Aunque las cosas no son fáciles, ni para él ni para nadie. Él se encuentra del otro lado del patio, mirando a Greg recargado sobre la jardinera y con las manos en los bolsillos de su chaqueta de mezclilla, cuando Sherlock decide acompañarlo: "Hay una cosa en el boliche que está a dos cuadras de la casa. ¿Crees que podamos ir ambos?"

Mycroft le da un vistazo. Él está esperando una respuesta con la cabeza gacha. "No lo sé, ¿nos invitaron?"

"No."

"No parece que podamos ir, entonces."

Mycroft vuelve la mirada a Greg, él está mirándolo de regreso. Y cuando es consciente de que ha sido descubierto, voltea la cabeza de regreso a su amiga Sally.

"A nadie lo invitan realmente. Deberíamos aparecernos, no es como si alguien fuera a notarlo."

Sherlock balancea sus pies que cuelgan a ambos lados de la banca, porque él está sentado a horcajadas y traza las líneas del pavimento desgastado. Mycroft lo observa un poco más, y siente como si él perteneciera a la gente que debe recargarse en la jardinera porque no puede permanecer sentado mucho rato. No se lo dice. "Tal vez debamos ir."

"Genial, le diré a John."

Él suspira cuando encuentra a John en la salida, explicándole a Sherlock algo directo en la oreja. Su hermano se ríe como un día cálido. Mycroft no está seguro de cómo llega a esa analogía, pero sabe que las cosas en las que sueles pensar mucho nunca suelen salir bien, así que no puede evitar preocuparse un poco.

Después de clases, Sherlock y él pasan un rato en el centro comercial y se compran un par de prendas para estrenar en la noche. Cuando él le pregunta a Sherlock por la acción, él le dice que lo ha visto en las películas americanas y le ha parecido un hábito que deberían adoptar. Pero en las películas también hay gente que consigue enamorarse de personas que odian al principio y también de gente con la que no conviviría si no fueran obligados a hacerlo.

Ese pensamiento no sale de su cabeza mientras trata de ponerse algo que no parezca un uniforme escolar.