Listo, uf! se me fue el Internet y apenas volvió actualice. Muy bien, llegamos al fin con Hancock, ¿como creen que sea? ¿realmente ayudara a Nami? Pues creo que aunque no fue una semana los deje esperando mucho xD jajaja, mejor los dejo ya leer, disfruten de la lectura, nos leemos abajo.
Disclaimer: One Piece y ninguno de sus personajes me pertenecen, así como tampoco me pertenece la historia de La emperatriz de los etéreos, todos son propiedad de sus respectivos dueños y autores, Eiichiro Oda y Laura Gallego García. Yo solo tomo prestados sus personajes para dar rienda suelta a mi imaginación. Esta historia en sin ningún fin lucrativo.
Advertencia: Este fic es una adaptación y contiene OoC por parte de los personajes, lean bajo su consentimiento.
Nombre: La emperatrriz de los etéreos
Autor: Laura Gallego García
Adaptación: Nami Scarlet
Clasificación: K+
La emperatriz de los etéreos
Capítulo 6: Hancock
La puerta se cerró tras ellos, dejando fuera al otro gigante y a la criatura de nieve que aguardaba a Nami junto a la entrada. "Estará bien", se obligó a pensar ella. Avanzaron por un corredor tenuemente iluminado. Nami miró a su alrededor, sobrecogida. Había supuesto que el interior del edificio sería cálido y agradable, como todos los hogares que ella conocía, pero lo cierto era que allí dentro hacía tanto frío como fuera. Y ahora veía por qué. Las paredes, los suelos, los techos… todo estaba tallado en hielo puro. Por esta razón resultaba muy difícil caminar, y le costaba seguir el ritmo de su acompañante. Bajo la suave luminiscencia que se derramaba desde las paredes Nami comprobó, con asombro, que el guardia no era exactamente como la criatura de nieve que la había seguido desde las montañas. Su forma y proporciones eran similares, sí. Pero su cuerpo, al igual que todo en aquel lugar, estaba hecho de hielo, como si hubiera sido moldeado a partir de un témpano gigantesco. En cualquier caso, aunque era igual de inexpresivo, parecía tallado con más cuidado que la criatura de nieve de Nami: estaba mejor proporcionado y sus facciones habían sido esculpidas con más detalle. Resultaba tan sorprendente que a Nami le costaba dejar de mirarlo. Y, distraída como estaba, resbaló sobre las baldosas de hielo y cayó de espaldas, golpeándose dolorosamente. Dejó escapar un gemido y se quedó sentada en el suelo, tratando de recuperar el aliento. Cuando alzó la cabeza vio que el guardia de hielo seguía allí, esperándola; pero había otra figura junto a él, un hombrecillo pálido que la observaba con desaprobación. Era humano, aunque a Nami no le inspiró mucha más confianza que el gigante de hielo. En primer lugar, estaba extremadamente delgado, tan delgado que Nami tuvo la impresión de que cualquier soplo de aire se lo llevaría en volandas. En segundo lugar, no era que estuviera pálido simplemente, sino que su rostro era completamente blanco, como si se lo hubiese pintado con polvos de tiza para borrar todo rastro de color de su semblante. También su pelo era blanco como la escarcha, y lo tenía peinado hacia arriba, en punta, lo cual acentuaba el aspecto alargado de su rostro. Y sus ropas eran las más finas que Nami había visto jamás, tan tenues que casi dejaban ver la piel del hombre a través de ellas. Desde luego, no abrigarían mucho, pensó la muchacha, y se preguntó cómo alguien que vivía en una casa de hielo podía soportar el intenso frío vestido de aquella manera.
— ¿Qué haces tú aquí? —soltó entonces el hombrecillo, con disgusto. Nami se levantó con dificultad. Le costó un poco mantener el equilibrio.
—He venido a ver a Hancock —dijo con precaución; todavía no estaba segura de que fuera una buena idea mencionar a Luffy.
— ¿Una opaca como tú quiere ver a Hancock?
— ¿Opaca? —repitió Nami, desconcertada. No era la primera vez que la llamaban de aquella manera. Sonaba a insulto, pero no estaba segura, y odiaba no entender lo que estaba sucediendo. Pasó por alto, sin embargo, el tono del individuo pálido y añadió: —Llevo muchos días viajando y estoy cansada y hambrienta. Me preguntaba si podría alojarme aquí esta noche…— Se interrumpió al darse cuenta de que el otro la miraba de arriba abajo, con evidente fastidio.
—No vas a ser del agrado de Hancock —comentó.
—Por lo poco que sé de ella, sospecho que tampoco Hancock va a ser de mi agrado —replicó Nami, molesta —. Pero ni siquiera ella puede llegar al extremo de dejar a una persona a la intemperie, aunque sea una opaca. ¿O es que tu Hancock no tiene corazón?
Al mencionar la palabra corazón, los ojos del hombrecillo se posaron en el Ópalo que descansaba sobre el pecho de Nami, y sus labios se curvaron en una extraña sonrisa, que la chica encontró sumamente desagradable. Tuvo la impresión de que aquel rostro blanquecino no solía sonreír a menudo.
—Ven —dijo el hombre; dio media vuelta y echó a andar hacia el interior de la casa. O tal vez andar no fuera el término correcto; más bien cabría decir que se deslizaba, como los niños de las Cuevas cuando patinaban sobre el lago helado.
Nami nunca había aprendido a patinar, porque lo consideraba inútil y peligroso, y en aquel momento se arrepintió de no haberlo hecho. Trató de seguir al hombrecillo a través del corredor, pero pronto resbaló, cayó de nuevo y se encontró sola. El gigante de hielo había vuelto a su puesto en la puerta, y su guía se había alejado ya demasiado. Con un suspiro, Nami se levantó de nuevo y avanzó, como pudo, aferrándose a los salientes de la pared. Cuando llegó por fin al final del pasillo desembocó en una amplia sala, con un techo altísimo del que colgaban enormes carámbanos de hielo que irradiaban una luz pálida y fría, similar a la de la Estrella. Nami se obligó a apartar la mirada y a centrarla en el individuo macilento que la había guiado hasta allí, y que la aguardaba junto a la puerta. A su lado había una mujer alta y huesuda, también muy delgada (la joven empezó a perder la esperanza de que le dieran bien de cenar), y vestida y peinada en el mismo estilo que su compañero, con el pelo y la cara tiznados de blanco y ropas albas y finas, similares a hojas marchitas.
— ¿Eres Hancock? —le preguntó Nami sin rodeos. — La mujer torció el gesto.
—Sígueme —dijo solamente
Desapareció a través de una puerta rematada en un arco apuntado. Nami se volvió hacia el tipo pálido, pero este se había quedado donde estaba y se limitó a mirarla con desdén. De modo que ella se apresuró a seguir a la mujer, como pudo, a través de salas y corredores. Como tenía que esforzarse por mantener el equilibrio, no pudo fijarse en lo que sucedía a su alrededor, pero sí vio de reojo a más personas pálidas y delgadas, con el cabello de punta, como llamas blancas enmarcando sus rostros empolvados de tiza. Vio también a algunas criaturas de hielo, pero más pequeñas, de tamaño humano, que se deslizaban por los corredores, haciendo crujir sus articulaciones. El motivo por el cual eran capaces de moverse resultaba un misterio que habría tenido a Luffy ensimismado durante semanas, pero Nami no le prestó atención en aquel momento. Tenía cosas más importantes en que pensar. La mujer la llevó hasta una pequeña habitación con una cama, un arcón y una cómoda.
—Aséate y cámbiate de ropa —le ordenó—. Podrás ver a Hancock a la hora de cenar, pero sólo si estás presentable.
Nami abrió la boca para replicar, pero la mujer ya se había dado la vuelta, con un crujir de su túnica, y se alejaba por el pasillo. La muchacha suspiró. La habitación era fría y austera, pero mucho mejor que cualquiera de los lugares donde había dormido desde que abandonara su casa. Y además habían dicho que le darían de cenar. Corrió la cortina que hacía las veces de puerta y dejó su mochila en un rincón. Probó la cama; estaba bien, aunque las sábanas eran muy finas y no había mantas. Tampoco había nada parecido a una chimenea en la habitación. Nami supuso que no podrían encender fuego en aquel lugar, porque se vendría todo abajo. Por fortuna, llevaba manta y abrigo encima y, con un poco de suerte, no pasaría frío aquella noche. Se acercó a la cómoda y vio una palangana llena de agua. Estaba tremendamente fría, pero aun así aprovechó para lavarse la cara y las manos. Se preguntó si la gente del castillo de Hancock tomaba baños calientes alguna vez, y suspiró con añoranza. Lo más parecido a un baño caliente que había tomado en los últimos tiempos había sido una especie de ducha, allá en su cueva de las montañas, derramando por encima de su cabeza una olla de agua, procedente de un montón de nieve calentada al fuego. Descubrió sobre la cómoda varios botes con polvos blancos, que, adivinó, estaban destinados al maquillaje de la piel y del pelo. "Ni hablar", se dijo a sí misma. Abrió el arcón y extrajo de él varias prendas del mismo material fino y translúcido. Escogió una túnica similar a la que le había visto a la mujer que le había guiado hasta allí. "Me voy a morir de frío con esto", pensó. Pero la promesa de la cena era demasiado tentadora, por lo que se despojó de su abrigo y de su cálida ropa y, tiritando, trató de ponerse la túnica. No tardó en comprobar que era demasiado estrecha para ella. Lo intentó con todas las prendas que sacó del arcón, pero, invariablemente, parecían hechas para gente mucho más delgada, por lo que volvió a dejarlas en su sitio y soltó la tapa, con un estrépito que delataba su mal humor. Volvió a ponerse su propia ropa y se sintió mucho mejor. Poco a poco, fue entrando otra vez en calor. Al cabo de un rato regresó la mujer a buscarla. Torció el gesto al verla tranquilamente sentada en la cama, todavía embutida en sus ropas de lana y piel.
— ¡Opaca! —la riñó—. ¿No te he dicho que te vistieras con algo más apropiado?
—Me llamo Nami —replicó ella—. Y lo habría hecho si tuvieseis ropa para gente normal, y no sólo para esqueletos andantes.
— ¡Esqueletos andantes! —repitió la mujer, pasmada—. ¡No has comprendido nada acerca de nuestra verdadera esencia, pequeña opaca! Nosotros, los pálidos, hemos emprendido ya el camino del Cambio. Sin embargo, a ti todavía te falta mucho para llegar a nuestro nivel. ¡Deberías agradecer que te hayamos permitido entrar en el hogar de nuestra señora! ¡Deberías suplicarnos que te ayudemos a alcanzar un estado adecuado de esbeltez! ¡Deberías avergonzarte de tu aspecto!
— ¿Avergonzarme, yo? —soltó Nami, que apenas entendía lo que le estaban diciendo—. ¿Por qué razón? ¡En cualquier caso, me daría vergüenza parecerme a ti! — La mujer palideció un poco más, si es que esto era posible.
— ¡Cómo osas hablarme así, tú que eres un… cúmulo de carne! —le echó en cara—. ¡Ni siquiera has tenido la decencia de blanquearte el pelo por lo menos! ¡Eres… eres repugnante! — Nami montó en cólera.
—Mi pelo es mío, me gusta así y no quiero cambiarlo —replicó—. Y no soy un cúmulo de carne. Soy una mujer y tengo formas de mujer, y si estuviera tan delgada como tú me moriría de frío. En el lugar del que vengo, los padres alimentan bien a sus hijos para que sobrevivan a las noches de ventisca y a los tiempos de escasez, y nadie adelgaza hasta que se le marquen las costillas, a no ser que esté muy enfermo, cosa que, por supuesto, no es un estado que nadie en su sano juicio desee alcanzar. Y lo que sí es verdaderamente repugnante es tu forma de tratar a las visitas.
La mujer entornó los ojos y le dio una bofetada en pleno rostro. Ella se la devolvió en un acto reflejo. La otra la contempló, horrorizada, como si estuviese viendo un monstruo, y salió huyendo por el pasillo, deslizándose con precipitación y dejando escapar cortos alaridos de terror. Nami respiró hondo y trató de calmarse. No se arrepentía de haberle dicho todo aquello, pero estaba empezando a pensar que debería haber contenido su lengua. Ahora no le darían de cenar, si es que era cierto que en aquella casa se comía alguna vez. En cualquier caso, no podía quedarse esperando. Volvió a abrir el arcón y sacó unos zapatos que había visto antes, y que tenían una suela que parecía ofrecer cierta resistencia al hielo. Se los puso, suponiendo que con ellos le sería más fácil deslizarse por los pasillos. Tras esconder su mochila debajo de la cómoda, se asomó al exterior. No vio a nadie. Salió al pasillo, dispuesta a explorar el hogar de Hancock. Al principio avanzó con precaución, escondiéndose tras los marcos y las columnas de hielo para evitar que la vieran, pero, poco a poco, fue olvidándose de tener cuidado. La vida en aquel lugar le parecía tan extraña y sin sentido que una parte de sí misma estaba convencida de sufrir los efectos de un sueño absurdo del que no había despertado aún. Habitaba poca gente en el inmenso palacio, aquel monstruoso esqueleto frío y blanquecino, que más se parecía a una gigantesca cáscara hueca que a un hogar de verdad. Muchas de esas personas, si es que lo eran realmente, estaban conformadas de hielo, como los gigantes de la entrada. Estos parecían más bien ejercer funciones de criados o de vigilantes; pero, si en realidad vigilaban algo, o bien lo hacían con escaso interés o no consideraban que Nami fuese digna de su atención, porque apenas la miraban cuando pasaba por su lado. Las personas de carne y hueso (o, mejor dicho, se corrigió Nami desdeñosamente, de piel y hueso), los pálidos, como los había llamado la mujer con la que había discutido, sí reparaban en ella. Su presencia interrumpía conversaciones y atraía miradas de reprobación. Pero nadie le dirigió la palabra ni trató de averiguar qué hacía ella allí. Se limitaban a torcer la cara en una mueca de disgusto y a retomar sus actividades, volviéndole la espalda y fingiendo que no la habían visto. Y sus actividades parecían tremendamente insustanciales. Charla insulsa y vacía, risas forzadas, juegos de manos, coqueteos frívolos… Incluso aquellos que se dedicaban a cosas más prácticas, como supervisar a las criaturas de hielo o trajinar en una gran sala, llena de utensilios, recipientes y alacenas, que Nami deseó con fervor que fuese una cocina, lo hacían de forma indolente, como si aquellas tareas fuesen demasiado mundanas para ellos. Nami no tardó en sentirse espantosamente fuera de lugar. Ya no se trataba sólo de que fuese extranjera en el palacio de Hancock, o de que aquellas personas pensaran y actuaran de una forma incomprensible para ella. Era que tenía la sensación de que ni siquiera eran humanas. No más que aquellos seres de hielo que recorrían los pasillos. Con todo, Nami no pudo evitar pensar que los habitantes del palacio de Hancock estaban frustrados por alguna razón. Había en sus ojos un leve brillo de añoranza, no como el de Leyn, que echaba de menos a su hombre, sino más bien parecido al de Luffy: un anhelo de algo que escapaba al entendimiento de Nami. Un deseo de estar en otra parte, una "Otra Parte" que tal vez habían visto en sueños o a través de los cuentos de una madre. Nami casi los compadeció. Nunca había podido comprender que Luffy quisiera cambiar las Cuevas por alguna otra cosa. Pero no le costaba nada entender que cualquier persona sintiese deseos de escapar de la morada de Hancock.
Sacudió la cabeza para alejar aquellas ideas de su mente. Los pálidos exhibían con orgullo sus ropas finas y sus rostros empolvados. A juzgar por la forma en que miraban a Nami, parecían considerar un honor vivir allí y de aquella manera. La joven empezó a preguntarse qué clase de mujer sería Hancock, y por qué aquellas personas, que por lo visto vivían según sus reglas, estaban orgullosas de hacerlo.
No tardó en hallar respuesta a aquellas preguntas. Momentos después, el sonido de una campanilla, vibrante y apremiante, llegó a todos los rincones del palacio. Todos los pálidos dejaron lo que tenían entre manos y se pusieron en marcha, a través de pasillos y estancias, siguiendo la voz de la campanilla. Nami fue tras ellos. Llegaron a un enorme salón con una larguísima mesa que lo ocupaba prácticamente por completo. En uno de los extremos de la misma había un alto trono, reservado, sin duda, para la señora de la casa. Nami se obligó a apartar la mirada de la mesa, donde ya habían dispuesto servicios de cristal que anunciaban la cena, para echar un vistazo a su alrededor en busca de Hancock. Se preguntó si la reconocería: todas aquellas personas blancas y delgadas le parecían iguales. Sin embargo, no tardó en tranquilizarse en ese sentido, porque supo quién era Hancock en cuanto la vio, y entendió, de golpe, por qué ella tenía la silla más grande, y por qué aquellas personas vivían en su palacio de aquel modo.
Hancock estaba junto al ventanal, conversando con dos hombres y una mujer que se habían acercado a saludarla. Lucía ropas del mismo estilo que los demás, pero, sin ninguna razón aparente, las suyas parecían más ligeras, más vaporosas. Su delgadez se asemejaba más bien a la esbeltez de un junco. Su rostro era níveo y su cabello, de color blanco, sin necesidad de polvos, tintes ni afeites. Sus ojos parecían cristales de nieve. Era a ella, comprendió Nami entonces, a quien los pálidos trataban de imitar. Y tuvo que admitir que era una dama hermosa, a pesar de aquella insana delgadez que ella llevaba con gracia natural. Pero, si hubiese sido tan sabia como hermosa, no habría permitido que aquellas personas la copiaran de un modo tan artificial. "Nyon no lo habría aceptado", pensó, y se preguntó por qué se habría acordado de ella en aquel instante. En cualquier caso, pensar en Nyon le hizo recordar el motivo por el que estaba allí. Ignorando las miradas de desaprobación de la gente, se adelantó desde el lugar que ocupaba, en un discreto segundo plano, y se acercó a Hancock.
Ella escuchaba, con la cabeza ligeramente inclinada sobre su cuello de cisne, la aduladora cháchara de uno de los hombres, pero no parecía ni molesta ni complacida. Su frío rostro de esfinge no mostraba la menor emoción. Cuando advirtió la presencia de Nami, levantó la mirada y la clavó en ella. No dijo nada. Aguardó, como habría aguardado la imagen de una diosa, inmóvil e inconmovible, a que sus fieles depositaran ofrendas a sus pies. Pero Nami no era una de sus fieles, ni pensaba serlo.
—Hola —saludó—. Me llamo Nami, y vengo de las Cuevas. Me gustaría hablar contigo un momento.
Las personas de rostros empolvados murmuraron entre ellas, escandalizadas. Pero Hancock sólo sonrió, una media sonrisa que más parecía una grieta en una superficie escarchada que una verdadera sonrisa, y dijo:
—Dejadnos a solas.
—Pero, mi blanca señora, ¡es una opaca!
—Lo sé —cortó ella, con una voz tan fría que podría helar a cualquiera —. Dejadnos a solas, he dicho. — Los tres se retiraron, y nadie más osó acercarse.
— ¿Qué significa opaca? —quiso saber Nami.
—Significa que no eres etérea. — Nami tampoco tenía muy claro el significado de la palabra "etérea". Sólo sabía que tenía que ver con la Emperatriz.
—Por supuesto que no lo soy. He nacido en las Cuevas, como ya te he dicho. ¿Vosotros sois etéreos?
—Somos menos opacos que tú, y eso debería bastarte —replicó Hancock, en un tono con el que pretendía dejar patente su superioridad sobre Nami—. ¿Acaso no sabes quiénes somos?
—Tengo entendido que os llamáis los pálidos —respondió ella—. Salta a la vista por qué. — Hancock esbozó una media sonrisa.
—Así nos llaman, ciertamente. Pero también se nos conoce como los gélidos. ¿Sabes por qué razón?
— ¿Porque todos los que viven aquí quieren ser como tú? — Ella la miró con condescendencia; al parecer no había captado la ironía de las palabras de Nami.
—Porque veneramos la pureza del hielo; porque lo esculpimos y moldeamos, y porque ansiamos poder alcanzar su transparencia. Y tú, si lo deseas con fuerza, pronto serás como nosotros.
—No, gracias —se apresuró a responder Nami—. No lo deseo lo más mínimo. — La sonrisa de Hancock se esfumó.
— ¿Por qué motivo, pues, has venido a llamar a mi puerta? —preguntó con sequedad. Nami dudó. No estaba segura de que debiera hablarle de Luffy.
—Estoy de paso —repuso, esquiva —. Voy hacia el palacio de la Emperatriz. — Hancock se rio, con una risa helada y cortante.
—Nunca podrás llegar al palacio de la Emperatriz. Eres demasiado opaca. Podría ser que —añadió sugestivamente —, si te quedaras un tiempo aquí, lograras volverte pálida, como nosotros, y eso significa que serías un poco más etérea y un poco menos opaca. No bastaría para que llegases a la Emperatriz, pero ya estarías un paso más cerca. — Nami sacudió la cabeza.
—No, gracias. Prefiero quedarme como estoy.
—Eres una pobre niña ignorante — sonrió Hancock con desdén—. Prefieres revolear en el barro antes que aspirar a lo más alto.
—Yo no me revuelco en el barro — observó Nami —. Y no hace falta ser muy lista para darse cuenta de que aquí la gente se muere de hambre. Así que no veo por qué debería tener en cuenta la opinión de alguien que vive en una casa de hielo y dice que es mejor ser blanca y flaca que estar sana y tener un hogar cálido y confortable. Es una idea absurda y estúpida.
Cuando se dio cuenta de lo que había dicho, se mordió la lengua, pero ya era tarde. Se maldijo por no haber podido contenerse. Pero Hancock no pareció inmutarse.
—Oh —dijo—. Muy bien. De modo que crees que aquí la gente se muere de hambre. Deduzco entonces que no querrás quedarte a cenar para compartir nuestra comida inexistente. — Nami se ruborizó; y no era algo que le sucediese a menudo.
—Sí, me gustaría —masculló. Hancock sonrió, complacida.
—Bien. Entonces, siéntate a la mesa, y cenemos. Después, tendremos otra conversación. Sé que los opacos os tomáis muy en serio las necesidades del cuerpo. Tal vez cuando tengas tu enorme estómago lleno, te comportes de un modo un poco más sociable.
Nami resopló por lo bajo, pero no replicó. Murmuró un agradecimiento y fue a ocupar de nuevo su rincón. Hancock se sentó ante la mesa momentos después. Tras ella, lo hicieron el resto de comensales. Nami se quedó de pie hasta que una de las criaturas de hielo trajo una silla para ella. Cuando se sentó, las personas acomodadas a su derecha e izquierda se apartaron un poco. Nami las ignoró y centró su atención en los criados que recorrían la estancia portando grandes ollas de sopa. Los cucharones eran demasiado pequeños como para que las manos de las criaturas de hielo los manejaran con soltura, por lo que cada comensal debía servirse a sí mismo. Nami observó que procuraban ponerse raciones muy pequeñas y que, cuando empezaban a comer, lo hacían con cierto gesto avergonzado. También se dio cuenta de que los criados de hielo sostenían las ollas sin problemas, y no pudo evitar preguntarse cómo era posible que no se les derritieran las manos. Cuando le llegó el turno, entendió la razón. Decepcionada, comprobó que se trataba de una sopa fría, aguada y con poca sustancia. Ante la mirada horrorizada de sus compañeros de mesa, llenó su cuenco hasta que casi se desbordó. Se lo terminó enseguida. La sopa fría no llenó su estómago ni calmó su hambre, por lo que quedó aguardando, impaciente, el segundo plato. Pero no hubo segundo plato. Hancock, que sólo había probado una cucharada de sopa, se levantó de la mesa en cuanto los criados retiraron los servicios, y todos los demás la imitaron. Sólo Nami se quedó sentada, incapaz de creer lo que estaba sucediendo.
— ¡Un momento…! —exclamó a media voz. Las personas que estaban más próximas a ella fingieron que no la habían oído. Furiosa, Nami se levantó y avanzó a grandes zancadas hasta Hancock. — ¿Esto qué es? ¿Una broma? —le espetó.
—Oh, ¿no te ha gustado la cena?
—No he tenido ocasión de juzgar. Lo cierto es que cuando has hablado de "cena inexistente" creía que se trataba de un sarcasmo. — Hancock sonrió con desprecio.
— Los opacos, jovencita… dependéis demasiado de vuestras necesidades corporales. Nosotros, los pálidos, estamos por encima de todo eso.
—Tonterías. Si no comierais, estaríais todos muertos.
—Pero no lo estamos, ¿verdad? Sé a qué has venido aquí, Nami. No vas al palacio de la Emperatriz. No tienes el menor interés en ser como los etéreos o siquiera en conocerlos. Tu mente simple y primitiva es incapaz de captar siquiera un atisbo de su grandeza. — Nami bufó y fue a replicar, pero las palabras que Hancock pronunció a continuación la hicieron callar. —Has venido a buscar al muchacho opaco que me robó mi flor de cristal. — La joven abrió la boca, pero la cerró de nuevo, incapaz de responder. —Resultaba evidente —prosiguió Hancock—. Sólo hay un motivo por el cual los opacos abandonan sus Cuevas para venir hasta aquí, y es porque quieren ser etéreos. Pero tú, querida mía, no quieres ser etérea. La única razón por la que podrías estar aquí tenía que ser que estuvieras buscando a alguien. — Nami respiró hondo.
—Ese chico se llama Luffy y es mi amigo —declaró—. Ya ha sobrevivido a un viaje por las nieves, pero no sé si tendrá tanta suerte la próxima vez. Por eso lo busco. ¿Ha estado aquí?
—Estuvo aquí hace tiempo, sí. Se sumó a mi corte para aprender de mí. Sabía que no estaba preparado para proseguir su viaje, y por eso se quedó… Pero en lugar de esperar, perder opacidad y continuar adelante, como hacen todos, él me robó uno de mis tesoros de cristal, y ahora sé que volvió atrás… con los opacos… contigo —se rio, con aquella risa fría y elegante—. ¿Por qué razón debería darte noticias de él? ¿Me devolverás a cambio mi flor de cristal?
Nami se preguntó si debía decirle que Luffy se la había regalado a ella. Desechó la idea. No valía la pena; la flor estaba muy lejos, en la cueva que Nami compartía con Genzo y que era su hogar. Y no le iba a servir de nada a Hancock saberlo.
—No puedo devolvértela — respondió, y era verdad. Hancock sonrió de nuevo.
—Lo suponía —dijo solamente.
— ¿No me vas a decir entonces si Luffy pasó por aquí después de lo de la flor? Al fin y al cabo, yo no tengo la culpa de que te la robara. Pídesela a él, no a mí.
—Suponía que te la había regalado a ti. Pero no te preocupes, porque es otra cosa lo que te voy a pedir a cambio de la información que necesitas. Acompáñame.
Con un ligero crujido de sus ropas, Hancock se encaminó hacia la puerta. Nami la siguió, pero fue la única. Con un solo gesto, la dueña del palacio de hielo disuadió a los demás comensales de ir tras sus pasos. Recorrieron el frío y desolado hogar de Hancock hasta una sala custodiada por dos gigantes de hielo. Las criaturas se movieron para obstruir el camino, pero Hancock dijo:
—Dejadnos pasar.
Y ellos se retiraron a un lado. Hancock entró en la habitación, y Nami fue tras ella. La chica se quedó impresionada, a su pesar. Aquello era un pequeño museo de joyas de cristal, semejantes a la flor que Luffy le había regalado tiempo atrás. Había jarras, vasos y bandejas, pero también figuras de personas, árboles, peces, animales y otros seres que Nami desconocía, todos tallados en un cristal tan puro como refulgente.
—Maravillas traídas de la Ciudad de Cristal —dijo Hancock a media voz—. Absolutamente transparentes. Un paso más hacia la esencia de los etéreos. ¿Tienes idea de lo valiosas que son? No, claro, no puedes tenerla —terminó en actitud desdeñosa—. Y, sin embargo sí que puedes compensarme por la pérdida de una de las piezas más valiosas de mi colección.
—No tengo nada que darte… — empezó Nami, pero Hancock la cortó:
—Sí que lo tienes —alargó su blanca mano hacia ella, y su dedo índice, rematado por una larga uña de hielo, señaló el pecho de Nami—: Quiero tú colgante —dijo. Ella se llevó la mano, instintivamente, hacia el trozo de cuarzo que su amigo le había regalado y que aún pendía sobre su pecho.
—Ese, no —se impacientó Hancock —. El otro. Dámelo y te diré dónde está Luffy.
Nami se quedó anonadada. Primero, porque Hancock reconocía que tenía noticias de Luffy y que podría guiarla hasta él. Segundo, porque le estaba pidiendo a cambio el Ópalo que Nyon le había entregado. Lo cubrió rápidamente con ambas manos, quizá para protegerlo de la ávida mirada de la mujer de hielo.
—No puedo dártelo. No es mío, sólo me lo han prestado. — Ella rio abiertamente.
—No te creo. No es algo que nadie abandonaría voluntariamente, muchacha. Muchos matarían por poseer algo así, de modo que no me hagas creer que te lo han prestado. Tienes que haberlo robado en alguna parte.
Pero Nami apenas la escuchaba. Se había dado cuenta, por primera vez, de que sobre el pecho de Hancock también descansaba un Ópalo como el suyo, pero de un tono pálido, desvaído, casi blanco, como si el calor de la piedra se hubiese apagado, como si el Ópalo se hubiese cansado de seguir vivo, si es que las gemas podían atesorar alguna clase de vida en su interior. En comparación, el Ópalo de Nami, el de Nyon, se mostraba refulgente como una pequeña esfera de fuego.
— ¿Qué le ha pasado al tuyo? — quiso saber.
—No es de tu incumbencia. Lo único que tienes que saber es que si me entregas tu Ópalo te diré dónde está tu amigo. Yo en tu lugar no me lo pensaría —añadió con una sonrisa—, porque sin mí nunca lo encontrarás.
—No estés tan segura —replicó ella —. Además, ya te he dicho que el Ópalo no es mío, y que no lo puedo entregar a la ligera. Y si no quieres creerme, allá tú —concluyó, muy digna.
—Como gustes —dijo Hancock—. Regresa, pues, a tu habitación, si lo deseas, y reflexiona sobre mi oferta. Pero date prisa: cuanto más tardes en decidirte, más alejarás a Luffy de ti.
Algo comprimió el corazón de Nami, produciéndole una sensación angustiosa. Pero respondió, sin embargo:
—De nada me servirá saber dónde está Luffy si no tengo el Ópalo para que me mantenga con vida.
—Quién sabe —dijo Hancock, crípticamente—. Tal vez él esté más cerca de lo que crees.
Nami le respondió con un gruñido. Momentos más tarde, caminaba de vuelta a su cuarto. Escondió el Ópalo bajo la camisa y se sintió reconfortada por su suave calidez. Se preguntó por qué lo querría Hancock, y por qué el Ópalo de ella parecía tan triste y apagado. Pero enseguida apartó de su mente aquellos pensamientos. Lo principal era decidir qué debía hacer. Podía abandonar el hogar de Hancock por la mañana y proseguir la búsqueda de Luffy por su cuenta. La idea de continuar tan pronto aquel viaje tan duro la desalentaba, pero el hecho de que aquel palacio no fuese muy acogedor hacía un poco más fácil la partida. Por otra parte, ¿y si Luffy estaba ahí mismo, en el palacio? ¿Y si Hancock lo mantenía prisionero? Se le ocurrió que, aunque Hancock no quisiese responder a sus preguntas, tal vez otra persona sí lo haría.
"Continuara"
Nami Scarlet
¿Que tal? Si les ha gustado espero sus Reviews o MP, ya saben que son bienvenidos :3
Esta Hancock no es como la que todos conocemos, de hecho se le nota el desagrado por Luffy, pero aunque no cuadre, dado a la actitud del personaje, Hancock me pareció la más apropiada
Solitario196: Pues ya ves que hay dentro del palacio de Hancock xD y pues con respecto a lo que piensas de como tomo vida el golem de Nami, no estas tan equivocado, o bueno, pienso que este capitulo pudo decirte mucho, aún así eso se revelará dentro de dos o tres capítulos, más o menos. Vemos que ese gigante que sigue a Nami si tiene mucha utilidad, no solo la acompaña y ayuda a que no se sienta sola, lo veras en el siguiente capitulo ;)
Mara1451: Descuida, es normal emocionarse, en tu caso yo eh estado en esa situación muchas veces con muy buenos fics :D
Monkey D Rodriguez: Ok xD tratare de no hacerte esperar para que tu tolerancia no baje del 75% xD
Mizuzu93: No, le cambiare el nombre, estuve en un gran dilema ya que el nombre del muñeco me gusta :) fue lo mismo con Gélida pero al final decidí dejarla como Hancock, decidí que cambiaría todos los nombres :)
Nos leemos en la próxima actualización chicos, hasta entonces :3 bye bye
