Capítulo 3: El granjero, el Jauntxo y el dragón
Gracias a la gracieta de la khajiit (¡En serio, N'yara se ha confundido! ¡N'yara pensaba que era un atajo! ¡Tenéis que creer a N'yara!) tuvieron que dar la vuelta a la montaña y regresar a Cauce Boscoso, donde Imanov aprovechó para devolver la garra dorada a Lucan y Camilla en la tienda que los hermanos regentaban. Gerdur se encontró con ellos cuando se disponían a salir del pueblo en dirección a Carrera Donostia y, después de cantarle las cuarenta a Imanov por haberse perdido después de haberle dado el mapa y haber pasado de las únicas dos direcciones que tenía que seguir para llegar a la ciudad, invitó a los cuatro viajeros a dormir a su casa porque ya estaba empezando a anochecer.
—¿Dónde está la gata que tenías en el hombro?— preguntó Gerdur.
Imanov se encogió de hombros y entre él, Gerdur y Salice terminaron de estirar los sacos de dormir frente a la chimenea en el suelo de madera. Entonces la puerta se abrió y entró N'yara con cara de no haber roto un plato en su vida.
—N'yara había salido intentar atrapar unos salmones para la cena— improvisó la khajiit—, pero la corriente era muy fuerte y N'yara no pudo coger ninguno…— fingió lamentarse.
Gerdur insistió en que no hacía falta, que tenía comida de sobra para todos. La felina le sonreía mientras fingía que escuchaba y hacía cálculos en su mente. ¿Cuánto le darían en el mercado negro por la garra dorada que había "recuperado"?
A la mañana siguiente los cuatro partieron a Carrera Donostia y esta vez Imanov hizo caso del mapa, gracias a lo cual en menos de hora y media vieron la ciudad a lo lejos. Al dejar el bosque atrás, el paisaje cambió bastante: era una llanura de pastos amarillentos surcada de caseríos y un par de ríos. Los viajeros siguieron por el camino, a cuyos lados había huertas, y les llamó la atención un joven que estaba de pie apoyando la espalda en una de las vallas de madera de las granjas, mirándolos atentamente. Tendría la edad de Imanov. Era un humano de piel oscura, una raza conocida como "guarda rojo". Tenía un afro negro, patillas y un parche de barba bajo el labio, e iba vestido de campesino.
—¿Qué querrá?— preguntó Salice.
—Igual es un PNJ con una misión— sugirió Morrigan—. Háblale, Imanov.
El vasnórdico se encogió de hombros y se acercó al chico, el cual clavó en él sus ojos dorados y empezó a inflar el pecho.
—Eh…— dudó Imanov.
—Mi nombre es recordado por ser asesino de fieras— empezó el guarda rojo—. En Páramo del Martillazo mi familia subsistía con apenas dos o tres víveres al mes.
—¿Y a nosotros qué nos cuentas?— inquirió N'yara desde el hombro de Imanov.
—… caminante de dunas, músico y amante de mujeres, ducho en el arte de la espada y mago sin igual— seguía el chaval a la suya—. Puede que sólo sea un mercader sonriente y apacible, pero en mis días fui gladiador de estas tierras baldías.
—Esto ha escalado muy rápido— comentó Morrigan.
—Lo perdí todo y me vengué… y como joven viudo me quedé. Ahora vago por toda Tamriel, cambiando objetos singulares por favores o historias.
—Creo que me he perdido— suspiró Salice.
De pronto, el guarda rojo se irguió y levantó la barbilla, con una llama brillando en sus ojos.
—Mi nombre es Cyril Mashiam y soy, en pocas palabras un tío con muy pocas palabras para los que me intentan tangar— miró de nuevo a Imanov, le puso la mano en el hombro y susurró con dramatismo—. Y tú, caballero de Euskayrim… ¿Quieres oír tu final?
Para terminar de confundir más todavía (si cabe) a los protagonistas, un zapato atravesó volando la huerta y le dio en la cabeza al joven, el cual cayó al suelo.
—¡Cállate ya, Cyril!— gritó otro guarda rojo de más edad, probablemente el que había arrojado el calzado— ¡Eres un maldito aprendiz de todo! ¡Ayúdame a levantar estos tomates!
El chico se levantó y se sacó el zapato del afro, donde había quedado incrustado. Toda la emoción de su discurso había sido sustituida por una profunda resignación.
—Sí, señor— respondió con desgana, caminando hacia la huerta arrastrando los pies.
—¡Soy tu padre!— protestó el otro.
El grupo se miró entre sí con las mismas caras de perplejidad, se encogieron de hombros y siguieron su camino. Pasaron junto a los establos y subieron la cuesta, atravesaron el puente levadizo y se encontraron con las puertas de la ciudad cerradas y custodiadas por dos ertzainas que, a pesar de llevar un yelmo que les cubría la cara, algo les decía que no estaban de muy buen humor.
—¡Quietos paraos!— mandó uno de ellos— Nos han dicho que hay un dragón por ahí, y no vamos a dejar que nadie entre en la ciudad sin permiso.
—¿Qué tiene que ver la entrada de gente con que haya un dragón suelto?— cuestionó Salice.
—¡Órdenes del Jauntxo de Carrera Donostia!
Imanov levantó la cabeza.
—Ah— dijo—, tengo que hablar con él. Gerdur me dijo que le avisara de que el dragón…
—¡No se hable más!— interrumpió el otro guardia— ¡Tirad todos p'adentro!
—Qué rápido cambian de opinión…— murmuró Morrigan mientras los guardias les abrían las puertas.
Las calles de Carrera Donostia eran amplias y estaban limpias. Las casas eran altas y robustas, construidas con madera y piedra, y las tejas amarillentas parecían escamas de reptil. La ciudad en sí era muy bonita; no la llamaban La Joya del Norte por nada. El grupo de protagonistas atravesó el primer distrito, en que había una herrería, una posada y el mercado y subió las escaleras hacia el segundo, que contenía la mayoría de las viviendas, el templo de la diosa Kynareth, y el Gaztetxe, lo que venía a ser los cuarteles de un grupo de mercenarios llamados La Cuadrilla. En la plaza central había un sacerdote del dios Talos predicando a grito pelado. Los transeúntes no le hacían ni caso y a pesar de sus caras de estreñidos parecían apañárselas bastante bien para fingir que el clérigo no estaba ahí.
—¡Vosotros!— gritó el señor, señalando a los cuatro viajeros que pasaban a su lado con la intención de subir las escaleras para llegar a los aposentos del Jauntxo— ¡Venid y escuchad por nuestro héroe Talos!
Imanov, incapaz de decir que no a un anciano, se acercó a él y en seguida fue abatido por un agresivo sermón acompañado de salpicaduras de saliva.
—¡Sólo somos gusanos, retorciéndonos en la suciedad de nuestra propia corrupción! ¡Mientras tú, Talos, has subido del estiércol de la mortalidad, y ahora andas entre las estrellas!
El joven vasnórdico retrocedió, intimidado, y N'yara erizó el rabo y bufó. Salice y Morrigan acudieron al rescate y cogieron a su amigo de ambos brazos y se lo llevaron escaleras arriba. El predicador, lejos de desanimarse, siguió a la suya.
—¡Despertad, ciudadanos de Carrera Donostia! ¡Los malditos elfos no quieren que adoremos a Talos porque ellos no tienen en su panteón un héroe como el nuestro! ¡Talos, el que ascendió a ser el Noveno dios desde los mortales! ¡Talos, el que unificó el Imperio, el que inventó el euskera, el que…!
—El que inventó el pan de molde, seguro— refunfuñó N'yara.
Imanov suspiró y siguió subiendo por las escaleras. Parecía triste.
—¿Qué te pasa?— le preguntó N'yara— ¿Eres fan de Talos?
El joven negó con la cabeza.
—El culto a Talos está prohibido.
—Esta khajiit no te ha preguntado eso…
El joven se encogió de hombros por respuesta y terminó de subir las escaleras de piedra. El palacio del Jauntxo, conocido como Kursaal, era estrecho y alto, con ornamentaciones antiguas nórdicas de madera en la fachada. Un puente con arcadas de madera atravesaba el foso, y los dos ertzainas que custodiaban la entrada les abrieron las puertas.
El Kursaal parecía mucho más grande visto por dentro. Excepto el suelo del vestíbulo, todo era de madera. Todo estaba finamente decorado con grabados de nudos vasnórdicos, hasta las columnas que flanqueaban las escaleras que llevaban al salón del trono del Jauntxo. Lo primero que vieron al subirlas fue un cráneo de dragón que estaba colgado en la pared sobre el trono del Jauntxo, en el cual se hallaba él sentado mientras discutía con otros dos hombres, y lo segundo fue la espada de una dunmer pelirroja que había aparecido delante de Imanov y los amenazaba con su arma.
—¡No deis ni un paso más!— advirtió la elfa— No sé quiénes sois ni qué queréis, pero no tenéis ningún derecho a aparecer aquí sin más…
—¡Pero si los guardias nos han dejado pasar! —protestaron N'yara, Salice y Morrigan.
—Irileth, por favor— llamó el Jauntxo—, deja de liarla cada vez que viene gente a verme.
La dunmer chasqueó la lengua y enfundó su espada, haciendo un gesto con la cabeza para que los cuatro la siguieran. Una vez delante del Jauntxo, los viajeros hicieron una breve reverencia (N'yara desde el hombro de Imanov) y él los escrutó con sus punzantes ojos azules. Jauntxo Balgruuf el Muy Grande era un hombre de unos treinta y pocos, rubio con el pelo largo y la barba hecha un nudo, vestido con pieles lujosas y una tiara de oro con piedras preciosas, la cual captó la atención de la khajiit.
—Mira que ordené a la Ertzaintza que no dejaran entrar a nadie… pero se ve que lo que digo les entra por un oído y les sale por el otro— sacudió la cabeza Balgruuf—. En fin. ¿Qué queréis?
Imanov hizo un resumen de lo ocurrido en Helgernika y le contó la petición de Gerdur: Cauce Boscoso necesitaba tropas para tener alguna posibilidad de supervivencia en caso de ataque de un dragón.
—Vale, me parece bien— asintió el Jauntxo—. Es mi gente y es mi deber cuidarlos.
—¡Señor! ¡No podéis hacer eso!— protestó uno de los hombres que se hallaban en el salón del trono, un imperial calvo— ¡El Jauntxo de Falkreath puede pensar que vais a por él si movéis tropas hacia el sur!
—¡Tú te callas, que eres el administrador!— escupió un vasnórdico armado hasta los dientes que se hallaba junto al trono— ¡No tienes ni idea de guerras!
—¡A callar los dos, pesaos!— exclamó Balgruuf— Todo el día discutiendo…
—No hay huevos— susurró Morrigan.
—¿CÓMO QUE NO? ¿QUIÉN HA DICHO ESO?— vociferó el Jauntxo, levantándose de su trono— ¡Mandad a la Ertzaintza a Cauce Boscoso cagando leches!
—Ah, vasnórdicos… nunca falla— sonrió nuestra dunmer.
Una vez Balgruuf se calmó, miró a los jóvenes y suspiró.
—Gracias por avisarme. No teníais por qué, pero se ve que sois majos. Si podéis hacerme otro favor, id a hablar con Farengar, el mago de la corte.
Imanov, incapaz de decir que no, se dirigió a los aposentos del mago y las demás lo siguieron. Entraron en una sala con un laboratorio de alquimia y una mesa de encantamientos en la que había un tipo encorvado ataviado con una túnica y capucha de color azul.
—¡Genial, mercenarios!— exclamó sin mucha alegría el hombre— No os interesarán los detalles, así que os doy ya la misión.
A todo esto, Salice y Morrigan se habían ido a usar el laboratorio de alquimia y la mesa de encantamientos, respectivamente, sin pedir permiso. No pareció importarle al dueño.
—Tenéis que ir al Túmulo de las Cataratas Lúgubres y encontrar una tabla de piedra que…
—¿Esta tabla?— preguntó Imanov, sacándola de su inventario y enseñándola.
—¡Oh, la Piedra de Dragón!— exclamó Farengar, tomando el objeto con ambas manos— ¡Ya la teníais! Bueno, una cosa menos…
—La tabla no es gratis— comentó N'yara—. Nos costó mucho conseguirla… Ah, aún recuerdo lo dura que fue la batalla contra aquel draugr…— suspiró, a pesar de no haber participado en la pelea.
—Si queréis una recompensa se la pedís al Jauntxo, que yo soy un mandado— se excusó el mago, empezando a leer la tabla pero perdiendo el interés rápido al no saber leer lenguaje de dragones.
—¡Farengar!— llamó Irileth, la dunmer guardiana del Jauntxo— ¡Ven corriendo, hay un dragón volando cerca de la ciudad!
—¡Un dragón!— se emocionó el mago, casi dejando caer la tabla al suelo— ¡Desde niño siempre quise ver uno de cerca!
—Vosotros venid también— añadió la mujer, mirando al grupo—. Seguro que el Jauntxo encuentra trabajo que daros.
Los jóvenes y Farengar siguieron a Irileth. Salieron al salón del trono y subieron unas escaleras que llevaban a una sala de estrategia en el cual había un mapa de Euskayrim sobre una mesa, surcado de banderillas azules o rojas. Balgruuf se hallaba en el centro, rodeado de sus consejeros, hablando con un pobre ertzaina que aún no había recuperado el aliento.
—¡… y seguramente seguirá cerca de la torre, señor!— informaba el guardia.
—Buen trabajo, soldado— dijo el Jauntxo—. Puedes irte a descansar o a emborracharte, te lo has ganado. ¡Vosotros!— se dirigió a los recién llegados— Vais a ayudarnos a matar un dragón.
—¡¿Cómooooo?!— chillaron N'yara, Salice y Morrigan.
Balgruuf no les hizo caso y siguió a la suya.
—Imanov es la persona con más experiencia en dragones que hay por aquí, y seguramente eso nos da ventaja…
—¡Pero si él apenas escapó con vida de Helgernika!— protestó Salice.
—¡Es cierto! ¿En qué va a ayudar el haber visto un dragón de cerca?— añadió Morrigan.
—¡A callar!— mandó el Jauntxo— ¡Todo el mundo a seguir a Irileth!
La elfa agarró de las orejas a las dos jóvenes y tiró de ellas, obligándolas a bajar las escaleras. Imanov se encogió de hombros y las siguió.
—Ahí está la torre— informó Irileth, aunque todo el mundo hubiera visto la construcción desde que salieron por las puertas de la ciudad.
La torre de vigilancia en cuestión se hallaba a unos pocos kilómetros de Carrera Donostia, y en esos momentos se hallaba medio derrumbada y en llamas. Había cadáveres de soldados sobre la hierba amarillenta, pero no veían al dragón por ninguna parte.
—No parece lógico que se haya quedado esperando a que vengan tropas— comentó Morrigan.
—¿Qué habrían hecho los soldados si hubiéramos tenido que ir a por la tabla de piedra?— se preguntó Salice.
—Nah, el dragón no hubiera atacado hasta que hubiésemos vuelto. Cosas de eventos en los videojuegos… —respondió su amiga.
Los cuatro, Irileth y el modesto grupo de ertzainas que los acompañaba se acercaron a la torre. Un soldado se asomó desde las ruinas.
—¡Marchaos de aquí! —advirtió— ¡El dragón sigue dando vueltas por la zona!
—¡Genial! —se alegró Irileth— ¡Soldados, sacad las armas y preparaos!
—¡Pero hacedme caso! —imploró el pobre hombre.
Todo el mundo lo ignoró y sacaron sus armas. Imanov apretó su hacha con ambas manos y respiró hondo. Nunca había luchado contra algo tan gigantesco como un dragón y estaba asustado, pero confiaba en que todo iba a salir bien, de alguna manera. N'yara aprovechó la situación para esconderse entre las ruinas de la torre y desvalijar algunos cadáveres. Entonces escucharon un rugido que venía del cielo.
—¡Ahí está! —señaló un ertzaina.
El monstruo no era tan grande como el dragón que Imanov había visto en Helgernika, pero no era pequeño ni de lejos. Sobrevoló la torre, escupió un par de yelmos y se posó sobre un trozo de muro, dejando al grupo entre él y las ruinas. Varios soldados soltaron exclamaciones y alguno se hizo pis encima. Entonces el dragón se quedó mirando fijamente a Imanov, sin hacer nada más que ladear la cabeza lentamente.
—… ¿Dovahkid? —inquirió el bicho, con una voz muy profunda que hacía vibrar el suelo.
El joven tragó saliva y apretó más fuerte el hacha. ¿Por qué el dragón se estaba centrando en él? Le devolvió la mirada a pesar de tener tanto miedo, y el lagarto abrió la boca para volver a hablar, cuando…
—¡… aaaaaAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHH!
Escucharon un larguísimo alarido que venía del cielo y crecía en volumen. Al mirar hacia arriba, vieron una figura surgir entre las nubes. ¿Otro dragón? No, era demasiado pequeño. No les dio tiempo a determinar de qué se trataba, porque fue a caer justo encima del cráneo del dragón. Todo el mundo escuchó un fuerte crujido y la bestia cayó al suelo, muerta, mientras lo que hubiera caído rebotaba y se perdía en unos matorrales.
—Ah, ha sido fácil— comentó N'yara desde un hueco en las ruinas.
—Nunca, en todos mis años…— murmuraba Irileth, meneando la cabeza.
Imanov, Salice y Morrigan se acercaron con cautela a los arbustos a investigar qué era el proyectil que había acabado de un golpe con la vida de un dragón, un ser que hasta hace poco sólo existía en las leyendas. Cuando Imanov apartó unas ramas se encontraron, tirado en el suelo e inconsciente…
—¿… Cyril? —recordó el joven vasnórdico.
… al granjero guarda rojo al que conocieron antes de llegar a Carrera Donostia. ¿Cómo había llegado volando hasta allí?
—Está vivo— informó Imanov, tomándole el pulso al chico.
Salice comenzó a reanimarlo con un hechizo de curación, y entonces escucharon un bufido de N'yara y exclamaciones de la Ertzaintza e Irileth. Cuando se dieron la vuelta, confirmaron que los sucesos extraños de ese día no habían terminado de pasar. El cadáver del dragón estaba ¿en llamas? No, aquello no era fuego. Un campo de energía luminosa que se movía como el fuego y la superficie del agua al mismo tiempo rodeaba el enorme cuerpo del lagarto alado. Escucharon una pequeña explosión y un viento visible y luminoso salió a toda velocidad del cadáver hacia Imanov, que estaba paralizado por el susto y no se podía mover. El joven sintió una brisa cálida a su alrededor, algunos susurros y… poder. Había una energía extrañamente familiar que entraba en su ser y lo fortalecía de alguna manera.
Todo terminó tan rápido como empezó. Tras un estallido de luz que casi deja ciegos a todos, empezó a sonar una música épica de un coro masculino con tambores, muy similar a la que escucharon en el Túmulo de las Cataratas Lúgubres, e Imanov recibió el mensaje del juego:
ALMA DE DRAGÓN ABSORBIDA
La música cesó y, tras unos momentos en los que todos se fueron dando cuenta, uno a uno, de que tenían la mandíbula por el suelo, un guardia se acercó con timidez a Imanov y dijo, con dramatismo:
—No puedo creerlo… Eres… ¡Dragoikumea!
Notas de la autora:
¡Hola a todo el mundo! Espero que os haya gustado este capítulo. Aquí os dejo unas pocas aclaraciones.
-PNJ: no puedo creer que no lo haya explicado en el primer capítulo. Simplemente significa Personaje No Jugador. NPC en inglés.
-Gaztetxe: su definición es "centro social okupado o centro social juvenil", vamos, un edificio okupado (o no) donde se realizan actividades juveniles. El nombre original en el juego es Jorvaskrr, pero se lo cambio porque en este contexto mola.
-Kursaal: es uno de los edificios modernos emblemáticos de San Sebastián/Donostia. Es un palacio de congresos y auditorio destinado a la celebración de eventos y actividades culturales. Igual os suena, consiste en un par de construcciones cúbicas muy (en mi opinión) horteras que están junto al mar.
-Dovahkid: sí, le cambio el nombre hasta al Dovahkiin. Kid es niño en inglés.
-Dragoikume: del euskera dragoi (dragón) y kume (niño/cría). Básicamente "hijo del dragón", lo cual se parece más al original Dragonborn del inglés que al cutrísimo Sangre de Dragón de la traducción al castellano.
