Capítulo 11
Is That Alright?
La tensión que reinó en ese momento era demasiado visible. Bankotsu pasaba la mirada de Kagome a Inuyasha y después a su pequeña paciente. Incluso la propia Kagome se sentía completamente incomoda estando en esa reducida habitación.
―Supe que estabas aquí – comentó, acercándose a Kanna ― ¿Estas mejor?
Ella asintió con una sonrisa.
―Kagome me estaba cuidando.
Pero de pronto, la niña frunció su pequeño entre cejo. Ahora que recordaba, la primera vez que había visto a Kagome fue precisamente es una galería de fotos. Dando por hecho que era novia de su doctor.
Ella miró a la mujer que en ese momento buscaba un rincón donde ocultarse.
― ¿Ahora eres amiga de mi papá?
Kagome abrió la boca y después la cerró por completo. Simplemente le dedicó una sonrisa y decidió escapar de ahí como la vil cobarde que era. Aunque no era para tanto, después de todo Bankotsu era un cliente de la agencia de viajes y simplemente había salido con él una vez. Así que explicaciones, no le debía.
―Vuelvo en seguida.
Se levantó se la silla y comenzó a guardar el material con el que le había estado pintando las uñas a Kanna. Pero la niña le pidió que las dejara en la bandeja, porque aún faltaba una por pintarle.
Le dedicó una fugaz sonrisa a Bankotsu, al pasar al lado de Inuyasha, éste le alcanzó a susurrar algo que únicamente pudiera escuchar.
―Cobarde.
Si, era una cobarde y lo admitía, así que salió de ahí como un rayo y se recargó en una pared. Al salir el aire le regresó al cuerpo, era como si lo estaba conteniendo al ver entrar a Inuyasha y posterior a Bankotsu.
Bankotsu analizó sus signos vitales solo para confirmar que ya se encontraba bien. Tomó asiento en el banco donde estaba sentada Kagome hace unos instantes. Sonrió al ver los esmaltes que estaban sobre la bandeja.
No era falta preguntar que había estado haciendo ella en esa habitación, miró de rojo a Inuyasha. En ese momento odiaba su ética profesional, porque él era el padre de su paciente y estaba prohibido para él, indagar sobre la vida privada de ellos. Pero se podía imaginar perfectamente lo que había entre esos dos. Claro, conocía las perversiones de ese abogado, porque ambos eran iguales. Ambos pagan por lo mismo, aunque en las últimas semanas no lo había visto en Zeus.
― ¿No está molesto porque Kagome es ahora amiga de papá?
―Desde luego que no, Kanna – se apresuró a responder su padre – La señorita Higurashi es libre de elegir sus amistades.
El pelinegro esbozó una media sonrisa. Era evidente que en ese comentario había un doble sentido.
―Tu padre tiene razón, pequeña – él le dedicó la sonrisa más "sincera" ―Todos podemos tener cierto tipo de amistades.
Kanna no entendió eso y frunció su pequeño cejo, siendo totalmente ajena a aquel duelo de miradas que se echaban esos dos hombres.
Tras haber estado un poco más de cinco minutos, se levantó de ahí y le dio un fugaz beso en la frente.
―Me alegra saber que ya estas mejor. No olvides nuestra próxima cita.
La pequeña asintió, era la primera que le recordaba a su padre que día y a qué hora le tocaba su cita con el médico. Su cabecita era un pequeño reloj con muchos recordatorios.
Se acercó al padre de la niña.
―Inuyasha, que no pierda la cita.
Él en todo momento no había apartado la mirada de él.
―Estaremos puntales como siempre, doctor.
Kagome estaba en la salita de espera, de vez en cuando observaba por el pasillo para ver si Bankotsu o Inuyasha salían. Pero al que vio fue a su mismismo cliente. Comenzó a caminar lentamente en su dirección, enfundado en su bata blanca. Las enfermeras volteaban a verlo y agitaban las pestañas cuando este pasaba a un lado de ellas. Pero él mantenía su contacto visual.
Tomó asiento a su lado y le sonrió.
―Sé que no tengo derecho a preguntar esto, pero…― miró a su alrededor, la sala estaba un poco vacía ― ¿Tú y Taisho tienen algo?
Ella se removió algo incomoda en su asiento. Si, era verdad, no tenía ningún derecho en ejercer ese tipo de pregunta. Pero debía sacarlo de dudas de una vez por todas.
―Tienes razón – lo miró – No tienes derecho en realizar esa pregunta.
Parecía que esa respuesta no le había agradado en lo más mínimo a Bankotsu, porque lo vio sonreír con sarcasmo y agitar su cabeza en forma de negación. Inclinó su cuerpo hacia adelante, tomó sus manos entre las suyas. De nueva cuenta ahí estaba esa sensación de incomodidad.
―Cuídate de él – no perdía de vista su mirada – Ese hombre no te conviene, de hecho, no le conviene a ninguna mujer – redujo su tono de voz para que ella solo lo escuchara – Solo toma lo que quiere de una mujer y luego las deja como un despojo. Eso no quiero que te pase a ti.
Ella frunció el cejo, un poco molesta. No por el hecho de que le diera su consejo, sino porque estaba hablando del padre de su paciente.
―Gracias, lo tomaré en cuenta – apartó sus manos ―Pero no se me hace un poco profesional que hables así del padre de uno de tus pacientes. No creo que sea muy ético de tu parte.
Él se encogió de hombros.
―Si, lo sé. Pero no me gustaría que salieras lastimada.
Acomodó un mechón de su cabello por detrás de su oreja. Deseaba levantarse y salir corriendo de ahí. Ese toque le causaba escalofrío. Si, pudiera resultar estúpido, a Inuyasha le daba acceso libre a su cuerpo desde que se conocieron. Pero algo le transmitía Bankotsu que no le gustaba.
Una alarma se escuchó y Bankotsu sacó algo del bolsillo de su bata blanca. Hizo en gesto y tuvo que despedirse de Kagome debido a una emergencia que le surgió en esos momentos.
Al levantar la mirada se encontró con Inuyasha. Tenía una ceja alzada y los brazos cruzados, sin duda había estado presenciando todo aquello. Se acercó a él y le dedicó una tímida sonrisa.
― ¿Qué tanto te decía ese doctor?
― ¡Inuyasha! – le dio un pequeño golpe en el hombro ― ¡Es el doctor de tu hija!
Él sonrió, pero más bien apretaba los labios en una fina línea.
―Me vale una reverenda mierda quién sea. Estoy pensando seriamente cambiarle el doctor a mi hija.
―No creo que eso sea lo correcto. Por lo que vi, Kanna le tiene mucha confianza y dudo que con otro se abra.
Lamentablemente tenía razón y no era la primera vez que escuchaba eso. Kaede, su secretaria, a cada momento se lo recordaba.
―Bueno ¿Qué te decía?
―No tiene nada de relevancia – respondió al final.
Se había visto modesta en su respuesta. Si de por sí ya tenía entre ceja y ceja a Bankotsu, no quería agregarle un motivo más por el que sin duda terminara aborreciéndolo y por consiguiente cambiarle de medico a Kanna.
No sería justo para la pequeña.
No volvió a tocar el tema de ese doctor durante el resto de la tarde. Los dos esperaban la orden de alta del médico para que por fin se pudieran marchar a casa. Kanna comenzaba a fastidiarse de aquel lugar con olor a desinfectante y otras fragancias.
De no haber sido por Kagome habría sido difícil su estadía porque ella traba de mantener la mente concentrada de la pequeña. Y ahí, en silencio contemplaba a ambas mujeres. Una sonrisa se le escapó de los labios al ver como surgía una complicidad entre ese par.
― ¿Por qué no quieres ir al colegio?
La pequeña Kanna arrugó los labios.
―Porque habrá un festival el día de las madres. La maestra quiere que participe, pero yo no tengo madre.
Su mente le decía que se alejara y que no se metiera en una camisa de once varas. Pero su corazón era tierno y blando. Recordaba que su mamá siempre acudía a los festivales de su hermano y ella. Nunca se había perdido ninguno, estaba presente la mayor parte de su vida.
―Yo podría ir.
Eso no solo captó la atención de la pequeña, sino de Inuyasha también.
―Pero claro, solo como amiga – era mejor aclarar todo de una vez – Así no te sentirás sola ¿Qué te parece?
Era como si la pequeña hubiera abierto un regalo de navidad y era precisamente lo que había pedido. Sus ojitos dorados se iluminaron y poco a poco una sonrisa comenzó a dibujarse en un hermoso rostro.
― ¿Puedes? – la miró y después volteó a ver a su padre, que ahora si se había acordado de él ― ¿Puede ir, papá?
Él se encogió de hombros.
―Es su decisión hija. Si ella quiere ir a tu festival – miró a Kagome – Por mí no hay problema.
Pero en esa mirada había muchas palabras ocultas. Tal como agradecimiento, por no ver a su hija de un modo diferente a lo que los demás la veían. Era como si la estuviera sintiendo parte de todo.
No hubo más charla porque el medico que la atendió entró con la orden de alta y una receta médica, la cual debería seguir al pie de la letra. Inuyasha iba a ayudarle a vestirse, pero Kanna le pidió que, si esta vez Kagome la ayudaba, lo cual no se negó y salió del cuarto a esperar a que ambas salieran.
Esto sin duda cada vez se complicaba más, ahora su hija se había encariñado en tan poco tiempo con ella. ¿Cómo le explicaba que su relación era complicada? Que en cualquier momento se podía terminar y que era probable que nunca la volviera a ver.
primero pasaron a dejar a Kagome a su departamento, la pequeña se iba grabando cada calle y donde dar vuelta hasta llegar a un bonito complejo, pero no tan grande dónde vivía con su papá.
Bajaron del vehículo a despedirla.
― ¿Entonces me prometes que ir a mi festival?
Kagome se puso de cuclillas para estar a su altura, levantó su dedo meñique, pero Kanna la miró un poco extrañada. Hasta que Kagome unió tanto el de ella como el suyo.
―Te lo prometo, estaré ahí.
Ella asintió con una radiante sonrisa e hizo algo que nunca hizo, se abalanzó a ella para darle un abrazo. Inuyasha solo se quedó viendo ese momento, como lo había estado haciendo desde que ellas se conocieron. Era como si entre las dos se gestara un vínculo inquebrantable.
Pero por alguna extraña razón sintió celos de dulzura ya que Kanna no se tiraba de ese modo a sus brazos para darle un abrazo efusivo.
Kanna la soltó y tras despedirse de ella volvió a subirse al auto para esta vez, darles espacio tanto a su papá como a Kagome. Sonrió tras la ventanilla al verlos. Si, ella se parecía mucho a la mujer que había pintado con acuarelas en uno de sus dibujos. Además, era muy amable y sobre todo cariñosa. Cuando despertó en el hospital por un momento se sintió incomoda ante la presencia de alguien que no conocía, pero tras hablar de fotografía, comenzó a agarrarle confianza, incluso al grado de prestarle su cámara.
Al despedirse por última vez de ella, la vieron entrar a su departamento e Inuyasha puso en marcha el auto. Habló con su abuela Izayoi para anunciarle que dentro de poco llegarían a casa.
―Papá…
Inuyasha se detuvo en un semáforo y vio a su pequeña por retrovisor.
― ¿Dime?
― ¿Te gusta Kagome?
Una niña muy directa, pero a la cual ya conocía desde que era un bebé.
―Es una amiga.
Estaba confundida, sabía que a un amigo se le saludaba de mano, que era uno que te acompañaba en cada travesura y eso porque la miss de su colegio se lo había explicado detalladamente. Pero había visto a su papá despedirse de Kagome con un beso en la boca.
Frunció el cejo.
― ¿Y los amigos se dan beso en la boca?
Inuyasha negó y sonrió, pero al final soltó una pequeña risa.
― No se te escapa nada, ¿verdad?
Ahora era ella la que fruncía sus pequeñas cejas sin comprender eso. Así que, de nueva cuenta, Inuyasha rectificó lo que solo era una amiga.
―Es solo una amiga y ya, Kanna.
Pero esa respuesta no le había despejado las dudas del todo. Así que ya no le hizo más preguntas a su padre, porque era claro que lo había logrado poner un poco incomodo.
― ¿Qué vas a querer en tu cumpleaños?
― ¡Muñecas no! – se apresuró a contestar – Tengo muchas y no juego con ellas. Sabes lo que quiero.
Si, lo sabía y lo había visto, aunque no estaba muy convencido en cuanto a darle una responsabilidad enorme como una cámara fotográfica. Pero lo había visto hoy, cuidó muy bien de la cámara que Kagome le prestó, entonces, responsabilidad si tenía. Solo era falta que él confiara un poco más en su hija.
Tal vez después de todo, si se merecía esa cámara. Además, su cumpleaños era la próxima semana y nunca habían hecho una fiesta.
―Nunca hemos festejado tu cumpleaños ¿Qué te parece si hacemos una pequeña fiesta con tus amiguitos de colegio?
Ella encogió sus hombros.
―Son compañeros papá, no amigos.
Pero la idea de una fiesta no se escuchaba mal después de todo.
― ¿Podemos invitar a Kagome?
La miró de nueva cuenta por el retrovisor y sonrió.
―Claro, podemos invitarla.
XXX
Podría escucharse un poco ridículo, pero se despidió de su adorada combi mientras la grúa se la llevaba a un taller especializado en remodelación, además de que le habían dado un excelente precio y se la tendrían lista en dos semanas, dos semanas que la separaban de su expedición. Tanto ella como Sota no quisieron meter ninguna mano y terminar estropeándola.
Se limpió las manos con un paño y contestó el móvil que sonaba en el bolsillo de su pantalón.
Era Kikyo.
―No digas nada y di que sí.
Ni siquiera le había dado tiempo a un saludo.
―Porque sé que todas lo necesitamos. Así que alístate, pasamos por ti e irnos a una sauna.
Bueno, no tenía nada para ese fin de semana y seguramente Inuyasha estaría con su familia. Así que era tiempo de chicas.
Se apresuró a preparar una pequeña maleta y en menos de media hora sus amigas ya habían pasado por ella para ir directo a la sauna.
―Kikyo, esto debe ser caro.
Dijo ella al ver el elegante sitio al que las había llevado.
―No te preocupes – su amiga le pasó un brazo alrededor de los hombros – Es bueno que tengas una amiga rica. Ahora vamos, dicen que hay cabinas privadas. Podemos tomar una por separado, aparte que cuenta con baño de aceites aromáticos. Chicas, esto es la vida que merecemos – abrazo a Sango del otro brazo – Así que andando.
Mientras aguardaban a que su amiga pagara el acceso de las tres, vio pasar al fiscal Hakudoshi, este al verla, la reconoció de inmediato y por supuesto, fue a saludarla.
―Señorita, he esperado ese juego de billar.
Ella sonrió.
―Un placer verlo señor.
―Pensé que venía con el abogado Taisho, dado que él anda por aquí.
Bueno, no estaba con su familia. Tal vez buscaba la aprobación de ese hombre o se disculpaba por haber salido tan apresuradamente hace unos días de su fiesta.
Apenas iba abrir los labios para pedirle que no le comentara nada a él por haberla visto, pero Kikyo se acercó y saludó al fiscal antes de llevarse a arrastras a sus amigas.
En los vestidores, guardaron sus pertenencias en unos casilleros que les habían sido asignados. Se quedaron únicamente en toalla.
Kikyo les extendió una llave.
―Son las llaves de las habitaciones privadas de la sauna.
―Creo que primero iré a darme un masaje – comentó emocionada Sango.
Kikyo asintió.
―Creo que te sigo – miró a Kagome ― ¿Y tú?
―Tal vez me vendría bien un baño de vapor y ese jacuzzi de aceites aromáticos.
―Bien, en tres horas nos vemos aquí.
Pidió indicaciones de la ubicación de los baños de vapor. Buscaba con cuidado el número que le había correspondido. Esto era como buscar la habitación de un hotel.
Sintió un viento frío tras de ella, giró para ver quién lo había causado pero el pasillo estaba desierto.
Era extraño, sentía que alguien la estaba siguiendo.
Pero se alivió en cuanto apareció su número de cuarto.
Al entrar, esa sensación de vapor la inundó. Era demasiado agradable.
Tomó asiento en una banca de madera. Su cuerpo comenzaba a sudar, pero era de ese sudor agradable provocado por una sensación agradable.
No por el maldito sol.
Esto era comodidad, delicia. Agradeciendo por tener una buena amiga que se preocupaba por una.
No dejó de pensar en su encuentro con Hakudoshi, el cual esperaba que no le dijera a Inuyasha sobre su estadía en el mismo lugar.
Pero eso no significaba que su corazón no dejara de latir desbocado tan solo pensar que estaban ahí. La última vez que hablaron fue precisamente la noche de ayer, para preguntarle cómo se encontraba Kanna.
Afortunadamente ya estaba más recuperada, pero ahora planeaban hacerle una fiesta en casa a lo cual estaba invitada. Desde luego que ya tenía planeado su regalo, de hecho, al terminar con la sauna se iría a comprarle su regalo. Solo esperaba que le llegara a gustar y que, sobre todo, Inuyasha lo aprobara.
Su móvil sonó, pero ni siquiera abrió los ojos para comprobar quién había sido la persona que le marco. Probablemente fue Sango o Kikyo, pero como ellas habían dicho, se verían dentro de tres horas.
Ya tenía establecido su orden. El baño de vapor, el jacuzzi y por último un relajante masaje.
No debía quedarse dormida, pero era tan relajante, además estos eran los últimos días de sus vacaciones así que había aprovecharlas al cien.
Afortunadamente Jacky se hizo cargo de sus clientes mientras ella estaba en sus días de permiso.
Se puso los audífonos y reprodujo una melodía en spotify.
Is That Alright? (1) saltó de inmediato y subió todo el volumen. Por alguna extraña y desconocida razón, una lágrima se resbaló por su mejilla al escuchar esa letra. Un suspiro fuerte se escapó de sus labios. Que fácil sería si las cosas entre ellos fueran distintas y no solo sexo de por medio.
Es decir, salir a citas, salir al cine acompañados de Kanna. Cosas que hacían las parejas que apenas se conocían, no solo tener sexo entre cuatro paredes y después despedirse.
Sin duda, cuando esto se acabará sería complicado, no solo para ella, sino para Kanna, a la que ya le tenía un profundo cariño.
Pero era mejor no pensar en ello. Estaba ahí para relajarse un poco y consentirse ella misma. Así que, olvidándose por completo dónde se encontraba, esta vez sí dejó que la venciera el sueño.
Además, nadie podía entrar debido a que esas habitaciones eran exclusivas.
La puerta se abrió lentamente y se cerró detrás de su cuerpo. Sonrió con malicia al ver la mujer en toalla que dormía mientras escuchaba algo.
Puso el seguro a la puerta para evitar que alguien más pudiera entrar, así como él lo había hecho.
Se detuvo delante de ella, desde que Hakudoshi le había informado que la vio en la entrada. No dudó en buscarla, incluso seguirla como un loco y ocultarse de ella cuando estuvo a punto de descubrirlo.
La recorrió lentamente, su pecho bajaba y subía. Pero iba ocultó por esa condenada toalla blanca.
¿Estaría completamente desnuda o llevaba un traje de baño?
Bueno, aunque eso no era problema. Sería excitante descubrirlo por sí mismo, si estaba desnuda, mucho mejor.
Kagome se removió incómoda al sentir unas manos recorrer sus pantorrillas.
La habitación se impregnó de una deliciosa fragancia masculina de la cual estaba demasiado familiarizada.
No podía creer que incluso en ese reducido espacio lo invoque hasta en sueños.
Inuyasha esbozó una media sonrisa al verla retorcer su cuerpo.
Llegó hasta el centro de su vagina, maldición, estaba completamente desnuda y eso lo excitó.
Se le escapó en gemido de los labios al sentir un dedo abriéndose paso entre su vulva.
Eso ya no era un sueño erótico.
Abrió los ojos de golpe y se encontró con sus ojos dorados.
Iba decir algo, pero no supo que decir. Así que él fue quien habló por los dos.
―Dime dulzura ¿Alguna vez lo has hecho en una sauna?
Con los labios entreabiertos negó lentamente.
―Te prometo que será delicioso.
