Primero que nada esta historia ( me refiero al que ahora es el primer capitulo) estaba contemplado para ser un drabble, pero al ver que gusto, decidi que lo extenderia, ademas como me he enamorado de esta pareja pense que merecian un poco de interaccion. Espero que quienes tuvieron la gentileza de leer este proyecto lo disfruten y como siempre espero sus comentarios.


Otabek Altin arribo a Canadá en la madrugada, había escogido esa hora porque estaba seguro de que las calles estarían desiertas, le apetecía recorrer aquellos viejos caminos y mirarlos con ojos nuevos, redescubrir su confianza y recuperar la inspiración que tan afectada se había visto tras aquella fatídica final.

Inspiro profundo llenándose el cuerpo del aire puro y helado de aquella madrugada aun vestida de noche, nunca pensó que aquella derrota le afectaría tanto, pero al regresar a su patria ya no había podido concentrarse, y aunque continuo con su entrenamiento, con la disciplina habitual, se notaba claramente que su corazón estaba quebrado. Sabía que no podía seguir así o estaría esculpiendo su propia ruina, por eso su entrenador le había recomendado volver al último sitio donde se había sentido completo, para su propia sorpresa, y tras semanas de reflexión se percató que su ubicación actual había sido el último sitio, avanzó con rapidez por las aceras desiertas, el frio aire le quemaba por dentro, haciéndole latir el corazón, después de mucho tiempo, al llegar a la puerta del taller mecánico, donde vivía uno de sus pocos amigos canadienses y quien tenía en resguardo la única posesión de valor que había dejado ahí hacia un año.

Por supuesto era demasiado temprano para que estuviera abierto, para su suerte Tony era madrugador y el letrero en la puerta marcaba que el horario de atención iniciaba a las 7:00am, así que solo necesitaría esperar un par de horas, suspiro apesadumbrado al tiempo que dejaba la maleta en el piso, aunque había regresado a Canadá aún se sentía desconectado, distraído, fuera de sí, al levantar la mirada se percató que justo frente a él había un pequeño café que ya estaba trabajando, con una nutrida clientela.

Cruzó la calle y entro, su interior era acogedor y cálido, sin embargo los clientes sentados en las mesas eran escasos, al parecer el grueso de las personas se limitaban a pedir órdenes para llevar que eran despachadas con celeridad. Miro la carta con poco interés y termino pidiendo el especial del mes, un desayuno lo bastante sustancioso para calmarle el hambre y hacerle pasar el tiempo necesario. La joven Mesera rubia le tomo la orden con una sonrisa y se alejó a continuación dejándole tranquilo. Reviso el móvil solo para responder a la cortesía de su entrenador quien le inquiría por su situación actual, un escueto –Bien- le pareció suficiente. Yuri seguía sin comunicarse con él, al parecer el orgullo del ruso estaba herido de gravedad, cuando le conto que volvería a Canadá para recomponerse el adolescente había montado tremenda rabieta, que simplemente no estaba dispuesto a recordar.

Se había disculpado innumerables ocasiones por tener que faltar a su palabra de visitarle en Rusia, la verdad era que no había tenido intención alguna de dañarle, pero tampoco podía verlo en un estado tan lamentable. No podía permitirse que aquel joven con ojos de soldado lo mirara en tan patética postura.

Cuando termino de comer sintió un agradable calor en su interior, a saber si serían las calorías metabolizándose en su sistema, el agradable aroma del café, o el hecho de que la radio local tocaba casi de forma anónima el Theme of King J.J. una sensación inquietante lo invadió, tal vez se debía a que había sido la terca entereza de Jean la que le había arrebatado el bronce, o lo mucho que había pensado en el en esos días, todos lo habían visto derrumbarse y surgir de nuevo, su corona había caído haciéndose añicos contra el hielo, y aun así había conservado la sonrisa y aquella seguridad tan aplastante que durante mucho tiempo le había resultado insufrible, aunque en ese momento le envidiaba.

Miro su reflejo en la ventana del café, y se sorprendió a si mismo notando su propia sonrisa, la canción había terminado, pero una parte de su ser deseaba seguir oyéndola, como si aquel himno egocéntrico pudiese curarle.

Le sirvieron otra taza de café, ¿Qué demonios le estaba pasando? Necesitaba reflexionar, necesitaba su motocicleta para recorrer los caminos hasta que se le despejara la mente y luego, tal vez entrenar en su antigua pista, quizás mirarlo de nuevo.