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Día tras día
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Levantarse con el sol golpeando su rostro se había hecho una costumbre grata de que era otro buen día, entre lo que cabía. Tras aquella ventana de rocas pudo ver el paisaje de montañas que le ofrecía el País de la Tierra.
Rocas por allí, rocas por allá. Mentiría si dijera que no extrañaba la hermosa vegetación del País de Fuego. Konoha era una Aldea ciertamente hermosa en cuanto a paisajes y clima se refería.
Por supuesto, en Iwa la civilización debía ofrecer mejores condiciones. Pero si pasar la frontera del país había sido un gran problema, no se imaginaba adentrarse a la Aldea Oculta de la Roca. Era mejor vivir en las desoladas lejanías.
Un suave aroma, algo dulzón, llegó a sus orificios cuando se sentó. Su cama era un viejo colchón en el suelo, junto a una apertura en aquella torre rocosa abandonada que le permitía una buena visión del exterior.
Quitándose las mantas de encima y colocándose sus zapatos, se levantó con poco esfuerzo pero soñoliento, dirigiéndose a la habitación que estaba al otro lado. La puerta era una sábana ligera y rosácea, que llevaba a donde almorzaban, la cocina y habitación de Sarada, o como Mitsuki decía, "tres en uno."
Había visto que el colchón de Mitsuki estaba arreglado y vacío, así que verlo sentado en la mesa no fue una sorpresa. Como cocina tenían un muro de rocas con carbón, el cual era usualmente encendido por Sarada con un jutsu. Ella era la única que sabía cocinar de los tres, así que se encargaba de eso. Él era más de buscar provisiones, y Mitsuki mantenía el orden en su pseudo-casa.
Sin embargo, tras un año y medio de vivir como ninjas renegados, les enseñó a doctrinarse en todas las áreas posibles. Por eso, aunque supiera terrible, Boruto y Mitsuki habían tenido que aprender las nociones básicas de la cocina.
Tampoco fue una sorpresa ver a Sarada de pie frente a la olla, con aquella camiseta gris larga y sus mallas ninjas negras.
—Buenos días, Boruto —saludó Mitsuki con su típica sonrisa, despegando su vista de aquel libro que había robado en uno de los pueblos en los que habían estado antes. Estaba mal, lo sabían, pero era una de las pocas maneras que habían conseguido para subsistir al no tener ningún tipo de ganancia—. ¿Cómo amaneciste?
Se llevó una mano al cabello, algo confundido como siempre estaba al recién despertarse. Sentía aquel sabor desagradable en su boca y solo quería ir al baño a asearse un poco antes de tener comunicación humana con su equipo.
—Hngg —gruñó en forma de saludo, de forma inentendible al subirse los pantalones. Le quedaban algo grandes últimamente, quizás al empezar a estirarse y perder peso. Si era por mala alimentación o por la pubertad era desconocido para él.
—¿Eh? Te despertaste algo tarde —dijo Sarada, dejando la cuchara en la olla y girándose a mirarlo. Tenía una expresión algo difícil de analizar, como siempre lo era. Analizar a Sarada Uchiha era un no-no completo, porque era imposible lograrlo—. Mitsuki también, así que tendremos almuerzo de una vez y podemos ahorrar.
—Deberías ir al baño —se rió el peliazul, retomando su libro con una sonrisa socarrona adornando su blanquecino rostro—, 'eso' lo necesita.
Señaló su entrepierna, haciendo que soltara un bufido y saliera de la cocina rumbo al baño a zancadas. En cierta parte, sí, se estaba meando encima y sería literal si no iba rápido al baño.
Días antes había discutido con Mitsuki, y fue una discusión bastante fuerte en la que incluso llegaron a los puños como si fueran simples civiles. Aunque fue peor cuando Sarada dio un puñetazo en el suelo, destruyendo gran parte de este y asustándolos a ambos como dos niñitos de academia.
Por eso le sorprendía que de unos días para otro siguiera como el Mitsuki de siempre. La discusión en un inicio fue una estupidez; ambos quejándose de que extrañaban la aldea. Pero cuando él exclamó que no volvería a Konoha, el peliazul había saltado hacia él.
—¡Esto dejó de ser una aventura de niños hace mucho, Boruto! Saqueamos como criminales, hemos asesinado a un ANBU y si no hubiésemos escondido el cuerpo ya estaríamos en el Libro Bingo —había gritado el usualmente calmado Mitsuki, levantándose del rocoso suelo en el que se hallaban mirando al cielo—. Nuestras caras están en la mayoría de las aldeas del País del Fuego... tu padre te extraña.
Pero por supuesto, Boruto no se caracterizaba por quedarse callado. Por esa misma razón había caído en peleas callejeras en la academia más de lo que era normal, siendo ayudado solo por Shikadai e Inojin. Unas dos veces Sarada se había unido a él contra los matones, y desde la llegada de Mitsuki este también le echaba una mano.
—¿Crees que no lo sé? No soy tan idiota como crees. Pero yo no volveré a esa aldea de mierda. Tu padre traspasa las leyes de Konoha solo para verte, ¿O no nos contaste eso, eh? —se había levantado a responderle con molestia desbordando de sus orbes azules—. ¡Mi papá nunca hizo ningún sacrificio por mí! Es un hombre sin afecto por su familia... todo lo que le importa es su estúpida aldea.
—¿¡Y qué demonios harás con todo ese odio, Boruto!? No te llevará nada bueno... sabes que soy tu mejor amigo y te apoyo hasta la muerte, pero es mi deber decirte cuando estás equivocado —Mitsuki daba vueltas, ofuscado. Y él nunca lo había visto así—. ¿Crees que es la manera de resolver las cosa, que es racional huir de tu aldea porque te llevas mal con tu padre? ¡De ser así, Sarada se habría ido antes de graduarse! ¡O yo me habría ido porque el Hokage no permitía que mi familia me visitara!
—¡No entiendes nada! ¿Qué tengo si no es mi status como ninja? ¿Qué me queda si mi dignidad quedó por los suelos por mi tan llamado padre? ¿Qué me queda si le ocasioné deshonra al Clan Hyūga, a mi equipo, a mi sensei? ¿¡Qué vida puedo vivir sabiendo que el sistema de Kages actual es una mierda y Konoha es una basura corrupta!? ¡Si quieres pregúntale a Sarada y el por qué desistió de ser Hokage!
Había gritado descontrolado, tomando a su casi hermano por las solapas de su sucio kimono. Sus ojos se habían fijado en los rasgados orbes de tono ámbar, que lo miraban iracundoc de una forma desconocida para él.
—¡Eres un hipócrita, Uzumaki! —Mitsuki retiró su agarre, sacudiendo sus ropas—. ¿Tanto te preocupa Sarada? ¡Ni siquiera eres capaz de ver como está sufriendo! A diferencia de 'ti' —escupió con molestia, entrecerrando los ojos—, ella sí ama a sus padres a pesar de todo. Extraña su aldea, a sus amigos, a su familia... Dímelo de frente, Bolt... ¿Acaso no extrañas a nadie?
Diablos, sí que extrañaba a alguien. Cada día, cada mañana, cuando su vista borrosa se detenía en la delgada y aún aniñada figura de Sarada frente a la cocina, una ilusión se detenía en su mirada, transformando a su amiga en su hermosa madre, con sus delicadas facciones, su suave y brillante cabello, y su maternal y cálida sonrisa.
A veces, en las mañanas, intentaba engañarse a sí mismo. Sarada le hacía sus comidas favoritas cada vez que podía, sobretodo su amada sopa de miso, y fingía que era obra de su madre como si su vida no hubiese cambiado.
Cuando se hallaba solo, mirando el paisaje que el País de la Roca le ofrecía, acompañado del sepulcral silencio del aire batir contra las piedras de la ventana, creía escuchar la risa de Himawari, su dulce y aniñada voz adulándolo y pidiéndole entrenarla.
Los días en que entrenaba hasta desmoronarse en sus rodillas, cuando pudo amaestrar su peculiar rasengan y doctrinarse en el elemento tierra, el cual carecía antes de partir, juraba escuchar la voz de Konohamaru-sensei felicitándolo con su torpeza, y a veces a Sasuke dándole una mirada aprobatoria de las suyas y una pequeña sonrisa.
Aguantó las ganas de llorar, y mantuvo su expresión solemne y altiva sin ninguna dificultad. A diferencia de su madre, él era todo un Hyūga, de pies a cabeza.
—No.
Por supuesto, de eso ya habían pasado unos seis, siete días, y el moretón en su pómulo izquierdo se había vuelto más pequeño. Podía admirarlo en ese sucio espejo colgado en la pared, marrón como la roca que componía su fachoso hogar. Pero era mejor que correr por los bosques, de pueblo en pueblo, temiendo ser encontrado o que sus compañeros resultaran heridos.
Él no era tan idiota como parecía. Siempre notaba el triste brillo en los ojos ónix de Sarada, y sentía una punzada de culpa cada vez que los notaba más parecidos a los del padre de esta, su antiguo sensei.
Pero ellos habían elegido seguirlo, ¿No? Él no se los había pedido. O sí lo había hecho, pero ya era una decisión fuera de sus manos. Ni siquiera los había forzado a su lado durante esos dieciocho meses que llevaban fuera de Konoha.
Sin embargo, con los meses había comprendido dos cosas:
Una era, que Mitsuki dependía más de él de lo que creyó alguna vez. Muchas veces lo había llamado su sol, pasándole un brazo por los hombros y otorgándole una de sus reconfortantes y condescendientes sonrisas. Lo seguiría a dónde fuera, aunque criticara sus acciones y le discutiera.
La otra, era que lo que su pad—el Hokage le había explicado de los Uchiha era cierto. Amaban con demasiada intensidad, entregándoles su existencia a alguien que amaran, forjando un mundo donde esa persona era el eje que les daba el balance. Y esa persona, aparentemente, era él, y en menor medida, Mitsuki.
Por supuesto; así como era algo valioso, era una maldición. Porque ese amor tan apasionado y fervoroso de los Uchiha podía transformarse en un odio iracundo. No podía, o no quería, imaginarse a su mejor amiga consumida por este, el cual parecía perseguir a cada Uchiha.
El sonido del agua golpear contra el lavamanos lo relajaba bastante. Se pasó la mano empapada de agua por sus cabellos rubios, tratando de aplacarlo, sin éxito alguno. También se lavó un poco la cara, y tras hallarse más o menos presentable —cómo si le importara verse mal frente a las personas que lo habían visto sucio, descuidado y hasta desnudo, le importara— salió del baño, sintiendo la tela rosada golpear su rostro mojado.
—Apresúrate, hay mucha ventisca hoy y se va a enfriar el caldo —riñó Sarada, tomando tres cucharas de plástico, sorpresivamente blancas y pulcras, al lado de cada plato.
Una sonrisa apareció en su rostro, mientras sus ojos se perdían en el contenido del plato. Sopa de miso, tan deliciosa a vista, y seguramente como siempre, de sabor. Era su favorita, formaban fuegos artificiales en su paladar, llenándolo con placer y desahogo.
—No te vayas a babear, Boruto —bromeó Mitsuki, dejando su libro de lado y tomando su cuchara para pasarla por el plato, visiblemente pensativo. Este hizo ademanes de hablar, pero decidió no hacerlo y procedió a comer en silencio.
Negó con la cabeza, apoyando su rostro sobre sus manos con una mezcla de posibles escenarios si realmente decía lo que pensaba. Fue algo sorprendente recibir una mirada de advertencia de Sarada, así que dirigió la atención a esta. Que hubiese pasado casi una semana no quitaba el hecho de que seguía fastidiado con él por haberle propinado un puñetazo por responder amenamente a su pregunta.
—Cada vez tienes el cabello más largo, Sarada-chan —y no mentía por salir del paso para no sentir aquella incomoda tensión que embargaba la mesa. El cabello negro de la chica había pasado de a penas rozar sus hombros a estar unos cinco dedos debajo de este. Definitivamente, crecía más de lo normal—. Deberías cortártelo o puede molestarte en los entrenamientos.
—Uh, ¿Eso crees? —dudó con curiosidad en su tono de voz, mirando directamente sus mechones de cabello y sosteniendo estos con sus dedos—. Supongo que lo haré en cuanto tenga tiempo.
—A mí me gusta así —discutió Mitsuki, tomando un trago del vaso de agua con una diminuta sonrisa y un atisbo de malicia en sus ojos—. Al tipo de Zhenshi también le parecía bonito así.
Los pómulos de Sarada se encendieron de un tono rojizo, y esta ofuscada se plasmó en su plato con incomodidad. Era divertido, siendo ella una chica con mucha fama por parte de los chicos desde la academia. Zhenshi era un pueblo a unas tres horas de Iwa, donde habían pasado unos días hacia unos pocos meses para buscar comestibles y algunas armas, saqueando como cucarachas. Y por supuesto, se habían visto en problemas cuando un chico se le había acercado a Sarada comentando sobre su hermoso cabello, y diciéndole lo mucho que se parecía a la hija desaparecida de Sasuke Uchiha.
—Ya, me lo cortaré cuando pueda —gruñó la kunoichi, pasándose una mano por sus mechones negros ónix con una expresión de fastidio estampado en su rostro—. Y a fin de cuentas, ¿Cuándo van a dejar de actuar como niñitas de la academia y a hablar las cosas? No soy una idiota. Se siente su tensión de aquí a el País del Té.
Se removió incómodo en su silla, escondiendo su mirada tras su revoltoso flequillo rubio, y se decidió en comer en silencio, ignorando la mirada asesina de la Uchiha y la incomodidad similar a la suya que emanaba de Mitsuki.
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Siempre le gustó que cada utensilio de la mesa estuviera en su lugar correspondiente, ordenado y arreglado meticulosamente. El brillo en los cubiertos reflejando la pulcritud de la mesa de los Uzumaki.
Eso era lo único que estaba bajo su control últimamente, lo único que ella podía manejar a su antojo. Porque desde hace más de un año, su vida era un desastre, un completo descontrol que la carcomía día tras día.
El cual se suponía que sería uno de los días más felices de su día, el día que su hijo se convertiría en un chūnin hecho y derecho, terminó siendo el peor de los que recordaba. Su amado hijo, aquel rubio travieso pero amoroso, había desaparecido, llevándose con él a sus compañeros de equipo.
Su esposo estaba trabajando día y noche para resolverlo y traer a su retoño a casa, pero siempre llegaba con aquel mismo semblante de derrota surcando su agotado rostro. Las pruebas indicaban un posible secuestro, y tenía sentido, siendo su pequeño Bolt un Hyūga y Uzumaki, Sarada una Uchiha con técnicas pertenecientes a Tsunade Senju y Mitsuki un humano artificial con genes del temido Orochimaru y su grupo de subordinados.
Siempre iba al hogar de los Uchiha a tratar de tener una amena charla con Sakura. Aquella mujer se veía cada vez más devastada, con hondas ojeras y sin brillo en sus orbes verdes. Esta se había hundido en su trabajo en el hospital, comiendo solo porque alguna de su grupo de amigas la obligaba.
Sasuke hacía lo mismo, tomando misión tras misión y sobrellevando su dolor él solo, buscando a su hija por su cuenta. Pero no habían rastros, ningún testimonio aunque ofrecieran una enorme y exagerada recompensa por el simple hecho de dar una declaración sobre los tres niños.
Debía ser algo más difícil para aquella familia, siendo que era su única hija. Al menos ellos tenían a Himawari para iluminarles los días y distraerlos de la desapareció de su primogénito. Por supuesto; eso no minimizaba el dolor. También era deprimente ver a la niña regresar de la academia con su rostro empapado en lágrimas porque no había podido contener el llanto en clases de solo pensar en que Boruto no la recibiría al llegar.
Orochimaru, como se esperaba, estaba más tranquilo. Aunque había amenazado a Naruto de que si su hijo llegaba a sufrir algún daño por culpa de este, se las haría ver grises. No había sido lo mismo por parte del Equipo Taka. Suigetsu y Karin habían despotricado y reclamado hasta el cansancio, y el pelianaranjado del grupo asentía en silencio a las exclamaciones de sus compañeros.
Todos los días se preguntaba por el estado de su pequeño Boruto. ¿Estaría vivo? ¿Estaría encerrado, siendo golpeado, o siendo un conejillo de indias para experimentos? ¿Estaría comiendo bien, bañándose, aterrorizado, calmado?
Todas sus dudas y preguntas se desvanecieron de su cabeza cuando su esposo puso un pie en la casa, con aquel semblante abatido y sus profundas ojeras. En esos momentos era la sombra de aquel niño travieso e hiperactivo, decidido y optimista ante todas las adversidades.
—Hemos tenido contacto con la mayoría de los Kages... —inició a hablar, adentrándose a la habitación a pequeños pasos solemnes, batiendo su capa de Hokage en el aire que entraba por las ventanas—. No hay nada. Sasuke envió una carta, volverá pronto. Estuvo en el País del Aire y tampoco halló nada.
—Naruto-kun... —musitó, crispada ante la preocupación de ver al hombre que amaba de esa forma, como si fuese a desplomarse en cualquier momento entre sus brazos. Se urgió en tomarlo por los brazos, guiándolo rápidamente al moderno sofá que decoraba la sala de estar.
—Cada vez pierdo más las esperanzas, Hinata —sollozó, pero sin derramar ninguna lágrima. Su voz estaba rota y su mirada caía pesadamente a la nada—. Es como si se lo hubiese tragado la tierra... nadie ha visto nada, ningún ANBU los ha visto... ni siquiera Sasuke los ha encontrado.
—Tenemos que ser fuertes, Naruto-kun —retó con el ceño fruncido, extrañada al oír su propia voz alzarse con una decisión nada común en ella. Sus manos seguían en los brazos del rubio; apretándolos como si eso fuese a otórgale fuerza—. Boruto no merece unos padres que se den por vencidos de él.
Abatido, dejó reposar su cabeza en el pecho de su esposa. Ella no podía soportar ver a su familia desmoronarse poco a poco. No era bueno par la salud de ninguno de los tres. Himawari estaba creciendo en un hogar disfuncional, y no se merecía eso. Era hora de tomar las riendas como la matriarca del Clan Uzumaki.
—Quizás pasé a buscar el cadáver de mi hijo sin darme cuenta —susurró, sintiendo su garganta desgarrarse al solo imaginarse el cuerpo sin vida de su pequeño niño. Había sido un terrible padre, y esas eran las consecuencias del destino.
—¡No digas eso! —gritó la Hyūga, empujándolo de su abrazo para mirarlo, furiosa. Había cruzado la línea que una madre podía soportar—. ¡Mi hijo no está muerto, Naruto! ¿¡Lo entiendes!? ¡No está muerto! ¡El que estará muerto para mí serás tú si llegas a ser un cobarde y rendirte!
Seguido de ese arrebato, se halló llorando de pie frente al sofá y su anonadado esposo. Su hijo no podía estar muerto, su pequeño niño. Tan solo recordar al pequeño infante con sus pequeños y torpes pasitos, llamándola mamá con su vocecita y su aroma a bebé le desgarraba el alma.
Su vida estaba cayéndose a pedazos.
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N/A: Oh, Dios... esto fue intenso. Terminé soltando una lágrima con esa última escena. Amé poner a una Hinata badass, destrozada ante la desaparición de su hijo.
En ese momento siento molestia con Bolt, pero bueno. Un buen personaje es aquel que te agrada y te desagrada al mismo tiempo. En el próximo capítulo conocerán a un OC muy importante.
Ahora, con lo relacionado a los reviews:
No soy de esas que se ponen con "si no hay 'x' comentarios no actualizo. Pero haré esto: por cierto tiempo, el primer comentario tendrá el premio de que podrá decidir algo que pase en el fic.
No pido mucho. Solo debe señalar qué cosa le gustó más del capítulo, qué piensa del desarrollo de los personajes y/o de la trama, y ya.
Debe ser algo que no interfiera con la trama, algún POV que quieran ver, escena, fanservice. Ej: Una escena Sasusaku similar a la Naruhina desahogándose sobre la desaparición de Sarada, o un momento romántico entre 'x' pareja, o cosas así.
No lo hago porque "pues quiero reviews porque sí." Es solo que me hace sentir más feliz de lo que creen y me da ganas de seguir.
Bye bye, los quiero.~
