Capítulo 3: Margaritas
¿Cómo podía tener tanto morro de decirle que había pasado vergüenza por su culpa? Ella sí que había pasado vergüenza; ella sí que sintió la humillación en sus carnes; ella sí que fue ridiculizada por ese aspirante a sátiro. No sabía cómo había logrado localizarla, ni tampoco le importaba. Lo único que sabía era que no lograría que ella se sintiera mal por alguien como él, que se disculpara o le siguiera el juego. Ya estaba harta de hacer lo que se esperaba de ella.
La educaron para ser una dama. El mejor colegio femenino del mundo en Suiza había sido el lugar donde fue instruida desde los seis años hasta los dieciocho. Aparte de las materias del currículum, en ese colegio recibió instrucción en lo relativo a protocolo y relaciones sociales. Asimismo, sus clases de deporte se componían por actividades de equitación, polo y paddle. Como actividades extraescolares, todas las alumnas practicaban ballet y tocaban un instrumento musical. Después, acudió a la universidad de Harvard, al igual que su padre, quien estaba muy orgulloso de que su refinada hija siguiera sus pasos.
Había pensado que eso era lo correcto, que estaba bien y que era lo que deseaba durante toda su vida. De repente, gracias a los engaños de ese sucio bastardo y a la humildad de Inuyasha, había visto por primera vez su reflejo en el espejo, y no le gustó lo que vio. Aquella no era la persona que deseaba ser, no era aquello por lo que tanto luchó. No quería un matrimonio de conveniencia porque se esperaba de ella que se casara con un hombre millonario. No quería sonreír falsamente en actos sociales por la lucha contra el cáncer, en los que donar dinero para la investigación era un compromiso social, no un verdadero acto de bondad hacia esas personas. No quería ser una dama perfectamente refinada que jamás estaba fuera de lugar. La muñeca de porcelana se había roto.
La nueva Kagome Higurashi no se dejaría mangonear por nadie más, no se achicaría ante la adversidad y, sobre todas las cosas, no dejaría que ningún otro hombre la tomara por tonta. Kouga Wolf ya podía cerrar su bocaza porque, en el caso contrario, le haría tragar hasta el encaje de los tangas de todas sus amantes.
— No tienes ningún derecho a montar semejante numerito.
No la torearía.
— ¿Ah, no? — golpeó la mesa con un puño, furioso — Nuestras familias y amigos estaban allí, la prensa esperaba que…
— Te dije que no quería que asistiera la prensa. Si no fueras tan chulo, tu humillación no se habría hecho tan pública.
A Kouga no le sentó nada bien su contestación. Aunque odiara admitirlo, la vena hinchada de su cuello empezaba a ponerla nerviosa. Si lo seguía provocando, no sabía si podría controlarlo. Quizás, lo mejor para todos era terminar cuanto antes con esa disputa.
— Quiero que te vayas, ahora.
— ¡No hasta que me des una explicación!
Quería una explicación; muy bien, la tendría. Le iba a dar un buen motivo para no haberse casado con él ese día.
— Verás, tengo un dolor horrible de cuello. — se palpó las cervicales — Hoy he descubierto que era culpa de la cornamenta. Pesaba demasiado.
A juzgar por su palidez, Kouga lo pilló al vuelo. Preferiría no airear su humillación de esa forma, pero se negaba a sentirse acongojada ante semejante esperpento. De hecho, pensaba darle donde más le dolía.
— Me impresiona lo bien que sabes gestionar tu agenda. — repitió sus propias palabras — Ni siquiera una esposa lo habría notado si no fueras tan bocazas.
Tocado y hundido. La verdad era que el espectáculo que estaba transcurriendo ante su atenta mirada no tenía desperdicio. Se había planteado intervenir en favor de Kagome cuando vio al bastardo ricachón tan fuera de sí, pero la verdad era que la joven lo estaba manejando muy bien. Impresionado, había observado el cambio en su mirada desde que él entró en el restaurante hasta que le plantó cara. Esa era la mirada de una mujer que no iba a dejarse engañar, de una mujer que iba a defenderse con garras y dientes. Mientras tanto, Kouga no hacía más que retroceder con la mirada de un animal herido. Le haría gracia si no supiera que uno no se podía fiar de un animal herido. Mejor no bajar la guardia.
Así que fue eso lo que llevó a Kagome a huir de su propia boda. Sabía que algo había sucedido en la iglesia. Cuando la llevó, no tenía ni la menor duda de que la joven señorita no conocía las juergas de su futuro marido. Al salir furiosa, no sabía con seguridad si era culpa del novio o la futura suegra, la cual era suficiente para echar atrás incluso a la trepa más ambiciosa. No creía que el muy idiota hubiera sido capaz de llevarse a un ligue el día de su boda. Seguramente, a juzgar por las palabras de Kagome, cometió el error de fardar de sus conquistas en el momento menos oportuno. ¡Menudo idiota!
Kouga dejó de temblar violentamente y en su rostro se dibujó la sonrisa diabólica que le dirigía a todas sus conquistas al dejarlas tiradas después. Estaba a punto de asestarle el golpe a Kagome.
— Si no fueras tan estrecha, no tendría que haber buscado a otra.
Se levantó dispuesto a devolverle la ofensa aunque eso le costara su trabajo. Sabía por su experiencia que una llamada del payaso de Kouga a la empresa bien podría dejarlo sin trabajo. No obstante, Kagome bien merecía que se jugara su puesto. Ella no era una mujer como otra cualquiera, no era prescindible, ni sustituible. Kagome era una de esas mujeres que se encontraban una sola vez en la vida. Aunque un romance entre ellos fuera totalmente descabellado e imposible, no podía evitar sentir esos deseos de protegerla con rabia ciega ante todo posible peligro.
Para su sorpresa, Kagome arremetió contra Kouga antes que él. También se levantó dispuesta a darle un bien merecido puñetazo. Sin embargo, la experiencia de Kouga esquivando bofetadas de mujeres menos naturales y su entrenamiento en el gimnasio, lo ayudaron a detenerla agarrando su muñeca en lo que era, sin duda alguna, un agarre excesivamente fuerte para la delicada mujer. Una neblina roja lo cegó en ese instante. Nadie trataba de esa forma a Kagome, no mientras él estuviera allí para impedirlo.
Su puñetazo no pudo esquivarlo. Le dio justo debajo del ojo izquierdo, en un punto que perfectamente podía cegarlo de ese ojo. No le importaba. Ojalá se quedara ciego ese bribón. Soltó la muñeca de Kagome inmediatamente y se tambaleó hacia atrás, intentando no perder el equilibrio. No había cabeza en el restaurante que no se hubiera vuelto hacia ellos. ¡Odiaba llamar la atención de esa forma! No era un alcohólico de taberna que raptaba bellas herederas y se peleaba los sábados por la noche contra hombres pomposos. ¿Qué pensaría Kagome de él después de aquello? Seguro que ya estaba pensando en la forma de huir de él.
— ¡Guao, eso ha sido increíble!
Una vez más, la mujer volvió a desencajarle la mandíbula por la sorpresa. ¿Qué le pasaba a esa chica? ¿Acaso tenía planeado armar en un día todos los jaleos que se perdió durante la adolescencia?
— Yo ni siquiera he podido darle… — musitó enfurruñada — ¡Tienes que enseñarme!
No sabía si eso era una buena idea.
— Tú…
Kouga se estaba recuperando del golpe o, al menos, ya era capaz de volver a hablar. Con una mano se había cubierto la zona golpeada y con otra lo señalaba acusadoramente.
— ¿Quién demonios eres tú?
¿No lo reconocía? Un momento, eso significaba que tenía carta blanca. ¡Diablos, podría ser incluso divertido partirle todos los huesos del cuerpo a ese bastardo! O tal vez eso resultase demasiado violento para la dama que lo acompañaba. Vale, a la nena le gustó que pegara al otro hombre cuando la amenazó. Sin embargo, dudaba que le gustara que lo golpeara solo por diversión.
— ¿Te has buscado ya un nuevo novio, zorra?
De eso nada. Se adelantó para darle un buen puntapié, pero Kagome se interpuso de nuevo y fue ella quien le clavó el tacón en el empeine. Kouga maulló como un gato al que acababan de arrancarle la cola. Hasta él se encogió al contemplar la guja del tacón. Los puñetazos no se le daban bien, pero los pisotones eran lo suyo.
— Será mejor que te vayas, Kouga.
Kouga se fue para sorpresa de todos sin intentar armar más altercados. Se sintió muy orgullosa de sí misma por haber logrado que se marchara, por haberlo derrotado. Era cierto que sin la inestimable ayuda de Inuyasha con ese puñetazo tan acertado no lo habría logrado tan fácilmente. Ahora bien, creía poder darse el mérito de aunque fuera una pequeña victoria con su magistral pisotón de diva. Le empezaba a gustar eso de no ser una dama, tenía su aquel. Solo necesitaba que alguien tan experimentado como Inuyasha le enseñara a dar un buen puñetazo.
— Y bien, ¿me enseñarás?
— ¿Estás hablando en serio?
— ¡Pues claro! — exclamó — ¿Acaso creías que era una broma? Quiero aprender a defenderme de capullos como ese.
— Creo que le haría un flaco favor al sexo masculino instruyéndote.
— ¡Por favor! — insistió haciendo pucheros — Seré una muy buena alumna y te invitaré a tomar todos los Margaritas que quieras.
— Esa es una propuesta que no puedo rechazar.
Kagome cumplió su promesa. Fueron a la playa, donde buscaron un chiringuito descalzos, con la arena haciéndoles cosquillas entre los dedos, y bebieron margaritas hasta hartarse mientras que él le enseñaba cómo enfrentarse a tipos del tamaño de Kouga. Al principio, fue tan serio como cualquier profesor de gimnasio. Hacia el cuarto margarita, empezó a perder la concentración y a decir tonterías. El sexto margarita era el último que recordaba haber contado. A partir de ahí, todo se tambaleaba a su alrededor y no tenía demasiado claro qué demonios estaba haciendo. ¿Cuántos margaritas se bebió? ¿Cuántos bebió Kagome?
Lo único que tenía claro era que tenía que enseñarle a defenderse, eso acordaron. Con eso en mente, volvió a poner las palmas abiertas frente a su cuerpo, para indicarle que debía golpear.
— Recuerda… — ¿Qué debía recordar? ¡Ah, sí! — Golpea con los nudillos…
— ¿A cuál de tus cinco manos?
— No sé… — se las miró sorprendido de que para él solo eran cuatro — La que más rabia te de…
Cerró los puños tal y como le había enseñado y gritó como una fiera antes de lanzarse a golpear. Falló. La mano a la que se había empeñado en golpear desapareció tan rápido como la alcanzó. Su cuerpo se tambaleó, perdiendo el equilibrio, por la falta de soporte que había esperado encontrar y dio un giro sobre sí misma para quedar de espaldas a Inuyasha antes de que él la cogiera. La agarró pasando los brazos por debajo de sus axilas, y cayeron al suelo sentados. Por primera vez, no le molestó acabar sentada en el regazo de un hombre. Podía llegar a ser agradable.
— Creo que he bebido demasiado… — admitió.
— Creo que yo también.
Se rieron como idiotas por haber llegado a ese acuerdo.
— ¡Estoy cansada! — refunfuñó como una niña.
— ¡Pues túmbate!
Lo hizo exactamente así. Apoyó la espalda en el pecho de Inuyasha y empujó hacia atrás para que él se dejara caer sobre la arena. Opuso una mínima resistencia durante unos instantes, sorprendido por su acto, antes de caer hacia atrás, tumbado sobre la arena con la mujer sobre su pecho. Los dos suspiraron, sintiéndose tan cómodos que casi parecía irreal.
Estaba atardeciendo. El cielo se veía anaranjado, de un tono perfecto para un vestido de gala o eso le pareció a ella al menos. Si ya podía pensar en esa clase de cosas, debía significar que su corazón había sanado sorprendentemente rápido. Aunque no había sanado solo, no cometería el error de creer eso. Inuyasha la había sanado en un tiempo record. No se podía creer que hubiera estado a punto de casarse con semejante memo teniendo a un hombre como ese esperándola fuera de la iglesia. No había color entre los dos. Jamás se había sentido tan a gusto y tan mujer junto a Kouga como junto a ese hombre que recién acababa de conocer. Le había dado su persona tan incondicionalmente que no pudo evitar corresponderle de igual forma.
A pesar de todo, había una cosa que llevaba un buen rato rondándole la cabeza. Inuyasha era su chófer, aquel contratado por Kouga para trasladarlos de un lugar a otro. Se preguntaba si estaba allí solo porque pagaron sus servicios con ese propósito o porque quería estar con ella.
— Tengo una pregunta que hacerte.
— ¿Hum?
Se tomó su respuesta como un signo de interés.
— ¿Por qué estás aquí conmigo? ¿Es porque te han pagado para llevarme?
— Admito que me han pagado por llevarte. — confesó, aunque era algo que ambos sabían — Pero decidí hacerte compañía por mi cuenta…
— Entonces, ¿te importo?
— Sí.
La verdad era que no esperaba respuesta, ni tan directa. Asombrada por semejante descubrimiento y deseosa de poder mirarlo a los ojos para ahondar en las profundidades de su alma, se las ingenió para darse la vuelta hasta quedar tumbada boca abajo sobre él, con el rostro a pocos centímetros del rostro masculino. Estaba borracha, no era tan tonta como para no darse cuenta, y sabía que él también estaba muy borracho. Sin embargo, había una sinceridad en su mirada aplastante. Inuyasha no la engañaría.
— Tú también me importas. — admitió.
Más de lo que le había importado nadie nunca. En cuestión de unas horas, Inuyasha se le había metido debajo de la piel como nadie lo había hecho nunca. Si eso no era amor, que bajara Dios de los cielos para jurarlo. Y ahí estaba la prueba. Por primera vez, sentía deseos de acostarse con un hombre, de hacer el amor y de dejar atrás esa condenada virginidad que le pasaba como una maldita losa sobre la espalda. Inuyasha era el hombre perfecto y ese era el momento ideal para hacerlo.
— ¿Eres virgen?
La pregunta le salió sola, sin ningún control. Sintió como las mejillas le empezaban a arder tras haberla pronunciado. ¿Qué clase pregunta era esa? ¿Qué iba a pensar de ella?
— No.
La respuesta la decepcionó más de lo que desearía admitir. Ella era virgen, pero él no. ¿Y qué derecho tenía a juzgarlo? No todo el mundo podía ser tan mojigato como ella. Además, Inuyasha era un hombre muy atractivo, seguro que nunca le faltaron ligues. Una chica virgen como ella sería una carga para él. Había sido una estúpida al pensar una de esas románticas escenas de película donde los protagonistas hacían el amor por primera vez. Aunque, visto de otra forma, el hombre no solía ser virgen nunca. Las mujeres eran las tontas incapaces de mantener relaciones sexuales sin amor en ese tipo de historias.
— ¿Y tú?
Sintió interés por ella cuando le hizo esa pregunta. No había pensado ni una sola vez en la virginidad o falta de ella en Kagome. No hasta que ellas se lo preguntó a él.
— Sí…
Su voz sonó avergonzada de tener que confesarlo. No tenía nada de lo que avergonzarse. Era su decisión ser o no ser virgen, continuar siéndolo o dejar de serlo. Nadie podía forzarla a entregar algo tan íntimo, ni nadie podía juzgarla por no haberlo entregado todavía. Al contrario, la honraba en cierto modo estar reservándola para una persona especial. Además, algo en el fondo de su ser se había activado por su respuesta. Le encantaba saber que Kagome era virgen por muy neandertal que sonara. No tenía ningún derecho a exigírselo a las mujeres, puesto que él ya la perdió durante su adolescencia y había practicado mucho sexo a lo largo de su vida, pero le satisfacía saberlo.
— ¿Cómo es?
— ¿El qué?
Había estado demasiado distraído como para atender a sus palabras.
— El sexo…
Esa conversación estaba empezando a volverse demasiado íntima. Notó cómo se le endurecía la entrepierna y la imaginación se le disparó con eróticas escenas junto a la sensual mujer tan inocentemente tumbada sobre él. Si fuera consciente de sus lujuriosos pensamientos, ya habría huido de él. No, debía dejar a un lado esa clase de pensamientos y concentrarse. ¡Diablos, ni siquiera el alcohol había conseguido bajarle el lívido! De hecho, se sentía más excitado que antes incluso. Odiaría hacer daño a Kagome llevado por el alcohol.
Concentración. Solo era una pregunta, la inocente pregunta de una virgen que antes creía que esa sería su noche de bodas y su primera vez. Tenía curiosidad y era normal. Solo debía contestar.
— Supongo que depende de la clase de sexo que sea…
— ¿Te refieres a esas personas que se pegan y…?
— ¡No! — se apresuró a interrumpirla — No… — continuó más suave — Me refiero a la diferencia entre sexo casual y hacer el amor…
— ¿Hay una diferencia?
— Yo creo que la hay. — sus brazos se movieron solos para abrazar a Kagome mientras hablaba — He mantenido relaciones sexuales casuales y, aunque son satisfactorias, creo que hay una diferencia…
— ¿Lo crees? — continuó ella con tono meloso.
— Tiene que haberla. Hacer el amor con una persona a la que amas tiene que ser mucho mejor. Yo nunca he tenido tanta suerte…
El sexo casual solo ofrecía un placer superficial que luego le dejaba un vacío en el pecho. Odiaría vivir toda una vida solo con eso. Era como vivir a medias, disfrutar a medias, respirar a medias. Nunca había suficiente, nunca se culminaba verdaderamente. Faltaba algo.
— Entonces, ¿nunca has estado enamorado?
El día anterior habría contestado con absoluta seguridad y confianza que jamás había estado enamorado. Ese día, en cambio, tenía serias dudas. Algo había cambiado dentro de él, ya no era la misma persona que ayudó a montar en su limusina a la novia más bella que había visto nunca. De repente, se encontraba sintiendo cosas que nunca creyó posibles. Si solo pudiera ser el hombre que merecía una rica heredera y no un mero chófer…
— Ya no estoy seguro… — confesó.
— ¿Cómo es eso posible?
— Desde que te conocí, no lo tengo claro…
Ya estaba dicho. Quizás no fuera digno, pero no un cobarde, ni un mentiroso. No le avergonzaba admitir lo que sentía por aquella bella mujer aunque un romance entre ellos fuera totalmente imposible. Ya podía imaginar a su padre apartándola de él como si hubiera profanado a una santa. Seguro que lo denunciarían por abuso sexual o cualquier cosa de esas que imaginaban los hombres ricos cuando alguien de clase inferior miraba a una de sus mujeres durante más de dos segundos seguidos. No necesitaba esa clase de problemas. Ni necesitaba que le recordaran que él no podía mantener a esa mujer.
— Yo sí que lo tengo claro… — se deslizó sobre su cuerpo hasta que su rostro quedó justo sobre el suyo, a muy poca distancia y le besó la punta de la nariz — Te amo.
Ojalá Kagome no le hubiera confesado su amor y ojalá él no se hubiera tomado tantos margaritas. Tal vez, en ese caso, habría sido capaz de mantener las manos quietas, de apartar los labios de los suyos y de hacer lo que era correcto devolviéndola a la protección de los brazos de su padre. Sin embargo, cuando ella lo besó, no solo se dejó besar, sino que, además, intensificó el beso y se ahogó en sus profundidades, deseoso de tener cuanto podía ofrecerle, de ser uno con ella.
No podía hacerle el amor en la playa, a la vista de cualquiera. Eso no estaba bien. Tenía que sacarla de allí antes de que algún mirón los encontrara. Odiaría convertirse en otro vídeo viral más sobre gente indecente que mantenía relaciones sexuales en lugares públicos. Por eso, se las ingenió para levantarse y arrastró a Kagome consigo. La mujer se quejó e intentó volver a besarlo apretando los senos de tal forma contra su pecho que casi logró arrodillarlo ante ella. En su lugar, contó hasta diez, tal y como ella había hecho horas antes en su limusina para no perder el control, y la llevó de la mano fuera de la playa. Seguro que ambos estaban llenos de arena.
Kagome hizo un intento de parar para pedir otro par de margaritas. Estaba seguro de que, si ingerían alguno más, terminarían vomitando en alguna esquina, por lo que se inclinó y la cargó contra su hombro como si se tratara de un saco. La joven gritó un momento; después, se agitó y se rio como si le resultara divertido. No sabía si fue buena idea cargarla de esa forma en su estado, ya que cada vez le costaba más mantener el equilibrio, pero notaba la cabeza más despejada que cuando practicaban defensa personal.
Sacó la llave de la limusina del bolsillo de su pantalón y tuvo que hacer cuatro intentos antes de lograr quitar el seguro para poder abrir la puerta. A continuación, tumbó a Kagome sobre el asiento de atrás. Muchos de sus clientes habían llegado a quedarse dormidos allí atrás. Su intención inicial era solo la de tumbarla allí atrás para dormir la mona. No obstante, cuando Kagome extendió los brazos invitándolo silenciosamente, no pudo resistirse. Entró, cerró la puerta a su espalda y se echó sobre ella hambriento. Si tenía que arrepentirse de algo, ya lo haría al día siguiente. En ese momento, era un hombre que sabía lo que deseaba y podía alcanzarlo aunque fuera solo durante una noche. Al día siguiente, podían culpar a Kouga, al alcohol o a ellos mismos. Tenían para elegir.
Mientras tanto, él se concentró en lo único que importaba en ese instante: Kagome y él. Las ventanas tintadas de negro los protegerían de cualquier mirón y la limusina era mucho más cómoda que su propia cama. Además, aunque quisiera, no podría conducir hasta un hotel o hasta la casa de alguno de los dos.
— ¿Me prometes una cosa?
Apartó los labios de su cremoso cuello al escucharla y apoyó el codo sobre el asiento para aguantar parte de su peso en lugar de cargarlo sobre la joven. Tenía los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas. Eso no era solo por el alcohol. ¿Se vería él igual?
— Prométeme que no me juzgarás.
— ¿Juzgarte? ¿Por qué?
Ella era perfecta. ¿Qué demonios iba a juzgar él?
— Por acostarme contigo cuando se suponía que hoy debía haberme casado con otro hombre.
— Kagome…
— ¡No te estoy usando!
No sabía cómo habían acabado así. De repente, Kagome lloraba contra su hombro tan ruidosamente como un niño pequeño. Lo peor era que ni siquiera lloraba por el fracaso de su casi matrimonio. Estaba llorando por lo que él pudiera pensar de ella.
— Bueno, ya sabes lo que dicen: un clavo quita a otro clavo… — se arrepintió de haberlo dicho en cuanto su mirada asustada capturó la suya — Quiero decir que no está mal del todo, ¿vale? Sé que no me usas para olvidarlo, sé qué…
— Te amo.
— Sí, exactamente eso.
A la mañana siguiente, perfectamente podría gritarle que era mentira, que no lo amaba, que estaba borracha. Sin embargo, por el momento, quería disfrutar de que esa mujer le confesara tan segura de sí misma que estaba enamorada de él. Aquello era cuanto había deseado desde que la vio por primera vez. Si era un sueño, no deseaba despertar nunca. Si esa era su única noche, la vivirían con la pasión y el desenfreno de unos amantes furtivos que jamás podrían volver a verse. Después, cerraría bajo llave sus sentimientos hacia ella dentro de su corazón y la lloraría en silencio.
Continuará…
Próximo capítulo: decisión final
