Holi, holi :3 Bien en este capitulo quiero hacer una aclaración para que no se confundan, en una parte de este capitulo pasan algo sobre el significado del nombre de Luffy, en la historia original el personaje se llama Aer, pero como eso me pareció importante decidí no quitarlo, de Aer viene el significado del nombre, para que no se confundan. Bien ahora si, prosigamos con la lectura, disfruten, nos leemos abajo :)


Disclaimer: One Piece y ninguno de sus personajes me pertenecen, así como tampoco me pertenece la historia de La emperatriz de los etéreos, todos son propiedad de sus respectivos dueños y autores, Eiichiro Oda y Laura Gallego García. Yo solo tomo prestados sus personajes para dar rienda suelta a mi imaginación. Esta historia en sin ningún fin lucrativo.

Advertencia: Este fic es una adaptación y contiene OoC por parte de los personajes, lean bajo su consentimiento.

Nombre: La emperatrriz de los etéreos

Autor: Laura Gallego García

Adaptación: Nami Scarlet

Clasificación: K+

La emperatriz de los etéreos

Capítulo 10: El ataque de los Gólems de hielo

Regresaron al cálido hogar de Rayleigh. Nami no vio a Shaky ni a Chopper y, cuando preguntó por ellos, el Maestro Cristalero le explicó que los había enviado por delante.

—Nos están aguardando en la entrada del túnel secreto que lleva a la ciudad —dijo—. No te preocupes por ellos; los gólems son criaturas pacientes.

Caía ya la tarde, y Rayleigh preparó la cena. Mientras Nami sorbía lentamente su sopa, masticando con fruición los trozos de carne que navegaban en ella, el Maestro Cristalero le dio las siguientes indicaciones:

—Cruzar la Ciudad será sólo el principio. Deberás tener cuidado de que no te vean. Una opaca como tú, sobre todo si va acompañada de un gólem de nieve, llama mucho la atención. Pero eso no será lo más difícil. Una vez atravesada la puerta de salida llegarás al Laberinto de Espejos. Los espejos reflejarán tu imagen y absorberán tu esencia. Te verás a ti misma multiplicada docenas, cientos de veces. Y el Laberinto es inmenso, por lo que, incluso si te orientas bien, tardarás mucho tiempo en salir. Para entonces habrás perdido algo muy importante de ti misma. Habrás perdido corporeidad. — Nami se estremeció. No obstante, dijo:

—Pero eso es bueno, ¿no? De este modo me será más fácil acercarme al palacio de la Emperatriz y encontrar a Luffy. — Rayleigh movió la cabeza.

—Sería bueno, si no fuese porque aún te queda mucho camino por recorrer. Después del Laberinto de Espejos viene el Túnel de las Mil Máscaras. En él, cientos de rostros vigilarán tus pasos. Son engañosos y crueles. Tomarán la forma de aquellos que quieres, de aquellos a los que añoras. Y la única manera de avanzar es dejándolos atrás, ¿comprendes?

—Ningún problema —asintió Nami

— Ya he dejado atrás todo lo que amo.

—Salvo a aquel a quien pretendes encontrar.

— ¿Luffy? —Nami se rio—. Él no es tan importante para mí.

—Y, sin embargo, has llegado muy lejos en su busca —observó Rayleigh. — Nami resopló.

—Partí tras él porque alguien debía hacerlo. Pero ten por seguro que, si llego a saber que tendría que viajar tan lejos y pasarlo tan mal, me habría quedado en casa. Ese zoquete no merece tantas molestias por mi parte. — Rayleigh alzó una ceja blanca como la escarcha.

—Cuidado, Nami —le advirtió—. Tu corazón, tus sentimientos, son tu mayor arma contra el poder de la Emperatriz. No los reprimas. Los etéreos no tienen deseos corporales, pero tampoco sienten ya las emociones. Los etéreos no sienten nada. Si quieres llegar hasta Luffy tendrás que acercarte a su esencia todo lo posible… pero si te vuelves del todo como ellos, no tendrás ya deseos de regresar… y tú quieres regresar, ¿verdad?

—Por supuesto que sí —replicó ella con vehemencia—. ¿Quién querría no sentir nunca nada?

—Tiene sus ventajas. No experimentan dolor, no los acucia el hambre, ni los angustia la enfermedad…

—Pero es como si estuvieran muertos — declaró Nami, estremeciéndose.

—En eso te equivocas. Los muertos son cuerpos sin espíritu. Los etéreos, simplemente, renunciaron a su cuerpo, y a todo lo que ello conlleva. Alcanzaron un estadio superior…

— ¡Pero eso es estúpido! — Estalló Nami —. ¡Si no comes, no duermes, no amas, no lloras…, no estás vivo! La vida es el don más preciado de la Diosa. Tú lo sabes —añadió—, porque tratas a Shaky como a una persona y no como un pedazo de roca. Yo no quiero ser una etérea —declaró—. Soy opaca, soy corpórea y estoy orgullosa de serlo. Pero Luffy… —concluyó entonces, en voz más baja; calló, comprendiendo por fin lo que significaba realmente el largo viaje de su amigo, y por primera vez asumió que podría ser un viaje sin retorno. Rayleigh entendió sin necesidad de más palabras.

—No se lo tengas en cuenta —dijo con suavidad—. Él es medio cristalino. Lleva escrito en la sangre el deseo de ver a la Emperatriz.

—Su padre —recordó Nami—. Su padre era extranjero. ¿Cómo sabes que vino de aquí? ¿Acaso lo conocías?

—No —respondió él—. Lo supe por su nombre. "Luffy" es una palabra de la lengua antigua, una que se hablaba en nuestro mundo en tiempos remotos y que ya ha quedado olvidada. Pero algunas palabras subsisten, como mi nombre y el de mi hermano gemelo. Y el de tu amigo. Luffy —añadió— significa Aire. Un nombre muy del agrado de los etéreos.

—Aire —repitió Nami—. Muy apropiado para él —comentó con cierto desdén—. Es lo único que tiene dentro de la cabeza.

Pero en el fondo estaba pensando en otra cosa. Estaba pensando, no sin cierto dolor, que era verdad, que Luffy era como el viento, inasible, inalcanzable, tan ligero como un soplo de brisa, tan lejano como el lugar donde nacían los copos de nieve. Tan diferente a ella…

—Sea como fuere, Nami —prosiguió Rayleigh—, tendrás que alcanzarlo antes de que llegue al Abismo. Porque si cruza al otro lado, ya no podrás seguirlo.

— ¿Por qué no? ¿Qué hay al otro lado?

—No lo sé, porque nunca he llegado tan lejos. Pero no es eso lo que debe preocuparte Nami, sino el propio Abismo. No podrás atravesarlo.

—Si Luffy puede, yo también —se rebeló ella.

— ¿De veras? —Sonrió el Maestro Cristalero—. ¿Acaso sabes volar? — Ella lo miró, anonadada.

—No estarás hablando en serio — balbuceó.

—Para cruzar el Abismo Nami, hay que volar, no hay otro modo. Hay que lanzarse al vacío y aguardar el milagro. Todos los Caminantes lo hacen sin mirar siquiera, y por eso llegan al otro lado. Pero los opacos no sois capaces, no podéis. Tenéis demasiado miedo a morir.

— ¿Acaso tú no lo tienes? —le espetó ella, picada.

—Sí —sonrió él—. Y por eso sigo aquí y no he sido capaz de atravesar el Abismo. — Nami respiró hondo.

—Luffy no puede ser tan estúpido — murmuró.

—Yo en tu lugar no esperaría para comprobarlo —le aconsejó Rayleigh. Y en esta ocasión, la joven no supo qué contestar.


Partieron poco después, cuando Rayleigh juzgó que en el exterior ya se habría hecho totalmente de noche. Nami recogió sus cosas con cierta pena. Le habría gustado prolongar su estancia en el acogedor hogar de Rayleigh, pero Luffy llevaba demasiada ventaja, y el tiempo apremiaba. Estaba todavía pensando en todo lo que el Maestro Cristalero le había contado cuando llegaron a la entrada del túnel oculto. En efecto, allí los aguardaban Shaky y Chopper. El gólem de nieve retrocedió unos pasos para alejarse de la antorcha que llevaba Rayleigh.

—Iré yo primero —dijo el Cristalero—. Sígueme, Nami.

Caminaron por el túnel un buen rato. Cuando Nami comenzaba a impacientarse, Rayleigh se detuvo de pronto y la joven casi chocó contra él.

— ¿Qué…? —empezó, pero el hombre la hizo callar.

—Ssshh… Silencio a partir de aquí. Estamos llegando a la Ciudad.

Tuvieron que trepar los últimos metros. Por fin, Rayleigh retiró una trampilla que cubría sus cabezas, y pudieron respirar algo de aire puro.

—Sube —susurró el Maestro Cristalero—. Cuando salgas por ahí estarás en la Ciudad, en un pequeño almacén de cristales. Busca la muralla y bordéala para no perderte, te conducirá a las puertas de salida. Shaky y yo nos quedamos aquí. Buena suerte —le deseó, con una sonrisa que iluminó su piel blanca como la leche.

—Muchas gracias por todo —dijo Nami con calor—. Gracias, gracias. Nunca te olvidaré —añadió, cuando ya atravesaba el portillo.

—Eso espero —dijo Rayleigh.

Shaky ayudó a Nevado a subir hasta donde Nami lo esperaba. Luego, la trampilla se cerró sobre ella y sobre el Maestro Cristalero. Nami y su gólem escucharon el susurro de sus pasos en la oscuridad. Y después, silencio. La muchacha respiró hondo y se irguió, con decisión.

—Andando —le dijo a Chopper en voz baja—. Tenemos que salir de aquí.

Encontraron la puerta y salieron al exterior. De noche, la Ciudad de Cristal se mostraba muda y fría entre la niebla. No había nadie, señal de que a los translúcidos no les preocupaba la presencia de un ejército de gólems de hielo ante sus puertas. "Estarán todos durmiendo", pensó Nami. Luego recordó que, según le había contado Rayleigh, los habitantes de la Ciudad de Cristal apenas dormían. La muchacha se detuvo de golpe y miró a su alrededor, inquieta. Pero no vio a nadie. Prosiguió la marcha en la semioscuridad. Sin embargo, la ciudad era grande y todas las calles le parecían iguales. ¿Cómo iba a encontrar la muralla? "No necesito la muralla —pensó de pronto, alzando la mirada hacia el cielo —. Estoy muy cerca; la Estrella me guiará". Descubrió que, en efecto, el tenue resplandor que manchaba la oscuridad sobre la Ciudad de Cristal parecía proceder de una dirección determinada. Aun en la más profunda de las noches, la Estrella guiaba a los Caminantes hacia el palacio de la Emperatriz, desafiando a las tinieblas. Nami apresuró el paso. Tras ella oía el suave crujido de las pisadas de Chopper, que la seguía fielmente. Caminaban buscando los rincones más oscuros, pegándose a las paredes de los edificios, con pasos furtivos, como dos ladrones. Y, por fin, Nami divisó las puertas de la Ciudad. Echó a correr y, en su precipitación, no advirtió que las dos estatuas que flanqueaban la entrada de la calle no eran realmente estatuas. Al gólem de cristal le bastó con alargar una mano para capturarla. Y, cuando Nami se debatió, tratando de quebrar sus dedos, la criatura lanzó el otro puño hacia ella, sin remordimiento alguno. La chica sintió el golpe un instante antes de sumirse en la oscuridad.


Despertó sobre una incómoda cama fabricada a partir de un bloque de cuarzo duro y frío. Cuando enfocó la vista pudo ver a Chopper junto a ella. También vio las paredes de cristal de la celda, y el enorme prisma de cuarzo que bloqueaba la entrada, y recordó lo que había ocurrido.

—Podrías haberme echado una mano —le reprochó a Chopper.

El gólem no respondió. Nami se acomodó como pudo sobre el lecho mineral y se arropó con su chal, alicaída. Apenas había empezado a considerar todas sus opciones cuando los gólems que guardaban la puerta movieron el bloque a un lado, y alguien entró. Nami se levantó de un salto. Ante ella se encontraba Roy, el Señor de la Ciudad de Cristal.

—Déjame salir de aquí —le pidió Nami, antes de que el translúcido tuviera ocasión de hablar—. Déjame cruzar al otro lado. Me marcharé y no volveré a molestarte.

—Tú eres la opaca que reclama Hancock —observó Roy, y la joven recordó entonces a los gólems de hielo que aguardaban en la puerta de la ciudad.

—No… no irás a entregarme a ella, ¿verdad?

— ¿Y por qué no? Perteneces a sus dominios, muchacha, no a los míos.

—Pero… ¡me matará!

—Morirás igualmente si sigues adelante. — Desesperada, Nami extrajo el Ópalo de debajo de sus ropas.

— ¡Mira! —le espetó—. ¡Es esto lo que quiere! ¿Lo sabías? Déjame cruzar y será tuyo.

Las palabras habían brotado de su boca antes de darse cuenta de que iba a pronunciarlas. Se arrepintió enseguida de su ofrecimiento, y quiso retractarse, pero el Señor de la Ciudad de Cristal sonrió y dijo:

—Es lo que sospechaba.

—Espera… No hablaba en serio… en realidad — balbuceó ella; pero Roy le hizo callar con un gesto.

—No quiero para nada tu Ópalo, muchacha. Esos objetos… parecen sagrados, pero son en realidad un lastre que nos impide Cambiar. No… eres tú la que me interesa.

— ¿Yo? — Se asustó Nami — ¿Por qué? Como tú mismo has dicho, soy una opaca y no…

—Una opaca con un Ópalo. No me malinterpretes: no quiero que ese objeto caiga en manos de Hancock. Si se lo entrego, como pide, hoy se marchará, pero mañana regresará con un ejército mucho mayor, y entonces sí destruirá la Ciudad de Cristal, porque mis gólems estarán demasiado agotados como para hacerle frente. Pero tampoco quiero tu Ópalo. Para mí es una carga. Hace ya mucho tiempo que ansió desprenderme de él y Caminar hacia el palacio de la Emperatriz. Pero no puedo…

—… porque tu hermano tiene un Ópalo semejante —murmuró Nami—. Lo sé.

—Y porque tengo una responsabilidad para con la Ciudad. Hace mucho que deseo poder encontrar un sucesor, alguien que herede mi cargo. Pero no puedo entregarle mi Ópalo a nadie. Sin embargo, tú eres demasiado opaca como para seguir Caminando, y, por otro lado, tienes un Ópalo…— Nami comprendió.

— ¿Pretendes marcharte de aquí y dejarme a mí en tu lugar? ¡Pero yo no puedo ocupar tu puesto! Tengo que seguir adelante, tengo que encontrar a Luffy…

—Con ese Ópalo no serás capaz de Cambiar, es demasiado poderoso todavía. De modo que no podrás llegar nunca al palacio de la Emperatriz. Pero este —añadió, señalando su propia frente— está casi agotado. Después de tanto tiempo, por fin… se me permitirá Caminar… y Cambiar… incluso aunque lo lleve puesto.

—No pienso quedarme aquí — insistió ella—. No puedo.

—Podrás —le aseguró Roy—, porque te quedarás aquí encerrada hasta que seas uno de nosotros. Y entonces comprenderás la importancia de la gema que traes, y estarás dispuesta a aceptar tu destino como Señora de la Ciudad de Cristal.

— ¿Y convertirme en alguien como tú? —replicó Nami, desafiante—. No, gracias.

Roy no respondió. Sólo la miró un instante, con una enigmática sonrisa. Y Nami no pudo evitar acordarse de Rayleigh, tan idéntico a él, y a la vez tan diferente. Entonces, el Señor de la Ciudad de Cristal dio media vuelta y salió de la celda.

— ¡Eh! —Lo llamó Nami—. ¿Has escuchado algo de lo que te he dicho?

No hubo respuesta. Nami pegó la nariz a la pared y oteó el exterior, pero no pudo ver ya a nadie entre la niebla. Fuera seguía siendo de noche. Entonces, se oyó un silbido, un golpe y un estruendo de cristales rotos. Nami levantó la cabeza, alerta.

— ¿Qué ha sido eso?

El ruido se repitió. La muchacha prestó atención. Parecía como si algo muy pesado hubiese caído del cielo sobre los tejados de la ciudad. Enseguida, otro de aquellos objetos se estrelló contra una casa, muy cerca de allí. Nami estaba demasiado lejos como para verlo, pero oyó el sonido. Si había caído tan cerca, también podría caer sobre ella. A través de las paredes de su prisión vio que la calle se animaba. Los habitantes de la ciudad, presurosos, salían de sus casas y corrían todos en la misma dirección. Los gólems los seguían.

— ¿Qué estará pasando? —se preguntó Nami. — En alguna parte, una torre se rompió en mil pedazos, abatida por otro de aquellos grandes objetos que llovían del cielo. —Tenemos que salir de aquí —le dijo a Chopper, estremeciéndose.

Trató de mover la gran roca de cuarzo que bloqueaba la entrada, pero no fue capaz. Chopper también lo intentó, y consiguió desplazar la roca un poco, pero no lo suficiente. Empujaron los dos a la vez. Sin embargo, el cuarzo no se movió ni un centímetro más. Cuando Nami, cansada de empujar, se dejó caer en el suelo, exhausta, algo atrajo su atención en el exterior. Volvió a pegar la nariz al cristal y distinguió, emergiendo de entre las sombras nocturnas, el alta figura de un gólem que se acercaba. Hasta que no estuvo junto a la puerta, Nami no se percató de que era más oscuro que los demás.

— ¿Shaky? —la llamó, sin poder ocultar su alegría.

Ella no dio muestras de haberla oído. Empujó el bloque de cuarzo de la entrada hacia un lado, desde un punto que Nami y Chopper, encerrados en el interior de la celda, no podían alcanzar. Y, después de unos breves instantes de incertidumbre, la roca se movió, despejándoles la salida. Nami recogió sus cosas y se apresuró a escapar al exterior, seguida de Chopper. Se abrazó a la dura cintura de Shaky.

— ¡Gracias, gracias! Te debemos otra, Shaky.

Ella inclinó la cabeza para mirarla, pero esa fue su única reacción. Se separó de Nami con delicadeza y echó a andar sin esperarlos. Pese a ello, Nami supo que tenían que seguirla. Corrieron detrás de Shaky, atravesando las calles de la Ciudad de Cristal. Nadie les prestó atención. Todos tenían cosas más importantes en qué pensar. Los bloques seguían cayendo del cielo, y Nami tuvo ocasión de examinar uno de ellos. Había quedado en medio de una calle, adónde había ido a parar tras destrozar una cúpula.

—Es granizo —dijo la chica, perpleja—. Está granizando.

Pero aquellas piedras de hielo eran demasiado grandes como para ser naturales. Por otra parte, estaban causando destrozos considerables. "Si aquí granizara de esta forma a menudo —razonó Nami—, a estas alturas ya no existiría la Ciudad de Cristal". Pero, entonces, ¿quién podría bombardear la ciudad de aquella manera? Nami pensó en Hancock. Sin embargo, desechó la idea. Ni siquiera ella sería capaz de hacer algo así. Apartó definitivamente aquellos pensamientos de su mente para salir corriendo detrás de Shaky, que se alejaba. La siguió durante un rato, entre el sonido atronador de los proyectiles de hielo que torturaban la ciudad, hasta que ella se detuvo en la entrada de la calle que conducía a la puerta de salida. Allí seguía todavía uno de los gólems guardianes, silencioso e inmóvil. El otro, probablemente, habría ido donde todos los demás, a defender la ciudad, si es que podían defenderla de alguna manera.

—No nos dejará pasar —dijo Nami, preocupada.

Comprendía que no podía pedir a Shaky que luchara contra él, y Chopper no era lo bastante consistente como para poder enfrentarse a un gólem de cristal. En aquel instante, el guardián de la puerta volvió la cabeza hacia Nami para evaluarla. Ella entendió entonces que no la juzgaba por ser una intrusa, sino por su condición de opaca. Nami tuvo miedo. El gólem de cristal se movió hacia ella, amenazador. En esta ocasión, adivinó, no se contentaría con dejarla inconsciente. Iba a matarla. Dio media vuelta para escapar, pero chocó con Chopper, y ambos cayeron al suelo. El gólem de cristal descargó el puño sobre ellos. Pero un brazo verde se interpuso entre el guardián y sus víctimas. Se oyó un sonido desagradable, como un chirrido, y el gólem de cristal retrocedió un paso. Nami se atrevió a mirar. Shaky se alzaba ante ella, inmóvil, majestuosa, protegiéndolos del guardián con su propio cuerpo. Las dos enormes criaturas se miraron la una a la otra. Shaky avanzó un paso. Mientras tanto, seguían lloviendo bloques de hielo sobre la Ciudad de Cristal. El guardián se abalanzó sobre Shaky, y los dos gólems chocaron con violencia. Shaky resistió el golpe; sus pies no se despegaron del suelo. El gólem de cristal la golpeó, volteando el brazo contra ella, y Nami oyó que algo se resquebrajaba. Sin embargo, en la penumbra no pudo distinguir cuál de los dos había sufrido daños. Sintió que algo muy frío y húmedo tiraba de ella, y se sobresaltó. Descubrió que se trataba de Chopper, que se había puesto en pie e intentaba levantarla. Nami obedeció, aún aturdida. Cuando se quiso dar cuenta, Chopper la arrastraba hacia la puerta. La muchacha trató de reaccionar y se desasió del helado contacto de su mano.

—Para… ¡Para! ¡No podemos dejarla así!

Pero Chopper la cogió, sin contemplaciones, y se la cargó a la espalda. Nami pataleó, llamando a Shaky, mientras el gólem de nieve corría en dirección a la puerta y, a sus espaldas, aquellas dos formidables criaturas, una de cristal y otra de esmeralda, seguían enzarzadas en una terrible batalla. Por fin, Chopper la depositó ante la puerta. Nami echó un último vistazo atrás, pero la niebla y la oscuridad impedían ver otra cosa que dos formas confusas. Respiró hondo y se esforzó por concentrarse en la vía de escape que tenía frente a ella. En aquel momento se oyó un ruido que acabó con un escalofriante tintineo, como si algo muy grande se hubiera roto en mil pedazos.

— ¡Shaky! —gritó Nami, angustiada. Trató de volver atrás, pero Chopper la retuvo entre sus fríos brazos.

—No te preocupes por ella —dijo una voz en la oscuridad. — Nami distinguió los rasgos del Señor de la Ciudad de Cristal, y retrocedió asustada. Pero él sonrió; y Nami descubrió entonces que era Rayleigh, el Maestro Cristalero. —Me temo que te debo una disculpa por no haberte hablado de los gólems que vigilaban las puertas —dijo él—. En mi defensa diré que no sabía que existían. Roy debe de haberlos puesto aquí después de que yo fuese expulsado de la ciudad. —Pero a Nami eso ya no le preocupaba.

— ¿Qué está pasando? —inquirió—. ¿Qué son esas cosas de hielo, y de dónde salen?

—Hancock no ha querido esperar al amanecer: está atacando la ciudad.

—No puede ser —balbuceó la chica— ¿Qué vais a hacer?

—Defendernos, por supuesto. Y ahora, vete. Los asuntos de los translúcidos no son de la incumbencia de una muchacha opaca.

—Pero… ¡todo esto es culpa mía!

—No, no lo es. Hancock lleva mucho tiempo queriendo traspasar las puertas de la Ciudad de Cristal, pero Roy nunca se lo ha permitido: sólo es una pálida, demasiado opaca para continuar, y lo seguirá siendo, mientras sea incapaz de renunciar a su ejército, a su palacio y a sus sirvientes. Hancock quiere tu Ópalo, es cierto. Pero también desea atravesar la ciudad, como tantos otros. Y ahora ya tiene una excusa para tratar de hacerlo a la fuerza. Márchate: nosotros nos ocuparemos. Yo ayudaré a mi hermano y animaré más gólems para él.

—Pero… ¿qué pasará con Shaky?

—Mi Ópalo no va a desgastarse con tanta facilidad Nami, no te preocupes.

Mientras hablaba, una figura se había acercado a ellos, envuelta en jirones de niebla. Cuando se aproximó lo bastante como para poder reconocerla, Nami dejó escapar un suspiro de alivio: era Shaky. Parecía cansada, y su pulida superficie cristalina estaba resquebrajada en algunos puntos, pero aún estaba entera. La joven se sintió tan aliviada que la abrazó con fuerza.

—Gracias, Shaky. — Rayleigh sonrió.

—Es una chica fuerte. Es hora de que te vayas, Nami. La gente está muy ocupada, pero igualmente tratarán de impedirte marchar, si te descubren.

Ella los abrazó a ambos y les dio las gracias de nuevo. Después, seguida de Chopper, franqueó las puertas de la ciudad de Cristal y corrió entre la niebla sin mirar atrás. El camino ascendía entre dos paredes rocosas espinadas de agujas de cristal. Nami corrió todo lo que pudo, trepó, resbaló, se levantó de nuevo… una y otra vez. Cuando el día comenzaba a clarear se detuvo a recuperar el aliento, exhausta. Había llegado a lo alto de la elevación, pero el terreno no se abría ante ella, sino que, por el contrario, el camino se estrechaba y se adentraba en una cueva cuya boca estaba erizada de prismas de cristal, como los dientes de unas mandíbulas amenazadoras. Nami se estremeció y dudó un momento. Se dio la vuelta para contemplar, quizá por última vez, la Ciudad de Cristal que se extendía a sus pies. La luz del día había disipado la neblina lo bastante como para apreciar sus contornos. Desde allí también eran claramente visibles todos y cada uno de los gólems de hielo que aguardaban al otro lado, ante la muralla. Sólo que ya no se contentaban con aguardar. Un cristal se rompió en alguna parte, y otro, y otro más. Nami contempló, sobrecogida, cómo los gólems de Hancock lanzaban enormes bloques de hielo contra la muralla, con tanta violencia que llegaban a quebrarla. Sus cuerpos se contorsionaban en un giro imposible para voltear el brazo desde atrás, con un brusco movimiento de cintura que disparaba rocas de hielo como si sus miembros superiores fuesen una poderosa honda. Algunos de los proyectiles eran tan grandes y llegaban tan altos que alcanzaban las torres de cristal. Nami fue testigo de la destrucción de las delicadas agujas bajo la lluvia de bloques de hielo. Impasible, Hancock contemplaba el ataque de sus gólems desde lo alto de su enorme serpiente animada.

— ¿Qué les pasa? —murmuró la muchacha, angustiada—. ¿Por qué no hacen nada?

Forzó la vista para tratar de distinguir lo que sucedía en el interior de las murallas. Una breve ráfaga de brisa despejó la niebla un poco más, y Nami vio, no sin cierto alivio, que detrás de la puerta aguardaban docenas de gólems de cristal en perfecta formación. Descubrió entonces que estaban llegando más, desde todos los rincones de la ciudad. Cuando todos estuvieran preparados, las puertas se abrirían y los translúcidos se defenderían por fin del ataque de Hancock. Nami no vislumbró a Shaky entre las criaturas de cristal, aunque desde aquella distancia era difícil estar segura. Con todo, el hecho de no distinguirla entre los demás la tranquilizó un tanto, y pensó que era curioso: aquel día muchos gólems serían destruidos, morirían, si es que la existencia de aquellas criaturas podía calificarse de vida. Y, sin embargo, Nami sólo podía preocuparse por Shaky, quizá porque era distinta, o tal vez porque la conocía… o porque tenía un nombre. Sin poder evitarlo, la joven alzó la cabeza para mirar a Chopper, que seguía en pie, junto a ella. Su cuerpo ya no era tan blanco como la nieve recién caída; ahora era de una tonalidad blanca sucia, y estaba maltrecho, al igual que su contorno. Nami acarició su frío brazo con suavidad.

—Vámonos —le dijo, con cierta ternura.

Chopper no respondió. Pero bajó la mirada hasta ella, y en sus ojos huecos a Nami le pareció leer un mudo asentimiento. Ambos dieron la espalda a la ciudad donde gélidos y cristalinos iniciaban una dura batalla sin cuartel; una batalla que había comenzado por culpa del Ópalo que Nami llevaba sobre su pecho. "Si gana Hancock —reflexionó la joven— quizá se apropie del Ópalo de Rayleigh». ¿Qué sería entonces de Shaky? Procuró no pensar en ello. Quizá cuando regresase con Luffy, pudiera hacer algo para cambiar las cosas. Si es que regresaba. Inspiró hondo y se introdujo, con cuidado, por entre los dientes de cristal de la caverna. Chopper la siguió. En el interior de la cueva, como Nami había supuesto, reinaba la más profunda oscuridad. Avanzó un poco, pero cuando la luz que se filtraba a través de la entrada dejó de ser suficiente, sacó la antorcha de la mochila.

—Atrás, Chopper —le advirtió.

Sin detenerse a ver si el gólem la obedecía, Nami encendió la tea. Cuando la alzó en alto y miró a su alrededor, se le escapó una exclamación de asombro, y a punto estuvo de dejarla caer. Estaba rodeada por cientos de muchachas exactamente iguales, y por cientos de gólems de nieve como Chopper. Todas las chicas sostenían una antorcha encendida, lo cual confirió a la cueva, de repente, una intensa luminosidad.

— ¿Quiénes sois? ¡Hablad! —las desafió Nami.

Todas las chicas movieron los labios a la vez en una muda pregunta, pero el único sonido que se oyó fue el de la voz de Nami, replicado por el eco.

—No puede ser… yo —dijo ella de pronto, anonadada; se palpó la cara con la mano libre, y todas las chicas repitieron el gesto.

Tragando saliva, se acercó a la más próxima, intentando no mirar a las demás, que avanzaban todas al mismo tiempo.

—No puedo ser yo —repitió, contemplando la imagen. La chica le devolvió una mirada entre crítica y aterrada.

No era del todo ella. O, al menos, no la Nami que ella recordaba. No había espejos en las Cuevas, pero a menudo se había visto a sí misma reflejada en las aguas del lago, cuando rompían la capa de hielo de la superficie para pescar. Aquella Nami, la Nami del espejo, tenía el cabello tan claro que casi parecía rubio. Y estaba mucho más delgada. Sin duda, aquel viaje lleno de privaciones le estaba haciendo perder volumen, pero no explicaba el cambio en el tono de pelo, ni otros cambios más sutiles como el de su piel, de una palidez enfermiza, o el de sus ojos, que también eran más claros de lo que recordaba. Y, por primera vez en su viaje, Nami tuvo auténtico pánico. Deseó regresar corriendo a casa, recuperar su vida, su aspecto, su identidad. Siempre había sido consciente de que en aquella búsqueda podía llegar a perder la vida, pero, por algún motivo, eso no le parecía tan terrible como perderse a sí misma.

— Estoy cambiando —gimió, aterrorizada.

Dejó caer la antorcha, dio media vuelta y echó a correr… y topó de bruces con otro espejo. El chocar contra sí misma y ver a cientos de Namis caer al suelo fue para ella una experiencia turbadora.

— ¡Marchaos todas! —gimió, encogiéndose sobre sí misma—. ¡Desapareced!

Cerró los ojos y se tapó la cara con los brazos. Pero cuando volvió a mirar, no sólo las Namis seguían ahí sino que cientos de Choppers avanzaban hacia ella a la vez, como un disciplinado ejército blanco. Nami gritó cuando todos ellos le tendieron una antorcha encendida, cientos de antorchas encendidas; su grito se multiplicó por el efecto del eco, y fue como si todas las Namis gritaran de horror. Pero sintió algo más: el calor de la llama de la antorcha, y se volvió hacia Chopper, el de verdad. La superficie del gólem empezaba a licuarse, como si la criatura estuviese sudando copiosamente, y el sentido común de Nami se impuso ante todo lo demás. Le arrebató la antorcha a Chopper y le ordenó:

— ¡Atrás, atrás! Esto es demasiado peligroso para ti. — Chopper obedeció, y todos los gólems retrocedieron al mismo tiempo. Nami suspiró hondo y se puso en pie. —Andando —dijo.

Deslizó una mano por el espejo, palma con palma sobre su imagen, hasta que encontró un resquicio entre aquella superficie y la siguiente. Aunque el efecto le resultaba inquietante, avanzó hacia otra de las Namis hasta casi chocar contra ella, y entonces torció a la derecha. Por ahí había un camino, pero, nuevamente, docenas de Namis y Choppers los aguardaban.

—Supongo que el secreto está en no fijarme demasiado en ellos, ¿no? —le dijo al gólem—. Después de todo sólo hay una Nami, y esa soy yo. De eso puedo estar segura, así que no tengo por qué tener miedo.

Siguieron avanzando, buscando huecos entre los espejos. Nami pronto se encontró desorientada. No importaba hacia dónde caminase, las otras Namis reproducían sus movimientos en todas las direcciones imaginables. La joven no tardó en estar completamente perdida en el Laberinto de los Espejos. Pese a todo, no dejó de caminar. Siguió adelante, sin detenerse, deslizándose entre aquellas superficies reflectantes. Y así se acostumbró a la imagen de los espejos y aprendió a sentirse reconfortada por su compañía. Ya no estaba sola, porque cientos de Namis y de Choppers la acompañaban. "Todas son yo —se sorprendió pensando—. Y yo soy todas ellas". Contempló la imagen más cercana. Y se le ocurrió una idea extraña. Quizá ella no fuera realmente Nami. Tal vez fuese una de aquellas Namis encerradas en los espejos. Tal vez la verdadera Nami estuviese al otro lado, en alguna parte, caminando, perdida entre los espejos. Y ella no era más que su imagen reflejada en un pedazo de cristal azogado. Se asustó. Gritó y golpeó con todas sus fuerzas el espejo más cercano. Fue como golpearse a sí misma, pero eso no le importó. En el fondo odiaba a aquella Nami a la que apenas reconocía, por lo que siguió golpeando el cristal, desesperada, luchando por escapar… Hasta que el espejo se quebró con un chasquido. Nami se detuvo y retrocedió, asustada, sin dejar de mirar su imagen, grotescamente partida en dos. Sin poder soportarlo más, echó a correr. Corrió y corrió a través del Laberinto de los Espejos, durante lo que le pareció una eternidad. Corrió sin volver a mirar a todas las Namis que corrían con ella, sin mantener un rumbo fijo, simplemente avanzando por donde podía. En su mente sólo cabía un pensamiento: "Tengo que escapar de aquí antes de que me convierta en una de ellas. Antes de que quede atrapada para siempre en un espejo". Cuando por fin, agotada, cayó de rodillas al suelo, la antorcha rodó y se apagó, pero la caverna permaneció iluminada. Nami alzó la cabeza, con precaución. Y vio la salida. Estaba un poco más allá, apenas un círculo de luz azulada que se derramaba sobre los espejos. La muchacha se levantó con cuidado y avanzó hacia ella, sin apartar la mirada de su objetivo. Y finalmente sus pies la llevaron hasta un arco que conducía a un nuevo túnel… sin espejos. Temblando de alivio, Nami se dejó caer al suelo, con la espalda apoyada contra la pared, y contempló la galería que se abría ante ella. Era un larguísimo túnel de cristal. Sus paredes mostraban una luminiscencia iridiscente, casi mística, con suaves resplandores cambiantes que hacían innecesario el uso de antorchas. No eran lisas, sino que presentaban unos curiosos bultos redondeados que Nami no sintió ganas de examinar. Simplemente se quedó allí, descansando. Palpó sus manos y su rostro. Seguía siendo corpórea, tridimensional. Había escapado de los espejos. Cerró los ojos con un suspiro de alivio. En aquel momento, Chopper la alcanzó. Él no se había visto afectado por el sutil engaño de los espejos, pero sus bordes y aristas habían hecho mella en su cuerpo, arañando su piel de nieve y arrancando incluso algunos pedazos de ella. Nami lanzó una exclamación consternada y se apresuró a recomponerlo como mejor pudo, apelmazando la nieve y redistribuyéndola con las palmas de las manos.

—Eres muy frágil —le dijo—. Más que esas criaturas de cristal.

Chopper no dijo nada, pero inclinó la cabeza, con cierta pesadumbre. Nami aprovechó la pausa para comer y descansar. Racionó bien las provisiones que le había dado Rayleigh; no sabía qué encontraría al otro lado, ni si volvería a topar con alguien tan hospitalario como él. Cuando se sintió con fuerzas, se levantó, cargó con sus cosas y se adentró por el túnel. Chopper la siguió.

"Continuara"

Nami Scarlet


¿Que tal? Si les ha gustado espero sus Reviews o MP, ya saben que son bienvenidos :3

Y de nuevo Nami estuvo en un peligro muy grande, es bueno saber que ahora puede avanzar y por fin salio de la Ciudad de cristal, pero lo que sigue no será fácil para ella, ¿creen que pueda alcanzar a Luffy a tiempo? o ¿llegara demasiado tarde?

Mara1451: Ahora por fin Nami puede avanzar, la cosa se pone cada vez más interesante, ya estamos casi por terminar

Monkey D Rodriguez: Sabremos verdaderamente que tan grave es el estado de Luffy cuando Nami lo alcanza (si lo hace a tiempo) Y si, nos estamos acercando al final, poco a poco la historia se pone cada vez más interesante. Gracias por tu comentario :3

Nos leemos en la próxima actualización chicos, hasta entonces :3 bye bye