Capítulo 2: El secreto del Túmulo de las Cataratas Lúgubres

Hacía un día muy bonito en Cauce Boscoso. Era un pueblo muy pequeño junto a un río, con un puñado de casas de madera, una posada, un par de negocios y un molino de agua que servía para cortar leña. Gerdur, la propietaria del dicho molino, caminaba hacia su casa quitándose los guantes protectores. Era una mujer alta y rubia, muy parecida de cara a su hermano Ralof. Vio al joven Chubasquero de la Tormenta en el porche de su casa, bebiendo una cerveza tranquilamente junto a Imanov, el vasnórdico que su hermano había traído con él a su casa después de escapar de Helgernika juntos. Gerdur les ofreció refugio y comida mientras se recuperaban para sus respectivos viajes. Habían pasado dos días desde entonces, y seguramente partirían después de comer.

—¡Hola, hermanita!— saludó Ralof, sonriente como siempre.

—Ya podrías haber ayudado algo en casa— respondió ella, frunciendo el entrecejo—. Imanov por lo menos ha cocinado y ha cuidado de tu sobrino…

—¡Y yo lo he supervisado!

Gerdur negó con la cabeza y entró en su casa. Hora y media después, cuando todos hubieron comido, la mujer estaba fregando los platos con Imanov.

—Mira, Imanov— empezó ella—, sé que has venido a Euskayrim por asuntos propios, pero tengo que pedirte un favor.

El joven vasnórdico se la quedó mirando con sus enormes ojos castaños.

—El dragón que atacó Helgernika me tiene muy preocupada. Creo que escuché que ibas a pasar por Carrera Donostia, ¿no?

Imanov asintió con la cabeza.

—Pues aprovecha y avisa al Jauntxo de Carrera Donostia, por favor. Nos vendría genial que movilizara a la Ertzaintza si nos ataca un dragón.

Imanov sonrió y volvió a asentir con la cabeza. Ella le revolvió el pelo y le dio un beso en la cabeza y dejó que el joven terminara de fregar.

Hacia las tres de la tarde, Ralof estaba sentado en las escaleras del porche afilando una enorme hacha de batalla de hierro a dos manos, con una mochila de viaje a sus pies. Cuando la puerta de la casa se abrió, el rubio se levantó y vio salir a su amigo. Su hermana le estaba colgando una bolsa de cuero con provisiones para el camino.

—¿Ya te vas?— preguntó el rubio.

Imanov asintió con la cabeza y se encogió de hombros.

—¿Entonces no te voy a poder convencer de que vengas conmigo a Bilbao-Ventalia? —inquirió, conociendo la respuesta.

—No soy un soldado— negó Imanov con la cabeza.

—Bueno, de todas formas tengo un regalo para ti— anunció Ralof, dándole el hacha que había estado afilando.

Imanov dio un grito ahogado. ¿Otro regalo? ¡Si el día anterior el marido de Gerdur le había regalado una armadura de cuero tachonado! La cual, obviamente, lo protegería mucho mejor que los harapos que llevaba cuando llegó al pueblo con Ralof.

—En Bruma eras guardabosques, ¿verdad? Estarás acostumbrado a usar hachas.

Imanov se secó una lagrimita de la emoción. Ralof rió y abrazó a su amigo.

—Nos vemos, tío. Si no es por Bilbao-Ventalia, será antes.


El camino estaba seco y despejado, y aún le quedaban unas cuantas horas de luz por delante. Imanov miró el mapa que Gerdur le había dado. Nada más cruzar el puente, al llegar a una bifurcación, tenía que tomar el camino a la derecha, seguir recto y luego hacia la izquierda. ¡No tenía pérdida!

Cuando cruzó el puente, una mariposa se le posó en la nariz. Estornudó y el bicho se fue volando. Imanov sonrió tontamente y se puso a perseguir a la mariposa y no se dio cuenta de que se metió por el camino de la izquierda, el cual conducía montaña arriba. Después de un rato una figura surgió de entre los arbustos y se movió a gran velocidad, pasando como una ráfaga blanca y marrón delante de las narices de Imanov y aterrizando al otro lado del camino. Se había llevado la mariposa. El joven vasnórdico se giró y vio un gato blanco en una armadura de cuero. Espera, vale, no, no era un gato. ¡Era una khajiit! Pero era tan pequeña que parecía un gato del tamaño de un niño de diez años.

La khajiit estaba masticando la mariposa mientras miraba a Imanov con los ojos azules entrecerrados y las orejas dobladas hacia atrás. El joven pensó que igual la pobre estaba muerta de hambre, así que se sentó en el suelo, abrió la bolsa de Gerdur y sacó un trozo de cecina de caballo que ofreció a la felina sin moverse del sitio.

Ella terminó su mariposa y se acercó poco a poco a Imanov, mirándolo con desconfianza y olfateando la cecina. La tomó cautelosamente con una pata y empezó a comer. Cuando terminó, frotó su cabeza contra el brazo de Imanov, ronroneando, y sonrió. El joven le acarició detrás de las orejas y ella se subió a su hombro. Imanov se levantó y empezó a andar, y la khajiit no se bajó de donde estaba.

—Ésta se llama N'yara— se presentó la felina.

—Imanov de Bruma— respondió el vasnórdico.

Después de cinco minutos caminando cuesta arriba, el camino pasó a ser nevado y un confundido Imanov sacó el mapa y se lo quedó mirando, rascándose la sien.

—¿Ibas a Carrera Donostia? —preguntó N'yara.

El joven asintió con la cabeza.

La khajiit miró el mapa y empezó a explicarle cuál había sido su error, pero entonces vieron a unos vasnórdicos más adelante junto a una torre medio en ruinas. Imanov les sonrió y se acercó a ellos, mapa en mano y haciéndoles señas.

—Imanov, no…— empezó N'yara.

Una flecha prácticamente le rozó la oreja al joven.

—¡Bandidos! — bufó la felina.

En efecto, los vasnórdicos de la torre parecían más interesados en robarles hasta los dientes que en darles indicaciones. Imanov se escondió detrás de un árbol con N'yara todavía en su hombro.

—¿Qué haces? —exclamó la khajiit— ¡Tienes un hacha! ¡Defiéndete!

¿Defenderse de unos bandidos con un hacha? ¿Él? ¿Un simple guardabosques de nivel 1?

—¡Ellos también tienen un nivel bajo! ¿Qué te crees? —pareció leerle el pensamiento N'yara.

Unas botas hicieron crujir la nieve detrás del árbol que protegía a los dos jóvenes.

—¡Ahora! — gritó N'yara.

Imanov salió de detrás del árbol blandiendo el hacha y alcanzó una pierna del bandido, el cual cayó al suelo, muerto.

—¿Pero qué…?

—¡Deja los misterios de los pocos puntos de vida de los enemigos para luego! —bufó N'yara— ¡Nos queda el arquero!

Imanov, motivado, se acercó corriendo al arquero (el cual tenía una puntería pésima, todo hay que decirlo) y se lo cargó de un golpe también.

—¡Bien! —se alegró N'yara, saltando del hombro del joven y yendo a cotillear la torre, a ver si tenían cofres con algo de valor.

Cuando se embolsó algunas monedas de oro, volvió a subirse al hombro de Imanov y continuaron su camino.


—Creo que eso fue todo— comentó N'yara tranquilamente—, al menos aquí fuera.

Imanov asintió con la cabeza, jadeando, y sacudió de un golpe la sangre de su hacha. Habían llegado a la entrada de unas antiguas ruinas vasnórdicas, y un grupo de bandidos los habían recibido de muy malas maneras.

—Según el mapa de N'yara, hay un camino que va a través de estas ruinas y te deja cerca de Carrera Donostia— mintió N'yara. En realidad si se daban media vuelta tardarían menos tiempo en llegar a la ciudad, pero había demasiados tesoros en esa ruina para ser sincera—. ¡Qué suerte! N'yara no sabía que había atajos por aquí.

Imanov volvió a asentir con la cabeza y empezó a empujar las pesadas puertas de piedra de las ruinas. Una vez dentro, N'yara saltó de su hombro para ir a explorar. La sala donde se hallaban era norme y el techo estaba tan alto que no se veía. Se notaba que hacía muchos años que nadie entraba, tan descuidada como estaba; las cavernosas paredes estaban medio derruidas, plantas y setas crecían por doquier, y había fragmentos de vasijas rotas por todas partes.

N'yara volvió a su hombro y le indicó que había dos bandidos al final de la sala. Estaban discutiendo y echando la culpa a uno de ellos que parecía haberse colado por un pasadizo que llevaba al interior de las ruinas. Tan enfrascados estaban en lo suyo que no fue difícil sorprenderlos y despacharlos de un par de hachazos.

—¡Por aquí!— indicó la khajiit la entrada del pasadizo.

Era un pasillo muy oscuro, húmedo y, a medida que avanzaban, cubierto de telarañas. N'yara le clavó las uñas en el brazo a Imanov para frenarlo, justo a tiempo de ver cómo al final del camino un bandido entraba a una sala mejor iluminada. El malhechor vio una palanca en medio de la estancia, con una reja de hierro que bloqueaba una salida, y pareció pensar que era una idea genial accionarla; lástima que sólo consiguiera ser acribillado por una docena de dardos venenosos que salieron disparados por las paredes. Imanov entró en la sala y se acercó a la palanca.

—¡No la toques!— siseó la felina— Tiene que haber un puzle que haga que la palanca abra el rastrillo en vez de convertirnos en un colador.

N'yara saltó del hombro de Imanov y se puso a cotillear el lugar. A su izquierda había unas piezas de hierro de tres caras que se podían girar; en cada lado había una figura de un animal. En la pared de enfrente de la palanca, vio una combinación de tres figuras en un orden determinado.

—¡Imanov, ven!— llamó ella— Tienes que girar estas dos a "serpiente", y la última a "ballena".

El joven no lo entendía del todo, pero le hizo caso. Una vez hubo girado el mecanismo, se acercó a la palanca para accionarla (N'yara escondiéndose detrás de una de las piezas giratorias por si acaso) y el rastrillo de la salida se elevó sin ningún accidente.

—¿Ves? N'yara sabía que no fallaría— declaró N'yara, subiéndose de nuevo al hombro de Imanov—. No existe nadie en Euskayrim que resuelva mejor estos puzles que N'yara…

Dejaron la sala y siguieron por otro pasadizo. Al rato, después de haberse separado para saquear algunas urnas funerarias, N'yara brincó de nuevo al hombro del joven, que se había quedado parado delante de una puerta completamente cubierta de tupidas y duras telarañas.

—Déjale a N'yara…— sonrió maliciosamente la khajiit, levantando una zarpa y exhibiendo sus brillantes y afiladas uñas.

Pero antes de que pudieran intentar nada, ambos fueron despedidos hacia atrás por un fogonazo. Imanov cayó de culo a dos metros, y N'yara, como buen felino, cayó de pie.

—¿Qué ha sido eso? — preguntó la khajiit, con la cola erizada del susto.

La respuesta llegó en forma de carcajada desde la sala por la que había salido el fuego. Cuando los dos se asomaron, lo primero que vieron fue una araña congeladora del tamaño de un mamut que acechaba a una joven ataviada con una túnica azul de mago.

—¡Muahahaha!— reía la chica— ¡Pobre bicho! ¡Hoy te vas a quedar sin merienda!

La chica era delgada y un par de cabezas más baja que Imanov, humana de raza bretón. Tenía una larguísima melena pelirroja, a excepción de un mechón blanco en el flequillo, y estaba disparando fuego por las manos en dirección al enorme arácnido. El monstruo sólo podía retroceder, hasta que…

¡Puf! ¡Sin puntos de magia!

El fuego dejó de brotar de las manos de la maga, la cual empezó a retroceder y a sudar frío.

-Esto… ¡Arañita preciosa! ¡Era broma! — sonrió nerviosamente al descomunal bicho, que había empezado a acercarse a la joven sin prisa pero sin pausa— ¡Morrigan, échame una mano! — imploró, mirando hacia un lado.

Imanov ya había entrado en la sala, hacha en ambas manos, pero antes de que diera un par de pasos hacia la araña…

—Ya va, ya vaaa…— soltó otra voz, con desgana.

Otra joven entró en escena, esta vez una dunmer (una elfa oscura) que dio un gran salto, posiblemente ayudada por un hechizo de telequinesis, y descargó todo el peso de su maza sobre la cabeza de la criatura, la cual se tambaleó pero sobrevivió milagrosamente al golpe. La elfa aterrizó junto a su compañera pelirroja, que era una cabeza más baja que ella. La dunmer tenía el pelo rubio platino corto a la altura de la mandíbula, ojos de color cereza y pendientes de oro en sus orejas puntiagudas y oscuras. Iba vestida con una túnica con pantalón de tela negra y detalles en rojo oscuro.

Imanov llegó blandiendo su hacha y entre él y la elfa se cargaron a la araña en un santiamén.

—¡Muchas gracias!— exclamó la pelirroja aliviada, con una sonrisa que se extendía hasta sus ojos verdes.

—¡No somos bandidos!— saltó N'yara.

—Nadie ha dicho eso…— dijo la dunmer, mirando a N'yara con sospecha— ¿Tienes algo que esconder?

—¿Qué? ¿Quién? ¿N'yara? ¡No, qué va! ¡Esta khajiit se llama N'yara y no es una criminal! ¡Y el vasnórdico se llama Imanov de Bruma! ¡Muy buen chico, muy bueno!

La elfa oscura se encogió de hombros y su amiga le puso la mano en el hombro.

—Yo me llamo Salice Traven. Esta de aquí es Morrigan Lythandas. ¿Sois aventureros?

—¡Sí!— se apresuró a contestar la khajiit— ¡Sí, somos aventureros! ¡Estamos aquí buscando aventuras aventureras!

—La verdad— habló Imanov para variar— es que nos hemos perdido. Íbamos hacia Carrera Donostia, pero…

—¿Y cómo habéis terminado aquí? Para llegar a estas ruinas, tienes que hacerlo a propósito.

—¿Y vosotras?— cambió de tema la nerviosa N'yara— ¿Qué hacéis aquí?

Las dos amigas se miraron.

—Nos han dado un soplo— se encogió de hombros Morrigan.

—Suelo hacer trabajo de campo para la Ikastola de Hibernalia— informó Salice—. Soy alumna ahí, y un NPC del pueblo comentó que aquí había una especie de poder secreto que había que investigar. Así que se lo conté al Archimago y me ofrecí…

—Le suplicaste— la interrumpió la dunmer.

—… para venir yo a indagar, y Morrigan se ofreció a acompañarme, a pesar de no ser miembro de la Ikastola…

—Si hay un poder que se puede adquirir para matar… digo, para hacer este mundo un lugar mejor, es responsabilidad mía asegurarme de que cae en buenas manos— se defendió Morrigan.

La bretón puso los ojos en blanco.

—Cuando antes nos movamos, antes saldremos de aquí— sugirió N'yara.

Todos asintieron, de acuerdo, y caminaron hacia otra puerta que estaba, como la anterior, cubierta de telarañas. Nadie se había dado cuenta de que, enredado entre las duras y pegajosas fibras, se hallaba un bandido que los fulminaba a todos con la mirada.

—¿Cómo habéis entrado aquí si estaban las dos salidas bloqueadas por telarañas?— se extrañó N'yara.

—Eh…—corearon Salice y Morrigan, preguntándose eso mismo.

—¿Queréis sacarme de aquí de una vez?— se indignó el bandido.

—¿Y cómo ha entrado él?— preguntó Morrigan.

El cautivo soltó una serie de tacos y N'yara sacó las uñas.

—Si no te comportas, N'yara te tapará la boca con las telarañas— avisó.

De un par de zarpazos, el bandido cayó libre al suelo y, cuando se levantó, en vez de dar las gracias, se largó corriendo.

—¡Adiós, pringaos!

El resto suspiró y siguió al hombre. Cuando llegaron a una cámara inferior, vieron que las paredes estaban llenas de nichos que contenían cadáveres de guerreros embalsamados o momificados de hacía siglos. Algunos de los muertos se levantaron de donde yacían al oír correr al bandido, y no tardaron en coger sus armas y dar muerte al malhechor.

—¡No-muertos!— se asustó N'yara.

—Son draugr— informó Salice, poniéndose delante del grupo—. Las antiguas ruinas nórdicas están llenas de ellos. Lo bueno es que, como todos los no-muertos… —añadió con una sonrisa torcida— son muuuuy inflamables.

Apuntó a los draugr que se acercaban a ellos y les lanzó bolas de fuego con las manos.

—¡Recuerda no pasarte, que te quedas sin puntos de magia!— le advirtió Morrigan.

Por suerte, no eran muchos, y en menos que canta un gallo los cuerpos calcinados cubrían el suelo. N'yara saltó del hombro de Imanov y se acercó al cadáver del bandido.

—Huele a oro— murmuró la khajiit.

Cuando rebuscó en sus bolsillos, encontró un diario (el cual tiró por ahí, no le interesaba) y una garra de dragón de oro. La felina levantó la pieza en el aire, admirando el brillo, cuando…

—¡Oh! Eso es de Lucan— dijo Imanov, cogiendo la garra y metiéndosela al bolsillo.

N'yara bufó y saltó, agarrándose al brazo del vasnórdico.

—¡Es mía! ¡Mi tessssssooooooroooooo!

—No, es de Lucan y su hermana Camilla— respondió él, tranquilamente—. Me dijeron que unos bandidos se la habían robado de su tienda en Cauce Boscoso. Se la voy a devolver.

N'yara gruñó, pero no dijo nada más, volviendo al hombro de Imanov. Ya encontraría la forma de recuperar la garra.

El grupo siguió avanzando y deshaciéndose de draugr que salían al acecho, y de pronto se encontraron con otro puzle. Era una rueda de tres anillos superpuestos decorados que se podían rotar para formar una línea con más figuras de animales. N'yara saltó del hombro del joven y se acercó al puzle. Después de un rato, se giró hacia el vasnórdico.

—Imanov, dale la garra a N'yara— pidió.

—¡Venga ya!— exclamó Morrigan— No se la des.

—No es mía— dijo Imanov.

—¡Es para el puzle!— protestó la khajiit— ¡La garra tiene la combinación de estas piezas, y luego hay que usarla como una llave!

Los humanos y la elfa se miraron y se encogieron de hombros. Imanov le dio la garra a N'yara, que se puso a dar indicaciones.

—Anillo exterior, rotar a… oso.

El vasnórdico siguió las instrucciones y giró la pieza.

—Central, polilla. Interior, búho.

Con las piezas en su sitio, Imanov recuperó la garra dorada (teniendo que hacer algo de esfuerzo porque N'yara no la quería soltar) y la usó como llave en los orificios que había en el centro del puzle. Los anillos empezaron a girar solos y la pared se deslizó lentamente dentro del suelo, descubriendo una estancia que parecía una cueva enorme, llena de estalactitas y estalagmitas, un pequeño río en medio, y una construcción al fondo que parecía un altar de piedra junto a un muro grabado.

—¡Eco!— exclamó N'yara, provocando que una nube de murciélagos los rodeara antes de salir volando.

—¡Shhh!— la mandaron callar al unísono las otras dos chicas.

Cuando llegaron al fondo de la estancia, subieron las escaleras de piedra y miraron el altar. No tenía nada interesante.

—Un momento…— dijo N'yara— ¿De dónde viene esa música tan marchosa?

Todos prestaron atención y, en efecto, parecía que sonaba una especie de música en el ambiente. Nadie sabía de dónde venía.

Salice se acercó al muro que había detrás del altar. Tenía letras talladas, pero nada que ella reconociera. ¿Lenguaje de dragones? Igual se trataba de uno de esos Muros de Poder de los antiguos vasnórdicos. Morrigan fue también, y la siguió Imanov. Pero a medida que el joven se acercaba al muro, la música subía de volumen. Se oía un coro masculino cantando algo épico, digno de una batalla. Imanov se detuvo a un par de metros del muro y la música siguió sonando igual. Las chicas lo miraron, extrañadas.

—Acércate al muro, Imanov. Parece que reacciona a tu presencia.

El chico se acercó, despacio, y el volumen del coro incrementó. Cuando llegó al muro, una de las palabras que había talladas en la piedra se iluminó, el coro invisible pareció motivarse más porque cantó más alto y alegremente, y un viento cálido envolvió a todos los presentes.

—Pero qué…— corearon N'yara, Morrigan y Salice.

Antes de que terminaran su pregunta, un ruido hizo que el grupo se girara. Lo que creían que era un altar era en realidad un sarcófago, y la tapa del mismo había salido volando y un draugr mejor armado que el resto se levantó y fue a atacarlos.

¡Ahívalahostia!

El Irrintzi salió de la boca del draugr, dando de pleno a los jóvenes y haciendo que cayeran de culo al duro y frío suelo. Se levantaron, y Morrigan corrió hacia la derecha del monstruo con su maza en una mano y un hechizo de fuego en la otra, Salice hacia la izquierda con un hechizo de fuego en una mano y uno de repeler no-muertos en la otra, Imanov hacia el frente blandiendo su enorme hacha con las dos manos, y N'yara se refugió en el sarcófago de piedra.

Entre los tres consiguieron derrotar al draugr sin resultar heridos, pero ya estaban cansados. Imanov se acercó al sarcófago y N'yara asomó la cabeza, sonriente.

—¡Mirad lo que N'yara ha encontrado!— anunció, levantando una tabla de piedra con grabados antiguos.

El joven se colgó el hacha en la espalda y tomó la losa con ambas manos. Salice y Morrigan la miraron, cada una a un lado de Imanov.

—¿Qué es?— quiso saber la maga.

El vasnórdico se encogió de hombros y la guardó en su inventario. El menú nombró al objeto "Piedra de Dragón".

—Debe de ser importante— comentó N'yara, saliendo del sarcófago y subiéndose de nuevo al hombro de Imanov—. Te aparece como objeto de misión.

El grupo buscó por la zona algo de utilidad. Detrás del Muro de Poder encontraron un cofre, y tuvieron que pelearse con N'yara para poder repartir equitativamente el oro y las baratijas que había dentro.

—Podemos preguntar a Farengar, el mago de corte de Carrera Donostia, a ver si sabe algo de la tabla esta— sugirió Morrigan mientras subían unas escaleras de piedra hacia lo que probablemente sería la salida de las ruinas.

Todos asintieron de acuerdo, y salieron a la luz del atardecer a las montañas que separaban Cauce Boscoso y Carrera Donostia.


Notas de la autora:

¡Bien, segundo capítulo! Y, como siempre, espero poder daros las explicaciones que hagan falta.

-Vasnórdico: no lo expliqué en el primer capítulo. Es una mezcla entre las palabras "vasco" y "nórdico", por si no quedaba claro.

-Carrera Donostia: En el juego en castellano el pueblo es Carrera Blanca. Mi intención principal había sido cambiarle el nombre a "Carrero Blanco", pero igual hay gente que no es fan del humor negro y lo encuentra de mal gusto. Donostia es la capital de la provincia vasca Guipúzcoa, aunque es más conocida por su nombre castellano San Sebastián.

-Bilbao-Ventalia: Bilbao es la capital de la provincia vasca de Vizcaya, y me pareció adecuado juntarlo con Ventalia.

-Ertzaintza: es la policía autonómica del Paíz Vasco. Ya que esto es una parodia a la vasca, creo que queda bien llamar así a las tropas de los Jauntxos de Euskayrim.