La sombra del viento

Cuando las personas hablaban de Sasuke Uchiha solían referirse a un criminal con el poder de un Dios, un hombre capaz de luchar contra más de cien hombres al mismo tiempo y salir sin un solo rasguño. Tan perfecto e imperfecto al mismo tiempo; un ninja prodigio.

A veces él quería ver esa fama de buena manera, como algo que debía ser portado con orgullo, con la frente en alto. Pero era imposible para él, no mientras esas tan dichosas habilidades no le ayudaran a encontrar a su hija.

Era tan doloroso haber sumido a su primogénita en vivencias tan similares a las suyas. No era ignorante al hecho de que Sarada hacía todo en pro de enorgullecerlo, de tomar su atención. Y él no tenía tiempo para eso.

¿A qué le recordaba? Un suspiro brotó de sus labios, mientras se quitaba las sandalias ninja para poder adentrarse a su hogar. Hogar... una palabra que sonaba tan ajena en él. Había dejado su hogar, la mujer que amaba y a su hija, solo por querer protegerlas.

"—Lo hice porque te amo, Sarada, a ti y a tu madre. El mundo es muy peligroso, solo quería que fuera un lugar seguro para ustedes."

"—Entonces desearía que nos hubieses amado menos."

Aquellas fueron las primeras palabras que recibió la segunda vez que la vio, después de que fuera encontrado por ella, hace ya tres años. El tiempo sin duda pasaba rápido, volviendo borrosos aquellos recuerdos.

Él también deseaba muchas cosas, entre ellas haber tenido el valor de proteger a su familia en persona. Porque ni siquiera al volver pudo ser un padre para su pequeña, decidiendo entrenar a Boruto en vez de a ella, la última Uchiha, aquella que reclamaba su atención a gritos silenciosos.

¿Cuántas cargas debía llevar Sasuke Uchiha para que el destino fuera feliz?

—Tadaima —musitó de forma casi inaudible, cerrando la puerta detrás de sí. Sus pesadas piernas trataron de movilizarlo hasta el sofá, aquel que daba frente al comedor. Y pudo lograrlo, mientras sus ojos se cerraban.

Sasuke era invencible, casi. Pero si había algo que lo estaba matando, era el estrés. Nuevamente había buscado a los tres genin en las fronteras, sin conseguir ni una pista. Se sentía tan inútil, aunque Kiba, Shino y Hinata, los mejores rastreadores, tampoco pudieron conseguir nada.

Si estaban secuestrados, se trataba de personas bastante astutas.

Sintió la apresurada presencia de su esposa, la cual se sentó a su lado mientras posaba su mano en su mejilla. Estaba fría, y era reconfortante.

—Sasuke... Llegaste —musitó la Haruno, con su labio inferior temblando. Él abrió los ojos, observando las suaves facciones de su mujer. Una sonrisa surcó por sus labios, pequeña, casi inexistente, al ver aquella frente prominente con el byakugō. Dio un golpe con sus dedos en ella, siendo recibido este gesto por una gran sonrisa y un sonrojo de mejillas. ¿Cómo podía hacerla sentir como una quinceañera con una sola mirada?—. ¿C-Conseguiste algo?

El fantasma de su sonrisa fue lo único que quedó, puesto que su expresión volvió a ser tan estoica como antes. Tensó su mandíbula, mientras desviaba su mirada azabache, heredada de su Clan. Temía llegar sin noticias nuevamente para su esposa. Él mismo había podido ver como la Haruno, ahora Uchiha, se caía a pedazos por la pérdida de su hija.

—No —negó con la cabeza, chasqueando la lengua. A pesar de no mirarla, sabía que la expresión de Sakura había cambiado. Siempre lo hacía cuando se trataba de Sarada. En ese momento sus orbes verdes se llenaban de lagrimas, y su labio inferior comenzaba a temblar. Pero en ese momento no; Sakura no estaba llorando.

Al mirarla, se encontró con una expresión de cansancio, y decepción. No era para menos, ya era un año y medio de búsqueda. Había escuchado a Naruto hablar con Shikamaru, preguntándole si había pasado a buscar el cadaver de su hijo, y no pudo evitar preguntarse lo mismo. ¿Estaría buscando el cadaver de su hija?

—Yo... Yo habría deseado que ella estuviera aquí cuando te lo dijera —balbuceó la pelirosa, con resignación en su tono de voz. Estaba jugando con sus manos nerviosamente, mientras fijaba sus ojos en su regazo, en aquel pantalón blanco de algodón, como si se tratara de lo más interesante—. ¿Sabías? Era su sueño.

Enarcó sus cejas, frunciéndolas de tal forma que parecían tocarse entre ellas. Sakura era una mujer directa, sin pelos en la lengua, a veces siendo incluso maleducada. No comprendía por qué de un momento a otro se tornaba tan nerviosa, como si estuviera tratando un tema secreto y delicado.

Tomó las suaves manos de su mujer, eran pequeñas y cabían a la perfección en su mano derecha, la única que tenía. Las suyas eran callosas y duras, y aunque Sakura fuera una kunoichi y no se quedara atrás, se sentían más suaves y delicadas que las suyas. Las apretó, tratando de darle algo de conforte.

—No me gustan los rodeos, Sakura —dijo severamente, aunque su expresión le restaba seriedad al asunto. Y ella notó aquella preocupación por su bienestar, por lo que el atisbo de una dulce sonrisa se asomó en sus labios rosáceos.

—En un principio lloré mucho, no quería que fuera de esta forma. Sentía... —la voz de Sakura se quebró, mientras sus ojos se enrojecían ante el paso de pequeñas lágrimas—... Sentía que estaba reemplazando a mi Sarada. Pero luego me di cuenta de que no es así. Que esto es un regalo de Dios para darnos esperanzas y seguir buscándola, porque habrá alguien más ansiando su regreso.

Aquellos ojos verdes que tanto amaba habían comenzando a brillar hacia él, mientras hablaba con tanta emoción y a la vez nostalgia y tristeza. Sakura podía haber sido una buena Hokage, diplomáticamente hablando. Tenía el don de la palabra.

—¿Estás...? —musitó, de repente, captando por fin el mensaje que su esposa había lanzado entre palabras emotivas producto de los nervios. Los Uchiha eran criados para contener las emociones, pero no pudo evitar que sus ojos se abrieran más de lo común.

—Sí, anata —sonrió Sakura, permitiendo que un par de lágrimas cayeran por sus sonrojadas mejillas. Había tomado su mano rasposa y la había puesto sobre su camiseta roja, justo sobre su vientre—. Estoy embarazada... tres meses. Seremos papás otra vez.

Sus labios se entreabrieron, mientras su mano se acostumbraba al tacto sobre dónde estaría su nuevo bebé. Parpadeó, confundido, mientras procesaba la información que le era dada.

Finalmente, una diminuta sonrisa se hizo presente en el estoico rostro del Uchiha, y procedió a llevar su mano a los cabellos de la pelirosa para acercarla a sí y darle un beso en la frente.

El destino le estaba dando una nueva oportunidad para ser un verdadero padre. Y como Sakura había dicho, era un atisbo de esperanza; debía traer a su hija devuelta, ahora no solo tenía dos padres desconsolados a su espera, sino un hermano o hermana que necesitaba de ella.

Había podido recuperar su aliento, al menos a medias. Había sido una sorpresa encontrarse con aquellos ojos tan... Era imposible describirlos. Si algo había sentido, era miedo, angustia, nada bueno en realidad. Por sus múltiples entrenamientos con su tía Hanabi y su abuelo Hiashi, pudo saber que los Hyūga eran un clan con muchos secretos.

Pero nada se comparaba con aquel clan casi extinto; los Uchiha. ¿Qué secretos se escondían detrás de ese emblema de abanico?

Bufó con las manos en los bolsillos, pateando un piedra que se asomó en su camino. Solo podía mascullar 'estupido viejo' con un mohín visible sobre sus aniñados labios. Nuevamente su padre no había querido entrenarlo, alegando que tenía mucho trabajo.

Eso era lo que siempre decía cuando quería pasar tiempo con él. ¿Quién lo culpaba? Era solo un niño de siete años renuente a compartir a su padre con la Aldea.

Estaba a punto de devolverse a su casa a jugar con Himawari, su hermana de cinco años, hasta que oyó algunas voces molestas y burlonas en el callejón de la cuadra por la cual estaba caminando. Frunció el ceño, escuchando la risa de Oniki, uno de los niños mayores de aquella zona que vivía torturando a cualquiera que se metiera en su camino. Un bully con mayúsculas.

Dio zancadas hasta poder ver lo que sucedía, y al estar allí pudo ver a un puñado de niños en círculo. Debían ser unos cinco, además de una niña Hyūga. Frunció el ceño, debía ser de la rama secundaria.

—¡Vamos, demonio! Pon los ojos como los de tu papá, eh. Mamá dice que son los ojos del diablo —se burló Oniki, tomando a una niña de su camiseta. Al obtener una mejor visión, Boruto abrió los ojos con sorpresa. No era ni más ni menos que Sarada Uchiha, hija de los mejores amigos de su padre.

Era una sorpresa verla siendo sometida de esa forma. Cuando eran menores compartían más, casi todos los días, pero sus padres desistieron de intentar hacerlos llevarse bien cuando él le pegó un chicle en el cabello y ella lo amarró con ligas en un árbol.

—¿Vas a llorar? Esperaba más de ti. Eres hija de un criminal, ¡Seguro irás por el mismo camino! —bufó la Hyūga, pateando el costado de la pelinegra de lentes.

Al conocer a la Uchiha por primera vez no tuvo una muy buena imagen de ella. No era dulce y tierna como su hermana, ni amable y cálida como Sumire, su vecina. Sarada Uchiha era callada, reservada, orgullosa, algo violenta al enojarse. ¿Entonces qué hacía allí, dejándose golpear e insultar como si nada?

—¡Oigan, déjenla en paz! —gruñó, alzando su puño. Los rostros de los niños se habían girado hacia él con fastidio por interrumpir sus "hazañas"—. ¡O juro que les romperé la cara-ttebasa!

Las risas no se hicieron esperar, y estaban justificadas. Después de todo, la mayoría de ellos era genin, y los que no al menos tenían buenas nociones ninja.

—¿Y qué vas a hacer tú, enano? —bufó un castaño cruzándose de brazos ante él. Tenía una banda ninja, así que era un genin, por lo que apretó los puños—. ¿Eres amigo de ese monstruo? Debes merecer que te demos a ti también, entonces.

Vio a Sarada de rodillas con una expresión confusa, y a su vez, seria. Era muy difícil descifrarla, por lo que decidió no intentarlo.

—¡No le digas así!

—Oye, es el hijo del Hokage. Mejor vámonos —musitó en voz baja Oniki, halando al castaño de su camiseta. Los vio alejarse con sus sonrisas socarronas y la burla reflejada en sus ojos. Eran unos imbéciles.

Se apresuró en ayudar a la niña, estaba sucia y despeinada. Podía ver su cuerpo contusionado al intentar disminuir el dolor en su costado, y a la vez unos rasguños en su mejilla, probablemente producto de la salvaje niña de ojos perlados.

—No necesito de tu ayuda —masculló la de lentes cuando intentó tenderle su mano para ayudarla a ponerse de pie. Frunció el ceño ante su negativa, pero igual no se alejó de ella.

—Yo creo que sí —comentó con algo de prepotencia, llevándose los brazos hasta detrás de la cabeza. Miraba a la niña que se acomodaba los lentes con algo de risa, no se veía tan intimidante en ese momento—, te estaban pegando y ni te defendías. ¿Por qué?

Los dos ojos ónix de la joven Uchiha se fijaron en él, sin poder leer exactamente que reflejaban. Eran tan fríos e inexpresivos. ¿Qué había hecho su padre? ¿Qué había en su línea sanguínea para ser tan detestada?

—Ese no es tu problema —bramó, dispuesta a alejarse, como si hubiese leído su mente.

Sus ojos estaban malditos.

Su sangre estaba maldita.

Por eso Konoha desconfiaba de Sarada.

Ella no daba respuesta, seguía absorta en su mundo, como si en su cabeza existiese una batalla sangrienta y a sus afueras absolutamente nada.

Pero sí pasaban muchas cosas; los ANBU estaban en su búsqueda, ya sabían que él se hallaba vivo, y encima tenían a tres criminales junto a ellos. Aquello era un gran problema para sus planes; Boruto prefería mantenerse al margen, que le creyesen muerto, solo mientras conseguía el suficiente poder para empezar con su propósito.

Y ahora por culpa de aquellos tres buenos para nadas debía reestructurar todo. Encima debía lidiar con lo que fuera que le estuviera sucediendo a Sarada.

Observó a Mitsuki, quien empuñaba tres shurikens entre sus dedos, dispuesto a atacar a los tres renegados si hacían algo. Confiaba en él; era el más poderoso de su grupo, al menos por el momento, con su modo sabio y todos los jutsus que pudo heredar de su progenitor.

—Si a ella le sucede algo —masculló, lo suficientemente alto como para ser oído por los presentes. Su mandíbula se hallaba tensa, y sus ojos azules chispeaban en dirección del de cabellos color miel—, juro que te mataré.

El líder tenía sus insultos en la punta de la lengua, incluso dando un paso hacia adelante para poder despotricar libremente contra el Uzumaki. Pero fue detenido por la blanca mano del chico castaño que estaba con ellos, aquel de los cables de metal y ojos verdosos. No había maldad en su mirada, no la necesaria para alguien que ya había matado.

—Lo lamentamos... No sabemos lo que sucedió. Los genjutsus de Tadao jamás había hecho eso... —balbuceó el castaño, y ambos shinobis de la Hoja se preguntaron como un chico tan torpe, ansioso y penoso podía ser un criminal tan reconocido—. Soy Shunji, él es Tadao, y ella es Kahori —señaló al malhumorado de ojos miel, y luego a la pelirroja de máscara que fijó su azulada mirada en ellos tres.

Bajó su mirada nuevamente a Sarada. Seguía con su vista nublada, apretando en sus puños la arena que residía bajo ella. Algo le dolía, lo sentía de alguna forma. Trató de alejarse, para darle su espacio, pero fue detenido por dos manos que se aferraron en el cuello de su chaqueta.

Eran las manos temblorosas de la Uchiha, quién fijó sus ojos en él y pudo por fin analizar su rostro. Jamás la había visto de esa manera, parecía un muerto. Pálida, ojerosa, con sangre seca en sus mejillas. Su labio inferior temblaba descontroladamente.

Y sus ojos... Demonios, aquellos ojos mandaban escalofríos en su columna. Rojos como la sangre que brotaba de ellos, con un sol tan negro como el cabello y los ojos de ese clan.

—E-Est-ás v... vivo... Tú y Mitsuki... —balbuceó como si fuera a desmayarse en cualquier momento, como si estuviese viendo a un fantasma. Cuanta ironía; ella sí que parecía un fantasma. El temor se reflejó en sus ojos azules, cuestionando la cordura de su amiga—... Están vivos.

Mitsuki observó con desconcierto como la Uchiha terminaba abrazando al pobre Boruto, enterrando su rostro en la blanca camiseta del chico. Si antes estaba sucia, ahora estaba peor, lleno de tierra, viejas manchas de comida y bayas, y sangre.

Se preguntó si todo eso era necesario. Conocía del sharingan todo lo que podía saber alguien ajeno al clan. No era un secreto que su padre estaba obsesionado con los Uchiha, siempre asombrado sobre cuánto dolor y oscuridad podía llenar a esas pobres almas.

El Mangekyō Sharingan, ojo del mismo demonio, reflejo del dolor y el sufrimiento. Solo se revelaba cuando un poseedor del sharingan presenciaba una perdida inmensa y dolorosa. Muchos Uchihas habían asesinado a sus propios mejores amigos o hermanos con la finalidad de conseguir ese poder ocular.

¿Cómo había aparecido en los vírgenes ojos de Sarada? Aquello comenzaba a hacer sus miedos realidad; la crueldad del mundo comenzaba a hacer mella en ellos, poco a poco, pero con paso firme. En algún momento su alma sería mancillada por la oscuridad, sin oportunidad al retorno.

¿Debía culpar a Boruto, o al mismo destino?

Alejó su mirada de ellos, observando con desgano a los tres Renegados de Iwa. Shunji, Tadao y Kahori... Era malo con los nombres, pero de alguna forma aquellos pasaban sublimemente por su cabeza sin sonar extraños o ajenos. Cuando Sarada nombró a aquella Tríada se imaginó a tres hombres malvados, sin metas en la vida, con cicatrices y almas oscuras.

Pero aquellos tres jóvenes no debían pasar de los quince o dieciséis años. ¿Qué hacía cometiendo crímenes y robando si tenían esos rostros y miradas pulcras y transparentes como el agua?

Se recordó mentalmente que ellos tres estaban en las mismas, así que desistió de buscar una respuesta.

—Felicidades, lo consiguieron —sonrió perversamente, aunque era su sonrisa normal. Jamás entendió por qué las personas tendían a asustarse con su sonrisa, ¿Era algo normal, no?—. Por fin la volvieron loca.

Tadao, de cabellos azabaches y ojos miel, aparentemente talentoso en el genjutsu, posó su ruda mirada en él, tratando de escudriñarlo. Parecía ser cabezadura y tosco, le recordaba a Iwabe de alguna forma.

"No, Mitsuki. No pienses en el pasado... Konoha no es tu hogar..."

—¡Oye! Ya Shunji te dijo que lo sentíamos —bufó, luego desviando su cara con algo de pena. Quién lo diría. Se hallaba cruzando de brazos, y pudo notar un curioso tatuaje negro en su brazo derecho. Modas extrañas—. Supongo... No, olvídenlo.

—Tenemos un lugar donde nos quedamos, queda muy cerca. Tenemos algo de medicina con la que trabaja Kahori —habló el castaño, quitándole la palabra a su compañero—, podemos ayudar a su amiga. En cuanto este mejor, pueden seguir su rumbo.

Podía ser una trampa... No, no podía, debía ser una trampa. Se habían topado en esos dieciocho meses con gente engañosa, no podía culparse a sí mismo por desconfiar de esos tres.

Pero se veía tan sincero ese joven enclenque de ojos verdes y cabello color tierra. Miró a Sarada, quién seguía hundida en el pecho de Boruto, perdida en su mundo. Luego a su sol, que confundido acariciaba los cabellos azabaches de la Uchiha.

Suspiró, fijándose en los dos muchachos de Iwagakure. Prefería que Sarada fuese atendida con los recursos médicos necesarios.

—Supongo que es lo mejor —se encogió de hombros, forzando una sonrisa.

Jadeó, moviendo su pluma sobre el pergamino que firmaba en ese momento. Ser una Kage nunca sonó tan aburrido como en verdad era. De joven al ver a su abuelo ejercer su rol de Tsuchikage quedó fascinada. Era un título de absoluto poder y jerarquía.

Pero Kurotsuchi lo odiaba. Odiaba estar allí sentada, meditando como su vida pudo haber sido tan distinta si tan solo no hubiese sido hambrienta de poder. Y no solo lo decía bajo la perspectiva de una Kage. Muchas cosas pudieron evitarse si no fuese tan ambiciosa.

Rodó los ojos cuando tocaron su puerta, como si dentro de esa oficina se estuviera llevando un acontecimiento ultra secreto. Generalmente era su consejera, alguien que ya era de confianza, o su ex esposo a querer joderle la vida.

Se pasó una mano por su corto cabello negro, bufando para luego articular un corto "pase." Últimamente el clima en Iwa era más caluroso de lo normal.

Pero no era su consejera. Era Iburine, el jefe de los ANBU junto al jefe de la policía militar cuyo nombre no le interesaba en absoluto. Aunque debería, ¿Qué clase de líder era?

—Tsuchikage-sama, tenemos importantes noticias. Son de asunto diplomático que deberá tratar con el Hokage, Naruto Uzumaki —habló firme Iburine, sin siquiera atreverse a mirarla.

Se inclinó en su escritorio, enarcando las cejas con más interés. Si se trataba del Hokage, le importaba. No trataba con él personalmente desde los exámenes chūnin del año pasado, y a través de cartas desde la última firma para los exámenes que se avecinaban.

—¿Asunto diplomático? Soy toda oídos —habló, apoyando su barbilla sobre el dorso de su mano.

El jefe de la policía militar tragó en seca, temblando un poco. Gallina.

—S-Se sabe que Boruto Uzumaki, Sarada Uchiha y M-Mitsuki de la Aldea del Sonido d-desaparecieron tras los e-exámenes chūnin antepasados, s-se presume q-que fueron s-secuestrados...

Un tartamudo. Lo que le faltaba. Iburine notó su fastidio, porque se apresuró a tomar la palabra del otro hombre.

—Lo que Dai quiere decir, es que se suponía que estaban secuestrados. Sin embargo, fueron vistos en Miyahoma, en compañía de los tres renegados. Robando como ratas, me atrevo a añadir.

Esa era la cereza, sus famosos tres chūnin renegados en compañía del mocoso tramposo de Naruto Uzumaki. Recordaba a ese rubio impertinente, que había utilizado un kote con la finalidad de sobresalir en los exámenes. Bastaba decir que esperaba más de ese niño.

¿Pero a la larga, que tanto talento podía haber en una lagartija que lo había tenido todo? Los mejores ninjas de la historia eran personas sin nada, que crecían poco a poco hasta convertirse en leyendas. Tenía a Naruto como ejemplo.

Y encima, se atrevía a renegar de su aldea y compartir con criminales. ¿Habría sido la mala influencia del demonio Uchiha y de la mala hierba, hijo de Orochimaru? Naruto era un idiota al juntarlo con esos dos.

Ladeó una sonrisa. Debía tener una interesante charla con el Hokage. Pero antes debía encontrar a sus tres renegados, sin importar que Miyahoma estuviese lejos.

N/A: Ta-da, pidieron escena Sasusaku y ahí la tienen, con una linda sorpresa que era absolutamente necesaria.

Todo parece ir mejorando para esos dos... No por mucho.

Sobre los Renegados de Iwa, son personajes a los que les tengo cariño. Llevo creándoles su trama desde que nació la idea de Yoake, y me encanta por paralelismos que se mostraran pronto, o quizás no tanto.

Sobre el Mangekyō Sharingan, me estoy tomando ciertas libertades artísticas. De dónde salió, se preguntan. Lamentablemente tendrán que esperar al siguiente capítulo para saberlo, purr.

Sobre el BoruSaraMitsu, son nenes, aunque desde ya se ve conexión en ellos.

Y sobre el review de Nobodyknows05, me encantó, porque atinaste completamente al propósito del fic, y lo que ya tenía planeado. Ten por seguro que todo lo que plasmaste se verá en los siguientes capítulos.

Kurotsuchi... Me encanta el personaje. Se preguntaran por qué aparece tanta gente, y lamento si les fastidia porque no planeo cambiarlo :c veremos los puntos de vista de MUCHOS personajes.

¿Por qué? Porque me gusta que el fic tenga la esencia de Naruto, así que no solo se centrará en los protagonistas y ya. Igual la Tsuchikage es muy importante... Bueno, todos los Kages, pero además de Naruto y Gaara, sobretodo ella.

Estoy teniendo ciertos problemas con el ojo de Boruto, porque a ciencia cierta no se sabe qué es ni sus poderes. Para mí no es ni tenseigan ni byakugan. No sé si incluirlo y darle yo lo que creo que es, tomándome libertades artísticas, o no incluirlo en absoluto. ¿Ustedes qué piensan?

Ya saben, dejen reviews. En el capítulo anterior solo hubo tres y casi lloro :c díganme qué piensan, sus críticas, y como siempre, que quieren que pase.