Y este es, definitivamente, el final de esta historia. Espero que os haya gustado porque, de la mano de este fanfic, está mi sorpresa. Tengo que comunicaros que, por un tiempo, quizás un mes o más, no voy a publicar nada porque... ¡Me caso el próximo fin de semana! Tras la boda, nos iremos a Japón y regresaré echa polvo y a tope de trabajo; por eso, me haré de rogar un poquito hasta que recupere el ritmo. Estamos muy contentos y muy nerviosos por este día que hemos preparado con tanta dedicación. Crucemos los dedos para que nos haga buen tiempo, no haya errores de último hora y yo no me coma el suelo por culpa de un tropiezo desafortunado. ¡Nos veremos más adelante!

PD: no tengo planeado hacer nada de lo que digo en el fanfic. Lo escribí al hilo de mi propia boda, pero no tengo ningún interés en el chófer.


Epílogo:

Un año después de haberse prometido se casaron. La boda tuvo lugar en la encantadora iglesia del pueblo en el que Inuyasha se había criado. Su madre tiró la casa por la ventana para comprarse un vestido de diseño para no quedar en evidencia frente a los familiares de Kagome. Su padre, en cambio, a pesar de las réplicas de su esposa, se puso el mismo traje que usó en la boda de Sesshomaru y caminó con la cabeza bien alta frente a los miembros de la alta sociedad. Su hermano y su cuñada, mientras tanto, hicieron todo lo posible para pasar desapercibidos, más por la vergüenza de ver a su madre vestida de florero y a su padre paseándose con aires de grandeza que por otra cosa.

Al margen de esos pequeños detalles, la boda salió a la perfección. Su único miedo, algo que se obligó a superar antes de la boda, era que Kagome lo dejara tirado en el altar empujada por las dudas de última hora. Aunque se había repetido a sí mismo cien mil veces que Kagome lo amaba y que no lo abandonaría, admitía que sudó sobre el altar a la espera de que se iniciara la marcha nupcial. Kagome no lo decepcionó. Caminó del brazo de su padre hacia él vestida de princesa con un vestido que le daba mil vueltas al que escogió para su otra boda. Parecía sacada de un cuento de hadas en el que ella era la princesa, y provocó un suspiro colectivo en la iglesia. Seguro que toda su familia debía estar pensando que era un hombre muy afortunado.

Sus padres adoraron a Kagome desde que la conocieron diez meses antes de la boda. A pesar de la clara diferencia entre ellos, congeniaron en seguida gracias a la simpatía natural de Kagome y la actitud siempre acogedora de su familia. Su cuñada la raptó en seguida para convertirla en una de sus mejores amigas. Quizás, quien más resistencia opuso fue Sesshomaru, quien no dudó en recalcar de forma muy grosera que era una niña rica. Para sorpresa de todos, Kagome lo puso en su sitio inmediatamente. Después de eso, aunque Sesshomaru no había enterrado el hacha de guerra inmediatamente, sabía que le tenía aprecio.

Los padres de Kagome fueron otro cantar. Sonomi Higurashi era una fanática de los amores imposibles ya fuera por motivos de clases sociales, enemistades familiares, etc. Así fue como los bautizó en cuanto los vio, y todavía sacaba un pañuelo de tela para secarse las lágrimas cada vez que los veía mientras que en su cabeza se debía formular solo Dios sabía qué clase de historia. El padre, Takeo Higurashi, fue el más crítico, un hueso duro de roer. Dejó claro desde el primer instante que no le parecía adecuado para su hija, señalándole cruelmente que no era más que un chófer. Cada vez que tenían que encontrarse, terminaban marchándose bruscamente tras otra discusión con su futuro suegro, quien no hacía otra cosa que tratar de convencer a Kagome para que lo dejara. Finalmente, un día, cuando Kagome logró que la escuchara y le explicó que pretendía abrir su propia empresa, Takeo empezó a cambiar de actitud. Descubrió el motivo cuatro meses antes de la boda, cuando se ofreció a ser su aval frente al banco para que empezara cuanto antes.

Su empresa, limusinas Taisho, abriría en un mes. Si el negocio salía bien, no le debería ni un centavo al padre de Kagome porque no invirtió, solo se prestó a devolver el dinero que perdiera el banco si fracasaba. Eso sí, le debía el gesto por más que supiera que lo hizo solo para que él fuera lo bastante digno de su hija. Además, había contactado con sus amigos y ya tenía una buena agenda de clientes y de encargos para cubrir los primeros seis meses de negocio. Por más que lo odiara, le debía una a Takeo Taisho.

Se secó con la toalla los restos de humedad de la cara tras haberse lavado los dientes y salió al dormitorio que compartía con su esposa. Regresaron de su luna de miel en un crucero de ensueño, regalo de bodas de los Higurashi, la semana anterior. Tras dos semanas enteras de relax, tiempo soleado y cócteles, volver fue todo un incordio. Echaría de menos ver a Kagome en bikini todos los días.

— ¿Qué haces?

Kagome cerró el libro que estaba ojeando bruscamente y lo escondió bajo la almohada. Si pretendía ocultarle algo, con ese gesto fracasó por completo en su empresa. Debió haber usado sus largas piernas desnudas o su trasero apenas cubierto por esos pantalones de pijama tan diminutos para distraerlo. De hecho, ya lo estaban distrayendo. Era incapaz de centrarse cuando ella estaba con él.

— Nada.

Ya, nada. ¿A quién quería engañar? Se tiró sobre ella y lucharon sobre la cama por el codiciado libro. Él ganó, por supuesto, y se alzó victorioso con el libro. Kagome lo miró desde la cama haciendo pucheros. No conseguiría ganar esa batalla. La última vez que le hizo pucheros, terminó mudándose a su piso, por el cual Kagome estaba pagando una hipoteca que le parecía desorbitada. A cambio, exigió que firmaran unos documentos antes de casarse por los cuales su casa se convertiría en bien privativo suyo. Se negaba a obtener ni un solo porcentaje de lo que Kagome estaba invirtiendo en aquella preciosa casa. A regañadientes, debía admitir que era un apartamento magnífico: grande, espacioso y luminoso, con dos plazas de garaje, trastero y un edificio con servicios de gimnasio, piscina climatizada y solárium. No estaba mal del todo.

En esa ocasión sería diferente. No había pucheros que valieran para evitar que él leyera el título de ese libro. Al fin y al cabo, aquella no era una cuestión tan trascendental como decidir dónde vivirían. Ojeó la cubierta del libro y leyó en voz alta el título.

— Consejos para madres primerizas…

Las rodillas le temblaron. Quizás, sí se tratara de una cuestión tremendamente trascendental.

— ¿Kagome?

— Estoy embarazada.

Se le cortó la respiración durante unos instantes por la impresión. No esperaba que llegara tan pronto el momento, aunque tampoco tomó medidas para evitarlo en alguna que otra ocasión. Aquel fin de semana un mes antes de la boda en las Vegas. El fin de semana antes de la boda en la camioneta de su padre cuando fueron al cine al aire libre. El jacuzzi del crucero; no siempre se protegieron ahí. Lo admitía, jugaron a la ruleta rusa con la posibilidad de un embarazo.

— ¿Estás segura? — logró articular al fin.

— De momento solo he usado el predictor… — admitió — He pedido cita para visitar al ginecólogo esta misma semana.

— ¿Y el libro?

— Lo vi de vuelta al trabajo y lo compré.

¿Habría otro libro como ese para padres primerizos? Dejó caer el libro en el suelo con la mirada fija en su esposa. Ella estaba de rodillas sobre la cama, a la espera de que él reaccionara de alguna forma. Se paró frente a la cama, le frotó los brazos y se inclinó para abrazarla.

— ¿Estás contento, Inuyasha? — musitó contra su hombro.

— ¡Claro que lo estoy!

Kagome le llevó una mano al vientre desnudo que de repente notó más duro y redondeado. Le pareció sentir una vibración dentro. En verdad estaba feliz. Entre sus brazos tenía cuanto había deseado en la vida.