Bueno he aqui el segundo capitulo, una disculpa por haber tardado tanto, falta de inspiración, escuela y esas cosas, pero ya no importa porque aqui esta! espero que lo disfruten y muchas gracias por los reviews que me dejaron 3
Hetalia no me pertenece, es propiedad de Himaruya Hidekaz junto con todos sus personajes.
El camino había sido… como decirlo… interesante, si, definitivamente interesante, Antonio, el nuevo chico que había contratado Abel era todo un caso, generalmente cuando alguien te dice que hables brevemente de ti, espera que sea… bueno, breve, en cambio cuando Lukas le pidió que hablara de sí mismo algo se activó en la mente de Antonio, como una vocecita que le decía "¡Vamos Antonio! Diles TODO" y eso había hecho, les contó sobre su infancia, de cómo se había criado en la viñeda de su familia junto a su hermano Paulo cuando sus padres se separaron, se enteraron también de que su hermano era Paulo da Silva, que había adoptado el apellido de su madre, uno de los arquitectos más reconocidos de la actualidad, a diferencia de Antonio quien había estudiado sociología (Lukas y Abel se habían aguantado la risa cuando les dijo eso, osea ¿quien estudiaba eso?) y que era el orgullo de la familia Fernández-da Silva y de su hermano menor, habló de su gran amor, el olivo y derivados de este, e incluso les habló de la receta super antigua de su abuelita, pan de ajo tostado con aceite de oliva, dos rebanadas de tomate encima acompañados de albahaca y otras finas hierbas, e incluso se había ofrecido a prepararlo, bueno y para qué hacerla cardíaca, les contó prácticamente toda su vida y como si el destino quisiera enterarse también llegaron justo cuando Antonio terminaba de contar una historia que involucraba engrapadoras y viejitos.
Lukas y Antonio bajaron del auto y esperaban a Abel, que había ido a estacionarse, estaban frente a una casa de dos pisos y muros de ladrillo, justo como esas que se ven en Londres, todas iguales en fila como soldaditos, o al menos a eso le recordaban a Antonio, la diferencia era que ninguna era igual ahí, era como si la hubieran arrancado desde la ciudad inglesa y la hubieran dejado ahí.
― ¡Woah! ― Antonio se había quedado boquiabierto ante la enorme casa, mirando a todos lados emocionado, al igual que su hermano siempre le habían llamado la atención las construcciones vintage.
― Vamos chico ― dijo Abel entre carcajadas, de verdad amaba a ese chico y su entusiasmo. Sacó unas llaves de su bolsillo y abrió la puerta, les indico a sus acompañantes que lo siguieran y los tres entraron a la casa, por dentro no era tan grande, incluso con el desorden, el cual tuvieron que esquivar como obstáculos olímpicos, era acogedora.
― ¡Alice! ― gritó Abel a todo pulmón haciendo que Antonio y Lukas se cubrieran los oídos, y hubiera continuado gritando si Lukas no le hubiera dado un codazo en las costillas con cara de fastidio, aunque bueno, esa ya era normal en el.
Al ver que nadie contestaba a sus gritos subieron por las escaleras, Antonio miraba a todos lados admirando cada detalle del lugar, desde los cuadros en las paredes hasta los libros apilados por todos lados, giraron a la derecha y se detuvieron frente a una puerta de caoba, el danés la golpeó suavemente con el nudillo y esperó unos minutos para volver a intentarlo. Lukas, que sabía que no iba a abrir nadie empujó a Abel a un lado y abrió, del otro lado había alguien dándole la espalda a la puerta y con unos audífonos en la cabeza. Cuando se dio la vuelta el corazón de Antonio dio una vuelta de 360°, sus mejillas se tiñeron de un intenso rojo, tenía la boca seca y probablemente cara de tonto, no se dio cuenta de que los otros hablaban hasta que Lukas trono los dedos frente a su cara y lo sacudió del hombro llamándolo, el solo lo volteo a ver con la misma cara.
― ¿Quién es el de la cara de bobo? ― preguntó socarronamente Alice con una sonrisa de lado, Lukas la miró como si fuera una niña malcriada de cinco años gritando por un dulce en el supermercado.
― Y-yo… ¡Me llamo Antonio, Antonio Fernandez! ― saliendo de su trance se limpió las manos en el pantalón y le extendió una. Ella vio la mano y vaciló unos segundos hasta que la estrecho con la suya ― ¡U-un gusto!
― The pleasure is mine Antonio ― cuando Alice le sonrió Antonio sintió como se derretía, aunque claro eso era imposible.
― Dime Abel... ― volteó a ver a Abel que hablaba con Lukas ― ¿Para qué vinieron?
― Como siempre sin rodeos, directo en la yugular ¿Verdad Alice? ― ella solo lo miro con fastidio, imitando una de las famosas caras del noruego, Abel soltó una carcajada y después habló mientras se secaba una lagrimita del ojo ― Antonio es tu nuevo ayudante.
―¿¡Q-qué?! ― tenía los ojos tan abiertos que Antonio temía que se fueran a salir esos preciosos ojos verdes, sacudió la cabeza alejando esa idea ¿porque pensaba eso? ― Sabes perfectamente que no necesito a nadie que me ayude, puedo sola ― dijo recuperando la compostura, pero el danés solo la miro, ahora serio y con una ceja levantada.
―Oh, ¿En serio puedes sola? Y qué hay de aquella vez que terminaste en el hospital ¿también podías sola esa vez? ― era espeluznante como había cambiado de su personalidad alegre a esa en tan solo unos segundos, Alice comenzó a jugar con su cabello nerviosamente sin decir nada, parecía una niña regañada.
―Bien, eso esperaba ― su sonrisa de siempre volvió como si nada hubiera pasado, Antonio hizo una nota mental de nunca hacer enojar a Abel, si eso no había sido nada no se lo imaginaba molesto de verdad, y tampoco quería saberlo.
― Bueno, creo que deberíamos irnos y… dejar que se conozcan ― Lukas rompió la tensión y agarró a su amigo del brazo para llevárselo, bendito Lukas, cuando lo volviera a ver Antonio le daría una cesta de tomates como agradecimiento. Se despidieron con la mano y salieron del cuarto dejándolos solos. Pasaron unos minutos hasta que Antonio carraspeo rompiendo el silencio.
― Entonces… con que escritora ¿eh?
― Si, lo que sea, ven, te voy a enseñar el lugar ― a Antonio comenzaba a molestarle su actitud pero lo dejo pasar y la siguió. Alice le dio un pequeño tour por la casa, le mostró los cuartos, la cocina, la sala y el baño, cuando termino el recorrido anunció que debía volver a trabajar y que hiciera lo que quisiera solo que no la molestara y lo dejó solo. El español se quedó parado sin saber que hacer, de repente su estómago gruñó y recordó que no había comido nada desde el desayuno, entonces decidió que lo primero que iba a hacer en su nuevo empleo era cocinar, su actividad favorita, y fue a la cocina tarareando una canción.
