ciervo que podían volar.
Cuando se terminó, abrazó a Shippo y cantó una canción sobre el plateado y el dorado, mirando furtivamente y con diversión al pelo y a los ojos de Inuyasha, y puso a dormir al niño zorro.
Uno por uno, su pequeño grupo se quedó dormido. Inuyasha vio que Shippo se dormía primero. Miroku fue el siguiente en dormirse. Sango nunca se dormiría antes que el demasiado amoroso monje. Después, Kirara y ella cerraron los ojos y durmieron. Inuyasha se mantuvo alerta mientras esperaba a que Kagome se asentara. Se tumbó en su rama del árbol sobre el grupo y vigiló por el rabillo del ojo.
Kagome estaba revolviendo en su mochila extremadamente grande, lanzando miradas a sus dormidos amigos. Sacó cuatro objetos y fue hacia el árbol decorado, depositándolos debajo. Parecía tan orgullosa de sí misma que Inuyasha tuvo que bajar de un salto e inspeccionarlos para ver qué era para tanto.
Los objetos estaban envueltos en tela con cintas atadas a su alrededor, con hojas y bayas decorando la parte de arriba.
—¿Regalos? —preguntó Inuyasha.
Kagome asintió.
—Este es para Sango —susurró—. Es una peineta bonita para su pelo. ¿Recuerdas cuando le hice aquel extraño recado a una señora hace un par de semanas? Ya sabes, ¿aquel en el que me tuve vestir de chico y fingir que estaba cortejándola para poner celoso al chico que le gustaba? Bueno, me dio esta peineta para el pelo como agradecimiento. La semana pasada, encontré a alguien que pudo retocarla y ponerla bonita.
—¿El orfebre con la pequeña diabla…?
—… Niña —corrigió Kagome.
—¿… Que se negaba a salir de la cabaña que estaba ardiendo sin su gato?
Kagome sonrió.
—¡Ese mismo!
Inuyasha entrecerró los ojos, la fulminó con la mirada y gruñó ferozmente.
—Si ALGUNA VEZ vuelves a entrar en un edificio ardiendo te romperé ambas piernas.
Le quitó importancia a su amenaza y señaló otro regalo.
—Ese es para Miroku. Es un diario, un libro con páginas en blanco para que las rellene.
—¿Cómo conseguiste…?
Kagome sonrió.
—¿Recuerdas cuando me pidieron que cuidara de todos aquellos niños unas aldeas atrás cuando todas las mujeres desaparecieron y tú y los demás tuvisteis que ir a rescatarlas? Bueno, esto fue un pago por cuidar de los niños.
—Lo recuerdo. Eran como una docena. ¿Hablabas en serio cuando dijiste que nunca querrías tener hijos? —preguntó Inuyasha.
—Nah. Puede que en el momento pensara de esa manera. ¡Pero tú también lo habrías hecho si un puñado de niños gritando te hubiera llevado casi hasta la locura! Pero un día me gustaría tener mis propios hijos.
—¿Cuántos?
—Mmmm… puede que uno. O dos. Es que no creo que pueda lidiar con más que eso. No creo que pueda tener más hijos que manos para abrazarlos.
Inuyasha miró a los dos regalos que quedaban. Sabía que uno era para Shippo.
—Este es el de Shippo. —Kagome tocó amorosamente el regalo más grande—. Le hice ropa nueva y su propia almohada.
—¿Otro favor por la tela?
Kagome se rio.
—Síp, lo adivinaste.
—Debe de haber sido del incidente de la gallina acorralada —murmuró distraídamente mientras golpeteaba el regalo que quedaba con curiosidad.
—El incidente de la gallina también me dio un cepillo para Kirara. Ese es su regalo.
Inuyasha se quedó boquiabierto. El último regalo era para la gata de fuego. ¡LA GATA DE FUEGO! ¡Lo que no dejaba ningún regalo para él!
—Keh —gruñó—. Los regalos son estúpidos. La Navidad es estúpida. —Y se fue saltando.
No me ha regalado nada. ¡Nada! Enterró las garras en el árbol en el que estaba posado. ¡Pensaba que yo le importaba! ¡Le ha dado un regalo a Miroku y a MÍ no! Inuyasha le lanzó una mirada fulminante al monje dormido y pensó en nuevos modos de torturarlo antes de matarlo.
Cuando Kagome empezó a trepar por el árbol en el que estaba, la ignoró completamente. Normalmente, le ofrecería una mano para subirla o bajaría y la subiría. Que se caiga.
Kagome resbaló y su mano salió disparada sin su permiso y la atrapó. Mientras se balanceaba en el aire, alzó la vista hacia él y le sonrió. Podría tirarla. Podría soltarla y caería. Puede que se rompa las piernas o un brazo, o algo. Simplemente la soltaré. Inuyasha suspiró y apretó su agarre.
Mentiroso.
La levantó. Una vez que estuvo a salvo a su lado, empezó a ignorarla otra vez.
—Pensé que podrías querer abrir tu regalo esta noche —susurró.
Inuyasha abrió los ojos de golpe. Observó con los ojos muy abiertos y boquiabierto cómo le tendía un paquete envuelto en tela roja atado con una cinta blanca. Al principio, lo único que hizo fue sostenerlo, tocando la cinta de aspecto delicado. Luego, miró a Kagome.
Estaba sonriendo.
Inuyasha volvió su atención a lo que había estado diciendo sobre los regalos que sus padres abrían en Nochebuena. Eran los especiales. Regalos entre compañeros mientras su manada dormía.
—Ábrelo —le animó Kagome mientras le codeaba. Sus ojos brillaban de emoción. Mientras tiraba ligeramente de la cinta, la vio morderse el labio.
Está preocupada.
Observó con curiosidad cómo caía la cinta y cómo empezaba a caer la tela. Desprendió el material cuidadosamente y sacó una sarta de cuentas y colmillos. Volvió a mirar a Kagome.
—Encontré las perlas cuando fuimos a la playa, antes de conocer a Miroku. —Estaba jugando nerviosamente con la tela roja—. Jugamos a ese juego, las canicas, con las pocas que encontramos. Fue el primer juego al que conseguí que jugaras conmigo. ¿Recuerdas que pasé mucho tiempo en el agua esos tres días?
—Te grité…
Kagome volvió a quitarle importancia a sus palabras.
—Tuve suerte de encontrar tantas. No sabía lo que iba a hacer con ellas en aquel momento. Pero pensé que eran bonitas. Los colmillos son de algunos de los demonios contra los que luchamos juntos. Yo no los arranqué, por supuesto, ya los habías derrotado. No estaba segura de por qué los guardaba, pero lo hice.
Señaló un colmillo.
—¿Ves este? Este es del primer demonio contra el que luchamos. Este es de cuando encontramos a Shippo. —Uno por uno, pasó por los colmillos de las batallas en las que habían luchado y ganado—. Le pregunté a Miroku por el rosario que lleva en su mano, el recuerdo de familia. Me enseñó a hacerles los agujeros a las perlas y a los colmillos, y a ensartarlos.
Eso le hizo clic en la cabeza.
—Por eso pasabas tanto tiempo con el pervertido.
Kagome asintió.
Inuyasha miró el rosario que estaba entre sus manos. Había hecho esto para él. El tiempo que pasaba con Miroku era para hacerme un regalo a MÍ. Sonrió. ¡Sí que le GUSTO yo más! ¡Ese estúpido pervertido no obtuvo el regalo especial de Nochebuena, yo sí!
La observó mientras su sonrisa se hacía más grande y luminosa mientras él levantaba despacio el rosario. Luego, lo puso en sus manos y se le desencajó el rostro. Casi podía oler las lágrimas que estaban a punto de correr por su rostro.
—Pónmelo.
Ella parpadeó un par de veces, sosteniendo el rosario.
—Pónmelo —repitió.
Con una risita nerviosa, levantó lentamente las cuentas y las pasó sobre su cabeza. Le sacó su melena plateada de debajo, luego colocó el collar bajo la primera capa de su túnica.
—¿Por qué lo has hecho? —preguntó Inuyasha.
—¿Hacer qué?
—Esconderlo. ¿Te avergüenzas de habérmelo dado o algo? —Entrecerró los ojos y sacó el rosario para ponerlo por fuera de su ropa.
—¡No seas estúpido! ¡Claro que no me avergüenzo! Solo pensé que tú podrías estar… que no querrías que ellos… maldición, pensé que TÚ te avergonzarías.
—Keh.
Kagome se estiró y tocó las cuentas alrededor de su cuello. La mano de Inuyasha cubrió la suya y la sostuvo contra su pecho.
—Gracias.
—Feliz Navidad, Inuyasha.
—Keh.
Inuyasha observó a su amiga mientras bajaba del árbol y ocupaba su lugar al lado de Shippo. Cuando se durmió, se agarró a su nuevo rosario. Sabía que la única manera de que se lo sacara alguna vez sería si ella se lo quitaba.
—Feliz Navidad —susurró.
