Resumen: Aun cuando el tiempo pase, Dimitri jamás podrá olvidar sus días oscuros, aunque ahora no sólo sean más que densas pesadillas. Sólo la simple calidez del cuerpo de Roza le recordaba que estaba vivo, que había dejado todo eso atrás.


Sueños

¿Dónde estaba?

Todo estaba sumido en la callada oscuridad, no había ninguna cosa o persona por ahí, nada tomaba forma en ese espacio vacío. Ciertamente, no era muy de su agrado el no saber cuál era su entorno o ubicación. Se volteó para ver si se podía encontrar algo a sus espaldas, algo más que oscuridad. En efecto, vio una extraña luz roja que se proyectaba formando el contorno de una puerta. Fue a ella no sabiendo qué otra cosa hacer, pero a medida que se acercaba, esta le daba una sensación familiar, conocida.

¿Ya había estado ahí antes?

Tomó la puerta y la abrió completamente para entrar. Al instante todo cambió. Se encontraba en un antro que él recordaba muy bien haber frecuentado, pero no terminaba de acordarse cuando fue eso. Todo estaba iluminado por luces rojas, a donde mirara, era de ese color. Un extenso bar se veía al fondo, donde los barmans hacían varios movimientos al mezclar las bebidas para entretener a la gente que estaba alrededor. La música electro-pop estaba a todo volumen y la gente con poca y ajustada ropa se apuraba en la pista de baile que estaba rodeada por mesas donde más gente se sentaba a tomar sus bebidas. A los lados de la tarima en donde se encontraba tocando el DJ, había un par de jaulas que estaban ocupadas por unas bailarinas en diminutas prendas de cuero.

El lugar se veía bastante bien, se veía que era un lugar exclusivo y que no cualquiera podría entrar ahí. Sólo había un problema con el lugar: por más que forzara la vista, no podía distinguirle la cara a nadie. Todos los rostros del lugar e incluso algunas personas por completo le eran borrosas. "No necesito recordar sus rostros".

A pesar de ese inconveniente, pensó que había un buen ambiente de fiesta. Por un momento quiso unirse, aunque sólo fuera a pedir una bebida que no iba a tomar. Pero él no iba a divertirse, recordó, alguien lo esperaba y debía ir a verlo.

Su cuerpo empezó a moverse hasta un costado del lugar, en donde se encontraba la zona VIP; si para entrar a la zona común ya debías ser alguien influyente, para la VIP aún más. Y para poder ingresar, debía pasar por una puerta metálica resguardada por un gorila algo intimidante. Aquella masa de músculos lo dejó entrar casi al instante, en el mismo momento en que lo vio. En esa zona del antro, el techo no era tan alto como el de la otra, era más bajo, pero tenía el nivel suficiente para colocar plateados tubos largos en medio de las mesas dispuestas para los clientes, y para ser usados por bailarinas en lencería.

Fue a una mesa que estaba hasta el fondo, donde se suponía que ese sujeto estaría esperándolo, pero se encontró con que estaba vacía. Aquel idiota no había llegado aún. Sintió algo arremolinándose en su interior: furia y cólera, pero se controló. Decidió sentarse en el largo asiento de cuero que rodeaba la mesa y esperó tranquilamente mientras veía bailar a la dulce chica que estaba frente a él. Era una rubia de piel extremadamente blanca que contrastaba con el negro de su ropa de trabajo. Tampoco a ella podía distinguirle la cara, aunque no era como si le interesara ver el de ella en especial, no era su tipo ciertamente, prefería a las de pieles cálidas, pero eso no quitaba que su cuerpo era tentador.

Repentinamente ella le puso más esfuerzo a su baile, tratando de parecer más sensual, más sexy. Percibía que lo estaba mirando con ojos lujuriosos, aunque podría haber sido su imaginación. Pensó que la chica era una ilusa, si es que trataba de seducirle; por más que la mirara bailar, por más sexy que fuera, no le apetecía más que para ser su bocadillo, pero eso no le impidió llamarla para que fuera a él.

¿Pero por qué hice eso?

No estaba seguro de si se podía tocarla, aunque de todos modos no era como si le pudieran hacer algo. Con un sólo chasquido, de habérsele dado la gana, podría destruir todo este lugar y arrancar la garganta de todos los asistentes.

La bailarina bajó de la mesa para sentarse en su regazo con toda la gracia que tenía una ramera. Le hablaba con condescendencia, tratando de parecer alguien interesante, pero rápidamente dejó ver lo que le importaba. Fue acercándose a él poco a poco, hasta pedir permiso sutilmente para mirarlo y pedir permiso, él se lo dio. Ella intentó llevar el control de la situación, tratando de parecer la experta. La muchachita creyó que ella podría con él, seducirlo, domarlo... pero él siempre tendía el control de todo.

Pero esto no debe ser así...

Rápidamente, su saliva hizo efecto en la prostituta, haciendo que ella buscara más en el beso, profundizándolo. El deseo carnal la estaba tomando, deseaba tener más de él hombre extraño de aires amenazantes y dominantes. Él detuvo el beso, no, también extasiado, y empezó a descender por su cuello, no, hasta llegar a su punto favorito para atacar.

Abrió su boca a punto de... ¿Qué demonios iba hacer? Él no iba a hacer eso, ¿o sí? No, él ya no era aquel monstruo, había cambiado, era diferente ¿no era así? Debía hacer algo, debía tenerse, pero no podía

¡No! ¡Detente, detente! Se decía a sí mismo, pero sin poder sobre su cuerpo. ¡Esto no está bien!

Entonces, toda la imagen que tenía en esos momentos se distorsionó y la chica y el lugar fueron llevados por el viento como si fueran polvo. Ahora todo estaba envuelto en sombras, de nuevo, pero esta vez había algunas formas que podía ver. Se encontraba en algún sucio callejón de alguna ciudad, teniendo a su lado un hediendo contenedor de basura y no había nadie a su alrededor. Bueno, quizás alguien. Un hombre estaba tirado en el suelo frente a él, haciendo grandes esfuerzos por respirar y cuando parecía que ya se había recuperado, inesperadamente, él le pateó, con fuerza. El tipo soltó un fuerte quejido. Le había roto una costilla. Lo sabía porque pudo escuchar el crujido del firme hueso romperse, había escuchado ese sonido muchas, muchas veces.

De repente, el tipo a sus pies le habló, diciéndole que no era su culpa, lo tomaron desprevenido, que, por favor, no lo matara. Pero él sólo lo miraba. Y el lenguaje corporal de tipo se tornó más aterrado y desesperado, seguía rogándole por su vida, de manera agobiante. Entonces, una voz de lo más fría y atroz le dijo que cerrara la puta boca de una vez, que ya no quería escuchar sus lloriqueos. Se dio cuenta que esa voz venía de él. El tipo golpeado seguía insistiendo, llorando, ignorando lo que le dijo.

Irritante, escuchó un susurró en su cabeza.

Se inclinó sobre el hombre y tomó su cuello, con su mano, para ponerlo al nivel de sus ojos y apretar con fuera. El sujeto trató de respirar desesperadamente, pero lo único que logró fue hacer más ruidos molestos, por lo que su cuello fue sujetado con más fuerza. Su rostro se puso azul, ya no podía ni suspirar, no le faltaba mucho para que se desmayara, pero su columna cervical fue rota por toda la fuerza usada en él, por lo que murió antes.

Lo dejó caer como basura al suelo una vez que dejó de sacudirse y dejó de escuchar su corazón. Él estaba horrorizado por lo que le había hecho a ese humano, quería vomitar por haber sentido satisfacción cuando vio sus ponerse en blanco, sin embargo no se movía, no se iba. Algo le hacía quedarse ahí quieto, observando el cadáver. "Era un inútil". ¿Quién había dicho eso? "No hacía más que robarme."

¿Quién era el ser que le estaba hablando?

"Tú me conoces."

¿Eso era cierto?

Una vez más todo se empezó a distorsionar, el lugar cambió, y era irreconocible para él. Ahora se encontraba en una habitación, o eso creía, y todo volvía a ser rojo. Notó que también su posición había cambiado, estaba como a gatas. Y debajo de él había otra chica, de igual manera borrosa, pero el cabello de esa chica era de un color tan oscuro que estaba a pocos pasos de ser negro, su piel adquirió un tono más cálido, y su rostro empezó a tomar forma para su sorpresa, aunque él intuía quién podía ser, y eso encendía una chispa de emoción en su siniestro ser. Se dejaron ver unos ojos cafés almendrados tan oscuros como el cabello visto anteriormente, rasgos familiares y unos labios carnosos. Se reveló la cara de Roza. Ambos estaban en medio de una extensa cama de sábanas rojas de seda, y ella se hallaba desnuda. Su rostro era ocupado por el libido, un rubor se extendía por sus mejillas, sus ojos lo miraban con somnolencia, ¿o era delirio? Con su posición abierta, y expresión sonriente, estaba invitándolo a probarla.

Dimitri... —Murmuraron los labios rojos de su amante, deseosa.

Era tan provocativa a sus ojos, que no pudo resistirse a inclinarse más sobre ella y buscar sus conocidos besos con ardiente desesperación. Le complació que ella le respondiera al instante, salvaje. Ella abrió su boca sin miramientos, por lo que sus lenguas se encontraron con rapidez, entrelazándose, profundizaron el beso. Ella lo abrazó, y lo atrajo hacia sí. A él encantaba la vehemencia con la que ella lo buscaba...

¿Qué?

… el cómo dejaba que él llevara el control en los movimientos y su casi notable sumisión, pero, él deseaba más, más, aún más de ella. Dejó sus labios y fue bajando por su cuello, clavícula, pecho, probando el sabor del sudor que cubría su piel. Esto esta mejor, pensó recordando a la bailarina. Conocía ese cuerpo como si fuera el suyo, le era familiar a sus manos. ¿Como no desearla tanto si ella respondía a su toque con esa expresión erótica y exhalaciones placenteras? Entre más caricias y besos, más fuerte y toxico era el perfume que emitía Roza; se dejó envolver y llevar por él, y por su deseo animal que no hacía más que crecer, haciendo que se volviera más agresivo en sus movimientos.

Más, ella le estaba pidiendo más, así que él se lo daba, pero repentinamente una realidad lo golpeó; se detuvo por completo y miró de arriba abajo a Roza. Se horrorizó al ver las marcas y moretones que había estado dejado en ella, iban desde su cuello a todo su torso. Entonces se dio cuenta que la tenía sujetada de las muñecas, por encima y a los lados de su cabeza; las soltó como si fueran hierro al rojo vivo y entonces vio que estas estaban moradas, con sus dedos marcados.

¿Qué diablos? ¿Por qué él le había hecho eso? Era una monstruosidad. ¿Qué estaba pasando con él, con su mente? ¿Qué estaba pasando con ella? ¿Por qué consentía esto? ¿Por qué no lo detenía?

¿Por qué él no se detenía?

Ella le estaba llamando de nuevo con su voz de terciopelo, pidiendo que volviera con ella, que continuará... y él fue. ¿Cómo podía negarse al llamado de su amante? Pero ella también estaba pidiendo otra cosa, ella pedía... pedía que le mordiera. ¿Qué? No, ¡No! Él ya no... él no iba a...

"¿Por qué te niegas?" Le habló de nuevo la voz fría y sombría. "Esto es lo que deseas, esto es lo que ella desea".

No, eso no era cierto, él no quería esto, ni ella. Aquella voz extraña estaba metiéndose en su mente, jugando con ella.

"Te equivocas, yo no soy un extraño. Y tú quieres esto. Lo extrañas, lo anhelas, impregnar tu paladar de dulce sangre roja, de asesinar, jugar a ser la muerte, acabar las vidas de las personas con la misma facilidad con la que apagas una vela. Extrañas pringarte los labios con sangre de esa mujer, de Roza".

Él sentía una presencia a sus espaldas, percibía la voz susurrar en su cuello, llegándole como aire antártico. Y esa presencia, la voz, le empujaba a volver con Roza, literalmente, pero él usaba toda su fuerza de voluntad para alejarse del cuello de la chica bajo él. Su cuerpo temblaba de por el esfuerzo, y por la indecisión. A medida que aquel ser le hablaba, una ansiedad afanosa le hacía sacudirse, siendo tentado a ir por su dulce, apetitosa, carnal y deliciosa Roza y por su delicado cuello seda.

Se hizo agua su boca de tan sólo recordar las veces que su lengua entró en contacto con la sangre sabor chocolate de Roza. Momento. ¡No! ¡Él no iba a ceder! ¡No se dejaría vencer por alguien así! De todos modos, ¿quién diablos era aquel individuo de engorrosa presencia?

"¿No me reconoces, Dimka?" La presencia se rio. Él no le respondió, se concentraba en poder ejercer su fuerza de voluntad, pero aun así sentía curiosidad. "Tú me conoces, tan bien como yo a ti".

Él estaba perdiendo la batalla, sentía como el ente se propagaba por su cuerpo; era como si derramaran un líquido espeso y frío sobre su cabeza, que caía sobre sus hombros, se expandía por sus brazos, recorría su pecho y espalda. Estaba dominándolo, estaba perdiendo el control de sí mismo. Ya había empezado a inclinarse de nuevo sobre Roza, ya encaminando sus labios a su cuello. Antes de que se diera cuenta, ya había desnudado sus colmillos. Intentó hacer un último esfuerzo por alejarse, pero no pudo. Ya había perdido.

"¿Y sabes por qué no puedes escapar de mí? Porque yo soy tú, Dimitri, y tú eres yo. Fuimos uno, somos uno. Y siempre lo seremos".

Clavó sus colmillos en la yugular, sin pudor, sin delicadeza; la sangre le salpicó tanto el paladar como el rostro. El sabor era tan dulce como en sus recuerdos, los que tanto deseaba reprimir. El denso fluido era tan dulce como el chocolate. La escuchó gemir debajo de él, a su víctima.

Él no podía verse, pero de una vaga forma sabía que su piel era similar a la luz que vertía la luna y sus ojos similares a la sangre que bebía con tanta ansia.

xXx

— ¡No! ¡No! ¡Aléjate de mí, aléjate! Yo no... yo no... ¡Yo no soy un monstruo! —gemía en agónicos sueños el Guardián Belikov por medio de su lengua materna.

— ¡Dimitri, Dimitri! Maldita sea, ¡Dimitri, despierta! —Rose, la victima de sus sueños, estaba sacudiendo a su amante llena de desesperación, sin nada que pudiera cubrir su cuerpo. Había sido despertada unos minutos atrás por el constante movimiento y gemidos de su prometido en medio de su inconciencia.

Oh no, otra vez no. No hoy.

No cuando ellos habían tenido un día tan maravilloso.

Él no abría los ojos, sólo continuaba gimiendo y pidiendo que parara a alguien, sudando y retorciéndose en la cama, enredándose con las sabanas. Ella gritó su nombre una vez más, sintiéndose impotente por no poder ayudarlo en su pelea de los sueños, mientras lo sacudía con aún más desenfreno. Finalmente, Dimitri despertó, con su respiración agitada. Se sentó de golpe, haciendo que Rose retrocediera. Lo primero que vio fue el rostro deformado en horror de su gran amor, intentó alejarse de ella, atormentado, aún con el recuerdo fresco en su mente de su pesadilla. No pudo percibir que ya estaba despierto.

—Aléjate de mí, Roza, no quiero hacerte daño —le dijo en ruso sin darse cuenta, empezando a alejarse de ella por la cama, balbuceando otras cosas en el mismo idioma de forma caótica. Estaba pálido, asustado y trastornado, no podía de dejar de ver las imágenes del sueño en su cabeza. No quería hacerle daño a Rose ahora que había vuelto despertar, no quería que ella sufriera de nuevo por él, por su locura. Sin embargo, ella ya sufría a causa de su locura y reacción al despertar. Hacía tiempo que él no tenía pesadillas de esa magnitud, para alivio de ambos; al principio eran muy recurrentes, sin mencionar dolorosas, habían aprendido a afrontarlas juntos, superándolas, pero todo este tiempo en el que no había pasado les hizo bajar la guardia. Rose hizo a un lado su desconsuelo, y rebuscó en su mente las memorias de lo que había hecho antes para calmarlo. Fue a él, aun cuando Dimitri intentara alejarse.

—Dimitri, lo que sea que hayas visto ya pasó. —También le dijo en ruso, manteniendo la calma y con una voz apacible—. Fue un sueño, ya despertaste, —esa última palabra hizo estremecer a su pobre Dios Ruso. Fingió que no lo notó—. Estás en la corte, conmigo, estás a salvo. No estas en Rusia. Dimitri escúchame... —intentó poner su mano sobre él de modo tranquilizador, pero él se retiró al instante.

— ¡No! no me toques, podría hacerte daño. Ya lo dijiste. Yo... yo volví a despertar, Roza, de nuevo soy aquel monstruo. Te lastimaré, te lastimaré justo como hice en la finca, justo como lo hice hace unos instantes. No soy digno de ti. —Sus palabras salieron atropelladas, apenas si Rose las pudo entender.

Ella siguió recurriendo a la calma y sosiego, y eso era bueno, Dimitri estaba recuperando la lucidez poco a poco.

—Estabas soñando, Dimitri, era una pesadilla, no era verdad, todo lo que viste no era verdad.

—Eso no es cierto, todo era verdad. —Le contradijo como un niño—. O al menos lo fue alguna vez. Yo asesine a muchas personas, bebí de ti. Ahora lo vuelvo a ver porque no se me está permitido olvidar todas las cosas que hice, él no me dejará.

Eso llamó la atención de Rose.

— ¿Quién es él? —le preguntó cómo se acercaba a él lentamente, tanto como pudo para no darle oportunidad de evitarla.

—Él es yo, y yo soy él. Es el monstruo que aún vive en mí, Roza, y él ha vuelto para tomar el control.

—Eso no es así —le aseguró Rose tratando de no dejar ver su dolor por medio de su voz ahogada.

— ¿Cómo podrías saber eso? —Él le cuestionó con el rostro más triste que alguna vez había dejado ver. Sus ojos estaban vidriosos y su ceño decaído. Una vez más, lo vio como a un niño pequeño. Su corazón se hundió en su pecho. Se lanzó a él antes de que se diera cuenta, antes de que él pudiera huir, abrazándolo con fuerza, ocultando su cabeza en su cuello. Ella sabía cómo responder a su pregunta.

—Es fácil. Sabes que los Strigoi no pueden ver la belleza, ¿por qué no miras a tu alrededor y buscas la belleza en algún lado? En cualquier parte de esta habitación, ¿puedes hacerlo? —Rose se apretó más contra él.

Por varios minutos que parecieron una eternidad, Dimitri no dijo nada ni trató de deshacerse los brazos de su amada. Ya estaba tranquilizándose, ya estaba volviendo en sí. Él, hasta ese momento, no había correspondido a su abrazo, pero poco a poco fue levantando sus brazos para rodearla con ellos y estrecharla con fuerza, y también ocultó su rostro en el cuello de Rose, enterrando su nariz en su selvática melena, inhalando el olor de moras que emanaba.

—Tu cabello —le respondió apenas audible—. Tu cabello es hermoso.

Se abrazaron con más fuerza, tanto que les era difícil respirar, si de por sí ya era difícil hacerlo con todo el amor que colmaba todo su cuerpo y obstruía el funcionamiento de todo dentro de ellos.

—Volvamos a dormir —le susurró Dimitri en medio de la oscura habitación. En realidad, ya se asomaba el sol por las espesas cortinas de la ventana de su habitación, pero era de noche para Dimitri quien trabajaba en el día Moroi y ya casi era hora de despertar para Rose quien iba a la universidad con Vasilisa en el día humano. Pero decidieron que por ese día dejarían todo eso aun lado, que era ese día especial de los enamorados, su día. Volvieron a recostarse en su cama, frente a frente, Dimitri estando aferrado a Rose, abrazándola por la cintura con la cabeza a la altura de su pecho, enterrando su rostro en el; y ella estaba abrazándolo también, de manera protectora.


By Euda.

Ay, fui la primera de todas :'v bueno, creo que fue porque ya tenía listo el fic desde hace un mes. La iba a publicar en Mi sol, pero mejor quise colaborar aquí con la banda jeje. Espero que le haya gustado esta historia y que también vayan les vaya a gustar las demás. En fin, disfruten la colección!