Cohete a la Luna
Capítulo Veintitrés
Caminata Nocturna

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Arnold azotó la puerta. Inmediatamente después de hacerlo se detuvo a media escalera lamentándolo ya. Gruñó ruidosamente, aprovechando para soltar un poco de rabia. Él no era así; no deseaba ninguna otra cosa que estar tumbado en el sofá mientras veía la TV y bebía una cerveza fría, pero no era posible. Ella lo hacía imposible. Estaba actuando casi como un Grinch; yendo de un lado a otro, quejándose por todo y intentando picar pleito sin tregua hasta que conseguía que ya no hubiera paz en la casa. Él no podía vivir así. Odiaba esto.

Descendió el resto de las escaleras y luego caminó por la calle, tomando la decisión de irse a dar un paseo. Ciertamente, este tenía que ser el enfurruñamiento más largo que Claire jamás había tenido, pensó. Al principio creyó que no sería nada más que una rabieta, pero ya casi habían pasado dos semanas. No le gustó que se guardara para él la mayor parte de lo que había oído en casa de Helga. No podía creer que hubieran pasado tantas horas hablando solamente del viejo barrio y de las pocas cosas triviales que ya le había contado. ¡Arnold no podía creer que le importaran tanto los asuntos de los demás!

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Mientras cruzaba la calle trató de olvidarse de Claire y de todo su sinsentido. Miró hacia adelante. Estaba oscuro y frío, pero la noche aún era joven; su reloj marcaba las siete y cuarenta y cinco minutos. Respiró hondo varias veces esperando que el aire frío le ayudara a aclarar su mente.

Bueno, si era cierto que no la estaba pasando tan bien en casa, al menos en su trabajo la historia era muy diferente. Estaba disfrutando de una de las mejores temporadas de su vida. En primer lugar, porque su relación con Helga era perfecta; no se había visto afectada en lo más mínimo a causa de los momentos y los recuerdos compartidos; ni por la experiencia de haber llegado a conocerse más profundamente ni, sobre todo, después de ese casi beso. Ella seguía saludándolo siempre que se encontraban y continuaba siendo agradable y amable igual que lo hacía antes. Suspiró, absolutamente inconsciente de la sonrisa boba que se dibujó en su rostro.

En segundo lugar, e incluso cuando todavía hacía - vamos a decir- 'trabajos generales', ahora se había convertido en el asesor principal de Dick. Cada documento legal que iba a Operaciones pasaba por las manos de Arnold. Trabajar de cerca con él y su equipo no era el punto más culminante de sus días, por supuesto, pero el hecho de que se había convertido en uno de los jefes del Departamento Jurídico y de que ahora tuviera un par de personas que trabajan bajo sus órdenes sin duda lo era.

Desafortunadamente, con eso no quería decir que ya tuviera su propia oficina privada.

¡Pobre Grace! Ahora tenía que ocultar su rostro cada vez que se tropezaba con él y se veía obligada a explicarle que no había encontrado un adecuado espacio vacío todavía. Arnold comprendía la situación y no se quejaba, a diferencia de Dick. A su jefe no lo ponía nada feliz el hecho de que el hombre a cargo de sus documentos legales trabajara en un espacio abierto en medio del pasillo; y no era discreto para quejarse en voz alta al respecto.

Afortunadamente, aparte de lidiar con el equipo de Operaciones y las incómodas visitas de Dick a su lugar de trabajo no había otros puntos indeseabels en su nuevo puesto. Estar en la sala abierta tenía su lado bueno. No estaba aislado al menos. Podía mantenerse actualizado en tiempo real acerca del diario ir y venir de la oficina; desde saludar a gente de todos los departamentos hasta enterarse del rompimiento amoroso de la semana.

No era como si se hubiera vuelto afecto a los chismes de la noche a la mañana, pero era un poco difícil mantenerse fuera de la charla ociosa que llenaba el tiempo y la vida de sus compañeros de trabajo y de la mayoría de los transeúntes. En palabras de Daphne: "Se llama 'Compartir Información' ahora, Arnold, no chismerío, y no es ocioso. De hecho, tiene la intención de crear ambientes de trabajo saludables. Toda empresa que se precie debe estar integrándolo ya a sus sistemas de trabajo; del mismo modo que hacen con la mentada Manufactura Esbelta, Cero Defectos y toda esa mierda...'.

Como Arnold había dicho antes, no era fácil mantenerse alejado de los nuevos 'know-hows', ¿verdad?

En realidad, lo único que podía decir era que todo lo que pasaba en la oficina seguía su curso habitual. Henry seguía yendo y viniendo arriba y debajo por todo el lugar, por poner un ejemplo. Alrededor de dos veces por día llegaba en su piso -ya sea por trabajo o sólo para perder el tiempo - y nunca dejaba de saludar a la gente en su camino por el lugar. Arnold lo observaba con atención; casi deseando que mezclara nombres o dijera algo inapropiado, como confundir los antecedentes de las personas o algo por el estilo, pero eso nunca sucedía. Parecía como si realmente conociera de cerca a cada uno de sus empleados, ya que no sólo era la cosa con los nombres. En no pocas ocasiones Arnold lo vio preguntar acerca de hijos, hijas, padres, mascotas ¡e incluso enfermedades, por el amor de Dios! ¿Cómo diablos lo hacía? Arnold se preguntaba. Y por todos los cielos, ¡¿Por qué le importaba a él?! ¿En qué sentido algo de esto tenía que ver con él? Se reprendía a sí mismo. O sea, el que Henry conociera los nombres de todo mundo... ¿Cómo le afectaba? ... ¿Por qué, a propósito? Pero la verdad era que le afectaba. Casi odiaba que la gente pareciera tenerlo en gran estima. ¡Era el jefe, por el amor de Dios! La gente odiaba a los jefes. ¡Debería ser tan bienamado como Montgomery Burns lo era!

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Arnold levantó los ojos al cielo oscurecido y exhaló. Debía dejar de actuar como adolescente celoso... pero la verdad era que en realidad se sentía así. Desde aquel día que pasó con Helga se sentía como un adolescente otra vez. Se sentía poderoso, lleno de energía, optimista, soñador... pero también se sentía inseguro, indeciso y desesperanzado. Tenía miedo de admitir que estaba enamorado. Tenía miedo de que estar enamorado significara que tenía que sufrir por amor no correspondido; que tenía que ver a su corazón pasar por la agonía de saber que nunca sabría lo que se siente tenerla entre sus brazos, o tocar su cara, o besar sus labios. Nunca sabría lo que era despertar a su lado en la cama por la mañana, con sus cuerpos entrelazados...

Gimió ... No debería pensar más en eso, se regañó a sí mismo. No debería empezar a sentirse culpable tampoco. Culpable debido a que aún volvía hacia Claire cada noche en busca de su calidez, y del bálsamo que ella daba a sus necesidades. Sacudió la cabeza con fuerza, casi lastimándose el cuello. La mujer que quería tenía a otro hombre; la mujer que tenía no era la que quería...

¡Dios! ¿Qué era todo esto? ¿Era un capricho, un impulso? ¿Quería a cierta chica sólo porque le gustaba físicamente? ¿Era incapaz de controlar sus impulsos?

¿O era amor?

Todo era tan abrumador, tan insoportable. Iba más allá de su comprensión. No quería pensar más. Cerró los ojos por un segundo sintiendo como la tensión en los hombros alcanzaba su pico y luego comenzaba a disminuir, en un descenso lento, doloroso…

Él debía centrarse mejor en las cosas buenas, pensó después de un rato, mirando a través de la ventana del autobús. Era mejor recrear esa sensación que sintió cuando caminaba a su lado, o cuando se divertían como niños en el terreno baldío. Eso era gozo, felicidad, aunque no se diera cuenta en ese momento. Hubo una sutil sensación de pertenencia. Como si todo estuviera en el lugar correcto y en el momento adecuado; como si en esos preciosos momentos el universo estuviera en sincronía. El recuerdo le trajo una sonrisa a su cara; el recuerdo de su pelo y de sus ojos... Se había sorprendido a sí mismo tarareando aquella vieja canción de Frankie Valli con bastante frecuencia: mientras iba y venía en su casa, en las calles, en los pasillos, en el trabajo, no con poca ni desafortunada sorpresa, por supuesto.

Pero sorprenderte a ti mismo no era nada comparado con el que te hayan atrapado en medio del sublime 'I love you baby, and if it's quite alright - I need you baby, to warm the lonely nights – I love you ba-…' cuando estás parado justo enfrente del formidable Vicepresidente de Operaciones, quien para acabarla te está mirando con una sonrisa bastante burlona.

"¡Contrólate, Shortman!" el semi-gigante habló con esa voz de trueno que hizo que todo el piso se volviera para mirarlo y se riera de él. "Estoy seguro de que tu chica siente lo mismo que tú..." Había palmeado su mejilla con fuerza. Arnold le restó importancia y fingió que no se avergonzaba mientras seguía su camino; con la mejilla palpitando. Estaba feliz. ¿Alguien tenía algún problema con eso, en todo caso? No había ninguna razón para sentirse avergonzado... no debería haberla. Por supuesto que ese mismo día, más tarde, cuando tomó su lugar en la sala de reuniones, Stan trajo todo de vuelta y él tuvo que soportar ser el blanco de las bromas de todos los chicos.

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Bueno, y ahora que estaba pensando en los chicos de Operaciones, la verdad era que estos seguían actuando como matones del barrio, aunque parecían más tranquilos. Greg-Sagaz sugirió que era porque ya había superado la primera impresión, y tal vez tuviera razón. Quizás una vez que se llegaba a conocer bien a la gente de alrededor, uno dejaba de tomar nota de sus singularidades.

Su superior, Greg, era muy inteligente y práctico. Así que debía estar en lo cierto. Porque una vez que estabas completamente informado sobre los antecedentes de las personas era mucho más fácil entenderlos. Deb, por ejemplo, era una de ellas, Arnold pensó mientras la observaba dejando la oficina de Greg y dirigiéndose a las escaleras; un ceño profundo marcaba su frente. Era fácil para Arnold comprender ahora lo que estaba detrás de su persistente tristeza...

¿Cómo sería? ¿El saber que el amor de tu vida se ha ido para siempre y que no hay nada en el mundo que puedas hacer para traerlo de vuelta? Arnold sacudió la cabeza sintiendo una fuerte opresión en el pecho. No quería perderse en semejante desesperación. No ahora. Exhaló con fuerza y miró a ambos lados de la calle antes de cruzar al otro lado.

¿O que tal Dick? Sentado justo frente a él en lo que analizaban las particularidades de un acuerdo, un par de días atrás. Señalaba partes del documento con su habitual autoridad y comando; no admitiendo quejas; enojándose con sus sugerencias; fingiendo que se sorprendía al darse cuenta de que no eras más que un ser humano con normales habilidades humanas, no un inmortal semidiós dueño de la verdad absoluta como él.

Arnold había terminado siguiendo los consejos de Greg. "El secreto está en cómo lo abordas", solía decirle. ¿En llano y popular Español? Dale las malas noticias de poco en poco; nunca lo corrijas en público; nunca señales algo que hizo mal porque la va a tomar contra ti y no le vas a ver nunca el final a eso. ¿Cuál sería el punto? No hay ningún mérito en el sufrimiento innecesario.

Si quieres conseguir que haga algo - por ti, o para sí mismo- no se lo debes pedir directamente. Sólo déjale caer un indicio, plántale la noción, y deja que a él se le ocurra la idea. En una palabra: déjalo ganar, siempre, bajo todas las circunstancias. "Hay una razón por la que Deb te eligió a ti, Arnold ', Greg había terminado. "Tienes un don con la gente."

Arnold bufó. Se sentía casi como Peter Parker. 'Con un gran poder vienen grandes responsabilidades,' diría el Tío Ben. Arnold sacudió la cabeza. "¡Sí, ahora te crees el hombre araña!" resopló. La verdad es que ésta no era la primera vez en su carrera que tenía que lidiar con este tipo de jefes. Sin embargo, y sin quitarle ningún mérito, esas reuniones solían afectar sus nervios más de lo que le gustaba admitir.

Pero incluso entonces, ahora que la percepción de Arnold había cambiado, también lo había hecho su tolerancia. Fue repentinamente obvio para él que Dick tenía problemas sociales: no le gustaba la compañía; se enojaba cuando alguien se atravesaba en su camino o le hablaba de repente; siempre estaba observando los alrededores con ojos vigilantes. Incluso esa cosa con sus saludos matinales: 'Hola Deb', 'Hola Grace', 'Hola Shortman' – noten por favor que ahora él era uno de los privilegiados - parecía ser un calculado mecanismo para controlar sus interacciones con el resto de la gente. Después de observarlo de cerca, Arnold creía incluso que su hostilidad no era otra cosa más que un muy buen disfrazado intento por ocultar que siempre estaba a la defensiva. Mayormente, por supuesto. Obviamente había aprendido a ser puramente agresivo en algún punto en el camino, y lo que era más, lo disfrutaba.

Arnold no era ningún psicólogo pero siempre tuvo una especial habilidad para leer a la gente. Bajo este nuevo entendimiento veía que Dick nunca era cálido y siempre mantenía su distancia, incluso con su equipo de trabajo. Contrariamente a su opinión inicial, sabía que su relación con su equipo distaba de ser tan ideal como parecía. Los chicos se dejaban llevar por la corriente; era más fácil de esta manera. Cuando él estaba de buen ánimo todos charlaban, y bromeaban y hablaban mierda de todo y de todos; ordinariamente siendo ellos la gran chingonada, y el resto de la gente no pasaba de ser una bola de pendejos y perdedores. Pero cuando estaba de mal humor, todos permanecieron callados y sólo hablaban cuando era necesario. Sí, escucharon bien. Este grupo de tipos rudos podía actuar tanto como los típicos matones de la prepa, o como un timorato grupo de preescolares. El estado de ánimo de su jefe marcaba el ritmo. Pero sin tener en cuenta nada de eso, Arnold estaba seguro de que el grupo le sería fiel a su líder hasta el final.

Tal vez la única persona en el grupo que retaba la dominante presencia de Dick era Stan. Diez centímetros más alto que él y alrededor de 50 kilos más pesado sin duda marcaban una diferencia. Incluso Dick tendría que pensarlo dos veces antes de meterse con Stan. Y por supuesto también estaba Henry, pero no era habitual verlos por ahí juntos a los dos, lo cual era grandioso, y no era sólo la opinión de Arnold esta vez. Esto era un hecho documentado.

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Hacía unas semanas, Mueller Enterprises decidió que era tiempo de cambiar su imagen. La foto con la imagen de Henry Mueller sería sustituida por una nueva que incluía a ambos Muellers. Pero resultó que después de varias sesiones fotográficas nadie estaba contento con los resultados. Henry y Dick juntos lucían 'demasiado rudos' para ser la cara amigable de una compañía multinacional. En palabras de un miembro de la agencia de relaciones públicas que los atendía "No me hubiera sorpendido que de repente se empezara a escuchar La Valquiria como música de fondo."

"¡Dígannoslo a nosotros!", Fue el extendido resoplido que se escuchó por toda la oficina. ¿Cómo resolvieron el problema? Trajeron a Helga Pataki. La foto ahora colgaba de la pared detrás del escritorio de la recepcionista, en el piso 30, y, probablemente, en cada recepción de una empresa Mueller alrededor de todo el mundo. La verdad era que Helga, siendo una rubia de ojos azules, no hacía mucho por ayudar a que lucieran menos -bueno – como un estereotipo alemán, pero no se podía negar que ahora lucían amables, cálidos y hasta acogedores... como una familia. Helga aportaba calidez a la imagen.

Calidez...

Helga?

¿Quién lo hubiera pensado?

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"¿Quién lo hubiera pensado?"

¿Verdad?

Arnold se repitió la pregunta cuando se dio cuenta de que estaba de pie frente al 4?7 de Park Avenue. Se dio la vuelta. ¿Cómo llegó a este punto? No hubiera podido recordarlo ni aunque le pagaran. Recordaba vagamente el sordo balanceo de un autobús y... nada más. Miró a su alrededor otra vez, y luego al interior del edificio. Había una cálida y acogedora iluminación adentro y antes de que lo pensara dos veces dio un paso adelante. Un hombre uniformado abrió la puerta por él y un segundo más tarde ya pronunciaba el nombre de Helga en respuesta a la pregunta del tipo. La sonrisa del hombre vaciló por un segundo, pero luego asintió y tomó el auricular del teléfono.

"El Sr. Arnold Shortman está aquí para ver a la Srita. Pataki..." pronunció con exagerada formalidad "sí... sí... ," inclinó atentamente la cabeza, incluso cuando era obvio que no estaba siendo visto por su interlocutor "Muy bien, señor. Lo envío para arriba inmediatamente".

"Sígame, por favor," el hombre lo precedió por el pasillo y hasta el ascensor que ya los esperaba. Presionó el 17. "Aquí lo tiene. 17 B." informó, y sonrió de nuevo "Que tenga una excelente noche, Sr. Shortman."

Arnold difícilmente se percató de que todo esto había sucedido en apenas un abrir y cerrar de ojos.

"¿Señor?" -dijo en voz alta. La persona con la que había hablado por teléfono era... ¿un "él"?

Menos de un minuto después estaba de pie frente a la -de nuevo - puerta semi abierta del apartamento marcado como 17 B. ¡¿Estas personas nunca cierran la puerta o qué?! Gruñó, incómodo. '¿Qué diablos estoy haciendo aquí? Se reprendió a sí mismo. 'Debí haber huido mientras pude," pensó mientras miraba a su alrededor. "¡Bah, esto es ridículo!». Tocó a la puerta y una voz difusa le llegó desde el interior. Frunciendo el ceño, abrió la puerta y entró.

"¿Disculpe?" -dijo en voz alta.

El gato llegó con su cola en alto para recibir a su visitante. Arnold se inclinó para acariciarlo, pero el felino se le escapó.

"Aquí atrás," se escuchó la voz de nuevo.

"Oh-oh".

No era otra sino la voz de Henry.

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No soy dueña de Hey Arnold!

Como mencioné antes, la segunda parte de este capítulo estará aquí hacia el final de esta semana. Ustedes me conocen y saben que no soy muy dada a dejarlos colgando en lo más cardiaco de la historia, pero tuve que cortarlo. Era un documento de Word de 24 páginas y hubiera sido una lectura muuuuy larga. Espero que hayan disfrutado esta. La que viene en camino será mucho más extensa.

Gracias por leer; en particular a aquellos que siguen / 'favoritean' esto. Un agradecimiento especial a Sweet Sol, XXY, MarHelga y GRIMMM. De verdad me hacen el día, chicos. Sus palabras son el mejor estímulo para seguir haciendo esto. :)

Nimia Forctis, dame unos días para buscar la historia y te la envío.

8 de Septiembre de 2015

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