.
.
¿Maldición o bendición?
.
.
Cada vez que la comida empezaba a desaparecer, la tensión se hacía palpable entre los tres de la Hoja. Ir en búsqueda de alimentos era todo un riesgo, lleno de inseguridades a la hora de poder ser encontrados.
Pero era eso o morirse de hambre, no había mucha diferencia, así que decidieron ir los tres. Unidos eran más fuertes y astutos, logrando cubrirle la espalda al otro en cada metedura de pata. Aún así no sería nada sencillo, y por eso se dedicaron a colocarse las ropa que cubriera más sus peculiaridades, aunque tampoco tuviesen una extensa cantidad de ropa como para escoger cándidamente.
Se hallaban en la entrada de Miyahoma, con miradas aprehensivas y ademanes tensos. Quedaba ciertamente lejos de Zhenshu, dónde iban usualmente, para así poder evitar llamar demasiado la atención. El cabello azulado de Mitsuki y su piel eran bastante peculiares, por decir poco, y ni hablar de aquellas marcas en las mejillas de Boruto.
Mitsuki tomó cierta delantera, con esa dulce sonrisa capaz de encantar a los vendedores sin recibirpreguntas indiscretas. La mayoría de los dueños de las tiendas eran ancianos, que se dejaban encantar con un poco de amabilidad.
El rubio del grupo sintió como el paso de la Uchiha comenzaba a ser sosegado, con pasos graduales y miradas tensas a sus alrededores. Despistado y desbordando curiosidad, también pausó su caminar, en poco quedando casi al lado de su compañera de equipo.
—¿Sucede algo? —preguntó en voz baja, enarcando una ceja ante aquella actitud tan desganada de Sarada, que al pasar de los días se hacía más y más presente. Las palabras de Mitsuki sonaron reiteradas veces en su cabeza, pero las despachó con la misma rapidez que con la que llegaron. No había razón para que Sarada estuviera en esos ánimos.
—Uh... no —respondió cuidadosamente la niña de cabellos negros, mirando con el ceño fruncido sus alrededores, como si sintiese que algo malo pasaría. Los tres tenían los sentidos bastante agudos últimamente—. Tú y Mitsuki encárguense de conseguir comida; yo haré otra cosa.
No quería dejarla por su cuenta, pero recordó que era la misma chica alegre que en Konoha durante los exámenes venció a su adversario de un solo puñetazo. Podía defenderse sola, así que siguió su orden y se alejó un poco de Mitsuki. Era un procedimiento sencillo en cuanto a pasos, pero muy peligroso: entrar a hurtadillas, tomar lo que más pudiera en sus bolsos y escabullirse mientras Mitsuki se despedía. Mientras recordaba su deber, vio a Sarada alejarse con un poco más de velocidad por las maltratadas calles de Miyahoma.
Se detuvo a mirar el puesto, con aquel escrutinio característico de él. Habían algunas que otras cajas de pastas, comida enlatada, cereales, vegetales y frutas. Sin embargo, no era mucha cantidad, y dedujo que aquel pueblo era bastante pobre. Le parecía repugnante cómo los Señores Feudales nadaban en dinero y dejaban que su país pasara hambre, como si fuese algo que estuviese por sus manos.
No era muy conocedor de la política, pero ser hijo de un Kage le proporcionaba las herramientas para estudiar algo de aquella ciencia. Al menos lo suficiente como para saber que aumentar el salario mínimo solo lograba subir la inflación de allá al otro hemisferio. Y eso era un error que su padre cometía, y por lo que veía, también la Tsuchikage.
Y entonces, un bombillo se encendió en su cabeza. Para poder destruir el sistema shinobi, aquel mundo tan putrefacto por la ambición y avaricia de las personas en poder, debía eliminar a los líderes. No en el sentido de un innecesario anarquismo, sino reemplazar a aquellos que no aportaban nada y formar un solo líder. Pero se guardó sus ideas para él solo. No, no era el momento.
Mitsuki se acercó con parsimonia a la mujer de aquel puesto, una anciana que sorpresivamente poseía un cabello totalmente rubio, sin rastro alguno de canas. Pero su edad era notable por aquellas arrugas que adornaban su rostro y ese semblante solemne y calmado.
—Buenos días, señora —saludó Mitsuki, con una educación que cualquiera envidiaría. Podía hablar con tanta suavidad y dulzura que hasta él mismo no podía evitar sentir más apacible al oírlo—. Discúlpeme, no soy de por aquí, y me gustaría saber qué comida típica de este país podía recomendarme. Algo que pueda hacer en una cena con mi familia.
La señora se levantó de su silla, animada, y saludó a su amigo cándidamente, mostrando una suave y condescendiente sonrisa en sus arrugados labios. Era momento de actuar, y rezarle a cualquier Dios que no fuera a pillarlo. La mujer se veía de buenas intenciones.
Suspirando pesadamente, se adentró a aquel pequeño puesto de mercado, viendo solo a una mujer cerca de una vitrina contraria, con una niña similar a ella tomando su mano, probablemente su hija. No debía distraerse, porque aparentemente cualquier tontería llamaba su atención. Tomó algunos empaques de pasta y unas seis latas de comida enlatada, sin detenerse a mirar de qué eran. No era un quisquilloso como Sarada.
Seguidamente, metió en su bolso cualquier vegetal, sobretodo aquellos que veía usar a Sarada, como aquellas cosas verdes, tomates, zanahorias y esa bola verde manzana que hacía mucho ruido al tomarla. Sentía su cuello y manos sudar sin decoro, a pesar de que ya había hecho eso antes. Tomó las frutas preferidas de Mitsuki, las naranjas, y unas fresas para algún jugo, ya que detestaba comer con agua. También bolsas de té negro, y unos limones.
'Demonios', musitó al sentir que su bolso se abriría misteriosamente a pesar de ser bastante grande y engañoso. Probablemente tendría que irse por una ruta menos concurrida para evitar recibir alguna mirada sospechosa. Respiró hondo, y su mirada se encadenó con la de Mitsuki, la cual se hallaba tensa también.
Debía irse ya. Tras tomar una caja de cereal, salió por el otro lado a dónde se encontraba Mitsuki con la anciana, la cual seguía hablando animadamente. Sintió un peso en la boca de su estómago, que lo descolocó levemente. Los civiles no se merecían vivir en esas condiciones.
—Muchas gracias, señora. En serio... me ha hecho un gran favor —oyó la voz de Mitsuki, que se alejó de la sonriente mujer hasta llegar al callejón dónde él se encontraba, recostado a una pared mientras regulaba su respiración. Estaba muy viejo para esas cosas, habría dicho su tío Kakashi.
Cuando el peliazul estuvo cerca, comenzó a dividir las cosas que se había guardado para luego meterlas en su propio bolso, una seguida de la otra, algo apresurado. Era demasiado sospechoso que él solo andara con un bolso a casi reventar.
—Sería ideal que Sarada estuviera aquí para que también se guardara unas cosas... —jadeó Mitsuki, levantando su rostro al haber terminado. Su delicada y nívea piel, blanca como el yeso, se hallaba brillante por el sudor que surcaba por sus manos y su frente, simulando ser pequeños diamantes guardados en ella—. ¿Dónde está?
Se encogió de hombros, rascándose la cabeza. A ciencia cierta, no tenía ni la más remota idea de dónde se encontraba Sarada. Y cómo diría Shikadai: era problemática.
—Ni idea... dijo que haría otra cosa, pero no sé —musitó, mordiéndose el labio—. Busquémosla y vámonos de una vez, ando nervioso.
El peliazul asintió, y apretando su sudadera negra, se abrió paso por las calles del pueblo, y él le seguía el paso lo más rápido que podía. Su bolso pesaba una barbaridad, pero no era para menos. Cada vez se habían acostumbrado a tomar más y más comida para evitar salir de sus escondites lo más que pudieran.
Llevaban bastante tiempo medianamente bien, pero una vez su padre se enterara de dónde se había encontrado, y la dificultad para mantenerse en un escondite con tranquilidad sería enorme.
Al pasar por una tienda de ropa —sonaba tan cliché de mujeres llegarse a encontrar a Sarada allí— notaron un barullo constante que, inexplicablemente, los llevó a ver lo sucedido. Pero aquella tienda también era abierta, solo que el doble del mercado anterior dónde habían conseguido víveres.
—¿Esa...? ¡Esa es Sarada, Boruto! —masculló Mitsuki, mirando con el ceño fruncido al hombre que golpeaba con un palo —por muy gracioso que sonara— a un chico de cabellos castaños, asemejándose a un rubio oscuro ceniza, y detrás de él se hallaba su desaparecida amiga.
Perfecto, toda la paz drenada por culpa de Sarada. "Menos mal no llamabas la atención... maldición." Apretó los puños, corriendo hacia la tienda y siendo seguido por Mitsuki.
—¡Llamen a los oficiales! ¡Son los Renegados de Iwa! —gritó el dueño de la tienda, un hombre enclenque que seguro se caería tieso de un solo puñetazo. Si ponía muchos problemas no sería difícil lidiar con él—. ¡Y esa niña estaba robándome, yo la vi!
Los civiles que estaban pasando comenzaron a formar un tumulto frente a la tienda, llenos de murmuraciones constantes. Supuso que la aldea era usualmente tranquila, y cualquier disturbio acaparaba toda la atención.
¿Dónde había escuchado ese título que exclamó en señor con su insoportable y chillona voz? Notó que detrás de el temeroso chico castaño se hallaba un adolescente más alto que él, con cabellos negros y mirada de un tono miel, amenazante y furiosa ante la violencia arremetida contra el que suponía que era su compañero, el cual se hallaba tomado por la camiseta por otro hombre de más tamaño mientras el castaño era golpeado.
—No... no puede... ¡Son ANBU, Boruto! ¡Vámonos ya! —gritó Mitsuki, logrando que la atención antes puesta en los dos vándalos se posara en ellos, y supo que su amigo había cometido un error al llamar su nombre tan alto.
La tensión en el aire era palpable a kilómetros, y sin poder evitarlo, sus pelos se pusieron de punta cuando las máscaras de los ANBU se posaron en ellos dos. No podía verles los ojos, pero sentía que eran tan o más amenazantes que los del pelinegro de la tienda.
—Es Boruto Uzumaki. Lleva la noticia a Iwagakure, ¡Ya! —ordenó uno de ellos, tronándose los puños. No cabía duda; quería pelea.
Así como uno de los ANBU salía disparado a los techos rumbo a la salida oficial del pueblo, ellos también salieron corriendo a la dirección contraria que los llevaba a su escondite —aunque estuviera a una hora larga. Confió ciegamente en la Uchiha, y así fue; con un puñetazo lleno de chakra dejó al civil que la sujetaba por el cabello amoreteado y sangrante en la otra esquina.
Sintió su chakra corriendo detrás de ellos, y respiró con tranquilidad. Se había atemorizado de solo pensar en que alguno terminase herido o capturado por los ANBU. Pero estos no se detuvieron de ir tras ellos, y más cuando tres ninjas también corrían a su dirección.
—¡Aléjense, solo harán que también vengan por nosotros! —gritó sin dejar de correr, recibiendo una fría mirada por parte del aparente líder de los llamados Renegados de Iwa.
Bingo. Eran aquellos que Sarada les había mencionada un año atrás. No había notado hasta ese momento a una chica que estaba junto a ellos dos, una pelirroja de corte recto, similar al de su madre, acompañado de una capucha y una máscara negra que cubría su boca y nariz.
—¡Cállate! ¡Después nos haremos cargo de ti, rubiecita! —exclamó el pelinegro, corriendo con todas las fuerzas que poseía.
Giró la cabeza, sintiendo la presión del aire golpear su rostro, y pudo ver a tres ANBU corriendo en la misma dirección que ellos. Eso sería un problema.
Llevaban corriendo unos cinco minutos fuera del pueblo, evitando los árboles que se interponían en su camino, y finalmente decidió que era hora de tomar cartas en el asunto. No iban a correr toda la vida.
—¡Ten esto! —chilló al girarse, y con un jutsu de agua lanzó bombas de esta que golpearon al grupo de ANBU, retrasándolos a unos metros de ellos.
—Sharingan —musitó la Uchiha, logrando que en sus ojos negros se formaran dos aspas en cada uno.
La situación era fea, muy fea. Pero antes de que ella pudiera hacer algo, o Mitsuki, los tres Renegados de Iwa saltaron a deshacerse de sus perseguidores.
Admiró con sorpresa como de las caderas del pequeño joven castaño salían cables de metal disparados, con una velocidad impresionante dirigidos hacia dos de los ANBU formados en posición de batalla. Estos ya estaban listos para lanzarles un jutsu, incluso cuando los cables se enrollaron en sus cuerpos unas ligeras llamas salieron de sus manos.
¿Acaso eso era posible, controlar cables de metal y atacar a alguien con eso? Parecía irreal. De alguna forma u otra, intentó cubrir con su cuerpo a su equipo. Aquellos tres renegados suponían una completa amenaza.
Luego de noquear a dos de los ANBU haciendo que se golpearan una cabeza contra la otra, ante su sorpresa, la chica del grupo avanzó a una velocidad casi sobrehumana hacia el restante que seguía perdido en sus pensamientos al ver los cables de metal, probablemente igual que ellos tres, y con unos golpes fijos alrededor de su cuerpo lo noqueó.
Él conocía esas posturas, de los días en que su abuelo lo entrenaba para así ser un digno cabecilla del Clan. Eran bloqueos de chakra, pero este era distinto. No sabía cómo exactamente, pero sí podía ver golpes más certeros y múltiples a una considerable velocidad, cada uno haciendo caer parte de la anatomía del ANBU para finalmente desparramarse en el suelo en una ligera pero presente convulsión.
—¿Bloqueaste su chi? ¿Está muerto? —preguntó el cabecilla de estos tres, acercándose a la pelirroja que poseía una máscara. Le recordaba de alguna forma a Kakashi, con esa vacía y aburrida mirada. Ella asintió, y notó que era extremadamente pequeña. Incluso Sarada era más alta y con un rostro más maduro—. Bueno, hazlo con los otros dos.
—¿Quién eres? —preguntó Boruto con rudeza, dando un paso hacia adelante con decisión y firmeza. Aunque era incómodo, puesto que este era más alto.
—Eso no es tu problema. No necesitas saberlo —respondió de una vez, acercándose peligrosamente hacia él. Mientras tanto, la pelirroja hacía el mismo procedimiento en el cuello con los otros dos, y el castaño los miraba, aprehensivo—. Por el contrario, yo sí te conozco, Boruto Uzumaki. Solo necesitas saber que seré el que te lleve de nuevo con tu padre.
Sus ojos se abrieron como platos, dando un paso hacia atrás con inseguridad. Ante esto, Mitsuki tomó su brazo, y Sarada se adelantó con aquella mirada inexpresiva pero peligrosa característica de un Uchiha.
—¿Para qué? No les afecta. Sigan su camino y nosotros el nuestro —escupió la Uchiha con la voz firme, señalándose a sí misma con su pulgar ante esto último.
—Oh, claro que nos afecta —sonrió de lado aquel chico. Debía tener alrededor de quince años, por su altura, su musculatura y su maduro rostro. Tenía el cabello negro azabache, largo en un flequillo en su lado derecho, rozando su hombro. El otro lado era corto, curiosamente, y sus ojos eran de un suave color miel—. ¿Sabes cuánto dan por llevarlos a su aldea? Millones de ryō.
—No los necesitan. Pueden quedarse con nosotros, tenemos todo lo necesario. Pero no podemos volver —habló Mitsuki en un tono condescendiente, tratando de calmar los ánimos. Entre tanto, la Uchiha mantenía activo su sharingan.
—Uhm... nah. No es suficiente —se mofó el renegado, alzando su mano para iniciar algún tipo de sello. Eso estaba poniéndose mal—. ¡Shunji, ahora!
Al predecir los movimientos del castaño con sus peligrosos cables de metal, Sarada avanzó rápidamente al hacer uso de su sharingan. Amasando chakra en su mano, dio un gran golpe que agrietó gran parte del lugar y lanzó a dos de ellos hacia atrás.
Sin embargo, el líder de aquella triada no cayó, sorpresivamente. Su mano hizo rápidos sellos, que finalmente fueron dirigidos al sistema nervioso de la Uchiha a la defensiva en forma de chakra.
.
.
Un grito resonó en la pelinegra que se había quedado en piedra por severos segundos. Su deber era proteger a su equipo, no permitir que cualquiera los atacaran.
—¿¡Qué le hiciste!? —gritó, mientras Mitsuki corría hacia la chica de rodillas en el agrietado suelo. Se sujetaba el rostro con fuerza, soltando alaridos de dolor, pero solo ella sabía el por qué—. ¡Raseng...!
—¡Boruto, necesitamos un ninja médico! ¡Sus ojos están sangrando! —era la voz de Mitsuki, quién abrazaba a Sarada contra su pecho con su blanquecino rostro crispado en preocupación.
El ninja renegado retrocedió un poco, mirando anonadado el paisaje ante él. ¿Sangrar por los ojos? ¿¡Qué locura era esa!? El castaño de ojos verdes se adelantó, apretando sus puños.
—¿¡Qué le hiciste, Takao!? —exclamó este, mirando al tal Takao con los ojos más abiertos de lo común. La chica frente a ellos siseaba en dolor, apretándose el rostro contra sus palmas.
—¡Y-Yo no lo hice...! Fue solo un genjutsu, demonios. ¡Debía estaar inconsciente, no sangrando como un súcubo! —bufó, tratando de ocultar sus nervios al desconocer lo sucedido en los ojos de su víctima.
Así que era eso, un genjutsu. No era común que un ninja los usara en combate, y si este tenía un control tan fuerte del mismo como para poner a Sarada casi llorando del dolor, debía tener un control del chakra perfecto y poseer un gran intelecto.
Se agachó hacia ella, y cuando puso su mano en la mejilla de esta sintió el rastro de sangre del que tanto hablaba Mitsuki. Nunca había escuchado de eso, pero prefería haberlo hecho y así saber qué le ocurría a su compañera.
La pelirroja encapuchada de la tríada se acercó a ellos en un paso desganado, inclinándose hacia la pelinegra con sus ojos entrecerrados.
—¿¡Qué quieres!? ¡Ya hicieron lo suficiente! —bramó con furia desbordando de sus ojos azulados, pero solo recibió una mirada fría de esos ojos ámbar.
—Tengo nociones básicas de ninjutsu medico —fue todo lo que respondió la joven de la mascara, agachándose para ver de frente a Sarada. Pero esta seguía tapándose el rostro con las manos. El castaño miró con molestia a su amigo, recibiendo un encogimiento de hombros—. Quita las manos y abre los ojos.
Se tardó algunos segundos en cumplir la orden, pero poco a poco fue revelando sus pómulos manchados en sangre y los rastros de lágrimas rojizas cayendo por sus mejillas. Horrorizado, admiró los ojos de la Uchiha cuando los abrió. Seguían siendo negros, pero dentro de ellos había una iris roja como la sangre que caía de ellos, y una forma de un sol alrededor de ella en tono negro.
—¿Qué...? Tus ojos... —musitó la pelirroja, por fin mostrando una distinta expresión a la inexpresiva anterior. Sus cejas se hallaba enarcadas, y sus ojos bastante abiertos—. Tienes un buen par de ojos raros.
—¿Eh? ¿Le cambié los ojos con mi genjutsu? —inquirió el atacante anterior, inclinándose un poco—. Tienes esperanza, Shunji. Puedo quitarte esa mirada de imbécil que te cargas siempre.
Pero Boruto sabía muy bien qué ocurría.
—S-Sarada-chan... tus ojos... es el Mangekyō —balbuceó, casi sintiéndose desvanecer sobre sus rodillas.
.
.
N/A: Perdonen tanta demora, tuve un horrible bloqueo de escritor. No prometo actualizar pronto, pero lo intentaré :(
Espero que les gusten estos OC's. Pronto se sabrá más de ellos.
