—Vitya… te preguntarás el por qué te he llamado de nuevo, ¿no es así?

—No hay problema, me gusta que me hables, Yuuri.

—Ok, entonces, ¿recuerdas cuántas copias te pedí del informe mensual que escribió Jean para el señor Yakov?

—Mmm… si mal no recuerdo, 117.

—Eh, no… —Yuuri se frotó la sien, tomando fuerza de donde no tenía para no estrangular al ayudante—. Claramente mencioné que eran 17.

—¿17?

—Sí, 17. ¿Quieres explicarme por qué hay un altero de casi 200 copias en mi escritorio? Es decir… ni siquiera son 117, ¡son 170 las que hay aquí!

—Oh, perdón —el oji azul se rascó la cabeza, confundido—. Supongo que teclee mal el 117.

—¿Y por qué ibas a sacar 117 copias?

—Son las que me pediste, Yuuri~

—Te pedí 17.

—¿En serio? Si mal no recuerdo, eran 117.

Una semana había pasado desde que Yuuri comenzó a instruir a Vitya en cuanto al uso de los aparatos eléctricos, tanto de la oficina como de la cafetería. Durante el transcurso de dicha semana, el japonés se había visto atareado entre los pendientes del trabajo y su nuevo compañero, atosigándolo desde la primera hora del día. Para colmo, el joven de ojos azules era increíblemente olvidadizo. En un principio creyó que su torpeza y falta de habilidad eran parte de alguna especie de rutina cómica; con el tiempo se convenció de que el chico simplemente era así.

Yuuri cerró los ojos y contó hasta 10 mentalmente.

—Lo siento, Vitya, pero nuestra cena al salir del trabajo corre peligro.

—What?! —el rostro del mayor se transformó tan súbitamente que era gracioso.

—El señor Yakov no estará feliz al respecto —declaró con un fingido tono de preocupación en la voz—. Has desperdiciado mucho material, y tendré que sufrir las consecuencias.

—¿Tu, Yuuri? Pero fui yo quien lo hizo; Vitya se equivocó, no Yuuri —el peli negro tuvo que contener una risa burlona. En cuanto Vitya se veía en problemas o decaído comenzaba a hablar en tercera persona, aunque fuera esporádicamente.

—Fui yo quien decidió confiar en ti… y ahora debo pagar las consecuencias.

—Pero Yuuri… ¡me esforcé mucho! —puso cara de puchero—. Yuuri prometió que me llevaría a probar el famoso katsudon del que tanto habla.

—¿Es eso lo que te preocupa? —se palmeó la cara con pesar—. Seré despedido por tu culpa… ¿y solo te preocupa el katsudon?

—No… yo… Yuuri… —el menor no pudo contener más la risa y estalló provocando que Vitya abriera los ojos como platos.

—Yo… no puedo… Vitya… perdóname —hablaba entre risas y jadeos; el joven solo lo veía, confundido—. Todo está bien, todo está bien —tomó el altero de copias y lo depositó en los brazos del mayor, separando una pequeña cantidad que conservó consigo—. Solo lleva este montón de papeles al baúl de reciclaje y todo estará bien.

—P-pero Yuuri, ¿qué pasó con tu regaño? ¿no te echarán por mi culpa? —lucía genuinamente preocupado, por lo que el menor le dedicó una sonrisa sincera.

—Debes aprender a diferenciar cuando alguien te toma el pelo, novato —palmeó su espalda en un gesto amistoso—. Solo asegúrate de dejar esos papeles en el lugar correcto, de otro modo no podré acompañarte a cenar.

—¡Wow! Que cruel puedes llegar a ser —bufó, molesto pero un poco más relajado.

—Eres tú quien puede llegar a ser tremendamente cruel —contrarrestó el de ojos cafés— ¿No crees que es desalmado el hacerme enseñarte las funciones básicas de un ayudante, y no poner atención en ello? Pff, con la cantidad de trabajo que tengo… se supone que tienes que ayudarme, no complicarme los deberes.

—Ya dije que pondría más atención —infló las mejillas al momento que arrugaba el ceño.

—Pues eso espero —se giró en dirección de la computadora que tenía en su escritorio y continuó tecleando con premura—. Anda, deja eso y prepárate para salir, en cuanto termine esto y entregue las copias al señor Yakov podremos irnos —declaró manteniendo la vista en el monitor.

Había sido una semana repleta de estrés, tanto que no había hecho más que ir de la casa a la oficina; ni siquiera había podido hablar con Phichit apropiadamente, pues él había estado hundido en todavía más trabajo.

Durante una de las tantas charlas que había tenido con Vitya respecto al funcionamiento de la oficina, así como las costumbres de Japón, uno de los temas que más resaltó fue la gastronomía del país. Le mencionó que su comida favorita era el katsudon que preparaba su madre, pero que los demás también eran bastante buenos.

Para despejarse un poco había decidido invitar a Vitya a probar dicho platillo del cual le había hablado, y ambos pactaron ese día debido a que era el cierre del ciclo mensual, por lo que estarían más desahogados y libres para relajarse. Además, no habían charlado mucho sobre ellos mismos, y esa era una buena oportunidad para conocerse mejor; lo cual era propicio, tomando en cuenta lo bien que parecían llevarse entre ambos.

Por su parte, el joven de ojos azules estaba más que contento. Yuuri era la única persona que había aceptad mostrarle la empresa, y era realmente agradable… a su modo, por lo que salir con él le parecía divertido.

No pasó mucho tiempo para que Yuuri entregara las copias a Yakov. El hombre casi nunca entablaba conversación con él, y cuando lo hacía solo era para cuestionarle por errores o pendientes en la oficina. De vez en cuando preguntaba por el desempeño de Vitya, llamándolo "ese chico tonto".

Caminó hacia la entrada, esperando ver a Vitya en el lugar. El baúl de reciclaje no estaba muy lejos y mantuvo la esperanza de que el chico no se perdería en su odisea por encontrarlo. Después de esperarlo por más de 30 minutos se sintió desesperado, tenía hambre y no era muy paciente como para seguir sin saber qué lo retrasaba. Fue en ese momento que descubrió que no tenía el número de su compañero. Se maldijo a sí mismo por no habérselo pedido antes, pues de ser así no tendría que estar esperando. Se adentró a la oficina de nuevo y se dirigió al área de reciclaje, donde, para su sorpresa, Vitya seguía triturando un altero de papeles que no correspondían a las copias que había arruinado.

—¿Qué haces aún aquí? —la voz de Yuuri sacó de trance al joven peli plata, quien volteó a verlo con pesar.

—Yuuri… —lloriqueó— estoy cansado, ayúdame~

—¿Por qué estás triturando esto? Creí decirte que solo dejaras los papeles en el baúl, alguien más se hará cargo de eso.

—Un hombre del departamento de márquetin vino y me dejó todos estos volantes, dijo que se imprimieron con un error de ortografía y debía triturarlos todos antes de que Yakov… el señor Yakov se diera cuenta.

Yuuri palmeó su frente, disgustado.

—¿Y le diste el gusto de hacerlo? —bramó— Solo debiste tirárselos en la cara.

—Soy el ayudante y mensajero, no puedo hacer eso —regresó la vista a los papeles, apesadumbrado, siguiendo con la labor.

Por su parte, el azabache resopló y se inclinó cerca del triturador, tomó un altero de papeles y prosiguió a introducirlos con cuidado.

—Tienes razón, Vitya —el joven oji azul se giró a verlo, conmovido—. Eres el asistente, pero no debes dejar que abusen de ti de esta manera. Hay mucho personal en el departamento de márquetin, pudieron enviar a alguien… y de hecho, el hombre que te delegó la tarea fue a quien le encomendaron hacer esto, posiblemente porque no tenía nada más que hacer.

—Entonces… ¿se aprovechó de mí? —ladeó la cabeza, confundido.

—A esto me refería antes, Vitya, cuando te desee suerte. La gente en esta empresa es muy… ventajosa —tragó saliva, podía imaginarse a Phichit recriminándole y diciendo "¿no te has mordido la lengua?"—. Además, tú eres muy lento.

—¿Lento? —infló las mejillas, ofendido.

—Lento y torpe —añadió—. Eres el blanco perfecto para los abusones.

El mayor arrebató el altero de papeles de las manos de su compañero y los arrojó a una esquina, molesto y con aire triunfal.

—Dejemos que el jefe vea esto mañana —sonrió, sínico.

Yuuri, por su parte, hizo lo mismo y lo acompañó en su gesto.

—No será culpa del asistente, sino del encargado de la tarea, ¿no es así?

—Exacto. Ya podemos irnos, Yuuri.

Ambos se dirigieron a la salida, mientras Yuuri recriminaba a Vitya por ser tan ingenuo. No era la primera vez que el chico nuevo debía hacer algo tedioso que no le correspondía en lo absoluto. Al principio no creyó que le importase el sin fin de abusos que tendrían hacia él, pero el trato diario había hecho que la ingenuidad y generosidad del joven le parecieran un punto demasiado débil en su persona. Parecía astuto, entonces, ¿por qué dejarse controlar así por los demás? Por su parte, el mayor solo podía suspirar, resignado a que tendría que escuchar los regaños de su superior durante todo el camino.

-/-

Para llegar al pequeño restaurante tuvieron que viajar en metro hasta la siguiente estación. Vitya parecía totalmente asombrado por el trayecto.

—Esto es impresionante, Yuuri —decía mientras pegaba el rostro al cristal.

—¿Nunca habías viajado en metro antes?

—No. En Rusia no salía mucho, y cuando era necesario usaba… —dudó— el transporte público.

—¿Seguro? —indagó, intrigado—. ¿No ibas a decir "suelo caminar", "viajo en bicicleta"… o en "limusina" acaso?

Vitya soltó una risotada.

—Me gustaría, pero no se andar en bici, y las limusinas son muy costosas.

Cada instante que transcurría servía para conocerse mejor. Hasta ese entonces no había podido confirmar si el origen del joven ayudante era ruso o no, y eso lo acababa de confirmar. Algo en el chico le hacía querer saber más de él y no sabía por qué.

Después de tomar el metro, caminaron unas cuantas cuadras y llegaron al establecimiento, pequeño pero acogedor.

Se dirigieron a la primera mesa que encontraron libre y el azabache pidió dos órdenes de katsudon, sin siquiera solicitar el menú. Mientras tanto, el peli plata parecía extasiado. Dirigía su vista de un lugar a otro en busca del más mínimo detalle.

—¿Qué es tan impresionante, Vitya?

—Todo, Yuuri… ¡TODO! —vociferó con brillo en los ojos.

—Es solo un puesto de comida, y lo sabes.

—Comida japonesa, Yuuri~

—¿Y?

—Nunca antes había comido un platillo japonés preparado por japoneses de verdad.

—¿En Rusia solo hay japoneses falsos? —se rio, discreto.

—Algo así. Estoy seguro que no nacieron aquí, lo que los hace rusos de ojos rasgados.

—Eso es un poco xenofóbico, ¿no lo crees?

—Ellos nos timan, Yuuri, ¡nos timan!

Entre risas y quejidos por parte de Vitya, el tiempo transcurrió despacio. Los minutos que tardaron los platillos en llegar parecieron horas, y a ninguno de los dos parecía importarles.

Vitya tomó un pequeño bocado del platillo, y antes de que Yuuri pudiera hacer lo mismo, ya se encontraba gritando con emoción.

—Wow! Amaizing!

Sus reacciones, expresiones y forma de ser eran un deleite ante los ojos de Yuuri, acostumbrado a las personalidades grises que suelen abundar en trabajos como el suyo.

—¿Cuántos años tienes, 5?

—27, de hecho —dio otro sorbo al plato.

—Está bien, señor maduro. Un día te invitaré a probar el katsudon que prepara mi madre, estoy seguro de que te encantará —declaró antes de dar el primer bocado al platillo.

Vitya solo asintió y continuó degustando con los ojos cerrados y una amplia sonrisa. Al cabo de unos minutos, su plato se encontraba vacío y el contorno de sus labios repleto de arroz. El peli negro no pudo evitar lanzar una risita juguetona mientras retiraba unos cuantos granos de arroz del rostro de su acompañante.

El mayor se sonrojó ante tal acto, al tiempo en que Yuuri se llevaba los granos de arroz a la boca.

—¡Yuuri! —replicó, sorprendido.

El castaño, al darse cuenta del acto reflejo que había tenido con Vitya, no pudo más que sonrojarse de igual manera. Eso era lo que hacía cuando cenaba con JJ o cualquier otra persona "cercana" de su oficina… no era lo que debería estar haciendo con él.

—L-lo siento —se disculpó cambiando su gesto a uno totalmente avergonzado.

El menor se dispuso a continuar consumiendo su cena, pero se distrajo al notar como Vitya acercaba una mano a su rostro. Se inclinó hacia atrás por la sorpresa, y aun así la mano del mayor alcanzó a retirar un grano de arroz de la comisura de sus labios. Acto seguido, el oji azul empujó su dedo suavemente contra la boca del menor, haciendo que comiera dicho grano.

—Así está mejor, ¿no lo crees? —regresó sus manos a su lugar y sostuvo su mentón con ambas palmas, recargado de los codos.

Yuuri sintió como el apetito se esfumaba y daba lugar a un enorme hueco en el estómago que no podía ser llenado con nada. Suspiró.

—¿P-podrías acabarte eso rápido? —replicó—. Tengo que volver rápido a casa.

—¿En serio? —indagó—. ¿Alguien te espera allá?

—Nadie, pero prefiero no llegar muy tarde, este distrito es un poco peligroso de noche.

—¿En serio? Yo salgo a pasear todas las noches y no me ha pasado nada —se jactó el ruso.

—¿Vives en este distrito?

—Emm… no.

—Tal vez por eso sigues vivo.

El menor rio, en cambio el mayor no pudo hacer más que reflejar un gesto de horror en su rostro.

—No deberías vivir aquí si es tan peligroso, Yuuri.

—No tengo mucho dinero todavía —declaró—. Tengo que… ahorrar.

—¿Ahorrar? —cuestionó, dando otro sorbo a su comida.

—Sí.

No quiso preguntar nada más, el rostro del japonés le dejó muy en claro que no quería hablar del tema. Éste sacudió su cabeza levemente y retiró el plato de katsudon hacia un lado.

—¿Ya no quieres, Yuuri?

El menor negó con la cabeza.

—Suelo subir de peso con facilidad, es mejor que no coma mucho de esto.

Algo había cambiado en su semblante y Vitya se lamentaba el haberlo provocado, aunque no estuviera seguro del por qué.

—Por cierto, Yuuri —comenzó, después de retirar su plato hacia un lado, ya vacío—, ¿te importaría ayudarme a conseguir un departamento?

—¿Departamento?

—Sí, donde yo vivo no es muy… cómodo.

—¿Es muy pequeño?

—Muy grande, de hecho. No puedo pagarlo con el sueldo que recibo.

—Oh, pues… hay unos departamentos disponibles en el edificio donde yo rento, pero…

Sin pensarlo, Vitya tomó las manos de Yuuri entre las suyas y lo miró con expresión seria.

—Llévame a verlos, por favor.

—No puedo, ya es muy noche y como te dije, este lugar es peligroso. Solo regresa por hoy, ¿quieres? Te llevaré después.

El mayor suspiró, resignado. Mientras tanto, el castaño chasqueó la lengua y acto seguido llamó al mesero. El hombre retiró los platos y Yuuri dejó el dinero sobre una bandeja. Aunque el ruso se negó, Yuuri pagó todo. Después de todo, había sido él quien lo había invitado.

Aún sin comida extra ambos permanecieron un rato más sentados en el lugar. Charlaron un poco sobre el ambiente del lugar y el trabajo, hasta que el mayor decidió cambiar de tema, cansado de lo mismo.

—Deberías llevarme a recorrer la ciudad, Yuuri.

—No estoy seguro que nuestros días de descanso coincidan, Vitya.

—¿Cuándo descansas?

—Hoy es viernes, entonces… el domingo.

—¡Wow! Yo también, que coincidencia.

Ciertamente, no recordaba haber notado la falta de su compañero en la empresa, por lo que solo quedaba la posibilidad de que su descanso fuera en domingo, como el de él. Aunque claro, tenía como una semana, cuando mucho dos trabajando ahí, así que no había mucho que pudiera recordar al respecto.

—Está bien —tomó una de las servilletas de la mesa y escribió su dirección, así como su número de celular y su correo electrónico—. Contáctame el domingo, te ayudaré a llegar a casa si es que no lo logras. De ahí partiremos al centro de la ciudad, ¿te parece? Sirve que te enseño el edificio antes de irnos, y ya decidirás si te conviene o no.

—Really? Yuuri~ —el ruso volvió a tomar las manos del menor entre las suyas, mientras lo veía con destellos en los ojos.

Yuuri solo suspiró y sonrió. Ya se estaba acostumbrando a los arrebatos de cariño de su nuevo compañero de trabajo.

Después de eso ambos salieron del lugar. Yuuri llamó un taxi para Vitya y él se encaminó solo hasta su departamento, pese a las protestas del mayor. Al final no habían charlado mucho ni se habían conocido más a fondo, pero aun así estaba feliz, aunque no sabía por qué. Desconocía el extraño sentimiento en su estómago o el motivo del calor en sus mejillas, pero de algo estaba seguro, y era que no dichos malestares no le molestaban en lo absoluto.


Marigabi, ¡gracias por tu comentario! Lo llevo en el cora x3

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