POV Rose

-Rose, sabes que hagas lo que hagas, decidas lo que decidas, nosotros estaremos contigo.-

Miré a Lissa que se encontraba sentada en una de las sillas del enorme comedor de La Corte, habíamos llegado hace unas horas y la pregunta del momento era ¿qué haría ahora? Lo cierto era que no tenía ni la menor idea.

-Es cierto, Rose. Mira, sé que está situación es un asco pero al menos tienes una familia que te respaldará sin importar qué.-

Le sonreí a Christian, tenía razón. Mi vida amorosa era un auténtico lío pero por lo menos había sabido elegir bien a mis amigos que ahora eran mi verdadera familia. Estaba sumamente agradecida por eso, mi hijo o hija, tendría tíos fabulosos. Wow, el sólo pensar en esa palabra "hijo" hacía que algo dentro de mí se sacudiera, para bien. ¿Estaba preparada para ser madre? No, diablos, no pero ¿quién lo está realmente? Dudo que exista un botón de "buen padre o buena madre" dentro del cerebro que se active por sí solo cuando se llega a cierta edad o nivel mental. Puede que fuera impulsiva, alocada y un pelín inmadura pero eso estaba bien porque quería criar un ser humano no un robot.

Sin pensarlo, mis manos fueron a posarse sobre mi vientre, estaba plano y duro como siempre. Era extraño pensar que ahí dentro se encontraba un ser en plena formación, un ser al que yo le daría vida y que dependería completamente de mí, sonreí, lo quería, quería sentirlo crecer dentro de mí, quería verlo nacer, quería protegerlo, conocerlo y ayudarlo a descubrir el mundo. Estaría para él o ella siempre, nunca lo abandonaría, le colmaría de amor y le reprendería cuando lo mereciera, aunque dudaba ser buena en eso último pero para eso tenía a mi familia, ellos me ayudarían a hacerlo bien.

-Lo sé, gracias chicos.-

Unos carraspeos nos hicieron voltear y casi me atraganto cuando vi quién había aparecido en la puerta del comedor.

-Adrián.-

Christian y Lissa se tensaron y me lanzaron una mirada de "podemos echarlo de aquí si quieres" pero negué con la cabeza y les pedí que nos dejaran solos. Dicen que lo mejor para salir de una situación tan grave como esta es hacerlo lo más rápido posible, quitar la venda rápido y sin anestesia. Los chicos se fueron del comedor, no sin antes decirme que no estarían lejos por si los necesitaba, tenían en sus caras tanta preocupación que casi me hacen arrepentirme, ¿y si ese no era el momento oportuno?

Cuando nos quedamos solos, Adrián caminó hasta mí y se sentó en la silla de mi lado izquierdo, volteado hacia mí. Lo imité y quedamos de frente, sin mirarnos a los ojos, con un pesado silencio entre nosotros. Respiré hondo, empezaría a decir lo que debía pero él me ganó…

-Adrián yo…-

-No, Rose, déjame hablar primero. Sé que me comporté como un imbécil, lo que dije, lo que hice, no sé cómo me permites estar aquí contigo, debiste golpearme por lo menos. Entiendo por qué te fuiste, yo… dije amarte y prometí no lastimarte nunca y en el primer problema que tuvimos actué como un auténtico patán.-

-Pero tenías razón en molestarte y en decir lo que dijiste, yo tampoco actué como debería y no tuve el valor de ser honesta contigo.-

-No te lo puse fácil, sabía por lo que estabas pasando y en vez de entenderte y apoyarte me dejé llevar por los celos y por el miedo a perderte.-

Adrián se puso de pie y alzó mi rostro para verme directo a los ojos. Me di cuenta de las ojeras que traía, de su gesto triste y su tono pálido.

-Rose, no merezco que me perdones pero quiero que sepas que nada de lo que te dije antes de esa noche fue mentira, te amo, Dios, te amo con toda mi alma y si hay algo que pueda hacer, lo que sea, para demostrarte lo arrepentido que estoy, sólo tienes que…-

Me confundió el que dejara la frase sin terminar, sus ojos me recorrieron de arriba abajo con detenimiento e incredulidad, no comprendía lo que estaba pasando hasta que habló, con una sonrisa de oreja a oreja y una sorpresiva e inusitada alegría.

-No puede ser, Por San Vlad, Rose, tú… estás…-

Rio con fuerza, lágrimas comenzaron a correr por su rostro y, sin previo aviso, me levantó en volandas y empezó a girar.

-Tendremos un hijo.-

Y mi corazón explotó en trillones de pedazos. Me bajó, volvió a tomar mi rostro entre sus manos y depositó un cálido beso sobre mi frente. No sabía cómo decirle la verdad, cómo confesarle lo que había hecho, cómo romperle el corazón y arrebatarle la alegría y las esperanzas.

-Voy a cuidar de ustedes, lo juro, estás molesta conmigo, lo entiendo pero, no importa, yo esperaré todo el tiempo que necesites y…-

-Adrián.-

Mi voz comenzó a resquebrajarse, las lágrimas amenazaron con salir.

-No tienes que decirme nada, comprendo cómo debes sentirte y no tienes que sentirte obligada a nada. No importa qué, Rose, estoy y estaré aquí para ti y para nuestro hijo siempre.-

-Adrián…-

La cabeza me daba vueltas y todo me dolía, el pecho, el corazón, el alma.

-Lo amaré tanto como te amo a ti, si ya lo amo, seremos los mejores padres, tú deberás ser la ruda porque yo seré el consentidor y no queremos un hijo caprichoso y arrogante que sienta que puede conseguir lo que desee, aunque sea cierto. Mi madre enloquecerá y mi tía, ya me imagino, si la reina me ama, imagínate cómo amará a nuestro pequeño, estoy seguro de que…-

-No sé si es hijo tuyo.-

Hace varios años, Lissa y yo vivimos un día maravilloso junto con sus padres y su hermano. Fue un día de cine, música, pizza e innumerables risas y momentos inolvidables. Estábamos tan felices cuando volvíamos a su casa, el rostro de mi mejor amiga estaba repleto de luz y amor. Luego desperté en la cama de un hospital con Liss tomando mi mano y mirándome con el gesto de dolor más desolador que hubiera visto. Había tristeza, pérdida y una profunda desdicha en su semblante, su mundo ya no era el que conocía antes. Una parte de ella murió junto con su familia ese día. La cara de Adrián, en ese momento, reflejaba exactamente lo mismo que la Lissa el día en que se convirtió en "la última Dragomir".