Capítulo 2: Hamburguesa doble

Antes de que llegaran a la costa, la mujer le hizo parar apresuradamente en mitad de la calle. Obedeció sin entender su actitud, y esperó a que actuara, consternado. Al fin y al cabo, ella seguía siendo la clienta, debía obedecer sin poner pegas. No le dio tiempo ni a quitarse el cinturón de seguridad para salir a abrirle la puerta. Salió dispara del coche, tan rápido que temió que se tratara de una nausea. Sin embargo, la muchacha se dirigió a toda prisa hacia una tienda. Leyó en el letrero que se trataba de una casa de empeños. ¿Para qué quería entrar en una casad de empeños en ese momento?

No sabía qué había sucedido dentro de la iglesia, ni podía imaginarlo. La novia entró tan nerviosa como tantas otras seguida de cerca por su séquito de damas de honor, de las cuales solo una parecía tener dos dedos de frente. Faltaba una hora para la ceremonia, tal y como estaba planeado. Antes de que hubieran transcurrido tan siquiera tres cuartos de hora, salió de la iglesia a hurtadillas, intentando que ninguno de los invitados la detectara, como un conejo asustado. ¿Qué demonios habría sucedido? No le cabía duda de que Kouga Wolf era un capullo, aunque eso no le impidió aceptar casarse con él. ¿Por qué dejarlo tirado en el altar tan precipitadamente?

Salió en seguida de la tienda. No pudo evitar fijarse en que su collar y sus pendientes de diamantes habían desaparecido. Llevaba un sobre muy abultado en una mano. ¿Había empeñado los diamantes? Tenía pinta de que eran joyas muy caras y muy exclusivas. ¿Por qué los había empeñado? No creía que en ese sitio le hubieran dado tan siquiera la mitad de lo que valían esas joyas.

La señorita abrió la puerta y entró en una exhalación. Se sentó bruscamente, sin la delicadeza que había demostrado anteriormente, y suspiró tan fuerte que se le inflaron los mofletes. No parecía encontrarse nada bien.

— ¿Señorita…?

Quizás fue un error. De repente, toda su atención se centró en él. Una mirada helada como el hielo se clavó en su persona a través del espejo retrovisor. Sintió un escalofrió en la nuca al ver el alcance de su furia. Juraría que sería capaz de matar a alguien. Si esa persona era Kouga Wolf, se prestaría voluntario para ayudarla. Si ese capullo le había provocado tanto dolor, no merecía vivir.

— Te estás preguntando por mis joyas, ¿verdad?

No se atrevió a negarlo, no ante ese tono tan belicoso y poco amigable. Asintió con la cabeza, avergonzado, y agachó las orejas como un cobarde. Seguía siendo su jefa durante ese día. ¿En qué estaba pensando al intentar cuestionarla?

— Me las regaló el mamarracho de mi "prometido". — remarcó la palabra — Ya no las quiero y ese capullo se merece que las haya vendido por una cuarta parte de lo que valen.

Efectivamente, la fuga de la novia era culpa del novio, tal y como él imaginó. Kouga Wolf tenía demasiados pecados que expiar y muy pocas ganas de hacerlo. Era evidente que no se asentaría ni por una mujer que realmente valiera la pena. ¡Peor para él! Eso sí, lamentaría toda su vida haberse perdido la cara que se le habrá quedado al descubrir que su flamante novia lo había dejado plantado en el altar. Era una imagen digna de ser vista e inmortalizada. Se lo merecía por libertino, gandul y mentiroso.

La novia se movió. En un instante estaba sentada en su asiento y, al siguiente, la tenía casi encima. Supuso que había apoyado las rodillas sobre los asientos que estaban a su otro lado, de espaldas a él para llevar a grupos de personas. Colocó los brazos sobre el diminuto muro que los separaba, en el cual había un resorte del que ascendía la ventanilla para separarlos, y se inclinó tanto hacia él que pudo oler su perfume. En el espejo retrovisor, el escote de su vestido, más resaltado que nunca, tenía todo el protagonismo. Empezó a transpirar.

— Me han dado veinte mil dólares. — abrió el sobre y le enseñó el buen montón de billetes — Pienso gastarlos todos hoy mismo.

— ¿H-Hoy? — repitió sin poder creer que alguien pudiera gastar tanto dinero en un día.

— Sí, y tú vas a ayudarme.

— ¿Y-Yo? — balbuceó en respuesta.

¿Cómo demonios se podía gastar ese dinero en un día? Ahorrar eso le costaría cerca de dos años de vida sencilla sin ningún tipo de imprevisto. No sabía cómo gastar tanto dinero, incluso le parecía un sacrilegio. Con ese dinero podría… De solo pensarlo se le hacía la boca agua. De todas formas, el dinero era de la señorita; él no podía ni soñar con él.

— Señorita, yo no sé…

— ¡Deja de llamarme señorita! — ordenó — Mis amigos me llaman por mi nombre, ¿sabes? — como a él — Y tú ahora eres mi amigo, ¿no?

Desearía ser mucho más que su amigo. Ahora bien, lo que la señorita necesitaba en ese instante en verdad era un amigo a juzgar por su mirada ansiosa. Además, él nunca podría aspirar a más de alguien de su clase social. Ser amigos ya era demasiado.

— De acuerdo. — aceptó.

— Entonces, ¡dilo! — le dio unos segundos para que lo dijera antes de insistir — ¿A qué esperas? ¡No tengas vergüenza!

La vergüenza no era el problema. El verdadero problema era que el idiota de Kouga ni siquiera le dijo el nombre de su prometida. Para ese imbécil, solo estaba transportando una carga. Admitió esa verdad en un susurro avergonzado que le sacó los colores a la novia.

— ¡Será cabron! ¿No te ha dicho mi nombre?

Frunció el ceño hasta que sus cejas perfectamente delineadas casi se juntaron. También escuchó el sonido de sus dientes de lo fuerte que los estaba apretando. Instantes después, cogió aire y le escuchó contar hasta diez en voz baja. Lo sabía: la damita tenía temperamento. ¡Dios, cómo le gustaba! Cualquier otra novia, decepcionada y desvalida por tener que abandonar al que iba a convertirse en su marido el día de su boda, habría llorado como una niña pequeña. Ella, en cambio, lejos de caer en esa clase de clichés femeninos, estaba mostrando su rabia hacia el novio tan abiertamente que casi podía tocarse en el aire. Eso era bueno. Le ayudaría a liberarse antes de él.

— Me llamo Kagome Higurashi. — dijo al fin — ¿Y tú?

— Inuyasha Taisho.

Las presentaciones ya estaban hechas.

— Bien, Inuyasha, ¿a dónde vas a llevarme?

— ¿A la costa?

— ¡Perfecto! — se dejó caer en el asiento, dándole la espalda — Necesito cambiarme de ropa.

— Podemos ir al hotel para recoger la maleta…

— ¡No! — se apresuró a exclamar — ¡Allí no! Kouga mirará primero en el hotel y el restaurante, seguro.

Ella tenía razón.

— Creo que me comparé algo nuevo…

Dicho y hecho. Llevó a su nueva "amiga" a un centro comercial carísimo en el que él jamás había entrado. Aquel lugar era para gente rica, todas las tiendas eran de diseñadores famosos. La acompañó a una tienda de Gucci, sintiéndose incómodo por su aspecto y por hacer esa clase de trabajo. Él, generalmente, solo esperaba en la limusina. Kagome había insistido en que la acompañara y no pudo decirle que no. Al menos, no era el único acompañante de una mujer rica. Había muchos como él cargando bolsas, y ninguno de ellos tenía pinta de ser un marido.

Kagome escogió algunas prendas sin mirar la etiqueta. Él, sin embargo, se quedó sin oxígeno cuando le echó un vistazo a un par de etiquetas. Si gastara eso en ropa, no le quedaría dinero ni para comer. ¡Diablos, si gastara eso en ropa, su madre le daría una bofetada por despilfarrar el dinero!

— Necesito tu ayuda.

Al escuchar su voz se acercó al probador. Kagome abrió la puerta, agarró la pechera de su chaqueta, y le hizo entrar de un tirón. Casi se golpeó contra el espejo de cuerpo entero. Se recolocó la chaqueta mientras le echaba un vistazo a ese sitio. Hasta el probador parecía haber sido decorado por un carísimo interiorista de esos que salían por televisión. Con lo que costaba solo decorar una de esas tiendas, podría abrir su propio negocio de limusinas.

— Ayúdame a quitarme el vestido.

Antes de que fuera verdaderamente consciente de lo que le pedía, se dio la vuelta, dándole la espalda. A continuación, se apartó la melena colocándola sobre su hombro derecho para que pudiera ver y esperó. Había una hilera de botones diminutos bajo la lazada rosa. Tragó hondo ante la visión de esa piel lisa y suave. Solo tenía que abrirle el vestido, era normal que necesitara ayuda. Alguien debió ayudarle primero a ponérselo. No era tan difícil. Primero, deshizo la lazada. Luego, tomó el primer botón entre sus dedos y lo desabotonó. Deliberadamente, apoyó los nudillos contra su piel desnuda mientras descendía hasta el último botón, justo en el inicio del encaje de sus bragas.

Sería tan fácil. Podría… ¿Qué demonios podría hacer? No se acostaría con él ni aunque se lo pidiera de rodillas. Ya iba siendo hora de que despertara de aquel sueño. Por ese día, había fantaseado demasiado. Haría lo que la señorita quisiera que hiciera porque había pagado sus servicios. Después, a la mañana siguiente, cuando la dejara, tendría que olvidarse de ella y ya está.

Inuyasha salió del probador tan rápido como terminó con su labor de desabotonarle el vestido. Sintió que dejaba un vacío allí adentro cuando se fue. Por un momento, en su mente, había jugado con la idea de volverse y besarlo. Era tan guapo que le quitaba el aliento. Además, sentir el roce de sus dedos sobre la piel sensible, le provocó temblores en el bajo vientre. Una sensación que Kouga jamás había provocado en ella. Aquello era increíble. Un hombre que acababa de conocer, provocaba en ella una reacción más salvaje que aquel con el que estuvo a punto de casarse. Fue una suerte que cambiara de rumbo justo a tiempo.

Dejó que el vestido se deslizara hasta sus pies y lo apartó con movimientos delicados. Las manos de Inuyasha eran en lo primero que se fijó de él. Tenía unas manos grandes, fuertes, callosas por el trabajo. Era un hombre hecho y derecho de los pies a la cabeza, y no otro hombre pijo que usaba más cremas hidratantes que ella. Estaba harta de ese tipo de hombres, solo daban problemas. No había más que ver a la rata traidora de Kouga Wolf. Casarse con él hubiera sido el peor error que podría haber cometido. Estaba mejor sola que mal acompañada.

Sus ojos la habían desestabilizado por completo. ¡Tenía los ojos dorados! No eran color ámbar, marrones claritos o simplemente amarillos. Eran dorados. Un dorado más hermoso que el del oro. Por un momento, se había sumergido en ellos y se había sentido deseada, incluso querida. Ese hombre, en el transcurso de una hora, le había dado más cariño que Kouga en todo un año. Había algo en él que la atraía hasta tal punto que casi rozaba la locura. Nunca un hombre provocó ese efecto en ella, aunque tampoco se cruzó jamás con semejante hombre. Ese era un hombre hecho a sí mismo fuera de la ciudad. Tenía el cuerpo de un hombre que trabajaba duramente. Tan alto, tan ancho y tan fuerte que podría cubrirla por completo. Se había preguntado cómo sería abrazarlo.

Al terminar de vestirse, agarró el vestido de novia de cualquier forma a pesar de ser un auténtico y exclusivo Jean Pierre, y salió del probador. Inuyasha la esperaba fuera con las manos metidas en los bolsillos, con cara de aburrimiento. Era toda una novedad teniendo en cuenta que la última vez que fue de compras con Kouga, este invirtió cerca de una hora en decidirse entre dos corbatas.

Le entregó el traje de novia sin ninguna ceremonia y dio una vuelta sobre sí misma.

— ¿Y bien? ¿Qué tal estoy?

Le pareció ver un brillo de deseo en su mirada. Un momento de debilidad en el que le mostró exactamente lo que ella más necesitaba. Necesitaba saber que un hombre la podía desear de esa forma, que ella no sería otro florero para su colección, que era más que un pedazo de carne. El deseo de Inuyasha iba más allá de todo eso. No era otro hombre salido desnudándola con la mirada, considerándola como una conquista de una noche. Había algo más. Algo que la estaba hipnotizando.

— Estás preciosa.

Justamente así era cómo se sentía. Solo le faltaba una cosa, algo que quiso hacer desde el principio. Se puso de puntillas a pesar de llevar unos estupendos tacones recién adquiridos, y le quitó la gorra la cabeza. No pudo contener la exclamación de sorpresa al ver su cabello. No eran canas. ¡Tenía el cabello plateado! Jamás había visto a un hombre con ese color al natural. Había escuchado de personas que eran tan rubias que su cabello se volvía prácticamente blanco. El de él era plateado, un perfecto plateado de cuento de fantasía.

— Nunca había visto un color como ese… — musitó.

— Me viene de familia. Mi padre y mi hermano son igualitos. — alargó una mano para intentar volver a tomar su gorra sin éxito — ¡Ey, necesito eso! Es parte de mi uniforme oficial.

— Hoy no eres mi chófer, eres mi amigo, ¿recuerdas?

Esperaba no parecer una tonta frente a él, pero en verdad tenía ánimo de hacer tonterías porque, de lo contrario, se echaría a llorar. El que supuestamente iba a ser el día más feliz de su vida se había arruinado. Sin embargo, admitía que tenía ciertas ventajas haberse retirado a tiempo; algo había cambiado en ella. Aquello la había trastocado por más que se negara a admitirlo.

— ¡Ese uniforme es horrible! — continuó — Tienes que cambiarte.

— Sé que es horrible, pero no tengo otra cosa que…

— Estamos en una tienda de ropa…. — giró sobre sí misma para abarcarla toda — Escoge lo que más te guste. ¡Invita Kouga!

Para remarca su afirmación, volvió a sacar el fajo de billetes del sobre y se lo mostró. Ojalá a Kouga le sentara como el culo enterarse de que vendió su regalo de Tiffanys. A ella le daba igual. No necesitaba joyas, solo saber que un hombre la amaría y la respetaría de por vida. Kouga ni siquiera fue capaz de hacer el juramento antes Dios y ante sus familiares antes de traicionarla.

La idea de comprarse ropa carísima, de esa con la que nunca podría soñar tan siquiera, a cuenta de Kouga era mucho más que tentadora. Más todavía después de lo que ese canalla le habría hecho a la pobre mujer, la cual parecía estar a punto de entrar en estado de demencia si alguien no la acompañaba. ¿A quién quería engañar? Como si él no estuviera encantado de estar a su lado. No obstante, él sentía que pagaría Kagome, algo que no podía consentir. No era rico, ni podía permitirse esa clase de ropa, pero tenía dinero para pagarse su propia ropa. Si solo se marchaban a otro tipo de tienda, podría comprarse algo más adecuado a su nivel económico.

No pudo con ella. Media hora después, llevaba puestos sus primeros vaqueros de Calvin Klein, una camisa de Ralph Lauren y unos mocasines comodísimos de Gucci. Kagome había hecho con él cuanto quiso con sus pucheros y el vaivén de unos pechos que se balanceaban bajo un vestido diminuto y ajustadísimo sin la constricción de sujetador alguno. Estaba tan sexi y tan bella que perfectamente podría caer de rodillas ante ella. De hecho, las rodillas le flaquearon cuando salió del probador. Aquel vestido era tan corto y tan ajustado que no dejaba nada a la imaginación. Apenas le llegaba a la mitad del muslo, era de tirantes y escote de barco con media espalda descubierta. Parecía un camisón. Además, era rojo. Estaba para comérsela; así vestido, parecía la clase de hombre que podía aspirar a invitarla a salir.

De vuelta a la limusina, se sintió el centro de las miradas de todas las mujeres del centro comercial. No había una que no se volviera para mirarlo mientras que, cuando entró con su uniforme de trabajo, ni una sola alzó la vista. Así que de esa forma se sentía ser rico. Lo odiaba. No quería una mujer que lo valorara solo por el tamaño de su cartera.

— ¡Alto!

Estuvo a punto de caerse sobre ella cuando se detuvo tan abruptamente frente a él. ¿Por qué paraba? La limusina solo estaba a unos pasos. ¿Olvidó algo? Acababa de gastar más de cinco mil dólares en ropa, no creía que fuera necesario comprar más.

— ¿Kagome?

— El vestido ocupa demasiado.

Bueno, podía plegarlo y meterlo en el maletero, aunque sería una pena para ese tejido tan delicado. Kagome no debía estar de acuerdo porque encontró una solución más extrema. Agarró la cola de su vestido y, ante su mirada expectante, la abrió por la costura hasta la altura de las rodillas. Repitió el mismo proceso al otro lado del vestido. Después, tomó la abertura de los botones y también la abrió. Alguien a su espalda gritó, horrorizado ante el espectáculo. Él también estaba ciertamente sorprendido hasta que se fijó en su rostro. Estaba descargando su rabia sobre la prenda de alta costura que representaba el significado del que debió ser ese día. Si eso la ayudaba a descargar, era toda suya.

Jamás imaginó que le sentaría tan bien destrozar un Jean Pierre original. Su madre se tambalearía cerca del desmayo si contemplara ese espectáculo. Ella misma habría tragado hondo unos días antes. Ese día, en cambio, le estaba sirviendo de terapia de choque para vencer el dolor de la traición. Estaba harta de los hombres ricos y de sus promesas falsas. Quería un hombre de verdad, un hombre sincero y humilde que la amara por cuanto era y no por cuan hermosa quedara colgada de su brazo. ¿Tan difícil era de encontrar?

Quizás, no. Cuando terminó de desquitarse con el vestido, se encontró con la mirada comprensiva de Inuyasha. Sabía lo que había hecho y por qué, y lo entendía. Menos mal. Odiaría que creyera que había tenido un brote psicótico. Por extraño que pareciera, no le hacía sentirse ridícula tras ese arranque de ira tan poco habitual en ella. Esperó pacientemente a que finalizara con el vestido, y, luego, sin decir una sola palabra, tiró los restos en la papelera más cercana. Se sintió libre.

— ¿Vamos a la costa?

Encantada iría a la costa o a cualquier otro sitio con él. Probablemente, se estaba portando como una tonta por perseguir a ese hombre como una adolescente enamorada el mismo día que había dejado plantado en el altar a otro, pero prefería eso a derrumbarse por la humillación y el dolor.

Sin pedirle permiso tan siquiera, se abrió la puerta de copiloto para tomar asiento a su lado. No quería viajar allí atrás sola. Nunca le habían gustado las limusinas, las odiaba. A Kouga, a pesar de que le gustaba muchísimo su carísimo deportivo, le gustaba aún más aparecer en los actos públicos en una limusina. Seguro que para atraer a las mujeres, el muy bribón. A ella, sin embargo, le parecía demasiado frío, demasiado formal. Viajar separada de otra persona, "supuestamente" considerada de clase baja, era repugnante. Por el día de su boda, aceptó hacer ese pequeño sacrificio por su futuro marido; ya nunca volvería a hacerlo.

— Tengo hambre.

Había sucedido tan repentinamente que hasta ella se sorprendió del capricho de sus tripas.

— ¿Hay algún restaurante en particular que…?

— No, no quiero nada de eso. Quiero algo diferente, algo menos sofisticado…

La miró sin entender.

— ¿Algo menos sofisticado?

— Algo que no he hecho nunca… — se mordió el labio inferior — ¡Quiero comer una hamburguesa!

— ¿Nunca has probado una hamburguesa?

Sacudió la cabeza en una negativa.

— Entonces, tienes que probarla cuanto antes.

No haber probado una hamburguesa en toda su vida debía ser como mínimo pecado. No podía permitir que aquella mujer continuara viviendo una vida pagana e impía, desconocedora de las maravillas de las hamburguesas. Su deber era hacer algo para abrirle los ojos y sabía cuál era el lugar idóneo. La hamburguesería Louis a un par de calles de la costa era el lugar perfecto para que Kagome Higurashi diera un vuelco a su vida. Después de ese día, no podría pasar un viernes sin comer una de esas hamburguesas.

Cuarenta y cinco minutos después, le sirvieron su primera hamburguesa. Inuyasha la escogió por él, ya que era la primera y le aseguró que le encantaría. La verdad era que no tenía mala pinta. Su madre solía decir que esa comida no era buena para la salud, ni para gente como ellos. Comida de pobres. Ella dudaba que pudiera clasificarse la comida entre ricos y pobres. La comida era comida y punto. Estaba segura de haber comido todo lo que llevaba esa hamburguesa, aunque nunca combinado de esa forma. No podía hacerle daño. Con esa idea en la cabeza, la agarró, divertida de tocar con sus manos la comida que iba a tomar, y la mordió.

— ¡Dios, qué buena está!

Inuyasha no había exagerado ni un poquito. ¿Cómo había podido tardar veinticuatro años en probar su primera hamburguesa? Sabía a gloria. Se inclinó y le dio otro mordisco más grande que el anterior. Después, tomó su cerveza y le dio un trago. Por suerte, gracias a su mejor amiga Sango, de cerveza sí que sabía bastante. Sus amistades antes que ella solo tomaban Cosmopolitan y ese tipo de cócteles. Sango le enseñó a beber cerveza. Feliz de estar haciendo aquello por primera vez, empezó a indagar sobre la vida de Inuyasha.

Cinco minutos después, mientras atacaba la ración de patatas con mahonesa, luchaba por no reírse a carcajadas de las anécdotas que le contaba Inuyasha sobre su infancia.

— Entonces, como nos daba miedo que nuestros padres descubrieran lo que le había sucedido a la tarta de cumpleaños de la abuela, desordenamos toda la casa y nos inventamos que habían entrado los perros.

— ¿Y se lo creyeron?

— ¡Por supuesto que no! — exclamó — Estuvimos castigados durante un mes sin salir a la plaza a jugar con los otros niños. Por aquel entonces, apenas veíamos la televisión. ¡Fue una tortura!

¡Qué suerte tenía Inuyasha de haber crecido con un hermano! Ella era hija única, no tenía a nadie con quien compartir ese tipo de situaciones. De hecho, ni siquiera tuvo la oportunidad de organizar ese tipo de follones. Su vida había estado pautada y organizada desde que ella podía recordar. Nunca tuvo tiempo de ser una niña.

— ¿Y qué me dices de ti? Aún no sé nada de tu vida aparte de que le has dado calabazas a un auténtico capullo.

Se arrepintió nada más decirlo. Alzó la vista hacia ella esperando encontrarla enfadada, pero, en su lugar, pudo percibir que apenas había hecho caso de su sarcasmo.

— Mi vida no es tan interesante como la tuya.

— ¡Oh, vamos! Seguro que sí.

— Fui a un colegio femenino hasta los dieciocho años, estudié ballet y piano, entré en la universidad de Harvard para estudiar la misma carrera que mi padre y empecé a trabajar en su bufete cuando me gradué. — sintetizó — No hay nada más…

— Olvidas los detalles, eso es lo verdaderamente interesante.

— No hay detalles, ni matices, ni nada. Mi vida es exactamente así de aburrida. — le aseguró — ¡Pobre niña rica! — exclamó percatándose de su propia hipocresía — Debes de estar pensando que millones de familias en el mundo pasan auténticas penurias para llegar a fin de mes mientras que yo, aun teniéndolo todo, siento que no es suficiente…

— No pienso eso en absoluto.

Interesada por sus palabras, le miró, planteándole una silenciosa pregunta. Si eso no era lo que pensaba, quería saber qué era, aunque le doliera.

— Acabo de darme cuenta de que las personas que se sientan a mi espalda en la limusina y yo no somos tan diferentes. Siempre había tenido esa imagen de niña rica que has definido hasta este instante, hasta que me has mostrado tu lado más humano. — reflexionó en voz alta — En realidad, tenemos las mismas inquietudes, los mismos deseos y la misma necesidad de sentirnos queridos.

Durante un instante, sintió una conexión mágica entre ellos dos. Él tenía razón. No eran en absoluto diferentes, no estaban marcados a fuego por su condición social. La prueba estaba en que jamás se había sentido tan cómoda con una persona como con él en ese instante. Sentía cosas que hasta entonces nunca había sentido. Él le había devuelto la vida; la vida que siempre deseó. Quería contribuir en su sueño, porque sabía que Inuyasha lo merecía. Tomó el sobre con los diez mil u once mil dólares que aún quedaban y lo deslizó hacia él sobre la mesa. Inuyasha tardó unos instantes en entender el mensaje.

— No puedo aceptarlo.

— Tómatelo como una inversión para tu empresa. Puedes devolvérmelo en un futuro cuando seas un gran empresario.

— No, no sé si puedo devolvértelo, Kagome. — intentó rechazarlo — Esto es tuyo.

— No, esto es de un capullo integral que acaba de perder lo mejor que le podría haber pasado en la vida.

— En eso estoy de acuerdo. — coincidió, dejándola patidifusa durante unos instantes — Pero, aun así, yo no puedo…

Lo acalló colocando una de sus diminutas manos sobre la suya enorme que empujaba el sobre lejos de él.

— Yo creo en ti.

Y eso era todo.

— Así que estabas aquí. ¿Tienes idea de la vergüenza que me has hecho pasar?

Lo miró furiosa por irrumpir de esa forma. Jamás le perdonaría a Kouga Wolf haber fastidiado aquel momento tan emotivo.

Continuará…


Próximo capítulo: margaritas.