Capítulo 4: Decisión final

Por primera vez en mucho tiempo, resultó incómodo levantarse tras una noche de sexo, de muy buen sexo. Quizás el motivo principal era que había llegado la hora de despedirse de la señorita Higurashi. Sus servicios ya se habían cumplido, según lo que estipulaba su contrato, y no era tan tonto como para creer que podía pedirle una cita. Sabía, cuando se acostó con ella, que no podía durar, que solo sería por una noche, que lo suyo no tenía futuro. Todos esos pensamientos fueron anulados por la maravillosa noche. Ni la dañina borrachera a base de margaritas podría hacerle olvidar cómo le hizo sentir Kagome.

Kagome estuvo maravillosa. Tímida al principio debido a su experiencia, tremendamente sincera en sus respuestas, apasionada, coqueta e incluso juguetona cuando le cogió el tranquillo. Habían hecho el amor durante horas, habían reído mientras descansaban diciéndose tonterías, se habían acariciado con la confianza y el amor de dos auténticos amantes, hicieron cosas con las que él solo había fantaseado. Kagome le dio toda su confianza y no le negó nada. Él también se lo dio todo por esa noche, tanto que por la mañana se percató de que no podía recuperar ese pedazo de sí mismo que había regalado. Le gustara o no, esa mujer se había quedado con una parte de él y lo había marcado tanto como él a ella.

Lamentaba profundamente que todo acabara allí. Kagome era la hija del socio fundador de unos de los bufetes más importantes del país; ella misma era una de las abogadas de su bufete. Su educación había costado millones al año, más dinero del que él vería nunca junto. Si solo ahorrar unos cuarenta mil dólares le había costado veintiocho años de vida prescindiendo de lujos y caprichos. Mal vivía en un piso diminuto en una zona horrible porque la renta era muy barata, compraba comida barata y a punto de caducarse para que tuviera descuento, no tenía televisión por cable, ni teléfono fijo, su red de internet se encontraba en un pen drive con un límite de megas al mes, el mínimo, y sus calcetines habían sido remendados en tantas ocasiones que había en ellos más hilo comprado en la mercería que el propio del tejido. ¿Qué podía ofrecerle a una señorita de clase alta? Absolutamente nada.

Se tenía que acabar allí y punto. Su corazón sanaría con el tiempo o quizás no se le pasara nunca. Desearía haber podido iniciar su pequeño imperio antes de haberla conocido para poder plantearse si quiera el mantener una relación con Kagome Higurashi. No obstante, él seguía siendo el chófer arruinado que conducía la limusina y ella la clienta que se sentaba al otro lado de la ventanilla. El mundo había sido creado y moldeado de esa forma. Aquello sucedía desde la antigüedad.

Se apoyó contra la puerta de la limusina, inseguro. Aunque estuviera vestido con ropa de diseño a cuenta de un idiota, no se sentía en absoluto elegante. La comodidad física en ese caso no era suficiente para compensar la psicológica. Sentía que estaba aparentando justamente lo que no era al vestir de esa forma. Por eso, mientras esperaba a que Kagome regresara de la cafetería, entró en la parte de atrás de la limusina y se volvió a poner su uniforme. Ese era su verdadero lugar, no aquel con el que se permitió fantasear durante un día junto a una hermosa mujer.

De vuelta a la calle, aprovechó para recoger la caja de condones que debió comprar en algún momento de la borrachera aunque no lo recordara. Había gastado siete condones en una noche. Todo un récord teniendo en cuenta que cuando mantenía sexo casual, no solía quedarse junto a la otra por más tiempo de lo que duraban dos polvos. Esa noche, sin embargo, se sintió realmente hambriento. No podía parar. Intentó contenerse porque Kagome había perdido la virginidad esa noche y estaría muy sensible, pero ella le respondía tan apasionadamente que perdió el norte por completo. Al parecer, el alcohol no había podido con su lívido.

Sacó los condones sin usar de la caja, se los guardó en el bolsillo de la americana y tiró la caja en una papelera. Instantes después, Kagome salió de la cafetería con una bandeja con dos vasos y un paquete. Se debía haber arreglado el cabello también en el lavabo y, aunque tenía ojeras por lo poco que durmieron y evidencias de una buena resaca, la vio tan hermosa que se le quedó la boca seca.

— No sabía cómo te gusta el café, así que espero no haberme equivocado.

Le contestó con una sonrisa antes de tomar el vaso que le ofrecía. Café solo con un poco de azúcar, la suficiente para que no estuviera demasiado amargo. Así estaba perfecto para él. Se apoyó de nuevo en la limusina junto a ella y mordió el donuts que le ofrecía, hambriento. En ese instante, se percató de que, desde que la conoció, Kagome le había comprado ropa, le había invitado a comer, a margaritas hasta hartarse y a desayunar. ¿Qué clase de caballero era dejándose invitar así por una dama? No podría ser más evidente que él era incapaz de mantenerla.

Kagome vivía la vida sin fijarse en el dinero, no le preocupaba como a él. La habría invitado, por supuesto que lo habría hecho, pero le temblarían las manos al pagar mientras hacía cálculos mentales del dinero que estaba perdiendo ese mes. No obstante, con la excusa de que el dinero salía del bolsillo de Kouga, había permitido que ella lo agasajara de forma excesiva. ¿Qué pensaría de él? Seguro que estaba acostumbrada a que los hombres la invitaran, no como él. ¡Menudo idiota! Además, preguntarle cuánto le había costado el desayuno para intentar compensarlo… temía que resultara incluso más descortés.

Lo mejor era que ese bonito romance terminara allí. Ya sabía todos los motivos por los que no era adecuado para ella; no era necesario hacer más el idiota.

— ¿Por qué te has vuelto a poner el uniforme?

— Tengo que devolver la limusina al taller…

Sí, y también tenía que recordar quién era.

— ¿Ha terminado tu jornada? ¿Hoy tienes fiesta?

— Claro. No suelo tener la suerte de poder librar los domingos, pero como, en este caso, iba a trabajar durante veinticuatro horas, me dieron el día siguiente libre.

— ¿Y qué vamos a hacer hoy?

¡Maldición! No se le ocurrió que Kagome interpretaría su respuesta como una invitación para salir. No era que no le encantase la idea, pero alargar aquello por más tiempo sería una auténtica crueldad para ambos. Tenía que llevarla a su casa y hacerse a la idea de que no se verían nunca más. El problema era que no sabía cómo decírselo a Kagome. No quería que ella llorara, que se sintiera utilizada. Intentó cuidar de ella lo mejor que pudo, aunque para algunos solo se hubiera aprovechado de su vulnerabilidad.

Sin embargo, al mirarla y verla tan contenta, no se atrevió a decirle exactamente lo que pensaba. En su lugar, decidió mentirle para evitarle un calvario como el suyo.

— No puedo, Kagome. — se excusó — El lunes a primera hora tengo un trabajo y necesito descansar. Me duele muchísimo la cabeza…

Al menos, no era del todo incierto. Sí tenía que trabajar el lunes a primera hora y sí le dolía la cabeza. Ahora bien, le hubiera dado igual todo eso si su situación fuera diferente.

— Entiendo… — musitó — Yo también tendré que ir a trabajar mañana, como ya no me voy de luna de miel.

De repente, al escucharla se percató de una cosa a la que previamente no prestó atención.

— ¿No te han llamado tus padres?

Sacudió la cabeza en una negativa.

— No llevo el teléfono móvil, lo dejé en la iglesia. Supongo que estarán preocupados…

— Deberías volver y dar señales de vida, entonces.

Ojalá no pareciera que intentaba deshacerse de ella. Daría cualquier cosa por no tener que despedirse tan pronto, porque fuera posible pasar con ella otro maravilloso día.

— Te llevaré a casa.

Kagome aceptó a regañadientes. Se sentó junto a él, como había hecho desde que se cambió de ropa el día anterior, le rodeó un brazo con los suyos y apoyó la cabeza sobre su hombro en una posición relajada y confiada. Nunca había conducido con una mujer apoyada en él de esa forma. Así era como una esposa debía sentarse junto a su marido en el coche. En un coche automático, al menos. En la camioneta con marchas de su padre tendría que molestarle continuamente.

La llevó de vuelta al lugar donde comenzó todo. El apartamento de Kagome se encontraba en uno de los mejores barrios de la ciudad, en un edificio precioso. Tan joven y ni siquiera vivía ya con sus padres sino en un sitio como aquel. Seguro que su apartamento no era diminuto y que comía alimentos de primera calidad que no debía esperar para comprar en oferta. No tenía nada que aportarle, ella ya lo tenía todo. Tampoco quería ser su mantenido, tal y como lo fue durante todo el día anterior. Necesitaba poder mirarse a sí mismo y sentirse orgulloso de lo que veía. Si permitía que ella lo mantuviera, jamás se lo perdonaría.

Nada más apagar el motor, Kagome le rodeó el cuello con los brazos y lo besó. Por un momento, un último momento, se dejó llevar para devolverle el beso con la misma pasión de la noche anterior. Ese sería su último beso, la última vez que se verían. Necesitaba tomarse esa pequeña licencia. Después, todo aquello no serían más que recuerdos en su pasado, momentos inolvidables que lo acompañarían toda su vida para recordarle que no fue lo bastante bueno para poder alcanzar lo mejor que le había pasado en la vida.

— ¿Cuándo nos veremos? — musitó contra sus labios.

Nunca.

— Veré lo que puedo hacer… — se obligó a decir para no angustiarla.

El semblante de Kagome hasta entonces dulce y feliz se volvió serio y preocupado, notando la evidente falta de emoción en su voz. No había sido capaz de decirle la verdad, ni le había mentido en condiciones. Era un cobarde. No obstante, si había algo que quisiera decir al respecto, se lo calló y se lo guardó para sí misma. Aceptó silenciosamente su respuesta y se despegó de él muy lentamente, como si le costara.

Entonces, recordó el sobre con los diez mil dólares. No podía aceptar ese dinero, no estaba bien. Abrió el salpicadero, tomó el sobre y lo dejó caer sobre el regazo femenino a la espera de que entendiera el mensaje.

— No. — ella lo volvió a guardar en el salpicadero — Es mi inversión. Así, al menos, tendré una excusa para que me llames y me informes de cómo va el negocio.

Kagome no entendía que no podía volver a llamarla por más que lo deseara. Era el momento de despedirse. Pensó en salir a abrirle la puerta, tal y como era costumbre en su oficio para luego despedirse, pero alguien fue más rápido que él.

Unos brazos masculinos la agarraron y la sacaron bruscamente de la limusina.

— ¿Se puede saber dónde te habías metido?

Se preparó para salir a darle su merecido a quien había tratado tan bruscamente a Kagome hasta que vio al mismísimo señor Higurashi sermoneando a su hija sobre lo inconsciente que fue al huir de esa forma. Después, la abrazó tembloroso, como un padre. Ese era su momento para irse de allí. Kagome ya estaba a salvo, no podría estar en mejores manos que las de su progenitor. Además, no le apetecía continuar con aquella dolorosa y lenta despedida. Si se marchaba en ese instante, quizás no se diera cuenta de nada.

El corazón le saltó del pecho cuando escuchó el motor encenderse a su espalda. Apenas pudo desasirse del abrazo de su padre para ver la limusina desaparecer a lo largo de la calle. ¿Cómo pudo marcharse sin despedirse de ella? Ni siquiera le había pedido un número de teléfono o algo para que quedaran, para volver a verse. Lo había temido desde que esa mañana se levantó tan extraño tras la maravillosa noche que pasaron juntos, pero deseó tan fervientemente que solo fueran imaginaciones suyas… Sin embargo, allí estaba la aprueba. Inuyasha no regresaría nunca.

¿Por qué le hacía aquello? Sabía que no se confesó, que no le declaró su amor eterno, ni le hizo ningún tipo de proposición, pero esperaba algo más de él que eso. Aquella noche, cuando se acostaron, e incluso antes de eso, sintió una conexión entre los dos que jamás había experimentado con nadie. Creyó sinceramente que él era el hombre con el que debía compartir su vida, que estaban predestinados. Al parecer, ella fue la única que debió sentirlo.

— ¿Por qué dejaste a Kouga tirado en el altar? — preguntó su padre a su espalda — Creíamos que le querías, que…

— Me engañaba.

— ¿Cómo? — leyó la furia en el tono de voz de su padre — ¿Con quién?

— No lo sé. Al parecer, la lista es muy larga… — recordó — Tendrás que preguntárselo a él.

— ¡Por supuesto que lo haré!

Su padre siempre estaba dispuesto a defender su honor de cualquier hombre que osara ofenderla. Entonces, debiera enviarlo tras Inuyasha porque se había convertido en ese instante en el hombre que más daño le había hecho nunca. Creyó que Kouga había dejado el listón alto; eso era porque todavía no había conocido del todo a Inuyasha. La enamoró en cuestión de horas, la sedujo, le robó lo más preciado que tenía y la abandonó como si solo fuera un pañuelo de papel usado.

Ya no podía más. El llanto al fin la venció. Sujetó la camisa de su padre como si se tratara de un chaleco salvavidas y comenzó a llorar sonoramente contra su cuerpo. Le dolía el corazón y el alma. Al enterarse justo antes de pasar por la vicaría de que Kouga la engañaba y pretendía seguir haciéndolo tras su boda, no sintió ni una ínfima parte del dolor que la embargaba en esos instantes. Porque no estaba enamorada de Kouga. Por más que hubiera intentado convencerse a sí misma de que así era porque se llevaban bien y le parecía un hombre educado, exitoso y visionario, jamás sintió por el auténtico amor, solo un sucedáneo de amor. Inuyasha sí que le hizo sentir ese amor y se lo arrebató tan rápido como se lo dio. ¿Cómo pudo hacerle eso?

— Hija, ¿qué sucede?— le acarició la espalda tiernamente — Estabas enamorada de ese imbécil, ¿verdad?

Sí que lo estaba.

— Te prometo que esto no quedará así. Creía que dejaría sus correrías, que se había reformado… ¡Menudo mal nacido! —exclamó — En cuanto tenga ocasión, lo pondré en su sitio.

Lamentablemente, su padre y ella no hablaban del mismo imbécil. El hombre al que amaba era, sin duda alguna, el más imbécil de todos los hombres. ¿Cómo se pudo enamorar de él de esa forma? No merecía la pena, no merecía sus lágrimas, ni su amor. Abandonarla tan bruscamente, no decir ni un adiós, mentirle. ¡Maldito! No lo perdonaría ni aunque le suplicara de rodillas.

Después de un par de semanas hartándose a comer helado mientras veía toda clase de películas románticas pegada a su sofá desde que salía de trabajar hasta que se acostaba hacia la madrugada, lo perdonó. Una mañana, al despertarse, tuvo una revelación. Ella era tan culpable como Inuyasha de su separación. Cuando Inuyasha se marchó de esa forma, lo primero que debió hacer fue buscar la forma de localizarlo para aclarar las cosas. A pesar de saber dónde vivía, él no se había presentado en su casa, por lo que ella tendría que presentarse en algún lugar que él frecuentara.

Necesitaba hablar con Inuyasha. Necesitaba decirle lo que sentía por él de nuevo y necesitaba que supiera lo mal que se había sentido en esas últimas semanas. Quería que él la escuchara y le diera una respuesta. Mientras que ella le confesó que lo amaba, él no le había dicho absolutamente nada. Aunque la respuesta pudiera no gustarle, quería que se la diera. No le deseaba lo que estaba viviendo a nadie, ni al necio de Kouga. Si la amaba tanto como ella a él, quería saber por qué demonios no la había buscado. Si no estaba seguro de que la amaba, pero sí de que sentía algo, tenía que convencerlo para que lo intentaran. Si no la amaba, daría media vuelta y se marcharía como una dama.

Estaba decidida. Buscó en la guía telefónica el número de la empresa de limusinas. Para su desgracia, en la guía había varias empresas de limusinas, ya que vivían en una ciudad con numerosas familias acaudaladas que requerían sus servicios. No se fijó en el nombre de la empresa y eso que tuvo el logotipo antes sus narices en el uniforme de Inuyasha. ¿Cómo pudo fijarse en lo horrible que era ese uniforme y no en el nombre de la dichosa empresa? Le quedaba la opción de preguntárselo a Kouga, mas aún le quedaba el orgullo. Además, su padre debió presentarse en la empresa de su familia para ponerlo en su sitio a él y a la insoportable de su madre. El padre de Kouga, quien era amigo de su padre desde la infancia y conocía a su propia familia como nadie, se puso de parte de Takeo Higurashi y amonestó a su hijo y a su esposa para su vergüenza pública. No se lo pediría ni en un millón de años.

Tuvo que llamar a tres empresas antes de dar con la que buscaba. Dio los datos de su itinerario y el nombre del chófer a una secretaria que le confirmó muy amablemente que esa era la empresa que estaba buscando. En lugar de contratar un servicio, tal y como esperaba la mujer al otro lado del teléfono, solicitó que le indicara cuándo podía encontrarse con Inuyasha en el taller. Para evitar que lo avisaran y que él huyera, le comentó que no estaba del todo segura sobre su disponibilidad para acercarse, así que lo haría por sorpresa. Le dio la sensación de que se lo tragó.

A la mañana siguiente, se puso un vestido de tirantes color crema de Dior que se ajustaba a su figura hasta las rodillas. Lo combinó con unos tacones de la misma marca, su reloj favorito de Tous y unas perlas que le regaló su padre. A primera hora tenía un juicio de faltas sin ninguna importancia que no le llevó demasiado tiempo. A continuación, se reunió con un posible cliente en el bufete para escuchar su caso y terminó con la reunión semanal con el equipo. Había solicitado el resto del día libre para ir al taller de la empresa de limusinas. Según la secretaria, Inuyasha estaría allí sobre la una y media, poniendo a punto la limusina.

Llegó justo a la hora que le indicaron. No sabía exactamente en qué lugar estaría Inuyasha, pero, como le dieron permiso para pasar a buscarlo, decidió dar un paseo por sí misma. Mientras caminaba, algunas cabezas se alzaron para mirarla. No sabía que llamara tanto la atención ahí adentro, ¿Creerían que era una clienta?

Dar con él no fue nada difícil. No llevaba la gorra puesta mientras pasaba un trapo húmedo sobre la superficie metálica del automóvil. El cabello plateado de Inuyasha era demasiado característico como para no reconocerlo. Había caminado hasta allí muy segura de sí misma hasta que lo vio. ¿Qué iba a decirle? Sabía lo que quería, lo pensó mucho, pero no se le ocurrió la gran idea de pensar en cómo decírselo. Debió prepararse más, debió…

Inuyasha la vio. Dio media vuelta para remojar el trapo en el cubo y se la encontró allí parada, mirándolo.

En persona era mucho más hermosa de como la había recordado en esas dos últimas semanas. Se obligó a sí mismo a olvidarla sin éxito. No había forma humana de sacarse de la cabeza, ni del corazón a Kagome Higurashi. Quiso convencerse en los últimos días de que la había idealizado, decirse a sí mismo que no era tan hermosa, que su voz no sonaba como la melodía de un arpa, que no era la cosita más dulce con la que se había cruzado en toda su vida, que no era divertida, que no era sincera. Todo para nada. Kagome estaba allí, frente a él, demostrándole que todo eso y más era muy real.

— ¿Qué haces aquí?

¡Diablos, no quiso sonar tan borde!

— Necesitaba hablar contigo. ¿Tienes un momento?

— Se supone que estoy trabajando, Kagome.

— Te prometo que no tardaré mucho.

Sonaba tan ansiosa que decidió concedérselo aunque eso pudiera destrozarlos a los dos. Nunca imaginó que Kagome lo buscaría tras su partida. Creía haberlo dejado muy claro.

— ¿Por qué te marchaste así?

— Ya te lo dije…

— Ya, pero no has intentado contactar conmigo… — musitó — Esperaba que volviéramos a vernos…

— Eso no es posible, Kagome.

— ¿Por qué no?

Se lo preguntó casi en un grito que sonó a plegaria. Los demás trabajadores, quienes ya estaban muy atentos de aquella novedad en su taller, los miraron fijamente, deseosos de descubrir la historia. Aquello podría costarle su trabajo.

— No es un buen lugar para hablar de esto, Kagome. Si mis jefes se enteran de que tú y yo… bueno, que una clienta y yo… nos liamos… — casi susurró para protegerse de sus compañeros — No podemos…

— ¿Para ti solo fue eso?

No quiso decir eso en absoluto. Sabía que no era posible y que tenía que dejarla, pero no quería hacerle daño. No quería que pensara que para él fue algo superficial, sin ningún significado.

— No puede ser más que eso, Kagome. — intentó desviar el tema hacia otro punto — Somos muy diferentes.

— No lo entiendo…

— Tú eres rica y yo soy pobre. — al fin se atrevió a decirlo en voz alta frente a ella — No funcionaría jamás.

— Podríamos intentarlo y…

— No. — repitió — Pertenecemos a mundos muy diferentes. Yo no encajo donde tú vives, ni tú donde yo vivo. Te mereces algo mejor.

Nunca lo habría pensado. Entre todas las respuestas que esperaba, esa no se encontraba en el listado. No se había preparado para que él le dijera aquello. De hecho, nunca pensó en su diferencia social. Ella era una niña rica, lo sabía. Creció entre algodones y aún lo estaba. Inuyasha, probablemente, no vivió tan cómodamente como ella. De todas formas, eso no significaba que ellos no pudieran amarse y estar juntos. Aquella concepción del matrimonio como una institución que separaba clases sociales y mantenía el orden establecido se había abolido en la época victoriana. Ya nadie creía en esas cosas, ¿no?

— Pero yo te amo… — replicó — ¿No es suficiente con eso?

— No. — contestó muy a pesar suyo.

Dio un paso atrás, consternada por su ruda contestación. ¿No importaba? Tenía que saber más que nunca lo que había ido a averiguar.

— Entonces, ¿tú no me amas?

— Eso no importa porque no tenemos ninguna posibilidad de estar juntos. Es mejor que te vayas.

No podía rendirse tan fácilmente, no podía abandonar sin luchar. ¿Por qué se resignaba cuando les faltaba tanto por experimentar para descubrir si de verdad algo se interponía entre ellos? De hecho, juraría que podrían estar juntos para siempre si él daba su brazo a torcer de una buena vez. Nunca imaginó que la abandonó por esos motivos. Desearía no haber nacido rica para que eso no fuera un impedimento para él. Se sentía tan impotente. Aunque tampoco era una estúpida, ni iba a suplicarle frente a todos esos desconocidos. Si quería que se fuera, se iría.

— Bien, me iré. — aceptó — Solo quiero que sepas que te vas arrepentir de haber tomado esta decisión sin contar conmigo. Tú solo nos has condenado a los dos a estar solos…

Escuchó el sonido de sus tacones alejándose de él a su espalda hasta que se dejó de oír por completo. Cada golpe del tacón contra el suelo de cemento fue como si le clavaran un puñal en el pecho, directo al corazón. Ella aún le amaba. No fue un simple capricho tras una ruptura dolorosa, no fue producto de una borrachera. Admitía que en esas dos semanas llegó a dudar de sus sentimientos como un idiota. Quizás porque así le resultaba más sencillo. Si ella no le correspondía, podía alejarse para lamerse las heridas. No era justo que hubiera ido hasta allí a confesarle lo que sentía; no era nada justa la posición en la que lo había dejado.

¿No importaba? ¿De verdad que no importaba que pertenecieran a una clase social diferente? Kagome tenía razón, ya se estaba arrepintiendo de la decisión que había tomado. No deseaba estar solo toda su vida y era justo lo que le esperaba, puesto que le estaba dando carpetazo al amor. Muy bien, ella lo había querido. Si de verdad no tenía inconveniente en que él fuera pobre como una rata, ambos tendrían lo que deseaban.

Tiró el trapo al suelo y echó a correr hacia la salida del taller. Mientras corría, escuchó a sus compañeros del trabajo vitoreándole y dándole ánimos. ¡Maldición, se habían enterado de todo! Ojalá aquello no llegara a los oídos de sus jefes. Lo único que le faltaba era que se quedara sin trabajo. Aunque, si a cambio de un despido lograba a la chica de sus sueños, podría superar el trauma. Siempre podía buscar trabajo en otro sitio, pero no era tan sencillo encontrar su alma gemela. A él lo había golpeado con toda su fuerza, casi hasta dejarlo sin sentido. Allí estaba, al alcance de su mano.

La encontró caminando en dirección hacia el metro. Apenas le había dado tiempo para alejarse lo suficiente del taller. En lugar de correr hacia ella, le gritó desde donde estaba.

— ¡Kagome! ¿Aún me amas? ¿Aún quieres que nos sigamos viendo?

La mujer se detuvo al escuchar sus gritos, pero no se volvió. No se fiaba de él. ¿Cómo iba a confiar en él después de cómo la había tratado?

— ¡Te amo! — dijo al fin, liberándose de la pesada carga de tener que ocultarlo por más tiempo — Tenías razón en todo. — caminó hacia ella mientras continuaba hablando cada vez en un tono más bajo según se acercaba — Me arrepiento de haber tomado una decisión tan estúpida, de haberte dejado cuando más me necesitabas. ¿Puedes perdonarme?

Se detuvo a unos pocos pasos de ella. Kagome se volvió lentamente con los ojos rojos y las mejillas húmedas por las lágrimas que él mismo había provocado. Se adelantó con su propio pañuelo de tela en mano, tomó su mentón con una mano para levantarlo y con la otra le secó el rostro con cariño. No soportaba verla llorar. Kagome merecía ser muy feliz.

— ¿Qué pasará si te perdono? — preguntó en un susurro.

— Entonces, te pediré que te cases conmigo. — le prometió — Ya no podrás librarte de mí, ¿me entiendes? Soy un perro callejero desvalido que aprovechará esta ocasión. No pienso dejarte nunca, por nada del mundo. — le aseguró — ¡Y ni se te ocurra dejarme tirado en el altar!

Al fin volvió a sonreírle. Un instante después, le echó los brazos al cuello y le besó. Supuso que era un sí, que habría boda pronto. Por si acaso, se aseguraría de que fuera su padre quien la llevara a la iglesia. Uno no se podía fiar de los chóferes de limusinas. Todos querrían tener el gusto de hacerse con una mujer como ella.

— ¿Desde cuándo me amas? — preguntó con la cabeza hundida en su hombro tras un largo beso.

— Desde la primera vez que te vi, cuando te recogí en tu casa. — confesó — Me cautivaste en cuestión de segundos.

— Es curioso, me sucedió algo parecido. Antes de llegar a la iglesia, fantaseé con la idea de fugarme con el chófer.

Sin duda alguna, la llevaría su padre a la iglesia.

FIN


Habrá epílogo y una "sorpresa" el próximo domingo.