Invierno
El invierno puede ser una época hermosa, con cerezos en flor y montañas nevadas, largos días de lluvia frente a la chimenea y un buen libro acompañado de chocolate caliente.
También puede no serlo.
Los días fríos parecen nublar no solo el cielo, sino también la mente y los corazones. Podemos confundir los escalofríos que nos provoca el viento gélido con los que nos provoca aquel recuerdo, aquella tarde o aquel adiós. Los copos de nieve pueden caer lenta y tristemente como las lágrimas lo hacían por las mejillas de Kagome.
Sus ojos brillantes, miraban la cicatriz del Goshimboku. Jamás creyó que una parte fundamental de su vida, sería un árbol. Habían pasado tantas cosas en él, tanto en el pasado como en el futuro… y tanto en el futuro como en el pasado. Y es que Kagome no podía evitar que miles de preguntas vinieran a su cabeza cada vez que pasaba frente a él, y ahora que se encontraba sola, bajo los copos de nieve y el cielo gris, los sentimientos no pudieron mantenerse ocultos.
¿Cómo estaría su familia? ¿Qué estaría estudiando Souta? ¿Se habría repuesto su madre de la pérdida de su única hija? ¿Su abuelo… seguiría con vida?
No había día en que no pensara en ellos. Los extrañaba.
Las ramas sin hojas se movieron con una brisa que heló a Kagome y la hizo temblar.
Ese árbol tenía algún tipo de poder espiritual sobre ella, o una conexión sagrada. De eso estaba segura.
Estar frente a él era como estar en casa, era como estar en el Santuario Higurashi, barriendo las hojas del patio antes de almorzar. Pero también era estar con Inuyasha.
Kagome sonrió.
En ese árbol había conocido a Inuyasha, y desde ese entonces su unión se volvió tan fuerte, que lograron incluso comunicarse a través del tiempo, un frío día de nieve como aquel, en el Goshinboku. Cuando estuvo esos tres días prisionera dentro de la Perla de Shikon, tuvo una visión de un mundo sin sus viajes al pasado, sin el pozo, sin sus amigos, y sin Inuyasha. Solo fue el árbol sagrado el que la hizo volver a la realidad.
—¡Kagome!
Escuchó a lo lejos el grito de Inuyasha buscándola.
Kagome se alejó un poco para poder contemplarlo en su totalidad y rió por lo bajo, aún con las mejillas mojadas.
—Soy una tonta,—susurró con una sonrisa.
Por supuesto que podía extrañar a su familia, y estaba en todo su derecho, ¡Pero ahora tenía su propia familia! Por mucho que siguiera queriendo con todo su corazón a su mamá, hermano y abuelo, no daría nada en el mundo por cambiar a sus más grandes tesoros: Inuyasha y Ai.
Los días de invierno la ponían melancólica, eso era todo. Solo necesitaba a su viejo amigo, el Goshimboku, para hacerla entrar en razón. Todo lo que tenía, se lo debía a ese gran tronco.
—Gracias.
Se sentía ridícula hablándole a un viejo roble, pero se lo merecía.
Limpiándose las lágrimas, y con una sonrisa en el rostro, corrió al encuentro de su familia y amigos.
Ese día nevoso, bajo el Goshimboku, Kagome se percató de lo feliz que era.
Ellos eran su nueva vida ahora, y no podía estar más agradecida de ello.
FIN
* Han pasado 64 años... * XD
Sé que me demoré mucho con esto, y llevo mucho tiempo con esto abandonado, pero nunca dejaré algo incompleto, ¡Lo juro!
¡Terminó! ¿Les gustó? Yo creo que mi escritura ha cambiado mucho desde el 2014 (Daaamn, ha pasado mucho) y, creo que para bien, jajaja.
Voy a tratar de seguir con el fic que estoy traduciendo, pero, como ya vieron, puedo demorar 3 años XD.
Dejen por aquí todas las críticas constructivas, que siempre sirven, y ¡Muchas gracias a todos los que dejaron review, pusieron favorito o siguieron mi historia! Me encanta que lo hagan, y los reviews me ponen de buen humor.
Saluditos para todos
Fresita.
