Y por fin esta historia a llegado a su fin, muchas gracias a todos aquellos que se tomaron su tiempo en comentar y leer esta historia :) Espero de todo corazón que les gustara. Disfruten de la lectura.
Disclaimer: One Piece y ninguno de sus personajes me pertenecen, así como tampoco me pertenece la historia de La emperatriz de los etéreos, todos son propiedad de sus respectivos dueños y autores, Eiichiro Oda y Laura Gallego García. Yo solo tomo prestados sus personajes para dar rienda suelta a mi imaginación. Esta historia en sin ningún fin lucrativo.
Advertencia: Este fic es una adaptación y contiene OoC por parte de los personajes, lean bajo su consentimiento.
Nombre: La emperatriz de los etéreos
Autor: Laura Gallego García
Adaptación: Nami Scarlet
Clasificación: K+
La emperatriz de los etéreos
Capítulo 14: La emperatriz
Todas las voces hablaban a la vez, y Nami chilló:
— ¡Callaos! ¡Dejadme en paz!
Siguió debatiéndose con todas sus fuerzas, pero los invisibles continuaban tirando de ella. Bajo un velo de lágrimas, Nami descubrió varios rostros espectrales entre la niebla: seres inmateriales, como Alma, que no podían retenerla, pero que no renunciaban a observar lo que estaba sucediendo y a hacer comentarios a su vez.
"¿Qué hace aquí una opaca?".
"¿Cómo se atreve?".
"¿Por qué no ha Cambiado?".
"Qué horror, es monstruosa…".
— ¡Dejadme marchar! —Aulló la joven, cada vez más desesperada—. ¿Qué os importa cómo sea yo? ¿Qué más os da? ¡Luffy! —Gritó de nuevo—. ¡Luffy, escúchame! ¡Soy yo, Nami! ¡He venido a buscarte!
"Déjalo; no puede escucharte", dijo una voz conocida. Nami dejó de patalear. Miró a Alma, suplicante.
—Diles que me suelten —rogó—. Sólo quiero llegar hasta Luffy. Sólo quiero hablar con él. Por favor… he venido desde muy lejos… —se le quebró la voz y no pudo continuar.
"Es inútil, Nami —dijo Alma—. El chico tiene derecho a intentar la Ascensión. No debes estorbarle".
— ¿La Ascensión adónde? ¿Al palacio de la Emperatriz? —Nami se revolvió entre las garras invisibles de sus captores—. ¡Pero no puedo permitirlo! ¡Necesito hablar con él!
"Es culpa tuya —dijo entonces la voz del Invisible al que ya conocía—. ¿No te has parado a pensarlo? Si hubieses Cambiado, serías inmaterial ahora. Y nadie podría retenerte. Eres tú la que has caído en tu propia trampa. Tú y tu obstinada resistencia a Cambiar".
—Pero… ¡pero Luffy todavía no ha Cambiado! —protestó ella.
"¿Estás segura?".
Con el corazón en un puño, Nami contempló la esbelta silueta de su amigo. Parpadeó. No, no era una ilusión óptica producida por la niebla. Realmente, sus contornos estaban borrosos. Y su figura no era del todo sólida. Podía ver a través de él. Para todos los casi-etéreos allí reunidos, aquello era una buena señal. Significaba que Luffy había evolucionado hacia un estadio superior. Pero Nami, egoístamente tal vez, sólo podía pensar en que lo estaba perdiendo.
—¡LUFFY! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones y de su desesperación.
El grito resonó por todo el valle y conmocionó a sus silenciosos habitantes. Nami sintió que los invisibles le clavaban los dedos con más violencia, pero no le importó. Porque Luffy se había dado la vuelta y los estaba mirando. Nami contuvo el aliento. Su cabello era ya blanco, tan blanco que brillaba entre la niebla, y tan fino y ligero que flotaba en torno a él. En un rostro casi cadavérico, de la frialdad de una flor de escarcha, sus ojos parecían más enormes que nunca y relucían como dos gotas de cristal azul. Aquel era el único toque de color en él: aquellos ojos que atesoraban en sus pupilas el brillo de la Estrella de la Emperatriz. Y estaba tan, tan delgado… a Nami se le encogió el corazón. Parecía frágil como el más fino cristal, ligero como un soplo de brisa.
"Su cuerpo ya casi no existe —dijo Alma, con respeto—. Pronto podrá Ascender. Si su voluntad es lo bastante poderosa, tal vez sea capaz de pasar a la última fase del Cambio ahora mismo".
Aquello fue más de lo que Nami podía soportar. Los casi-etéreos se habían sumido en un silencio reverencial y observaban a Luffy, conscientes de la importancia del momento. Pero Nami no podía quedarse callada.
— ¡Luffy! —gritó—. ¡Soy yo, Nami! ¡He venido a buscarte!
La mirada del joven resbaló sobre los presentes, clara, cristalina y sutil, sin detenerse en Nami siquiera por un instante, como si no la viera o no la reconociera. Entonces, lentamente, Luffy dio media vuelta, alzó la cabeza hacia la Estrella y abrió los brazos.
— ¡Luffy! —Gritó de nuevo Nami—. ¡Estúpido, cabeza hueca! ¡Vuélvete! ¡Mírame! ¡No sigas con esto o lo lamentarás!
"Cállate —cortó el Invisible con brusquedad—. Está Cambiando. ¿No lo ves?".
En efecto, la muchacha se daba cuenta de que la figura de Luffy era cada vez más tenue. Se estaba transformando en un etéreo. Ante sus ojos. Y ella no podía hacer nada para evitarlo.
"Oh —suspiró Alma—. Un recién llegado. Y tan joven. Debía de ansiarlo con todas sus fuerzas, porque la Emperatriz le ha concedido su deseo".
"Los hay que nacen con suerte", comentó el Invisible.
Nami contempló, impotente, cómo los pies de Luffy se separaban del suelo y el muchacho comenzaba a flotar, lentamente, cada vez más alto. Un murmullo de envidia y admiración llegó hasta la mente de Nami, procedente de las filas de los casi-etéreos, las criaturas invisibles e inmateriales que aguardaban a perder los últimos rastros de su corporeidad.
«Miradlo… —decían— Está Ascendiendo.».
—Esto no puede estar pasando — murmuró Nami sacudiendo la cabeza—. No es más que un mal sueño…
"Míralo —dijo Alma—. Está Ascendiendo. Sólo alguien que lo haya deseado desde hace mucho tiempo podría conseguirlo al primer intento".
Nami recordó las palabras de Luffy, muchos años atrás, cuando ambos eran niños. Había jurado que llegaría al palacio de la Emperatriz.
"Si tanto te importa —dijo el Invisible—, ¿por qué quieres apartarlo de su sueño?".
Nami apretó los puños y alzó la cabeza, con renovada decisión. —Porque su sueño lo matará. No me importa que después me odie durante el resto de su vida. He de sacarlo de ahí. ¡Luffy! —gritó—. ¿Me oyes? ¡Te llevaré de vuelta a casa, lo quieras o no!
Luchó de nuevo por desasirse, con todas sus energías, con una fuerza nacida de la desesperación. Por fin, logró liberarse de aquellas manos blandas que la retenían y echó a correr, gritando el nombre de Luffy. Oyó las voces de los casi-etéreos en su mente, pero ya no les prestó atención.
"¡No la dejéis marchar!".
"¡Sujetadla!".
"Es igual; dejadla ir. Después de todo, no logrará Ascender".
Nami llegó al pie del gigantesco prisma de cristal. Miró hacia arriba, entre la niebla, pero sólo pudo ver una helada y deslumbrante luz azul. Y Luffy flotaba, cada vez más alto, lejos de su alcance.
— ¡Luffy! —gritó Nami.
Pero él seguía sin escucharla. Nami trató de saltar, pero resultaba obvio que era demasiado pesada. Se sintió desfallecer. Jamás lograría alcanzar a su amigo. Pero tenía que hacerlo. Debía hacerlo porque, si lo perdía de vista esta vez, ya no habría más ocasiones. Oprimió el Ópalo entre sus manos, rogando a la Diosa que le ayudase a arrebatarle a la Emperatriz aquel muchacho atolondrado y encantador. "No dejes que se lo lleve —suplicó— Por favor, a él no". Pero no tenía modo de seguirlo. Ella era Nami la opaca, Nami la corpórea, la pesada, la voluminosa. Jamás lograría volar del modo en que él lo hacía. Para ello, recordó, había que transformarse en etéreo. Había que Cambiar. Y para Cambiar se necesitaban dos cosas: la luz de la Estrella y la voluntad de Cambiar. Incluso en aquel momento en que la vida de Luffy dependía de ello, Nami no deseaba Cambiar. No quería ser más pálida, más delgada, más transparente, más etérea. Y en cuanto al otro requisito, su Ópalo la había protegido en gran medida de aquella inhumana luz azul. No había ninguna posibilidad. ¿O tal vez sí? También había creído, al borde del Abismo, que sería incapaz de volar. Y, no obstante, se había arrojado al vacío y había cruzado al otro lado. Y no lo había hecho hipnotizada por la luz de la Estrella, ni llevada por su deseo de Cambiar. Cerró los ojos un momento. "Tal vez lo que me haga falta —se dijo—, sea voluntad a secas". Volvió a abrir los ojos y le gritó a Luffy, que seguía elevándose hacia la morada de la Emperatriz:
— ¡Luffy! ¡Espérame, que voy contigo! ¡Volaré si es preciso, pero te juro que voy a llegar ahí arriba y voy a obligarte a bajar! ¡Y lo digo en serio!
No obtuvo respuesta, pero tampoco la esperaba. Rauda como el pensamiento, se quitó la cadena con el Ópalo y la enrolló a su muñeca para no perderla, de modo que la piedra no quedara en contacto con su piel. De inmediato, se sintió más ligera. Luffy seguía ascendiendo. La Emperatriz lo reclamaba para sí, y era una soberana impaciente y caprichosa. Con creciente angustia, Nami comprobó que ya era difícil distinguirlo, no sólo a causa de la niebla y la distancia, sino también porque su silueta iba haciéndose cada vez más tenue, como las últimas gotas de lluvia tras la tormenta.
— ¡Luffy! —gritó—. ¡No! ¡Espera! ¡No te vayas!
No debía dejarlo marchar. No podía dejarlo marchar. Y, mientras, la luz azul de la Estrella se colaba por sus retinas e inundaba su ser, pintando su alma con el resplandor de la Emperatriz. No podía dejarlo marchar. Apenas notó que se volvía más ligera y que sus pies se despegaban del suelo. Ya no oyó en su mente los murmullos de los casi-etéreos que los contemplaban desde abajo. Sólo tenía ojos para Luffy, que se elevaba cada vez más y más lejos… Tenía que alcanzarlo, como fuera.
— ¡Luffy, vuelve! —gritó; y después—: ¡No puedo dejarte marchar!
Siguió llamándolo, ajena a todo lo demás, sin ser consciente de que levitaba, flotaba, volaba y estaba cada vez más lejos del suelo. Lo único que le importaba era que estaba cada vez más cerca de Luffy. Podría haber sido un instante o una eternidad, o ambas cosas. Pero, cuando Nami llegó por fin a la altura de Luffy, tuvo la sensación de que el tiempo ya no existía. No tenía ya voz para llamarlo. Alargó la mano y trató de sujetarlo por un pie. Pero sus dedos no lograron aferrarlo. El joven, haciendo honor a su nombre, parecía haberse vuelto tan inconsistente como el aire. Inmaterial. Casi-etéreo. "No puede ser", pensó Nami, horrorizada, y la angustia la hizo flotar un poco más alto. Cuando pudo mirarle a la cara se dio cuenta, con espanto, de que Luffy ya casi no era Luffy. Se había convertido en una sombra, en un espectro. Pronto, comprendió, desaparecería sin más.
— ¡Luffy, escúchame! ¡Mírame! — insistió.
Pero el muchacho seguía sin reaccionar. Sus ojos estaban fijos en la luz de la Estrella, y su rostro parecía haberse congelado en una permanente expresión de éxtasis. Nami alzó la mirada para ver qué era lo que lo tenía tan embrujado. Era la primera vez que lo hacía desde que comenzara su Ascensión. Antes, sólo había tenido ojos para Luffy. Ahora podía contemplar la verdad en toda su inmensidad. Y echó de menos los cuentos de Leyn. Porque eran mucho más amables que la espantosa realidad que los aguardaba. No había ningún palacio. No había ninguna Emperatriz. En lo alto de aquel prisma cristalino sólo estaba la Estrella, aterradora, voraz, que los atraía hacia ella como una piedra imán. Nami sentía su hambre, su deseo de atraparlos. Con horror, vio que su propia mano comenzaba a transparentarse. Como había sospechado, era la propia Estrella la que volvía etéreas a las personas. La Estrella era la Emperatriz de las leyendas. Había descendido de los cielos en tiempos remotos, y su luz azul había ido despojando a las cosas, a los animales y a las gentes de su corporeidad. Como un niño que le quita la cáscara a un fruto seco para devorar el interior, así iba la Emperatriz desnudando a los espíritus de sus cuerpos para, por fin, alimentarse de su esencia. De esa manera, con el tiempo, fue acabando con toda la vida que recubría el planeta. Y este se volvió frío en su superficie, pero conservó sus últimas fuerzas en el interior. Sin saberlo, las gentes de las Cuevas y otras comunidades similares eran rebeldes en un mundo gobernado por la inhumana Emperatriz, la Estrella azul que descendió de los cielos. Ellos adoraban a la Diosa de la vida en un mundo donde los que veneraban a la Emperatriz, hipnotizados por su frío resplandor, despreciaban todo lo que los rodeaba y soñaban con liberarse de sus cuerpos para ofrecer sus espíritus a su hambrienta señora. Y, ahora, la Emperatriz, aquella estrella que se alimentaba de almas, iba a devorarlos a ellos también. Nami lo supo en el mismo instante en que la luz de la Emperatriz rozó su retina. Después de tantísimo tiempo devorando la esencia de todas las cosas vivas que había sobre la tierra, a la Emperatriz le quedaba ya poco de qué alimentarse. Aquella criatura llevaba mucho tiempo pasando hambre. Y no podía hacer nada al respecto, puesto que estaba varada en aquel mundo, el mundo que ella misma había asolado, sin posibilidad de escapar. Y, por eso, Nami y Luffy tampoco escaparían. Porque ella no se podía permitir el lujo de dejarlos escapar. La chica trató de sujetar a su amigo, pero, una vez más, lo encontró tan incorpóreo que fue como intentar capturar al viento con los dedos.
—No, Luffy, no —le suplicó—. No te vayas.
En un impulso, alzó el Ópalo, que aún pendía de su muñeca, y pasó la cadena por la cabeza del joven. "Diosa, mantenlo atado a este mundo —le rogó —. Devuélvele su cuerpo, el cuerpo que creció en el vientre de su madre igual que las semillas que se alojan en tu seno. Diosa, te lo suplico, ayúdame: ayúdale". Dejó caer el Ópalo. Pero, ante su horror, la piedra atravesó limpiamente la imagen de Luffy, amenazando con precipitarse al vacío. Sin embargo, en el último momento, la cadena quedó enganchada en la punta del pie de Luffy. La piedra que había otorgado vida al cuerpo inerte de Chopper devolvía ahora parte de su materialidad a una vida sin cuerpo. Nami recuperó el colgante y volvió a ponérselo a Luffy en el cuello. Y esta vez se quedó allí. Llorando de alivio, abrazó a su amigo por primera vez en mucho, mucho tiempo. Su cuerpo parecía frágil y poco consistente, por lo que ella no quiso estrecharlo con mucha fuerza. Pero sí trató de infundirle calor, puesto que Luffy le transmitía la frialdad de un gólem de hielo. Debido a la influencia del Ópalo, o a la corporeidad recuperada de Luffy, o a ambas cosas, los dos comenzaron a caer, lentamente. Entonces él la miró; y sus ojos, claros y brillantes, parecían dos réplicas exactas de la estrella azul.
— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó, con una voz tenue, casi inexistente.
—Voy a sacarte de aquí —dijo Nami, resuelta—. Voy a salvarte. Escaparemos juntos…
—Yo no quiero escapar —cortó Luffy, separándose de ella con brusquedad—. Voy a llegar hasta la Emperatriz. Seré etéreo. Seré eterno.
—No serás nada —replicó Nami—. La Emperatriz hará que tu cuerpo se desvanezca y devorará tu alma, y entonces no quedará nada de ti. ¿Me oyes? ¡Nada! — Luffy se apartó de ella todavía más.
— ¡Déjame en paz! —Le espetó, y se quitó la cadena con el Ópalo—. ¡No quiero esto! ¡Quiero Ascender! — Nami recogió el Ópalo antes de que cayera al vacío.
— ¡Idiota! —le recriminó—. ¡Recuerda lo que Nyon te decía! ¡Antes de mirar al cielo hay que mirar alrededor! ¡Antes de soñar con otros mundos tienes que cuidar de este!
Pero Luffy ya no la escuchaba. Había vuelto su rostro hacia la Emperatriz y alzaba sus brazos al cielo, ofreciéndose, entregándose. Nami se tragó las lágrimas. Veía cómo el cuerpo de Luffy se desvanecía de nuevo y ella no podía hacer nada para evitarlo.
— ¡Está bien! —le gritó, furiosa—. ¡Vete tú solo! ¡Yo no pienso acercarme más a esa cosa!
Volvió a colgarse el Ópalo. La fuerza de la Diosa tiró de ella hacia la tierra, y el poder de la Emperatriz tiró de ella hacia el cielo. Los dedos de Nami se cerraron en torno al Ópalo y lo sintió cálido y palpitante en sus manos. Era tan diferente a la fría Estrella azul… que la miraba desde el cielo, hermosa, fascinante y letal. Nami sacudió la cabeza para liberarse de su embrujo. Cerró los ojos un instante y se le ocurrió una idea loca, una idea absurda… Pero, si funcionaba, sería la única oportunidad de salvar a Luffy. La única oportunidad de salir de allí con vida. Se puso el Ópalo sobre el pecho y comenzó a pensar en cosas terrenales. Pensó en comida, y empezó a sentir hambre. Pensó en su cama, y empezó a sentir sueño. Pensó en Chopper, y sintió tristeza. Lentamente, su cuerpo fue despertando para recordarle que seguía viva. Y, al mismo tiempo, comenzó a Descender. La reacción de la Emperatriz no se hizo esperar. Nami sintió un fuerte tirón. La estrella trataba de atraerla con más intensidad. Nami se esforzó en seguir sintiendo cada célula de su cuerpo. Fue una tortura, porque de pronto todas sus sensaciones físicas regresaron de golpe a ella: el hambre, la sed, el cansancio, el frío, el dolor, el sueño… Llevaba mucho tiempo sin ocuparse de su cuerpo, y este le pasó factura en cuanto osó interrogarle. Y, cuanto más intensas se hacían estas sensaciones, tanto más opaca se volvía Nami. Y más le atraía la tierra. Y, justamente, por eso, la Emperatriz luchaba más y más para absorberla. Nami se estaba protegiendo. Estaba recuperando su envoltorio carnal y, en otras circunstancias, la Estrella le habría dejado marchar. Pero la tenía demasiado cerca y estaba demasiado hambrienta. Nami sabía que, una vez iniciada la Ascensión, no había vuelta atrás y la Emperatriz la devoraría igualmente, sin importar el estado en el que se encontrara. Contaba con ello, en realidad. Cuando sintió que la fuerza de atracción de la estrella era tan intensa que no podría soportarla más, Nami se quitó el Ópalo y lo sujetó en su mano, cerró los ojos y evitó pensar en nada. Y salió disparada hacia arriba. La Emperatriz la succionó casi con desesperación, y Nami se vio Ascendiendo más deprisa de lo que ningún Etéreo lo había hecho jamás. Pasó junto a Luffy y alargó la mano para tomar la de él. Pero el chico se había vuelto ya demasiado inmaterial como para poder tocarlo. "Debo subir… —pensó Nami—. Pero no… muy deprisa…". Estaba aterrorizada, pero debía llevar a cabo el plan que se había propuesto. Cuando juzgó que era el momento apropiado, soltó el Ópalo. Aguantó todo lo que pudo, rezando a la Diosa e insistiendo en ser la más opaca de todos los opacos, mientras la Emperatriz tiraba de ella, tratando de arrebatarle la corporeidad en la que Nami se empeñaba en envolverse. Y entretanto, poco a poco, el Ópalo Ascendía. La fuerza de atracción de la Emperatriz en aquel momento era tan intensa que ni siquiera el poder de la piedra podía resistírsele. Nami sintió que también ella seguía subiendo, y luchó por mantenerse en aquella posición. La Emperatriz tiró de ellos todavía más. Nami se esforzó por seguir donde estaba… Pero la fuerza de la Estrella era tan poderosa que creyó que iba a desgarrarle el alma. Y, mientras tanto, el Ópalo seguía Ascendiendo, porque la Emperatriz continuaba succionando furiosamente… hasta que su resplandor se lo tragó. Instantes después, la luz azul de la Estrella menguó hasta adoptar un tono más pálido, enfermizo.
— ¡Ahí tienes! —le gritó Nami, sin poderse contener—. ¡Espero que te provoque una buena indigestión!
La Estrella parpadeó un par de veces, tratando de asimilar la fuente de vida pura que era el Ópalo que acababa de penetrar en su esfera cristalina. Pareció que algo se revolvía en su interior, y Nami se sintió inquieta a pesar de su alegría: La Diosa estaba atacando a la Emperatriz alienígena desde su propio corazón; o, mejor dicho, acababa de dotar de corazón a una criatura cuya esencia consistía en no poseer ninguno. Hubo solamente otro par de destellos azules. Y, entonces, la Estrella estalló. No fue una explosión ígnea ni estruendosa. Ni siquiera fue particularmente violenta. Simplemente, la Estrella se contrajo y después vomitó en silencio miríadas de frías chispas azules. Nami no fue capaz de ver nada más. De pronto, sin la fuerza de atracción de la Emperatriz, la gravedad tiró de ella con urgencia, y empezó a caer en picado. La tierra que tanto había defendido iba a destrozarla irremediablemente. "Voy a morir —fue lo único que pudo pensar—. Voy a morir". Y su cuerpo le obsequió con una sensación muy propia de los opacos: el miedo. Cerró los ojos. Algo la frenó en el aire, sin embargo. Nami sintió que se le cortaba la respiración, y más tarde recordaría haber pensado que el impacto no había sido tan doloroso como temía. Pero sus sentidos le comunicaron que seguía viva, por lo que abrió los ojos, con precaución. Luffy la sostenía y la miraba con seriedad. Aunque a su alrededor seguía parpadeando aquella lluvia de luces azules, los ojos de Luffy eran cristalinos, transparentes, sin asomo de color. Pero lo más importante era que el chico la estaba sujetando.
—Te has vuelto corpóreo — murmuró ella.
—Por poco tiempo —dijo Luffy. Nami no lo entendió.
Flotaron los dos, suavemente, hasta el suelo. Luffy seguía siendo demasiado etéreo como para caer a plomo, como Nami, incluso sin la mirada azul de la Emperatriz clavada en el cielo. Por fin aterrizaron sobre el suelo blando. Enseguida se vieron rodeados de casi-etéreos.
"¿Qué ha pasado?".
"¿Dónde está la Estrella?".
"¿Y la Emperatriz?".
"¡Ha sido culpa de la opaca!".
"¡No tendría que haber Ascendido! ¡Ha ofendido a la Emperatriz!".
"Silencio todos", dijo la voz del Invisible al que Nami conocía.
"¿Por qué hemos de callarnos?".
"Sí, eso, ¿por qué?".
"¡La opaca debe pagar!".
"Silencio todos —repitió el Invisible—. Estoy viendo algo que hacía mucho que no contemplaba. Y lo echo de menos".
Era un argumento extraño y en apariencia poco convincente. Pero todos, invisibles e inmateriales, enmudecieron y retrocedieron un par de pasos para dejar espacio a Nami y a su amigo. Ella no les prestaba atención. Luffy se había derrumbado en el suelo, y ella lo sostenía ahora entre sus brazos; estaba extremadamente delgado y débil. Al borde de la muerte. Sin la poderosa fuerza hipnótica de la Emperatriz, el maltratado cuerpo del muchacho empezaba a acusar sus carencias.
—Tienes que aguantar, Luffy —le estaba diciendo ella en voz baja, con un nudo en la garganta— Te llevaré a casa, te cuidaremos y te pondrás bien.
Luffy respiraba con dificultad. Le dirigió una mirada cansada y, en aquel rostro casi cadavérico, aún fue capaz de lucir su inconfundible sonrisa.
—Es… demasiado tarde, Nami.
—No, no lo es —discutió ella—. No he llegado tan lejos sólo para dejarte morir.
—Es que… es duro. El hambre, el dolor… el sueño. No aguanto más. Mi cuerpo… me tortura. Aún estoy a tiempo de… ser etéreo… Todavía puedo… librarme del dolor… — Nami no pudo más. Le dio un sonoro bofetón que lo dejó aturdido por un instante.
— ¡Pero qué te has creído! —Le gritó —. ¡Yo sí que he sufrido, no te imaginas cuánto! ¡He pasado hambre y frío, he pasado miedo, he estado a punto de morir! ¡Me he dejado los pies caminando detrás de ti y he perdido a un buen amigo cuyo único error fue acompañarme en mi viaje! ¿Y te atreves a hablarme de dolor? ¿Qué sabes tú del dolor? — Sin poder contenerse más, se echó a llorar.
—Pero… Nami —pudo decir Luffy, confuso—. ¿Por qué… has hecho todo esto por mí? ¿Por qué… has venido a buscarme? — Ella lo miró como si fuera realmente corto de entendederas.
—Porque te quiero, estúpido — respondió, sin más.
Y, bajo una lluvia de destellos azules que seguía anunciando la muerte de una estrella, las miradas de ambos se cruzaron y en sus ojos brilló, por un instante, la verdadera esencia del poder de la Diosa.
"FIN"
Nami Scarlet
¿Que tal? Si les ha gustado espero sus Reviews o MP, ya saben que son bienvenidos :3
Espero que hayan disfrutado de este final, y pues no se preocupen que hay un pequeño epilogo para saber que fue de nuestro protagonistas :)
Mara1451: Pueden ser muy desesperantes los etéreos, pero como vimos, están cegados por una perfección amorfa que a mi parecer no vale la pena, Nami logro salvar a Luffy y derrotar a la emperatriz! Espero que te gustara el final, y pronto subiré el epilogo. Gracias por leer.
L3onn: Espero que el final te gustara, Nami logro rescatar a Luffy! Muchas gracias por leer y tomarte tu tiempo para comentar :D
Nos leemos en la próxima actualización chicos, hasta entonces :3 bye bye
