La continuación! Les soy sincera, hacer esta adaptación me emociona mucho! porque vuelvo a leer el libro otra vez y me vuelvo a emocionar de nuevo :3 Tal vez por eso actualizo seguido xD jajaja Bien pues sin más que decir los dejo disfrutar de la lectura :3 nos leemos abajo


Disclaimer: One Piece y ninguno de sus personajes me pertenecen, así como tampoco me pertenece la historia de La emperatriz de los etéreos, todos son propiedad de sus respectivos dueños y autores, Eiichiro Oda y Laura Gallego García. Yo solo tomo prestados sus personajes para dar rienda suelta a mi imaginación. Esta historia en sin ningún fin lucrativo.

Advertencia: Este fic es una adaptación y contiene OoC por parte de los personajes, lean bajo su consentimiento.

Nombre: La emperatrriz de los etéreos

Autor: Laura Gallego García

Adaptación: Nami Scarlet

Clasificación: K

La emperatriz de los etéreos

Capítulo 3: La estrella de la emperatriz

Fue durante la época de las cacerías. Cada cierto tiempo, los adultos que estaban en plena forma física establecían partidas de caza y abandonaban las Cuevas para adentrarse en las galerías subterráneas. Cuando regresaban, días después, siempre traían presas. En las cavernas más profundas abundaban enormes orugas y distintos tipos de insectos tan grandes como el brazo de un hombre adulto. Algunos de ellos eran comestibles. No eran un gran manjar, pero la gente de las Cuevas estaba acostumbrada a comer lo que podía. Si eran afortunados, los cazadores podían topar con una bestia perdida. Las bestias eran animales peludos, que llegaban a ser tan altos como la cintura de una persona. Cuando se veían acorralados, se volvían feroces y salvajes, y sus garras y colmillos podían llegar a matar con gran facilidad a quien pretendía apresarlos. Con todo, su carne era deliciosa. Cuando los cazadores regresaban con el cuerpo de una bestia, había fiesta en las Cuevas. Se reunían todos para comer carne asada en torno a la hoguera y la noche parecía un poco menos fría. En aquella ocasión, Genzo se unió a la partida de caza, y Nami se quedó sola.

Todavía era demasiado joven para ir con ellos y, aunque sabía que lo haría algún día y que era necesario que todas las personas sanas y fuertes colaborasen, no le hacía especial ilusión. Por eso aquella noche, cuando se arrebujó en su cama, bajo la manta, compadeció a su padre, a quien imaginaba incómodamente acurrucado en los túneles, y no envidió la emoción de la cacería. No obstante, tampoco ella pudo dormir bien. En lo más profundo de su sueño la despertaron unos rápidos golpes en la puerta. Nami se incorporó aún aturdida. Lo primero que pensó fue que los cazadores habían vuelto antes de tiempo. Pero entonces se percató que los golpes habían sonado en la puerta exterior, no en la interior, la que daba a los túneles. Inquieta se levantó y se acercó a mirar por la mirilla. Estaba demasiado oscuro para distinguir a la persona que aguardaba fuera, pero enseguida se oyó la voz inconfundible de Luffy:

— ¡Soy yo, Nami! ¡Sal, este es el momento!

— ¿El momento de qué? —gruñó ella; pero le abrió la puerta, porque dejar a una persona a la intemperie era una tremenda descortesía.

Luffy entró, sacudiéndose la escarcha del pelo y frotándose las manos para calentárselas; su amplia sonrisa, sin embargo, era capaz de fundir hasta un témpano de hielo.

—Ponte el abrigo y los zapatos, Nami —ordenó—. Se ha abierto la niebla, pero no durará mucho; no tenemos demasiado tiempo.

Nami puso los brazos en jarras. —Yo no pienso ir a ninguna parte —declaró.

—No está lejos —insistió él—. Volveremos enseguida, te lo prometo.

— ¿Y no podemos ir mañana?

—No, no; sólo puede verse de noche, sólo esta noche. Ven, tienes que verlo. —Nami se lo quedó mirando un momento. Después, capituló.

—De acuerdo, está bien. Pero sólo un momento.

Se puso los zapatos y se abrigó lo mejor que pudo. Después, salió tras Luffy al exterior. Era una noche tranquila. No nevaba ni hacía viento y, como Luffy había señalado, la impenetrable capa de niebla que habitualmente cubría las Cuevas se había levantado, permitiendo intuir el cielo nocturno tras un leve velo neblinoso. Nami siguió a Luffy a través del poblado, silencioso y vacío. Cuando lo vio trepar por una colina nevada dudó un momento, pero acabó por ir tras él. Llegó, sin aliento, a lo alto del cerro, y se detuvo a descansar. Luffy se volvió hacia ella con ojos brillantes.

—Mira —dijo, señalando un punto en el horizonte.

Nami miró. Había algo en el cielo, una esfera azulada, clara y fría, que emitía un pálido resplandor. Estaba lejos, muy lejos; sin embargo, transmitía una sensación sobrecogedora, como si fuese un ojo de hielo que los contemplase desde la lejanía.

—Parece un trozo de cuarzo gigante —comentó Nami en un susurro. Luffy volvió a la realidad.

—No —dijo—. Es mucho, mucho más puro.

Pronunció la palabra "puro" con un tono anhelante casi reverencial, y Nami sintió un escalofrío sin saber por qué.

—Nyon me contó una vez que, si no hubiese tanta niebla, veríamos en el cielo muchas más cosas como esa — prosiguió Luffy—. Se llaman estrellas y, aunque parecen pequeños pedacitos de hielo, en realidad son bolas de fuego gigantes que arden sin llegar a apagarse jamás.

—Venga ya —soltó Nami, escéptica —. ¿Seguro que eso te lo contó Nyon? ¿No sería tu madre?

—Nyon dice que antiguamente la gente miraba al cielo por las noches y veía millones de estrellas —añadió Luffy.

Nami no replicó. Era propio de Nyon contar historias de tiempos pasados y, ahora que lo pensaba, tal vez sí recordara haberla oído mencionar las estrellas.

—Pero eso no parece una bola de fuego —dijo, señalando a la esfera lejana que pendía sobre las montañas.

—No —admitió Luffy—. Parece más bien un cristal de hielo. O quizá fuese una estrella que llegó a apagarse. El caso es que está tan cerca, tan cerca de la superficie del mundo que casi podrías tocarla.

Alargó la mano hacia la supuesta estrella. Sus dedos se bañaron en una luz fantasmal que a Nami le pareció espantosamente fría e inhumana. De pronto sintió que no podía permanecer ni un instante más bajo la mirada de esa cosa

—Vámonos de aquí —dijo, pero Luffy no la escuchó.

Inquieta Nami se volvió para mirarlo y vio que el muchacho se había quedado contemplando la estrella azulada que colgaba en el horizonte, fascinado. Por un instante, en sus ojos pareció relucir una réplica en miniatura de aquel pedazo de hielo celeste.

—Vámonos —insistió Nami. — Hace más frío de lo normal.

—No parece estar tan lejos — murmuró Luffy, aún hipnotizado por la estrella—. Varios días de viaje a lo sumo, tal vez…

—Ni lo sueñes —replicó ella con energía. Tiró de él, impaciente; pero resbaló en la nieve y cayó hacia atrás, arrastrando a Luffy consigo. Ambos rodaron colina abajo. Cuando la estrella dejó de ser visible en el cielo, Nami se sintió mucho mejor.

—Vámonos a casa —dijo—. Ya he tenido bastante por hoy.

Llevó a Luffy a rastras buscando siempre el resguardo de las colinas. El muchacho la seguía, como un autómata. Aún conservaba aquel extraño brillo en los ojos y aquella sonrisa ausente. Ninguno de los dos habló hasta que llegaron ante la puerta del hogar de Nami.

—Vuelve con tu madre —dijo ella —. Si se despierta y ve que no estás, se preocupará.

Luffy no respondió. Parecía totalmente ido, y Nami le dio una bofetada para espabilarlo. El joven sacudió la cabeza y la miró, un poco perdido.

—Ya te dije que era una mala idea —le recordó ella—. El frío te ha congelado la sesera. Vete a la cama y duerme un poco; lo necesitas.

—Es lo que brillaba en el cielo — murmuró él—. Igual que en la pintura de la pared: una esfera sobre las cabezas de las personas.

—Esa bola era roja, no azul. Olvídate del tema, ¿quieres?

No añadió que la mancha roja de pintura le había transmitido una sensación de calidez y añoranza muy, muy diferente de la aterradora frialdad azul de aquel ojo de hielo.

—No —negó él—. Es lo que brilla sobre nuestras cabezas. Como en las historias de mi madre. La señal que guía a los viajeros.

—Deja de decir tonterías. No hay ninguna…

—La señal que guía a los viajeros —interrumpió él—, hasta el palacio de la Emperatriz. Es la luz que baña sus dominios. El Reino Etéreo. — Un escalofrío de miedo recorrió la espina dorsal de Nami.

—Eso no existe —murmuró—. La Emperatriz es un cuento de niños.

—Pero su luz brilla en el cielo, tú la has visto igual que yo —replicó Luffy; de pronto había recuperado su espléndida sonrisa—. Buenas noches, Nami. Que la luz de la Emperatriz te guíe en la tormenta.

Nami iba a decir algo, pero él no la dejó. Aun sonriendo, la besó en la frente y se perdió en la oscuridad de la noche. La muchacha se quedó un momento en la puerta, sin ser capaz de reaccionar. Cuando por fin pudo cerrar, se llevó una mano temblorosa a la frente. Le había sorprendido el gesto de él, pero más todavía el sentir que sus labios tenían el tacto frío de un cadáver.

Al día siguiente, Nami fue a ver a Nyon antes de ir a buscar el rebaño. Nyon era la chamana de la Comunidad. Nadie sabía qué significaba exactamente la palabra "chamana". Tal vez tuviera algo que ver con los amplios conocimientos que Nyon tenía sobre la vida o sobre el mundo en general. O quizá estuviese relacionada con su capacidad para curar a la gente, o con la forma que tenía de ser el centro de la comunidad sin ser realmente una líder, sin impartir órdenes ni promulgar leyes. Nami creía que "chamana" significaba "sabia".

Nadie sabía tampoco qué edad tenía Nyon. Llevaba allí tanto tiempo que hasta los más ancianos del lugar recordaban haber ido a visitarla de niños, para pedirle consejo. Y, sin embargo, a simple vista Nyon no daba la impresión de ser tan vieja. Tenía el aspecto de una mujer madura, de rostro bondadoso, cuyos ojos parecían contener la respuesta a todas las preguntas. Los niños crecían, los adultos envejecían con el paso del tiempo, pero Nyon permanecía siempre igual. Y eso, lejos de inquietar a los habitantes de las Cuevas, los tranquilizaba. Era reconfortante saber que, pasara lo que pasase, Nyon siempre estaría ahí, con sus manos milagrosas, su cálida sonrisa y sus sabias palabras.

Aquella mañana, Nami sentía más frío de lo normal. A pesar de haberse abrigado bien, se estremecía sin saber por qué, como si un soplo del invierno eterno se hubiese instalado en su corazón. Nyon percibió su gesto serio y preocupado mientras las dos machacaban raíces en sendos morteros.

— ¿Qué te pasa hoy, Nami? ¿Te encuentras mal?

Ella no tuvo tiempo de responder. La chamana dejó a un lado el mortero y colocó una mano sobre su frente. La gema que pendía de su cuello, a la que ella llamaba "Ópalo" y que era el símbolo de su rango, relució un instante como un corazón en llamas. Inmediatamente, una sensación reconfortante se extendió por todo el cuerpo de Nami.

—Gracias —murmuró ella—. Tenía frío.

—Pero no estás enferma —observó Nyon; pensativa, retiró la mano y jugueteó con su amuleto— ¿Has pasado mucho tiempo a la intemperie?

—Sólo un rato —respondió ella, y le contó su breve salida nocturna con Luffy. Nyon suspiró, preocupada.

—Ese chico… No importa cuántas veces se lo advierta, sus sueños son más poderosos que su sentido común.

—Estaba muy raro anoche, cuando nos despedimos —recordó Nami—. Después de contemplar la estrella no parecía el mismo. — Nyon la miró un instante. Después dijo con suavidad:

—Hace mucho tiempo, tanto que ya nadie lo recuerda, el mundo era cálido y lleno de colorido. En el cielo brillaba siempre una luz a la que llamábamos el Sol, una bola de fuego que calentaba a todas las criaturas y hacía que las plantas crecieran altas y vigorosas —al decir esto, sostuvo su Ópalo entre las manos; y Nami se dio cuenta de que la joya se parecía al círculo rojo de las pinturas de la pared, y también al sol que Nyon describía—. Pero entonces llegó el invierno… y ya no nos dejó.

— ¿Qué fue del Sol? —preguntó Nami, estremeciéndose. Nyon se encogió de hombros.

—Sigue ahí, en alguna parte. Lo sabemos porque aún existen la noche y el día, y eso significa que el Sol todavía sigue emergiendo por el horizonte cada mañana. Pero la niebla, las nubes y la nieve nos impiden verlo. Y en las noches más claras puede observarse la Estrella, fría e inquietante, una luz que no calienta y que, según algunas leyendas, señalaba la ubicación del Reino Etéreo y del palacio de la Emperatriz. — Nami sacudió la cabeza.

— ¿Existe realmente esa Emperatriz?

—No lo sabemos —respondió Nyon —, porque de allí nunca ha vuelto nadie para confirmarlo. Nami meditó sobre sus palabras.

— ¿Y la Estrella ya existía en tiempos antiguos? —quiso saber. Nyon reflexionó.

—Las leyendas hablan de la existencia de un astro llamado Luna — dijo al fin—. Pero dicen que era blanco y que cambiaba de forma cada noche. Podría ser que estuviesen equivocadas y que la Estrella fuese en realidad la Luna de las leyendas. No lo sé. — Nami calló un momento.

— ¿Por qué me has contado esto? — preguntó entonces.

—Para que entiendas un poco mejor la naturaleza de la Estrella. Dicen que en la región sobre la cual brilla no nieva nunca, ni hay tormentas, ni hace tanto frío como aquí. Pero ahora que la has mirado cara a cara, tal vez comprendas que, a pesar de todo, es más seguro habitar en las Cuevas, lejos de su luz azulada. Lamentablemente, Luffy no opina igual que yo.

—Comprendo —murmuró Nami. Hubo un breve silencio. Entonces Nyon dijo:

—Se te va a hacer tarde. Vete a sacar al rebaño, ¿de acuerdo?

—Pero… no he terminado con esto…

—Yo me ocuparé. Habrá muchas otras ocasiones de preparar este remedio, no te apures.

Nami asintió, aunque aún se sentía algo culpable. Todos los jóvenes tenían la obligación de ir a visitar a Nyon regularmente para aprender de ella. Era importante que sus conocimientos se transmitieran y se conservaran, pero a menudo Nami tenía la sensación de que ni yendo a visitarla todos los días durante el resto de su vida llegaría a saber la mitad de lo que ella sabía.

Por ejemplo, nadie en las Cuevas era capaz de curar a los enfermos de la forma en que ella lo hacía. La gente estaba al corriente de que tenía algo que ver con el Ópalo que pendía de su cuello, pero nadie entendía cómo funcionaba la piedra ni cuál era su relación con los misterios de la salud y la enfermedad. Nyon solía decir que el Ópalo era un regalo de la Diosa. Y, como cumplía su función, nadie veía la necesidad de indagar más. Nadie, salvo Luffy, naturalmente. Nami se despidió de Nyon y se encaminó hacia el corral para llevar a cabo su trabajo de pastoreo. Pronto se olvidó de la Estrella, de aquel extraordinario Sol que, según Nyon, había alumbrado el mundo en días pasados, del comportamiento de Luffy y del frío que la chamana había desterrado de su alma. El resto del día transcurrió tranquilo y monótono, en un ambiente más silencioso de lo habitual debido a la ausencia de los cazadores.

Al anochecer, Nami aún no se había tropezado con Luffy, pero eso no le extrañó. Se retiró a su casa, se puso cómoda, encendió el fuego, cerró bien la puerta y preparó la cena. Cuando estaba ya en la cama, alguien llamó con insistencia. Con un suspiro exasperado, Nami se levantó y fue a abrir, imaginando que sería Luffy otra vez. Sin embargo, quien le aguardaba fuera, con el rostro teñido de preocupación, era Leyn.

—Buenas noches… —empezó Nami, sorprendida, pero la mujer la cortó:

— ¿Has visto a Luffy?

Nami abrió la boca, perpleja, pero no se le ocurrió nada que decir. Leyn pareció darse cuenta de su desconcierto, porque se corrigió:

—Perdona… Buenas noches, Nami. Estoy buscando a Luffy. No lo he visto en todo el día, y me preguntaba si tú…

No llegó a completar la frase. Se quedó mirando a la chica, suplicante. En otras circunstancias, Nami le habría respondido que no era necesario preocuparse, pues Luffy desaparecía a menudo, y sin duda regresaría pronto. Pero no pudo evitar recordar la Estrella, aquel ojo gélido e inhumano, y la expresión de Luffy al contemplarla.

—Pasa, no te quedes en la puerta — la invitó—. Acércate a las brasas.

Leyn entró, pero permaneció junto a la entrada, inquieta. Nami hizo ademán de aproximarse a la cocina para preparar algo caliente, pero el nerviosismo de Leyn era palpable, y comprendió que no podía esperar más.

—No, no lo he visto desde ayer por la noche —dijo. Leyn frunció el ceño.

— ¿Ayer por la noche? —repitió.

—Vino a buscarme para enseñarme algo que había en el cielo. — Leyn palideció.

—La Estrella de la Emperatriz. La que guía a los caminantes hacia el Reino Etéreo.

—Se veía muy clara anoche — asintió Nami, con un leve tono de reproche en la voz—. ¿Le contaste tú todo eso sobre el Reino Etéreo? Porque él cree que es cierto.

—Es que es cierto —replicó Leyn —. Luffy… como su padre… siente la llamada de la Emperatriz. Y ahora ha ido en su busca —concluyó, desolada.

Nami la miró, muy seria, preguntándose cómo era posible que los adultos pudieran cometer en ocasiones estupideces propias de un niño pequeño.

— ¿Y qué harás si decide ir a buscar ese palacio? ¿No habría sido mejor no decirle nada al respecto? — Leyn sonrió tristemente.

—Habría sido lo más fácil — admitió—, pero no lo correcto. Luffy tenía derecho a saber de dónde procede y por qué es diferente.

—Tú lo has hecho diferente — replicó Nami sin poderse aguantar—. ¿De qué le van a servir todas esas historias si se marcha a buscar a la Emperatriz y muere congelado?

Leyn la miró, dolida, pero no fue capaz de responder. Nami sabía que estaba siendo dura, pero le parecía una situación tan absurda que no podía evitar decir lo que pensaba. Con un suspiro impaciente, fue a buscar su abrigo.

—Vamos a decírselo a Nyon — decidió—. Tal vez ella sepa qué hacer.

No había en las Cuevas muchas personas capaces de unirse a la búsqueda. Los adultos seguían de cacería, y en el poblado sólo quedaban los ancianos, los niños y los más débiles. Con todo, Nyon organizó un grupo de rastreo con los chicos y chicas jóvenes. Por fortuna seguía habiendo buen tiempo, y aunque la niebla cubría completamente el cielo, ocultando la lejana Estrella que había seducido a Luffy, no nevaba ni soplaba el viento.

Al amanecer, los jóvenes regresaron a sus casas, agotados y sin haber hallado ni rastro de Luffy, para desesperación de Leyn. Un rato más tarde regresaron por fin los cazadores. Traían buenas piezas, aunque no habían dado con ninguna bestia, y venían cansados, pero de buen humor. No obstante, en cuanto se enteraron de la desaparición de Luffy organizaron rápidamente una batida y sustituyeron a los jóvenes en la búsqueda. Por la tarde, sin embargo, se desató una violenta tormenta de nieve. Cuando, casi al amanecer, Genzo regresó a casa con semblante grave, Nami lo miró interrogante. Genzo negó con la cabeza. No hicieron falta palabras. La muchacha suspiró, apenada. A aquellas alturas, si no habían encontrado a Luffy, ya no lo harían. Nadie podía sobrevivir a una tormenta como aquella a la intemperie. Aunque no lo quisieran, tenían que interrumpir las labores de rastreo.

—Pobre Leyn—comentó Nami, aunque hacía tiempo que sabía que aquello iba a pasar, sentía un extraño peso en el corazón—. Será imbécil — masculló, refiriéndose a Luffy.

—Lo vas a echar de menos — adivinó Genzo. Nami se encogió de hombros.

—Siempre supe que se marcharía…desde el principio. Y mira que os lo dije: No os encariñéis con él, es una pérdida de tiempo. Pero, claro… Leyn no tuvo opción. Es su madre.

—Se va a quedar sola —dijo Genzo, preocupado—. Me gustaría acompañarla, pero es demasiado pronto y no sé si resulta apropiado, dadas las circunstancias. — Nami sonrió ante los apuros de su padre.

—La madre de Vivi se ha instalado en su casa —explicó—. Le hará compañía los primeros días.

Genzo se relajó. Lisa, la madre de la joven Vivi, había perdido a su hijo menor cuando sólo era un niño. Tenía una edad similar a Leyn, se llevaban bastante bien y, lo más importante, comprendía el dolor que le estaría causando a Leyn la desaparición de su hijo.

—Pobre Leyn —repitió Genzo las palabras de Nami.

Ella masculló de nuevo un "será imbécil" y se fue a la cocina a preparar algo caliente para su padre, que venía helado y se había pegado al fuego. Prosiguieron la búsqueda cuando amainó la tormenta, pero, tal y como esperaban, no hallaron ni rastro de Luffy. Pasado un tiempo prudencial, lo dieron por muerto y celebraron un pequeño funeral en su honor. Nyon pidió a la Diosa que acogiera su espíritu en su seno, y todos recordaron al extraño muchacho que en parte era como ellos y en parte pertenecía a otro mundo, de cuya existencia todavía dudaban. Leyn lloraba silenciosamente, pálida y con aspecto de estar muy trastornada. Algunas chicas, entre ellas Vivi, también sollozaban de forma bastante ostentosa. Nami no derramó una sola lágrima. No fue la única. Había rostros apenados, sin duda, pero la muchacha tuvo la impresión de que la mayoría de los presentes sentía más la desgracia de Leyn que la pérdida de Luffy. Y sí, Nami lo sentía por la madre del muchacho, pero en los últimos tiempos había pasado bastantes ratos con Luffy, y en el fondo sabía que Leyn no era la causa del peso que tenía en el corazón.

Poco a poco, la comunidad recuperó su ritmo y con el tiempo todos volvieron a sus tareas cotidianas. Al cabo de unos días ya no se hablaba de Luffy. Lisa acabó por regresar a su casa, con su compañero y con su hija, y Leyn se quedó sola de nuevo. Genzo y Nami iban a visitarla a menudo, aunque la joven no se sentía cómoda allí. Porque invariablemente terminaban hablando de Luffy, y ella no quería hablar de Luffy, no quería recordarlo. Era mejor continuar con su vida, seguir adelante, porque Luffy se había ido y no iba a volver. Todos lo sabían; y, sin embargo, Nami aún detectaba aquel brillo en los ojos de Leyn cuando hablaba de su hijo: la mujer todavía abrigaba la esperanza de verlo regresar de entre los muertos, igual que había aguardado inútilmente durante años el retorno del hombre que la había abandonado. Nami quería olvidar, pero no se lo permitían. No sólo se trataba de Leyn; para su sorpresa, descubrió que su pequeño mundo estaba repleto de detalles que le evocaban a Luffy: las pinturas de la pared de la cueva donde aún llevaba a veces a pastar al rebaño; la colina adonde habían subido aquella noche para contemplar la Estrella; la cesta que le había prestado y que él le había devuelto, junto con aquel regalo sin utilidad… Nami todavía lo conservaba. Lo encontró en la cajita donde lo había guardado, cuando, apenas unos días después del funeral, la abrió para sacar de su interior un ovillo de lana que necesitaba. Sus dedos toparon con el trozo de cuarzo y lo sacó para verlo a la luz del fuego. Suspiró. Pensó en tirarlo, porque no le haría ningún bien guardarlo y porque no servía para nada, salvo para inundar su mente de recuerdos y volver a hacerle sentir aquella angustiosa opresión en el pecho. Pero finalmente, tras un instante de duda, volvió a introducirlo en la caja, con el resto de pequeñas cosas útiles y cotidianas que conservaba en su interior. Y, una noche, mientras el viento silbaba con furia y la nieve golpeaba el tejado sin piedad, justo cuando Nami había logrado pasar un día entero sin pensar en Luffy, él tuvo la desconsideración de regresar sin ser ya esperado, emergiendo de la oscuridad como un fantasma inoportuno.

Nami estaba sola aquella noche. Genzo se encontraba en casa de Leyn; solía ir a hacerle compañía después de cenar, porque era el momento en que ella se sentía más triste. Por eso Genzo llegaba con algún regalo, algo de comer o alguna cosa que ella necesitara, y le daba conversación hasta que a la mujer, rendida, se le cerraban los ojos, bordeados de arrugas, envejecidos prematuramente. Entonces Genzo la acompañaba a la cama, apagaba el fuego y se marchaba en silencio, dejándola descansar. A veces le daba un beso en la frente, para desearle buenas noches, y ella sonreía. Ambos sabían que, aunque Leyn apreciaba de veras todo lo que Genzo hacía por ella, su corazón estaba lejos de allí. Ambos lo sabían y lo aceptaban y, porque Genzo la conocía, la comprendía y la amaba, no aguardaba nada que ella no pudiera darle. Nami no se entrometía. Le habría gustado ver a Leyn y a su padre juntos, como pareja, y creía sinceramente que Genzo podría hacerla feliz, pero entendía que eso sólo sucedería si Leyn le abría su corazón. Mientras no fuera así, nada debía ser forzado, o la consoladora amistad que ambos compartían se perdería para siempre.

Aquella noche, como tantas otras, Nami no esperó a Genzo levantada. Ella solía acostarse temprano y madrugar mucho, y a menudo las veladas en casa de Leyn se prolongaban hasta muy tarde, porque la mujer temía el momento de irse a dormir, pues sus sueños le traían recuerdos de los ausentes que con frecuencia se transformaban en oscuras pesadillas. Nami, que tenía un sueño pesado y profundo, se preguntaba cómo debía de ser que los temores de alguien cobraran vida todas las noches. Estaba pensando en ello, a punto ya de meterse en la cama, cuando sonaron unos golpes en la puerta. Perpleja, Nami se echó una manta sobre los hombros y acudió a abrir. Supuso que sería su padre; aunque él no solía llamar cuando llegaba a casa, tal vez en aquella ocasión lo acompañara Leyn. Pero era Luffy quien aguardaba fuera, un Luffy sumamente pálido y delgado, con su pelo cubierto de nieve y la nariz amoratada, casi congelada. Sus ropas estaban hechas jirones y se apoyaba contra el quicio de la puerta, incapaz de sostenerse en pie por sí solo. Parecía salido de las entrañas de una de las pesadillas de Leyn, y Nami no pudo evitarlo. Gritó. Luffy sonrió un poco. Fue una sonrisa torcida, tirante, como si tuviese el rostro helado, o como si hubiese olvidado cómo sonreír.

—Hola…, Nami —susurró.

Antes de que ella pudiera contestar, el muchacho dejó caer el bulto que arrastraba tras de sí, puso los ojos en blanco y se desplomó entre sus brazos, inerte. Nami luchó por mantener el equilibrio y tiró de él para meterlo en la casa. Estaba frío, muy frío, pero era indudablemente corpóreo, y eso significaba que estaba allí… y estaba vivo. Nami se mordió los labios para aguantar las lágrimas y se esforzó por pensar con claridad. Lo despojó de su abrigo, lleno de nieve, y, como pudo, lo arrastró hasta la cama más cercana, la suya. Lo cubrió con todas las mantas que encontró y avivó el fuego. Después, lo miró.

—Si sales de esta, tendrás que dar muchas explicaciones —murmuró.

Luffy no respondió. Había perdido el conocimiento. Nami cerró los ojos un momento y respiró hondo, tratando de tranquilizarse. Cuando volvió a mirar, Luffy seguía allí, pálido, helado, delirante. No era un sueño. Había regresado. Pero ¿de dónde? ¿Y cómo había logrado sobrevivir tanto tiempo a la intemperie? Nami sacudió la cabeza, alejando aquellas dudas de su mente. Lo más urgente era decidir qué iba a hacer a continuación. Por supuesto que debía avisar a Leyn, y también a Nyon, pero no se atrevía a dejar solo a Luffy. No solamente por el estado precario en el que se encontraba, sino porque una parte de ella temía que, si desviaba la atención aunque fuera un solo instante, el joven se esfumaría de nuevo.

"Eso es una tontería —se dijo—. Tal y como está no va a ir a ninguna parte".

Pero ¿y si despertaba? Por débil que se encontrase, había demostrado en varias ocasiones que no se podía esperar de él que actuase de forma sensata. Alargó la mano para colocarla sobre su frente. Notó que le había subido la temperatura; eso era bueno, significaba que estaba entrando en calor. Recordó entonces el bulto que había traído consigo, y abrió la puerta para recuperarlo. Era su viejo y ajado morral. Nami lo introdujo en la casa, lo dejó en un rincón y cerró la puerta. Después, se sentó junto a Luffy y aguardó. Tras un rato que se le hizo eterno, la puerta exterior se abrió con suavidad, y Genzo entró en la casa de puntillas. Se detuvo en seco; era obvio que no esperaba ver a Nami levantada a aquellas horas. Casi enseguida reparó en la persona que yacía sobre la cama de ella, y parpadeó, desconcertado, al reconocer a Luffy. Su cabello, más claro que el de los otros habitantes de las cuevas, era inconfundible.

— ¿Cómo…? —empezó, pero no pudo continuar.

Nami se encogió de hombros, incapaz de dar una respuesta. En dos zancadas, Genzo se plantó junto al muchacho inconsciente y lo tocó para asegurarse de que era real. Cuando se hizo a la idea, su rostro resplandeció de alegría:

— ¡Hay que avisar a Leyn! — exclamó; ya se iba corriendo hacia la puerta cuando Nami lo detuvo.

—No; hay que avisar a Nyon. Está muy enfermo y no sé si aguantará hasta el amanecer. — Genzo la miró un momento y afirmó:

—Tienes razón —volvió a ajustarse la bufanda en torno al cuello y añadió —: Voy a ver a Nyon. Tú quédate con él y asegúrate de que entre en calor.

Ella asintió. Apenas unos instantes después, Genzo había desaparecido por la puerta interior. Nami no tuvo que esperar mucho. Su padre no tardó en regresar con Nyon, que les ordenó que se hicieran a un lado y examinó el rostro de Luffy con atención. Después, colocó ambas manos sobre su frente y musitó una oración a la Diosa suplicando su ayuda. Nami vio relucir el Ópalo que pendía de su cuello e, inmediatamente, Luffy dejó de temblar y se sumió en un sueño reparador.

—Ya ha entrado en calor —dijo Nyon en voz baja—. Se recuperará, pero no debe levantarse de la cama, todavía.

— ¿Cómo… cómo ha podido sobrevivir tanto tiempo ahí fuera? — murmuró Nami. Nyon sacudió la cabeza.

—Eso sólo la Diosa lo sabe. Volveré mañana —añadió—, para ver cómo está. Ahora voy a casa de Leyn a contarle lo que ha pasado. Me imagino que no tardará en venir, y que querrá llevarse a su hijo con ella, pero es muy importante que no lo mováis, al menos por el momento. Todavía está demasiado débil como para salir al exterior.

—Voy contigo a ver a Leyn —dijo Genzo, con una amplia sonrisa—. Quiero darle la noticia personalmente.

De modo que Nami se quedó otra vez a solas con Luffy. El muchacho no había reaccionado, pero tenía mejor aspecto. Sus mejillas volvían a presentar algo de color, y su nariz ya no estaba tan amoratada. Nami se preguntó cómo serían los días que se avecinaban, con Luffy reponiéndose en el pequeño hogar que compartía con su padre. Sí; no cabía duda de que con Luffy no había lugar para la monotonía. El joven siempre se las arreglaba para que le sucediesen cosas extrañas. Y Nami quería vivir una vida tranquila, pero estaba claro que los problemas en los que se metía Luffy no le afectaban únicamente a él, sino también a todos los de su entorno.

—Ni hablar —se rebeló—. Cuando se recupere, se irá a su casa y se acabó. No más visitas a horas intempestivas, ni más escapadas furtivas en la oscuridad. Yo sólo quiero que me dejen dormir.

Aquella noche, no obstante, le resultó imposible. No tardó en llegar Leyn hecha un mar de llanto; se abrazó a su hijo como si temiese que fuera a esfumarse en cualquier momento. Y luego también pasaron por allí los vecinos, alertados por el alboroto. Finalmente, Nami tuvo que echarlos a todos, alegando que Luffy debía descansar y que Nyon había dicho que se le molestara lo menos posible. Y así, hasta Leyn se marchó a casa, agotada por tantas emociones, pero aun resistiéndose a dejar a Luffy.

—Vete a dormir —le dijo a Nami su padre cuando todos se marcharon—. Acuéstate en mi cama. Yo dormiré en la silla.

Nami no replicó. No era la primera vez que Genzo se quedaba dormido sobre su confortable sillón cubierto de pieles, acomodado junto al fuego. De modo que se introdujo entre las mantas y casi enseguida se durmió, pues estaba rendida. Lo último que oyó antes de dormirse fue la lenta respiración de Luffy desde la cama contigua.

"Continuara"

Nami Scarlet


¿Que tal? Si les ha gustado espero sus Reviews o MP, ya saben que son bienvenidos :3

Bien pues que les parece la actitud de Luffy? Ya se fue una vez, lo volverá a hacer? Muchas dudas surgen de nuevo en este capitulo y pues el siguiente no será la excepción. Muchas gracias a:

Solitario196: La verdad se diga, las vidas de estas personas es muy miserable, y no se diga de la manera que tienen de pensar, pero bueno, en un mundo donde la comida escasea y se tiene que vivir abrigado y escondido porque fuera del mundo que conoces solo hay un desierto de hielo, creo que es normal que sean así.

Mara1451: Que bueno que la historia te esta gustando, es cierto no son las actitudes de los personajes, pero como tu dices, busque poner a los personajes de one piece con personajes en los que la personalidad fuera parecida.

Bien pues sin más que decir nos leeremos en el próximo capitulo, hasta entonces, nos vemos, bye bye :3